VIDA ADMIRABLE

 

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Portada de la edición de 1925 del ejemplar que se conserva en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid

 

NOTA A LA EDICIÓN DE LA VIDA ADMIRABLE QUE SE PRESENTA EN ESTA PÁGINA.

 

De la Vida Admirable, escrita por Sor Isabel de Jesús, se han hecho hasta el momento tres ediciones. La primera es la del año 1925, la segunda es la de 1991 y la tercera es la del año 2008; es última fue publicada por la editorial Homo Legens, editorial de la cual yo era el director. Esta edición de Homo Legens se hizo bajo mi supervisión con el texto de la edición de 1991 y encargué al profesor Alberto Bárcena que la anotara. Cuando hice la edición de Homo Legens yo no disponía de ningún ejemplar de la edición de 1925. Y cuando años después encontré un ejemplar de la edición de 1925 en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid, me di cuenta que entre las erratas de la edición de 1991 las había también en algunos nombres y fechas. Por lo tanto, para elaborar el texto que ahora se presenta en esta página, se ha trabajado con la edición de 1925, trabajo que hay que agradecer a las Comunidad de Concepcionistas Franciscanas del Convento del Caballero de Gracia, de la calle Blasco de Garay de Madrid.

Así pues, esta edición digital mejora el texto de la edición de 1991 y por lo tanto el de 2008, en cuanto a lo de las erratas se refiere. Pero no hemos querido renunciar a las mejoras de las otras ediciones y las hemos incluido aquí. Estas son las siguientes:

  • Las notas de Alberto Bárcena de la edición de 2008, como hemos dicho.
  • El “Pórtico” de 2008 escrito por el Padre Emérito que lógicamente no figura en 1925.
  • El Apéndice VI “Dos cartas de la Madre Patrocinio…” , que no se encuentra en la edición de 1925,  pero sí en la segunda edición de 1991.
  • El Epílogo de Pedro Voltes, de 2008 que lógicamente no está en las ediciones de 1925 y 2008.

Javier Paredes

Madrid 17 de diciembre de 2017

 

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PÓRTICO

 

En el marco de una época en la que se pone de manifiesto el valor y la importancia de la mujer, tanto en la sociedad como en la política, aparece oportunamente este libro que lleva por título Sor Patrocinio. Gran mujer. Inteligente, guapa y llena de valores cristianos que la hicieron ser noticia no solo como buena monja sino que su personalidad trascendió en ámbitos sociales y políticos de su tiempo. Destacados personajes se fijaron en ella. Esta gran mujer pone de manifiesto que no es la sociedad la que engrandece a la mujer sino que es la mujer la que enaltece a la sociedad cuando sabe vivir su historia con valores que no pasan sino que abren caminos de futuro. Sor Patrocinio es, como diría el gran historiador D. Pedro Voltes, «una gran figura mística cuyas incidencias se entretejieron con las pasiones políticas y cortesanas más violentas».

Una mujer que tenía las ideas claras porque tenía una fe que la iluminaba, una mujer sin complejos en un mundo laicista. Ella supo afrontar dificultades y obstáculos, ser creativa, ayudar donde había una necesidad y no caer en las ofertas fáciles que personajes de su tiempo le ofrecían. Fue reformadora y fundadora de conventos al estilo de Santa Teresa. Su orden, la Orden de la Inmaculada Concepción, la considera santa y está trabajando en el proceso de beatificación. En esta tarea es en la que estamos embarcados desde hace años, pidiendo a Roma que examine detenidamente su vida y la proclame santa. Además de la gran prudencia que siempre manifiesta en estos asuntos, Roma está tardando en responder a esta demanda porque en esta persona se concentran más dificultades al ser un personaje tan plural y tan excepcional como aparece en el libro. Como Vice-Postulador de su causa para la beatificación tengo que expresar que son muchas las personas de diversas partes de España y de otras naciones que están urgiendo esta petición y que estoy convencido de que muy pronto llegaremos a la meta.

La Madre Patrocinio nos recuerda a los ciudadanos del siglo XXI una gran lección evangélica: que solo el amor eterniza en la medida en que se solidariza con otros, que ser religioso o religiosa implica la pregunta por el otro y la promoción del otro pues todos formamos la gran comunidad humana.

En su difícil vida la Madre Patrocinio sintió siempre que su espíritu podía descansar y encontrar alivio y consuelo en la Madre de Dios, la Virgen Inmaculada: «donde se busca a la Madre —decía a sus hijas y hermanas— se encuentra al Hijo, al Esposo, al Consuelo, al que es nuestra paz y alegría». Tanto en la quietud de su vida contemplativa como en su ajetreada actividad de reformadora, en los momentos de su justo reconocimiento como en medio de las calumnias y en el destierro, en lo excepcional como en lo más ordinario, supo hacer suya una doble y sublime lección de la Virgen María: «guardar todas las cosas, meditándolas en su corazón», y «ponerse en camino e ir aprisa a la montaña». Su vida y no solo su palabra, fue un verdadero y sólido «tratado» de devoción y piedad a María, mujer y madre, «estímulo permanente para las mujeres de nuestro tiempo a la hora de realizar su vocación y misión en la comunidad eclesial y civil», como recordaba recientemente Benedicto XVI a los participantes en el Congreso Internacional con ocasión del XX Aniversario de la Carta Apostólica «La dignidad de la mujer».

Ahora que, afortunadamente, la mujer es tan valorada y considerada viene bien el recuerdo de una mujer modelo y de gran personalidad. Modelo, no de pasarela, que también valía para ello sino modelo de una vida coherente humana, social y cristianamente como aparece en el libro que tienes en tus manos y que se reedita ahora por iniciativa de un gran especialista en historia, profundo conocedor de la época y ambiente en el que vivió Sor Patrocinio. Sin duda, D. Javier Paredes es un gran admirador de esta humilde e inteligente monja y ha querido poner su gran conocimiento de la historia y estilo periodístico al servicio de este personaje.

Nuestra sociedad necesita de los santos que más la contradigan en sus pretensiones de dominio, prepotencia e insolidaridad. La Madre Patrocinio puede ofrecer un buen suplemento de espíritu a nuestra sociedad actual excesivamente encerrada en la temporalidad y que parece ha olvidado el horizonte de trascendencia.

Felicito al editor de este volumen, D. Javier Paredes, por esta publicación. Estoy convencido de que muchos lectores que se acerquen a este libro, sean o no creyentes, encontrarán en la protagonista de este libro un caso sorprendente de humanidad, de fe y estímulo. Los grandes personajes han sido siempre patrimonio de la humanidad y su ejemplo nos motiva. Hay que tener capacidad de admiración, venga de donde venga, y con este libro se nos invita a desarrollar esta dimensión. Los tiempos y costumbres pasan pero los ejemplos y mensajes de los grandes personajes permanecen, por eso es necesario dar a conocer a las personas que nos invitan a vivir la vida con mirada alta y horizontes nuevos. Al hombre de nuestro tiempo habría que ayudarle a ver la necesidad que tiene de nuevos mensajes. Así, es lúcido, pero está ciego. Tiene de todo y se siente vacío. Se llena de cosas, y se hace esclavo de ellas. No cree en las utopías y se llena de mitos. El hombre moderno sigue necesitado de ayuda. Es verdad que en nuestro mundo la imagen y la palabra están en primer plano e invaden las conciencias pero necesitamos con urgencia personas testigos. Sor Patrocinio es una de ellas.

EMÉRITO MERINO ABAD

Franciscano

Vice-Postulador.

Madrid, 13 de mayo de 2008, festividad de la Virgen de Fátima.

SECRETARÍA DE

CÁMARA Y GOBIERNO

DEL ARZOBISPADO .

TOLEDO.

 

En orden al oficio que con fecha 5 de octubre próximo pasado dirigió V. a Su Eminencia Rvdma. El Cardenal Arzobispo, mi Señor, ha recaído decreto del tenor siguiente:

Toledo, 4 de febrero de 1924.— Por presentado este oficio y original (escrito por la Rda. M. Sor María Isabel de Jesús) presentado y visto el informe favorable del Censor, por el presente decreto, venimos a dar y damos nuestra aprobación eclesiástica al escrito original de referencia titulado “VIDA ADMIRABLE Y EJEMPLARÍSIMAS VIRTUDES DE LA ÍNCLITA SIERVA DE DIOS REVERENDA MADRE SOR MARÍA DE LOS DOLORES Y PATROCINIO”, Fundadora y Reformadora de muchos conventos de la orden de la Inmaculada Concepción de María Santísima, Reina del Cielo y Madre de los hombres.— Lo decretó y firma el Ilustrísimo Sr. Obispo Auxiliar, Gobernador Ecónomo de este Arzobispado (Sede plena), de que certifico.— RAFAEL, OB. TIT. DE QUERSONESO.— Por mandato de S. S. Ilma. — DR. FRANCISCO VIDAL, SRIO.”

Lo que tengo el honor de trasladar a V. para su conocimiento y efectos consiguientes.

Dios guarde a V. muchos años.

Toledo 5 de febrero de 1924

Dr. Francisco Vidal

Secretario

 

Rvdo. P. Fr. Juan José Fernández García-Ontiveros, Franciscano

GUADALAJARA.

PRÓLOGO

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Cristiano lector, si con avidez curiosa tu espíritu indagar quisiera quién fue la historiada en estas largas y hermosas páginas; y si, aún más, me pidieras que yo le diese como en cifra y compendio la nota, que campea en el transcurso de los dilatados años de la vida que narran, te habría siempre de responder que este libro es la historia de lo maravilloso. De lo maravilloso de una santa mujer, que vino a la vida, como rosada flor, entre blanca nieve y que no se acabó ni se extinguió su memoria, como cárdeno lirio, entre las fauces del sepulcro, sino que, de siemprevivas coronada, todavía la buscan con anhelo las almas, que, enderezando sus pasos hacia la verdadera inmortalidad, con ánimo fervoroso en pos de aquellos caminan, que siguen los mismos derroteros.

Si te place lo desusado, si gustas del valor y de la entereza, si te entusiasmas a la vista de lo débil luchando con el fuerte y acabando la fortaleza por ser de la misma debilidad vencida, si te extasías en presencia de la albura de una alma que sobrepasa a la del blanco lirio sin mancilla, si te admiras de la fecundidad del espíritu virginal que forma a las almas para el cielo, si te enajenas ante prodigios, que primero dejan suspensos el ánimo, para rendirle muy largo por la repetición de hechos y la veracidad de testigos que vieron, oyeron y palparon cuanto afirman; si todo esto te place, al tomar el libro entre tus manos, lo has de leer por entero, no sin antes despojarte de los prejuicios, si algunos tuvieras, mirando con espíritu sereno la vida de tan extraordinaria Religiosa descrita en estas páginas con una sencillez y candor que atrae y subyuga.

Varona de dolores, a Sor Patrocinio yo la llamaría, pues ¿quién más fuerte que ella ante la persecución encarnizada? El dolor fue su cotidiano sustento y jamás comió el pan sino empapado de lágrimas. A ella, que en los albores de su juventud se apartó al retiro del Claustro, a ella le achacaron algunos de los sucesos políticos, de que, para nuestro mal, tan pródigo fue el siglo XIX. Mas, ¿qué mucho que esto hicieran en la Corte aquellos extraviados con un alma tan grande, si aún a la virtud anónima que fue a ocultarse en el solitario Monasterio de las montañas o en el humilde Convento de las aldeas la lanzaron de su santo nido con injurias y denuestos, sembrando a nuestra patria entera de ruinas, que todavía lloran de nostalgia, acordándose de quienes amaron aquellos relicarios de la fe y de la raza?.

De haber nacido Sor Patrocinio en los pasados siglos, se hubiera deslizado su vida mansamente, a la manera que en la sosegada noche silenciosas cruzan el espacio las fugitivas estrellas, dándonos sus resplandores. Pero desatada en sus días la brava tempestad, que años demasiadamente largos ha durado en nuestra Patria oscureciendo los ojos de muchos para que no vieran la verdad y turbando la santa paz y calma de todos, es forzoso que esta figura venerable campee y se destaque en medio de las tinieblas de cruentas y desaforadas luchas, que, en su vesania, todo para sus fines les parecía, no solo honesto, sino aun digno de aplauso. A mí me pesa que en la narración se haya de dejar entrever la ferocidad de aquellas gentes, presas de verdadero frenesí, siempre atentas no más que a sus particulares provechos. Sucedió lo que tenía que suceder, porque escrito está: «Todo reino dividido caerá en la desolación». España fue arrojada con ignominia de aquellos pueblos, que, allende el Atlántico, con  amor de madre, había a sus pechos criado; y en Europa, llegaría a significar poco, muy poco.

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Sor Patrocinio tuvo en su vida un calvario muy áspero y muy abundoso de punzadoras espinas. A porfía, parecían luchar en ella la gracia divina y el malvado espíritu, nuestro enemigo. Dios la colmó de sus dones y dejó impresas en aquel cuerpo dolorido Sus benditas llagas; y el mundo, abrasado por el odio a todo lo santo y enloquecido por la feroz discordia, asentó con toda su fuerza sobre la cabeza de esta valerosa Virgen la corona de espinas de todas las injurias, de todas las burlas y de las calumnias todas, entre los vejámenes de los de arriba y los denuestos y silbidos de los de abajo.

Solo veinticuatro años contaba Sor Patrocinio, cuando el Gobierno de la Nación, queriendo deshacer la superchería de las llagas de la Monja Milagrera, el 7 de Noviembre del año 1835, el año fatídico, envió al Convento de Caballero de Gracia a un juez con su escribano, un médico y otras personas, además de un piquete de milicianos; y entrando todos, violentamente, en la clausura, con centinelas de vista día y noche, apresaron en sus mismas celdas a unas cuantas débiles mujeres. El alboroto armado con el suceso en una calle tan céntrica de la Corte aumentaba por momentos, y aquellos valientes temerosos de algún desmán, creyeron acertado y aún necesario retirarse con disimulo, dejando dentro a los milicianos, para volver, como lo hicieron dos días después en el silencio de la noche, sacando en coche cerrado y entre bayonetas a la angelical joven, para llevarla a una casa de la calle de la Almudena, donde de continuo la velaban, mejor diré la llenaban de insultos, tratándola bárbara y despiadadamente, como a conspiradora política de mucho cuidado, aquella gente soez llamada los Nacionales.

Los médicos, vanamente, se empeñaron en cerrar las heridas de las llagas; y a los tres meses, desesperanzados de lograrlo, le llevaron sus perseguidores a las arrepentidas de la Magdalena en la calle de Hortaleza, ordenando que nadie, fuera de aquellas desdichadas mujeres, la hablara y tratase.

De la Magdalena, la condujeron desterrada al Convento de la Madre de Dios de Talavera de la Reina y, a los dos años, la sacaron para el de Torrelaguna; hasta que por una Real orden de 25 de septiembre del año 1844 el Gobierno la permitió que se incorporara a su Comunidad.

No duró mucho aquella calma; pues el General Narváez, a quien lograron sorprender en su buena fe los enemigos de Sor Patrocinio, el 21 de octubre del año 1849, la envió desterrada al Convento de Santa Ana de Badajoz, dándola para el camino un delegado del Gobierno, con órdenes severísimas de que, estrechamente, la vigilase; pero el bravo militar, conociendo, pocos meses después, la inocencia de aquella Religiosa, la levantó el destierro; y Sor Patrocinio pudo volver otra vez a su Convento de la Corte.

El atentado de Merino contra la Reina Dª Isabel II constituyó otro motivo de nuevas persecuciones, y aquella bendita Religiosa salió desterrada para el extranjero el 4 de marzo de 1852. El camino hasta la frontera lo hizo con agentes de policía; y desde Bayona se fue a Tolosa y, casi moribunda, la policía francesa, por presiones del Gobierno español, la llevó a Carcasona y luego a Montpellier, falleciendo mientras tanto una de las dos Religiosas que la acompañaban, víctima de los dolores y sufrimientos. Fueron tantas las murmuraciones entre los franceses y tales sus protestas ante la Embajada española de París, que el Gobierno, por una Real orden del mes de Octubre del año 1853, trasladó a Sor Patrocinio al Convento de Santa Ana de Toledo, alzándola al año siguiente su destierro.

Otra vez, en marzo de 1855, el Gobierno mandó llevarla, con aparato de fuerzas, al convento de Santa Catalina de  Baeza; y de allí, en agosto del mismo año, al de Dominicas de Benavente, en Zamora, y después al de Torrelaguna.

Disfrutó luego de paz Sor Patrocinio, fundando en aquellos años los conventos de Aranjuez, de La Granja, de El Escorial, de Lozoya, de Loyola, cerca de San Sebastián y de Guadalajara; y reformando además el de Manzanares.

Para desdicha nuestra, en Septiembre del año 1868, estalló la revolución, con todo su cortejo de infamias y horrores, dando rienda suelta la impiedad a sus viejos odios. El Cardenal de Toledo, que lo era a la sazón el Excmo. Fray Cirilo Alameda y Brea, Religioso de la Orden del Padre San Francisco, mandó a Sor Patrocinio que, a toda prisa, huyera a Francia. Cuando el Gobierno revolucionario tuvo noticia de su escapada, telegrafió a la frontera para que la detuviesen, pero el aviso había llegado tarde.

En Francia fundó varias comunidades, acogiendo a sus religiosas de los Conventos de España, con quienes la revolución se portó sañudamente. Como muestra, bastará decir que a las de El Escorial solo les dieron tres horas para salir de su Convento; y, como tuviesen la comida de vigilia preparada para aquel día, ni eso las dejaron a aquellas pobres infelices.

El año 1870, fue Sor Patrocinio testigo de las horribles calamidades de la guerra franco-prusiana; y al abandonar poco después, a causa de la revolución, los alrededores de París, donde tenía uno de sus Conventos, poco faltó para que, en medio de la calle de la gran urbe, fuera víctima de las ferocidades de la Commune.

Con la restauración de la Monarquía en España renació poco a poco la calma, volviendo Sor Patrocinio a fines del año 1876 a su convento de Guadalajara, donde, ocupada en laudabilísimas obras, permaneció hasta su preciosa muerte, acaecida el 27 de enero de 1891, a los 80 años de edad y 62 de Religión.

Tal es en suma el tejido de las persecuciones y dolores de una Religiosa, que cuanto más huía del mundo, más el mundo se empeñaba en hacerla blanco de sus iras.

 

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Ni puedo, ni en buena ley callar debo quién fue para Sor Patrocinio entre tantas amarguras un dulce lenitivo. La piadosísima Reina Doña Isabel II, la que si muchas veces no pudo detener el ímpetu arrollador de los enemigos aunados contra aquella venerable Religiosa, mas, siempre guardó para ella un cariño, que solo se debe a los santos y solo nace cuando, al acercarse los espíritus, descubren entre sí analogías y semejanzas. Y no es porque Sor Patrocinio se mezclara en los asuntos de la Real Familia, ni menos en los sucesos políticos, como, tercamente y con miras a sus fines, publicaban aquellos espíritus inquietos y del poder ambiciosos, no, no es eso, sino que la Reina conocía muy a fondo las heroicas virtudes de aquella alma, a la que, por su intercesión y valimiento con Dios Nuestro Señor, la tenía en el más alto aprecio.

¿Y qué espíritu generoso, aun después de pasados largos años, al leer en las frías páginas de un libro tantas y tan absurdas trazas, tantos malos tratos, persecuciones tantas y vejámenes y burlas sin número, qué espíritu levantado y generoso no hierve de indignación y se inclina con simpatía hacia la perseguida, hacia la calumniada? La Augusta Reina, que tenía un corazón tan magnánimo como misericordioso y recto, ¿había de ser acaso una excepción al conocer tan de cerca a Sor Patrocinio?

A medida que se van con el tiempo aplacando las pasiones y desapareciendo los prejuicios, la figura de tan excelsa Reina, que alcanzó muy turbulentos tiempos, aquellos en que por casi todo Europa se deshicieron en nada muchas coronas y Principados, su figura se destaca más briosa y más diáfana en la historia. La verdadera historia la hará justicia merecida y exhumará tanto como yace en el silencio, así de las virtudes de esta Señora, como de sus esfuerzos constantes y generosos por la prosperidad de su amada España.

Leed con atención en la vida de Sor Patrocinio aquella escena, en que los Reyes y el venturoso General O’Donnell daban gracias a Dios con solemnísima procesión Religiosa, en Aranjuez, el 31 de Febrero del año 1860. La Reina, hora es ya de publicar este secreto, la Augusta Señora, vestida de toda gala, marchaba descalza, cubriendo sus pies el oro recamado de los zapatos, pero sin suela alguna, por voto hecho a los piadosos Cielos, para lograr el triunfo de nuestras victoriosas armas. Al llegar allí, piadoso lector, detente un poco, medita el caso y escucha lo que tu corazón te hable.

——…——

 

Cristiano lector, si, cuando acabes la lectura de la vida de Sor Patrocinio, tienes por bien volver a mirar las primeras líneas de este prólogo, a buen seguro que dirás que tenía razón al responderte que el libro es la historia de lo maravilloso. Admirable es Dios en sus Santos y por distintos caminos, sendas y carreras los lleva hasta la cumbre de la perfección. Si es maravilloso en todos, en Sor Patrocinio la maravilla raya a tal altura que, muda la lengua y absorto el ánimo, no se acierta a otra cosa sino a alabar a Dios Nuestro Señor por esta obra excelsa de sus poderosas manos.

 

Ciudad Real, 31 de Agosto de 1925.

 

† NARCISO ESTÉNAGA[1]

Obispo Prior de las Cuatro Órdenes Militares

PREÁMBULO

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RECUERDO DE JUSTICIA Y ACLARACIÓN NECESARIA

 

El día 3 de agosto de 1922, a las cinco de la tarde y contando setenta y cuatro años de edad, moría en el Convento de Religiosas Concepcionistas Franciscas Descalzas de esta ciudad de Guadalajara, con la muerte del justo y tras larga y penosa enfermedad, la Rda. Madre María Isabel de Jesús, autora de esta “VIDA ADMIRABLE Y EJEMPLARÍSIMAS VIRTUDES DE LA ÍNCLITA SIERVA DE DIOS REVERENDA MADRE SOR MARÍA DE LOS DOLORES Y PATROCINIO”, que constituyó, por mucho tiempo, una de sus principales preocupaciones y la mayor delicia de su espíritu recto y delicado; por haber sido siempre fina amante de tan esclarecida Sierva de Dios, a fuer de testigo excepcional de sus virtudes y maravillas, por espacio de treinta años, su fiel intérprete, expatriada en Francia, su confidente y secretaria en la última época de su gloriosa vida y, por último, una de sus hijas más queridas, por las singulares cualidades y dones de naturaleza y gracia con que plugo al Altísimo enriquecerla.

Había nacido la Madre María Jesús en Madrid, el día 19 de noviembre de 1848, de padre español (de Tortosa), D. Leonardo Alemany, y de madre francesa (de París), Dª Amalia Antonia Pierrot. Habiendo fallecido ésta cuando la niña Isabel apenas contaba cuatro años de edad, la tomó a su cargo su abuelita materna, Dª Carlota Gorhay, la cual educó a su nieta tan a lo cristiano y tan esmeradamente, en  un colegio de la Corte, que, desde la más tierna edad, dio muestras singulares de virtud y de vocación religiosa, revelándose en ella, a la vez, un extraordinario talento y una disposición excelente para las letras. A los siete años, era ya tan encendido el deseo que tenía de ser religiosa, que, escapándose de la casa paterna, echose a buscar por las calles y plazas de Madrid un convento de monjas donde poder ingresar, juzgándolo cosa fácil; y fue tal el disgusto que experimentó al ver frustradas sus ansias, que, cayendo enferma de gravedad, no se puso bien hasta que, pasados algunos años por consejo de los médicos, le dieron permiso sus abuelitos para vestir el santo hábito en el convento de Concepcionistas Franciscas Descalzas de Aranjuez, de cuya Comunidad era, a la sazón, Abadesa la Sierva de Dios Rda. Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio. Tenía entonces la Madre María Jesús catorce años de edad, y vistió el hábito, de manos de tan bendita y santa abadesa, el 19 de noviembre de 1862.

Formó parte esta virtuosa Madre de la Comunidad que, desde Aranjuez, se trasladará, en el año 1867, a Guadalajara con la Sierva de Dios; y siguiéndole, al año siguiente, en su emigración a Francia, vivió a su lado durante los nueve años que allí estuviera con sus hijas, sirviéndole de intérprete; pues hablaba el francés a maravilla. Cuando la Sierva de Dios pudo volver a España, a su convento de Guadalajara, se trajo consigo a su «francesilla», como solía llamarla, y la nombró secretaria suya particular, cargo que desempeñó hasta la muerte de la Sierva de Dios, muy a su gusto y con entera perfección. Otros honores, cargos y oficios tuvo en la Comunidad, incluso el de abadesa, en los cuales dio pruebas claras de su gran virtud y de su extraordinario talento, hasta que la enfermedad de parálisis la imposibilitó enteramente para todo cargo y oficio.

Y fue entonces, cuando quiso Dios que esta ilustre religiosa, impedida para todo lo demás, no lo estuviera para manejar la pluma y trabajar en favor de la causa de Beatificación y Canonización de su bienaventurada Madre, con un celo tal, que no perdonó fatiga, ni desperdició ocasión que pudiera ser útil a tan grande empresa; y a su celo y trabajo se ha de atribuir, en parte, el buen éxito del proceso informativo y del de non cultu y escritos de la Sierva de Dios, introducidos ya felizmente en la Sagrada Congregación de Ritos. Gracias a ella también, se han podido agregar a las Cartas Postulatorias de los Prelados de España y de otras muchas personas puestas en dignidad y de Corporaciones Religiosas, más de treinta mil firmas, recogidas en España, Bélgica, y en varios Estados de América (un verdadero plebiscito) pidiendo la Beatificación de la Sierva de Dios.

Y porque no era bastante todo eso a saciar su fe y su devoción ferviente hacia la que consideraba santa, llamándola así a boca llena en toda ocasión, para con su bendita Madre Patrocinio, al mismo tiempo que trabajaba en favor del Proceso de su Beatificación, recordando hechos y confrontando fechas, desempolvando escritos y estudiando documentos valiosísimos, preparaba los datos principales para la vida de la Sierva de Dios, que por último dejó escrita al morir, sin editar y aun sin corregir ni ordenar convenientemente, con grande pena de su corazón, aunque muy resignada en la divina voluntad y muy confiada en que sus deseos habían de cumplirse en plazo no lejano, tanto en lo referente a la Beatificación de su santa Madre, como respecto a la publicación de esta su obra póstuma.

¡Con qué fervor y entusiasmo hablaba siempre la Madre María Jesús de ambos asuntos! Era tan grande la fe que en las virtudes y santidad de la Sierva de Dios tenía esta su esclarecida hija, que solía repetir con frecuencia: «Mil vidas que tuviera daría yo por confesar y hacer creer a todo el  mundo que mi Madre Patrocinio fue una santa de las más grandes del Cristianismo…».

Estaba persuadida la ilustre escritora de la extrema gravedad de su mal y no podía menos de conocer que, poco a poco, se le iba haciendo más difícil la vida; sin embargo, creyó siempre que no moriría sin ver empezado, al menos, el Proceso Apostólico de la santa causa y sin salir a luz esta «Vida», el más sagrado y espléndido homenaje y tributo de veneración y cariño que podía ofrecer a su Madre idolatrada. Ambas cosas le preocupaban hondamente.

Y cuando contaba ya con el visto bueno de muchos admiradores insignes de la Sierva de Dios y con la alabanza de bastantes Prelados eclesiásticos, con quienes se comunicaba y de cuya «Vida» inédita tenían ya noticia, Dios le exigió el supremo sacrificio de su vida, y ella no titubeó en ofrecérselo al punto, muy conforme y muy gozosa; pues hasta ahí llegaba su caridad para con Dios: «más fuerte que la misma muerte».

Expirando estaba ya esta ejemplar religiosa y me decía muy tranquila: «muero contenta y conforme con la voluntad de Dios».

Su último suspiro fue precedido de un sí de aceptación de la muerte, por el amor de Jesucristo nuestro Redentor.

¿Qué la importaba a la M. María Jesús morir sin terminar su obra y sin haberse empezado el Proceso Apostólico de Beatificación de su bendita Madre, si así lo quería Dios?. Por otra parte, era grande su fe y todo lo esperaba de la Bondad divina.

Así vivió y murió esta insigne religiosa, dejándome el encargo, como a Vice-Postulador de la Causa de la Rda. Madre Patrocinio, de no abandonar su obra y de cooperar eficazmente a su pronta publicación.

Y este ha sido el motivo que he tenido, para, no obstante mi inexperiencia en esta clase de trabajos, y mi ninguna preparación para ellos, secundar los deseos de esta Comunidad de Concepcionistas de Guadalajara, corrigiendo y ordenando los materiales que la Rda. M. María Jesús se dejara acumulados en dos gruesos tomos; y confieso ingenuamente, que todo el mérito que pudiera haber en esta obra es de su piadosa e insigne autora y nada mío.

Tal vez no falten lectores escrupulosos que exijan mayor número de pruebas en algunos referentes a la defensa de la inocencia de la Sierva de Dios, ni tampoco quienes reclamen mayor perfección en la forma, estilo y pureza de lenguaje que la Madre María de Jesús emplea en esta su obra; téngase en cuenta, no obstante, que todo en ella es fruto de su amor a la Sierva de Dios y que, al escribir su «Vida», atendió más a lo verdadero que a lo elegante, más a lo devoto que a lo atildado, creyendo al mismo tiempo que, cuanto escribía y afirmaba, podía resistir el más riguroso examen de la crítica más severa y que no hacía falta decir más en gloria de su santa protagonista, ni para la edificación de los prójimos, que fueron las dos únicas cosas que se propuso al escribir, en gloria de Dios y de su Madre Inmaculada.

 

  1. JUAN JOSÉ FERNÁNDEZ Gª-ONTIVEROS. O.F.M.

Vice-Postulador.

 

Guadalajara, 7 de septiembre de 1923.

PROTESTA

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Antes de dar principio al pequeñísimo obsequio que mi gratitud y cariño dedica a la memoria y virtudes de mi Reverenda y amadísima Madre Abadesa y Fundadora Sor María de los Dolores y Patrocinio, advierto y solemnemente declaro, que cuantas veces se lea en él, o en las copias que lleva de escritos o cartas, las palabras Venerable o Santa, no es mi intento, ni lo fue en los demás, anticiparnos a las declaraciones de nuestra Santa Madre la Iglesia, ni darles otro sentido que el que, humanamente, puede y debe darse a las virtudes que, en grado tan heroico, se vieron y admiraron siempre en tan amada Madre mía; cuya vida fue un ejemplar de perfección. Así lo confesaron cuantos lo escribieron y así lo declaro y protesto yo, como hija sumisa, amante, fiel, rendida y obediente de mi Santa Madre la Iglesia Católica, Apostólica y Romana; cuya santa fe y creencias, creo y confieso con todo el corazón, alma y vida; y deseo y espero de la misericordia de Dios y de su Purísima y Santísima Madre, creer y confesar hasta el último aliento de mi vida.

 

Sor María Isabel de Jesús

Esclava del Smo. Sacramento

DEDICATORIA

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A la Reina de todo lo criado, Excelsa Emperatriz de los Cielos, Madre de Dios y de los hombres, Inmaculada desde el primer instante de su concepción, Patrona Augusta y Celestial Madre de la Orden Seráfica, en sus tres Familias, y para su gloria en los tres títulos misteriosos de su sagrada Imagen del Olvido, Triunfo y Misericordias, dedica y consagra este humilde trabajo, que a la vez pone bajo sus inefables y seguros auspicios, la última de sus hijas.

 

Sor María Isabel de Jesús. r.c.f.

CAPÍTULO I

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Ilustre cuna y Santo linaje de mi Madre Patrocinio. — Su nacimiento prodigioso. — Gracias sobre gracias. — Primeros albores de perfección. — La Virgen será su Madre. — Un león misterioso. — Vocación de monja perseguida desde el principio. — Travesuras de mal género de su hermana Ramona. — La Santísima Virgen, Maestra de la niña Dolorcitas, a los cuatro años. — Voto de virginidad de la candidísima niña. — Apariciones del Niño Jesús a la niña Dolores. — Guerra del demonio. — Nuestra Señora de las Misericordias vestidita de azul y blanco, mostrándola lo que había de ser. — Huérfana de padre y coronada de espinas por el Niño Jesús.

 

Existe en el archivo de este convento de Guadalajara una copia del libro genealógico auténtico que poseía don Juan Antonio de Quiroga, hermano de mi Reverenda Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio, y consta en él, claramente, que esta felicísima criatura, portento de la gracia y maestra singular de perfección cristiana, fue hija legítima de D. Diego de Quiroga y Valcárcel, natural de San Vicente Deade, obispado de Lugo, y de Dª Dolores Capopardo del Castillo, de San Clemente de la Mancha, provincia y diócesis de Cuenca. Fueron sus abuelos paternos D. Fernando de Quiroga y Bussón y Dª Manuela Valcárcel de la Torre, ambos naturales de San Vicente Deade, y maternos D. José Capopardo y Villanueva y Dª Ramona del Castillo y Paños. Por el abuelo materno, era mi venerada Madre Patrocinio descendiente de Santo Tomás de Villanueva, o de Fuenllana, de la provincia de ciudad Real y bien puede decirse que con la sangre heredó el espíritu del santo obispo limosnero; pues, como él, fue en su vida esta Sierva de Dios un verdadero modelo de todas las virtudes, especialmente de la caridad con Dios y con los prójimos. De ella solían decir los primeros directores de su espíritu, que no sabían a dónde llegaría su santidad; pues comenzaba por «donde otros habían terminado».

Raro, o más bien prodigioso, fue el nacimiento de esta mujer privilegiada, de esta candidísima azucena del Jardín Seráfico.

Fugitivos de Madrid, por la invasión francesa[2], y de incógnito, por salvar intereses del Real Palacio que, en razón de su cargo, guardaba D. Diego de Quiroga, huían ambos consortes, los padres de la Sierva de Dios, separadamente para mayor seguridad de sus vidas; y sucedió, que, hallándose D.ª Dolores Capopardo encinta, se sintió, al pasar por el Pinar de San Clemente de la Mancha, con los dolores del alumbramiento y, sin poderlo evitar, allí mismo dio a luz a esta hermosísima niña; huyendo enseguida, por el temor que embargaba su ánimo, dejándose abandonado entre la nieve a aquel fruto de sus entrañas, pedazo nobilísimo de su corazón. Para quienes conocieran a D.ª Dolores no era extraña esta conducta antinatural y cruel; enseguida hemos de ver que, ciertamente, su corazón, más que de madre para con esta hija, fue verdaderamente de hiena. ¡Permisiones de Dios, que en sus divinos planes respecto de sus escogidos, tienen siempre sencilla y fácil explicación!. Era el día 27 de abril de 1811 cuando vino al mundo esta felicísima criatura; y aquí empezaron los prodigios y las maravillas de Dios con esta su escogida entre millares para esposa suya. Tres días habían transcurrido desde el nacimiento de mi venerada Madre, cuando acertó a pasar por aquel sitio, providencialmente, su mismo padre D. Diego, quien, oyendo con toda claridad que le llamaba una voz infantil y tiernísima con el dulce nombre de padre, sospechó enseguida lo que había ocurrido, y, bajándose del caballo, fuese al sitio en donde yacía la recién nacida y, reconociéndola por hija suya, tomó en sus brazos y, acariciándola con ternura imprimió en su frente el primer beso de su amor, aunque irritado sin duda en su interior, por la conducta fiera de su esposa. Cargó enseguida con su rico tesoro y dando gracias a Dios, se llegó con él al pueblo inmediato, llamado Valdeganga, de Cuenca, en cuya iglesia parroquial, de Santo Domingo de Silos, donde previamente avisada la abuelita materna de la niña, D.ª Ramona del Castillo, para que se hiciese cargo de esta angelical criatura, fue bautizada por el Rdo. P. Francisco Montoro, ex-Vicario general de la Orden de San Jerónimo y Teniente, en aquel entonces, de la citada parroquia. La tuvo in sacro fonte, D. Juan Guerrero, vecino de San Clemente, imponiéndosele los nombres de María Josefa, Dolores Anastasia.

Contaba la muy ilustre D.ª Ramona, que, cuando llevaron a bautizar a esta su santa nieta, iba muy adornada con muchos lacitos azules en la gorrita y cintas muy vistosas, de las cuales tiraba el angelito, con admiración de todos; para la abuela, era aquello señal de lo que había de ser la Sierva de Dios en orden a las vanidades del mundo. Cuando referíamos este sencillo detalle delante de mi venerada Madre, decía, graciosamente, que «haría aquello porque le gustarían mucho los lazos azules».

Sabíamos ya las religiosas todas las circunstancias antes descritas del nacimiento y bautizo de la Sierva de Dios, de boca de varios miembros de su familia. Mas, poco antes de morir la venerable, hablando de la casa solariega de sus mayores en San Clemente, en la que se proyectaba de tiempo atrás hacer una fundación de nuestra Reforma, me atreví a preguntar a mi bendita Madre, con la sagacidad y disimulo que pude, que se dignara hacerme una descripción del sitio en donde nació su Reverencia; y, sencilla y naturalmente, me dijo, después de una breve pausa: «Mira, en el pinar de San Clemente hay una plazoleta grande y redonda de esta forma»[3] y señaló su reverencia con el dedo en una mesa que tenía delante «para escribir» sin árboles ni nada sembrado; en aquella plazoleta nací yo y allí me encontró mi padre. Cerca de la plazoleta hay un camino transversal; por allí pasaba mi padre a caballo, huyendo, cuando oyó una voz que le llamaba; se apeó del caballo, fue donde yo estaba, me cogió en sus brazos y, enternecido por la pena y el gozo, me llevó al pueblo de la Jara, donde me puso en ama, dando aviso a mi abuela Ramona, para que «fuera donde yo estaba».

Mi alegría, al oír a mi venerada Madre la anterior explicación, fue indecible, y, asegurada, más firmemente que antes lo estuviera, en lo prodigioso de su nacimiento, tuve por cierto yo también lo que era ya creencia de todas las religiosas antiguas, esto es, que, desde su nacimiento, tuvo esta bendita virgen ejercicio cabal y perfecto de su inteligencia, por particularísima gracia de Dios.

Aprovechando una tregua en la persecución horrorosa que se había desencadenado contra todo lo que se relacionaba con la familia real, y anhelando asegurar más su libertad y sus vidas, reuniéronse por fin los dos esposos, D. Diego y D.ª Dolores, en su casa solariega de San Clemente, llamada de los Quirogas, y allí, gozando de santa paz y del fruto de su matrimonio, que Dios tan prodigiosamente les regalara en mi venerada Madre, dejaron correr los años de la infancia de este ángel, no sin que, desde los primeros momentos de su vida, se notaran en él indicios muy claros de la extraordinaria santidad a que estaba predestinada por Dios Nuestro Señor.

Por eso, comenzó a ser ya, desde entonces, la admiración de todos cuantos la veían y contemplaban, y creciendo juntamente en la edad, en la gracia y en la virtud, a imitación del divino Maestro y Redentor Nuestro Jesucristo, fueron los primeros años de esta niña, un perfecto alborear de la más alta perfección, con todos los dones y gracias sobrenaturales que suelen acompañar a la santidad en los más grandes Siervos de Dios.

Desde sus más tiernos años, fue esta hermosa alma favorecida del cielo con admirables revelaciones y visitas del divino Niño Jesús y de su Purísima Madre.

Cuéntase de ella que, a los dos años de edad, con ocasión de llevarla el ama a la iglesia, en donde se notaba ya que tenía sus delicias —cual otro San Pascual Bailón—, al pasar por delante de una imagen de la Virgen Nuestra Señora, alzó sus ojos y sus manitas al cielo y pidió a la celestial Reina que fuese su madre, aceptándolo la Santísima Virgen y asegurándola que sería monja y Madre de muchas monjas. Aseguraba esta bendita mujer —muerta en opinión de santidad— que, notando en esta ocasión algo extraordinario en la niña, la miró y la vio con el rostro tan hermoso y resplandeciente, que más parecía un sol que rostro humano. Era muy pequeñita aún y guardaba ya su comida para darla a los pobres, los cuales, besando sus manitas, la bendecían, encantados de tan celestial prodigio de hermosura, de inocencia y de virtud. Cierto día, no contenta con guardar para los pobres parte de su comida, ayudada de su hermanito Juan, se hizo como pudo con un saquito de arroz y lo guardó para dárselo a una ancianita; mas, como después lo descubriera todo su hermano a la abuela Ramona, esta les reprendió, para evitarles el castigo de la madre, la cual no profesaba a la niña Dolores el cariño propio que era natural y el que correspondía a una hija tan excepcional y virtuosa como esta tierna infanta.

Tengo oído y lo he visto escrito, relatado por testigos de vista, que en la edad tierna de tres a cuatro años, buscando esta angelical niña mayor retiro y soledad que el que tenía en su casa, saliose al campo, y andando hasta un despoblado y solitario desierto, tropezó con una cueva y entrándose en ella, vio un león que estaba echado. El fiero a la vez que noble animal, al ver a la niña, se levantó, como un manso cordero, y se colocó en la parte de fuera de la cueva, como para defender la entrada. Cuando en casa echaron de menos a Dolorcitas, la buscaron por todas partes, llenos de angustia, sin que nadie les diera razón del paradero de la niña. Dª Ramona, la providencial abuela de mi santa Madre, saliose al campo, y, caminando a la ventura en busca de su nieta, quiso Dios Nuestro Señor que, a cierta distancia de la población, viera la atribulada anciana que un enorme león venía hacia ella en veloz carrera, por lo cual, aterrada quiso huir, mas un vivísimo resplandor que a lo lejos divisara, como un globo de brillante luz, la esperanzó de modo que ya no temió a la fiera, y, llevada por sus caricias y halagos, no dudó en seguirla, ansiosa de encontrar el tesoro que hacía tres días andaban buscando: a su amada santita. Junto a la cueva, dio un salto el león y, adelantándose a la anciana, entró dentro y detrás la abuelita; quien, viendo a la niña de rodillas en oración y extasiada, se llenó de admiración y alabó a Dios, que tan maravilloso se manifestaba en esta escogida criatura. Contó Dolorcitas a su abuela todo lo que le había ocurrido, y vio la feliz matrona como la niña halagaba y acariciaba al león, cual si fuera un manso cordero. Enseguida desapareció el león de aquel paraje y jamás, ni antes ni después de este maravilloso suceso, se vio semejante fiera por aquellas tierras. Haciendo ya muchos siglos que en España no se crían leones, no cabe duda de que este que protegiera la vida de mi bendita Madre, en esta ocasión, fue misterioso a todas luces; lo que no debe extrañar en una criatura tan favorecida por Dios con favores extraordinarios de todo género, como iremos viendo en esta historia.

Terminada la Guerra de la Independencia y tranquilas ya las cosas políticas, pudo D. Diego de Quiroga volver de nuevo a desempeñar cargos de importancia en el reino, y de hecho, con uno muy importante, fue destinado a Valencia, llevándose a su lado a la familia y por consiguiente a su hija Dolores, que era todo su hechizo y amor. Existía entre D. Diego y Dª Dolores su esposa, cierta rivalidad en el cariño de los hijos, y al paso que él adoraba a su Dolorcitas, por las maravillas y dones del cielo que en ella se manifestaron desde su nacimiento, Dª Dolores, su esposa, había fijado su cariño principal en otra hija de los dos esposos llamada Ramona, siendo este uno de los motivos principales que hubo en esta madre singular y despiadada para que tratara a nuestra venerable como la trató, según se irá viendo en los años que con ella vivió y en otras circunstancias, después de ser religiosa esta, su santa hija. Entre los dones con que favoreció Dios a esta su escogida, uno de los mayores fue sin duda el de la vocación religiosa, la cual se manifestó en ella tan temprano, que bien puede decirse que nació juntamente con la Sierva de Dios.

Todo su recreo en la infancia era hacer conventitos, ayudada de su hermanito Juan, y vestir muñequitas de monjas, con traje blanco y capa o manto azul.

Como su hermana Ramona veía el disgusto que a su madre producían estas y otras cosas de Dolorcitas, le daba guerra y la mortificaba atando a veces una cuerda a la garganta de las muñecas monjas, y simulando que las ahorcaba; otras veces las arrojaba al pozo, o al aljibe, para que se ahogasen, y decía al mismo tiempo: «Mira, Dolores, mira tus monjitas». Ella se afligía mucho y recurría a su padre, buscando salvación para sus monjas. Su padre la consolaba cuanto podía, poniendo paz entre las dos hermanas, y por fin extraía del pozo las muñequitas y se las daba a Dolores, quien las estrechaba contra su pecho y las besaba llena de inocencia y candor. Por estas travesuras de mal género de Ramona, tuvo que sufrir no poco esta virtuosa niña, mi amada Madre; pues solía pagar las acusaciones falsas de su hermana con duros golpes, que le propinaba su madre, Dª Dolores. La inocente niña todo lo sufría en silencio y con gran resignación, manifestando ya desde tan tierna edad, la grandeza y santidad de su alma pura, tan amada y regalada de Dios.

Cierto día, habían estrenado las dos hermanas unos vestiditos muy lindos, con ramitos estampados en la tela; estaba nuestra inocente niña sentada en una silla, ocupada en hacer una labor que su madre le señalara, cuando, llegando por detrás su traviesa hermana Ramona, con mucho cuidado, para no ser notada, le cortó, uno por uno, todos los ramitos del vestido y fuese enseguida a acusarla a su madre; lo que ocasionó a la Sierva de Dios un fuerte castigo de la señora. Estas y otras travesuras nos contaba después la misma interesada Dª Ramona que solía hacer con su santa hermana cuando era niña, sintiéndolo y llorándolo entonces mucho, como, igualmente, los malos tratos que, con su madre, diera a su hermana Dolores, siendo esta ya monja, de los cuales hablaremos en su lugar debido.

Al mismo tiempo que esto sucedía con esta niña privilegiada, Dios la regalaba y consolaba de diferentes modos a cual más maravilloso. Unas veces se le aparecía en forma de Niño, descalcito y llagado todo, otras precedido de una cruz, o en brazos de la Santísima Virgen. Tendría unos cuatro años de edad, cuando, apareciéndosele la Santísima Virgen, la enseñó a leer, escribir, coser, bordar y otras labores, conforme a su edad, para que su madre, que siempre era muy exigente con Dolorcitas, no la castigara, como solía hacerlo frecuentemente, llevada del ningún cariño que la tenía; permitiéndolo Dios así, para acrisolar a esta niña, desde el principio, en los trabajos que habrían de ser su pan cotidiano durante su atribulada y larga vida.

En una de estas apariciones de la Santísima Virgen renovó en sus manos el voto de virginal pureza que, desde los tres años, tenía hecho a Dios, en fuerza del encendidísimo amor que le tenía desde tan temprana edad. Ya hemos advertido que, desde la edad de dos años, se manifestaron en esta felicísima criatura los dones del Espíritu Santo, con otras gracias gratis dadas, y por consiguiente que se hallaba su alma en disposición de practicar los actos más perfectos y heroicos de todas las virtudes. Sábese por sus directores todo esto, como también, que al hacer el voto de virginal pureza en manos de la Santísima Virgen, asistieron al acto Santa Inés, Santa Catalina y otros santos. Tan llena de los dones sobrenaturales del Cielo y tan capaz y bien dispuesta para la virtud y trato con Dios la encontró, en la edad de seis años, un P. Escolapio que la confesara, que la mandó comulgar; como lo hizo desde aquel día, con la frecuencia que pudo, viéndosela arder en vivas llamas de amor a Jesús-Hostia, cada vez que le recibía Sacramentado en su virginal pecho. Tan temprano, como todo eso, hizo de su pecho sagrario para Jesús esta candidísima Virgen que, después por toda la vida, había de ser centinela constante del Tabernáculo Augusto y esclava voluntaria del Santísimo Sacramento.

Furioso el demonio con un alma tan favorecida de Dios desde los primeros años, intentó no pocas veces quitar la vida a la angelical niña Dolores; mas, como esto no le era permitido, la atormentaba de mil maneras, apareciéndosele en diversas formas, a cual más horribles, y haciendo en derredor suyo ruidos extraordinarios, apercibiéndose a veces el padre de la niña D. Diego, quien, para evitarle semejantes molestias, que no se explicaba, mandóla trasladar de habitación junto a la suya, para estar más a su cuidado. Sucedió a veces que, entrando en la habitación de su hija, se la encontró llena de animales dañinos: salamanquesas, lagartos, etc., y, al ir a matarlos, desaparecían sin saberse cómo ni por dónde.

Diabólico también juzgamos el odio de Dª Dolores para con su bendita inocentísima hija, permitiéndolo Dios en sus altos juicios; y por eso, aunque con repugnancia, no queremos dejar pasar en silencio un caso horripilante que, en diversas ocasiones, hemos oído contar a testigos formales y de excepcionales condiciones de veracidad. En cierta ocasión y siendo bien pequeña esta amante Madre mía Patrocinio, intentó la autora de sus días envenenarla y, al efecto, le dio a comer una tortilla, con la suficiente dosis de veneno para causarle la muerte, lo que efectivamente hubiera sucedido, al no proteger Dios a su escogida de un modo visible y extraordinario.

Fue el caso, que, apercibiéndose del intento de la cruel madre un fiel criado de la casa, confidente de D. Diego respecto de su querida hija en estos y otros semejantes percances, dio aviso enseguida a su señor y también a la niña, previniéndola que no comiera la tortilla envenenada. Cuando Dª Dolores presentó la tortilla a su hija, el padre mandó que, inmediatamente y antes de probarla Dolorcitas, se la echasen al gato, lo que se hizo al punto, muriendo el animal al poco tiempo. Desde este día ya no se fiaban de Dª Dolores ni su esposo, ni la abuela Dª Ramona, respecto de la perseguida niña. Ella, sin embargo, mostrábase siempre cariñosa, humilde y obediente para con su madre, a la que amaba con todo su corazón.

En cambio, el Cielo seguía manifestándose cada vez más, bondadoso y liberal con esta Sierva del Altísimo. En cierta ocasión, se le apareció la Santísima Virgen, como se venera actualmente en este nuestro convento de Guadalajara, bajo el título de Nuestra Señora de las Misericordias y Prelada de la Comunidad, y le dijo que había de vestir el hábito de su Inmaculada Concepción, en la forma que la celestial Reina le traía vestido y aparece en la imagen indicada: túnica blanca y manto azul, cubriendo sus pies con la sandalia de la descalcez y ciñendo su cintura el cordón franciscano; añadiendo la divina Señora, que sería mi venerada Madre, «madre de muchas Hijas». Después, por los años 1856 a 1857, viviendo Su Reverencia en Torrelaguna, hizo D. Mariano Bellver la encantadora imagen aludida, conforme a la explicación que la Sierva de Dios le hiciera, la que fue conforme en un todo a la celestial visión descrita anteriormente. Para que tuviera toda la inspiración que merecía el asunto y que la Venerable ansiaba ver en la imagen, el piadoso escultor se preparó al hacerla con un novenario de comuniones y con una novena a la Santísima Virgen del Olvido, Triunfo y Misericordias.

La entregó estando ya la Sierva de Dios en Aranjuez, y fue colocada inmediatamente en el coro, en el sitio de la prelada, como correspondía a la gran Señora, prelada principal de nuestras comunidades y Soberana y celestial Reina y Madre de todas y cada una de las religiosas de esta Orden de su Concepción sin mancha.

Pocos años habían pasado de ausencia de la Corte para los señores de Quiroga y precisado un día D. Diego a ir a palacio, el rey D. Fernando VII le recibió con muestras de cariño tales, que le devolvió el cargo que en un tiempo desempeñara a su lado. Mostróse, además, muy interesado en saber de la familia de D. Diego y quiso verla, especialmente a Dolorcitas, de la que tan excelentes referencias le hacía el buen padre. Así prometió hacerlo el señor de Quiroga, mas la muerte atajó sus pasos llevándole al sepulcro, casi repentinamente. Con tan fatal desgracia y recordando D.ª Dolores el gran cariño que su difunto esposo profesara a su hija Dolorcitas, procuró ahora amarla como verdadera madre, si bien, por no fiarse la abuelita Dª Ramona, llevóse esta a la niña consigo para terminar su educación en la forma que había empezado y venía obteniéndose, con el favor divino, condescendiendo con ello Dª Dolores, por de pronto, hasta decidir el nuevo giro que había de dar a los asuntos de su casa y familia.

Estando viviendo con Dª Ramona, salió un día de paseo con ella su santa nieta, y allí mismo, en el paseo, se le apareció el Niño Jesús, como de unos diez años de edad, vestido con túnica morada, destrenzado el cabello rubio y todo Él deleitable y amoroso, como quien es. Traía en las manos dos coronas, una de rosas y otra de espinas, y alargándoselas a la candorosa e inocente niña, le dijo que escogiera entre las dos, cuál de ellas quería y le agradaba más; y, sin titubear, escogió la de espinas, colocándosela al punto en la cabeza. Sucedía esto en un descuido que tuvo la abuela, dejándola sola detrás de ella, y cuando volvió la cabeza y vio a la niña toda absorta y extasiada, se acercó a ella y, esperando que volviera en sí, le preguntó al fin qué le había pasado; la inocente virgen se lo contó y, extrañándose la venerable anciana de que hubiera escogido la corona de espinas, le dijo que por qué escogía más penas; a lo que respondió ella: «Porque estas son las más agradables a Dios». Efectivamente, penas, dolores, persecuciones, cruz y calvario tuvo siempre esta Sierva de Dios y, como verdadero retrato de Jesucristo crucificado, habrán de reconocerla las futuras generaciones.

CAPÍTULO II

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Nuevos crecimientos y nuevos peligros de la Sierva de Dios. — Simpatías salvadoras. — De educanda en las Comendadoras de Madrid. — Arte diabólica, macabra, contra la joven educanda. — Un aviso desatendido que cuesta caro. — ¿Por qué no ha de ser Comendadora? — Religiosa sí, pero en Orden más estrecha. — Preparativos para ser Concepcionista. — Excelente Madrina de Religión. — La Excma. Duquesa de Benavente echa el resto en vestición de Sor Patrocinio. — Un abrazo profético.

 

Inescrutables son siempre los juicios de Dios y no es la razón humana la que ha de juzgar de ellos, en ninguna circunstancia de la vida, ya próspera, ya adversa, sino que debe someterse, rendida y humilde, a la divina voluntad, acatando y teniendo por santas y sabias todas sus disposiciones.

Con la muerte inesperada de D. Diego de Quiroga en Valencia,[4] cambiaron todas las cosas de su familia, y ella fue, en parte, el origen de muchas de las grandes contradicciones que sobrevinieron a su amadísima hija, nuestra Madre Patrocinio. Quedóse Dolores Capopardo viuda, con cinco hijos: tres niños y dos niñas; fueron aquellos: Diego, Juan y Esteban; y estas, Dolores y Ramona, siendo la Sierva de Dios la mayor de todos: contaba a la sazón doce años de edad.

Reveses de fortuna habían mermado mucho la pingüe hacienda que D. Diego poseyera en San Clemente, y, a su muerte, realizado por Dª Dolores lo que quedaba, lo creyó más ventajoso, para ella y sus huérfanos, trasladarse a Madrid, como lo hizo, llevándose también a Dª Ramona, su madre, y a Dolorcitas, que, como se ha dicho, vivía con la venerable anciana. Juntamente con la edad, habían crecido en nuestra Madre Patrocinio todas las virtudes, la paciencia y resignación sobre todo, e iba ya siendo hora de recoger algunos de los muchos frutos que su santidad estaba llamada a producir.

Firme siempre Dª Dolores en llevar y conducir a su hija Dolorcitas por senderos amplios y del todo conformes con las que llaman exigencias sociales, no se percataba de despertar en su alma candorosa ideas de mundo, que sin ser malas, podían distraer su espíritu y aficionarla a una vida llena de ilusiones y de esperanzas, opuesta diametralmente a los deseos de la virtuosa joven; hasta que llegó un día en que, sin rodeos, le propuso, como muy conveniente, las relaciones con un joven[5] de gran porvenir social y aristocrático: —en el discurso de esta historia habrá ocasiones múltiples de conocer cuál y cuánta fue la significación e influencia política de este joven, y su intervención en los sucesos de la vida de nuestra esclarecida Madre Patrocinio—. Era esta proposición de Dª Dolores a su hija un gran peligro que la divina Señora, María Purísima, se encargó de alejar de su inocente hija, la Sierva de Dios. Esta se negó, rotundamente, a aceptar lo que su madre le propusiera, declarándole, una vez más, que su vocación era de religiosa y que solo esperaba tener la edad suficiente y una ocasión favorable para realizarla.

Puede suponerse el disgusto que, con tal repulsa, sufriría el ánimo iracundo de Dª Dolores; sin embargo, esperó que el tiempo diera la solución al asunto y, mientras, no tuvo inconveniente en que su hija frecuentara el trato con las señoras Comendadoras de Santiago, en donde Dolorcitas tenía, viviendo como señora de piso, una tía, la Marquesa de Santa Coloma. Fue este el medio principal de que se valió la Santísima Virgen para salvar la inocencia y la vocación de su predilecta hija, mi venerada Madre.

Como su trato era todo afabilidad y bondad y con sus modales y formas se arrastraba los corazones, moviéndolos a devoción, no tardaron mucho las señoras Comendadoras en prendarse de la joven Dolores, y de ahí el cariño singular que comenzaron a profesarle todas. Solía ir siempre a visitarlas mi Madre Patrocinio acompañada de su abuelita, por lo que podía dar a su espíritu, en el trato con las Comendadoras, toda la expansión que quería. A tanto llegaron las mutuas simpatías de la virtuosa joven y de las buenas religiosas que, por medio de la Marquesa de Santa Coloma, recabaron el consentimiento de Dª Dolores para que su hija ingresara en el convento, en calidad de educanda; como lo hizo, no sin repugnancia de su madre, quien cedió, más bien por compromiso con la tía de su hija y las Comendadoras que por su agrado y voluntad. Influyó no poco en su resistencia, a que mi amada Madre se separara de su lado, el recuerdo de su marido, quien, al morir, le recomendó, con mucho interés, que no se desprendiese de sus hijos, hasta que tomasen estado, o cuando circunstancias extremas lo exigiesen. No dudó ella del bienestar de su hija al lado de las Comendadoras, antes creyó que a su lado había de ganar en todo y disponerse perfectamente para el día en que tuviera que verse alternando con el mundo, en medio de la sociedad de su rango. Entró, por fin, la joven Dolores en el convento de las Comendadoras, teniendo apenas quince años de edad y allí estuvo hasta el feliz momento de salir para vestir el santo hábito de nuestra orden, la de la Inmaculada Concepción de María Santísima.

No llevaba un año siquiera en su santo retiro, gozando de gran paz y alegría, cuando tuvo que salir su tía, la señora Marquesa, a asuntos de familia; y no queriendo seguirla mi santa Madre, como fuera el deseo de la Marquesa, la dejó muy recomendada a la Rda. M. Superiora, que lo era entonces Dª Joaquina Zurita. Esta la puso bajo la dirección de Dª Petronila Zurita, hermana suya, quien veló con singular cuidado a la joven educanda, cabiéndole hoy no poca gloria de la mucha que han dado, y darán a Dios, por siglos eternos, las virtudes de esta esclarecida Sierva suya. Por Dª Bernardina Sánchez, también Comendadora, se supieron muchas particularidades de la vida de mi venerada Madre en aquella santa casa, tanto en lo que se refiere a las virtudes, como a los favores extraordinarios de Dios y persecuciones del demonio que, durante la época que allí estuvo, experimentara esta candidísima virgen.

Ella, Dª Bernardina, fue quien nos contó los casos siguientes. Una noche fuese la Sierva de Dios, como de costumbre, a hacer oración a la tribuna, y, estando en la iglesia depositado el cadáver de un caballero, tomó el demonio a la fervorosa joven, y, colocándola sobre el cadáver, la tuvo allí, hasta que, habiéndola echado de menos Dª Bernardina, fue a buscarla y la vio donde se encontraba, sufriendo horrorosamente y tan desfigurada que parecía un cadáver. Llenas de terror y de pena las religiosas, la entraron dentro del convento; pero bien pronto su dolor se cambió en gozo, porque volvió en sí la Sierva de Dios de aquella especie de mortal letargo que padecía y quedó tan renovada y hermosa como si nada hubiera sufrido. Algo parecido volvió a sucederle en otra ocasión con otro cadáver, hallándose en las Comendadoras; por lo cual cobró un miedo tal a los difuntos, que le duró hasta poco antes de su fallecimiento.

En este mismo convento de las Comendadoras, un Jueves Santo, entraron en la iglesia dos hombres, con trazas de caballeros devotos, pero mi venerada Madre, en cuanto los vio, fuese enseguida a dar aviso a Dª Bernardina, diciéndola que aquellos hombres iban a robar. No quiso la maestra creer a la discípula, porque veía muy devotos a los supuestos ladrones, y la reprendió encima, para que no fuese nunca ligera en sus juicios. Efectivamente, eran dos grandes ladrones y el robo que hicieron allí mismo fue de gran consideración, por lo que la señora quedó confundida y escarmentada de no haber creído a su santa discípula.

Estaban plenamente convencidas las Sras. Comendadoras de la vocación religiosa de mi Madre Patrocinio y solo esperaban el momento de su decisión formal, creyendo sería de su Orden, una vez que tan contenta se hallaba entre ellas y tan fácil se le hacía la vida regular en aquella santa casa. No dejaron nada por hacer, en orden a decidirlo, y trataron el asunto con Dª Dolores Capopardo, su madre, ofreciendo a su hija dote y renta suficiente de parte de los Caballeros de Santiago, si quería ser Comendadora la joven Dolorcitas. Dª Dolores, aunque contrariada en sus planes de casarla, de los cuales no había desistido ni un momento, aceptó muy agradecida la propuesta de las Comendadoras y dejó en libertad a mi Madre Patrocinio, para que hiciera lo que más le conviniera por entonces. Cuando supo la Sierva de Dios de lo que se trataba, muy atenta y afectuosa para con las Sras. Comendadoras, les manifestó su gratitud por tantos favores como le dispensaban y les aseguró que jamás se borrarían de su memoria; pero al mismo tiempo les expuso con la sencillez y libertad de carácter que le eran propias, que si bien su vocación era religiosa, anhelaba y se proponía serlo en una Orden más estrecha que la suya; lo que, lejos de molestar a tan virtuosas religiosas, fue muy de su agrado, y les edificó, por juzgar tal resolución hija del valiente espíritu de la dichosa joven.

Desde ese momento, ya no se pensó más por unos y otros, de dentro y fuera del convento de Comendadoras, interesados en ayudar a mi Madre Patrocinio, que en llevar a cabo la heroica resolución de la Sierva de Dios; y, a este fin, dieron cuenta a Dª Dolores de lo que pasaba con su hija, persuadiéndola de que no debía oponerse a resolución tan del agrado de Dios.

Por los documentos aportados por mi Madre Patrocinio a las Comendadoras, para ingresar en el convento, supose que estaba emparentada con la Excma. Sra. Duquesa de Benavente[6], lo que se notificó a la Señora, ofreciéndola al mismo tiempo el oficio de madrina en la toma de hábito y profesión de la Sierva de Dios. Agradose mucho la señora Duquesa con semejante noticia y aceptó, muy gustosa, el honor con que se le brindaba, de ser madrina de la joven Dolores. Por su parte, mi venerada Madre tenía resuelto y decidido ingresar en el Convento de Jesús María y José de Caballero de Gracia de Madrid, de la Orden de la Inmaculada Concepción de María Santísima, y así lo hizo saber a su madre y a las Sras. Comendadoras; y aprobándolo aquella y estas, se prepararon todas las cosas convenientes y se señaló el día de la entrada, tratándolo antes todo con las religiosas Concepcionistas del expresado convento de Caballero de Gracia.

La despedida de las Sras. Comendadoras de Santiago fue muy tierna. Todas sentían separarse de la que tanto amaban, y, al darle el último y más cariñoso adiós, le ofrecieron no olvidarla nunca, como así lo cumplieron, pues más tarde, en sus penosos y amargos destierros, fue muchas veces consolada con las cariñosas cartas de tan respetables señoras.

La Sra. Duquesa de Benavente quiso echar el resto en su madrinazgo y dispuso que no se escatimaran gastos de ningún género para la vestición de su parienta y ahijada; llegado el momento de la ceremonia, vistió la Duquesa a mi Madre Patrocinio un elegantísimo traje, y la adornó con exquisito gusto, cual convenía y correspondía al acto de la consagración de un alma a Dios, para ser esposa suya virginal, para siempre. Después, siguiendo la costumbre general de aquellos tiempos en semejantes casos, la Excma. Sra. madrina, acompañada de Dª Dolores y del séquito de ambas, presentó a la postulante a los conventos de religiosas de la Corte, con gran placer de todos los visitantes y visitados. Al llegar a uno de los conventos, sucedió que una señora desconocida, de unos treinta años, llena de cariño, se abrazó a la Sierva de Dios, felicitándola al mismo tiempo, por la suerte que tenía en poder ser religiosa —hacía ya mucho tiempo que ella ansiaba poder hacer lo mismo y no lo conseguía—. Mi Madre Patrocinio la miró y saludándola por su nombre, sin haberla conocido antes, ni saberlo de boca de nadie, la dijo: «Adiós, Juanita, pronto vendrás conmigo y estaremos siempre juntas».

Como la señora no había revelado su secreto a nadie más que a su confesor, quedó admirada al oír tales palabras y se persuadió de que aquella joven, que así la consolaba, era una santa. Después, el 2 de mayo de 1831 ingresaba la referida joven en el convento de Caballero de Gracia, tomando el nombre de sor María Juana de la Santísima Trinidad, y al lado siempre de mi venerada Madre e imitando sus heroicas virtudes, murió, en opinión de santidad, en Pau de Francia, el año 1873.

CAPÍTULO III

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Nueva azucena del jardín Seráfico. — Fuera galas y trenzas de pelo. — Nombre celestial. — Maestra de virtudes desde el principio. — Feliz novicia. — Incendios de amor que rompen el pecho y llagan el costado. — El infierno se alborota y hace de las suyas con la santa novicia. — Ella disimula y los demás no entienden. — A pesar de todo, profesará. — Emisión de votos solemnes. — Obediente, antes que todo. — El primer testigo excepcional de las llagas. — Impresión maravillosa de las de pies, manos y cabeza. — Más testigos presenciales. — Éxtasis sangriento, delante de la Comunidad.

 

Era el día 19 de enero de 1829, cuando, vestido el cuerpo con ricas galas y adornada el alma con excelentes y heroicas virtudes, ingresó mi venerada Madre Patrocinio en el Convento de Caballero de Gracia de Madrid, vergel florido de la Orden de la Inmaculada Concepción, regado con las saludables aguas del Cielo y cultivado, como toda la Orden, por el gran jardinero Francisco de Asís, a cuyos hijos estuvo siempre encomendado. Era a la sazón Vicario de la Comunidad el Rdo. P. Riaza, de la Orden de los Menores, y Prelada de la misma la Rda. Madre María Benita de Ntra. Sra. del Pilar. Al cuidado de ambos maestros confió Dios nuestro Señor esta candidísima azucena, al nacer en el jardín de la Orden Seráfica.

El P. Riaza fue quien, una vez despojada la postulante de las galas mundanas, vistió, en el expresado día, el hábito blanco y manto azul de la Purísima a esta virgen esclarecida, y la M. Pilar quien cortó las trenzas de pelo de la cabeza de esta esposa del Altísimo, depositándolas a los pies de la Inmaculada, en señal de victoria y como trofeo hermosísimo del misterio de su Concepción sin Mancha, presenciando acto tan hermoso y sublime, además de la Excma. Sra. Duquesa de Benavente, como madrina, y del Excmo. Sr. Marqués de Alcañices[7], que presentara el hábito en bandeja de plata, otras respetabilísimas personas eclesiásticas y civiles y gran concurso de fieles de uno y otro sexo, llenos todos de devoción y de entusiasmo, por las prendas excepcionales de la nueva escogida para esposa de Jesucristo.

Tenia de edad, cuando vistió el santo hábito. la Sierva de Dios, diecisiete años y había vivido dos, próximamente, en las Comendadoras de Santiago de Madrid. Con tan excelente preparación, como la recibida de tan santas Religiosas, comenzó su noviciado mi venerada Madre Patrocinio, y tan llena de Dios, como aparece durante esta felicísima época de su vida, entró en la Sagrada Religión de la Inmaculada, de la cual había de ser uno de sus principales y más sobresalientes ornamentos. Al nombre de Dolores le fue sobrepuesto el de Rafaela; disponiéndolo así Dios, para que el Santo Arcángel San Rafael la acompañara y defendiera del Dragón infernal durante su trabajosa y difícil carrera por la Tierra. Por este nombre es conocida la Sierva de Dios hasta después de profesa, cuando en uno de sus frecuentes éxtasis, en presencia de toda la Comunidad, le impuso la misma Santísima Virgen el regalado nombre de Patrocinio, en señal de predilección y de singular ternura hacia ella. Atribuían las Madres antiguas a particular regalo del Cielo en la imposición de este tan esclarecido nombre, el que, a las pocas horas, una persona desconocida les llevara al torno del convento un abundante refresco para toda la Comunidad, por lo que alabaron a Dios todas las Religiosas.

Tranquila ya en el claustro y en posesión de la dicha de ser religiosa, que tanto había deseado esta nueva hija de la Inmaculada, dio rienda suelta a su devoción y a las ansias de su corazón amante y comenzó a servir a Dios, tan de lleno y fielmente, que más parecía maestra de virtudes que discípula en el camino de la perfección religiosa. Las religiosas que más de cerca la trataban, observaron y admiraron en ella desde el primer momento una santidad nada común: su angelical candor, su sencillez, su humildad y su fervor en todo eran singulares. Llamaban poderosamente la atención el esmero y la puntualidad con que practicaba todas las cosas de obediencia, y era tan fiel en las observancias regulares, que las religiosas se tenían por dichosas en tenerla a su lado y daban gracias a Dios por haberles favorecido con tan excelente y privilegiada criatura. «Era una criatura angelical», afirman en sus apuntaciones las RR. MM. San José y Pilar, Maestra de novicias y Prelada, respectivamente, de mi santa Madre en aquel tiempo de su noviciado.

«Temíamos», dice la M. Pilar, «perder pronto aquel bien que gozábamos; porque, como entonces ignorábamos sus grandes padecimientos —los de la Sierva de Dios— y solo veíamos en ella un ángel de carne humana, un alma abrasada en amor de Dios, preveíamos o que se la llevaría el Señor pronto a su Gloria, o que la destinaba a cosas grandes». Este último pensamiento fue el que más se le gravó a la expresada Madre, «sobre todo», dice ella misma, «desde que empecé a descubrir en la novicia las cosas admirables que se sabrán algún día, por el modo que a Dios le plazca; pues a mí no me toca explicarlas, ni podría explicar lo más mínimo de lo mucho que llegué a entender de semejantes cosas y del enlace y unión de virtudes y gracias que todo ello encerraba». Esta misma fue también la respuesta que la venerable abadesa dio siempre a los Prelados de la Orden, cuando le preguntaban su opinión sobre Sor Patrocinio: «Yo pienso—afirmaba— que esta criatura ha nacido destinada para cosas grandes».

Así proseguía su noviciado mi santa Madre, favorecida por Dios con frecuentes y muy grandes ilustraciones de espíritu, con altísimos conocimientos e inflamaciones amorosas del Espíritu Santo; y entendió de nuevo y fue confirmada en lo que a los dos años de edad le había sido dicho por la Santísima Virgen: «Que sería monja y Madre de muchas monjas».

El día 30 de julio del mismo año 1829, fiesta de San Abdón y Senén, estando la bendita novicia en la oración de comunidad, de cinco a seis de la tarde, llegaron a tanto las inflamaciones de amor en su alma pura, a la vista de Jesucristo que se le aparecía precedido de una cruz, que abriendo brecha en el pecho, le quedó impresa en el costado una llaga, semejante en un todo a la del mismo amorosísimo Redentor de la vida.

Nadie en la Comunidad se apercibió por entonces del favor tan estupendo y regalado; y la Sierva de Dios procuró disimularlo y encubrirlo cuanto pudo, llena de humildad y de confusión, hasta que el mismo Señor fue servido revelarlo para su honra y gloria, como después veremos.

En medio de tan señalados favores del Altísimo, fueron también muchos y muy grandes los trabajos que sufrió de parte del enemigo infernal. En su empeño de quitarle la vida, o de inutilizarla, al menos, para ella, dejándola ciega, o manca, la tiró una vez por la escalera abajo, y, como llevara la Sierva de Dios dos cántaros de agua, uno en cada mano, fue muy grande el golpe que se dio y el daño que se hizo; pero la protección de Dios la sacó ilesa de tan grave peligro. En otra ocasión, al ir a coger una olla grande con lejía hirviendo para fregar, rompió el diablo la olla y abrasó a la Sierva de Dios de tal modo que, desde el hombro hasta la muñeca, era todo una vejiga: estremecía el verla. Los golpes que le daba eran crueles, como causados por tan infernal enemigo; pero como ocultaba cuanto podía la Sierva de Dios, y de lo que no podía ocultar no daba la explicación que tenía, las religiosas solían atribuirlo todo a causas naturales, hasta que Dios quiso que se descubriera el verdadero origen de tan extraños y desusados males. El mismo juicio se formaba el médico, aunque no se explicaba que el pulso no correspondiera ni guardara proporción con los efectos físicos que, en los diversos trabajos que aquejaban a la bendita novicia, se manifestaban.

Llegado el tiempo de la profesión religiosa, parece que todo se puso en contra de la santa novicia, para que no profesara; tanto, que hasta enfermaron, uno tras otro, todos los que debían intervenir directamente en el sagrado acto: el director de los ejercicios espirituales, el padre predicador de la profesión, y la misma Excma. Sra. madrina, la Duquesa de Benavente: esta se puso tan mala, que perdió el habla y no podía expresar su voluntad sobre lo que debería hacerse, llegado el día de la profesión. Afligida en extremo la Sierva de Dios, recurrió a la oración y pidió a Dios con tanta fe, que, recobrada el habla por la ilustre enferma, lo primero que dijo fue, que no se retrasara la profesión de su dichosa ahijada, cediendo su puesto en tan solemne acto a la Excma. Sra. Marquesa de Santa Cruz[8], y advirtiendo que, como en el día de la toma de hábito, se hiciese todo con el mayor esplendor.

De la preparación para acto tan trascendental y sagrado, el de la profesión religiosa, por parte de la sierva de Dios, baste decir que a la perfección de las obras ordinarias durante el año de noviciado y a las ilustraciones divinas que recibiera del Cielo juntó las muchísimas que, durante los santos ejercicios, hiciera de reconocimiento, de humildad y de caridad perfectísima, con los de recogimiento y mortificación que son propios de tan santos días, y otros extraordinarios, hijos de su singular fervor.

También tuvo en esos días algunas visitas del Cielo, entre otras, las de las venerables Madres San Pablo y María Jesús de Agreda.

Llegó por fin el día 20 de enero de 1830 y, cumplidas todas las formalidades que son de ley y ajustándose en un todo al ritual de la Orden Seráfica, pronunció esta bendita y esclarecida virgen, y Madre mía Patrocinio, la fórmula de la profesión de nuestra Santa Regla, emitiendo los votos solemnes de obediencia, pobreza, castidad y perpetuo encerramiento, en manos de la Prelada, Rda. Madre Sor María Benita de Nuestra Señora del Pilar, presidiendo el acto el Rdo. P. Riaza y predicando en la misa de profesión el Rdo. P. Lorenzo de la Hoz, ambos religiosos de Nuestro Padre San Francisco. Así quedó hecha verdadera esposa de Jesucristo y con Él crucificada esta escogida suya, que había venido al mundo solo para eso: para confesarle y vivir como Él, perseguida y cruelmente martirizada por su honra y gloria.

«Hasta esta época», dice la primera historiadora de la vida de mi venerada Madre, Sor María Benita del Pilar, «nada habían conocido las religiosas de lo mucho que encerraba de grande y extraordinario, sino lo que, naturalmente, atraía: su dulzura, suavidad, y aquel conjunto de cosas que roban la atención de quien la trata. Yo, dice, iba observando y confiriendo conmigo misma todo lo que conocía; porque, como en las dos horas que hay de oración mental, se advierte su recogimiento y ansias, y en varias ocasiones que me había hablado, aunque con la humildad que le es tan propia, y solo como preguntando, me penetraba yo de que allí había mucho oculto; pues no soy capaz de entender, ni mucho menos hablar de Mística; pero así como uno sabe que hay un tesoro encerrado, aunque no se vea como es, cómo está cierto de ello, allí tiene puesta toda su atención, así yo me hallaba.»

No habían pasado sino dos meses escasos desde la profesión, cuando, en una visita que la Sierva de Dios hizo a la celda de la Madre Abadesa, se tropezó, inadvertidamente, en el lado izquierdo con dicha Madre, la cual, extrañándose del estremecimiento espontáneo que aquella hizo, le preguntó si de la caída de la escalera la había resultado algún mal; más, como la virtuosa joven negara, entrando en cuidado la prudente y caritativa Madre, insistió y la mandó formalmente que la dijera la verdad, sobre el mal que en aquel sitio le aquejaba. Confusa y humillada quedó mi amada Madre Patrocinio con semejante mandato, mas era preciso obedecer; porque la obediencia era antes que todo; y así, llena de rubor, le contestó, que, desde el mes de julio del año anterior, fiesta de San Abdón y Senén, hallándose en oración, se sintió herida en el costado. Se llenó de pasmo y admiración la prudente Abadesa, pero, disimulando, le dijo: «Vaya, pues nuestro Padre San Francisco gastaba pañitos de lienzo, su Caridad no es nuestro Padre pero tiene que ponerse un pañito; yo cuidaré de dárselos y los que quite me los lavare, y nadie absolutamente, lo ha de saber». De hecho, nada dijo la Madre Pilar, por entonces, ni nada hubiese dicho después, si, tratándose de un caso tan de conciencia, no tuviera que intervenir el Prelado General de la Orden. Lo era entonces el Rmo. P. Fr. Cirilo Alameda y Brea, después Arzobispo Cardenal de Toledo; y enterado por la M. Pilar de lo que ocurría con Sor Patrocinio, mandó a aquella que tratase a esta con seriedad y que procurase ver la llaga.

Pensaba la Rda. Madre el modo como cumpliría el mandato de su Prelado, sin extrañeza ni mortificación de la bendita joven, y se le ocurrió bajar un día, por la siesta, al noviciado y verla —vivía mi santa Madre en el noviciado, no obstante ser profesa, en cumplimiento de la ley de los dos años de jovenado de nuestras constituciones—. La Madre Abadesa no reveló a nadie su pensamiento ni el propósito que había concebido de ejecutarlo en la forma dicha; y, llegándose la Sierva de Dios a la celda de la Prelada, díjole esta muy seria, que a dónde iba y qué quería; y añadió, en tono severo, que, si le parecía que aquella llaga era como la de Nuestro Señor Jesucristo. Entonces, muy sofocada Sor Patrocinio y saltándosele las lágrimas, respondió que en ella no había sino indignidad, y que no podía decir que la suya fuese como la llaga de nuestro Señor, y añadió: «Madre, esta noche soñaba yo que Usencia bajaba durante la siesta al noviciado», etc., lo mismo exactamente que había pensado y propuesto la Rda. Madre Pilar. Viéndose esta descubierta, aunque disimulando su asombro, dijo: “Pues bien, puesto que lo ha soñado su Caridad, lo hare”; y en efecto, pasado algún tiempo bajó, y, con gran vergüenza de la súbdita, logró ver la Prelada la llaga del costado de aquella, llenándose de admiración y confirmándose en la verdad de cuanto hasta aquel feliz momento había entendido de maravilloso y extraordinario en aquella angelical criatura. Continuó la Madre Pilar cuidando de los pañitos que la Sierva de Dios se quitaba y ponía, y ninguna religiosa se enteró del prodigio, hasta que quiso Dios revelarlo, en la impresión de las llagas de pies, manos y cabeza.

La descripción del éxtasis maravilloso en que sucediera esta impresión, la de las llagas de pies, manos y cabeza, la hizo, por orden de los Prelados y bajo juramento, la misma Rda. M. Pilar, que fue el gran testigo que escogió Dios de esta singularísima maravilla, de la impresión de las llagas de mi Madre Patrocinio. Dada la importancia del documento, no podemos por menos de copiarlo todo. Dice así la referida Madre:

“Habiéndome mandado en el año 1830 nuestro Reverendísimo P. General Fr. Luis Iglesias que fuese apuntando las cosas más particulares que viese y observase en Sor María de los Dolores Rafaela del Patrocinio, y repitiéndome el mismo encargo mi confesor, el Rdo. Padre Benito Carrera, que también lo era suyo, lo fui haciendo y cuidando las circunstancias y días en que sucedieron; y, aunque era casi imposible apuntarlo todo, mas, limitándome a las cosas extraordinarias que habían sucedido, tenía ya un cuaderno grande, cuando permitió Dios la horrorosa persecución que todos saben, y arrancando de nuestros brazos a aquel ángel, la sacaron violentamente de clausura. Sumergidas en el más profundo dolor, anonadadas e insultadas de tantos modos, viendo la impiedad con la máscara de celo, conociendo que no se trataba de averiguar la verdad, sino de infamar la religión, encubrir las obras del Señor, atropellar la inocencia y desacreditar la virtud, puedo decir que pasé angustias de muerte, porque entregada en manos de sus crueles enemigos que solo trataban de borrar, si hubieran podido, su nombre de la tierra de los vivientes y presentarla a la faz del mundo como una impostora, para encubrir así la crueldad de sus procedimientos y los atropellamientos contra esta inocente criatura, temía con fundamento, que, si por un caso, viesen las apuntaciones, se habían de irritar más y más, y aumentarse por esto los tormentos y padecimientos más, sin embargo, los fui conservando, hasta que, con todo lo que con licencia de su confesor tenía escrito y guardaba yo, todo se quemó. El motivo de esta resolución fue una insinuación suya para que quemase sus libros; y entonces temí yo más guardar lo mío, que era este cuaderno y la copia de los dos libros de oración. Y no se debe extrañar, porque la frecuencia con que iba al convento la justicia, el ver el empeño y la tenacidad con que, ciegos voluntarios, iban atropellándolo todo, nos tenían, día y noche, en continua angustia y terror. Los papeles que se quemaron, fueron: la obra titulada Sequedad y rocío maravilloso del alma que camina a su Dios. —Introducción a la obra titulada: La Matrona Romana, etc.— (La Matrona Romana era la Santa Iglesia). Declaraciones a la Introducción, y varios trozos de la obra y sus declaraciones: y otros muchos papeles sueltos y cartas. La obra que trataba de oración, eran dos tomos, con treinta y seis capítulos cada uno. Porque creo será bueno quede escrito algo de lo mucho que hemos visto, voy a hacerlo protestando que no diré cosa que sea exagerada, y que todo lo que dijese lo juraré sobre los Santos Evangelios, si fuese menester”.

“La antevíspera, o víspera de la Ascensión del mismo año de 1830, estando por la siesta en un éxtasis que le duró mucho tiempo, estando en cruz, veíamos que parecía, por los movimientos que hacía y por la postura de las manos y pies, que recibía algo, pero de un modo, que su maestra sor María Hipólita de San Felipe Neri y yo, que éramos las tres que nos hallábamos allí, no dudamos en decir: ¡Ay, que la van a imprimir las llagas! Luego, sin salir del éxtasis, se retiró el tocado de la frente, como quien esperase algo; inmediatamente apareció una roseta en medio, que a nuestra vista iba creciendo, y luego otras más pequeñitas. Volvió del éxtasis, y, desde aquel feliz día, aparecieron las llagas en manos y pies, porque, disimulando yo, encargué a la maestra observase por la noche si tenía igual señal en los pies, como en efecto vio que eran iguales. El sábado siguiente me enviaron a llamar, y, bajando al noviciado, hallo que, habiéndose vuelto a quedar en éxtasis, durante él, se le habían abierto todas las llagas y de todas estaba saliendo sangre; como cuando volvió en sí, vio la sangre que salía y que era imposible ocultarlo, fue mucha su aflicción; yo la consolé, y me pareció dar cuenta a la comunidad, como lo hice, encargando mucho el silencio y cautela con que se había de proceder en todo. Desde ese día hasta el 9 de noviembre, día triste y doloroso, memorable, que cubrió de luto, angustias y congojas nuestros corazones, tan inexplicables, como lo es la inaudita crueldad con que arrancaron a esta inocente víctima y singular criatura de nuestros brazos; hasta este día, digo, siempre tuvo vendas puestas, y ni por un momento solo la he visto sin esas hermosas señales.

CAPÍTULO IV

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Hermosura de las llagas. — Estado ordinario de las mismas. — Vivía de milagro. — Impresas por Dios, ¿quién podrá borrarlas? — En Talavera y en las Recogidas de Madrid. — El día de la Santa Cruz. — Particularidades dignas de mención. — Cuentan lo que vieron y tocaron. — Arrecia la persecución del diablo a la Sierva de Dios. — Trabajos exteriores manifiestos y públicos. — Conjuros sin provecho. — Asilo seguro. — El poder de Satanás y la virtud del «Ave María». — Ríndese la ciencia ante el milagro. — Virtud limitada del diablo.

 

Tratando la Rda. M. Pilar de la hermosura de las llagas de la Sierva de Dios, hace la pintura siguiente: «Pues ¿qué diré de la abundancia de sangre que por todas derramaba y de la hermosura de todas ellas? Si las tiene cerradas, se ve como por un cristal, porque brilla la pielecita que las cubre y siempre manifiesta la roseta; si abiertas, es un pasmo, se ven los tendones o nervios, tiene como un agujero y no le quita el manejo para nada; siempre que echan sangre, sale también por la palma, y, en los pies, por la planta también. Jamás se ha puesto nada absolutamente, más que cabezalitos finos y las vendas. Cuando se abren, es la una mayor que la otra. Cuando se cierran no queda cicatriz en medio, ni nada más que la pielecita que las cubre; lo mismo las de los pies. La del costado, cuando está cerrada, parece como de relieve; la sangre que sale de todas es con tanta abundancia, a veces, que no podría vivir, al parecer, naturalmente; pues la del costado, después de calar el paño que siempre lleva en ocho dobleces, y una plancha de hilas, la túnica de lana, justillo, pañuelo y hábito, que siempre es gordo, le rebalsa y cae hasta la fimbria del mismo hábito. Las llagas de la cabeza, en la frente, que es donde se pueden distinguir mejor, son de forma no redonda; y estas, todo el tiempo que ha estado en el convento, ha sido casi a diario el echar sangre; pasaban dos o tres días lo más; lo común ha sido en la oración; aunque de noche y a otras diversas horas también; pero, comúnmente, volvía del éxtasis, y se hallaba su cabeza y el rostro, de la que caía, lleno de sangre, y todo el escapulario, por delante, de manera que todo había que mudárselo. Yo, como veía tanta pérdida de sangre, muchas veces me afligía; y sucedió una o dos veces, que mandándola, mentalmente, que en trece días, y otra en nueve, no se le abriesen las llagas de la cabeza, ni echasen sangre, así sucedió; pero volvía lo mismo y ya no me atrevía yo a desear lo que conocía no era voluntad de Dios. Pero todo el tiempo que han sido mis ojos testigos, desde el primer día que se abrieron, ya de unas, ya de otras, ya de todas juntas, raro ha sido el día que no ha echado sangre de las llagas; y por esta continuación y lo poquísimo que tomaba de alimento parecía imposible el vivir, si Dios, para ostentar su poder, no la conservara.

Desde el 9 de noviembre del año de 1835, que la sacaron, hasta el día en que la llevaron a Talavera, aunque no he sido testigo de vista; pero infiero por lo que diré que, o no se le han cerrado ni un día, o si han dejado de echar sangre alguna vez, ha sido muy rara; y, aunque las llagas lo mismo son cerradas que abiertas, porque lo que el Señor ha impreso no han podido borrarlo los hombres, y que, echen sangre o no echen, las llagas siempre están patentes y a la vista, pero creo ha querido el Señor manifestarlo más y más, para que no tengan disculpa.

El fundamento que tengo para decir esto es, que desde el 9 de noviembre hasta el 26 de enero de 1836, que la trasladaron a las Recogidas, en la casa en donde estuvo depositada, no cesaron de pedir vendas y trapos, -al convento-.

Unos días antes de practicar aquella acta de mentiras, mandaron hacer vendas de tafetán negro y por dentro cabezal blanco; —bien claro estaba; — el cabezal, para empapar la sangre y lo negro para encubrirla.

Y fuese por poca cautela de la mujer[9] o inadvertencia o lo que es más, Providencia de Dios, lo cierto es, que en casa —el convento— las hicimos; y, cuando la mujer quiso evitarlo, sin duda, conociendo que para seguir el plan que se proponían, no convenía que supiésemos esta farsa, ya era tarde. Luego que fue trasladada a las Recogidas, como llevo dicho, dispuso Dios, que, no solo la ropa, sino todo, se lavase y cuidase en el convento; porque la Rectora, que es mujer muy virtuosa y de grande espíritu, quiso darnos este consuelo; y en los 16 meses justos que ha estado en aquella santa casa, aunque algunas vendas y cosas de sangre haya lavado dicha señora; pero, comúnmente, ha venido todo y desde que se fue, hasta el mismo día que fueron el Regente y Secretario a notificarla el viaje, que por la tarde vinieron las vendas con la sangre fresca, no ha faltado algo que lavar, y esto puedo atestiguarlo; muchas veces ha venido de todo, tocas, vendas de pies y manos, hábitos y túnicas, y, en fin, se conoce, claramente, que siempre han estado abiertas. Por la Santa Cruz del año pasado de 1836, fue con tanta abundancia la que salió de todas las llagas, que nos estremecimos al ver tanta sangre; y no lo estaba menos la Señora Rectora, que decía, temió se desangrara enteramente; y, por el peso y la abundancia, regulamos por lo menos cuatro libras, echando corto. Otras muchas veces ha venido mucha, pero como entonces nunca, pero siempre, más o menos, de unas o de otras llagas no ha dejado de venir.

Sucedió un día, que era cerca de completas, y como las llaguitas de la cabeza, que cogen la frente es más difícil encubrirlas, y más que algunas veces se veían dos oredenes echando mucha sangre, y una, particularmente era mayor y vertía sin cesar; díjela yo que no podía ir a Completas, y con aquella gracia que tiene en todo tan inocente, dice «ciérrate llaga», y al momento mismo no volvió a echar una gota; y se puso de tal modo, que pudo al instante ponerse el tocado e ir al coro. Son tantas y tan particulares las cosas que acerca de las llagas podía decir, que sería interminable y alguna vez hablando de los éxtasis, diré algo. Yo misma he tenido la dicha de ver varias veces las de los pies, las de la corona de espinas en medio de la frente, estando cerradas; y la blancura y brillo de la pielecita que la cubría, era una hermosura. La de un pie es algo más grande que la del otro; no recuerdo la de cuál pie era mayor, pues en mi veneración y en el gozo interior que experimenté al verlas, no me fijé en eso; solo sí, pensé entonces y he pensado después muchas veces, si esto significaría que la santísima llaga del pie que a nuestro Divino Salvador clavaron sobre el otro pie, sería mayor; puesto que la crucifixión del Señor fue con tres clavos, dos para las manos y uno para los pies, tocando al de encima la parte más gruesa del clavo. Esto medité yo entonces y pienso siempre al recordarlo.

Sigue hablando la Madre Pilar: «Estremece solo la memoria de lo que el cruel enemigo de nuestras almas la ha hecho padecer; y, como es poco común esta clase de padecimientos, aunque nada extraña a quien tenga experiencia y entienda de Mística, y más principalmente en un alma tan grande, y que nada tiene de común y en todo es particularísima y admirable; pero, comúnmente, nada de esto se cree; y ya se ha visto que, solo para burla y sátira se han valido de un suceso que fue verdadero; pero que lo teníamos oculto. En fin, yo que no puedo negar a mis ojos lo que he visto y oído y que, sencillamente, apunto lo principal de todo, diré algo de lo que presencié y vi.

Esta clase de padecimientos, según yo luego supe, hacía mucho tiempo que los padecía; pero el saberlo yo fue casi al mismo tiempo que se empezaron a manifestar sus éxtasis, y cuando el Señor quiso darla algún descanso aunque no seguido.

Como ocultaba de un modo tan particular todas las gracias del Señor y todo lo que padecía, y en lo exterior se descubrían un no sé qué, que manifestaba aquella tranquilidad de alma, aquel amor encendido a su Dios, aquella caridad y amor al prójimo, aquel silencio y, en fin, las virtudes todas con que nos pintan a los mayores santos, la dije un día: “¡Ay, hija mía!, para su caridad son todos los dulces”, y abrazándome con una gracia  y sonrisa, me respondió: “Madre mía, y también los amargos”. Yo decía entre mí: pues, ¿qué podrá tener esta criatura si es un ángel y siempre está en la presencia de Dios?.

Pero bien pronto conocí cuánta virtud había tenido que tener, para padecer tanto, sin despegar jamás sus labios, para decir la más mínima palabra; por donde hubiésemos podido conocer los muchísimos y continuos trabajos que la bestia infernal le hacía padecer. Por aquellos días, iba el Señor dándome más a conocer cuanto encerraba el Señor en aquella criatura dichosa. Gustaba mucho de que yo estuviera con ella algún ratito, y cada vez iba yo formando más alto concepto de su virtud admirable. Un día, por la siesta, que había estado con ella, me despedía ya; y me rogó e instó para que no me fuese; y me declaró, cómo el Señor la había dado por alivio y cómo un asilo la celda y compañía de la Prelada. Fui sabiendo mucho de los grandísimos trabajos que había padecido y padecía; la crueldad con que este fiero dragón la trataba; el año de Noviciado tan penoso que había tenido; y más en los ejercicios, padeciendo todo solita y sin el menor consuelo por parte de las criaturas; como todos los males extraños habían sido causados por los golpes que la daba y lazos que armaba; como la caída y la olla de agua, con que la abrasó todo el brazo derecho; y, en fin, es imposible referir las tramas de este maldito.

Sin duda, como Dios quería ir manifestando su poder y grandeza en esta alma tan amada suya, quiso que yo tuviese noticia de cosas grandes y maravillosas y que todas fuésemos conociendo mucho de esta alma tan grande.

Cuando yo supe estos padecimientos, fue grande mi asombro, y propuse velar con la mayor vigilancia; y aunque tan incapaz y tan miserable, como esa gracia era del oficio de la Prelacía, procuré por mi parte acudir de día y de noche a su alivio.

Escribir todo lo que ocurrió durante esta permisión que tuvo el demonio para atormentarla es casi imposible; pero aunque solo ella misma podría declararlo, por lo poco que diga se puede conocer, cuánto fue lo que padeció interiormente; pues permitió Dios que viésemos y tocásemos por decirlo así, cosas tan raras y poco frecuentes. Los golpes y ruidos que el demonio hacía en el Convento, eran grandes, y en el coro, entrando ella, mayores; parecía que, en empezando el oficio Divino, tocaban a alarma; y, en su silla y en las inmediatas, daban unos golpes tan fuertes en los cajones, que causaban perturbación. Por todas partes había ruidos; se oía como hablar; pero tan raramente, tantas sombras, en fin tales cosas, que llegó la Comunidad a acobardarse. Pero lo más doloroso eran los golpes que daba este cruel enemigo de día y de noche a esta criatura; no la dejaba sosegar a ninguna hora. La estábamos viendo tan hermosa y con aquella gracia natural que tiene, y de pronto se le advertía como una mutación triste; íbamos a verla, y ya estaba llena de cardenales. Otras veces, se oían, claramente, las bofetadas; y aunque no veíamos quién las daba, veíamos en su rostro la señal. Debajo de sus pies siempre estaban dando golpes; y si se echaba, sonaban debajo de su cuerpo. A todas horas, se le ponía delante; y ella sola podría decir cómo y en qué figuras y siempre atormentándola.

Yo de mí que conocí tanto y llegué a apurarme en extremo, aunque Dios me quitó el miedo natural que debía tener, mas como soy tan flaca y ruin, cuántas veces decía yo en mi interior: ¡Jesús, Señor!, ¿cómo hay quien siga este camino y os sea fiel?, porque yo no puedo de ningún modo ponderar mi estremecimiento y las angustias que mi alma padecía.

Por mandato de nuestro Rdo. Padre General Fray Luis Iglesias, entró el Padre Vicario a conjurar todo el convento, pero delante del mismo Padre y mientras conjuraba, hacía el diablo los mismos ruidos. Viendo que nada servía, hablando un día con el Rdo. Padre Fray Lorenzo de la Hoz —porque yo no tenía ya corazón para ver padecer tanto a aquel Ángel— me dijo: “No se cansen ustedes, las conjuras no servirán de nada, eso es la purgación pasiva de ese alma y que la fía Dios a pocas almas, y solo a aquellas que quiere Su Majestad levantar a muy alto grado de santidad”. Habiendo, pues, sabido que con la Prelada tendría algún asilo, no la dejaba más que lo preciso y porque las noches eran lo más temible y porque hubiera sido imposible que yo hubiera descansado ni un solo momento, dispuse durmiera en mi celda, y en efecto, solo una noche tuvo el demonio permiso para entrar y el día en que la sacó como luego diré, y el largo tiempo que hubo hasta que quitaron el permiso al demonio, para que la atormentara de este modo, a lo menos teníamos de noche seguridad; esto en cuanto a darla golpes, porque ruidos y sombras en las ventanas, que enteramente quitaban la luz, había mucho de esto. Apenas se creerá lo que padeció esta criatura; yo confieso que son imponderables las penas, zozobras y angustias que yo padecía en todo este tiempo, porque era imposible tener sosiego en ninguna parte. Un día, que fue el primero de Pascua del Espíritu Santo, y antes de que subiera del Noviciado, dije a la Maestra me bajaría; aquella noche la Maestra se fue a acostar y yo me quedé con ella. A poco rato dan un golpe, y ella como la veía, dijo: ya está aquí, y luego dan otro muy cerca; yo llamé a la Maestra, y con un lignum Crucis grande y las dos cubrieron y vimos levantar la cruz y darla con la misma cruz y cogerla del velo. Y esto sucedió muchísimas veces, que teniéndola yo en el coro en mis brazos porque estaba enajenada, ya que no podía pegarla, tiraba con fuerza del velo. El día de la Santísima Trinidad, del mismo año, estando en el claustro toda la comunidad, donde la noche antes se había quedado en éxtasis, cantando los gozos, como es costumbre cantarlos la víspera y día de tan gran solemnidad, empezamos a oír los ruidos y golpes de otras veces, y ella se turbó. La llevamos a mi celda, y ella veía la batalla que traía para entrar; al fin entró – esta fue la vez que ha dicho, – eran tantos los golpes que la dio que todas lloraban sin consuelo, al cabo de buen rato, nos ocurrió sería bueno entrara el Padre Vicario; entró y la empezó a auxiliar, porque estaba morada, y a poco cesó de golpearla, pero la dejó tan molida que, sin poderla mover, allí mismo se echaron unos colchones. Otro día estando yo en el torno, oigo voces de las monjas que me llamaban arriba; subo exhalada, porque conocí sería algún trabajo suyo; en efecto, la había metido la cabeza por el agujero de un común y la sujetaba fuertemente; la Maestra tiraba a ver si podía sacarla, pero en vano, y decía que la daba contra una piedra; llegué yo y, cogiéndola con las dos manos, al instante la soltó, la llevamos a la enfermería, donde hallamos al médico que estaba visitando a una enferma, y como las monjas, con la turbación, no advirtieron que estaba dentro, asustado, vino donde oía las voces; este dijo que si hubiese estado más tiempo, se hubiera ahogado.

El caso más doloroso para mi corazón y para el de toda la comunidad, fue cuando la sacó del convento, que tanto ha servido para mofa y escarnio de los impíos; pero como que fue verdadero y había tantos testigos como monjas viven de las que había entonces, no lo debo omitir.

El día 26 de octubre del mismo año de 1830, salimos del coro a la diez y media, ella se fue con su Maestra y entró en nuestra celda por unas flores. La Maestra la dejó; yo me había quedado en el coro. Sor María Hipólita de San Felipe Neri, que vivía en la celda inmediata, dice que así que pasó su Maestra, le dio un vuelco el corazón; se levanta, va a mi celda, vio que no había nadie; busca a su Maestra y la pregunta por ella, la dice dónde la había dejado, y la de San Felipe — como sabían todas lo que la atormentaba el demonio — dice: “Vamos a buscarla”. Todas se alborotaron y empiezan a llamarla; en esto bajo yo del coro y veo lo que sucedía. Desde luego, me temí la tendría en algún rincón golpeándola.

Un sobresalto general se apoderó de todas, la buscan, se la llama a campana, ni responde ni aparece por ningún lado, crece con esto nuestra angustia, se encienden las luces para mirar por las cuevas, y desde la media naranja de la Iglesia, hasta la última cueva se registró. No quedó alacena ni cofre que no se abriera. Viendo por nuestros mismos ojos que no estaba en el convento, entonces, sí que creció nuestra congoja; lloramos, y casi fuera de nosotras mismas, dije yo a las monjas: Hagan Uds. oración a su Santísimo Cristo — era el Señor de la Palabra — mientras yo voy a llamar al Padre Vicario, a ver qué hacemos. Yo me bajé al locutorio, y a muy breve espacio, estando afligidísima que no sabía ni lo que me pasaba ni lo que hacía, me llaman corriendo, diciendo que la novicia que era sor María Josefa de la Soledad y estaba de cocina, había oído desde la huerta un quejido. Corrimos todas en tropel, unas por un lado y otras por otro de los claustros, mirando por todas partes, y vimos en un tejado a nuestra amadísima Patrocinio. ¡Oh, qué gozo el nuestro!: sin más reflexión, salieron por las ventanas dos religiosas corriendo por el tejado, como pudieran por la sala más tapizada; las demás estábamos a la misma ventana, la trajeron agarrada entre las dos; pero cuánto fue nuestro sentimiento viendo cómo la había puesto; toda desfigurada de los golpes, tan llena de polvo y arena, hecha una lástima, como si la hubiera arrastrado mucho tiempo, al pronto nos conoció, pero luego estaba tan turbada, como que le estaba viendo al demonio y la amenazaba.

La bajamos a la sala de recreación, entró el Padre Vicario, que lo era el Padre Fray Manuel Riaza, al cabo de algún tiempo, huyó el maldito. Dos horas y media fue lo que estuvo fuera, o poco menos. Después que estuvo sosegada, la preguntó el Padre Vicario y luego a nosotras nos refirió lo siguiente:

“Que apenas se separó su Maestra, la cogió el maldito y la sacó por un balcón que hay enfrente de mi celda, que la llevó boca abajo y cogida solo de un pie, que vio unos jardines y oyó unas campanas, vio unos patos; que en un camino la arrastró y dio muchos golpes, que luego la llevó a unos pinares y allí la dejó, entonces dice que fue cuando más se afligió, que vio un pastor en un alto, y entonces ya no vio al demonio; que clamó y dijo hablando conmigo: “Madre, que hagan una rogativa”, y entonces, la volvió el diablo a coger y la puso en la bola de la torre de casa, que por el ciprés de la huerta conoció era nuestro convento, que luego la puso en otro tejado que cae enfrente de la calle de Peligros, y, últimamente, obligaron al demonio a que la pusiera donde la encontramos, que cae hacia dentro del convento. Cuando estuvo en la bola dice que estuvo si cae o no en el tejado, dijo había unas mujeres en un balcón y dio las señas de la ropa, y en efecto vieron ser así, sin quitar ni poner. Las Religiosas dijeron, que separadas de mí y de rodillas, empezaron a rezar en cruz en el altar del Santísimo Cristo que he dicho, y a la tercera avemaría, fue cuando avisó la novicia. De donde infiero que a un mismo tiempo dijo ella que hagan rogativa, que yo lo dije.

Quedó de este lance tan estropeada y tan sin fuerza en las piernas, particularmente la una, que en mucho tiempo era una lástima, y con dolores terribles — toda la vida la duró el dolor y resentimiento de una pierna y un pie — como causados por tan cruel enemigo, además de eso tan oprimido el corazón, que yo temía mucho la diese algún accidente o mal de corazón. Echó mucha sangre cuajada y renegrida por la boca. Por todo esto determiné llamar al médico, como en efecto vino al día siguiente, hubo que decírselo todo, y lleno de compasión, me dijo estas palabras: Madre Abadesa, a mí me quita Dios las facultades, y así ni un vaso de agua mando. Vio los tejados y dijo, que solo el haber salido una por un lado y otra por otro y andando sin suceder nada, era un milagro; al otro día volvió e instándole yo para que mandase algo, porque aunque aquello no era natural, podía muy bien, de resultas de esto, venirle algo, mandó una bebidita antihistérica, mas no fue menester, ni la probó; porque aunque estaba tan lastimada, ni se quedó en cama, ni dejó de seguir la comunidad; sucedió que fue a la oración por la tarde, y de ella salió ya tan otra y tan renovada, que no se puede explicar, y solo la debilidad y los dolores de las piernas la duraron mucho tiempo. Muchos fueron los estragos que el maldito hizo padecer a esta criatura, ya echándola alfileres en lo que había de tomar, ya no dejándola sosegar ni un instante; pero siempre se ha notado que a donde ha cargado más, ha sido al brazo derecho y a los ojos. Cuando la quemó el brazo, también fue el tiro a los ojos, y creíamos se había quedado ciega; porque la olla de agua cociendo cayó a la lumbre, y todo este fuego subió al brazo y al rostro, y quiso Dios, que habiéndose tostado el hábito y padecido tanto el brazo, los ojos quedasen libres en medio del fuego. Siempre que la golpeaba, que era continuamente, siempre se veían las señales con más fuerza, y mucho mayores en el brazo derecho. Donde sin duda, no tuvo licencia para llegar nunca, fue en las llagas, jamás se vio ninguna señal, además preguntada por mí me lo dijo. En todo este tiempo, algunas veces le quitaban (al demonio) la licencia por ocho o quince días, y ella que lo conocía, y sabía cuánto padecía mi corazón, me lo decía para que descansara; mas, luego volvía con más fuerza. Así íbamos pasando, hasta que llegó el mes de agosto del año de 1831, no me acuerdo del día fijo, pero sí que sucedió lo que diré antes del día de la Asunción.»

CAPÍTULO V

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La Santísima Virgen del Olvido, Triunfo y Misericordias. — No más tormentos diabólicos. — Autenticidad legítima de la Sagrada Imagen. — Dos testimonios de mayor excepción. — Gracias vinculadas a la Imagen bendita. — Promesas singularísimas de la Divina Señora a los que le tributen culto. — Curaciones maravillosas y favores singularísimos de la Virgen Santísima del Olvido. — Los zapatitos de plata de la Sagrada Imagen y la piña prodigiosa. — Los ojos de la imagen lloran sangre y se elevan. — Nuevos casos prodigiosos. — Descripción de la preciosa Imagen

 

El día 13 de agosto de 1831[10] estando mi Rda. Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio en el coro, en la oración de comunidad, de cinco a seis de la tarde, se le apareció la Santísima Virgen, en una hermosísima y resplandeciente nube, cercada de querubines y la presentó una preciosa imagen suya, que llevaba el glorioso Príncipe San Miguel con los títulos de Olvido, Triunfo y Misericordias. La Virgen Santísima le dijo, que aquella imagen venía enriquecida con muchas gracias y privilegios para sus verdaderos devotos, que cuidase de darle culto, que la dejaba en la Comunidad. La dijo también que, desde entonces, le quitaba el permiso a Satanás para atormentarla por sí mismo, y que pusiera la figura del dragón amarrada a los pies de la sagrada imagen, que ella misma le atara con una cadena y pusiera esta en las manos de la santa imagen, en señal de que quedaba sujeto. El demonio, furioso, bajó a los abismos, asegurando a mi Venerada Madre, que ya que no podía perseguirla por sí — como lo había hecho hasta entonces de una manera terrible — lo haría por los hombres, y no solo en vida sino después de muerta la perseguiría también.

Durante esta admirable visión, el Príncipe San Miguel colocó la sagrada Imagen en el altar del coro, oyendo la celestial música de los Ángeles la ejemplarísima religiosa Sor María Juana de la Santísima Trinidad y otras dos religiosas más; pero, ignorando lo que sucedía, para ellas invisible, guardaron por entonces el más profundo silencio. Terminada la santa oración y demás actos de comunidad que a ella siguieron, salió mi venerada Madre Patrocinio, con su Prelada, al pequeño jardín del convento y le dijo, que tenía que darle una noticia de muchísimo consuelo para su Reverencia; y era, que ya podía estar tranquila y sin cuidado ninguno, pues no volvería jamás el demonio a golpearla, ni a asustarla; porque la Reina de los Ángeles le había sujetado, que le enseñase una imagen pequeñita que tenían. El consuelo de la Rda. Madre Pilar, con tan gratísima noticia, fue tan grande que: «Solo quien haya experimentado lo que esta criatura padeció, las congojas de mi corazón a toda hora, porque aquello no era vivir; y aunque estaba todo lo que podía conmigo, y en el coro la tenía a mi lado y muchísimas veces la llevaba donde yo iba, o me iba a la ropería, donde ella estaba; mas, a pesar de todo, parecía como uno que está acechando y no pierde la más pequeña ocasión, así hacía el maldito; y así, cuando por alguna cosa, forzosamente precisa, no la veía, era grandísima mi zozobra y desasosiego; y así digo, que solo yo, que lo padecí, puedo decir cuál fue mi gozo, descanso y alegría al oír tan deseada nueva, que no puedo explicar el júbilo que sintió mi corazón».

Salieron del jardín la Prelada y la súbdita y se fueron a la sala de recreación, donde había muchas imágenes; las que, vistas por la Sierva de Dios, dijo que no era ninguna de aquellas. Siguieron buscando, y cuando la encontraron, al abrir la Prelada la vidriera del nicho donde estaba, dijo mi venerada Madre, abrazándose a ella: “Esta, esta es”. Sorprendida la Abadesa, por no haber visto nunca aquella imagen, le preguntó y mandó que, como Prelada, le dijese lo que aquello significaba. Mi amada Madre le dio cuenta de cuánto había pasado, y de cómo la Reina del Cielo le había dicho que: «Así como la Señora sujetaba al demonio, así ella cuidase del culto de aquella imagen; que el demonio no volvería a golpearla ni a asustarla».

Uno y otro se cumplió enteramente, porque desde aquel dichoso y memorable día, cesaron todo estrépito y golpes, nada se volvió a oír en el convento, y la Sierva de Dios quedó tan segura, que jamás el demonio la volvió a dar el más mínimo golpe ni susto, pudiendo andar ya, con entera libertad, sola por todas partes. La Madre Pilar quedó con la mayor tranquilidad, descanso y gozo, como ella misma declara, añadiendo: “El culto de la Señora, ella – la Sierva de Dios – lo empezó y se fue y va aumentando cada día como es público, y tan admirablemente, y porque tengo apuntado para la historia de la Señora en otra parte, no digo ahora de esto. Solo diré, que parece ha vinculado el Señor en esta portentosa imagen el alivio, consuelo y remedio de todos; pero esta su amada y predilecta Esposa, sin que sea exageración, bien se puede decir que todo lo tiene y halla en ella, como se sabrá cuando se sepan los extraordinarios padecimientos y trabajos grandísimos, tribulaciones y angustias que ha padecido, y los peligros inevitables en que ha estado su vida».

Volviendo al descubrimiento de la peregrina imagen, repito que la Madre Abadesa quedó sorprendida y admirada al verla y enterarse de todo lo ocurrido. Llamó a las religiosas y les preguntó si alguna había visto antes en la Comunidad aquella preciosa Imagen. Todas dijeron que no.

Dio la Madre Pilar aviso al Rdo. Padre Guardián del Convento de Ntro. Padre San Francisco, el cual fue, se enteró de todo, hizo algunas preguntas y pruebas y, en presencia del prelado desapareció la Santa Imagen. Estuvo esperando un poco y, confuso y lleno de pena, se marchó al convento. Envió cartas patentes a todos los conventos de religiosos y religiosas de la provincia, suplicando se hiciesen rogativas por una urgente necesidad. Con esto cobró confianza, y el día 15, volvió al convento de Caballero de Gracia, de nueve a diez de la mañana, entró en clausura y, estando en la Celda de Oficios con la Rda. Madre Abadesa y con la sierva de Dios, volvió la sagrada Imagen y se colocó a su lado. Inmensa fue la alegría de los tres; dieron gracias a Dios y a la Santísima Virgen y empezaron a tomar disposiciones para dar culto a tan prodigiosa Imagen. Dieron cuenta a Su Santidad el Papa Gregorio XVI de esta milagrosa aparición, y Su Santidad concedió muchas gracias especiales a los que en ciertos días del año visiten el altar de la Sagrada Imagen, como consta en la Bula que conservamos de tan Santo Padre, el cual la tuvo siempre gran devoción, y he oído decir varias veces, que, habiendo manifestado Su Santidad grandes deseos de verla y venerarla, la Santísima Virgen se lo concedió de un modo muy providencial y maravilloso.

El año 1863 oí referir de mi venerada Madre Patrocinio a su Director Espiritual, el muy Rdo. P. Fr. Mariano Estarta, Provincial de la Santa Provincia de Cantabria y fundador en ella de varios conventos, lo que sigue:

“En la noche del día siguiente de la primera aparición, después de Maitines, tuvo su Reverencia otra celestial visión de la Santísima Virgen con la preciosa Imagen del Olvido en sus purísimas manos; y le dijo, que en las suyas iba a poner, con aquella Sagrada Imagen, todas las misericordias de su Santísimo Hijo; para que las distribuyese en su nombre a los mortales; segura de que, lo que por caridad hiciera a sus hermanos, eso mismo confirmarían la celestial Señora y su divino Hijo en el Cielo”.

Todo lo cual se lee en unos apuntes de la Sierva de Dios, donde refiere al detalle esta aparición maravillosa. Dice así:

“Clamaba mucho en esta ocasión por las necesidades que tanto afligen a la Santa Iglesia y el Dulce Amor se me manifestó severo, airado y como dando muestras de que quería castigarnos. Díjele: Esposo mío, ¿para cuándo son vuestras misericordias? Díjome: Pide, Esposa mía, que cuanto pidas seré liberal para concedértelo. Pedía sin límites; entonces, mi Dulce Amor me manifestó el lastimoso estado en que se hallaba la Santa Iglesia. Moría de dolor y mis angustias crecían sobremanera. Díjome mi Dulce Esposo: Paloma mía, mi amor no puede verte afligida; aquí tienes a mi Madre, que siempre será tu guía, consuelo y amparo. Manifestóse de nuevo la Benditísima Virgen con esta preciosísima, portentísima (sic) e invictísima Imagen en sus soberanas manos. Díjome la Soberana y Divina Señora: Hija mía ¿por qué se contrista tu corazón, si todas las misericordias y tesoros de mi Hijo voy a poner en tus manos, por medio de esta mi soberana Imagen, para que las distribuyas en mi nombre a los mortales, segura de que las que hicieses por amor a tus hermanos, esas mismas confirmamos mi Hijo y yo, que soy tu Madre, en el Cielo? Díjela: Señora y Reina mía, ¿no veis la España; no veis los males que nos afligen?[11] Hija mía, los veo; pero no puede mi amor ser más benéfico para con los hombres. Ellos se olvidan de mí y retiran las misericordias; y por esto, a esta Imagen le darás el título misterioso del Olvido; para darles a entender, que me han olvidado; pero yo que soy vuestra tierna y amorosa Madre, quiero poner a vista de todos los mortales en esta Imagen mía, que jamás mis misericordias se apartan de ellos. Miraba yo con gran ternura a tan divino simulacro; cuando vi que mi invictísima Reina cogió un pañuelo de manos del Príncipe San Miguel, y aplicándole a la soberana llaga del costado de nuestro amante Jesús, lo empapó la Divina Señora en sangre de aquel divino y deífico Corazón; y después, aquel pañuelo, así empapado, le puso sobre esta encantadora Imagen, y después vi que la soberana Reina rociaba a este pueblo con la sangre preciosísima. Díjome luego: Hija mía, ¿me amas?, hasta tres veces. Díjela: Señora mía, Vos sabéis que os amo y deseo ser toda vuestra. Pues a tu solicitud y cuidado dejo el culto y veneración de esta sagrada imagen mía con el título de Olvido, Triunfo y Misericordias. Ella será la consoladora del mundo y todo afligido encontrará en mí por la mediación de esta mi imagen, el consuelo. Al alma que rendida a sus pies me pidiese alguna cosa, jamás se la negará mi amor. Será el consuelo del mundo y la alegría de la Iglesia Católica y, por su medio, mi Hijo y yo recibiremos culto. Tú, hija mía, alcanzarás la victoria del poder de Satanás, y tu comunidad, perfección en servirme. Entregóme la soberana Reina esta portentísima Imagen, este encanto de los Cielos y la Tierra, y empezó en el Cielo una celestial música entonando la Salve y otros sagrados cánticos; todos los cortesanos del Cielo se daban parabienes. La Santísima Trinidad la bendijo, igualmente la Santísima Virgen María y después todos los cortesanos del Cielo llegaron a adorar a su Reina y Señora en esta soberana y encantadora Madre del Olvido. (De unos apuntes de la Sierva de Dios.)

El día 15 fue favorecida con otra celestial aparición y después, de nueve a diez de la mañana del mismo día sucedió lo que ya queda referido de la segunda aparición de la Sagrada Imagen en presencia de la Abadesa y del Prelado.

Nadie extrañe de la frecuencia de estos éxtasis y revelaciones, pues aseguraba el Reverendo P. Fr. Mariano de Estarta que todo el tiempo que mi venerada Madre estuvo en el convento hasta que la sacaron los Nacionales, tenía su Reverencia uno, dos o tres éxtasis cada día, generalmente viéndolo la Comunidad y, algunas veces, era su cuerpo elevado del suelo más de dos varas.

Aunque en el curso de esta Historia habrá necesidad de hablar muchas veces de esta benditísima Imagen de la Santísima Virgen, queremos adelantar aquí algunos de los muchos favores extraordinarios y milagrosos que la Divina Señora ha obrado con sus devotos.

El primer milagro que obró la Santísima Virgen a muy poco de la aparición de su Sagrada Imagen del Olvido, fue la curación instantánea y completa de un nieto del mayordomo del convento, que estaba baldado de las dos piernas y lo poco que andaba era con dos muletas. Ofreció dicho señor a la Santísima Virgen colocar las dos muletas en su altar si le curaba, e instantáneamente curó; él, lleno de gozo, cumplió su promesa.

En la primera novena que, con toda solemnidad, se celebró en Madrid en obsequio de la Santísima Virgen, estando uno de los operarios subido en la cornisa, encendiendo las luces, cayó al suelo desde una altura considerable. Toda la gente creyó caería muerto, pero mi venerada Madre, al verle caer, invocó a la Santísima Virgen del Olvido y resultó solo algo contuso: toda la gente admiró el prodigio.

En otra ocasión, estando mi venerada Madre en el convento de Torrelaguna, vio una religiosa a la Santísima Virgen toda cubierta de gotas como de rocío; la limpiaron y despedía un aroma que confortaba. Continuó el prodigio, siendo testigo de él otra religiosa más, la que contaba que toda la ropa que mi venerada Madre había quitado a la Santísima Virgen estaba empapada en agua. Después de estas dos religiosas, la vieron y fueron testigos presenciales todas las que había en el convento de Torrelaguna.

Se supo después, que en aquella hora había librado la Santísima Virgen de un seguro naufragio a una embarcación, donde iba un devoto suyo y la había invocado. Este prodigio de ver empapada en agua la ropa de la Santísima Virgen y la escultura, o sea la Sagrada Imagen cubierta de gotas de agua, se repitió más de una vez, estando ya la Sierva de Dios con su Comunidad en nuestro convento de Aranjuez, viéndolo y admirándolo todas las religiosas.

Un caballero llamado D. Isidro de Losa y Cruz, tuvo una enfermedad de la que quedó tan tullido que lo tenían que llevar entre dos si quería moverse. Era devotísimo de la Santísima Virgen del Olvido y quiso que le llevaran a la función que el día de la Asunción de la Santísima Virgen, fiesta principal de la Señora en su sagrada Imagen del Olvido, Triunfo y Misericordias, se celebraba en nuestro convento de La Latina de Madrid, donde se hallaba a la sazón la Comunidad de Caballero de Gracia. Le sentaron frente al altar de la Señora y al ver que se corría una vela, con peligro de incendio, espontáneamente y sin darse cuenta, dio un salto y subiéndose sobre el altar apagó la vela y en el acto, con admiración de toda la gente quedó sano de su mal, exclamando todos: ¡Milagro! ¡Milagro!. Su hija Antonia Losa, en religión Rda. Madre Sor María Antonia del Sagrado Corazón de María, Abadesa que fue de esta nuestra Comunidad desde el fallecimiento de mi venerada Madre, hasta su muerte, cuando refería este asombroso caso, ocurrido siendo ella niña decía que estaba ella de rodillas cerca de su padre y al verle subir de un salto al altar de la Santísima Virgen, como ella sabía que hacía algún tiempo que no podía moverse de donde le dejaban, se asustó, y, como niña, al pronto no se daba cuenta de aquello, ni salía de su asombro al ver andar a su padre, como si nunca hubiese estado impedido.

Un gran personaje, que vivía en Madrid, tenía un enemigo, también poderoso, que le perseguía a muerte. Un día que el Augusto Caballero se hallaba solo en su cuarto, entró su enemigo, espada en mano, y se arrojó sobre él, para darle muerte. El pobre señor, viéndose sin amparo humano en tan gran peligro, acudió a la Santísima Virgen del Olvido, tomando en la mano una medalla que llevaba siempre consigo de la celestial Señora e invocó fervorosamente su auxilio en alta voz; el asesino quedó en el acto parado, trémulo y sin acción para realizar su alevosía; cambiaron los dos caballeros algunas palabras entre sí y el enemigo huyó fugitivo y avergonzado. Esto sucedió a principios del año 1849. El personaje, tan milagrosamente salvado, mandó celebrar una solemne función de acción de gracias a la Santísima Virgen del Olvido y regaló un hermoso altar portátil, con rico dosel de terciopelo grana, dos candelabros grandes dorados y candelería completa dorada a fuego, para el altar de la Santísima Virgen del Olvido y para el manifiesto del altar mayor[12].

En el año 1841, estando mi venerada Madre desterrada en el convento de Torrelaguna, fue a visitarla con su Padre confesor un sacerdote muy distraído, algo descuidado y muy enfermo. El Padre confesor sacó intencionadamente la conversación de la Santísima Virgen del Olvido, y el sacerdote manifestó deseos de verla. La Sierva de Dios se la llevó enseguida. En cuanto la vio, se cambió su corazón tan por completo, que enseguida arregló su vida, se deshizo de muchas cosas de valor, dando muchas de ellas para el culto de la Santísima Virgen en su Sagrada Imagen del Olvido. La divina Señora le restituyó la salud y, lleno de méritos y virtudes, falleció en agosto de 1850, apareciéndose después glorioso a mi venerada Madre y convidándola a gozar de Dios por toda la eternidad. Entre los regalos que hizo a la Santísima Virgen del Olvido, uno fue el de unos zapatitos de plata, y con ellos pasó una cosa muy digna de atención. Fue una señora al parador donde estaba el ordinario de Torrelaguna y le dijo: «Vaya Ud. a tal parte — donde se hallaba el aludido sacerdote — que le tienen que dar unos zapatos de plata para la Santísima Virgen del Olvido que tiene Sor Patrocinio». Fue allí el hombre, y el sacerdote, al oírle, quedó estupefacto; pues no había manifestado a nadie, ni aun al mismo platero que los hizo, para quién eran los zapatos. Lo mismo sucedió al ordinario y ambos juzgaron que la Señora que se presentó en el parador, habría sido la Santísima Virgen. Entregados los zapatitos a la Sierva de Dios, le fueron colocados a la Sagrada Imagen de forma que no se explica pudiera hacerse sino milagrosamente; pues, siendo una cosa tan pequeña y no habiendo levantado a la sagrada imagen, como no se la puede levantar de la peanita verde en que descansan sus hermosos pies, no se comprende que estén colocados con tanto primor, si no es por modo extraordinario. Cuando hablábamos de esto a mi venerada Madre y le decíamos: «Madre, por fuerza la Santísima Virgen levantó los pies, para que vuestra Reverencia le pusiera los zapatos»: se sonreía y callaba. Este mismo sacerdote que regaló los zapatitos de plata, mandó también hacer, una piña de oro, con una orla de brillantes y un topacio, y se la mandó a mi venerada Madre para la Santísima Virgen; y la que tenía la celestial imagen cuando se apareció — que era de escultura —, la partió su reverencia, dando la mitad al que había regalado la de oro y distribuyendo la otra mitad entre las religiosas de la Comunidad. La Rda. Madre Sor María Juana de la Purísima Concepción, que falleció en nuestra Comunidad de Granada el año 1849, conservaba una astillita de la mencionada piña y la crecía tanto que, pasado algún tiempo, pudo partir otra astillita para una hermana suya seglar, muy devota de la Santísima Virgen del Olvido; la cual escribió en cierta ocasión, diciendo la tenía muy crecida. La piña de oro que regaló el mencionado sacerdote se perdió en el destierro de Francia el año 1952.

Esta bellísima imagen de Ntra. Señora del Olvido, ha llorado sangre por dos veces; la una, en la Comunidad de Caballero de Gracia, en el año 1832, y la Rda. Madre Abadesa sor María Benita del Pilar la limpió con un pañito fino que conservó siempre en su poder como preciosa reliquia. La segunda vez fue, estando mi venerada Madre desterrada, en las Recogidas, teniendo en su poder la Sagrada Imagen, que jamás dejó, siendo la protección, escudo y defensa de la Sierva de Dios en tantas penas, en tantos y tan grandes peligros en que la pusieron los enemigos de nuestra Santa Religión.

Una noche, en que un devoto de la Santísima Virgen estaba agonizando, y su salvación estaba muy dudosa, por las circunstancias de su vida, mi Madre Patrocinio lo supo, y en compañía de la Rda. Madre Sor María Brígida de Ntra. Señora del Olvido, se puso en oración fervorosa delante de la Santa Imagen pidiendo para su devoto una santa muerte. La Soberana Reina del Cielo, oyó sin duda la oración, y su preciosa imagen estuvo toda la noche elevando sus preciosos ojos al cielo en ademán de súplica, hasta que a las dos de la madrugada expiró el enfermo, dando señales de haber obtenido el perdón de sus pecados y la salvación eterna, apareciendo en esta hora el rostro de la bellísima Imagen resplandeciente y risueño.

El año 1860 llevaron la santa imagen a palacio, a petición de S. M. la Reina Dª Isabel II, para tenerla algunos días, y, estando la Sagrada Imagen colocada en el altar con muchas luces y flores, se torció una vela y cayó sobre el brazo de la Señora; estuvo ardiendo un gran espacio de tiempo, lo bastante para haberse quemado toda; y solo se quemó un encajito, que llamamos vuelo, alrededor de la muñeca, con no pequeña admiración de cuantos lo presenciaron. Mi venerada Madre envió el citado vuelecito a la Rda. Madre sor María Juana de la Purísima Concepción, que lo conservó toda su vida.

Un caballero llamado D. Antonio Meneses y su señora Dª Blanca de Mastai, eran adictísimos a la Comunidad, y muy devotos de la Santísima Virgen del Olvido; yendo un día en su coche se desbocaron los caballos, y daban sin remedio con la muerte. Viéndose los señores en tan horroroso peligro, invocaron a la Santísima Virgen de Olvido, y de repente, se quedaron parados los caballos con asombro de todos, y gratitud de los favorecidos; quienes para demostrarla, hicieron una magnífica función de acción de gracias a la Santísima Virgen del Olvido: con fuegos artificiales y con la alegría que se deja comprender[13].

En el año 1864, a muy poco de la reforma de la comunidad del convento de Manzanares, la Abadesa de dicho convento escribió a mi venerada Madre diciendo: que la Santísima Virgen del Olvido comenzaba a derramar allí sus misericordias; pues había un enfermo de gravedad en una familia bastante distinguida, y en varias ocasiones le habían propuesto confesarse viéndole de tanto peligro, pero él no quería hacerlo de ningún modo; lo cual afligía a todos los que estaban enterados de su vida y circunstancias particulares en que se hallaba. En tan triste caso, acudieron a las religiosas pidiendo oraciones y un escapulario de la Santísima Virgen del Olvido. Se lo mandaron enseguida, se lo pusieron, lo besó muchas veces, y la Santísima Virgen obró en el enfermo tal mudanza, que a los dos días ya estaba pronto a todo: el día 15 de octubre, durante la función de la Santísima Virgen del Olvido, se confesó[14] y enseguida recibió el Santísimo Viático, tan conmovido en el fervor, que vertía abundantes lágrimas. Este caballero tan gravemente enfermo, desahuciado por completo de los médicos que le asistían, a muy poco tiempo recobró la salud de tal modo, que vivió después bastantes años muy fervoroso y muy devoto de la Santísima Virgen del Olvido, y a la vez muy afecto a mi venerada Madre y a sus Comunidades.

En el año 1882, una buena señora muy piadosa que residía en Aranjuez, saliendo una tarde de la Iglesia de nuestro convento de San Pascual, fue acometida de un toro bravo que andaba escapado por aquella plaza. Viéndose sola, anciana y enferma, la atribulada señora se amparó con un árbol y allí estuvo media hora en indecibles angustias, clamando a la Santísima Virgen del Olvido y encomendándose a la celestial Señora, pues creyó llegada su hora. En tanto, la fiera al otro lado del árbol, bramaba y pateaba; hasta que por fin, como si una mano invisible la hubiera retirado, se marchó, dejando ilesa a la favorecida anciana, no sin que del susto estuviera enferma en cama varios días; aunque alabando a Dios y a la Santísima Virgen del Olvido, por haberla librado de tan gran peligro.

Sería imposible enumerar todos los milagros obrados siempre y en todas partes por la Santísima Virgen en esta Sagrada Imagen y en sus medallas y escapularios, en favor de sus devotos.

Verdaderamente es hermosa sobre toda ponderación; su sola vista llena de consuelo el alma. Es de talla, tiene de altura poco más de una tercia, la túnica es de color rosa bajo, el manto azul, con florecitas y remates dorados, la peluca recogida con mucha gracia hasta la cintura, los pies le salen por debajo de la túnica hasta la mediación, en la mano izquierda tiene una piña, en el brazo derecho un Niño Jesús precioso, con túnica color lila, cerrada hasta el cuello. Este tiene los pies descalzos, cruzados con mucha gracia, las manitas en ademán de coger la piña (figura del alma) que la Santísima Virgen tiene en la suya ofreciéndosela. El rostro de esta sagrada bellísima Imagen del Olvido tiene tantas mudanzas, que habiendo ido un escultor para sacar copia fiel, después de tres días, dijo que le era imposible imitar el rostro de la Señora; que se daba por vencido, pues no podía por las muchas mudanzas del rostro de la Sagrada Imagen.

Y es también muy cierto, que ninguna de cuantas Imágenes hicieron después para los conventos de nuestras fundaciones y reformas, por más cuidado que el escultor ponía al hacerlas, ninguna, repito, admite comparación en el rostro, con el que tienen la Señora y su divino Niño en el original tan milagrosamente aparecido, como esplendorosamente venerado en esta Iglesia de nuestro convento de Guadalajara[15].

Termino ya este capítulo para continuar los hechos admirables, las virtudes heroicas y las celestiales gracias con que mi venerada Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio fue favorecida del dulcísimo Jesús y de Nuestra Purísima y Santísima Madre por estos tiempos.

CAPÍTULO VI

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Testimonio de la Rda. Madre Pilar sobre los admirables éxtasis y celestiales revelaciones de mi venerada Madre Patrocinio. — Explicación que sobre esto hace por cuanto vio y admiró.

 

«Ya tenía yo noticia de los continuos éxtasis y vuelos de su espíritu, dice la Madre Pilar, y así sucedió que como tan del todo ocultaba estas cosas, (porque en esto puso siempre mucho cuidado; en ocultar o desvanecer todo lo que diga relación a estimación suya, que parece increíble) se salió una tarde, con licencia, de la oración; yo salí también, y supe, que, conociendo ella que se iba a quedar (extasiada) y por esto notarse, se retiraba a un paraje oculto. Le dije que lo tratara con el confesor y este le diría, si debía o no salirse del coro. Consultólo, efectivamente y el confesor le dijo que no, que habiendo resistido tanto tiempo, dejase obrar al Señor. Muchas veces había estado enajenada en el coro, o por mejor decir, en el oficio divino muchísimas veces, pero no se había publicado; porque, como no teníamos experiencia y en la oración estaba junto a su Maestra, adelante, no lo reparaban, y cuando se oía algún quejido o suspiro, que era, en la fuerza que, sin duda, se hacía, se achacaba a otras cosas; y en el oficio divino nos llenaba de gozo ver aquellos ojos fijos en la Purísima, muchísimas veces; pero como no perdía los sentidos, y lo que es más principal, como no había llegado la hora, ninguna conoció nada. Yo, que conocía y sabía muchas cosas, porque el confesor le había dicho que se desahogara conmigo, y como, tan obediente, lo hacía, pero de un modo tan humilde, que era como preguntando, cada día iba conociendo y penetrando más y más en esta alma tan grande y admirable; que ni yo puedo explicar mi concepto, ni sé cómo, siendo yo tan ruin, miserable y mala, me hizo el Señor este tan grandísimo beneficio, de traerme este ángel en carne humana, y que yo entendiera, siendo tan grosera y terrena, tantas cosas de su espíritu; que no parecía, sino que me decían al oído muchísimas cosas. Ella fue todo mi consuelo en las angustias de la Prelacía; ella mi remedio, ella mi recreo, mi ejemplar y mi todo. ¡Oh, cuántas grandezas encierra el Señor en esta criatura! Ya se sabrán. ¡Qué virtudes tan sólidas! ¡Qué cúmulo de gracias!. Me llena siempre de confusión considerando lo sumo de mi miseria y pequeñez…. Antes de tomar el Santo Hábito, ya la dio Dios un conocimiento tan grande y me miró con tanta caridad y amor, que nunca pude merecer. Unos días antes de la Ascensión del Señor del año 1830, me buscó en mi celda y me dijo, que le había propuesto el Señor: ¿Qué quería mejor, o morirse el día de la Ascensión e ir a la gloria, o quedarse aquí a pasar muchos trabajos?; que como a Prelada, pedía mi consejo para acertar y que la ejecutaban por la respuesta. Yo no dudé un momento en decirla: Hija mía, sin dudar en nada, ha de pedir quedarse aquí, a padecer trabajos porque esto es lo más meritorio y lo que debe Su Caridad escoger. Pues bien está, me respondió. Hablando ingenuamente, es cierto que así me pareció mejor; pero en mi interior a la verdad que me asusté mucho; porque como cabalmente, mi temor había sido que el Señor la llevase muy pronto, aunque por entonces ya tenía yo motivos para conocer la tenía Dios para cosas grandes; pero solo el temor de perder aquel ángel, me hizo responder tan pronto así. Ya llevo dicho, que conocía grandes cosas de esta grande alma. La veía siempre tan fuera de todo lo terreno, que aunque habláramos de cualquier asunto, si después le preguntábamos, ni sabía, ni podía dar razón de lo que habíamos dicho; su silencio y aquella natural compostura y modestia encantaban; y se veía bien claramente, que siempre estaba su mente en Dios, sin que nada la estorbase, ni impidiese. Sabía también, que muchísimas veces la arrebataba el Señor en éxtasis; mas no la había visto así, hasta un día de estos que voy diciendo. Nos habíamos confesado; y, dejándola yo en la rejilla que hay en la ermita (tribuna) que cae al altar mayor, me fui.

“Volví, pasado un rato, a buscarla, y me dijo si quería dejarla un poquito, (era porque no podía moverse) aguardé un poco, y le dije: Vamos”. Quiso levantarse; pero cayó en mis brazos enteramente fuera de los sentidos. El rostro lo tenía hermosísimo, los ojos en elevación; yo, que aún no la había visto así, y que veía aquella hermosura y consideraba cuánto gozaría aquella alma y cuánto podía alcanzar de Dios, lloraba e interiormente la alababa, porque es muy difícil reducir a razones los efectos que causan tales maravillas en quien las ve. Ni yo puedo decir lo que sentí; lo que sé es que se deshace una por dar a Dios la gloria y alabanza, y no para en la criatura; sino que se ve, claramente, con los ojos del alma, la omnipotencia y grandeza de aquel Señor, que tan admirable se muestra con aquellas almas que escoge para los altísimos fines de su Providencia; y así, en vano me empeñaría yo en decir lo que sentí. Hora y media estuvo, enajenada enteramente; y al cabo de este tiempo volvió, diciendo estas palabras: “¿Que nada que pida me negarás?” Aquella tarde, estando en mi celda, se volvió a quedar lo mismo; y entonces ya la vieron así su Maestra, Sor San Felipe y Sor Mercedes.

A la mañana siguiente, cuando ya habían salido las más del coro y salía ella, me fue a tomar la bendición, y allí mismo fue arrebatado su espíritu y la vieron todas; porque también estuvo mucho tiempo sin volver en sí. Desde este día ya fue preciso que supiera toda la Comunidad y viera cosas admirables; porque fueron y han sido tan frecuentes los éxtasis, que era imposible ocultarlos; y aunque, con toda verdad, se puede decir que habita siempre en las alturas, porque atendiendo o haciendo aquí todo cuanto ocurre de labores y demás, no le es impedimento ninguno para la elevación de su espíritu, y ¡cuántas veces la hemos visto coser perfectamente, sin mirar a la labor poco ni mucho! Leer en el coro lecciones, teniendo el libro lo de arriba abajo; y, en fin, nada, nada la estorba ni distrae de su perpetua y continua contemplación; mas, como ahora se habla de los éxtasis en que pierde los sentidos, diré algo, aunque todo será nada, en comparación de lo que es, y de lo que se aprende por la experiencia; que, como ya he dicho, no hallo razones para explicarlo. Siempre que se queda en éxtasis, su rostro se le pone hermosísimo, con un sonrosado peregrino, los ojos en una elevación grandísima, sin pestañear ni una vez siquiera, aunque le dure tres o más horas; porque cuando pestañea una vez, es señal de que vuelve; y así como cuando vuelve, si ve que la ha visto alguien, se avergüenza en unos términos que da lástima, nos valíamos de esta señal para que se fueran las que estaban, antes de que volviera en sí enteramente.

Todas las pinturas de santos que he visto así, elevados, no llegan a aquella belleza, y si no se contuviera una era imposible dejar de darle mil besos. Según se conoce son las visiones, son las mutaciones del rostro; unas, con una sonrisa que dilata el corazón, otras con una majestad que infunde grandísimo respeto, y otras con un traspaso que quiebra el corazón, y sus ojos son dos fuentes de lágrimas. El cuerpo le queda, comúnmente, como un tronco inanimado. Dos veces la he visto elevada algo del suelo. Si está de rodillas, así se queda; pero, con un soplo, con toser un poco recio, o llegarla con un dedo, cae; y aunque se tomen los brazos, o cualquiera cosa, cae a peso; y lo mismo la cabeza, como si fuera un cuerpo muerto. En el estado que la coge se queda, de manera que la hemos visto de mil modos; estando comiendo, con el tenedor cerca de llegar a la boca; a medio quitarse el hábito; con la costura tirando de la aguja; y, en fin, en todas las acciones comunes a todos; advirtiendo, que aunque sea la postura muy penosa y la acción en que se queda imposible, naturalmente, de estar mucho tiempo, se mantiene así con la mayor gracia, todo el tiempo que dura el éxtasis, por largo que sea. ¡Cuántas veces obligándola yo a que comiera (porque su alimento es casi nada) solía ya, como desatalentada, meterse en la boca lo que le daban; y al mismo tiempo irse por allá y tener que sacarla el bocado! Y cuántas veces decíamos: “Si esta criatura no está en este mundo”. En muchos éxtasis habla; pero, siempre, palabras sueltas; mas, ¡qué grandes y significativas! ¡Cuánto se podía haber escrito de solo esto! Algo tenía apuntado que pereció.

Otros éxtasis son de otro modo: en cuanto al rostro, siempre es del mismo; pero, estando así, tiene expeditos todos los miembros. En unos, escribe con la mayor ligereza, y como si, propiamente, tuviera la pluma en la mano; estos han sido muy continuos, y el hablar en ellos; parecía que la dictaban, porque se quedaba en ademán de quien escucha, y luego escribía. Los títulos de los capítulos de la obra que escribió, ya los había oído yo en los éxtasis, con otras cosas tan admirables que, desde luego, juzgué estaba llena de ciencia infusa; y luego he visto no haberme engañado. Otras veces, parecía que estaba predicando, y luego como quien toma agua bendita y bautiza. Otras, parece, que juega con el Niño y como si hiciera bolitas de su corazón y se las tirase. Otras, como si le estrechara en su pecho. Otras, como si oyera una gran música y ella tocara; pero tanta clase de instrumentos no conocidos, que estábamos absortas. Todos los movimientos y acciones que hace, estando en éxtasis, son con una gracia tan particular, que aun las más mínimas arrebatan a quien la mira. Mientras dura la visión o vista de los santos, va haciendo a cada uno su venia y nombrándolos; pero en  llegando la Reina de los Ángeles, ya, cuando iba a venir, se conocía, porque, instantáneamente, se le mudaba el rostro, con una majestad que infundía respeto mirarla y al mismo tiempo se rendía el cuerpo y caía la cabeza hacia atrás. Cuando era nuestro Padre San Francisco, besaba las cinco llagas, y luego decía: “intercedes, pero no das”. Si eran los Patriarcas, como David, Abraham, etc., pronunciaba con mucha majestad y respeto su nombre. Si San Bernardo, con mucha dulzura; si San Bruno, como con un ceño graciosísimo; nombraba muchos santos de los cuales no teníamos noticia, pero inmediatamente decía de dónde era el santo. Solía muchas veces, en medio de esto, ver a San Antonio con el Niño Dios, y ponerse a jugar, y como que el Santo echaba el niño a su pecho, y entonces ya se las apostaba a San Antonio. Con Santo Tomás de Villanueva tenía mucho gozo.

Otras veces se le empezaba a encender sobremanera el rostro, de pronto, y una alegría extraordinaria la hacía manifestar que alguna cosa particular veía, y luego prorrumpía: “Padre, padre”: inferíamos que era su padre natural. También le manifestaba el Señor la gloria de muchos, y que los cuerpos de algunos estaban incorruptos. Se le oía decir: “Madre San Antonio… cuerpo entero… debajo del altar…. P. F… se beatificará”, si no eran de aquí (del convento), añadía: En tal parte.

En estos éxtasis y en todos los que hablaba y manejaba las manos, siempre se la veía ofrecer los corazones de todos al Señor. Monjas de su convento la manifestaban muchas, y como las nombraba y por los libros del archivo veía yo que eran los mismos nombres, me alegraba mucho; porque claro está, que las que hace cien años que murieron, cómo lo había de saber.

He apuntado esto poco para dar una idea de la multitud de modos con que el Señor se comunica y regala con su predilecta esposa”.

CAPÍTULO VII

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Aflicciones y desconsuelos de la Madre Pilar. — Nada podía quebrantar su fe en la virtud de Sor Patrocinio. — Prueba que todo lo resuelve. — Padecer con Cristo es gozar. — «Va al cielo por camino derecho». — Noches luminosas. — No se ha de dejar a Dios por la criatura. — ¡Pobre Madre Pilar! — Señal infalible de buen espíritu. — A semejanza de las inteligencias separadas.

 

Continúa la Rda. Madre Pilar. «Es inexplicable lo que ha padecido mi corazón viéndola para todo tan sola y atribulada. Yo hice saber a los Prelados lo principal, como debía. Vino nuestro Padre Provincial Fr. Ambrosio García Porrero, y llamando a toda Comunidad, nos impuso el precepto de obediencia para que a nadie dijéramos nada. Vino después el Rdo. Padre General Fr. Luis Iglesias, y me dijo que renovaba el precepto y al mismo tiempo me dijo, que fuese anotando lo que advirtiese de singular. Estuvo luego largo rato con ella (Sor Patrocinio), y otro día volvió también; pero fuese que la vista de tantas cosas juntas les parase y temiesen, o, lo que es más verosímil, disposición del Altísimo, para que más y más padeciese esa criatura, lo cierto es, que dejándola todo el tiempo hasta el día de hoy, ni para probar, ni para ver, ni para nada hicieron la menor diligencia; y he aquí una causa que aumentó gravísimamente mis cuidados y penas, y no fueron menores, sino mayores las suyas. Y digo que no hicieron nada, porque aunque el Rdo. Padre Porrero llamó a algunas monjas y luego me dijo a mí que una religiosa le había dicho que Sor Patrocinio le había manifestado a ella cosa interior que solo ella sabía, y que esto era señal de espíritu bueno; pero creyendo unas veces, y temiendo otras, lo cierto es que nada formalizaron; y aunque vino varias veces, y una vio las llagas de las manos y se quedó admirado, como estaba tan enfermo, o porque tuviese alguna disputa con el General, así iban dejándolo.

Su sucesor, el Rdo. Padre Barrilero, solo una vez la habló, y otra el Rdo. Padre Orense. Este dejamiento de los Prelados fue la causa de que muchos hablasen con poco miramiento; porque aunque por la Comunidad se observó el precepto de no decir nada, mas, como sin duda Dios quería que las cosas de esta criatura fuesen públicas, sin saber cómo, ni por quién, se fue divulgando por todas partes; y esto ha sido de tal modo, que me ha sucedido muchas veces decirme a mí misma, persona de fuera, cosas que solo yo las sabía. Muchos culpaban a los Prelados que no hacían caso de unas cosas que podían resultar tanta gloria a Dios, y de esto había mucho. Otros acriminaban esta inacción por otros estilos. No faltaba también quien dijese que tan ilusa estaba la Abadesa como ella; y lo peor era que lo decían quienes por su carácter podían hacerlo creer.

En esta deshecha borrasca, fue indecible lo que padeció mi corazón, aunque no sin grandes consuelos, como diré. Yo veía aquella alma tan grande, conocía muchos de los cuantísimos favores que recibía del Señor, y lo que me aseguraba, además de la luz que Su Divina Majestad la daba, era aquella perfección en todas las virtudes: aquella candidez y humildad constantes, aquella obediencia tan ciega, que estoy bien segura que, si la hubiera dicho que se echara al fuego o que se tirara de alto a bajo, al momento lo hubiera hecho. Sucedió un día de los que vino el Padre Porrero, que, como le dijese que todo era el demonio (ya se deja discurrir que eso le haría y lo conocería mejor quien conozca algo de su profunda humildad) la encontré yo al otro día sumamente afligida; e instándole para que me dijese la causa, me dijo:

Que habiéndole manifestado Su Majestad con una luz clarísima, que no era como había dicho el Prelado cosas del demonio sino de Dios, como no podía menos dejar de creer y asegurarse, ni estaba en su mano, temía faltar a la obediencia, porque como el Prelado le había dicho lo contrario, ella debía, a su parecer, seguir ciegamente el dictamen de su Superior. Tan delicadamente es en esta y en las demás virtudes”. Hasta aquí la R. M. Pilar.

Se alternaban en esta dichosa criatura los favores celestiales extraordinarios y grandísimos del Señor y los padecimientos continuos; pues además de la cruel guerra que por entonces le hacía el demonio y tantos golpes como la daba, tenía otro género de padecer aunque más dulce, no menos fino. Este era unos dolores tan vivos, que en concepto de la Madre Pilar, eran imitación de la Pasión del Señor, que no había corazón para verla, porque todas las coyunturas se la dislocaban, al parecer; los nervios se le estiraban de tal modo, que muchas veces se iban llorando las religiosas al verla. Cuánto padecía, y qué clase de dolores eran aquellos, solo ella podía decirlo; mas como estos eran dados por Dios, aunque la Madre Pilar se lastimaba en gran manera, no se asustaba como cuando la golpeaba el demonio; y así encontrándola muchas veces en tan extremado padecer, le solía preguntar si eran los dolores del Señor, porque así se entendían; y si le decía que sí, ya se iba tranquila, porque sabía muy bien que treguas en padecer de un modo o de otro nunca las tenía, sino mientras estaba enajenada; porque entonces nada sentía, y volviendo de los éxtasis, en un rato, no llegaba a adquirir su estado normal; y preguntándole muchas veces la Madre que sabía tenía grandes dolores, decía: “No me duele nada”, pero volviendo en sí del todo, sentía ya la misma intensidad de dolores que tenía antes de quedarse en éxtasis.

Alguna vez, dijo la Madre Pilar al Rdo. Padre Fray Benito Carrera, que era su confesor y el de mi Madre Patrocinio, viendo la indiferencia con que miraban los superiores cosas tan extraordinarias y notables, que cómo no tomaba en consideración este negocio; y el Padre la respondió: “Yo no tengo de ir a hablarles, porque no me toca; ya lo saben ¿por qué no me preguntan a mí?”. Era muy circunspecto; y aunque, cuando ocurría alguna cosa más notable, la Madre se lo decía, la oía y callaba regularmente; solo en dos ocasiones, quejándose de aquella inacción, le respondió una vez, que, si el Señor tenía destinada a Sor Patrocinio para alguna cosa, a su tiempo inspiraría a los Prelados; y otra le dijo: “Deje Ud. a la Patrocinio, que va al cielo por camino derecho y seguro”. Este era el único consuelo que mi venerada Madre tenía, el del confesor; pero iba cada ocho o diez días y estaba muy poco; le había dicho que lo hablara todo con la Prelada; y a esta tenía advertido que la consolara.

Ya se ha dicho que todo el tiempo que duró la persecución visible del demonio, hacía la Prelada que mi Reverenda Madre estuviese de noche en su celda; entonces no la permitió el confesor que se levantase a medianoche, como acostumbraba, cuando otra cosa no la mandaban, en cuyo caso era ciega su obediencia. Muchas veces que la Prelada la veía tan mala, le mandaba que no se levantase, y aunque era mucho más penar lo poco que estaba en la cama, jamás decía nada y obedecía; pero como las dos camas estaban muy cerca y la Abadesa por sus males apenas dormía, fue mucho lo que observó en ella. Dice que podría asegurar bajo juramento, que jamás la vio dormir ni ocho minutos, y que bien podía decir tenía el Señor sus delicias en aquel humilde lecho. No era posible explicar los vuelos de su espíritu, las ansias de su corazón. Como tenía que estar en la cama, porque así lo disponía la obediencia y el fuego que ardía en su pecho, no la dejaba sosegar, parecía a veces que se ahogaba de fatiga. Otras veces estaba de rodillas en la misma cama, pero enajenada y absorta, y así pasaba la mayor parte de la noche; y por las ansias tan grandes que la referida Madre Abadesa notaba y algunas palabras sueltas que oía, se atreve a decir que «En aquellos tiempos fue cuando, si tiene insignias o letras en el corazón, se las imprimieron o labraron». Como cada día iba conociendo nuevas cosas y gracias en tan feliz criatura y todas eran tan señaladas y raras, y para todo estaba la Madre Pilar sola, no dejaba de pasar algunos apuros, pero Dios, que tan particularmente había escogido a esta su Sierva para los altos fines de su providencia, cuidaba de remover todos los obstáculos que pudieran oponerse a este fin.

Así es que, ni el más pequeño miedo ni temor tenía la M. Pilar al demonio, y toda su pena era por la de mi Madre venerada y por los golpes que la daba. «Pero, ¡oh, grandeza y misericordia del Señor! (dice la humilde Prelada) Su Majestad se ha dignado darme en todas las ocasiones las pruebas más seguras de que todo lo de esta criatura era suyo, condescendiendo con mi flaqueza; consolándome en mis penas; asegurándome en mis temores y reprendiéndome con la evidencia, si alguna vez, al principio, tuve alguna duda». En cierta ocasión, estando Su Divina Majestad manifiesto en la Iglesia se fueron al coro la súbdita y la Prelada y, conociendo aquella que se iba a quedar en éxtasis, aun antes de llegar al coro, se quedó atrás; mas, la Madre, en llegando, al notar la falta de Sor Patrocinio, empezó a pensar, cómo un alma que estaba tan en Dios no iba al instante.

Ya se alteraba, pensando que no venía bien lo uno con lo otro; después, conoció que había sido cosa del enemigo; pues, saliéndose del coro, fuese derecha a la celda de la Sierva de Dios, con ánimo de decirle por qué no iba, y ¡cuál no sería su admiración, al hallarla en un profundo éxtasis, de rodillas y en cruz, abiertas las llagas y cayendo la sangre hasta el suelo! Sintió entonces una impresión tan grande, que la dejó confundida, y le pareció que la decían: «Miserable criatura, ¿cómo te has atrevido a dudar en lo más mínimo de la que es todo fervor, siendo tú la más pobre y tibia? El Divino Esposo la llamó, y no pudo atender a otra cosa». Tan penetrante fue esta reprensión, que la dejó avergonzada y enseñada para lo sucesivo. Tardó bastante la Sierva de Dios en volver del éxtasis y tuvieron que mudarla el hábito, por la sangre que había vertido de las llagas, pues hasta en el suelo había dos balsitas.

Ya queda dicho cómo cada cual hablaba según opinaba. Se hallaba la Madre Pilar en una ocasión apurada, porque al paso que iba conociendo más y más aquella criatura tan amada de Dios, crecía su pasmo y admiración, viendo cómo permitía el Señor el dejamiento (o llámese como se quiera) de los Prelados, y decía para sí: «Dicen que yo soy una ilusa y no creen las maravillas que el Señor obra en esta su amada esposa; yo veo claramente que no me engaño; pero son los Superiores; yo estoy sola, ¿qué haré?». Y volviéndose al Señor hincada de rodillas y postrada dijo: «¡Oh Señor! tú ves mis apuros y que no es vana curiosidad lo que deseo; no miréis a mi indignidad, sino a vuestra misericordia, para concederme la gracia que os pido, y si es vuestra voluntad que ahora mismo, llamándola yo, venga al instante, concedédmelo porque Vos veis que son cosas muy grandes las de esta criatura, y los Superiores no hacen caso, y aun están incrédulos».

Todo esto lo dijo la Madre Pilar mentalmente; y luego, humillándose en la presencia del Señor, repitió tres veces mentalmente: «Sor Patrocinio, como tu Prelada, te mando que vengas al instante a mi presencia». Al acabar la tercera vez de decirlo en su interior, ve entrar a Sor Patrocinio por la puerta de la celda a toda prisa, iba con la toca puesta y el velo y los alfileres en la mano. No es fácil explicar cuál fue el gozo y admiración de la Madre, viendo lo que el Señor se dignaba obrar, y que fuese del mismo modo que ella lo deseaba. Disimulando, la preguntó por qué había venido, y Sor Patrocinio, con aquella gracia tan natural que tenía, la respondió, también disimulando por entonces: «Porque me ha llamado». Preguntó luego la Prelada a la Madre Maestra qué había pasado; y esta le contestó, que, «estándose poniendo Sor Patrocinio la toca limpia, de repente, echó a correr según estaba, y, diciéndola su Maestra que a dónde iba sin acabar de ponerse el tocado, respondió solo: “A nuestra Madre”, y de la habitación donde estaba a la de la Abadesa, necesitaba, cabalmente, lo que la Madre tardaría en repetir tres veces las palabras ya dichas; de modo que, a la primera sin duda, echó a andar, y a la tercera ya estaba en la puerta».

Lo que en concepto de la Madre Pilar era más admirable y frecuente es que, estando en éxtasis y toda absorta, oía y entendía cuantos encargos la hacía mentalmente; pero con la particularidad que, si no la mandaba, al mismo tiempo que manifestase si lo había oído, guardaba siempre su secreto para sí; mas, interviniendo el precepto dicho, cuando volvía, lo manifestaba, o con una mirada fija, o diciendo: «Ya te he oído»; y si la encomendaban muchas cosas, solía decir: «Cuánto ha hablado Usencia». Otras veces añadía: «Me has quitado mis delicias»; en ocasiones preguntaba: «qué quería»; de manera que algunas religiosas que estaban presentes, como no podían saber lo que la Madre mentalmente trataba, se quedaban pasmadas.

Es materia inagotable lo que se puede referir de sus continuos éxtasis y visiones; mas como en adelante habrá de decirse mucho sobre los mismos, paso al capítulo siguiente.

CAPÍTULO VIII

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Imagen del Santísimo Cristo de La Palabra que habla a la Sierva de Dios. — La escoge por camarera. — Crucifijo que vierte sangre. — Flor con brillantes y esmeraldas para nuestra Madre Purísima. — «Ellas parecerán». — A San Antonio. — Prodigioso hallazgo. — Valen más de tres libras de cera. — Gozo general de todas las religiosas.

 

Había en el Convento de Caballero de Gracia, para las que hacían ejercicios, una ermita en la cual estaban los cuerpos de las venerables Madres Fundadoras de la Descalcez y dos imágenes de tamaño natural, una del santo Ángel Custodio, ofreciendo una corona a las ejercitantes, y otra de la venerable Madre María de Jesús de Agreda; a esta ermita solía llevar la Madre Pilar a mi amada Madre Patrocinio, para que tuviera su espíritu algún desahogo y evitar la publicidad de sus continuos éxtasis; porque como queda dicho varias veces, cuando conoce que la han visto, lo siente extraordinariamente.

La antevíspera del Corpus del año 1830 [16], bajando mi venerada Madre con su Reverenda Madre Abadesa la escalera de la expresada ermita, al llegar a la mediación de ella, sintió la dicha Madre un impulso extraordinario que la detuvo e hizo que se fijase en un cuadro de Jesús crucificado que había enfrente con el título de La Palabra. Advirtió la Madre una blancura extraordinaria alrededor de la boca del Señor, y, llena de admiración, dijo a Sor Patrocinio que si veía aquella blancura que tenía la agrada imagen. Mas, cuánta no fue su sorpresa cuando, al volver la cabeza para preguntárselo, la vio enajenada en pie, dos escalones más arriba de donde la Madre estaba, y que sus ojos eran dos ríos de lágrimas. Aguardó a que volviera del éxtasis; y, como siempre que se enajenaba, aun después de volver, tardaba un poco en ponerse en estado normal, y si se la preguntaba en aquel intermedio, solía contestar lo que veía, volvió la Madre a preguntar si veía la blancura que el Señor tenía alrededor de la boca, y entonces le contestó: «¿No ve usencia que está hablando el Señor?» Luego que volvió en sí, preguntó a la Madre quién guardaba aquel cuadro y que si se le dejaba cuidar a ella; la Madre se lo concedió enseguida. Lo descolgaron entre las dos; mi venerada Madre le limpió el polvo y empezó a ponerle luces. Preguntada por la Madre Pilar lo que el Señor le había hablado, contestó que las palabras del Señor habían sido estas: “Esposa mía, cuídame tú, porque mis Esposas me han abandonado”. Esta sagrada imagen, era tradición de unas a otras, que había estado en grandísima veneración y que había hablado a una monja. En tiempos se le hacían grandes fiestas, teniendo todas sus delicias con Su Majestad, y aún se veía algún vestigio que lo manifestaba; pero cuando sucedió el prodigio que voy refiriendo, estaba cubierto de polvo y sin más atención que las de los demás cuadros del claustro. Este suceso causó a la Madre Abadesa tal impresión, que entre respeto y pasmo, cuando la vieron las Religiosas, le preguntaron asustadas qué le había sucedido; y tuvo que decírselo. La Sierva de Dios tuvo siempre a esta Sagrada Imagen grandísima veneración y procuró que se le diera un culto especial, como así se verificó pues desde luego, la colocaron en un altar con luz continuamente, y, más tarde, siendo ya su Reverencia Prelada, mandó sacar copias de esta prodigiosa imagen para todos los Conventos que su Reverencia fundó; y en todos tenía su altar y capilla con lámpara encendida día y noche. El original quedó y está en nuestra Comunidad del Caballero de Gracia de Madrid. La preciosa novena que mi venerada Madre escribió en obsequio de Nuestro divino Redentor, o sea, del Santísimo Cristo de La Palabra, se ha venido celebrando siempre en público con toda solemnidad; empezándola en la semana de pasión para terminar en miércoles Santo.

Prosiguiendo la narración de los éxtasis y demás celestiales favores que la sierva de Dios recibía del Señor y de Nuestra Purísima y Santísima Madre, es admirable a todas luces lo que se lee en los apuntes de la Madre Pilar.

Fueron una tarde la Reverenda Madre Abadesa con la Maestra de Novicias y Sor María Hipólita de San Felipe de Neri, a la celda de mi Madre venerada y la encontraron sentada junto a la ventana en éxtasis; tenía en la mano el Santísimo Cristo Crucificado de su celda; se detuvieron un poco contemplándola y alabando al Señor que tanto la favorecía, y, de pronto, vieron que el Santísimo Cristo vertía sangre por la llaga del costado. Llenas de pasmo y admiración, aguardaron a que volviera en sí. Por entonces, la Madre no la exigió que la dijese lo que le había pasado, sino que disimulando, tomaron el Crucifijo y lo colgaron como estaba en la cabecera de la cama. A muy pocos días, entrando otra vez la Madre en su celda, encontró a Sor Patrocinio lavando al Señor toda la Sangre que días antes había vertido.

La Madre se disgustó algo y le dijo que por qué había hecho aquello, que no había hecho bien. Como era tan humilde, se quedó un poco suspensa y luego contestó, que para limpiarlo bien lo había lavado. Tocaron a oración y se fueron las dos al coro; al salir y ya en el claustro, volvió a decirle la Prelada lo mucho que había sentido que lavase al Señor, y ella le respondió que no reparó más que en limpiarlo. «Pues ni señal ha dejado su caridad y para que lo crea, venga a la celda y lo verá». En efecto, fueron las dos y aproximando la Prelada una luz, dijo: «Véalo su caridad». Mas ¡cuál no fue su pasmo al ver que estaba saliendo sangre! Después en muchas ocasiones volvió a renovarse esta maravilla; y una vez que la Madre estuvo enferma, le dijeron las Religiosas que había Su Majestad echado sangre con más abundancia, cayendo hasta el suelo. Como habían advertido a mi venerada Madre que no volviese a lavar la sangre, aunque el Señor renovó la maravilla en abono, sin duda, de la inocencia y candor de su Sierva, no volvió a limpiarle; mas en la triste persecución de aquel ángel y con el extremado temor que no sin justo motivo tenía la Madre Abadesa, ella misma lo lavó aunque con grande respeto y sentimiento; costóle muchísimo borrar la señal de aquel prodigio. Cuando la Madre le limpió, llegaba la sangre hasta los pies de la Sagrada imagen.

El mencionado Crucifijo le conservó en su poder la referida Madre Pilar, por voluntad de mi venerada Madre, para su consuelo durante su destierro. Al fallecimiento de la Madre Pilar volvió de nuevo a poder de mi amada Madre y, pasado algún tiempo, a ruegos de sor María Brígida de Nuestra Señora del Olvido se le dio su Reverencia, y lo conservó hasta su muerte.

Desde entonces poseemos nosotras tesoro tan precioso; pues, aunque por el año 1885, por un descuido involuntario de la mencionada Madre Olvido y a petición suya, fue retocada la prodigiosa imagen y se le hizo una cruz nueva, la efigie es la misma que vertió varias veces la sangre que hemos dicho; y también conservamos la cruz que le quitaron para ponerle en la nueva, para perpetuo recuerdo; fácilmente puede reconocerse la autenticidad de esta cruz, por la antigüedad que supone y por la inscripción que lleva.

Por el año 1819 envió la Condesa de Fuenteblanca desde Roma una preciosa flor de brillantes y esmeraldas, para la mano de Nuestra Madre Purísima que tenían en la Iglesia. Llegó la festividad de Nuestro Padre San Francisco y pareció bien a las religiosas que la estrenara la Purísima, que estaba en el coro; porque como era cosa tan delicada, las sacristanas la manejarían mejor, que en la Iglesia era muy expuesto. Así lo hicieron.

En la noche del día de la festividad es costumbre quitar los adornos del altar y poner los diarios; quitaron la flor de la mano de Nuestra Madre Purísima y la guardaron, sin advertir que a la flor le faltaban cinco esmeraldas. A los pocos días entró una novicia y como es costumbre enseñar todo lo más principal a las que visten el hábito y la flor era una alhaja tan preciosa, dijo la Madre Abadesa que se la enseñaran. En efecto, dan la caja a la Madre Pilar, y al momento echa de ver que formando las hojas de la flor una orla de brillantes con cinco esmeralditas en medio de cada hoja, faltaban cinco de ellas. Las sacristanas, que eran esmeradísimas, se afligieron mucho, confesando que no lo habían notado y que sin duda habrían desaparecido en la limpieza que en aquella noche hicieron en el coro.

Sin embargo, tomaron por su cuenta el buscarlas, subiéndose al altar por si entre el manto o en algún lado hubiesen caído. Nada encontraron. La Madre Abadesa sintió mucho esta pérdida, no por el valor de las esmeraldas, pues nunca podía ser mucho, pero sí, por haberse desgraciado una alhaja tan hermosa en la primera vez que la pusieron a la Santísima Virgen. Guardó la Madre la cajita; pero le dio tal afán de buscar las esmeraldas que no se le podía explicar; ofreció velas a San Antonio y no las podía olvidar nunca, ni dejar de tener esperanzas de encontrarlas. Diez años pasaron hasta que entró religiosa mi venerada Madre y, habiéndole enseñado la flor y contado lo sucedido, dijo: «Ellas aparecerán».

Con esto creció tanto la esperanza de la Madre Abadesa, que varias veces le preguntaba, y la fervorosa novicia contestaba siempre lo mismo. En su empeño de que parecieran, ofreció la Madre Pilar una función a San Antonio con sermón, y ella misma confiesa que parecía ya delirio suyo el deseo de que aparecieran las esmeraldas, y todo lo que veía relucir se le figuraban perlas: tal era su fe en lo que había dicho Sor Patrocinio.

Llegó por fin el año 1832, hacía 13 años que se habían perdido las piedras y (dice la Madre Pilar): «El martes de la Semana Santa o el martes de Pasión, no recuerdo fijamente en cuál de estos dos martes fue, fuimos al coro a las segundas horas y estuvo en ellas (Sor Patrocinio) como absorta, y con una alegría extraordinaria, salimos del coro, y ella con el libro en la mano, me llamó aparte y como fuera de sí, me dijo: ¿cuánta cera me da Usencia para mi Señora, si le doy las esmeraldas? Díjela yo: “tres libras”; en esto abrió el libro y me veo las cinco esmeralditas como encajaditas en lo blanco del papel. El gozo que ocupó mi corazón, se puede comprender por los grandes deseos que había tenido por espacio de trece años de que aparecieran. Entre el regocijo y deseo de manifestarlo, tocaron a refectorio y tuve que contenerme mucho; mas concluido el acto de comunidad, convoqué a todas las religiosas a la sala de recreación, menos a ella, porque aunque siempre he conocido lo prevenida que está de Dios para todo y que nada se le oculta, mas, toca a los Prelados proceder así según la humana prudencia. Allí conté lo que había pasado, saqué la flor que todas vieron con pasmo y que eran las mismas cinco esmeraldas que había tenido antes; ni se cansaban de verlas y probar en la flor, ni de alabar al Señor, ni acabar de ponderar la gracia de este suceso que mirado y ponderado según es en sí mismo, es en verdad clarísimo y admirable. Las cinco esmeraldas quedaron sueltas para memoria». Hasta aquí la Madre Pilar.

Tengo entendido que después fueron colocadas estas esmeraldas alrededor del viril de la custodia. Yo he tenido la dicha de tener en mis manos, ver y besar el diurno y hojas donde estuvieron encajadas las esmeralditas; pues mi venerada Madre, pasados algunos años, se lo regaló a la Madre Sor María Brígida de Nuestra Señora del Olvido, a petición de la misma; y esta ejemplar religiosa, siendo ya anciana, se lo dio a Sor María Leona de Jesús Nazareno, en agradecimiento a varios servicios que la prestaba. Le encargó que le conservase siempre como precioso recuerdo y le explicó su origen. Este libro, o diurno, debe estar al presente en Aranjuez, en nuestro Convento de Concepcionistas Descalzas.

Cuando yo tuve el gozo de verlo, estaba ya bastante estropeado, especialmente la pasta y encuadernación, por el constante uso que de él habían hecho las dos expresadas religiosas, especialmente la Rda. Madre Sor María del Olvido.

CAPÍTULO IX

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La celestial capillita. — La noche del día de la Santa Cruz: éxtasis admirable con derramamiento de sangre por las llagas. — Visión misteriosa el día de San Agustín. — Bienaventurados los pacíficos.

 

Hablando la Rda. Madre Pilar con personas doctas y piadosas sobre la maravilla que en este capítulo se trata, le dijeron muchas veces, que el hacer Dios que vieran con sus propios ojos estas y otras muchas cosas, era muy particularísima obra del Señor, y aun más admirable que el que mi venerada Madre Patrocinio gozara sola de estas gracias; porque, siendo un alma tan grande, tan pura y tan amante del Señor, tan privilegiada y tan fiel imitadora de su Esposo en la Cruz, tan ansiosa de padecer y, en fin, tan digna de las caricias del Señor, no era de extrañar en ella ninguno de los grandes favores con que Dios la regalaba, atendida la liberalidad con que el Señor premia a sus fieles siervos; y más, siendo una vida, como era la de esta su amadísima esposa, llena de trabajos; que si no hubiera sido fortalecida y sostenida por el poder divino, fuera imposible de todo punto vivir naturalmente ni resistir tan continuos padecimientos de toda clase.

Estando una noche en la capilla del Santísimo Cristo de la Misericordia, se quedó mi amada Madre en éxtasis, en cruz; a poco tiempo, vieron una cosa muy blanca en la mano, y, queriendo la Madre Abadesa atraer el brazo hacia sí, no pudo. A poco rato, sin acabar de volver del éxtasis la Sierva de Dios, muy regocijada, abrió la mano y vieron todas las Religiosas que tenía en ella una cosa preciosa, pero sin saber lo que era; parecía que, invisiblemente, se la iban a quitar, y mi venerada Madre la escondía. Así estuvo, como jugando, hasta que tocaron a Maitines; y, en el momento de echar a andar, acabó de volver en sí, y desapareció aquella visión. Las religiosas quedaron con el pasmo y admiración que se puede comprender, y con el deseo de saber qué era aquello tan hermoso y particular que había visto.

Se repitió esta maravilla en muchas ocasiones, y cada vez iban viendo más claramente y conociendo que aquello encerraba algún misterio que solo mi venerada Madre podía comprender. Lo que veían era como una capillita o retablo. En el centro había un nicho con sus puertecitas, y en él una imagen de la Virgen Santísima con el Niño en los brazos. La Señora estaba sentada. Unas veces la veían con el vestido o tunicela blanca y el manto azul; encima al parecer, como una estrella, y abajo, por doquier, unas figuras inexplicables y tan brillantes, que no se podían distinguir bien. Los colores que se veían, tanto en los vestidos de la Santísima Virgen como en los demás, eran tan hermosos, que bien demostraban ser más cosa del cielo que de la tierra. La materia de que parecía fabricada, era como de alabastro, por la blancura, y como si tuviera punta de diamante o estuviera acrisolada. Arriba, tenía como un campanario, y sonaba; y toda ella crujía. La Madre Abadesa tuvo la dicha de tenerla una vez en la palma de la mano, aunque sin soltarla del todo de la suya mi venerada Madre, y, por el tacto y el peso, se confirmó en el juicio que había formado por la vista. Siempre se la ponían en la mano estando en éxtasis y, al desaparecer, volvía en sí y solía decir: «Se la han llevado»: y como uno que pierde una rica joya y lo siente, así la Sierva de Dios parece que lo sentía, por aquel momento. De manera que la estaban viendo las manos sin nada, y a la vista de las que estaban presentes, le ponían de nuevo aquella cosa tan preciosa, o sea la capillita; y luego, estándola mirando, se la quitaban sin que vieran quién ni cómo. Algunas veces la tenía largo tiempo; un día la puso en el brazo de un Santísimo Cristo y otro en el altar de una capilla y la dejó sola, y se tenía en pie, sin arrimarla ni sujetarla a ninguna parte.

No han visto esta maravilla todas las religiosas, pero la vieron varias, entre ellas la Madre Sor María del Carmen y Sor San José, Sor María Hipólita de San Felipe Neri, Sor María Juana de la Santísima Trinidad y Sor María Francisca de San Luis Gonzaga.

El día 14 de Septiembre, exaltación de la Santa Cruz del año 1835[17], estando ya acostada la Rda. Madre Sor María Benita del Pilar, a eso de las diez y media, oyó un golpe, como dado en el techo de su celda; se levantó algo sobresaltada y, a muy breve rato, se repitió otro, como si rodara  una cosa; la extravagancia del ruido en una hora tan intempestiva le llamó la atención, ocurriéndosele, si por los tejados habría entrado alguien; porque era un desván lo que encima había. Se levantó, y, previniendo si lo habría oído Sor Patrocinio y por el cuidado que siempre tenía de ella, se llegó a la puerta de su celda y sin entrar, la llamó, preguntando si había oído algo; mas no la respondió; y, entrando dentro, repitió la misma pregunta, a que tampoco respondió. Entonces conoció que estaba en éxtasis. Efectivamente, se hallaba enajenada mi venerada Madre, encima de la cama, en cruz. Todas las llagas desangraban con abundancia; la que salía de los pies había formado dos balsitas en el jergón; la de las manos, como estaba en cruz, se había corrido por los brazos y en las palmas había mucha, cuajada; de la del costado había salido tanta, que también rebalsaba en el jergón; de la cabeza salía derramándose por el rostro, cuello y espalda, de manera que, verdaderamente era un espectáculo penosísimo el que ofrecía a la vista la Sierva de Dios. Tenía una elevación de ojos tan respetuosa, que infundía veneración particular. Luego que la Madre Abadesa se repuso un poco, llama a la Madre Sor María de San Felipe Neri, que vivía en la celda inmediata, y a Sor María Juana de la Santísima Trinidad, y dijo, que llamasen a la Madre Maestra y a alguna otra; dio lugar a todo, porque mi venerada Madre continuaba enajenada. Las religiosas estaban sin saber qué hacer, porque continuaba vertiendo sangre de todas las llagas a un tiempo; el pasmo y admiración de todas fue a medida del prodigio que veían. Por la sangre que había y porque en algunas partes se veía casi seca, particularmente de la que caía de la cabeza, por ser más sutiles las llaguitas, infirieron que haría ya una hora, poco más, que se había quedado en éxtasis, derramando sangre en el estado que la encontraron.

Estuvieron alabando a Dios que tan admirable se manifestaba en aquella criatura. Luego volvió un poco y, como estaba desnuda y bañada en sangre, que caía sin cesar, advirtieron que temblaba de frío; mas, como al momento se volvía a quedar enajenada y entonces nada sentía, dejaba de tiritar. Por fin se fueron unas a por ropas, otras a por agua templada y la fueron poco a poco lavando y empapando la sangre, hasta que, después de mucho tiempo, dejó de salir y se la mudó de nuevo.

Cuando a las dos dijo la Madre Abadesa que se retiraran las Religiosas y su Reverencia se retiró también, fue porque conoció que el Señor la quería sola; pero, como era necesario hacerse mucha violencia, para separarse de aquel ángel, y más cuando estaba así, sucedió, que, habiendo salido la Madre Abadesa de la celda, las otras se escondieron, de modo que Sor Patrocinio no las viese; y así ésta creyó que estaba sola; y como el Señor tenía con ella sus delicias y su corazón era un volcán de fuego, empezó, con aquellas ansias que la daban, a hablar y a levantarse, diciendo al Señor: «Sola estoy». Mas sin duda le manifestó Su Divina Majestad lo que había; porque al momento, dijo: «¿No estoy sola?» como quien preguntaba, y se quedó en un profundo silencio. Las religiosas que estaban ocultas, confusas, se lo contaron a la Madre Abadesa y esta les dijo que se retiraran; y, habiendo vuelto ella a la celda de Sor Patrocinio, conoció, que toda la noche, la pasaría enajenada y «que así como el Señor le avisó para socorrer la necesidad de su amada sierva, porque era imposible del todo que ella se hubiera podido, por sí sola valer, y ya quedaba remediada, así ya parecía conveniente retirarse y no ser imprudentes».[18]. En efecto todas se retiraron y la Madre Abadesa, supo después que toda la noche la había pasado mi venerada Madre en continuo éxtasis. La Rda. Madre Sor María Juana de la Santísima Trinidad cortó un pedazo de la manta teñida con la sangre que la Sierva de Dios con tanta abundancia vertiera de las llagas en esta memorable noche y la conservó toda la vida como precioso recuerdo; también se conservó y conserva la toca empapada en la sangre que salió de las llaguitas de la corona de espinas, en la cual no quedó ni un solo hilo blanco. Estas hermosas joyas y algunas otras de la misma clase se han podido conservar, teniéndolas una religiosa guardadas con el mayor sigilo, mientras mi venerada Madre vivió; pues si su Reverencia las hubiera visto, es muy seguro que, en su grande humildad, o las hubiera echado al fuego o las hiciera mil pedazos; buen cuidado pusimos siempre todas en que nada de esto supiese, mi Madre amada, la cual para hacer desaparecer cuanto pudiera redundar en alabanza suya, tenía una gracia especial y su mayor complacencia; esto solo lo hacen los Santos —¡benditos sean!— a nosotras buena pena nos causaba ver desaparecer lo que tan digno de conservarse era.

El día de San Agustín del año 1835 por la noche, al tiempo que la Comunidad se iba a recoger dejando a mi venerada Madre en su cama en el suelo, tuvo un éxtasis admirable, una visión muy misteriosa, en concepto de la Rda. Madre Pilar que la presenció, por algunas palabras sueltas que la oyeron y por lo que la misma Madre, obligándola a hablar, pudo sacarla. Parecía que veía una gran batalla; a la Reina de los Ángeles sentada con su divino Hijo en figura de Niño dormido; a los cuatro Doctores de la Iglesia y a muchos otros personajes, dos detrás de un león que aparecía sentado y con una cruz en la frente. La lucha era con otro león, que después se convirtió en serpiente. El león señalado con la cruz, estaba como quien no puede moverse, y, al principio, solo meneaba la cola y alguna pata, mas siempre permanecía inmóvil a pesar de los esfuerzos de su contrario. Cuando alentaba el león de la cruz hacia el Niño Dios que tenía la Virgen Santísima en sus brazos, despertaba este, y entonces cobraba el león nuevos bríos y peleaba con más fuerza. Por fin tomó la Señora a su Dulce Niño dormido y le puso sobre el león de la cruz; y entonces fue hecha la victoria; y los dos personajes que estaban detrás del león, el uno también con una cruz, se unieron, y todo fue gozo y alabanza a Dios. Este éxtasis o visión, duró desde las diez de la noche hasta la una de la madrugada, en que la Sierva de Dios volvió un poco en sí y hablaba cosas tan altas y con tal gravedad, que daba bien a entender la vida superior que entonces gozaba. Estuvo todo ese tiempo hermosísima y como quien presenciaba una batalla. Unas veces se le encendía el rostro y se regocijaba mucho; otras, como quien escucha con atención grandísima, y luego decía alguna palabra. Cuando alentaba el león y despertaba el Niño, decía: ¡Ay! Significa las oraciones de los fieles el alentar el león. Y así en toda la serie del éxtasis.

La Madre Abadesa la preguntó luego, qué había visto y conocido; y mi Madre Patrocinio la contestó: «Una gracia es la que hace el Señor en estas visiones y otra la inteligencia de ellas. Un prelado de la Iglesia disputa sobre cuál de estas dos gracias es la mayor». Y añadió que aquella materia era muy delicada y aun cuando le pareciese a un alma haber entendido su significado, no podría asegurarse en ello sin mucha consulta y aprobación; porque era muy expuesto a algún error. Así que si consultándolo ella con su director o superior, a este le pareciese bien, le diría lo que hubiera entendido. Esto dijo porque como era tan obediente, sentía mucho no poder decir a su Prelada lo que le preguntaba; esta, conociendo que sería una imprudencia querer saber lo que quizás no la convenía, y mucho más en materias tan espirituales y altas, no volvió a preguntar más sobre esta visión.

No terminaré este capítulo sin manifestar lo que algunas veces notaron las religiosas, cuando Dios Ntro. Señor concedió a la Comunidad el gran favor de que presenciaran los favores y gracias con que regalaba a su amada Esposa. Si estando en éxtasis, se suscitaba alguna pequeña diferencia o disgusto entre las Religiosas, por muy insignificante que fuera, enseguida volvía en sí, dando señales de muy profunda pena; así es que, si querían disfrutar de los favores que Dios hacía a su querida Hermana, habían de estar sumamente sosegadas entre sí y con gran paz en sus almas; por esta razón todas y cada una, deseosas de participar de tan grandes gracias, procuraban conservarse en la más Santa Paz, y aseguraban que sentían en sus almas un recogimiento y consolación inexplicables, temiendo al mismo tiempo que mi venerada Madre volviera en sí, y se les acabara el gozo tan inefable.

CAPÍTULO X

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Conocimiento de los interiores en la Sierva de Dios. — Casos varios. — Espíritu profético. — Gracia de curaciones.

 

Mucho podría decirse del conocimiento que de los interiores dio Dios Ntro. Señor a su predilecta Esposa Sor María de los Dolores y Patrocinio, en toda su vida; pero concretándonos a la época en que vamos estudiando las virtudes y santidad de la Sierva de Dios, fue verdaderamente extraordinario y maravilloso el dicho conocimiento. Recordarán nuestros lectores las repetidas aseveraciones de la Rda. Madre Pilar que llevamos escritas sobre las muchas veces que, tanto de su interior como de otras cosas ocultas, le habló Sor Patrocinio, claramente y como si lo hubiera visto. También la revelación a que aludía el Padre Porrero cuando dijo que el demonio no podía hacer que la Sierva de Dios supiera lo que en el interior de una Religiosa determinada sucedía, no habiéndolo revelado ella a nadie. Pues bien, otras muchas personas experimentaron igualmente esta especial gracia; y cuando la sacaron del Convento, era muy frecuente escribir a la Madre Pilar las personas que vivían con mi venerada Madre, en sus diferentes destierros; entre otras, la Rectora de las Magdalenas de Madrid, la de Jesús, y la Señora Sor Saturnina de la Soledad, estas últimas del convento de la Madre de Dios de Talavera de la Reina, escribían a la Madre Pilar diciéndole, que conocía y sabía Sor Patrocinio cuanto pasaba en el interior de sus almas; por todo lo cual la expresada Madre daba gracias a Dios, maravilloso en sus Santos.

Así, la divina Providencia iba disponiendo que se divulgasen, para gloria suya y bien de las almas, las finezas de su Divino Amor para con esta su fiel y predilecta esposa, tan vilmente perseguida por sus enemigos. En cierta ocasión, viendo la Madre Abadesa tantas cosas admirables a un tiempo en la Sierva de Dios y conociendo a fondo su inocencia y sencillez, no dudando por otra parte, dadas las pruebas que tenía, de que todo era en ella sobrenatural y obra de Dios, no se explicaba la incredulidad de  los que sin experimentar ni acercarse a ver estas cosas, las condenaban y no creían; y muy admirada, se le ocurrió decir en su interior: «Ni el mismo demonio podía discurrir tantas cosas a un tiempo, si fuera obra suya». Hallábase así muy pensativa y se encontró con mi venerada Madre, esta con un rostro angelical y muy graciosa sonrisa, la dijo: «¿Con que ni el demonio podía discurrir tantas cosas, etc.?» Quedó la Madre pasmada y alabó al Señor que de tantos modos quería y se dignaba asegurarla.

Padecía la Madre Pilar, desde hacía muchos años, un trabajo espiritual que la afligía mucho; y, habiéndolo consultado varias veces, siempre quedaba lo mismo. Un día, mi venerada Madre, con su acostumbrada gracia, la dio a entender que conocía su aflicción; pero de un modo tan particular se lo dijo, que no le podía quedar la menor duda de que veía, mejor que ella misma, la causa de su tribulación; lo cierto es que quedó tan libre de ella desde aquella hora, que no volvió a padecer semejante trabajo.

Del espíritu profético con que fue favorecida por el Señor mi Madre venerada, muchísimo puede decirse; citaré ahora algunos casos solamente y algo más iré diciendo, Dios mediante, en su lugar respectivo.

Siendo aún su Reverencia muy recién profesa, estaba vacante en el convento una de las plazas de oficio y, habiendo entrado para ella dos Novicias, sucesivamente, ni la una ni la otra profesaron; por lo que la Madre Pilar estaba muy afligida, porque no podían satisfacerse las cargas de dicha plaza y porque, además, hacían falta Religiosas. Mi amada Madre consoló a su Abadesa, diciéndole que no tuviera pena, que no tardaría en entrar la que profesaría para la plaza vacante. A los pocos días, estando la dicha Madre en el torno y su bendita súbdita esperándola a la puerta, llamaron con el Deo Gratias de costumbre, y, enseguida, dijo la Sierva de Dios: «esa es la que ha de ocupar la plaza; esa, esa». Efectivamente, la que llamaba al torno era una joven pretendiente al hábito, de excelentes prendas para el oficio vacante, y pobre, como se requería para el caso. Profesó con el nombre de Sor Urbana, por ser este el nombre que tenía la plaza.

Un día entró en la iglesia y presbiterio un estudiante, al que mi venerada Madre no había visto nunca ni sabía nada de él. Cuando salió su Reverencia del coro, dijo a la Madre Pilar, que aquel joven sería obispo.

«Hija», le dijo la Madre Pilar, «es sobrino mío y, efectivamente, estudia para sacerdote». El Excmo. e Ilustrísimo Señor D. Tomas Iglesias y Barcones, objeto de esta profecía, fue, primero, obispo de Mondoñedo, y después Patriarca de las Indias; persona dignísima y respetable y de las que más apreciaron a mi venerada Madre, distinguiéndola a ella y a sus Comunidades con verdadero y paternal afecto.

Prosiguiendo la narración de las gracias especiales que mi Reverenda Madre Patrocinio recibió de Dios Nuestro Señor, estando aún en el Convento de Caballero de Gracia, fue singularísima la de curación de enfermedades. Véase esto claro, por dos casos maravillosos ocurridos con la misma Madre Pilar, su confidente y testigo excepcional dado por Su Divina Majestad a la Sierva de Dios.

Corría el año 1832 y a juicio del médico del convento, hallábase enferma en peligro de muerte la referida Abadesa. Apenas se declaró el mal, advirtió la enferma que Sor Patrocinio estaba muy triste y llorosa, y habiéndole pedido que la encomendara a la Santísima Virgen del Olvido, como lo hiciera, le suplicó la dijese si había entendido en su oración lo que había de suceder; si viviría o moriría de aquella enfermedad. La obediente súbdita accedió a los deseos de su Prelada y después le dijo que la Virgen Santísima le había revelado que padecería, pero que no moriría. «Déjala que padezca, que yo la curaré», fueron las palabras de la Divina Señora. Efectivamente, con grande admiración del médico y de las Religiosas, no obstante haber llegado la enferma a los últimos instantes de la vida, recobró rápidamente la salud como la Sierva de Dios anunciara.

Hacía mucho tiempo que sentía la Madre Pilar unos dolores en el lado derecho, tan vehementes, aunque momentáneos, que parecía que la introducían una espada, estremeciéndola toda. Dos años, o más, pasó así; mas, como los dolores agudos no eran seguidos, ni la Madre notaba más desazón un día que otro, no hacía caso. Fue la molestia creciendo y, como los dolores la daban de improviso y a veces estando con las religiosas, estas lo notaron y preguntaron, qué tenía: La Madre, en realidad, no sabía lo que era ni de dónde provenía su mal, por lo que nada podía contestarles, sino que tenía un dolor e ignoraba a qué obedecía. El sentir más a menudo estos dolores y ser más fuertes todavía le hizo advertir que aunque se le fijaban en el costado, todo ello iba a parar al pecho derecho. Esto ya la dio algún cuidado; pero notó además que tenía un bulto como una nuez y que allí iban a parar aquellos dolores tan agudos y tan grandes; los cuales si, como no la duraban, le hubieran durado minutos, fuera imposible resistirlos tanto tiempo. El bulto estaba tan adherido o agarrado a las costillas o huesos, que parecía nacer de allí mismo. Así iba pasando sin haber dicho ni la más mínima palabra de lo que tenía a nadie; y aunque, desde luego temió que fuese un zaratán, por lo mismo formó la resolución de callar, porque si decía algo la habían de molestar con que se lo dijese al médico. Llegó el Viernes Santo del año 1830, y habiéndose encontrado la Madre Pilar, en la capilla de la V. M. Agreda, a Sor Patrocinio, esta le dijo: «Esta noche soñaba que tenía Usencia un zaratán y ¡qué pena me ha dado!». Es de advertir que mi venerada Madre nunca decía «me ha revelado Dios esto o aquello», sino que cuando se veía precisada a decir algo, siempre decía «He soñado». La enferma quedó admirada, porque nada había dicho a nadie por donde pudiera sospecharse la verdad de su mal. La experiencia que ya iba teniendo de aquella grande alma le hizo conocer, que solo el Señor podía habérselo manifestado, y ese mismo conocimiento la confirmó en lo que ella se temía, que fuese un zaratán; mas, viendo que lo que tanto había ocultado, era manifiesto ya a mi Madre amada, no se lo negó. Un día de los que, por sentirse peor, estaba muy pensativa, le habló mi venerada Madre y la dijo que el Señor le había mandado que la curase —salía de un éxtasis que la Madre Abadesa había presenciado—. Le preguntó cómo iba a curarla, y ella le contestó que chupando el bulto y extrayendo las materias. Gran confusión causó a la Madre Pilar que aquel ángel hiciese una cosa tan sensible a su corazón; mas, como mi venerada Madre tenía una gracia tan particular para todo y con ella facilitaba todas las cosas, empezó a poner en ejecución el mandato del Señor, por algunos días dos veces, sintiendo la Madre Abadesa, en muchas de ellas, un dolor como si arrancasen una cosa de lo más interior; pero, aunque todo era rarísimo, lo que llamó más la atención de la Madre Pilar fue que, estando, un día chupando y conociendo que tragaba, se admiraba y decía: ¿cómo, no teniendo abierta ninguna boca ni llaga, podrá sacar las materias?; y, para poder en adelante presentar un testimonio de este suceso, le dijo, sacando un pañuelo blanco, que echase allí una bocanada; hízolo, y la Madre Pilar quedó llena de confusión y de pena, viendo que, en efecto, era aquello como sangre y materia; entonces se apuró más; y, reconociendo aquella caridad tan heroica, de que se juzgaba indigna, con lágrimas, le pidió la dejase, pues no podía consentir que tragase y tuviese en la boca aquello; mas, mi angelical Madre la consoló y la dijo con su acostumbrada dulzura, que aunque, cuando extraía aquel humor, le sabía muy mal; pero que, cuando lo tragaba, ya tenía un sabor muy rico. Sin duda o lo diría por animarla, o lo que es más creíble, en su bendita boca se transmutaría, en premio de su grandísima caridad y mortificación.

Pasado algún tiempo, empezó a disminuir el bulto, y mi venerada Madre dijo a su prelada: «Ya no tenga Usencia cuidado, cuando menos piense Usencia, desaparecerá». Pasaron algunos días, la Madre Abadesa aún tenía miedo, y muchas veces la Sierva de Dios lo conocía y le repetía lo mismo: «Que ya no tuviera cuidado». Así sucedió; pues, desapareciendo pronto aquel mal, jamás volvió la Madre a sentir ningún dolor de los que antes había padecido. El pañuelo lo conservó para memoria de suceso tan admirable y heroico, con unas bocanadas que la hizo echar otras veces. Mas, en la terrible persecución de aquel ángel y trabajos de la Comunidad, pereció también aquel testigo de su gran virtud.

CAPÍTULO XI

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Nardo que da olor de suavidad. — Es pisado y estrujado en el altar de la inmolación. — «Levántate, amiga mía». — Ni tullida, ni tísica. — Curación repentina y milagrosa. — Víctima expiatoria. — Agonías de muerte. — Martirio que se prolonga. — Todo lo puede en Dios que la conforta. — «Para mis días». — «Palomita sin hiel».

 

Recordando la Madre Pilar uno de los capítulos del libro de la oración que escribió mi venerada Madre (que fue quemado como dejo dicho), en el cual «el alma pedía al Señor vivamente, ver pisado su nardo, para que así exhalase toda su fragancia», prorrumpe la dicha Madre en estas encendidas exclamaciones: «¡Oh, y cómo se vio pisada, despreciada, perseguida, infamada y atormentada esta criatura inocente! ¡Cómo cumplió el Señor los deseos de su Esposa! ¡Bien se puede decir que fue saciada de oprobios y que a imitación de su Esposo, no abrió sus labios para la queja!…».

Sin duda quiso Dios asemejarla a su bendito Hijo y por eso desde los comienzos de su vida aparece ya esta su escogida, siguiéndole e imitándole en el padecer; y a su lado, cargada con la cruz de sus padecimientos de todo género, se la contempla siempre, hasta su dichosa muerte.

Comenzamos en este capítulo la historia de la crucifixión de esta esclarecida Virgen Mártir, y no podemos menos de reseñar en él de antemano la preparación que hizo Dios de su espíritu y la luz y comprensión que le comunicó de todo cuanto Su Divina Majestad tenía preparado de amargo para ella.

Alternaban por este tiempo en esta admirable criatura los grandes padecimientos y los éxtasis maravillosos, sucediéndose los unos a los otros casi sin interrupción; y de todos ellos salía siempre la Sierva de Dios más fortalecida y alentada para nuevas tribulaciones y trabajos, hasta sentir verdadera ansia de padecerlos, porque veía en Dios el valor de los mismos.

Es de nuevo la insigne Abadesa de Caballero de Gracia quien nos cuenta, con sencillez encantadora, algunas de la serie de enfermedades padecidas por Sor Patrocinio, mientras a su lado estuvo, y su curación milagrosa; así como la revelación que tuvo la Sierva de Dios acerca de sus persecuciones durante su preciosa vida. Oigamos a la esclarecida M. Pilar:

«Estando un día por la mañana hablando, me dijo: ¿Y si Dios me quiere poner tullida? Esta preparación la hizo porque ella ya sabía lo que iba a suceder; pero conociendo sin duda mi grande amor y lo que padecería, quiso prevenirme; porque como es tan dulce y eficaz, desvía de un modo lo amargo, o, mejor diré, lo dulcifica de tal manera, que parece no cuesta trabajo.

Mucha pena me causó al pronto; porque como jamás habla ni una sola palabra de más, al instante me impuse en este nuevo trabajo; mas, con su acostumbrada gracia, me templó la pena diciéndome: “Que podía no suceder; y sobre todo, que en hacer en todo la voluntad de Dios, debía estar todo nuestro consuelo”. Con estas y otras razones, llegó la tarde y la hora de bajar a la ropería (porque estaba ella en este oficio): Era en el tiempo en que le daba tantos golpes el demonio; ya he dicho que estaba yo con ella siempre que podía; y así en esta ocasión, nos fuimos juntas; y al bajar la escalera, ya se puso de suerte que no podía absolutamente bajar. Llamé a otra Religiosa y, agarrada por las dos, llegó a la ropería, y por momentos se acabó de tullir de tal modo, que teniendo los brazos con todo su vigor y movimiento, todo el cuerpo se le quedó lo mismo que el de un muerto, sin poder hacer el menor movimiento.

Yo, que ya tenía el antecedente que he dicho, conocí entonces que se verificaba lo que me había anunciado, aunque no creía yo verlo tan pronto. Se bajó una silla fuerte y acomodándola en ella, la subieron a la enfermería y metieron en la cama desnudándola sentada, porque nada absolutamente de movimiento tenía, y para moverla las piernas y todo, había de ser con ajenas manos, de manera que, si en mucho tiempo no se iba a darla algún movimiento, ni se quejaba, ni pedía nada y siempre con un rostro angelical. Al día siguiente, avisé al Prelado para que me dijese si se había de llamar al médico; porque como ya tenía las llagas, me halle sin saber qué hacer; porque, si veía las vendas el médico, podría preguntar, y como teníamos el precepto de los Prelados de callar, ignoraba cómo me había de gobernar. A los dos días que estaba así, me envió a decir el Prelado que llamase al médico y que, si reparaba en las vendas, le dijese que en aquello no tenía él que hacer nada. Ya se ve, esta respuesta era algo enigmática y poco satisfactoria para un facultativo; pero era de un Superior y a mí me tocaba obedecer. Vino en efecto D. Manuel Bonafox, que era el médico de la comunidad y ya la había visitado, cuando por los padecimientos causados por el demonio, creíamos estaba mala. Luego que se le dijo cómo de repente se había quedado así, pidió el pulso, vio la venda y preguntó si sangraba,  dijímosle que no; cogió la otra mano y viendo también venda en ella, se paró, y dijo: ¿Qué es esto? Entonces le dije yo: “De eso no haga V. caso”. Mas queriendo tocar los pies, para ver sin duda en qué consistía la entera inmovilidad, puso la mano en una llaga y a la fuerza del dolor, hizo la enferma un poco de estremecimiento, entonces dijo: ¿Hija, está Vd. crucificada? Mas como era tan prudente, no habló ni preguntó más. Mandó la diesen aquella noche una untura o frote en las coyunturas (con agua de la Reina de Hungría, me parece que fue) y al día siguiente volvió; se conocía que estaba como pensativo; lo mismo que otras veces que la había visitado; y no era extraño; porque, como no eran naturales los males, nada podía hacer la medicina. Cuando ya se salía de la alcoba sin haber mandado cosa alguna, se quedó ella en un éxtasis y en cruz, tan hermosa, que el mismo médico se enterneció y admiró mucho; y con esto y las llagas, sin duda conoció que aquello no era natural; y así, aunque venía todos los días, nos dijo que no mandaba nada, que el que la había atado la desataría. Ella seguía así con una alegría extraordinaria, y como si nada padeciera; pero nuestro corazón, traspasado de dolor, viendo así a aquel ángel y aunque esperábamos por algún medio extraordinario su curación, no sabíamos cuánto duraría. El demonio no se descuidaba tampoco en atormentarla, de manera que solo ella estaba imperturbable. No me acuerdo cuántos días estuvo así, pero fueron más de quince. Sucedió que habiendo llevado un Niño Jesús, echadito sobre una Cruz, de las Comendadoras de Santiago, dijo que se le pusiese en la cama, que le quería tener todo el día allí. En el discurso de la tarde, entre los coloquios que tenía con el Señor, unas veces en sus sentidos, otras enajenada, se la oye que aquel día andaría. Yo me llené de gozo y esperaba segura por la experiencia que tengo, el cumplimiento de esta palabra; y tanto, que haciendo señal a maitines, a tiempo que ella se hallaba en un éxtasis, muy graciosa y como haciendo esfuerzos para ponerse de rodillas (lo que era enteramente imposible ni mover más que los brazos), dije que se fuera la Comunidad a Maitines, quedándome yo allí a ver el fin de este éxtasis; cuando veo que, de pronto, se pone de rodillas e inmediatamente echa a correr por los Claustros de tal modo, que ni las Religiosas de velo blanco ni yo la podíamos alcanzar ni detener. En fin, ya pudimos traerla otra vez a la enfermería, y fue volviendo en sí; la vestimos y fuimos al coro que no sé cómo fue esto; pues en todo lo que pasó, aún estaban en el primer salmo del primer nocturno. Se pasmaron las religiosas cuando la vieron entrar; y acabados los Maitines, nos fuimos a la sala de recreación y encendiendo todos los nichos, cantamos el Te Deum. Luego, llevando ella el Niño, fuimos a la celda de Sor María del Carmen, que se hallaba gravemente enferma y con la Santa Unción, para que la viese y participase del gozo de todas, y, pidiéndole la enferma que la encomendase a Dios, la dijo que no moría, como así sucedió a pesar de que llegó a agravarse más; y hoy vive, cuando esto escribo.

Otro caso igualmente admirable sucedió en el año de 1833. Por el mes de mayo de dicho año, unos días antes de San Isidro, le acometió a Sor Patrocinio una tos bastante continua y empezó a echar un poco de sangre por la boca; la vio el médico y la mandó un jarabe; siguió así dos días y al segundo, saliendo yo al anochecer del locutorio donde me habían tenido ocupada, hallé que estaban las religiosas con mucho cuidado, porque estaba bastante agravada, y la hicimos acostar; se llamó al médico, vino a las nueve y encontró gran novedad; se fue a recetar a mi celda y me dijo que aunque había visto muchas cosas extraordinarias en esta criatura, pero en la que parecía natural debía ponerse los medios; que la veía muy mala, mucha calentura, la sangre por la boca y, en fin, que iba a recetar dos bebidas, una para contener la sangre, y la otra para lo demás; la mandó sinapismos en los brazos, porque en las piernas no podía ser; se marchó y ella por momentos se iba agravando, convulsiones terribles, recargos y tos, sin un momento siquiera de intervalo, de manera que muchas veces la vimos morada, que se ahogaba. Es inexplicable qué noche fue aquella; pues todos los males juntos parece la acometieron. Traspasadas de dolor todas las religiosas, ni un instante en toda la noche se separó ninguna de su celda y las que no cabían a la puerta de la celda, con el Santísimo Cristo de la Palabra, pidiendo al  Señor la aliviase de tanto ahogo; yo andaba desalentada, ni tenía corazón para oírla, ni me podía separar un punto.

Solo ella, con aquel rostro tan angelical y risueño, se recreaba con sus hermanas, y cuando podía hablar alguna palabra era la consoladora de todas. Viendo, pues, que se aumentaban las convulsiones, el peligro, al parecer, de ahogarse, y todos los síntomas eran de ir por instantes empeorando, se volvió a llamar al médico, a la una de la noche, quien, después de haberla visto, me dijo que era preciso se confesase y recibiese el Sagrado Viático por la mañana, que esta noticia a ella no la asustaría; pues estaba tan cierto de su virtud, que no desconfiaba aun de ver alguna cosa particular y extraordinaria; pero que en lo natural estaba en gran peligro, y que la sangre que había visto a las nueve no manifestaba lo que la que ahora veía, que estaba mezclada y manifestaba estar el pulmón herido. Noticia fue esta que traspasó mi corazón de parte a parte; porque aunque yo no dudaba que en esta ocasión no moriría, porque, en un momento que pude hablarla sola, me lo había asegurado, pero, en fin, la veía de peligro; y que sus padecimientos eran muy grandes;  dos recargos terribles tuvo en la misma noche, las convulsiones se aumentaban y cada instante parecía un nuevo peligro. Se marchó el médico, habiéndome puesto yo a escribir al confesor, y a las seis mandé la carta, pero encontró el criado que llevaba la carta al confesor que ya venía, y, dándole la carta en donde le encontró, le dijo la novedad. Vino y entró con el Padre Vicario, y pareciéndome a mí que estaba un poquito mejor, les dije mi parecer y que en comparación de la noche tan terrible, que todas estábamos traspasadas, notaba algún alivio. Luego que la vieron me dijeron: Señora ¿y esto dice V. que es mejoría? Mas, como no habían visto las angustias de la noche, no lo extrañé: No es posible acordarme sin estremecerme, ni se puede pintar y solo la Comunidad toda que no se separó ni un solo instante, sabe lo que padeció; en fin, se confesó y su confesor dijo no podía detenerse y que luego le administrase el Padre Vicario el Sagrado Viático. Ella estaba como un ángel, llenando a todas de consuelo, ya cada vez me se figuraba estaba mejor y en efecto paró la sangre por la boca, y mucho de aquella tos, no interrumpida, que más nos acongojaba. Yo dije: esperemos al médico; vino este y, no pudiéndome yo hallar en su celda al tiempo de la visita, por una ocupación forzosa, salí cuando ya se marchaba a un claustro, para preguntarle cómo estaba, porque hacía un rato que no la había visto, y también temiendo extrañase el que no se le había administrado el Sagrado Viático, le dije se había diferido un poco, pero que en la misma mañana se le iba a dar. Antes que yo concluyera de hablar, me dijo: “Señora, qué Viático se le ha de dar, si esto es un prodigio, está tan buena como V. y como yo, todo ha desaparecido: el pulmón tan libre como si nada hubiera padecido, y en fin aunque la he dicho que esté quieta y no hable, es solo por una precaución, y porque nosotros debemos no exponernos a que por una imprudencia nuestra, la hagamos quizás padecer”. En efecto, fui corriendo, y la hallé tan lista y buena. Dos días siguió viniendo el médico, pero nada la volvió a mandar, antes lleno de admiración y gozo me llamaba por la tarde y por la mañana y admiraba esta repentina curación.

Venga V., me dijo una vez, que todo es portentoso en esta criatura”. La última visita que la hizo me dijo: “ Yo quisiera que no estuviera privada esta alma de la Sagrada Comunión, y aunque estoy cierto que por su pie irá a comulgar el día de la Ascensión (era esto en la antevíspera) sin embargo, debemos, venerando su curación milagrosa, al mismo tiempo no exponernos a que el Señor nos castigue, por el cuidado con que debemos mirarla, y así puede comulgar aunque sea todos los días en la cama, y si ella se levanta y baja, déjela V., también sin miedo”.

El médico no volvió más, porque aquel mismo día cayó enfermo de la enfermedad que murió, y esta dichosa criatura no volvió a tener la más mínima novedad, se levantó y, en efecto, bajó a comulgar el día de la Ascensión, y todas quedamos dando gracias al Señor que tales maravillas obraba con su amada, siendo nuestro gozo a medida del dolor y quebranto que habíamos padecido. La variedad (continúa la Madre Pilar) es admirable, y apenas se puede explicar con palabras; diré un suceso de los muchos que he visto, y, por él, se entenderá cuánto habrá padecido y padece; advirtiendo que, de continuo, se está ofreciendo víctima por todos, y para todos; porque, aunque el sumo recato y grande silencio que guarda nos privan de las principales noticias, como ya llevo dicho que en los éxtasis suele hablar algunas palabras sueltas, que hemos oído, y visto luego la confirmación de aquello mismo que había anunciado; así también nos ha dado luz para conocer muchas cosas. El día 13 de junio del año de 1835, había misa cantada con Su Divina Majestad manifiesto, a San Antonio de Padua; se descubrió el Señor una hora antes de empezar la misa, y, hallándome yo escribiendo, asentando cosas de mi oficio en la casilla (que es la oficina de las Preladas), cuando tocaron a descubrir, a mis oídos sonaba clamor de muertos; creyendo que consistía en las que tocaban, me incomodé y, levantándome de la silla, me encaminaba al antecoro, cuando pude oír que ya tocaban a fiesta, y entonces no hice más caso. Llegó la hora del coro y habiendo concluido las horas empezó la Misa, que la cantaban fuera, y las religiosas, según costumbre, de rodillas en sus puestos.

Sor Patrocinio se pasó al suyo y, al momento, le advertí una gran transformación; que ya en las horas la había notado algo, pero iba en aumento; como todas las mutaciones del rostro manifestaban, o daban a conocer, que alguna grande tribulación oprimía su corazón, y, al mismo tiempo, que padecía extraordinariamente en su cuerpo; yo me sobresalté muchísimo y queriendo evitar la publicidad, me levanté y, llegándome a ella, la tomé de la mano y la saqué del coro, llevándola a una ermita que está por los desvanes y cae una rejilla, con su rallo, al presbiterio, y llamamos la ermita de los ejercicios; porque sirve para este fin, y en ella están retiradas todas las religiosas que entran en ellos.

El trabajo que me costó llegar allí con ella, ni las angustias que yo padecí en aquella mañana es imposible explicarlas. Al fin, con muchísima dificultad, llegamos, y por momentos se aumentaban las congojas, la imposibilidad de moverse, y se puso en el mismo estado que vemos a los moribundos, cuando ya han entrado en agonía. Yo, que me veía sola, y sin el menor auxilio, ni me podía mover; porque la sostenía en mis brazos, que estaba notando aquella palpitación de corazón, aquellas angustias que hacen mudar tantas veces el rostro de los que agonizan, con aquella tristeza mortal que dividía mi corazón, el estiramiento de los miembros, las contracciones de los nervios y que parecía se le dislocaban los huesos, y en fin lo que no puedo ni explicar. Ya quiso Dios que viniese su Maestra, con el cuidado (como nos vio salir); y la dije me trajera unas almohadas y se fuese, porque no se notase; se afligió mucho lo poquito que la vio, hizo lo que la dije; al fin la pusimos las almohadas y siguió en la misma clase de agonía, sucediéndose unos síntomas a otros, todo el tiempo que duró la misa, que fue solemne. Al concluir le levantó el pecho, con el ronquido, o estertor que da a los que mueren, y, en el intermedio de la reserva, dio tres boqueadas y se quedó pálida como difunta. Ya se deja discurrir cómo estaría mi corazón; pues, solo me quedaba para alentarme y consolarme, el que cuando la saqué del coro, como había oído tocar a muerto y la veía tan mala (al parecer, para quien no supiera las cosas raras y admirables que Dios obraba en esta criatura). Recelosa yo de algún nuevo trabajo, la pregunté que si moriría, y, con mucho trabajo, porque ya casi no podía hablar, me dijo: “No se asuste Usencia, que no me muero”. Esto fue lo que me hizo esperar con paciencia, aunque no sin grandísimo dolor, el fin de este paso tan lastimoso, adorando mientras tanto al Señor, que me hacía testigo ocular de tantas cosas, siendo tan indigna de ello.

Estuvo un rato así y luego volvió en sí, pero muy quebrantadas las fuerzas y caída hasta aquella misma siesta o tarde que tuvo un éxtasis admirable, y volvió de él toda renovada y en su natural y común hermosura y alegría. Lo que padeció en este día y otros muchísimos así, ella sola podrá decirlo porque lo padeció; pero yo tengo una especie de este día, a lo menos, que fue porque se ofreció para desagraviar al Señor de una grande ofensa que habían hecho a su Majestad.

No cabe en ponderación lo muchísimo que padece de este género de padecimiento que no puedo yo aclarar; mas, que por lo que he visto exteriormente, infiero cuán terribles eran sus trabajos, y siempre he visto que son al paso de los gozos, las tribulaciones de toda clase. Pero desde el mes de julio del año 1835, fue tan extraordinario su padecer, que dudo tuviese más intervalos que mientras estaba enajenada; sin duda eran preludios de la grande y extraordinaria tempestad que fraguaba el demonio contra esta inocente alma tan favorecida de Dios y de la Reina de los Ángeles María Santísima.

Sucedió por el mes de julio del año que llevo dicho, que, estando en oración, al pasar la novicia para entrar el calderillo para completas, como estábamos a oscuras, sin advertirlo, la pisó un pie; no lo sintió entonces, porque no estaba en sí; mas cuando volvió, se halló con tantos dolores y había echado tanta sangre de las llagas y se le fueron alterando los nervios con una tirantez, que no podía ponerse en pie y tuvo que estar mucho tiempo en la celda, y esto sentada en un colchón y con mucho trabajo; a esto se agregó tanta variedad de dolores, que no había corazón para verla. Le acometieron unos dolores a la cabeza tan terribles y extraordinarios, que decía ella misma que le parecía imposible vivir, si aquello la durara algún tiempo; porque solíamos estar con ella, y de pronto echaba las dos manos a la cabeza y empezaban a caerle arroyos de lágrimas; con la violencia del dolor se quedaba mortal.

Un día, viéndola en tan extremo penar y de tantos modos y acometiéndola esta clase de dolor, sin poder contener mis lágrimas, exclamé: Señor, si tenéis los infinitos méritos de vuestro Santísimo ¿para qué queréis los de este ángel? Aliviadla. Confieso mi flaqueza y miseria; yo no tengo valor para padecer la más mínima cosa a vista de este ejemplar tan grande y admirable; pues en medio de tan terribles padecimientos, siempre se la ve tan dulce, suave y caritativa de todos, como si nada padeciese.

También padecía al mismo tiempo una tristeza tan grande, que muchas veces se la veía llorar; e instada por mí, no me decía más que no lo podía remediar; porque sentía una pena en el corazón, que no podía explicar.

Así iba pasando aumentándose cada día nuevos dolores y trabajos. Llegó el día 10 de agosto, día de San Lorenzo y, habiéndola dejado en la cama, nos fuimos a rezar la corona de la Señora, que se rezaba en la capilla de la Virgen del Olvido, que ella había hecho. Se quedaron con ella Sor María Josefa de N. P. S. Francisco y Sor Corazón de Jesús, ambas religiosas de velo blanco. Acabada la corona, me llamaron, fui allá y me dijeron que todo el tiempo había estado en éxtasis; me llegué a la cama y aún no había vuelto enteramente; mas, como hiciesen señal a maitines, tuve que irme, quedando con ella las mismas hermanas. Cuando salimos de maitines, me esperaba en el dormitorio la San Francisco, y me dijo: Ay madre, cuántos trabajos nos esperan y cuánto tiene que padecer Sor Patrocinio; porque todo el tiempo que han estado Vds. en Maitines, ha seguido en éxtasis y parecía le manifestaba el Señor lo enojado que estaba; porque por las palabras sueltas que hemos oído, unas veces rogaba, otras parece como que esperaba se aplacase el Señor; y se ha ofrecido a padecer cuanto quiera Dios por todas; y otras cosas que no me acuerdo ahora, me dijo esta religiosa llorando.

Los sucesos posteriores y el cúmulo de tribulaciones, trabajos y padecimientos suyos manifiestan y acreditan, bien patentemente, la verdad de este suceso.

Los dolores seguían y la tirantez y encogimiento de los nervios era mayor, de manera que desde el pie hasta la cadera le cogía; y, ni aun para acostarse podía subir a la cama, por lo que estaba en el suelo. La víspera de la Asunción de la Señora tuvo un día cruelísimo; llegó la noche y más se aumentaba su padecer; cerca de las doce, a instancias suyas, me fui a recoger, quedándose con ella Sor María Juana de la Santísima Trinidad; mas, antes de las cuatro, me fue a llamar, muy afligida, y me dijo que fuera allá, porque parecía la iba a dar un accidente; que era tanto lo que había padecido, desde que yo me fui, que ni podía explicarlo, ni tenía yo corazón para verla. Fui inmediatamente, y la hallé con unas convulsiones terribles, toda tan trasmutada y con síntomas tan lastimosos, que bien fue menester que el Señor me diera fuerzas en esta ocasión, como en otras muchas, para verla en tan extremo padecer. Así siguió, mas, luego quiso Dios que se fuese aliviando y, aunque con mucho trabajo, asistió a la función de la Señora, que ella hacía con sermón y completas cantadas por la tarde; mas, concluida esta, volvieron a apretarla los dolores. Este día fue el que amaneció sitiada la plaza, y ya teníamos la experiencia de otra veces, que en queriendo suceder algún trabajo, padecía extraordinariamente y de un modo tan grande, que nos llamaba la atención, y solíamos decir: Qué vendrá ahora, y, en juicio nuestro, sus grandes padecimientos eran para evitar los nuestros: y así la mirábamos como una víctima, para aplacar la ira del Señor. No es posible explicar las clases de padecimientos, las aflicciones y angustias, que en otros padecía: ¡qué noches tan tristísimas! Algunas noches, tuve que acudir a la Reina de los Cielos, que, en su Sagrada Imagen del Olvido, eran las delicias de su corazón; y, viéndola en tal conflicto de penas, dolores y terror, que hacían un conjunto lastimosísimo, llevarle este Divino Simulacro y, en el momento, trocarse y renovarse toda, de pena en gozo, de aquel especie de temor que tenía, en una tranquilidad y sosiego inalterable; y aun los dolores cedían y se solía quedar en una apacible calma; en fin, se solía quedar enajenada y se veía claramente que la Señora la confortaba y alentaba para entrar en nuevos combates. Cuántas veces me ha sucedido a mí, el que, viendo tanta clase de trabajos y tanta constancia, apacibilidad y alegría, viendo que todo era extraordinario y metida en mi apocamiento y miseria, me decía yo a mí misma interiormente: ¿Es esta criatura humana? Otras veces (confesaré mi flaqueza) decía: Señor ¿cómo hay quien pueda seguir este camino? yo no alcanzo este misterio, y así, aunque veía también las gracias que la hacía el Señor y penetraba el tejido admirable de penas y consuelos, con todo esto, hubiera preferido carecer de tan admirables gozos; por no tener valor para pasar tan terribles continuos trabajos, y, con confusión mía y conocimiento de mi estulticia, confieso y digo lo que por mi interior pasaba.

¡Qué diferencia tan notable! ¡Esta alma tan generosa, grande y admirable, siempre ansiando por padecer, suspirando por penar, siempre llena de trabajos, dolores, penas de todas clases y nunca saciada de sed de padecer! Dígalo aquella alegría tan grande, con que, habiéndola manifestado, sin duda Su Majestad la cercanía del colmo de sus deseos —de ser saciada de oprobios y de trabajos—, no podía reprimir su alegría y nos decía muchas veces, con aquel candor e inocencia tan natural: “Para mis días, para mis días”; y como la rebosaba el gozo y lo decía con tanta gracia, creíamos que el Señor la había manifestado, o dado a entender algún favor, o gracia especial para aquel día. Pero ¡oh gran Dios, cuánto distan vuestros pensamientos de los de los hombres! Grandísimo era, en verdad, el favor que preparabais a vuestra  amada Esposa, pues la destinabais a que en todo os imitase; pero no lo pensábamos nosotras, ni era posible imaginar un suceso tan doloroso y lastimoso, tan inaudito y cruel.

Sí; llegó el día 7 de noviembre, víspera del Patrocinio de la Señora y los días de esta inocente cordera; a la hora de vísperas, fue cuando, cercado el convento y entrando el juez, escribano, médico, etc., fuimos sorprendidas y hecha la prisión de esta palomita sin hiel. Preciso es que yo pase en silencio aquí lo que sucedió, tan público; y me contraigo solo a decir lo que toca al asunto que iba escribiendo, que es la alegría que tiene con el sumo padecer, porque, ni mi corazón puede resistir la narración de tan terrible paso, ni menos escribirlo. Entre todos los extraordinarios trabajos que, desde que nació esta felicísima criatura, había padecido, no puede tener comparación ninguno con el de verse fuera de su amado convento. La salida, verificada el día 9, arrancándola de nuestros brazos, ni tiene símil, ni sus angustias se pueden explicar en lo más mínimo, ni ella hubiera podido resistirlas, sin perder la vida, si Dios no la hubiera confortado. Conocía, sin duda, y sabía esta prueba tan grande; sacrificio que el Señor quería de ella; porque, hablando un día con una religiosa, como es tan humildísima y no se la permitía fregar, por las llagas, ni algunas otras cosas, le dijo: “Yo no sirvo para nada” —esto lo decía llorando. La religiosa la dijo: más sirve Su Caridad que todas juntas, y algunas otras palabras, consolándola; — y, serenándose de pronto, con aquella gracia que tiene para todo, le replicó: “anda, sírveme (porque era en el refectorio) que algún día querréis servirme y no podréis”.

La misma noche que la sacaron, delante del juez, escribanos y los dos eclesiásticos, cuando hechas todas un mar de lágrimas y no menos ella en aquella tristísima noche, en la que no hallaba modo ni medio para presenciar y ver el engaño con que aparentaban que era preciso sacarla para cuidarla, mimarla (que fue expresión de ellos) y que si quería muy pronto volvería, en esta noche, digo, en la que es mejor pasar en silencio todo, porque se arranca el corazón al menor recuerdo, dijo también hablando conmigo, anegadas ambas en lágrimas y traspasados los corazones: ¿No he dicho yo a Usencia muchísimas veces (y era verdad) que alguna vez querrían hablarme y no podrían Vds.? Palabra que sola ella los debería haber parado; pero como no era el deseo de averiguar, sino el no querer ver la luz, ciegos voluntarios, siguieron con su misma astucia aparentando cariño lo que era odio mortal, y se verificó el sacrificio. Pues este y todos los que acompañaron y siguieron los más grandes, más dolorosos, más terribles, ya los sabía; y estos era los que esperaba con tanta alegría, ansia y sedienta de padecer, diciendo “Para mis días, para mis días”. Por esto poco que apunto, se puede inferir cuán grande es el corazón de esta criatura y cuán agradable a los divinos ojos que la ha escogido (Dios) para ostentar su poder Divino.

CAPÍTULO XII

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Efervescencia satánica contra «La Monja de las Llagas». — Madre y hermana que no lo parecen. — Todas incomunicadas y vigiladas. — Protesta general del pueblo. — Conducta inconcebible de la madre de la Sierva de Dios y de su hermana. — Mansedumbre evangélica de la Santa Madre. — Es sacada entre bayonetas. — Un espía fiel. — En la calle de la Almudena. — Infames y crueles al mismo tiempo. — Todo menos tocar a su pudor, ni a la Virgen del Olvido. — Vivió allí prodigiosamente. — San Buenaventura: «Su Capellán». — Favores celestiales del Santo, de la Santísima Virgen y de Nuestro Señor. — Perfidia y malas artes de los enemigos de la Sierva de Dios estando presa.

 

Fue horrorosa la persecución que por este tiempo se levantó contra las Órdenes Religiosas en España[19], y, con tal motivo, circularon las más negras calumnias por calles, plazas y sitios más públicos de Madrid, de todos modos y maneras, contra «La Monja de las llagas», “la Milagrera…” como sus calumniadores llamaban a Sor Patrocinio, mi indefensa, inocente y ejemplar Madre; para, por este medio, descargar el terrible golpe que venían preparando contra su inocente víctima; mientras ella, con la paz del justo, se ofrecía toda en manos del Señor, y solo se ocupaba de su honra y santo servicio, mediante el cumplimiento de sus deberes religiosos y del canto de las divinas alabanzas, en el retiro y en la soledad.

Los agentes señalados para propalar las calumnias, por el que dirigía el hilo principal[20], y los muchos que a su acción cooperaban, llegaron hasta intrigar a la madre y hermana de la Sierva de Dios. Valiéndose de mil mentiras, les hicieron creer, que era víctima de una superchería; que las monjas la estaban atormentando y le hacían las llagas, para fines particulares suyos. Con estas y otras calumnias, fingiendo interés y compasión, aconsejaron a Dª Dolores que diera cuenta a la Autoridad Civil, para que pusiera remedio. La alucinada madre, que aún alimentaba la idea de ver a su hija fuera del claustro y en diferente estado, cayó en los lazos que, maliciosamente, la tendían, y como la virtud y santidad de su hija le llamaban poco o nada la atención, se puso de parte de sus perseguidores, delatándola a las autoridades civiles, para que la sacaran del convento.

En consecuencia, el Ministro de Gracia y Justicia dio orden al Sr. Cortázar, juez de Primera Instancia de la Corte, para que, tomando las medidas convenientes, hiciera las diligencias oportunas, para formar sumaria contra la inocente víctima, que desde luego querían sacrificar como a impostora, artificiosa y fanática, y por intervenir en la política.

Conforme a lo indicado por la madre Pilar en el capítulo anterior, el día 7 de noviembre de 1835[21], vísperas del Patrocinio de la Santísima Virgen, a la hora de vísperas, viose cercado el convento por un piquete de la milicia urbana, conforme a lo dispuesto por el Jefe político en su propósito de sacar del convento a mi venerada Madre, y sorprendiendo a la Comunidad.

Con aparato tan ruidoso, fueron a prender a una inocente religiosa de 24 años de edad, que no tenía más delito que el de postrarse a los pies de Jesús Crucificado, para pedir por los mismos que la perseguían. Entraron en el convento el juez, el escribano, el médico y cuantos más juzgaron estos necesarios para el caso. El Juez ordenó, imperativamente, que, en aquella misma tarde, saliera del convento mi venerada Madre, porque así lo tenían dispuesto y había de cumplirse. La muy digna Abadesa contestó que, sin la licencia de los Prelados eclesiásticos, no era lícita la salida; y el Juez, obstinado y lleno de indignación, insistió en que había de salir, sin más orden que la suya. La Rda. Madre Pilar, sin embargo, se confirmó en su negativa, en fuerza de su deber, y se opuso con heroica fortaleza a semejante atropello. Enfurecido el Juez, acudió a la fuerza armada, haciéndola entrar en el convento, con el fin de sacar de él a mi venerada Madre, conforme estaba decretado. La Rda. Madre Pilar, Sor María Vicenta de la Concepción, y la Sierva de Dios, quedaron incomunicadas, y en concepto de prisioneras las demás religiosas, con centinelas de vista.

Así estuvieron, desde las dos de la tarde, hasta las once de la noche, tomando declaraciones a unas y otras. En tanto, la multitud de gente que rodeaba el convento y estaba por las calles próximas, empezó a alarmarse, convencidos, unos de la inocencia de la víctima, y conociendo otros, que, aun cuando las calumnias fueran ciertas, se procedía con una crueldad inaudita; pues veían el grosero comportamiento de los urbanos dentro de la clausura, a presencia del Juez. Se excitaron los ánimos de la mayoría de tal manera, que el Juez, temeroso, determinó retirarse. Llamó a Dª Dolores Capopardo y a su hija Ramona, para que, dentro de la clausura, quedasen las dos vigilando a su hija y hermana, respectivamente, hasta que él, de acuerdo con el Gobierno, dispusiera que se llevara a cabo lo que se resolviese. Mandó al escribano levantar acta, para formar la injusta causa, que ya estaba bien trazada de antemano; y, a las once de la noche, se retiraron el Juzgado y la fuerza armada, quedando mi angelical Madre sola con su madre y hermana; las cuales, según testimonio de las religiosas antiguas que lo presenciaron, la vigilaban día y noche y la trataban con inconcebible crueldad, especialmente la madre, porque no accedía a sus deseos. Yo les oí decir, que, llenas de pena las religiosas, al oír los golpes que le daban, buscaron ocasión de verla, y fue tal la impresión y el dolor que les causó su vista, que les duró toda la vida. Les pareció ver un Ecce Homo.

En medio de tan malos tratamientos y de tanto penar, jamás oyeron que mi Madre amada despegara sus labios para la menor queja; siempre permaneció en su humilde y santa paz.

Cuando Dª Dolores Capopardo y su hija Ramona entraron en clausura con el Juez y demás, mi venerada Madre Patrocinio, al verlas, no pudo menos de manifestarles lo que ya el Señor la había revelado en cierta ocasión. Y, dirigiéndose a su madre, llena de aflicción, de respeto y con la mayor paz y dulzura le dijo: «madre, usted tenía que ser la que me entregara en manos de mis enemigos». El ningún efecto que estas palabras, tan compasivamente dichas, produjeron en la infeliz y alucinada madre, ya se ha visto en el trato que la dio en los tres días que estuvo a su lado, que fueron para la Sierva de Dios el principio de su doloroso y prolongado martirio. Apaciguado el tumulto del día 7, que tanto temía el Juez, y habiendo este pedido, o exigido, a las autoridades eclesiásticas, que dieran su consentimiento para la salida de Sor Patrocinio, pasados tres días, el 9 por la noche, se personó otra vez en el Convento el Juzgado; y, entre bayonetas, como si fuera un gran criminal, sacaron a aquella angelical criatura, metiéndola en un coche cerrado, con su madre y hermana, al que seguían otros dos coches con los representantes de las autoridades eclesiástica y civil, y la depositaron en una casa particular de la calle de la Almudena[22], bajo la custodia del ama de la casa[23] (buscada a propósito, como puede suponerse) y de un piquete de la guardia urbana. Quedó mi inocente Madre en aquella prisión, sin defensa alguna, en lo humano, y sin el menor consuelo que mitigase su dolor. La Rda. Madre Pilar y sus religiosas quedaron también desconsoladas y anegadas en amargo llanto, traspasados sus corazones de pena, de aflicción y de temor por su amadísima hija y hermana, sin saber qué harían de ella, ni a dónde la conducirían, pidiendo a Dios saliese en defensa de su inocencia y virtud.

El fiel demandadero de la Comunidad, al que también, como al Rdo. P. Vicario, habían tenido preso en su portería e incomunicado, deseoso de saber a dónde conducían a la angelical Religiosa, a la inocente víctima, se disfrazó como pudo, siguiendo los coches a alguna distancia. Así logró averiguar dónde y cómo quedaba, para dar de ello noticia a la Rda. Madre Abadesa y demás religiosas, que, angustiadas todas, esperaban con ansiedad su llegada.

En la referida casa de la calle de la Almudena no es posible comprender lo que padeció mi Madre amada. Cuando en su presencia hablábamos de esto, nos contestaba, que el día del juicio se sabría.

Empezaron por hacerla creer que su Comunidad ya no la quería, ni la recibiría, aunque ellos la devolvieran. Para esto, fingían cartas y otras cosas; pero la Sierva de Dios no les hacía caso. Decía mi venerada Madre que parecía increíble lo bien que imitaban la letra de la Madre Pilar; pero su Reverencia, muchas veces, ni abría las cartas siquiera.

Doña Dolores Capopardo, tampoco se descuidaba. Un día se presentó con el joven a quien la había prometido[24]; el cual, mostrándole una colección de trajes, joyas y adornos que llevaba en preparación, le dijo: «que se dejase de monjíos, que la llevaría a Londres y sería muy feliz; que no le quedaba otro remedio, porque su Comunidad no la quería». Cuantos intentos diabólicos inventaron para convencerla, todo fue en vano; cuanto la presentaban, ni lo miraba siquiera, rechazándolo con la fortaleza, heroísmo y dignidad propias de su virtud, de su estado y de su santidad.

Era vigilada día y noche por un piquete de Nacionales; renovándose estos, tan a menudo como en otra cualquier guardia. Esta guardia unas veces la compadecía (que eran las menos) y otras la atormentaban de muchas y muy bárbaras maneras[25]. La dieron en muchas ocasiones muchas bofetadas; otra vez dos golpes de espada en el pecho; bastantes para haberle quitado la vida, si el Señor no la hubiera conservado para ostentar su poder en aquella angelical víctima. Un día entró un furibundo con la espada desenvainada y se fue derecho a matarla. Quiso Dios que otro de la guardia le detuviera, diciéndole: «Bárbaro, ¿qué vas a hacer?» — «Matarla», contestó, «porque no la puedo ver con ese Hábito». — «¿Y por qué llevas tú ese uniforme?», replicó el otro. —«Porque quiero», contestó. — «Pues por eso mismo lleva ella ese hábito», dijo el primero; y con estas y otras palabras le desarmó, y la dejó en paz, marchándose con los demás.

La preciosísima Sagrada Imagen del Olvido, que mi amada Madre tenía en su compañía, era todo su amparo, su fortaleza, su consuelo y su escudo.

Muchas veces, le decían, que la iban a quemar con los libros (eran los del rezo del oficio divino) y la muñeca (así llamaban estos impíos a la Sagrada Imagen de Nuestra Señora del Olvido), pero nunca pudieron tocar la Sagrada Imagen; pues, cuantas veces lo intentaron, o se les hacía invisible o quedaban ellos inmóviles y aterrados. Varias veces también, al hacerse invisible la Santa Imagen, permitió el Señor que tampoco vieran a mi Madre amada; lo mismo sucedía al querer los médicos reconocer la llaga del costado, no permitiendo el Señor que ojos tan impuros registraran el cuerpo de su virginal Esposa.

En todo el tiempo que la Sierva de Dios estuvo en aquella casa, ni durmió, ni se acostó, ni tuvo necesidad corporal alguna. Esto se supo, porque como ni un segundo la dejaba la guardia, ni de día ni de noche, preguntada después por su Prelada y por su confesor, dijo la gracia y favor tan extraordinario que Dios le había concedido. Tampoco en aquel tiempo oyó misa, ni recibió los Sacramentos de confesión y sagrada Eucaristía (como fácilmente puede comprenderse); mas, el Señor la confortó, consoló y regaló, enviándola al Doctor Seráfico San Buenaventura, que varias veces le administró la Sagrada Comunión, e hizo otros muchos celestiales favores; por los cuales fue siempre muy grande la devoción que la Sierva de Dios tuvo al glorioso santo, al que solía llamar, con mucha gracia, su capellán. Siempre que su reverencia pudo, celebró su fiesta con toda la solemnidad posible.

Fue también regalada por Dios y la Santísima Virgen, en medio de tanto tormento y dolor, con frecuentes apariciones y muchos arrobamientos, algunas veces en presencia y a vista de los guardias. Esto lo hemos oído referir varias veces al Rdo. P. Fr. Mariano Estarta y a las religiosas antiguas.

En una ocasión, movidos a compasión los que hacían la guardia, trataron de libertarla, proponiéndole que se fugara y facilitándole medios para ello; pero la Sierva de Dios se negó por completo, y les pidió por favor que no volvieran a ocuparse de semejante cosa, que Dios Ntro. Señor, que permitía esos trabajos, la libraría de ellos; como, milagrosamente, la libró; pues milagro continuado fue el que la dejaran con vida, como fácilmente puede comprender quien esto leyere y lo que a continuación se dirá, que nada es en comparación de lo que nos referían las madres antiguas; las cuales aseguraban que no quedó tormento que sus enemigos no proporcionasen a su naturaleza y a su espíritu.

Le hicieron, varias veces, asistir a las juntas masónicas que tenían, con el pérfido fin de martirizar su corazón y su alma, mostrándole sus propósitos de maldad. Decía nuestra venerada Madre al hablar de estos, que eran tales, que si Dios no lo hubiese impedido, no hubiese quedado ni sacerdote, ni religioso, ni nada que tuviese carácter de religión.

En tanto que aquellos hombres trazaban sus infernales planes, la Sierva de Dios estaba en continua oración, pidiendo a Dios, a la Santísima Virgen y a todos los santos el remedio a tanto mal.

Decía su reverencia que no sabía los padrenuestros y los oficios que había rezado a San Fernando, rey de España, y al Santo Ángel del Reino.

La Virgen Santísima y su Sagrada Imagen del Olvido, que como queda dicho tenía siempre consigo, era toda su esperanza y consuelo.

CAPÍTULO XIII

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Sobre los hombres está Dios. — Convictos, pero no confesos.— La ciencia médica, ante la verdad de lo sobrenatural de las llagas de la Sierva de Dios. — Apuros del Juez y de los médicos. — Nuevas pruebas y peores tratamientos.— ¡Fuera pruebas y triunfe la injusticia! — Ni el Fiscal aprueba, ni la víctima se rinde ante la tiranía. —Triunfa la verdad en el martirio. — Al convento de las Recogidas, como una de tantas.

 

 

 

Una de las cosas que más llamó la atención en la causa escandalosa movida por el infierno contra esa santa religiosa, es sin duda alguna la ofuscación de sus mismos enemigos, entre los cuales había muchos —tal vez los más— que no tenían inconveniente a veces en declarar a lo Pilatos, que no encontraban razón suficiente para, en justicia, perseguirla y encausarla, sin peligro de que después, por cobardía y por miras harto mezquinas, dijeran lo contrario y cargaran contra la inocencia de su víctima, inventando y armando contra ella nefandas imposturas. Triunfo y no pequeño fue de la inocencia de la sierva de Dios el que sus delatores, no dieran el menor testimonio del menor hecho que mereciera castigo de los tribunales; pero si faltaron hechos, sobraron medios de todo género a los calumniadores, para continuar su obra; y, ya que no la pudieron presentar a la faz del mundo como conspiradora, apelaron a las llagas, permitiendo Dios que se apoyasen en su misma virtud; y que, pensando salir la maldad triunfante, el verdadero triunfo fuera para su inocente víctima; pues, cuando creyeron abatirla, la elevaron y la hicieron célebre; puesto que lo que querían hacer pasar por una farsa, dio Dios público testimonio de ser una verdad demostrada.

Formada la causa sobre las llagas, nombraron tres facultativos para reconocerlas, como efectivamente lo hicieron en las llagas de manos y pies; pues la del costado nunca pudieron; permitiendo Dios que, cuando lo intentaban, se les hiciera invisible mi venerada Madre; pero en las de las manos y pies saciaron bien su encono diabólico; pues la aplicaron cáusticos botones de fuego y cuantas ferocidades les fueron sugeridas por el demonio, de quien eran dóciles instrumentos. Después del reconocimiento, aseguraron que se prometían curarlas, diciendo que no procedían de poder sobrenatural, a pesar de que ellos mismos conocieron y se convencieron hasta la evidencia de que no alcanzaba su ciencia a tanto; sin embargo, hicieron pruebas a costa de un prolongado martirio en su inocente víctima, que todo lo soportaba sin despegar sus labios.

Uno de los tres médicos, el Sr. Argumosa, que con más empeño se había propuesto curar las llagas, pasados algunos días, avisó al Juez, diciendo que estarían curadas muy pronto; al día siguiente de haber comunicado esta, para ellos, muy grata noticia, se presentó el Sr. Argumosa con los otros dos médicos, muy satisfecho y persuadido de encontrar las llagas como él creía; mas ¡cuál no fue su sorpresa al encontrarse con la vendas ensangrentadas y las llagas tan frescas como el primer día que él las había empezado a curar! Excusado es decir la admiración de los tres médicos. Su sorpresa llegó al extremo; tanto más, cuanto que les constaba, por los mismos centinelas, que no la perdían de vista ni un segundo, que mi amada Madre tuvo siempre la delicadeza de no tocarse las vendas para nada; según se las ponía el médico, así permanecían hasta que él mismo se las volvía a quitar. Sin embargo, las pruebas se repetían diariamente, a costa, como ya he dicho, del prolongado martirio de la víctima, sin que la curación que ellos deseaban, se consiguiera; pues, la segunda vez que creyeron los facultativos encontrar las llagas perfectamente curadas, se encontraron con un error mayor que el primero; porque al levantar las vendas que ellos habían puesto, no solo las hallaron frescas y hermosas, sino que la misma sangre dio testimonio de la verdad, salpicando a los mismos que pensaban ver cicatrizadas las heridas. El tiempo fijado para la curación llegaba a su término. El compromiso para el Juez era grande, como grande era también la obstinación de los médicos en salir con su empresa. Obstinados unos y otro, repitieron el martirio, y, pasados algunos días más, cuando les pareció, porque ya estaban cansados, aseguraron los tres médicos que las llagas estaban perfectamente curadas; lo declararon en debida forma ante el Juez y lo firmaron.

Al día siguiente de haber hecho y firmado su declaración, fueron a observar a la paciente, viendo otra vez con nueva sorpresa las vendas empapadas en sangre. Soltó las ligaduras el Sr. Argumosa y saltó la sangre en tanta abundancia, que le manchó todo el chaleco, corbata y pantalón. Puede comprenderse cuál sería su confusión. Y esto, después de haber hecho su declaración formal y haber estampado sus firmas, que aparecieron en el Juzgado. Pero su obstinación había llegado a un extremo tal, que cuanto más claro veían las pruebas, más se obstinaban en sostener lo contrario. Habían adquirido el compromiso con la persona principal; a la víctima no la querían defender, y pasando por la sorpresa, la admiración y el asombro, siguieron adelante, repitiendo el martirio de las pruebas, y mandando a la Sierva de Dios que se cubriera las manos con vendas negras y con mitones. Yo tengo la dicha de poseer una de estas vendas negras de hilo, que me la dio el año 1869 la venerable anciana Rda. Madre Vicaria Sor María Juana de la Santísima Trinidad, con otra blanca y un cabezalito en cuatro dobleces empapado en sangre de tan benditas llagas, y, a veces, despide un aroma tan suave y tan grato, que conforta y consuela.

Cuando a los médicos les pareció, dispusieron dar el golpe seguro, según lo tenían acordado; oficiaron al Juez, para seguir la ceremonia; pues estaba bien al corriente de todo; pero les precisaba aparentar, para que el público creyera que se obraba con justicia.

En vista de tal oficio de los facultativos, nombró el Gobierno una Comisión, presentando a mi venerada Madre ante ella, con la apariencia de una completa curación de las llagas, cosa que, en la realidad, no estaba en la posibilidad del hombre, a pesar de todos sus esfuerzos.

Cuando el Sr. Fiscal se aproximó a mi venerada Madre, al ver claramente las ensangrentadas vendas y las llagas, como él no podía imaginar, exclamó sorprendido: «Esto no es lo que mí se me ha dicho; y ya no puedo hacer nada, en vista de lo que estoy viendo». Intimó el Juez a mi amada Madre que firmara, como curada de sus llagas; y resistiéndose, como era natural y justo, puesto que la obligaba a dar fe de lo que no existía, enfurecido el Juez, levantó su bastón y lo descargó sobre la paciente con una indignación indescriptible. Después que el Juez se retiró, habiéndose puesto mi venerada Madre a rezar Maitines (que ningún día dejó de rezarlos), se acercó uno de los centinelas de vista y le dio tan fuerte golpe en el pecho con la culata del fusil, que la causó un vómito de sangre, reduciéndola a un extremo tal, que los médicos temieron por su vida. Golpe terrible, que le arrebató la salud para no volver a gozar de ella; siendo su vida un continuado milagro. En este horrendo atentado, como en los repetidos malos tratamientos e injurias que mi venerada Madre sufrió, jamás despegó sus labios para la queja, ni consintió que nadie saliera en su defensa, ofreciéndolo todo a Dios, por cuyo amor sufría paciente y resignada.

Viendo el juez y demás que no podían salir con su empeño de curar las llagas, resolvieron por último que saliera desterrada de la Corte, trasladándola por de pronto al Convento de Recogidas, en la calle de Hortaleza, previa comunicación al superintendente de aquella Casa, que acompañó a mi angelical Madre en un carruaje, como igualmente el Juez y el Notario, para hacer la entrega de tan inocente víctima; y sucedió, al hacerla, lo que diré en el capítulo siguiente.

CAPÍTULO XIV

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En las Magdalenas de la calle de Hortaleza. — No se firma el acta de entrega. — Nuevos apuros del Juez. — El derecho de la fuerza en acción. — La virtud se impone. — Sufrimiento de la Sierva de Dios en las Magdalenas. — Una Superiora de carácter. — Se encuentran y no se ven. — Fuerza prodigiosa de la venerable Madre. — Ni hubo tal Declaración, ni tal Ampliación. — Testimonio irrecusable en favor de las llagas. — Fuera inútil protestar. — Informe irrefragable del Padre Godínez en favor de la Sierva de Dios. — Otro informe del Padre Estarta que no admite réplica. — Inocente, pero al destierro.

 

El 23 de enero de 1886 fue mi venerada Madre trasladada al convento de Recogidas de Madrid, o sea de Santa María Magdalena, en la calle de Hortaleza[26].

Al hacer la entrega de la inocente víctima al Sr. D. Esteban Erre y Villanueva, reparó este en que las vendas de las manos estaban muy ensangrentadas; y sin atender más que a lo que vio, hizo presente al Juez, que por lo que tan claramente se manifestaba, no podía, de ninguna manera, firmar el acta de entrega; puesto que en el expediente constaba que había de recibir a Sor Patrocinio con las llagas curadas. Enfurecido el Juez y en un ímpetu de indignación, que no era el primero por lo que ya se ha visto, tiró de las vendas y saltó la sangre; era tanta abundancia, que manchó a cuantos se hallaban presentes. El Juez se veía perdido. No solo se negaba el Sr. Villanueva a firmar el acta, sino que el superintendente que había ido en el mismo carruaje, como ya he dicho, era el mayor testigo para dar fe del hecho. Tanto él como el Juez y el Notario habían observado a mi Madre en el coche semejante a una estatua, o como a un ser privado de vida; no era dueña de moverse a voluntad, sino según se le ordenaba, con amenazas, por el Juez; quien en ningún momento la perdió de vista.

Compromiso grande fue para el Juez, que tan interesado estaba en confundir a su víctima, la actitud de los expresados señores; pero no se apuró, porque si la verdad y la justicia no estaban de su parte, lo estaba el poder y la fuerza; pues, tenía sobradas facultades para obrar, siempre que fuera abatiendo a la inocente. Apeló, pues, al poder y a la fuerza, y mi venerada Madre ingresó en el Monasterio. Dio a la Rectora las más severas disposiciones, prohibiendo, con amenazas, que persona alguna la viera, o que recibiera correspondencia; a tanto se extendía la prohibición, que hasta las Religiosas de aquel Convento se hallaban comprendidas en ella. Solo la Rectora podía verla, hablarla y observarla con escrupulosidad, prevenida como estaba de antemano contra la Sierva de Dios, por sus enemigos.

Mucho tuvo que sufrir en los principios esta paciente mártir, por los modales y malos tratamientos de las mujeres, en cuya compañía la pusieron; y de nada se quejó la fiel Esposa del pacientísimo Jesús.

La Rectora, a quien tan mal habían prevenido, en cuanto trató y observó de cerca a mi Madre venerada, sin perderla de vista, como se lo habían encargado, quedó admirada, y le parecía imposible que hubieran llegado a tal extremo sus adversarios; pues no veía en la víctima más que una virtud a toda prueba y una grandeza de alma singular. Convenciose, hasta la evidencia, de que en ella no había sino verdad, demostrada por los hechos, inocencia, sencillez, dulzura, prudencia, caridad; en suma, la veía adornada de todas las virtudes que constituyen a una perfecta y santa Religiosa; jamás sus labios pronunciaron la más insignificante frase que pudiera calificarse de queja; gozaba siempre de la tranquilidad y paz de una conciencia hermosa que nada ni a nadie acusa. Todo esto conquistó de tal manera el cariño de la tan prevenida Rectora y así excitó su natural compasión, que varias veces, derramaba abundantes lágrimas a vista de aquel ser inocente, de aquella dignísima joven, Religiosa modelo, sobre la que tantas persecuciones y tantas calumnias pesaban. Deseaba que todo el mundo tuviese ocasión de tratarla y observarla como ella, para que se convencieran de que nada, absolutamente nada, de cuanto la atribuían existía, ni podía existir en la inocente víctima. ¡Nunca se imaginara la compasiva Madre que los mismos que la perseguían estaban convencidísimos de su inocencia!

Cierto día, una de aquellas mujeres, en cuya compañía habían puesto a mi angelical Madre, hizo algo que no pudo tolerar su rectitud y santidad, y la reprendió, aunque con mucha humildad y dulzura; pero por su falta de educación, o sugestionada por el demonio, la mujer se enfureció tanto, que se tiró al cuello de la Sierva de Dios para ahogarla; y así hubiera sucedido, si las otras mujeres, con sus gritos y alborotos, no hubieran alarmado a los Superiores de la Casa que acudieron presurosos. Enterados estos del caso que motivó el alboroto, dieron cuenta al Gobierno, solicitando permiso para entrar a mi Madre Patrocinio dentro del convento; pues las Religiosas, que ya la amaban mucho, aunque sin conocerla, por la prohibición que les impusieron de no verla, se aprovecharon de tan desastrosa escena para, bajo la responsabilidad de la Madre Rectora y de ellas, tenerla siempre a su lado, como hacía tiempo deseaban. En medio de sus amarguras, fue grandísimo el consuelo que mi amada Madre recibió, viéndose ya entre las religiosas. En aquel santo retiro, como en todas partes, permitió Dios que vieran y admiraran las maravillas que Dios obraba en su fiel Sierva.

El Juez, de acuerdo con el Gobierno, dispuso y ordenó, terminantemente, que no dejaran confesar a mi Madre amada sino con un confesor de la confianza de sus perseguidores; mas las Religiosas, al ver tanta crueldad, compadecidas, la proporcionaron (sin temor a lo que pudieran exponerse) al Rdo. P. Fr. Antonio Carrascosa, que lo era de la Sierva de Dios en el Convento de Caballero de Gracia. Un día en que la estaba confesando, llegó el Juez con otro sujeto y el confesor que ellos llevaban, y sucedió el prodigio siguiente: el pasadizo por donde iban era tan estrecho que solo cabía una persona, y, encontrándose de frente el Juez y el Rdo. P. Carrascosa, detúvose este, dando paso a aquel y a los demás, los cuales no advirtieron la presencia del expresado Padre.

La Rda. Madre Sor María Josefa de San José, ejemplar Religiosa de nuestra Comunidad, cuando en diciembre del año 1886 vino de su pueblo a Madrid, para tomar, el Santo Hábito en nuestro Convento de Torrelaguna, los días que permaneció en la Corte con su señor tío D. Tomás Chillón y en casa de Dª Juana Tordera, visitó con dicha señora a las Religiosas de Santa María Magdalena, deseosa de ver la habitación o habitaciones donde mi Reverenda Madre había estado, y entonces tuvo ocasión de admirar el sitio donde sucedió el prodigioso hecho referido, que las Religiosas le contaron, llenas de cariño hacia mi Madre amada, con otras muchas cosas de las que en su Reverencia admiraron.

Otro día, con motivo de reunir la Comunidad de Caballero de Gracia con la Concepción Francisca, no pudiendo llevar más que lo indispensable, por haber ya en dicho Convento tres Comunidades, trasladaron al de las Recogidas algunas cosas, entre ellas una hermosísima imagen de nuestra Madre Purísima y otra de la Venerable Madre María de Jesús de Agreda, ambas de tamaño natural y de tanto peso, que entre dos religiosas no podían llevarlas ni aun por separado; pues como afirmaba la Rda. Madre Sor María Juana de la Purísima Concepción, cada imagen pesaba diez arrobas, aproximadamente. Oyó mi venerada Madre que no podían con dichas imágenes y yéndose al sitio donde estaban, sin hacer asunto del peso, tomó una imagen en cada mano y así las llevó, con toda ligereza, al sitio que tenían preparado para colocarlas. Todas las religiosas iban detrás, siguiéndola, sin saber lo que les pasaba y llenas de admiración, con lo que se aumentó el amor que ya le profesaban y la veneración en que la tenían, con el temor de perderla; pues no ignoraban que sus enemigos, ni aun en aquel Santo Retiro la dejaban en paz, y veían, por otra parte, su insistencia en decir que las llagas estaban curadas, mortificándola al mismo tiempo por todos los medios imaginables, instigados por el demonio.

Viendo los calumniadores que en el lugar que habían colocado a la Sierva de Dios salía triunfante la verdad, decretaron el destierro que ya tenían acordado, y, acumulando calumnia sobre calumnia, fingieron, para lograr sus pérfidos intentos, una segunda Declaración o Ampliación a la primera; mas mi venerada Madre, ni hizo tal Ampliación, ni tuvo conocimiento de ella, hasta después de publicada; jamás pudo imaginar la inocente víctima que la maldad de sus enemigos pudiera llegar a tal extremo, y se llenó de admiración y asombro al tener conocimiento de tamaño crimen.

Ella, la Sierva de Dios, hizo su primera Declaración cuando la apresaron en el convento, según ya queda referido, y entonces, aunque lleno su espíritu de amargura, compareció ante el Juez con la paz y la calma de una conciencia tranquila, con la resignación y heroísmo de un alma grande que se cree inocente y fía en solo Dios. Mil martirios y mil muertes prefiriera antes que faltar a la verdad en lo más mínimo. Siendo esto así, ¿cómo había de contradecir ella lo dicho en la primera Declaración bajo juramento, con lo que en la supuesta Declaración segunda, o Ampliación, tan falsamente se le atribuía y tan osadamente publicaron sus enemigos en la injusta causa formada contra tan angelical criatura?. Falsísimo fue todo, como falsas eran las cartas que para martirizar a mi Madre amada fingían de la Rda. Madre Pilar, como ya se dijo al hablar de cuando la tuvieron presa en la casa de la calle de la Almudena. Y como falsas fueron las firmas que se atrevieron a estampar, de algunos médicos, en contra de las llagas de la misma Sierva de Dios, según declaración de alguno de ellos, el cual, sorprendido por la noticia que de este hecho tuvo, consta que se expresó del modo que aparece en el escrito que copio a continuación:

«Cuando nos echaron de nuestro Convento de La Granja — dice la Rda. Madre Apolonia del S. C. — estando yo en el Convento de Bernardas de S. Vicente, de Segovia, fue a visitarme al locutorio D. Luis Pérez, religioso benedictino, mayordomo del Señor Obispo Fr. Rodrigo Echevarría y Briones y me contó lo siguiente: —Estando yo de cura en San Martín en Madrid, tenía un amigo médico, y cuando hicieron el reconocimiento de las llagas de la Madre Patrocinio, leí en un periódico muchas firmas de médicos en contra de las llagas de la Madre Patrocinio, y entre ellas la firma de mi amigo. Vino a verme y, en cuanto le vi, díjele: hombre, ¿has tenido valor, siendo tan católico, de firmar tú también en contra de las llagas de mi bendita Madre Patrocinio? y contestó: — Hombre, ¿qué me dice V.? Yo no he firmado nada, ni me he hallado en tal junta de médicos. — ¿Cómo no, si yo mismo he visto la firma? Para que te convenzas, mírala. Entonces me dijo: — Es falso todo”.

Todo lo arriba dicho, me lo refirió dicho sacerdote, lamentándose de que hubiese firmas falsas en contra de las llagas de mi bendita Madre Patrocinio». — Hasta aquí la referida Madre.

Varias personas dignísimas y respetables sabían perfectamente la falsedad de la Ampliación a la declaración primera, e indignadas, acudieron a los Prelados, para que la falsedad del documento, tan diabólicamente inventado, se hiciera pública. Los respetables Prelados, por evitar mayores males sin duda y temerosos de aumentar el odio de los calumniadores y con él los tormentos de la angelical Religiosa que tenían en su poder, aconsejaron que se dejara y nada se hiciera. En una apuntación que conservamos archivada en este nuestro Convento, de D. Juan Antonio de Quiroga, hermano de la Sierva de Dios, se afirma terminantemente y se dice lo siguiente: «Cuando se publicó la Ampliación de la Declaración de mi hermana Dolores, el Rdo. P. Carrascosa, confesor suyo, preguntó a varios señores del Tribunal de la Rota, si podría reclamarse contra la Declaración o Ampliación publicada por ser apócrifa, y le contestaron que se dejase». A no haber mediado estos justos temores, seguramente que hubiera protestado contra tamaña falsedad, poniendo de manifiesto al público lo inicuo y diabólico de tan ruidoso como injusto proceso. Hubiera sido inútil todo, indudablemente, pues consta en el mismo proceso que, exigiendo el abogado defensor de la Rda. Madre Pilar la presencia de Sor Patrocinio en la Sala, el reconocimiento de sus llagas delante de él y que, también en su presencia, se ratificara en lo que le atribuía en la Declaración o Ampliación, nada de esto le fue concedido.

Celebrado ya el Proceso y devuelta la Sierva de Dios a su Comunidad por una Real orden, como se dirá después, el Rvdmo. P. Ministro General de la Orden Franciscana exigió al Rdo. P. Luis Godínez, confesor de la misma Madre mía, una declaración formal acerca del estado de las llagas de la célebre Monja, y véase lo que el expresado Padre respondiera… «Deseaba V. Rma., le informase sobre el estado de las llagas: si sigue o no con ellas, qué juicio forman de ella los que la tratan o hayan tratado… Las llagas siguen en manos, pies y costado izquierdo, y las pertenecientes a una corona que ciñe la cabeza le hacen sufrir dolores intensos incesantes, que parece ocasionan las místicas espinas de la corona sensible y heridas materiales. Por todas se verifican efusiones de sangre viva muy frecuentes, y en ciertos días son tan copiosas e increíbles que a veces ha sido necesario acudir a sábanas, toallas para empapar, quedando rendida, exánime y desalentada, pero a la media hora, o antes, se mira ya firme y en restauración pasmosa. La llaga del costado es profundísima, y he visto marcada sobre el paño que lleva siempre aplicado, haciéndola — por sorpresa — que se lo quite y me lo dé. Las de pies y manos penetran de parte a parte. Pero es lo más asombroso otra herida terrible que uno de los que componían la chusma, cuando violentamente la extrajeron del Monasterio, abrió en el pecho con espada. Esta se conserva años abierta, vertiendo casi de continuo, más o menos exagerada, y todas sin materia, sin indicio de corrupción, ni mal olor, aunque no haya podido renovar los lienzos muchos días. Estas cualidades jamás han tenido alteración. Lleva, además, quebradas dos costillas de un culatazo furioso de fusil; y de vez en cuando salen, aun de su mismo estado de dislocación, y levantan tanto, que no la es fácil disimular el bulto exterior, ni ahuecando el escapulario; pero se aprovecha de ciertas trazas para llamar menos la atención y curiosidad de sus Monjas.

Esto va ahora muy a lo ligero, porque en una carta no es fácil pintarlo todo ………. El Rdo. P. Porrero, Provincial que fue de esta, se interesó e hizo varias pruebas, algunas muy inmediatas, y opinó bien del espíritu y señales de Sor Patrocinio: El Rmo. y cachazudo P. Iglesias, hallándose aquí con motivo de su Ministerio General, repitió otras de singular sutileza y previsión, que le condujeron a juzgar prósperamente sobre las gracias desacostumbradas de la dicha. Siempre opinaron igualmente cuantos han pulsado su espíritu y efectos. Un Padre Benito Carrera, religioso grave, sabio, práctico, virtuosísimo, y el único Director completo que ha disfrutado nuestra monja, murió víctima de los asesinos de 1834, dejando sólidos dictámenes relativos al llamamiento y senderos legítimos de Sor María Rafaela, seguridad de sus favores raros, etc. A mis contemporáneos, que la han examinado interior y exteriormente, siempre he oído opinar bien en todo sentido. Y ciertamente es de vida interior recogidísima, mortificada sin fin, desasida de todo, y de sí misma; nunca se le noticia menor propensión a cosa de la tierra, ni apego a las celestiales; tan indiferente a comunicar sus secretos al Director fijo, como a otro, no por genio, o natural facilidad, sí por el espíritu de simple, pronta y determinada obediencia con que siempre corresponde, aun a las indicaciones; su estado es de simplicidad perfecta y santa unión. Padece lo inexplicable, singularmente de cabeza; los dolores intensísimos y permanentes de las llagas, y jamás se la oyó ni oye quejar, ni hablar de sus padecimientos, fruiciones… de nada propio, sino cuando es forzoso comunicarlo al Director, y esto con todas las señales y caracteres del espíritu divino, en cuanto se acomoda al entendimiento y voluntad de la criatura. No abunda en su sentido para nada, ni acerca de nadie, y ahora que es Prelada lleva dentro de su voluntad y corazón el corazón y voluntad de todas rendidas al irresistible imperio de un atractivo formado entre ordenada fortaleza y discreta suavidad. Cuarenta días hace apenas, fue obligada por fallecimiento de la Abadesa y decisión de la comunidad a aceptar, obedeciendo, el nombramiento de Presidenta que decretó el Reverendo Padre Provincial, y solo con su ejemplo, observancia, puntualidad, mañas graciosas, indicaciones oportunas, y nada de impertinencia, ya se han reformado muchas cosas, reverdecido la práctica de otras, y ciertos perfiles que faltaban a la vida común bien entendida, unos se establecieron, los restantes se restaurarán gradualmente hasta tocar su perfección…»

Estas preciosas afirmaciones del R. P. Godínez hállanse confirmadas por el P. Estarta, confesor que también fue de la Sierva de Dios años después en Aranjuez y en otras partes. Después de afirmar el expresado Padre la verdad de la impresión de las llagas en manos, pies y costado, más las de la cabeza por la corona de espinas, en las fechas arriba indicadas, en su lugar correspondiente, prosigue y dice así: «Hasta que la sacaron de la Comunidad los Nacionales, todos los días tenía uno, dos, o tres éxtasis generalmente, viéndolo la Comunidad; algunas veces era elevado el cuerpo más de dos varas. En la cárcel fue maltratada de muchas y muy bárbaras maneras. La dieron muchas bofetadas, dos estocadas de espada en el pecho, bastantes para quitar la vida, si el Señor no la hubiera conservado, para hacer ostentación de su poder en la debilidad de esta criatura. Uno la dio un culatazo tan fuerte en la tabla del pecho que la puso arrojando sangre en abundancia por la boca; de manera que el facultativo mandó que la administraran la Santa Unción, creyendo iba a morir. En medio de todo, Dios la favoreció con muchos arrobamientos; algunas veces en presencia de los guardias». – Apuntes -.

Después de tan fehacientes y excepcionales testimonios, no parece que sea necesario insistir más acerca de la falsedad calumniosa de la célebre Declaración o Ampliación de los perseguidores de mi venerada Madre; y así proseguimos la narración de las maldades cometidas contra la inocente víctima.

Apoyados los perseguidores de mi Madre amada en la falsísima ampliación que ellos mismos habían inventado, en la cual atribuían a la Monja milagrera, como ellos la llamaban, el haberse prestado a la impostura y artificio de la impresión de las llagas, dictaron la sentencia de destierro que tan preparada tenían.

Como los médicos afirmaban que las llagas estaban curadas, pidió el público que, si así era, quitasen los vendajes que cubrían las manos de la víctima y se mostrasen a todos.

El Juez, al ver la insistencia de las voces, airado, contestó: «Déjenme Vds. de la Monja, que cuando agarra al Padre Eterno nadie puede con ella».

No satisfizo esta respuesta, e insistiendo en ver la curación, el Juez se resistía, temeroso sin duda, de que le sucediera lo de las veces anteriores, quedando burlado; pero no pudiendo evadir ya el compromiso, señaló un día a los que se presentaron con la insistente petición, en el cual sería presentada Sor Patrocinio al público para que este la viera y juzgara. Mas la noche antes, (según creo, la del 26 de abril), a las doce, la hizo salir con todo sigilo, trasladándola desterrada a Talavera de la Reina. ¡Mentita est iniquitas sibi!

Presentáronse pues en el Convento de Santa María Magdalena (vulgo Recogidas) el Juez y el Notario, con la Orden Superior correspondiente (como muy superior era también la persona que deseaba este destierro) y mi amada Madre salió del Convento, acompañada de los dos ya dichos señores, del Sr. Villanueva y de un oficial del Gobierno, dejando vivo recuerdo de su virtud a toda prueba en aquel piadoso asilo, que había sido testigo fiel de su inocencia y santidad. Las religiosas conservaron tanto amor a la Sierva de Dios y esta a las religiosas, que en todo tiempo y lugar se correspondieron afectuosamente, por escrito. Yo misma, por muchos años, hasta el fallecimiento de mi Madre amada, tuve la satisfacción de contestar, a nombre de su Reverencia, a varias cartas de la Rda. Madre Ministra de las Religiosas del expresado convento de Sta. María Magdalena. En prueba de dicho afecto y en agradecimiento a tan edificante Comunidad, escribió una Novena en obsequio de la Santísima Virgen en su hermosa advocación de «Las Misericordias», dedicándola a la Rda. Madre Maestra y Religiosas de aquella Santa Casa, cuyas preciosas y tiernas dedicatorias no copio, porque ya se publicaron en dicha Novena, y para no alargar más este capítulo.

CAPÍTULO XV

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Llegada al convento de Talavera. — Enferma de gravedad. — Carta del médico D. José María de la Paz Rodríguez. — Es trasladada la inocente víctima al convento de Concepcionistas Calzadas de Torrelaguna. — Favores extraordinarios que allí recibió. — Muere su madre, Dª Dolores Capopardo, la Infanta María Luisa Carlota, el Juez Sr. Cortázar y el médico Sr. Argumosa. — Copia de algunas cartas de la Madre Pilar a la Abadesa de Torrelaguna.

 

Eran las doce de la noche del 26 de abril de 1837, cuando mi venerada Madre Patrocinio salió del Convento de Santa María Magdalena, en dirección a su destierro de Talavera de la Reina, acompañada como se ha dicho por el Juez, Notario, el Sr. Villanueva y por un Oficial del Gobierno. El Juez y el Notario la acompañaron hasta el Puente de Segovia y los otros dos señores eran los encargados de conducirla a Talavera de la Reina y depositarla en el Convento de Concepcionistas Calzadas, titulado de La Madre de Dios, habiendo oficiado de antemano a las autoridades Civiles y Eclesiásticas, para que se presentaran y dieran, como lo hicieron, el correspondiente aviso a la Autoridad Superior, con las formalidades que exigía el caso. El recibimiento de la Sierva de Dios en Talavera, especialmente en el Convento de las religiosas, correspondió a la fama de la insigne desterrada. En este Convento permaneció la Sierva de Dios dos años, muy querida de todas las religiosas, las cuales, admiradas de su virtud, se consideraban dichosas por tenerla en su compañía.

Allí enfermó su Reverencia de gravedad, a causa de las muchas penas sufridas, de los malos tratamientos arriba dichos y por el mal estado del Convento, algunas de cuyas piezas se hallaban al descubierto. A tanto llegó la gravedad de la enfermedad, que hasta le fueron administrados los Últimos Sacramentos. Quiso Dios nuestro Señor que saliera de tan grave enfermedad; pero le quedó de ella una completa paralización de todos sus miembros, que la inutilizó para todo; pues ni moverse podía. Creo que fue esta una de las ocasiones en que pasado algún tiempo, curó milagrosamente. De esta enfermedad da testimonio el mismo médico que asistió en ella a mi Madre amada en la encomiástica carta siguiente. Dice así:

 

“Talavera y 7 de abril

Sr. D. José Ramírez.

 

Mi estimado amigo: Como conceptúo que a V. no le será desagradable el saber con especificación el estado en que está Patrocinio, he creído oportuno el hacerlo, para que V. sepa el verdadero cuadro, aunque lamentable, de esta virtuosa doncella; pues, presumo que correrán al momento noticias más o menos verídicas. Patrocinio padeció esta Cuaresma una catarral con retoque al costado, de que, con los auxilios del arte médico que la di, logramos una crisis verdadera favorable, y si bien no poco debilitada, por sus achaques habituales y pasiones deprimentes del espíritu, el uso de la leche de burra la iba fortificando. El Jueves Santo comulgó con la Comunidad y asistió a los tres sermones de Mandato, Pasión y Soledad. Su delicadeza y lo destemplado de este país, junto con la mucha nieve que había caído en la Sierra de Gredos, me habían obligado a darla el consejo de que no siguiese a la Comunidad y evitase el frío. Demasiado dócil, accedió el Lunes de Pascua (aunque contra su voluntad) a las instancias de otra religiosa que, por distraerla, poco prudente, la hizo subir a las vistas, sitio que, por sus troneras, es un verdadero páramo; el día era muy frío y con recios aguaceros y, como permaneció en ellas hasta que pasó el entierro de la madre del Sr. Alcalde primero, cogió un fuerte constipado. El jueves por la tarde fui nuevamente llamado a visitarla, y me sorprendió verla levantada con fuerte calentura, dolor muy cruel al costado opuesto al de la llaga y una tos, tan vehemente, que la sofocaba. Conocido era el mal; pero era evidente el peligro, ya atendida su mucha gravedad, ya a sus pocas fuerzas, ya que llovía sobre mojado. Fue preciso anunciarlo así a toda la Comunidad y al Vicario Eclesiástico. La contestación fue general. El viernes nos vimos precisados a ordenar se le administrase el Viático y nos temimos un término fatal en aquella misma noche; remedios oportunos pararon lo agudo de la enfermedad. Ayer sábado se presentó un sudor general, que nos prometía mucho; pero un irremediable aire le hizo huir. Por la tarde se aumentaron los síntomas, que hacían temer una congestión pulmonar que, por de momento, hemos evitado, y en esta mañana se presenta algo aliviada, pero estoy con el justo temor del recargo de esta tarde. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Me tenéis destinado para ver expirar en mis brazos a esta santa joven? He aquí, amigo mío, mi continua exclamación. Estoy sumergido en el más profundo dolor, si bien muy edificado con su valor, y tan resignada a la voluntad del Altísimo. Solo la atormenta la ausencia de su Prelada y el carecer de la vista de sus hermanas. Creo tiene V. alguna comunicación con ellas; consuélelas usted mucho, mucho, y que si bien el mal es grave, no he perdido las esperanzas de salvarla. Dios me conceda esta gracia. Yo no me separo de la cabecera de la cama ni de día, ni de noche, ya para la observación, ya porque creo que por otros títulos, la sirve de algún consuelo. Últimamente, dígalas V. que, si Dios la llama a sí, sírvales de consolación el tener una santa en el Cielo. La enferma está más valiente que yo; y cada instante me dice con una sonrisa celestial: “No tenga V. cuidado D. José, que yo ahora no me muero, tengo que darle a V. aún mucha guerra”. Esto debe alentar nuestra esperanza. Este Sr. Vicario está también inconsolable y pone el mayor cuidado en la más exacta asistencia. — Es de V. suyo afectísimo q.b.s.m. José Mª de la Paz Rodríguez”.

Esta carta y cuanto ya en otras partes queda referido, y lo que se referirá en adelante, prueba claramente que los mismos medios que inventaban y de que se valían los perseguidores de mi Madre amada para abatirla y confundirla, servían para ensalzarla más y más y para hacer públicas por todas partes las virtudes e inocencia de la paciente víctima.

El Sr. Vicario Eclesiástico, viendo lo mal que le probaba aquel clima, pidió y obtuvo permiso del Gobierno para trasladarla al Convento de Concepcionistas Calzadas de Torrelaguna.

Con gran sentimiento y dejando gratísimos recuerdos de su virtud, no solo en las religiosas, sino en cuantas personas tuvieron necesidad de conocerla y tratarla, como lo prueban las cartas que de tan edificante Comunidad, de otras dignísimas y muy respetables personas (además de la que hemos copiado) conservamos en nuestro archivo, salió la bendita desterrada del Convento de Talavera de la Reina. La acompañaban el Ilmo. Sr. Vicario Eclesiástico y una piadosa señora; y no obstante la medida deshonrosa del Gobierno, de hacerla viajar de Justicia en Justicia, era recibida en todas partes con las mayores demostraciones de amor y de respeto. La llegada a Torrelaguna y recibimiento que tanto las Concepcionistas como el pueblo le hicieron, fue una espléndida y entusiasta manifestación de simpatía y de gozo.

Permaneció la Sierva de Dios en este Convento cinco años, muy atendida y venerada por la Comunidad y por cuantos la trataban. En él recibió extraordinarios favores, siendo Dios Ntro. Señor servido ostentar el amor que tenía a esta su tan amada Esposa, por medio de muchas gracias y maravillas, con las que las Religiosas estaban llenas de admiración. En obsequio a la brevedad indicaremos solo algunos de estos favores.

Un día, estando en vísperas toda la Comunidad, se les desapareció de la vista no solo mi bendita Madre, sino también la sagrada Imagen de Ntra. Señora del Olvido, y, estando suspensas las Religiosas, sin saber lo que les pasaba, de pronto, volvieron Madre e Hija; preguntada esta última, por obediencia, dijo que venía la Santa Imagen del Cielo colmada de gracias y favores para sus verdaderos devotos.

Tenía muy frecuentes éxtasis en presencia de la Comunidad, en particular en acabando de comulgar, hasta que un día una Religiosa lega llamó a su confesor, para que la viera, y en el momento volvió en sí y se salió apresuradamente del comulgatorio y no volvieron a verla nunca más en éxtasis; pues en cuanto comulgaba se subía a una tribuna, donde nadie la podía ver.

Allí también, estando en oración ante una Sagrada Imagen de la Piedad, que había en el convento, se le apareció la Santísima Virgen, consolándola en sus penas y manifestándole de nuevo las fundaciones que había de hacer y el número de Hijas que había de tener; como asimismo que era su voluntad y la de su Divino Hijo, que en cuantos conventos fundara, pusiera educación gratuita para las niñas pobres. Ya se verá después el amoroso celo y ardiente caridad con que este encendido apóstol de la gloria de Dios y del bien de sus prójimos cumplió el encargo de la Soberana Reina. En memoria de la celestial aparición, cuando su Reverencia dio principio a las fundaciones, para todos los Conventos que fundó, mandó hacer una Imagen de la Santísima Virgen con el Divino Niño Jesús en sus brazos, para dar culto a tan amorosísima Madre bajo la advocación de Ntra. Señora de la Piedad; y en la nube, o peana de la Sagrada Imagen, mandó poner una niña pobre, en actitud de tomar la mano que la Santísima Virgen le da, significando que la Divina Celestial Madre acoge bajo su protección a la desvalida infancia.

En este mismo Convento de Torrelaguna, sucedieron los dos casos que dejo referidos en el Capítulo décimo, al hablar de los milagros de la Santísima Virgen del Olvido; el primero, la conversión del Sacerdote distraído, que fue a visitar a su Reverencia por el año 1841, y el segundo, el de los zapatitos de plata regalados a la Sagrada Imagen por el mismo, ya ejemplar virtuoso sacerdote, que, con la más santa muerte y cantando las alabanzas a la Santísima Virgen, falleció el año de 1850, apareciéndose glorioso a mi venerada Madre.

Durante este destierro de mi venerada Madre en Torrelaguna, cayó gravemente enferma Dª Dolores Capopardo y fue llevada al Hospital, por consejo de una Hermana de la Caridad parienta suya, pues su hija Ramona no podía asistirla en su casa. La enfermedad fue agravándose, hasta hacerse necesario administrar a la enferma los Santos Sacramentos; mas ella quiso, antes de recibirlos, implorar el perdón de su aborrecida y maltratada hija Sor Patrocinio; para lo cual exigió que le escribieran cuanto antes, pues estaba arrepentida de su mala conducta para con su inocente hija. Apenas recibió la Sierva de Dios la carta de su madre, contestó con el perdón deseado y con las más tiernas, filiales y consoladoras palabras que pudo formar su corazón, siempre lleno de amor para con sus enemigos. En cuanto la madre recibió el perdón de su hija, le fueron administrados el Santísimo Viático, la Santa Unción y demás auxilios espirituales, y murió tranquila, dejando señales de la buena muerte que le había tocado; debido sin duda, después de Dios, a las lágrimas y oraciones de su bendita hija.

En su ardiente caridad y amor filial no descansó hasta que, a fuerza de oraciones, penitencias, sufrimientos y toda clase de sacrificios, logró de la misericordia del Señor sacarla, después de nueve años, de las penas del purgatorio, como consta por una revelación que tuvo la Sierva de Dios.

Por entonces falleció también la Serenísima Señora Infanta Dª Luisa Carlota[27]. Cuando Su Alteza se convenció de que su enfermedad era mortal, llamó a su hijo, el Serenísimo Señor D. Francisco de Asís María de Borbón, y le dijo que hiciera cuanto pudiera en favor de Sor Patrocinio, para desagraviarla de lo que había contribuido en sus persecuciones; y que deseaba tener a la Santísima Virgen del Olvido para la hora de su muerte. Enseguida comisionaron al Rdo. Padre Fulgencio, de las Escuelas Pías de Madrid, para que trajera la sagrada Imagen, la cual, vestida y adornada primorosamente por mi amada Madre, y colocada en una urna de palo santo que habían regalado a la Divina Señora, se la mandó a Su Alteza, que la tuvo hasta que expiró.

Algún tiempo después, murieron también el Sr. Cortázar, Juez que entendió en la causa de mi venerada Madre, y el médico Sr. Argumosa, que tanto empeño tuvo en la curación de las llagas y tan falsamente declaró de ellas. Ambos, en sus últimos momentos, reconocieron su error y se arrepintieron de su mal proceder. El Sr. Argumosa dio encargo a persona respetable de toda su confianza, para que le obtuviera el perdón de la inocente víctima (así la llamó al dar el encargo). El juez Sr. Cortázar, aún hizo más; pues, no solo solicitó el perdón, sino que pidió que se hiciese público. Mas, como esto era a favor de mi venerada Madre, no faltaron personas que lo impidieron. Otra cosa fuera, si la declaración hubiera sido en contra de la paciente víctima; ya se hubiesen hecho lenguas sus enemigos para publicarla, con la rapidez y astucia con que propalaron cuantas calumnias inventaron para hacerla odiosa a los ojos de todos. Además del perdón solicitado y su deseo de que se hiciera público, solicitó también el Sr. Cortázar muy encarecidamente de la Sierva de Dios, que rogase al Señor por su alma y la encomendase a la preciosa Virgen del Olvido (palabras textuales), cuya protección deseaba y pedía. Es de creer que la obtendría de tan dulcísima Madre de amor y misericordia, por los ruegos y oraciones de su predilecta hija.

Mientras mi amada Madre estuvo en el religioso pueblo de Torrelaguna, se vio amada y respetada de todos, por su santidad y por la gran experiencia que del valor de sus oraciones tenían, cuantos la trataban, o acudían a ella en busca de consuelo o alivio en sus penas. Las Autoridades del pueblo manifestaron en varias ocasiones con obras, los sentimientos que de palabra expresaban; pues ni aun allí la dejaban tranquila sus perseguidores, yendo a mortificarla de varios modos diferentes veces.

En una ocasión llegaron los Nacionales y se empeñaron en sacarla del Convento, para que en la plaza les bordara una bandera; a cuyo desatino mi venerada Madre se resistió y negó, como era natural; pero era tal el empeño de aquella horda de salvajes, que, furiosos, quisieron entrar en el Convento, para sacarla a viva fuerza, y, si no lo ejecutaron, fue gracias, después de Dios, a la bravura del señor Alcalde, quien, con los demás señores y autoridades del pueblo, se opuso a semejante atropello, exponiendo su vida, antes que permitir que se profanase el precioso tesoro que Dios les había confiado. La misma conducta observaron en otras muchas ocasiones prestándole su valioso concurso y defendiendo su preciosa existencia denodadamente. Mi Madre venerada conservó siempre un recuerdo gratísimo de tan honrado pueblo, que mereció tenerla dos veces entre sus moradores en aquel feliz Convento, al que su Reverencia llamó siempre «mi portalito de Belén»; porque en él dio, después, principio a sus Fundaciones y Reformas, como adelante diré.

Por fin, quiso el Señor oír las súplicas de esta inocente víctima y de su amada Comunidad, levantándola el destierro por medio de una Real orden, según se dirá en el Capítulo siguiente; mas antes de terminar este, copiaré a continuación dos párrafos de dos cartas, dirigidas por la Rda. Madre Sor María Benita del Pilar a la Abadesa del Convento de Torrelaguna, a muy poco de la llegada de mi Madre venerada al mencionado Convento.

Entre otras cosas, dice la afligida prelada lo siguiente:

 

“Madrid, 22 de julio de 1839

 

Mi apreciable Abadesa y Muy Sra. mía:

 

Con el mayor consuelo recibí el Viernes por la noche la deseadísima carta de Vd., que leí a toda la Comunidad y todas se alegraron muchísimo.

Como regularmente llegaría tan quebrantada mi queridísima hija, pienso si estará en cama; yo quisiera por momentos saberlo todo y creo que es imposible, y que el Señor dispone sea mi vida un continuo sacrificio; el de tenerla tan cerca y no poderla ver ha sido grandísimo, y suplico a Vd. disimule mi solicitud, pues le aseguro vivo muriendo y ni sé cómo vivo, pues en tan terrible tribulación solo sus cartas han podido ir sosteniéndome…

Incluyo la adjunta para mi Patrocinio, mientras lo hago largo, que no le falte el consuelo de saber de su casa.

Yo doy a V. gracias por todo, y la saludo con el mayor afecto, etc.

Queda siempre suya afma. Hermana que sus manos besa. – Sor María Benita del Pilar”.

 

En otra de las cartas dirigidas a la misma Madre Abadesa del Convento de Torrelaguna, entre otras cosas, dice lo siguiente:

 

“Madrid, 17 de agosto de 1840

 

Mi apreciada Sra. Abadesa:

 

Mucho deseo que se halle V. aliviadita de sus males; se lo pido a Dios en mi pobres oraciones, para consuelo de todas sus hijas y de mi amadísima Patrocinio, a la que he considerado muy afanada estos días, con la función de la Soberana Señora, hechizo de nuestras almas y esperanza nuestra”. (Se refiere a la función de la SSma. Virgen del Olvido.)

Yo bien sé lo que V. padece, y así no quiero, de ningún modo, que se moleste en escribir; pues con mi corderita me lo dice V. y crea que, si tengo ocasión, no dejaré de pedir por V.; lo he hecho otras veces; pero como no tenía conocimiento, no he sacado nada.

Repito a V. muchísimas gracias por todo lo que hace por esa prenda de mi corazón; yo vivo muriendo y una vida angustiadísima, sin mi único consuelo y todo mi bien. No extrañe V. que mi amor solicite el de todas para mi amada hija. Reciba Vd. cordialísimos afectos de todas mis Monjas y para todas las Sras., con los de Alejandro (este era el fidelísimo demandadero de la Comunidad que, disfrazado, siguió el coche donde iba mi Madre venerada, cuando la sacaron entre bayonetas de su Convento de Caballero de Gracia, para depositarla en la casa de la calle de la Almudena, según ya queda referido). “Y Vd. disponga como quiera de su afectísima hermana q. b. s. m. Sor María Benita del Pilar”.

CAPÍTULO XVI

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Decreta el Gobierno la vuelta de mi Madre Patrocinio a su Comunidad. — Carta de una Religiosa de Asís, anunciando la dicha vuelta. — Gozo con que fue recibida por sus hermanas en el convento de La Latina. — Precioso regalo a la Madre Pilar, de paños, vendas, etc., etc., empapadas en la sangre vertida de las llagas, durante el viaje a Madrid desde Torrelaguna. — Gracioso caso en favor de los pájaros. — Visita Regia a la Sierva de Dios en La Latina. — Traslación de mi Madre Patrocinio y su Comunidad, del convento de La Latina al de Jesús Nazareno.

 

Desde la hora fatal en que mi venerada Madre fue violentamente arrancada del seno de su Comunidad y de los brazos de su Abadesa, la esclarecida Madre Pilar, las Religiosas y otras personas muy respetables y dignas no dejaron piedra por mover, hasta conseguir lo que tanto anhelaban: la vuelta de la inocente víctima a su amado Convento. Tampoco sus enemigos cejaron en su empeño de que permaneciera en el destierro, antes por el contrario, trabajaban cuanto podían por alejarla más aun de su Comunidad. A las protestas que en favor de la víctima y contra las grandes injusticias cometidas con ella, hicieron personas respetabilísimas, hay que sumar el convencimiento del mismo Gobierno, como lo prueba el siguiente párrafo de una carta dirigida desde Madrid por el P. Godínez al Señor Tesorero de Cruzada, residente en Toledo, en la que, entre otras cosas, dice lo siguiente:

“El negocio de traslación se ha reproducido, a beneficio de la indulgente coyuntura que presenta el Gobierno. Este dice, que nada teme ni tiene contra las llagas de una monja que ha sufrido en grande de muchos y a nadie ha hecho sufrir. Veremos los efectos.

Mientras otros combaten hacia el logro, aquella (se refiere a mi venerada Madre) no aplica otra acción que la de elevar sus alitas desde estado indiferente y muy pasivo, en oficio de Moisés. Yo secundo, por el acierto, sus plegarias, desde la raíz del Monte, porque su cima no es para corazones aplomados”.

En otra carta, refiriéndose también a mi Madre venerada, dice el mismo señor:

“Aquella víctima, casi deshecha a fuerza de contrastes increíbles, aquel corazón nada exige, nada reclama; está dispuesto a las disposiciones prósperas como a las adversas, en el centro de una indiferencia santa y resignada”.

Por último, en otra ocasión, dice al referido tesorero de Cruzada:

“El negocio de traslación presenta accidentes favorables, los políticos que han de fallar, se hallan inclinados a hacerlo para Madrid”.

El resultado fue que, convencido el Gobierno de la inocencia de mi venerada Madre Patrocinio[28], el 24 de septiembre de 1844, le levantaron el destierro, por medio de una Real orden, en la cual se ordenaba que se trasladase de Torrelaguna a Madrid, al seno de su Comunidad, que a la sazón se encontraba en el Convento de La Latina, desde que, a muy poco de sacar desterrada a mi Madre amada, se la obligó a salir de Caballero de Gracia.

El día 25 de septiembre del mencionado año de 1844, en cuyo día se rezaba el oficio de Ntra. Señora de las Mercedes, fue el señalado por la Divina Providencia para que después de nueve años, volviera esta angelical criatura e inocente víctima a los brazos de sus amadas Madres y Hermanas; habiendo permanecido cinco años en Torrelaguna. En confirmación de la amorosa Providencia de Dios para con su amada Sierva Sor Patrocinio, durante el pasado destierro, y como testimonio singular de veneración en que era tenido su espíritu por las almas esclarecidas en virtud, no dudo en poner aquí la siguiente carta de una venerable Religiosa del Convento de Giglio en Asís; pues en ella se anuncia, además, siete años antes la vuelta de mi Madre amada a su Comunidad. Dice así la carta fielmente traducida:

 

“J. M. J.

 

Muy Reverenda Madre:

 

La fama de la virtud de Sor N. Patrocinio, se ha divulgado por todas partes y por gracia especial del Señor, ha llegado también a mis oídos: ¡Oh y qué júbilo siento cada vez que lo reflexiono! Teniendo por otra parte entendido que esta grande alma ha vivido bajo su gobierno, por esto ansío saber por conducto de V. Rcia. si puedo escribirla una carta, en que debo consultar un negocio de grandísima importancia; pero con el mayor secreto posible. V. Rcia. podrá satisfacerme, honrándome con solo dos renglones suyos en que me diga cómo he de dirigirme a la que tanto amo. Estoy bien enterada de que al presente no se halla cerca de V. Rcia., a causa de la persecución que se ha levantado contra ella; mas, yo la ruego por amor de Dios, que, en cuanto haya libre algún conducto o resquicio de comunicación, me dé el consuelo de noticiármelo.

Sin duda V. Rcia. quedará sorprendida al ver estas mis letras mal formadas, y mucho más el atrevimiento con que la hablo; pero persuadida de la bondad de vuestra Rcia., en nada me he detenido, y con esta confianza continuaré mi carta. Me congratulo con todo mi corazón de la suerte feliz que le cabe de conocer un alma tan amada de Dios; pero al mismo tiempo me compadece, hasta el extremo, su aflicción, en verse privada y separada de ella por la malicia de otros. Mas confío que el Señor, que siempre protege a los justos, la restituirá dentro de poco un tesoro tan precioso. Entre tanto la suplico que me tenga presente en sus oraciones, que yo no dejaré de hacerlo por toda esa religiosa Comunidad. Pido a V. Rcia. la singular gracia de responderme sin pérdida de correo, pudiendo dirigírmela en esta forma: A la Reverenda Madre Sor María Verónica de Jesús Sacrificado, en el Venerable Monasterio del Giglio —de la Azucena— en Asís.

Tenga V. Rcia. la bondad de perdonarme y excusar mi libertad, y confesando mis ansias de recibir buenas noticias, paso a firmarme con debida estimación de vuestra Rcia. Su más obediente sierva. – Verónica de Jesús Crucificado”.

Monasterio del Giglio, 15 de octubre de 1837.

 

Llegada a Madrid, entró en el Convento, siendo ya de noche; y no es posible explicar el gozo, las lágrimas y afectos de cariño de todas las Religiosas, de las cuatro Comunidades que en el referido Convento se hallaban reunidas.

En testimonio de la autenticidad sobrenatural de las llagas de la Sierva de Dios, después de los pasados destierros, vuelve a decirnos la Madre Pilar en su Cuaderno de apuntes lo que sigue:

“Cuando salimos del Coro de dar gracias a Dios por su venida, advertí y advirtieron muchas la sangre de los pies que había calado las medias, y como siempre se ha procurado secreto en esto, según los Prelados ordenaron y tengo dicho, con pretexto de ponerla alpargatas, se la retiró un instante de la multitud (de Religiosas); y cubiertos ya los pies, volvió adonde todas la esperaban con ansias de abrazarla y hablarla; al mismo tiempo me avisaron fuese a guardar un taleguito que habían entregado los que la habían acompañado en el coche. Este estaba (el taleguito) lleno de pañuelos, paños y vendas empapados en sangre fresca que durante el día habían vertido las llagas. Con que el año 1835, cuando la sacaron del convento, iban las llagas vertiendo sangre y en el año 1844, volvió como salió, ni más ni menos. Y esto es tan verdadero, que si fuese necesario, lo juraré sobre los Santos Evangelios. He visto las llagas a pesar de que jamás habla ella una palabra de ellas, ni de nada; pero yo, como Prelada, debía verlas. Son las mismas que siempre; vierten sangre unas veces, y otras están cerradas, pero siempre impresas, como dije en las primeras apuntaciones, hablando de las llagas”.

El taleguito a que alude la Rda. Madre Pilar en lo arriba trascrito, le fue entregado por los que habían acompañado a mi venerada Madre de Torrelaguna a Madrid, lleno de paños, pañuelos, etc., empapados en la sangre que durante el camino habían vertido las llagas. Conserváronlo todo las madres antiguas con el mayor cuidado pasando al fallecimiento de unas, a poder de las otras y, hace años, que en esta comunidad tenemos el gran consuelo de poseer parte de lo que, con el mayor sigilo, tuvo siempre en su poder la Rda. Madre María del Carmen de Jesús Nazareno, ejemplar Religiosa que falleció en Montmorenci (Francia), el año 1869, en la época de nuestra emigración, por la revolución de 1868.

Estos preciosos paños, vendas y demás puedo asegurar con verdad que en ciertos días, exhalan un aroma que consuela y hace alabar a Dios; este mismo olor se ha notado varias veces en las ropas del uso de su Rcia. y en los libros de Comunidad, donde están los escritos de tan amada Madre.

Con motivo del regreso de la Sierva de Dios al seno de su Comunidad, una Religiosa de las reunidas en la Concepción Francisca, o sea, en La Latina, dedicó a su Rcia. unos versos alusivos al caso, que fueron cantados por todas las religiosas con extraordinario regocijo y sumo gozo.

Pasados algunos días de la llegada de mi Madre venerada, sucedió en este Convento de La Latina un caso muy gracioso, y para alabar a Dios. Las Religiosas jóvenes quisieron obsequiarla haciendo una merienda para las cuatro Comunidades que allí se hallaban reunidas; y para ello, determinaron coger muchos pájaros que por la noche se reunían en un árbol que estaba en un patio interior, para lo cual tomaron de día sus precauciones. A mi bendita Madre le dieron el saco, para que los fuera echando, y como sabían las Madres el genio de su misericordia y compasión con los pajaritos y con todos los seres de la creación, estaban maravilladas en que consintiera en hacer tantas víctimas, y más, en obsequio suyo, sin protestar; pero pronto salieron de dudas, porque aquella noche no se quedó ni un solo pájaro en el árbol, sino que todos durmieron en los tejados, y dicen que era de ver cómo desde allí desafiaban el peligro alargando sus cabecitas, mirando hacia abajo, y mi venerada Madre tan alegre y contenta viendo a sus protegidos fuera del alcance de las Religiosas. Todas, todas comprendieron que ella les había mandado que no bajaran. Cuando referíamos este caso delante de su Rcia., respondía con toda sencillez: «¡Pobrecitos, se los querían comer!».

En el referido Convento de La Latina visitó a mi venerada Madre S. M. la Reina Dª María Cristina, acompañada de sus augustas hijas la Reina Dª Isabel II y la Serenísima Señora Infanta Dª Luisa Fernanda, para darla una satisfacción por lo mucho que tan injustamente la habían hecho sufrir sus Gobiernos. S. M. la Reina Dª Isabel, aunque tan niña entonces, enterada de las injustas persecuciones y de los grandes padecimientos sufridos por mi Madre amada, y también de sus virtudes y gracias extraordinarias, deseaba conocerla. Así fue muy grande el gozo que experimentó al verla por vez primera según la misma Augusta Señora lo manifestó repetidas veces, quedando gratísimamente impresionada, y procurando saber con afán todo cuanto se refería a tan santa Religiosa, ya por medio de una buenísima Señora que estaba al servicio de Su Majestad, ya por la Señora Marquesa de Sta. Cruz, su Aya y Camarera Mayor, hija de la Duquesa de Benavente, madrina que había sido de mi venerada Madre en su profesión religiosa.

Permaneció su Rcia. en el Convento de La Latina, querida y admirada de todas las Religiosas, hasta que doña María Vildósola, señora de gran piedad, que apreciaba mucho a mi venerada Madre y demás Religiosas, compadecida de ver reunidas cuatro Comunidades, las de la Casa, la de los Ángeles, Constantinopla y Caballero de Gracia, pidió y obtuvo del Sr. Duque de Medinaceli la cesión del Convento de Jesús Nazareno, de su propiedad, a la Comunidad del Caballero de Gracia.

Arreglado todo y costeadas las obras necesarias por la mencionada intercesora Dª Mariana, fue trasladada la Comunidad al convento de Jesús, de Real orden comunicada en 26 de junio de 1845, y con todas las licencias necesarias del Rdo. P. Provincial de Castilla, del Sr. Vicario Eclesiástico y de cuantos más fue necesario.

CAPÍTULO XVII

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Instalación de la Comunidad de Caballero de Gracia en el convento de Jesús Nazareno. — Sor Patrocinio, Maestra de Novicias. — Muerte de la Rda. Madre Pilar. — Elección de Abadesa a favor de mi Madre venerada. — Nueva persecución y nuevo destierro a Badajoz. — Conversión del delegado del Gobierno que acompañaba en el viaje a la Sierva de Dios.

 

Arreglado todo, como queda dicho en el capítulo anterior, salió la Comunidad de Caballero de Gracia del Convento de la Concepción Francisca (vulgo La Latina) para el de Jesús Nazareno, el día 29 de octubre de 1845, entre cinco y seis de la mañana, acompañada del Rdo. P. Fr. Toribio Cuadrado, del Rdo. P. Vicario Fr. Andrés Rivas, de D. Manuel García, Capellán de las Religiosas de la Concepción Francisca, de la Sra. Mayordoma de la Comunidad y del Mayordomo D. Joaquín Moradillo; reuniéndose a todos en el camino el Ilmo. Sr. D. Rafael Tejada, Visitador de las Religiosas y Dª Mariana Vildósola, con su esposo D. Agustín Gómez, insignes bienhechores de las mencionadas Comunidades; muy particularmente de la de Caballero de Gracia, como lo prueban las obras de reparación del Convento de Jesús que hicieron por su cuenta, al instalarse en él la dicha Comunidad, después de los nueve años que en La Latina había vivido.

A poco de establecida la Comunidad en su nuevo Convento, fue nombrada la Sierva de Dios Maestra de Novicias, cuyo cargo desempeñó con la prudencia y acierto que de su virtud esperaba la Orden. Fueron sus primeras Novicias Sor María Vicenta de la Presentación y Sor María Brígida de Ntra. Señora del Olvido; a las que siguieron, al poco tiempo, otras cuatro. Todas las cuales se formaron al calor de su encendido fervor, copiando con tal perfección la dulzura, prudencia, paciencia y admirables ejemplos de todas las virtudes de su santa Maestra, cual apareció después en sus ejemplares vidas. El cariño y veneración que siempre le profesaron fue singular, manifestado en obras y palabras, como adelante diré.

Felices y tranquilas vivían en el Convento de Jesús las Religiosas[29], dedicadas al más exacto cumplimiento de sus deberes, cuando Dios Ntro. Señor se sirvió probarlas de nuevo con una muy grande aflicción. Sucedió lo siguiente: como los enemigos de mi venerada Madre no cejaban en sus intentos de persecución y aun de muerte, un día, a principios del mencionado año 1849, se presentó un caballero en el torno, diciendo que tenía precisión de hablar con Sor Patrocinio.

Efectivamente, fue allí la inocente Religiosa con su Abadesa, no sin suplicarle antes que la dispensase de ir. En cuanto llegaron y cambiaron un breve saludo con el indicado señor, este descerrajó un tiro contra mi amada Madre y huyó precipitadamente, creyendo que había logrado su malvado intento; pero, gracias a Dios, el tiro no tocó a ninguna de las dos religiosas. La impresión, sin embargo, y el susto fueron tales, que, enfermando la Rda. Madre Pilar, murió, al fin, con la muerte hermosa del justo, el día 2 de febrero. Después de algunos años encontraron su cadáver íntegro, en la misma forma en que fue enterrado y en perfecto estado de conservación. Así murió esta ilustre y ejemplar religiosa, modelo de preladas, escogida por Dios para testigo fiel de sus maravillas en su amada Sierva Patrocinio.

Pena grande fue para la Comunidad tan dolorosa pérdida, pero mayor, mucho mayor fue la aflicción en que quedó mi Madre venerada por la muerte de su Prelada amadísima, de la que fue siempre su cariñosa Madre y dulce consuelo en sus penas. Ya el Señor la había preparado hacía algunos años para golpe tan doloroso, y lo mismo a la Comunidad; pues en uno de los muchos éxtasis que tenía en presencia de las religiosas, antes que la sacaran de su amado Convento de Caballero de Gracia, le oyeron la siguiente dolorosa exclamación: «¡Ay, una muerta y otra ciega!», refiriéndose a la Rda. Madre Pilar y a la Rda. Madre María del Carmen de San José; la primera de las cuales moriría antes que mi Madre venerada diera principio a las fundaciones, y la segunda quedaría ciega también antes que estas se verificasen; como sucedió, pues a muy poco del fallecimiento de la Rda. Madre Pilar, cegó de repente la expresada Madre Carmen.

Por el triste acontecimiento de la muerte de la bendita Madre Pilar, tanto los Prelados de la Orden como la Comunidad, fijaron sus miradas en las bellas prendas de virtud y santidad de la ejemplar religiosa Sor María de los Dolores y Patrocinio; y fue esta, canónicamente, elegida en Abadesa, por unanimidad de votos el día 7 de febrero del mismo año 1849, siendo Comisario Provincial de la Orden en la Provincia de Castilla (a la que pertenecía la Comunidad) el Rdo. P. Fr. Antonio Espinosa, del que recibió la confirmación en su nuevo cargo, tomando posesión del mismo aquella tarde, después de completas. Desde esta fecha hasta su santa muerte, ejerció la Sierva de Dios sin interrupción el cargo de Abadesa; siendo reelegida siempre por unanimidad de votos, con grande pena de su Rcia. y mayor alegría de todas sus hijas; a la que en sus últimos años nos solía decir con mucha gracia: «hijas, qué poca caridad tenéis conmigo; pues aunque me veis vieja y enferma, no me queréis dejar descansar»; contestándole nosotras que tiempo le quedaba a su Rcia. para descansar en el Cielo, en donde recibiría el premio de su caridad y de sus sacrificios.

Cuando se verificó esta primera elección de Abadesa, en el Convento de Jesús, era Vicario de la Comunidad el Rdo. P. Fr. Faustino de Losa y Cruz, por haber fallecido el Rdo. P. Fr. Andrés Rivas, que lo fue por varios años.

Ya Prelada mi venerada Madre, dedicose toda al Gobierno y consuelo de su Comunidad; y tanto la santa Prelada como sus Religiosas, se encontraban dichosas; aquella, por estar con sus amadas hermanas, y estas, por tener por Prelada y Madre a la que amaban tan de corazón.

Poco duró esta dichosa tranquilidad y paz de las religiosas; pues no satisfechos sus enemigos con las persecuciones llevadas a cabo contra mi amada Madre en la época pasada de sus destierros, en sus deseos de venganza, al verla libre y en pleno goce de su amado retiro, se valieron de un cambio de Ministerio para atribuirlo a su víctima; la cual ocupada solo en sus obligaciones de religiosa y en el cumplimiento más exacto de su Sta. Regla y Constituciones, ni entendía de tales asuntos, ni atendía a ellos, ni sabía que tal cambio hubiera ocurrido[30].

En el momento que el Excmo. Sr. Nuncio de Su Santidad y el Emmo. Cardenal Arzobispo de Toledo tuvieron noticia de la orden de destierro que pensaban comunicar a mi venerada Madre, se apresuraron ellos a mandar la suya, ordenándole que de ninguna manera consintiera en salir de clausura y que se resistiera todo lo posible; puesto que se obraba contra las leyes de la justicia, le aseguraban que ellos también se resistirían a dar la orden cuando la pidieran. Consolada y fortalecida la Sierva de Dios con estas seguridades de los Prelados, esperó llena de tranquilidad la llegada de los emisarios del Gobierno.

Llegados estos a la una de la madrugada y, habiendo cercado el convento con agentes de policía y puesto en arresto, en la Casa Vicariato, al Rdo. Padre que lo era a la sazón, el Jefe político se acercó al torno, precipitadamente, y entregó la Orden Superior de salida para Sor Patrocinio, intimándola, que lo hiciera enseguida; esta, empero, se resistió a salir, no por miedo, ni cobardía, como después dijeron sus enemigos, sino en cumplimiento de su voto de clausura y secundando los deseos de los Prelados, cuyas órdenes, por escrito, exigía al Jefe político para salir, que en vano insistía en su pretensión. El destierro, empero, estaba decretado y era necesario ir a él, del modo que fuese, y así, las personas de elevada dignidad que en ello estaban empeñadas, se dirigieron al Excmo. Sr. Nuncio y, no obstante la repugnancia y protestas del caso y contrariado grandemente, obtuvieron de él la licencia escrita que Sor Patrocinio exigía.

Muy ufano el Jefe político por el triunfo obtenido, se presentó de nuevo en el Convento con la orden del Sr. Nuncio, para que, obedeciendo la del Gobierno, saliera, inmediatamente, de clausura. Sorprendida y admirada quedó mi venerada Madre con la nueva disposición del Prelado; pero, sumisa siempre a las órdenes de sus superiores, inclinó su cabeza, y, resignada, se dispuso a salir de su amado Convento; con el corazón sumergido en amargura y dirigiendo su triste, aunque tranquila, mirada a las paredes del bendito claustro, del que por segunda vez era tan violentamente arrancada, dejando a su Comunidad en la aflicción más profunda, como puede suponerse.

Fue llevada a Badajoz, al Convento de Religiosas Clarisas, llamadas de Sta. Ana, el 21 de octubre de 1849, y acompañaron a su Reverencia una religiosa de la Comunidad, el Rdo. P. Vicario Fr. Faustino de Losa y Cruz, más un delegado del Gobierno, al que dieron el encargo de vigilar, constantemente, en el camino, a la inocente desterrada y ejemplarísima religiosa.

El delegado no estaba, ni mucho menos, en disposición de creer en la virtud de una monja, a la que, según él, por las calumnias que habían propalado, desterraban por intervención en la política; pero (¡cuán admirables son los juicios de Dios!) el citado caballero fue el instrumento de que la divina Providencia se valió entonces, para manifestar la santidad de su amada esposa; pues sucedió que, en subiendo al coche, y a muy poco de andar, se abrieron las benditas llagas, y por todo el camino, o la mayor parte de él, fue tanta la abundancia de sangre que salió de ellas, que, después de haber empapado muchos pañuelos y vendajes preparados de antemano por la religiosa acompañante, tuvieron que pedir los suyos al Rdo. P. Faustino y al comisionado del Gobierno; el cual no salía de su asombro y admiración a la vista de una tan grande maravilla. Desengañado de cuanto había oído, conoció la verdad, la inocencia y santidad de aquella venerable mártir, de aquella ejemplarísima religiosa y le tomó tan extraordinario afecto, que correspondiendo a las santas inspiraciones que el cielo le concedía al ver y tratar a tan angelical criatura, diole cuenta de toda su vida y le pidió sus consejos y oraciones, para corregirse de ella, y desde aquel día perseveró siempre siendo un buenísimo cristiano, constante admirador y panegirista de mi Madre amada. A este señor, cuya virtuosa consorte, ya muy anciana en el año 1912, nos favoreció con una pequeña limosna para la impresión de la Vida de nuestra venerada Madre, tuve yo el gusto de conocer y saludar varias veces en nuestro Convento de San Pascual de Aranjuez, cuando en tiempo de la jornada entraba con SS. MM. y AA. para asistir a los solemnes cultos que se celebraban en nuestra iglesia a la Santísima Virgen del Olvido, y a la Salve cantada de los Sábados por la tarde. Las religiosas todas admirábamos en dicho señor el cariño, el respeto con que trataba a la Sierva de Dios, llamándola su madre y besando su santo escapulario, en presencia de SS. MM. y de cuantos los acompañaban. También era muy grande el afecto que profesaba a la Comunidad, correspondiendo esta con oraciones, y alabando a Dios por sus grandes misericordias.

CAPÍTULO XVIII

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Mi amada Madre en Badajoz. — Vuelta a Madrid de Real Orden. — Es entregada de nuevo a su Comunidad del Convento de Jesús. — Por mediación de los Reyes, se traslada la Comunidad al convento de Leganitos (Palacio de Osuna). — Expone la Sierva de Dios a D. Anselmo García de la Plaza, Tesorero de la Cruzada, su sentir y doctrina sobre algunos asuntos de interés. — Enferma de gravedad y la mandan, por obediencia, que pida la salud.

 

Llegada mi Madre amada a Badajoz, fue recibida tanto por la Comunidad como por las Autoridades eclesiásticas, con las mayores demostraciones de afecto y de respeto. Las religiosas se consideraban muy felices en tenerla en su compañía y alababan su bondad, su recogimiento, su fervor y la grande resignación y paciencia con que sobrellevaba los trabajos que le hacían pasar sus perseguidores, sin pronunciar nunca una sola palabra de queja, viéndola siempre con la misma dulzura y santa paz, puesta toda su confianza en Dios y en la Santísima Virgen.

En el mencionado convento de Santa Ana, se veneraba con mucha devoción y entusiasmo una devota Imagen de la Santísima Virgen, bajo la advocación de Nuestra Señora de las Virtudes y Buen Suceso, muy milagrosa, la cual no era sacada de su camarín, sin permiso del Venerable Cabildo de la Sta. Iglesia Catedral. Tan luego como mi venerada Madre llegó al convento, las religiosas encomendaron el asunto de su Reverencia a la Soberana Reina del Cielo y tuvo también la Comunidad la atención de llevar la santa devotísima Imagen a la celda de su Reverencia, para que le hiciera una novena, agradeciendo mucho la Sierva de Dios tan extraordinario obsequio. Bien pronto vieron el feliz éxito, pues todo se arregló como era de esperar de la protección de tan amorosa Madre; porque enterado Narváez de la falsedad con que le habían informado, y convencido hasta la evidencia de la inocencia de la bendita desterrada, expidió una Real orden para que, sin dilación, volviera a su Convento de Madrid.

Cuando el Gobernador de Badajoz recibió la expresada Real orden, se hallaba la Sierva de Dios predispuesta a un vómito de sangre; pues su salud se había resentido mucho en el largo y precipitado viaje de Madrid a Badajoz; mas a pesar de eso, ni un solo día quiso retardar su salida, ni las autoridades se atrevieron tampoco a detenerla: pues en dicha Real orden se apremiaba la salida para Madrid. Efectivamente, salió mi Madre Patrocinio de Badajoz al día siguiente de recibida la orden, quedando muy agradecida al cariño y distinciones de las religiosas del convento de Sta. Ana, y muy devota de la milagrosa y sagrada imagen de la SSma. Virgen, tan venerada en aquella santa Casa. Más tarde, cuando su Rcia. pudo, mandó lo necesario para que celebrasen una o dos funciones solemnes de acción de gracias a la SSma. Virgen, y también regaló dos vestidos a la Sgda. Imagen de las Virtudes y Buen Suceso, conservando siempre gratísimo recuerdo de aquella venerable y edificante Comunidad.

Llegó del destierro al Convento de Jesús el día 10 de diciembre de 1849, a las seis o siete semanas de su salida. Puede suponerse el grandísimo gozo de Madre e hijas al verse y abrazarse de nuevo; mas la alegría fue bien pronto mezclada con el dolor; pues le acometió un fuerte vómito de sangre, que repetido en los primeros días del año 1850, puso su vida en grave peligro y a las religiosas en grandísima aflicción. Al fin quiso el Señor aliviarla; y así pudo continuar su Reverencia en el desempeño de su cargo de Prelada de la Comunidad, entregada totalmente al cumplimiento de sus deberes, siendo él ejemplar, alegría y consuelo de sus amadas hijas, que felices y dichosas bajo la dirección y amparo de tan sin igual ejemplarísima Madre, solo les preocupaba el temor de perderla de nuevo; pues no ignoraban lo que para todos era notorio: que sus enemigos la perseguían sin descanso. En el mes de abril de 1851, Martes Santo por cierto, a las dos de la madrugada, se hundió el coro del mencionado Convento de Jesús, por haber caído sobre su techo el tejado del mismo, quedando solo ruinas y escombros. Tuvo la Sierva de Dios revelación de lo que había de suceder, y, previniendo a las religiosas, les ordenó que ninguna se acercase al coro después de las nueve de la noche, una vez rezados los maitines, los cuales se adelantaron aquel día, por orden suya también.

…….. «Lo dijo terminantemente», afirma la Madre Isabel, «hasta el punto, que fue un día a la cocina y, sin rodeos, dijo a la provisora que no fuera al coro, porque se iba a hundir, y tan en ello estábamos, que, cuando sucedió no nos sorprendió; porque lo esperábamos con toda seguridad».

Con motivo del expresado hundimiento, el Emmo. Señor Cardenal y Excmo. Sr. Nuncio de Su Santidad, autorizaron al Rdo. P. Vicario Fr. Faustino de Losa y Cruz, para que, dentro de la clausura, en la capilla de la Santísima Virgen del Olvido, celebrara la Santa Misa y diese la sagrada Comunión a las religiosas. Enterados Dª Isabel II y D. Francisco de Asís de lo ocurrido, y sabiendo el mal estado en que el Convento se hallaba (no obstante haberse hecho en él las reparaciones más precisas al instalarse la Comunidad), temiendo todos un nuevo hundimiento, determinaron SS. MM. trasladar a la Comunidad al Palacio del Duque de Osuna, en la calle de Leganitos, cuyo edificio compró el Rey con el fin de transformarle en convento e iglesia. Esta fue la primera fundación Real en obsequio de nuestra Purísima y Santísima Madre del Olvido, Triunfo y Misericordias, en cumplimiento de un voto hecho por S. M. el Rey D. Francisco ante la sagrada imagen de la SSma. Virgen del Olvido. El encargado de dirigir las obras del Convento y de disponer todo a nombre de S. M. el Rey, fue el Emmo. Sr. Marqués de Alcañices, el cual, con el fin de sacar cuanto antes a mi venerada Madre y sus Religiosas del peligro en que estaban en el Convento de Jesús, activó las obras cuanto pudo y se verificó la traslación de la Comunidad en el mes de mayo del referido 1851, por Real orden, comunicada al Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, y con todas las licencias necesarias. Acompañaron a mi venerada Madre y sus religiosas varios dignísimos Prelados; entre ellos, el muy Rdo. P. Provincial de nuestra Orden Seráfica, Fr. Antonio Espinosa. El Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo ofreció a SS. MM. asistir, personalmente, a la traslación de la Comunidad, acompañando a las Religiosas a su nuevo Convento; no pudo sin embargo Su Eminencia cumplir su palabra, ni satisfacer sus deseos; pero ordenó que se hiciera con toda la solemnidad posible; lo que se hizo con gran contento de S. M. la Reina Dª Isabel II y de su Augusto Esposo, y gratitud de mi venerada Madre y de sus Religiosas.

En el expresado Convento de la calle de Leganitos, titulado de nuestra Señora del Olvido y Príncipe San Miguel, continuó la Sierva de Dios su obra de todas partes; la de darle gloria, propagar el culto de la Stma. Virgen y de los Santos y el ejercicio de la más heroica caridad con los prójimos. Por aquí podrá comprenderse cuán lejos estaba de ocuparse de las cosas del mundo la que solo en Dios tenía puestas las potencias de su alma y los afectos de su corazón. En confirmación de esto y para que se vea más la pureza y santidad de espíritu de esta bendita virgen, copiaré a continuación alguna de sus respuestas al ya mencionado Tesorero de Cruzada D. Anselmo García de la Plaza en asuntos que le consultara: dice la Sierva de Dios:

“Mi muy estimado Sr. D. Anselmo y mi cariñoso hermano en Jesús y María. Deseo a V. perfecta salud, paz y toda consolación en el Espíritu Santo.

Con mucho gusto recibo sus apreciables cartas, deseando que nuestro Dios bondadoso mire a V. con ojos de benigna compasión y misericordia, por la mediación poderosa de la Madre del Amor y Santa Esperanza, nuestro Consuelo, nuestra Madre, Reina Abogada y, mil millones de veces, Madre nuestra y Madre de dulce Misericordia.

No sé cómo tiene V. tantos apuros; recuerde V. a la Stma. Virgen, y todo pasa, pues nada sucederá que no sea para nuestro mayor bien, si no temporal y aparente, sólido y espiritual. Los encargos de V. no olvido ninguno, particularmente, los que pertenecen a las Religiosas. Los que me dio V. acerca de favorecer a un caballero amigo de V. le manifiesto con la franqueza que le trato, que yo a los señores jamás les hablo de destinos; porque creo que ni debo, ni conviene que yo me introduzca en cosas que sean puramente humanas; y aun, habiéndome los Señores invitado muchas veces, siempre les he dicho que nada.

Yo también he recibido el oficio de que V. me hace mención en su apreciable carta, abrazando todos los puntos que V. me indica. Es necesario que ya las religiosas, a fuerza de golpes, aprendamos, no solo a vivir y perfeccionarnos, sino también a confiar en Dios y en la Stma. Virgen. Muchos apuros hemos tenido, y la misericordia de Dios, por unos medios que no han estado a nuestro alcance, nos ha sacado de todos y espero en su infinita bondad nos sacará en adelante. Los Reyes, según todas las señales, son piadosos y no dejarán de hacer todo cuanto puedan; y así anímelas V., que Dios puede más que todo el infierno junto. Vea V., el año pasado, cuando mi destierro; ¿quién imaginara entonces que todo aquello había de resultar en tanto bien, y que aquello, sabiendo los Reyes la ninguna parte que yo tenía en los trastornos de Gobierno, les había de servir de desengaño tal, que, ellos mismos me dicen, no hubieran creído lo que sucedió?. Dios permitió aquellos sucesos, porque así convenía: digo esto porque nuestro entendimiento es muy limitado y no miramos los males de aparentes penas, más que con una ojeada triste, y Dios quiere en ellos nuestro mayor bien”.

En octubre de 1851 le dice la Sierva de Dios:

Mucho siento las aflicciones en que V. se halla sumergido. Espero que Dios misericordioso, por la protección de María Santísima, sacará a V. con bien y felicidad de todo, según se lo pido en mis pobres oraciones. Es necesario que se revista V. de fe y que se anime; pues siendo su intención de V. en cuanto ha hecho, tan buena, Dios ha de protegerle. Quédese V. con Dios, mi carísimo hermano. El Señor le bendiga, le ampare, le defienda y proteja, como lo pide y desea siempre su afectísima hermana, que le desea toda felicidad en Dios, por Dios y para Dios”.

En esta ocasión fue cuando, afligida la Comunidad por la gravedad de su amada Madre y Prelada, viendo tan en peligro su vida, acudió al Rdo. P. Vicario, suplicando mandase a la enferma que pidiera a Dios su alivio. El Virtuoso Rdo. Padre, puesta toda su confianza en Dios, así lo hizo, mandando por Santa Obediencia a mi reverenda Madre que no muriese y que así se lo pidiese al Señor. La obediente súbdita obedeció a su confesor, como ya en otra ocasión obedeció a su Prelada la Rda. Madre María Benita del Pilar.

En ambas ocasiones pudo más en la Sierva de Dios la obediencia a los superiores y la caridad para con los prójimos, que las ansias de eterna felicidad que sentía en su enamorada purísima alma. De hecho los vómitos de sangre cesaron enseguida, y, desapareciendo la gravedad, quedó muy aliviada y en disposición de continuar sus ordinarias tareas y ocupaciones de Prelada.

CAPÍTULO XIX

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Nuevas persecuciones y horribles calumnias contra mi Madre Patrocinio. — Es desterrada a Francia, pretextando que la llamaba el Papa Pío IX. — Manifestaciones de veneración y respeto en su viaje, de parte de los pueblos y ciudades del tránsito. — Detiénese la Sierva de Dios en Bayona y en Tolosa, por hallarse enferma. — En Carcasona vuelve a enfermar de gravedad. — Nuevas marchas y nueva detención en Montpellier. — Muerte edificante de la ejemplar religiosa Sor María Vicenta de la Presentación.

 

En tanto que mi venerada Madre y sus virtuosas hijas vivían entregadas enteramente a Dios en el sagrado retiro de su amado Claustro, los calumniadores de la Sierva de Dios, que no veían satisfechos sus deseos de venganza y que acechaban sin descanso la más pequeña ocasión que los acontecimientos políticos les brindasen contra su víctima hasta acabar con su vida, si les fuere posible, como varias veces lo intentaron, irritados más y más por el afecto que advertían hacia ella en la Reina, efecto sin duda del convencimiento que había en su real ánimo de la inocencia, virtud y santidad de la atribulada Monja, llegaron al colmo de la iniquidad, inventando la más negra y vil calumnia, con motivo del horroroso atentado de Merino[31] contra la vida de la misma Augusta Reina y Señora Doña Isabel II, en el que la hacían cómplice, para cometer una nueva tropelía con mi inocente angelical Madre. Mientras en altas regiones se trataba de semejante horror y los agentes encargados de extender la vil calumnia, de una a otra parte, lo hacían a satisfacción de quien les había prometido una gran recompensa, la Sierva de Dios, que ni sabía que tal cura Merino existiera en el mundo, se hallaba gravemente enferma acometida de un fuerte vómito de sangre, de los muchos que tenía, desde los indecibles malísimos tratamientos que en el primer destierro le hicieron sufrir, como queda dicho en su lugar correspondiente. A pesar de todo y no obstante lo difícil de la empresa, sus enemigos se proponían desterrar para siempre de España a mi Madre amada y disolver a su Comunidad, y habían de conseguirlo del modo que fuese. Echaron, pues, mano de la calumnia y la culparon de complicidad en el regicidio frustrado, para así decretar el destierro que se pretendía de la inocente Abadesa y de su Comunidad. La calumnia fue siempre el arma de que se valieron, y la calumnia volvieron a manejar con la diabólica habilidad con que sabían hacerlo, inventando intrigas y conspiraciones. Se lanzó la vil calumnia; se aprobó; se aplaudió; y se hizo descargar el terrible golpe sobre la víctima inocente. Para mejor lograr sus pérfidos intentos, apelaron en esta ocasión a la Reina Madre Dª María Cristina, para que tomara parte en la empresa; hablaron también al Gobierno, adquiriendo alguno de los que lo componían el compromiso de llevar a cabo lo que se dispusiera, y con tan hábil astucia y sagaz malicia presentaron el proyecto de destierro a SS. MM. Dª Isabel II y D. Francisco de Asís, asegurando que había fundados motivos para temer males de la mayor transcendencia, no solo para la misma monja, sino también para la Iglesia y el bien público e hicieron firmar a Dª Isabel II la orden de expatriación y destierro de mi Madre Patrocinio y su salida para Roma. En el mismo sentido que SS. MM., habló el Gobierno al Sr. Nuncio y, aunque este Emmo. Señor estaba firmemente, persuadido de la injusticia con que se procedía en el asunto, y sabía muy bien que el viaje a Roma era un pretexto, no se atrevió a negar lo que con tanta insistencia le pedían y dio su licencia para la salida de clausura y expatriación.

Grande fue el sentimiento del Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, D. Juan José Bonel y Orbe, al saber que el Excmo. Sr. Nuncio había dado su licencia para la salida de mi Madre amada, seguro como estaba de que si su Excia. no hubiera accedido a la injusta petición y exigencias del Gobierno, S. M. la Reina se hubiera también negado a firmar la Real Orden que la presentaron; pues la misma Augusta Señora repitió después, varias veces, que ella no debió jamás permitir que se le hiciese salir de Madrid, bajo pretexto de que fuera a Roma. Ciertamente con la firmeza de tan Augusta Soberana y la del representante de Su Santidad, unidas a la del Emmo. Prelado Primado de las Españas, el destierro no se hubiera llevado a cabo, la inocente víctima no hubiera sufrido pesares sin cuento, ni su pobre Comunidad la amargura de verse separada una vez más de su amante Madre y Prelada; empero, Dios así lo permitió, para que los mismos medios de que se valían los perseguidores para abatirla y confundirla sirvieran para ensalzarla más y más, haciéndose públicas por todas partes su virtud, su inocencia y santidad.

Obtenida la Real Orden a satisfacción de los que la habían solicitado, pero temerosos estos de ver defraudados aun sus intentos, apresuraron el destierro y expatriación de mi Madre venerada, no sin que antes pasaran comunicación a su hermano D. Juan Antonio de Quiroga, manifestándole lo dispuesto. El 1º de Marzo habló con este Señor sobre el asunto el Presidente del Consejo de Ministros D. Juan Bravo Murillo, y al siguiente día, dos de Marzo, el Subsecretario del Ministerio de Estado le escribía lo siguiente:

“Sr. D. Juan Antonio de Quiroga. — Amigo mío: Siento infinito verme en la necesidad de decir a Vd. que el horizonte se nubla y que es indispensable de todo punto que el viernes esté en marcha la comitiva. Sirva a V. de gobierno, y si quiere más explicaciones, que en realidad a poco conducen, se las podía dar esta noche a las once en esta Secretaría su afectísimo amigo s. s. q. b. s. m. — Antonio Riquelme”.

El día tres de Marzo, vuelve a manifestarle el afán que tenían por la salida de mi Madre venerada los que decretaron su destierro, y dice lo siguiente:

“Sr. D. Juan Antonio de Quiroga. — Muy Señor mío.- Mi jefe ha estado aquí ya y. enterado de nuestra entrevista de esta mañana y de que le he entregado los ocho mil reales, los pasaportes y las órdenes para la Guardia Civil, ha quedado sumamente satisfecho. Es tanta la impaciencia que hay en este negocio, que se me encarga ruegue a Vd., me avise mañana en el momento de ponerse en marcha, por medio de un billetito; pues temen, si esto no se verifica, verse en algún compromiso que desean evitar. Supongo que hay algún compromiso formal que tendrían que cumplir a todo trance. — De Vd. Siempre afectísimo amigo q. b. s. m. — Antonio Riquelme”.

  1. Juan Antonio y su Sra. Dª Filomena, no quisieron que su santa hermana fuese sola al destierro y le acompañaron en su viaje y mientras vivió desterrada en Francia.

Mientras trataban los políticos de acelerar el destierro de su paciente víctima, esta, traspasada de dolor por el horrendo atentado cometido contra la Reina, por ser un sacerdote el agresor, y por verse acusada de complicidad en crimen tan atroz, sufría un verdadero martirio; mas, en su dulce semblante y en la paz de su alma nadie hubiera conocido cuán destrozado estaba su corazón; aunque pudo bien comprenderse, por los efectos; pues el 25 de Febrero tuvo un fuerte vómito de sangre, al que siguieron otros dos, llenando cinco grandes jofainas. A pesar de esto, como el intento de ciertas personas era acabar con su vida, si posible les hubiera sido, sin dejarle reponerse de su gravedad, apenas pudo ponerse en pie, casi exánime, le obligaron a salir de su amado claustro, arrancándola de los brazos de sus queridas hijas, que quedaron sumergidas en la mayor amargura y desconsuelo.

Así enferma, sin más consuelo que la tranquilidad de su conciencia y la paz de su alma unidas a su gran fe y confianza en Dios, salió esta santa mártir de su sagrado retiro, de su amado convento, el día 4 de Marzo de 1852 a las cuatro de la tarde, para conducirla a Francia y de allí a Roma, bajo el pretexto, según se ha indicado ya, de que la llamaba S. S. Pío IX.

Salió acompañada de una religiosa y en la Casa Vicaria del Convento se les unieron D. Juan Antonio de Quiroga, su esposa Filomena y una hermana de esta que quiso también acompañarles al destierro. Por orden del Eminentísimo Sr. Cardenal de Toledo, las dos religiosas llevaban cubierto el hábito, para no llamar la atención por los caminos.

Salieron de Madrid al anochecer los expresados y el Rdo. P. Vicario Fray Faustino de Losa y Cruz, siguiéndoles por todo el camino los agentes de policía, los cuales a pesar de ver a mi venerada Madre tan enferma, la obligaban a caminar, sin permitirle más descanso que el que absolutamente no podían negarle, sin exponerla a una muerte cierta y próxima. Así caminaban, con los agentes de policía siempre al lado; y a pesar de esto y de la horrenda calumnia levantada contra mi angelical Madre, nada fue bastante para impedir que de los pueblos por donde pasaban, sin saber cómo y sin poderlo evitar, salieran las gentes al encuentro y la aclamasen por santa.

En Burgos, recibió una ovación completa; pues habiéndose parado para tomar un poco de agua, sin que nadie lo procurara, y más, sin que, al parecer, nadie supusiera que pasaba tal Señora, sin saber cómo, rodearon las gentes el coche, llamándola santa a boca llena y cortando pedazos de su vestido negro para llevárselos como reliquia; siendo muy de notar, que, aunque las dos Señoras que acompañaban a la Sierva de Dios eran casi de su misma estatura y por precaución iban igualmente vestidas y aun, para mayor disimulo, llevaban las manos cubiertas con mitones negros como la dichosa estigmatizada, a pesar de todo, sin la menor vacilación, se dirigían todos a ella, para saciar su devoción y entusiasmo santos. El sitio a donde pasaron a mi Madre amada para darle el refrigerio de un poco de agua, está en el mismo barrio, en la misma calle y creo que en la misma casa donde, siglos antes, pidió también un poco de agua la Sta. Madre Teresa de Jesús, llamando mucho la atención de algunos esta feliz coincidencia.

Cuando llegó a las provincias Vascongadas, salieron varios señores muy principales a su encuentro y le ofrecieron un Convento para su Reverencia y sus Religiosas, diciéndola que no prosiguiese su camino, que ellos saldrían a todo. Mi Madre venerada, enternecida, les manifestó su gratitud y al propio tiempo, la imposibilidad de admitir tan noble como caritativa oferta.

Prosiguió su viaje; y en Francia recibió, por doquier, las mayores demostraciones de veneración y respeto, reprobando los franceses la conducta del Gobierno Español con una señora indefensa, con una religiosa que a primera vista, revelaba la paz y la tranquilidad de su alma, la nobleza y virtud que abrigaba en su corazón; obligándola tan cruelmente a caminar de un punto a otro, a pesar de sus graves padecimientos, en un suelo extraño, expuesta a concluir con su vida, como efectivamente estuvo a punto de suceder, como todos sus acompañantes afirmaron después.

Llegaron a Bayona en muy mal estado de salud mi Madre venerada; y, como el pasaporte dado por el Ministerio del Estado Español estaba expedido solo para dicha ciudad de Bayona, tuvieron que permanecer allí algún tiempo, en el cual descansó la enferma. Tuvieron que habilitar allí el pasaporte, y solo a fuerza de reclamaciones del Gobierno Español hubo de refrendarlo el cónsul de Cerdeña, que se oponía a hacerlo.

El tiempo que mi amada Madre permaneció en Bayona, vivió como siempre en el mayor retiro, recibiendo solo la visita del Secretario del Ilmo. Sr. Obispo y la del Cónsul Español, que pasaron a visitarla y a ofrecerse a su Reverencia para cuanto necesitase. El 21 de Abril escribía mi venerada Madre, a la Rda. Madre María del Carmen y S. José, Vicaria de la Comunidad y Maestra que había sido de su Rcia. de novicia y de joven, diciéndole lo siguiente:

“Mi muy amadísima M. Vicaria y mi queridísima Maestra: Deseo a V. M. salud, paz y toda consolación, en el Espíritu Santo. Yo estoy un poco mejor, Sor Presentación ha estado dos días en cama, ya se ha levantado, y en fin, estamos tan particulares y sin fuerzas, que toda ponderación es poca. ¡Dios sea glorificado en todo! Ya contestó el Gobierno y arregló que el Embajador de Cerdeña visase los pasaportes; todavía no lo ha hecho, ni tampoco el de Toscana; pero, según dicen, lo visarán, y, en ese caso, saldremos para Burdeos. Ya avisaré, si así sucede; pues parece que Dios está en contradicción de lo que disponen los hombres; y cuando parece que ya está todo arreglado, se suscitan nuevas dificultades y de una gravedad, que justamente nos impiden la salida. Mi tormento aquí es que no haya convento donde poder estar; porque son beaterios, donde hay mayor comunicación con los seglares, por ser casas abiertas y de educación; así sucede en las Hermanas de la Caridad; y, además, el trabajo de no entender una palabra. Todos los días estoy dentro, a misa y comulgar, y nada podemos hacer más que mover la cabeza, de modo que es una pena; ayer estuvo a verme la Superiora, con otra monjita, y nada hablamos: es cosa muy triste”.

Lo que sigue de la carta se refiere a dar instrucciones sobre la conducta que las Religiosas todas deben observar, si al fin el Gobierno las hace salir de su Convento de Leganitos y las reúne a otra Comunidad, como así sucedió, según más adelante diré.

Arreglado lo de los pasaportes, salió mi venerada Madre para Bayona, continuando su viaje por Francia en dirección a Roma; pero, al llegar a Tolosa, se resintió de tal modo su salud, que los médicos opinaron muy mal, haciendo presente al Rdo. P. Faustino de Losa y Cruz y a D. Juan Antonio de Quiroga, que no era posible continuar su marcha, sin gran peligro de perder la vida en el camino, cosa que ellos no podían consentir.

Deseosa mi Madre amada de retirarse del bullicio de la población, hizo que buscaran una campaña donde estuviera aislada y en la mayor soledad; lográndolo al fin, siendo visitada, nada más que por los médicos, que asistían a su Rcia. y también a Sor Vicenta de la Presentación y a Dª María, que las tres cayeron enfermas de gravedad.

Desde Tolosa, escribe mi Madre amada a la Rda. M. Sor María Juana de la Santísima Trinidad, Maestra de novicias de la Comunidad, y, entre cosas que a las novicias y a la Maestra pertenecen, dice, refiriéndose a su salud, lo siguiente: «Yo, hija mía, estoy más aliviada estos días, sin que por esto deje el Señor de visitarnos con enfermedades agudas. ¡Sea Dios bendito! pues la hermana de Filomena creímos se moría, hace tres días, a causa de una inflamación al hígado. Hoy está mejor, según dice el facultativo». La anterior carta tiene la fecha 13 de Julio del ya referido año 1852.

En tan lamentable situación, tuvieron que disponerse a ejecutar el mandato de la autoridad, que comunicó a mi venerada Madre la orden de ser conducida por la policía hasta Niza, por reclamación del embajador español, que así lo disponía el Gobierno de España. D. Juan Antonio de Quiroga, al hablar de esto, dice en los apuntes que dejó escritos, que puede suponerse la pena y la angustia de todos los que a mi inocente Madre acompañaban, de aquella desolada familia en un país extraño, sin conocer a nadie, con tres señoras moribundas; sin el menor consuelo; pues al recibir mi amada Madre la orden de ser conducida por la policía francesa hasta Niza, para desde allí proseguir su viaje a Roma, no se ocuparon siquiera de averiguar el estado de salud en que las pobres desterradas se encontraban, sabiendo, como sabían, los sufrimientos de la inocente perseguida, aun antes de salir de España. Dispuso Dios al fin que las Autoridades francesas se mostraran deferentes con los desterrados, modificaron el modo de conducir a las enfermas, haciendo que marchase la inocente víctima acompañada de un individuo de policía que llevaba los pasaportes refrendados en Bayona. Con mil penas y disgustos continuaron su viaje, parando el coche, con bastante frecuencia, para dar lugar a que las enfermas respirasen y pudiesen continuar el camino en el triste estado en que se encontraban; pero al fin sucedió lo que no podía menos de suceder, que volvieron los vómitos de sangre: solo por milagro volvieron a Carcasona, donde tuvieron que detenerse, hospedándose en un hotel. Llamaron al facultativo, el cual, al ver a mi Madre venerada y a Sor Presentación quedó asombrado, diciendo que se encontraba con dos moribundas. En tan extrema gravedad, un desnaturalizado polizonte, después de haber dirigido a las enfermas palabras insultantes, las obligó a continuar su camino.

Indignado D. Juan Antonio de Quiroga, ante semejante atropello, dio cuenta al Prefecto y al Embajador, pero mi Madre amada, con su acostumbrada bondad y caridad, interpuso su ruego, para que no impusieran al polizonte el castigo que su despiadada conducta merecía y que querían imponerle los expresados Prefecto y Embajador. Con este motivo tan desagradable, el Embajador de España en París escribió a D. Juan Antonio de Quiroga la siguiente carta, remitida a Carcasona en 1852:

“Sr. D. Juan Antonio de Quiroga.— Muy Señor mío:— El desacato cometido por el comisario de policía de que usted me habla, es escandaloso, aunque no de extrañar en personas que creen servir a su Gobierno, exagerando sus instrucciones. Algo me tranquiliza la conducta llena de mesura y de prudencia de ese señor Prefecto. De todos modos, creo de mi deber autorizar a V., para mostrar esta carta a todas las autoridades que crea conveniente, por la que declaro que si bien el deseo del Gobierno Español, manifestado al Francés y por este a mi Autoridad, es que su Sra. hermana de V. sea conducida a la frontera, el ánimo de ambos Gobiernos, es que lo sea con todo el decoro, con todos los miramientos que exigen su altísimo estado y hasta su sexo. Y si no hago más en este asunto, es por no contradecir la caridad de su Sra. hermana de V. que es, como no podía menos de ser, la de una verdadera religiosa. Queda de V. seguro servidor q. b. s. m. — El Marqués de Valdegamas”.

Postradas en cama mi Madre venerada y Sor María de la Presentación, fue en aumento la gravedad, con unos vómitos de sangre tales, que todos los medios del arte para detenerlos fueron inútiles; tanto, que al tercer día el médico desesperó de su alivio. «¡Cuál sería el estado de las inocentes víctimas! (dice D. Juan Antonio de Quiroga), que los criados de hotel, y hasta el policía que las vigilaba, salieron llorando de la habitación, ocultándose el último y diciendo lamentaba la hora desgraciada en que le había tocado comisión tan odiosa». En fin, a qué punto llegaría el estado de las pacientes mártires, que los mismos diputados provinciales que se hallaban en el hotel, tomaron parte en su obsequio para que el Prefecto las tuviera todo género de consideraciones; como de hecho se las tuvo, deshaciéndose en pruebas de afecto y estimación al ver la paciencia y resignación de las inocentes víctimas, horrorizándose al mismo tiempo al considerar la conducta del Gobierno español. Y como este era tan público, nadie pudo extrañar los duros calificativos que los franceses que veían y presenciaban las cosas, dirigían al mencionado Gobierno español, diciendo unos que si los africanos y los indios hacían mártires, era en defensa de sus creencias religiosas y de sus supersticiones; y decían, otros que no era posible creer no viéndolo, que en naciones cultas sufrieran tan atroz persecución, ni el mayor criminal; otros, por fin, añadían que por mucho que hubieran dicho de la Inquisición, jamás en ese tribunal se impusieron tormentos por solo una arbitrariedad, como los que el Gobierno Español impusiera a estas inocentes víctimas.

Aliviadas por fin las enfermas, continuaron todos el viaje a Montpellier, donde apenas llegados, tuvieron que guardar cama la Sierva de Dios y Sor María Vicenta de la Presentación, efecto sin duda de las molestias del camino y a consecuencia de los disgustos y contrariedades padecidos desde que salieron de Madrid. El mismo D. Juan Antonio de Quiroga, enfermó también, viéndose sin medios bastantes para hacer frente a las múltiples necesidades que padecían, recurrió a la venta de unos cubiertos de plata y varias alhajas suyas que llevaba en prevención su esposa, con lo cual salieron por entonces del apuro en que se encontraban.

Véase cómo la Sierva de Dios era alentada a sufrir por el médico de cabecera en aquel entonces. Dícele en dos ocasiones escribiéndole un billetito:

«Deseo, digna y respetable Señora, que la salud de V. sea buena. Dios vela sobre Vd., y la protegerá tanto como V. le ama. Valor, señora, valor, hay un tiempo para todo, Dios es tan grande, como poderoso, y no os olvidará. Deseo un pronto y perfecto restablecimiento a la buena señora Vicenta López; esa salud tan querida a vuestra familia y a los amigos que acompañan a Vd., es casi tan querida al que se ve obligado a veros sufrir desde la salida de Tolosa, sin poder socorreros: paciencia, pues; la Providencia, el gran Dios todo poderoso, vela sobre ustedes».

En Montpellier se agravó de tal modo la enfermedad de Sor María Vicenta de la Presentación, que falleció al fin, en el mismo hotel donde les habían hospedado, llamado Hotel du Midi, en el Boulevard de la Comédie, cuarto nº 30, el 25 de octubre del ya citado año de 1852, a las dos de la tarde, y a los treinta y nueve años de edad, habiendo recibido con la mayor devoción el SSmo. Viático y Extremaunción y demás auxilios espirituales de la Santa Iglesia. Su muerte fue edificante, tranquila y hermosa, como la del justo. Fue enterrada en el cementerio de San Lorenzo, con los sufragios y honores acostumbrados en Francia, para las personas de la calidad y profesión de la virtuosa finada, de la ejemplar religiosa que ofreció a Dios el sacrificio de sus sufrimientos y de su vida, para que tuvieran pronto término las penas y trabajos de su amantísima Madre y Prelada, y diera pronto su vuelta a España, al seno de su afligida y muy amada Comunidad.

Cuando esta buenísima Religiosa, se ofreció a acompañar a mi Madre Patrocinio en su destierro a Francia, su Reverencia entendió de Dios que, no teniendo fuerzas para resistir las penas y las molestias que tendría que sufrir, moriría en el camino; y, llena de compasión, de agradecimiento y de cariño, así se lo manifestó, anunciándola, claramente, su muerte; mas, la amante súbdita prefirió sufrir y morir, a dejar salir sola a su amantísima Maestra, Prelada y Madre.

Con motivo de la desgracia ocurrida, del fallecimiento de la ejemplar religiosa Sor Mª Vicenta de la Presentación, el Rdo. P. Fr. Faustino de Losa y Cruz dirigió una carta a S. M. el Rey D. Francisco de Asís Mª de Borbón, que es una bellísima necrología, en la cual se encomian y recomiendan con verdadero entusiasmo y fervor las virtudes y santidad de tan esclarecida Religiosa.

CAPÍTULO XX

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Enferma gravemente y muere en Montpellier Dª María, hermana de la esposa de D. Juan Antonio de Quiroga. — Visita a mi venerada Madre el Ilmo. Sr. Obispo, la toma bajo su protección y, en unión de los médicos, se opone a que continúe el viaje. — Respuestas del Embajador de España en París, Sr. Marqués de Valdegamas, a D. Juan Antonio de Quiroga. — Ingresa la Sierva de Dios en un Monasterio de Religiosas Agustinas de Montpellier. — Relación del P. Faustino a D. Anselmo Plaza, sobre el viaje a Francia y trabajos del destierro.

 

A consecuencia de tantos sufrimientos y malos ratos como en el camino padecieron los desterrados, enfermó también y falleció en la expresada ciudad de Montpellier la amable señora Dª María, hermana de la esposa de D. Juan Antonio de Quiroga, que solo por cariño a la Sierva de Dios había querido tomar parte en tan penoso viaje, acompañándola en sus amarguras y penas. Dios nuestro Señor, rico en misericordias, tendría en cuenta el mérito de su heroico sacrificio y la habrá premiado ya condignamente.

En vista de estas desgracias ocurridas y de la gravedad en que se encontraba mi amada Madre Patrocinio, el médico que visitaba a su Reverencia, compadecido por una parte y justamente indignado por otra, pasó una comunicación al Gobierno español diciendo: «Que él no podía consentir asesinatos premeditados». Cuando el Sr. Obispo de la Diócesis visitó a mi venerada Madre y se cercioró de las circunstancias difíciles y horrorosas que venía atravesando, la consoló mucho y se ofreció generosamente y con verdadero amor de Padre, a ser su Protector y Defensor en todo, y al instante, bajo su responsabilidad, mandó retirar los agentes de policía que por orden del Gobierno español seguían a su Reverencia, como queda dicho, sin perderla de vista, ni de día ni noche. Le prometió además el dignísimo Prelado, que no saldría de Montpellier aunque el Gobierno de España dispusiera lo contrario, ínterin no estuviera buena o por lo menos muy mejorada del grave padecimiento que sufría. A más llegó su caridad: viéndola tan enferma y siempre retirada en su habitación, ordenó su Ilma., de acuerdo con el médico, que la sacaran todas las mañanas un rato al campo; para lo cual dispuso el bondadoso Prelado que, todos los días, fuera su mismo coche a buscarla a la hora convenida. Verdaderamente, no pudo llegar a más la paternal bondad de tan venerable Prelado en obsequio de la virtud y santidad que reconocía y admiraba en la inocente víctima.

Viendo la Sierva de Dios que su permanencia en Montpellier se prolongaba, suplicó al Ilmo. Sr. Obispo que le concediera entrar en algún convento de la Ciudad, en tanto que disponían a su Reverencia otra cosa. El bondadoso Prelado accedió gustosísimo, y le dio su bendición y licencia para ingresar en la Comunidad de religiosas Agustinas, llamadas del Refugio, donde fue recibida con el mayor cariño, tratándola no como a extranjera, sino como a hermana queridísima y procurando en todo su alivio y consuelo. Este ingreso en las Agustinas no podía verificarse sin el permiso del Gobierno Español, y para obtenerlo escribió D. Juan Antonio de Quiroga al Sr. Embajador, Marqués de Valdegamas, obteniendo del mismo la respuesta siguiente:

“Sr. D. Juan Antonio de Quiroga.— Muy Sr. mío.- En vista de la de Vd., suspendo toda determinación y consulto al Gobierno de S. M. lo que ha de hacerse en virtud de los deseos manifestados por su señora hermana. Queda de Vd. su s. s. q. s. m. b. — El Marqués de Valdegamas”.

Se expresa así este noble caballero, porque juzgaba que, en vista de las comunicaciones dirigidas al Gobierno de España por el Prelado de Montpellier y por los médicos, sobre el mal estado de salud de mi Madre venerada, dispondrían su traslación a clima más benigno, o su vuelta a España.

No sucedió así; y con fecha 31 del mismo mes y año vuelve a escribirle diciendo:

“Me parece muy bien que su señora hermana de Vd. entre desde luego en un Convento; con eso sale de las garras de la policía y desde allí puede pedir a S. M., o a su Prelado, todo lo que crea conveniente. Yo autorizo con esta fecha al Sr. Villalonga, para que de a Vd. y demás personas que han acompañado a su señora hermana pasaporte para donde quieran; también dirijo a este Sr. Ministro de Policía la comunicación conveniente. Queda de Vd. s. s. q. s. m. b. — El Marqués de Valdegamas”.

En tanto que el Embajador de España en París, conocedor de los atropellos cometidos por el Gobierno contra la inocente ejemplar Religiosa, se oponía, como los médicos y el Prelado de Montpellier, a que continuase su viaje a Roma, aconsejándole que esperase en Montpellier (a pesar de tener ya todo el equipaje en Marsella) hasta su completa curación y ver si lograba trasladarla a España, o a clima más favorable a su salud; en este intermedio, repito, fue nombrado embajador el Sr. Viluma, que no menos caballero, ni menos compasivo que su antecesor, enterado como aquel de las desgracias ocurridas, no consintió que hubiera una tercera víctima, y dio las disposiciones que se dirán en el capítulo siguiente.

Es interesantísima la relación que de los trabajos y penas referidas hace el P. Faustino de Losa y Cruz a don Anselmo Plaza, escribiéndole desde el destierro, con fecha 16 de septiembre de 1852. Dice así:

Desde la salida de la Corte, ansiaba escribir a usted, para darle cuenta de todos nuestros disgustos y trabajos, y, posteriormente, de los trabajos y padecimientos de nuestra buena Madre Patrocinio y de su compañera Sor Presentación; para que, con su acostumbrada bondad, me hiciera Vd. el obsequio de hacérselos también presentes a mi amadísimo, venerado, y jamás olvidado D. Antonio, a quien apreciamos de todo nuestro corazón (este D. Antonio era el Rdo. P. Provincial Fr. Antonio Espinosa); mas, Dios nuestro Señor ha permitido no se realicen mis deseos a causa de mis males y poca tranquilidad para ello; pues, en el discurso de seis meses, he visto casi agonizar a la Madre, con ocho acometimientos de vómitos de sangre, que, en distintas ocasiones, la ha invadido, teniéndola postrada en cama, entre unas y otras veces, más de cuatro meses, sin haber logrado hasta el presente, reponerse, a pesar de los esfuerzos de todos los buenos médicos que la han asistido; por lo que ha sido absolutamente imposible continuar nuestras caminatas, y las jornadas que se han hecho han sido a instancias de la misma Madre, para manifestar a todos su ninguna oposición para llegar al término que la habían señalado; en todas ha expuesto su vida, según el dictamen de los facultativos, que, últimamente, han manifestado de un modo terminante que esta Señora no puede en modo alguno viajar. A esta desgracia de los graves males de nuestra Madre, se nos agregan que Sor Presentación se halla gravísimamente enferma, con una tisis pulmonar aguda, con vómitos de sangre, desde el 31 de julio último, y, en la actualidad, en los últimos momentos de su vida; porque, desde el día de la gloriosa Natividad de la Santísima Virgen, vive milagrosamente, a juicio de todos, incluso de los médicos. Pero tenemos el gran consuelo que, en esta villa, las Autoridades nos guardan todas las consideraciones que se merece el estado de nuestras inocentes enfermas, y en el hotel donde habitamos el amo nos ama mucho, y, sin conocerle, ni recomendación alguna, se porta como el mejor amigo. Los hermanos de la Madre y yo estamos traspasados de dolor y, al mismo tiempo, sumamente edificados de los grandes trabajos y sufrimientos de estas Esposas de Jesucristo, tolerados con la más heroica resignación y virtuosa paciencia; teniendo al mismo tiempo el consuelo de que los Señores no nos olvidan, y si bien no les fue posible cortar la intriga que se levantó contra nosotros, nos han dado y dan muchas muestras de amor y de afecto respetuoso, y estos días nos han asegurado que regresaremos muy pronto; todo lo que pondrá Vd. en conocimiento de nuestro D. Antonio, diciéndole al mismo tiempo, que la Madre, a la reunión de sus Monjas en las Descalzas, las animó y consoló, manifestándolas, en sus cartas, la conducta que habían de seguir y aconsejándolas, como buena Madre, todo lo concerniente a su triste situación.

La Madre me encarga diga a Vd. que se anime mucho y confíe en Dios Ntro. Señor y en la Santísima Virgen, que todos estos trabajitos de esta miserable vida se nos han de convertir en bienes eternos, que diga Vd. a sus Monjitas Dominicas, Carmelitas y demás, que no nos olviden en sus fervorosas oraciones y que pidan al Señor dé salud, si conviene, a Sor Presentación; para que tan siquiera tenga el consuelo de morir entre sus hermanas; ya sabe Vd. no olvida a Vd. nuestra Madre y le tiene muy presente en sus fervientes súplicas al Señor. Reciba Vd. sus respetuosos afectos, etc.

Tanto por la carta anterior como por lo que se indicó arriba, la Comunidad de mi Rda. Madre había sido ya reunida a la de Descalzas Reales de Madrid, apenas salió su Rcia. para el destierro de Francia, cuando el Gobierno, no satisfecho aún con las amarguras ocasionadas a tan amada Madre mía, siguió causándoselas a las Religiosas del Convento de Leganitos, expulsándolas de él.

El edificio había sido comprado, restaurado y dado por S. M. el Rey a mi venerada Madre y su Comunidad, en cumplimiento de un voto hecho por S. M. ante la Sagrada Imagen de Nuestra Señora del Olvido, según queda ya explicado en su lugar correspondiente. Pero fue tal la tenacidad de los perseguidores en salirse con su perverso intento, que, afligido el Rey y aburrido con todo lo que sucedía, contra su voluntad, cedió al Estado el mencionado Convento de la calle de Leganitos, asegurando S. M. que la cesión fue política y obligada y que, si la boca la hizo, jamás la hizo el corazón; pues el edificio ya no era suyo sino de la Comunidad, a quien le había dado, para el culto de la Santísima Virgen, en su Sagrada Milagrosa Imagen del Olvido, Triunfo y Misericordias.

Cuando el Gobierno se creyó dueño del expresado Convento de Leganitos, envió una Real orden al Eminentísimo Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, con fecha 7 de julio de 1852, para que, saliendo la Comunidad de Sor Patrocinio de su Real Convento, fuera reunida la del Monasterio de Religiosas Descalzas Reales, cuya traslación se verificó efectivamente el día 20 del mismo mes. Antes de salir las Religiosas de su amado Convento, ya el Estado había adquirido compromiso de cederlo a los PP. Paules; tanto fue así que uno de los días en que las monjas rezaban en el coro el oficio divino, entraron en la Iglesia dos PP. Paules, y al oírlas rezar exclamaron en alta voz: «Pero ¿todavía están aquí estas monjas?». Júzguese cuál sería el asombro y la aflicción de las pobres Religiosas, que aún no sabían nada de lo que con ellas se intentaba hacer.

Pasado algún tiempo, hallándose aún las religiosas de mi venerada Madre en el Convento de Descalzas Reales, volvieron Sus Majestades a reclamar su Convento de Leganitos, mas como ya estaba cedido a los PP. Paules, no se lo devolvieron y sucedió lo que se dirá más adelante. La Comunidad permaneció en la reunión dos años, como también se dirá después.

CAPÍTULO XXI

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Nuevas compañeras en el destierro de mi venerada Madre. — Es trasladada de Montpellier a Pau. — Carta del embajador Sr. Marqués de Viluma a D. Juan Antonio de Quiroga. — Ingresa mi reverenda Madre en el Convento de Religiosas Ursulinas Claustrales de la Ciudad de Pau. — Relación confidencial a D. Isidro de Losa y Cruz: El Excmo. Sr. Marqués de Viluma y el Cónsul de Bayona comunican, de Real Orden, el regreso de la Sierva de Dios a España. — La vuelta a España. — Llega a Toledo e ingresa en el Convento de Concepcionistas Descalzas llamadas de Sta. Ana. — Su vida en este Convento. — Carta de mi Rda. Madre a D.ª Isabel II. — Vuelve a Madrid de Real Orden, y se reúne a sus monjas en el Convento de Monserrat.

 

Puesto en conocimiento de los Prelados Eclesiásticos cuanto ocurría con mi venerada Madre que, por el fallecimiento de Sor María Vicenta de la Presentación y de doña María había quedado sola, determinó el Emmo. Sr. Cardenal Bonel y Orbe que salieran dos religiosas de la Comunidad de la Sierva de Dios, del Convento de Descalzas Reales, donde se hallaba a la sazón, como se ha dicho, para acompañarla en su destierro de Francia.

Conforme a esta determinación del Prelado, salieron del Convento de las Descalzas Reales, el día 14 de julio de 1853, Sor María Brígida de N. Señora del Olvido, religiosa profesa, y Sor María Antonia del Sagrado Corazón de María, novicia, las cuales se ofrecieron, espontáneamente, por el deseo que tenían de tomar parte en las penas y trabajos de su amada Prelada. Al llegar a Bayona fueron detenidas por algunos días, ignorando ellas la causa de tal detención; pero debió obedecer a que el Embajador de España en París gestionaba ya con el Gobierno Español la traslación de la bendita mártir al mediodía de Francia, y su vuelta a España. Es indecible lo que las Religiosas detenidas sufrieron en aquellos días, y lo mismo mi amada Madre Patrocinio, pensando en sus queridas hijas. Por último, prosiguieron su viaje, llegando a Montpellier el día 15 de agosto, festividad de nuestra dulcísima Madre del Olvido, para partir a los pocos días para Pau, acompañando a su idolatrada Madre. Cuando años después referían este caso las mencionadas religiosas, nos decían que fue muy triste la impresión que recibieron al ver el estado en que se encontraba la Sierva de Dios; estaba toda desfigurada y tan enferma que partía el corazón.

Logrado, por último, del Gobierno de SS. MM. el traslado de mi Madre Patrocinio a clima más benigno, el Ilustrísimo Sr. Obispo de Montpellier quiso visitar a su Reverencia antes de su partida para Pau, y no habiendo podido verificarlo, por un viaje urgente que tuvo que hacer, le escribió la siguiente cariñosísima carta, de su puño y letra:

“Montpellier, 5 de junio de 1853. — Señora y venerada Madre.- Aunque no haya rogado al Sr. Cos que os manifieste mi profunda gratitud por la graciosa labor que ayer acompañaba a la Virgen de los Siete Dolores que yo tengo de vuestras queridas hijas y que guardaré como un recuerdo precioso, no quiero partir para un viaje lejano sin daros las gracias yo mismo, por vuestras tan finas atenciones y sin pediros el auxilio de vuestras oraciones ante el Señor y su Divina Madre. Yo hubiera querido poder ir a veros hoy, Madre venerada, pero, en vísperas de partir, no he podido procurarme el tiempo para verificarlo, y lo siento en gran manera.

Dignaos pues, Señora y muy estimada Madre, aceptar mi agradecimiento y creerme con los sentimientos del más verdadero y del más afectuoso respeto, todo vuestro para siempre en los SS. Corazones de Jesús y María. — Carlos, Obispo de Montpellier”.

Desgraciadamente, en la época de la guerra franco-prusiana del año 1870, se perdieron entre otros documentos una preciosa carta de Su Santidad el Papa Pío IX, llena de consuelos y bendiciones para la Sierva de Dios; otra del Ilmo. Sr. Obispo de Pamplona y un cuaderno o diario de todo el viaje y de lo sucedido durante este destierro en Francia. También se perdió entonces una Bula o privilegio especialísimo concedido a mi venerada Madre por el Papa Gregorio XVI, en el cual se autorizaba al sacerdote que acompañase a la Sierva de Dios en sus destierros, para que en cualquier punto en que hubiera ocasión, aunque fuese en el campo, si otro medio no había, pudiera celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, y recibir en ella su Reverencia la Sagrada Comunión. D. Isidro de Losa y Cruz conservaba, como precioso recuerdo, dos bolsitas de raso bordadas en seda, donde su hermano, el virtuoso Rdo. P. Fray Faustino de Losa y Cruz, llevaba siempre, a prevención, en los destierros de mi venerada Madre, una cajita con las Formas necesarias para celebrar, cuando fuese necesario, la Santa Misa y administrar la Sagrada Comunión a su Reverencia y a las Religiosas que la acompañaban. Al fallecimiento de D. Isidro, entre otras muchas cosas que fueron entregadas a su hija, nuestra muy Rda. Madre Abadesa Sor María Antonia del Sagrado Corazón de María, se halló también este precioso recuerdo de las dos mencionadas bolsitas, las cuales se conservan en este archivo de nuestro convento de Guadalajara.

Despedida mi venerada Madre Patrocinio por la Comunidad de Religiosas Agustinas donde había estado hospedada con las mayores muestras de respetuoso cariño y sentimiento, salió por fin de Montpellier con sus dos religiosas Sor Olvido y Sor Corazón de María, para Pau, donde a poco de llegar, encontró notable alivio en su quebrantadísima salud.

Allí recibió su Rcia. nuevas pruebas de lo mucho que el Embajador Sr. Marqués de Viluma, los cónsules y los Prefectos se interesaban con el Gobierno Español para vencer su resistencia tan tenaz como injusta, de que volviese a España la inocente víctima, que solo deseaba estar al lado de sus amadas hijas las Religiosas, en cualquier punto que le señalaran de la Península, según manifestaba la Sierva de Dios a cuantos de este asunto le hablaban, por hallarse en todo sometida a la voluntad divina y determinaciones de los Prelados. Véase lo que sobre esto escribe la inocente desterrada a D. Isidro de Losa y Cruz, en carta dirigida desde Montpellier con fecha 28 de mayo de 1853:

«Aseguro a V. que quisiera verme con mis Religiosas fuera de Madrid por lo lejos, quisiera entre Valencia o Murcia por ser país cálido, pero de esto, sea lo que Dios quiera. Muy engañados viven los que creen que yo ni cuantos me rodean, queremos Madrid, ni menos Palacio; lejos y un pasar decente, como nos corresponde, fuera de bullas y de compromisos. Hoy no tengo la cabeza para más»….

En otra misiva de 1º de junio del mismo año le dice:  – «Nada extraño de todo cuanto dicen, ¡vayan con Dios! El Señor Todopoderoso los perdone como yo lo hago y les dé luz; pidamos por ellos (se refiere a sus perseguidores) y también para que dé acierto al Gobierno de S. M. para conocer la verdad. No extraño que estén dudosos; pues Dios solo sabe lo que les habrán metido en la cabeza. Estoy segura de que si estuvieran en pormenores, si supieran la verdad, si conocieran que es una verdadera calumnia, por envidias y tonterías que no deben nombrarse, por empeños que se ha querido que yo haga a los Señores y no tuve por conveniente hacerlos, Vd. no dude que el Gobierno pasado, el presente y todos, me harían justicia y repararían todos los males que se me han causado, y si no de todos, al menos los posibles. Así lo creo porque los creo de buena fe, y que es preciso decirlo: ¿qué interés tienen esos Señores si no me conocen de que yo esté en Francia, en España o en Italia? Yo creo que ninguno, si no les hubieran hecho creer lo que no hay, personas que apeteciendo dignidades que quizás no les convengan delante de Dios, no hubieran suscitado estos males, por los que estoy atravesando, con infinidad de disgustos, de pérdida de mi honor y de la Religión misma; Dios sabe la verdad con que hablo, y llegará día en que en su justísimo Tribunal se verá todo, se conozca, y entonces veremos lo que no podíamos creer ni imaginar.

Y así concluía todo, colocándonos en un Convento alejado de la Corte y dejándonos quietas y tranquilas observar nuestros votos. Esto no lo desconocerán esos señores —se refiere al Gobierno—, como tampoco dejarán de conocer, que así se quitaban quejas para siempre; que se concluía esta cuestión de una vez, que Sor Patrocinio les daría miles de gracias y su Comunidad con ello mil y mil bendiciones, porque las reunía. Esto que digo es la verdad sin rebozo; y es tanto más, cuanto que toda persona sensata y yo misma he conocido que todo este laberinto se ha levantado nada más que por eso, porque vieron hacer el nuevo Convento, creyendo que yo y mis Religiosas todo se lo sacábamos a los Reyes; no ha sido así, y si se enterasen de las interioridades y todo se descubriese, se vería la verdad; pues, si bien nos han favorecido con su acostumbrada bondad, no como se dice, ni en las cantidades que se dice, ni del modo que se dice, y los mismos Señores son testigos de mi desprendimiento y del de mis Religiosas. Repito que la cuestión del negocio es esa y no otra, y quizás el Gobierno de S. M. no lo conozca, y por eso obra así. ¡Ojalá hubiera una persona que, avistándose con esos Señores, se lo hiciese entender, y también les hiciera conocer el estado fatalísimo de mi salud que reclama por justo remedio, y que solo deseo vivir en paz entre mis amadas Religiosas!. Mi estancia en Montpellier me es sumamente perjudicial y al menos por de pronto ya podían dejarme en libertad, para marchar hacia Bayona, que no es tan húmedo, y vivir en un Convento que hay a una legua y media de la población, donde el director habla español y siquiera oiría la palabra de Dios; pues aquí ni ese consuelo tengo. El Señor bendiga a Vd. como lo desea siempre su afectísima en Jesús, María y José, que le desea toda felicidad en Dios y para Dios. — Sor María del Patrocinio».

El Convento que mi venerada Madre se refiere en esta carta era el de las Bernardinas de Anglet, cuyo director era el fundador de las mismas, venerable Abate Cestac, que murió, según todos, en olor de Santidad.

Habiendo llegado a Pau, recibió D. Juan Antonio Quiroga la siguiente carta del Sr. Embajador, Marqués de Viluna:

«Sr. D. Juan Antonio Quiroga:

Muy señor mío: he recibido la de Vd. del 6 del corriente, y celebro lo que me dice en ella, de haber llegado Sor Patrocinio, aunque fatigada, con algún alivio, respecto de como se hallaba en Montpellier. El Gobierno ha reprobado el permiso que di para su traslación, lo que me ha sido sensible; ruego a Vd. pues, que, ínterin otra cosa se dispusiere, contribuya a que la señora Religiosa se coloque en un Convento de esa Ciudad, como se hallaba en Montpellier. Al Sr. Obispo de Bayona escribí sobre lo mismo, de acuerdo con el Sr. Ministro de Cultos de este Imperio. Recibí la apreciable carta que me escribió la señora Religiosa y la contesté a Montpellier, supongo habrá recibido ya mi respuesta. Manténgase Vd. bueno y ofrezca mis respetos a Sor Patrocinio. Queda su atento servidor q. b. s. m. — El Marqués de Viluma».

Vista la nueva oposición que se presentaba, ingresó inmediatamente la Sierva de Dios, con sus dos Religiosas, en el Convento de Ursulinas claustradas de la ciudad de Pau, y esperó allí lo que Dios tuviera a bien permitir que dispusiera de su Rcia. el Gobierno de España. Las religiosas francesas la recibieron como un don especial de cielo y no cesaron de darle repetidas pruebas de atención y de cariño lo mismo que a las otras dos compañeras mientras estuvieron en su compañía. Contaban estas, entre otras muchas cosas, que era tal el entusiasmo y cariño de una de las Madres Ursulinas, que, todas las mañanas temprano, colocaba un ramo de flores a la puerta de la celda de mi venerada Madre, para que al salir lo cogiera su Rcia. y, en nombre de la Comunidad, le ofreciera a la Santísima Virgen en su Sagrada Imagen del Olvido.

Corta fue la estancia de mi Madre amada en Pau, pues a muy poco de ingresar en el Convento, recibió carta del Embajador Sr. Marqués de Viluma, en la que comunicaba la grata noticia que a continuación copio:

«París, 19 de octubre de 1853. — Muy Reverenda y estimada Sor María de los Dolores y Patrocinio: Mis muchas ocupaciones me han impedido escribir a Vd. en contestación a la suya del 27 del pasado. Aunque no he recibido aún de oficio una Real orden que espero, tengo noticias de la próxima vuelta de Vd. a España, y le doy por ello la enhorabuena. Ya ve Vd. cómo Dios dispone de las cosas y no se olvida de los suyos, aunque los pone a prueba. Celebraré que Vd. se vaya aliviando y cobrando fuerzas para continuar esta peregrinación de la vida. La suplico que no me olvide en sus oraciones, y con afectuosos recuerdos a su Señor hermano, quedo siempre su muy atento s. q. s. p. b. — El Marqués de Viluma.

«Muy Reverenda Sor María de los Dolores y Patrocinio, Superiora, etc.»

También el Cónsul de Bayona D. Fabricio Potestad, con fecha 20 del mismo mes de octubre de 1853, comunicó la misma feliz noticia a D. Juan Antonio de Quiroga y añade que «puede disponer su viaje a Toledo cuando tengan por conveniente».

Por fin, a pesar de todas las contradicciones de sus enemigos y convencidos estos por último de la inocencia de la que habían elegido por víctima, regresó mi amada Madre a España por Real orden, habiendo dejado a su paso por todas partes testigos fieles de sus grandes sufrimientos, de su inalterable paciencia y santa resignación, y de su firme y nunca desmentida confianza en Dios, que era quien daba valor a su alma hermosa, para sobrellevar las amarguras de la vida, permaneciendo siempre serena y tranquila, a través de tantas calumnias y de tan incesantes persecuciones.

Llegó su Reverencia a Toledo en noviembre con gran satisfacción y consuelo del Excmo. Sr. Cardenal y demás Prelados y Superiores, que dispusieron su ingreso en el Convento de Concepcionistas Descalzas Franciscas, llamadas de Santa Ana, siendo recibida por las Religiosas con tanta veneración y cariño que, desde luego, la consideraron como Madre amada y como a tal la han querido y reconocido siempre. Entre otras muchas cosas del tiempo que estuvo en su compañía, decían las Religiosas, que, por las oraciones de su Reverencia, hizo Dios nuestro Señor un insigne favor a una religiosa, llamada Sor Manuela de la Presentación, a la cual le dio un accidente mortal en el refectorio una noche; y, no habiendo vuelto en sí al día siguiente, afligidas las Religiosas por la pena de verla morir sin los Santos Sacramentos, acudieron a la Sierva de Dios y la encomendaron a sus oraciones; y ¡oh, maravillas de Dios!, entró la Santa bendita en la celda de la moribunda, la pulsó y tocó la cabeza y dirigiéndose a las Religiosas, les dijo que la enferma moriría, pero que se consolaran, que volvería en sí para recibir todos los Santos Sacramentos. Efectivamente, al poco rato recobró los sentidos y tuvo tiempo de confesarse, recibir el Santísimo Viático, Santa Unción y demás auxilios espirituales, con todo su conocimiento, pausadamente, y llena de santa paz, y terminado todo, expiró, quedando las Religiosas, en medio de su pena, llenas de consuelo, al reconocer el gran favor que Dios nuestro Señor había concedido a su amada hermana, por las oraciones de mi Madre venerada. Sucedió también en este Convento un caso que, con mucha gracia referían las Religiosas, particularmente la que lo presenció, Reverenda Madre Juana de la Natividad; la cual decía que, estando un día con mi venerada Madre en el locutorio con un religioso de nuestra orden, este la preguntó si era verdad lo que estaba diciendo, que no lo creía. Mi Madre Patrocinio, con una gracia especial le contestó: «Tan verdad es, como que en este momento le esté saliendo a Vd. Reverencia un lunar en la cara», y en el momento le salió. Otras muchas cosas recordaban las Madres antiguas de aquella venerable Comunidad y las referían, admirando, sobre todo, las virtudes que en grado heroico reconocían en aquella santa Religiosa, que siempre escogía para sí lo más humilde y pobre y que jamás abrió su boca para quejarse ni de nada ni de nadie, viéndola siempre en la más santa paz, compadecida y rogando por los que la perseguían y calumniaban.  El Reverendo Padre Fr. Sebastián Alonso, Penitenciario que fue de la Santa Iglesia Catedral, decía que conoció a mi Madre venerada y que solamente al verla sentía en su interior veneración, y que se conocía sin duda tener aquella venerable Madre algo de sobrenatural y extraordinario. Lo mismo decía el muy Ilustre Señor D. Carlos Mon y Baltanás, Doctoral de la Santa Iglesia Primada, y visitador después de las Religiosas del Arzobispado, asegurando que no podía negar que mi Madre venerada tenía algo de extraordinario; que Dios había hecho en ella algo de sobrenatural. En el mismo sentido se expresó siempre el muy Ilustre Sr. D. Antonio Aceves y Acevedo, y otros muchos respetables y dignísimos Señores que siempre conservaron hacia su Reverencia y su Comunidad un aprecio especial.

Estando la Sierva de Dios en Toledo, escribió a la Reina Dª Isabel II la siguiente carta:

“AVE MARÍA PURÍSIMA

Señora:

Ante todas las cosas saludo a V. M. con el mayor afecto de mi corazón, deseando a V. M. la más perfecta salud, con la paz, gracia y bendición del Espíritu Santo y que estos beneficios sean también extensivos a S. M. el Rey y a su Augusta y graciosa Princesita, y que el Señor Dios Todopoderoso conceda a V. M. tantas y tan grandes felicidades como mi corazón desea y pide sin cesar al Señor y a la Virgen Santísima.

Tiempo hace que deseaba tomar la pluma para dirigirme a V. M.; pero por no molestar a V. M. me he detenido, persuadida de que mi Reina y Señora no dudará nunca del afecto, cariño y sumo interés que tiene a su Reina esta pobre monja, agradecida siempre y mucho, a los favores, consuelos y beneficios que V. M., como tan caritativa, me ha dispensado siempre, y mi memoria se ocupa con frecuencia de su augusta bienhechora, para bendecirla y darla gracias, por su interés y constante afán por mi bien y el de mi pobre Comunidad, que no tiene otro punto de asilo y de consuelo sino el corazón magnánimo, caritativo y bueno de su bienhechora. Mucho pregunté al Sr. Cardenal por V. M., por la Princesita y toda la Real Familia. El mismo Señor me manifestó el gran deseo de V. M. de verme en casa propia y al lado de mis hijas espirituales. Dios se lo pague todo a V. M. en tiempo y en la eternidad; así lo espero de la Divina Misericordia. Por mi parte puedo asegurar a V. M. y también por parte de la Comunidad, que estamos siempre dispuestas a obedecer a V. M. y que nos sujetamos, gustosísimas, a las disposiciones que nuestra Reina dé, con respecto al Convento, siéndonos indiferente sea esta, o aquella casa; pues lo único que deseamos es un local, donde la Comunidad pueda cumplir con sus votos, Santa Regla y Constituciones, y pagar también a Vuestra Majestad, con nuestras pobres súplicas, tanto y tanto como la debemos, implorando de la Divina Piedad misericordia y millones de felicidades para V. M.. Yo estoy segura que, puesto todo en manos de V. M., V. M. hará que todo se haga bien, y que, con su perspicacia y talento, lo arreglará mejor que si fuera yo misma; por consiguiente, confío y confiamos todas en el buen corazón de nuestra amadísima Reina y bienhechora, y espero que Dios y la Virgen Santísima den a V. M. en premio de los consuelos que nos proporciona, mil felicidades y que la librará de todo mal. Reciba V. M., Señora, las más sinceras gracias de esta miserable monja con su corazón agradecido.

Reciba V. M. el cariño, respetos y oraciones de todas mis Religiosas, y ellas y yo, puestas a los reales pies de su Reina y Señora, la bendicen agradecidas.

“Con afecto cariñoso, besa su Real mano Sor María de los Dolores y Patrocinio”.

Levantado ya el destierro a mi venerada Madre y deseando SS. MM. que volviera a su Convento con su amada Comunidad, reclamaron el de Leganitos, que tan injustamente les había quitado el Gobierno, pero fue en vano, porque este no quiso saliesen de el los RR. PP. Paules. En vista de esto, los mismos Augustos Señores pidieron como justa indemnización, otro edificio o Convento a cambio del que les habían quitado, y esta fue la causa de dar el Gobierno a S. M. el Rey D. Francisco, el Convento de Monserrat para mi venerada  adre y Comunidad.

En este Convento de Monserrat (al que llamaban la Galera por estar en él las presas) y una vez trasladadas estas a otro edificio de la Corte, mandaron SS. MM. hacer las obras necesarias de limpieza y de reparación; y por Real orden del día 30 de junio de 1854, pasó la Comunidad de mi amada Madre del Convento de Religiosas Descalzas Reales, donde estuvieron dos años reunidas, al de Monserrat. Véase lo que acerca de esta traslación dice en sus apuntes la Rda. Madre Isabel: «Allí permaneció mi venerada Madre en el Convento de Concepcionistas Descalzas de Toledo, hasta que en junio de 1854, fuimos trasladadas al Convento de Monserrat y el 2 de Julio, tuvimos la incomparable alegría de ver a nuestra amantísima Madre otra vez entre nosotras. No quiero dejar de decir lo que ocurrió al salir de Toledo, para que se vea que la virtud siempre ejerce su dominio, por más despreciada que sea. Fue el caso, que recibió su Rcia. la orden de regresar a Madrid en los días que por los trastornos políticos, estaba la Corte y toda España en estado de sitio y por consiguiente, era muy difícil traslación alguna; sin embargo, la de la Comunidad se verificó (sin duda por orden de su Rcia.) en un día en que estaba la tropa sobre las armas, en términos, que en el largo trayecto que atravesamos desde el Real Monasterio de las Descalzas Reales hasta Monserrat, no encontramos más que la tropa que en patrullas recorría las calles. Mas, las hijas de aquella gran Madre no teníamos miedo a nada, si su Rcia. no lo tenía; y así, sin miedo alguno y con la esperanza de ver allí a nuestro amado tesoro, llegamos al nuevo Convento, y aunque nos dieron esperanzas ciertas de que la veríamos muy pronto entre nosotras, mas como seguía la revolución y el tiroteo, no sabíamos cuándo tendríamos esta dicha. No tardó mucho, porque cuando su Rcia. supo que ya estábamos en nuestra casa, la que solo temía ofender a Dios, y ninguna otra cosa fue capaz de intimidar a aquella grande alma, determinó marchar a Madrid con sus amadas hijas. Bien se conoció ser inspiración del cielo; pues si en aquellos días no se hubiera hecho, trabajo hubiera costado después. Fiando en Dios, salió del Convento de Santa Ana (no sin pena de aquella Comunidad que la amaba tan tiernamente), ignorando que las puertas de la Ciudad estaban cerradas, y así al llegar a ellas, se halló con este obstáculo; pero no desmayó, sino que mandó un recado muy atento al Sr. Gobernador, diciéndole que tuviera la bondad de mandar abrir la puerta, porque se marchaba y necesitaba salir de la Ciudad. El Gobernador mandó que se hiciera así, y sin obstáculo alguno, llegó al Convento, donde sus hijas las esperábamos con la alegría y el ansia que puede comprenderse».

Hasta aquí la Madre Isabel de los Remedios, en lo que a esta traslación se refiere, sucediendo después lo que diré en el Capítulo siguiente. Gracias a Dios y a la bondad y generosidad de nuestros Augustos Reyes, pudo la Comunidad de Caballero de Gracia subsistir y permanecer tranquila en el mencionado Convento de Monserrat hasta la triste época de la Revolución y destronamiento de SS. MM. el año 1868, en que fueron expulsadas de dicho Convento y reunidas a la comunidad de La Latina, como se dirá más adelante.

CAPÍTULO XXII

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En el Convento de Monserrat. — La educación de niñas pobres. — Normas de vida colegial. — La Definición Dogmática de la Inmaculada y fiestas en Monserrat. — Privilegio mariano obtenido por la Sierva de Dios. — Nueva persecución. — Es desterrada a Baeza. — Es consolada en el destierro por los Reyes. — Tribulación profunda que causa en mi venerada Madre la muerte del insigne Padre Losa. — Méritos y virtudes de tan insigne y llorado Padre. — De Baeza a Benavente. — Vuelta del destierro. — Por orden del Eminentísimo Cardenal, da principio a las Reformas y Fundaciones de Conventos, comenzando por el de Torrelaguna.

 

Instalada la Sierva de Dios con su querida Comunidad en el nuevo Convento de Monserrat de la calle Ancha de San Bernardo, continuó su vida de fervor y de celo a velas desplegadas, siendo al mismo tiempo para sus religiosas ejemplo vivo de todas las virtudes, y remedio y consuelo en todas necesidades y tribulaciones. Ya era hora de que esta cándida e inocente paloma se recogiera en su nido de amores, donde entre arrullos de enamorada esposa del divino Cordero y altas elevaciones de espíritu pudiera disfrutar a satisfacción cuán suave es el Señor para los que le aman y por su gloria se sacrifican. Abrasada vivió siempre en la caridad de Dios y de los prójimos esta escogida del Altísimo, y por eso, apenas sus enemigos daban alguna pequeña tregua a sus padecimientos, aparecían vivos al exterior los incendios de su heroica caridad.

“Desde que el Gobierno de S. M. celebró concordato con la Santidad de Pío IX, de santa memoria, dice la Madre Isabel de los Remedios, esta hija obediente de la Iglesia trató de poner por obra lo que Su Santidad mandaba acerca de que las Comunidades religiosas se dedicaran a la enseñanza, e inmediatamente eligió entre las monjas dos que desempeñasen este trabajoso oficio” (Apuntes). El día 20 de Octubre de 1854, abrió la Sierva de Dios una clase gratuita para las niñas pobres de aquellos barrios de la Corte que menos atendidos estaban en cuanto a la instrucción y educación religiosa. Sobre las normas de esta instrucción y educación, véase lo que la misma Sierva de Dios escribe a D. Anselmo Plaza.

«Tengo ya puesta la enseñanza con veintiséis niñas de seis a siete años, pues no las he querido de más edad. Recibí la orden por el Sr. Aguado y supe por otros señores que convenía la pusiese; pues las que no la tuviesen irían a la calle sin poderlo remediar, tomándose por pretexto que no se cumplía el Concordato. Entran a las nueve; enseguida, a la comulgatoria a oír misa; después pasan a la pieza de labor, independiente del todo de la Comunidad. He nombrado dos maestras y estas las enseñan a coser bien, a leer, a escribir, la doctrina cristiana, algunas coplillas para que en vez de cantares profanos, alaben al Santísimo Sacramento, a la Virgen Santísima y a los Santos, cuando canten en su casa o en la calle. Rezan su corona; y tan contentos los angelitos, que en viendo a sus maestras y a mí, parece que ven a Dios. Todas las más miserables que he encontrado, las he recogido. Las hay de siete años que no saben quién es Dios, ni cuántos dioses hay. Salen a las doce, y las maestras no tienen que faltar a ningún acto de comunidad, sino a las segundas horas que son a las diez, y a comer, una de las maestras, porque la Comunidad come a las once y las niñas salen a las doce. Después de vísperas (que son a las dos y media) entran las niñas a las tres y salen a las cinco; de modo que, cuando va la Comunidad a oración, ya han salido las niñas. Desde luego previne a las madres, que la niña que no estuviese a la hora señalada, cuando se abriese la puerta, tanto para entrar como para salir, se quedaría fuera; pues la puerta no se abría más que una vez; y ya con esto están puntuales. Pida Vd. a Dios que todo sea para mayor honra y gloria suya, y bien de las religiosas y de las criaturas».

Conforme a las normas de vida colegial que preceden, ordenó mi venerada Madre Patrocinio todos los Conventos-colegios que después fundara, ayudada por nuestros católicos Reyes; y era tan firme en llevar a cabo este espíritu de piedad y religiosidad en la enseñanza, que jamás contemporizó, poco ni mucho, con la relajación, o con el descuido y abandono en llevarlo a la práctica; es más, estaba tan convencida mi la Sierva de Dios, de que Él y la Santa Iglesia nos querían para la enseñanza, sin perder de vista el fin particularísimo de nuestra vocación, que ni un solo convento fundara ni reformara, sin la carga o compromiso de la enseñanza.

Coincidió con la fundación del Convento de Monserrat y con el establecimiento en el mismo de la Comunidad de Caballero de Gracia el gran acontecimiento de paz, de dicha y de gloria inmensa para todo el mundo de la Definición Dogmática del misterio de la Inmaculada Concepción de nuestra soberana Madre y celestial Patrona, María Purísima. Rebosantes de gozo todos los corazones cristianos, los de estas hijas de la Orden de la Concepción sin Mancha de la Madre de Dios estábanlo mucho más, y la alegría y el regocijo y las manifestaciones de entusiasmo fueron delirantes en todos nuestros Conventos. En el de Monserrat dice la Madre Isabel (testigo de vista) que «agotaron la santa Prelada y sus religiosas todas las energías e invenciones y celebraron fiestas solemnísimas y de sumo esplendor, como pedía la excelencia y dignidad sagrada del motivo, y podían honrar a tan Inmaculada Reina sus más caras hijas». Como recuerdo de la Definición Dogmática la Sierva de Dios pidió y obtuvo de la Santidad el Papa Pío IX, el privilegio de poder usar las religiosas de sus Comunidades el manto azul en todos los actos de Comunidad. Años después, el Emmo. Sr. Cardenal de Toledo, Fr. Cirilo Alameda y Brea, determinó, para comodidad de las religiosas, el que usaran manto pequeño azul para los actos comunes, reservando el manto largo solo para solo los solemnes.

Así transcurrían, tranquilos y en santa paz, los días y los meses, para aquella dichosísima Comunidad de Monserrat, cuando de nuevo quiso Dios que se renovase para su Sierva la persecución y el martirio. Otra vez, es la calumnia quien inventa visitas, que no había, de los Reyes a mi venerada Madre y manejos indignos de política, que siempre desmintieron la Sierva de Dios y los mismos Monarcas, de palabra y por escrito. Es cierto, que, desde antes de su vuelta del destierro, mi Madre Patrocinio no había visto a los Reyes. Pero, ¿qué importa? De nuevo, convenía a sus enemigos que desapareciera de la Corte y, culpándola de complicidad en el movimiento revolucionario del 1855, decretaron, por Real Orden, su destierro a Baeza[32], en Andalucía, al Convento de Santa Catalina Mártir, adonde fue conducida sin dilación. La Real orden es del tenor siguiente:

«Gobierno de la Provincia de Madrid, El Excelentísimo Sr. Ministro de la Gobernación, con fecha 16 del corriente, me dice lo siguiente: “Por el Ministerio de Gracia y Justicia, se ha dirigido, con fecha de ayer, a este de la Gobernación, la Real orden siguiente: “Excmo. Sr.: Con esta fecha digo al Gobernador Civil de Madrid lo que sigue: De los antecedentes que hay en este Ministerio resulta que, en ninguna de las repetidas veces que el Gobierno ha creído conveniente trasladar de uno a otro Convento y aun salir de España a Sor María Dolores del Patrocinio, se ha hecho más que mandar a las autoridades Superiores Civiles o Eclesiásticas que, poniéndose de acuerdo, lo verifiquen, y, sin pedir ni esperar nunca ninguna autorización, como ahora se pretende. Las reglas del Derecho común son y se observan en casos ordinarios; pero nunca en los especiales y urgentes, como el actual, en el que lo resuelto por S. M. debe ejecutarse desde luego, sin excusa ni pretexto alguno, como se ha verificado en las anteriores. Permitir otra cosa, sería dar a los preceptos canónicos extensión que no tienen y hacer ilusorias las órdenes de la Reina. Es, pues, la voluntad de S. M. (no era la de S. M., que era la de ellos) conforme con el parecer del Consejo de Ministros, que inmediatamente y sin dar lugar a nuevas dilaciones, se lleve a efecto la traslación de la referida religiosa en los términos que se dispuso en 11 del corriente.— De Real orden lo digo a V. E. en contestación a su comunicación del 13 del corriente que por el Ministerio de Gobernación se traslada a este de mi cargo con fecha de ayer, para que, con asistencia del Visitador General de los conventos de monjas, adopte las medidas convenientes, a fin de que se lleve a efecto lo dispuesto por S. M.

De Real orden, comunicada por el Sr. Ministro de la Gobernación, lo traslado a V. E., para su cumplimiento y efectos consiguientes.

A consecuencia de lo mandado en la Real orden preinserta, he dispuesto que salga V. mañana para el punto destinado por el Gobierno de S. M. con el decoro y comodidad propias de la respetable clase a que pertenece. — Dios guarde a V. M. A. — Madrid 16 de marzo de 1855. — Luis Sagasti. — A Sor María Dolores del Patrocinio».

Al día siguiente de recibir la anterior comunicación, el 17 de marzo, se presentó el Jefe Político en el convento, con la orden de salida, acompañado de dos subalternos y del superintendente Sr. Tejada. Inútil es decir lo sensible de la despedida de mi amada Madre y de sus queridas hijas, que veían y comprendían, mejor que nadie, la injusticia y crueldad con que se la trataba, y su estado de salud cada vez más grave, por lo que a la amargura de la separación se unía el temor de perderla.

Con el corazón traspasado de dolor, salió mi amada Madre de su santo Monasterio acompañada de una religiosa, Sor María Brígida de Nuestra Señora del Olvido, con la autorización de los Prelados, pues los comisionados del Gobierno querían que saliese sola la Sierva de Dios, y las religiosas suplicaron que le permitieran llevar una compañera, para su mayor decoro y más perfecta asistencia en los males que padecía. No agradó mucho esta petición a los Comisionados del Gobierno, pero, por fin, accedieron a ella, por creerla muy justa. También acompañaron en este destierro a la Sierva de Dios el abnegado P. Vicario de la Comunidad Fr. Faustino de Losa y Cruz, D. Juan Antonio de Quiroga y Dª Inocencia López Moratilla hermana de una Religiosa del Convento de Monserrat. Esta Señora se ofreció por cariño a mi venerada Madre a servirla en el camino; pues recordaba siempre, con pena, las desgracias, enfermedades y muertes que la sucedieron en el destierro de Francia.

Fue mi Madre Patrocinio conducida al convento de clarisas de Santa Catalina Mártir, en Baeza, adonde llegó del 2 al 3 de abril, siendo recibida por las Religiosas, con las mayores demostraciones de respeto y de cariño, las cuales fueron en aumento cada día, no solo mientras permaneció en aquel santo retiro, sino mientras vivió, y después de muerta, como lo prueban las cariñosas cartas que conservamos de aquellas benditas religiosas.

Como siempre también en esta ocasión, los Prelados se pusieron de parte de la inocencia y favorecieron y recomendaron, con todo interés y solicitud, a esta bendita virgen perseguida, según puede verse en la siguiente carta del Sr. Gobernador Eclesiástico de la Diócesis de Toledo, al Reverendo P. Faustino de Losa y Cruz. Dícele así:

«Muy Sr. mío y amigo de toda mi consideración: acompaño el oficio en contestación al de V. del 4 del corriente, y a la par que me son sensibles los padecimientos de esa criatura tan privilegiada por el Altísimo, he tenido un placer en que mi buen compañero haya cumplido los ofrecimientos que me hizo en carta que remití al Sr. don Antonio Aguado. También sé que mi primo hermano Casimiro Escudero, párroco de Sta. María de Ocaña, se ofreció a Vds., aunque con el sentimiento de no poder satisfacer sus deseos. Iguales oficios hará tal vez D. Cesáreo Aguilera, párroco de Quesada, en esa provincia, al que tengo escrito con ese motivo. Sírvase V. decir a esa mi estimadísima Rda. Madre, que en todo tiempo y en toda ocasión, seré igual en su obsequio como lo es y lo será de V. su afectísimo s. s. y Capellán q. b. s. m.— Tomás Recio Escudero.»

También nuestros Católicos Monarcas, demostraron siempre sus piadosos sentimientos y especial benevolencia para con mi amada Madre. Véase lo que dicen a la Sierva de Dios en carta que le envían a su destierro de Baeza, por medio del virtuoso caballero D. Isidro de Losa y Cruz:

«Mi siempre respetada y querida Sor Patrocinio: con el mayor sentimiento aunque lleno de santa alegría, veo salir a V. nuevamente del claustro y de la compañía de su amada Comunidad. En esta nueva amargura acompaño a V. con todo mi corazón, asegurándole que todas las calumnias que la malevolencia humana pueda inventar, no son bastantes para que olvide el particular afecto y lealtad que en todas ocasiones ha profesado en la Reina mi amadísima esposa, y a mi persona. Ningún consuelo puedo ofrecer hoy a V., pero si estas líneas son de alguno, recíbalas como la expresión de todo mi afecto y la seguridad de mi constante amistad y del cariño que en Jesús, María, José, profesa a V. su afectísimo. — Francisco».

En la misma carta dice S. M. la Reina: «Yo también acompaño a V. en su pena y pido a Dios y a su Santa Madre nuestra protectora, haga que vuelva V. cuanto antes al seno de su Comunidad, según son y han sido siempre los deseos de su afectísima. — Isabel. — Ruego a V. y a la Comunidad pidan siempre al Señor por la tranquilidad de este desgraciado país, de mi querida familia y muy particularmente, por nuestra querida hija y el triunfo de nuestra Santa Fe Católica, Apostólica y Romana. — Madrid 18 de marzo de 1855.

Abraza a V. con todo corazón la Princesa de Asturias. — María Isabel Francisca».

Por desgracia, el nuevo destierro de Baeza, aunque breve, fue de resultados muy desagradables para la Sierva de Dios. Véase lo que dice el Rdo. P. Losa escribiendo a su amigo D. Anselmo: — «Baeza, 29 de junio de 1855. — Señor D. Anselmo García de la Plaza. — Mi amadísimo amigo y Sr.: El Espíritu Santo asista a V. y colme de sus divinos dones, gracias y carismas. Recibimos sus letras del 16 con mucho gusto, y esta Señora y todos estamos agradecidísimos a sus muchos cuidados por nosotros. Dios nuestro Señor se lo premie superabundantemente, como se lo rogamos sin cesar en nuestras pobres y humildes oraciones. La Madre estos días está muy mal de la cabeza, tanto, que apenas puede estar un rato levantada, todo efecto del temporal frío o húmedo que pasamos; los demás lo pasamos bien. Del cólera nos libra el Señor hasta el presente, no obstante que está haciendo grandes estragos en los pueblos inmediatos. Es nueva la noticia que V. nos da con referencia a las religiosas Anitas. ¡Ojalá tuviera efecto! Ya era otra cosa de no estar en su casa como V d. dice muy bien. (Querían trasladar a mi venerada Madre a Toledo, en tanto que el Gobierno la levantaba el destierro y volvía a su Comunidad a Madrid). Si sobre el particular algo se nos comunica, lo sabrá V. al momento. Cuídese V. mucho y no nos olvide en sus oraciones y visitas a nuestra Santísima Madre del Sagrario, nosotros hacemos a V. participantes en todas las nuestras. Reciba V. millones de afectos, etc.»

¡Cuán inescrutables son los juicios de Dios! Los días del P. Losa cuando escribe la anterior carta, tocaban a su fin.

Esperando estaban todos los desterrados en Baeza lo que Dios nuestro Señor tuviera a bien disponer, cuando su Divina Majestad fue servido probar a su amadísima Sierva con otra grande y dolorosísima tribulación, llevándose a su eterna gloria al ejemplar sacerdote Vicario de la Comunidad Fr. Faustino de Losa y Cruz, que falleció víctima de la terrible epidemia del cólera el 2 de julio de 1855. El día primero dijo la Santa Misa y dio comunión a mi venerada Madre y a las demás religiosas; al Sanctus se puso algo desazonado, pero aunque con trabajo, pudo concluir la Santa Misa. Lo pasaron al locutorio para darle una taza de té, se puso algo mejor y se marchó a su casa; a las doce del día le acometió el cólera tan fulminante, que acudieron a visitarle los cinco médicos que había en la población, a pesar de hacer todos los esfuerzos que en lo humano era posible por salvarle, nada lograron. Se confesó, recibió el Santísimo Viático, la Santa Unción y demás auxilios espirituales, y a la una de la madrugada del ya indicado 2 de julio del año 1855, murió. Su muerte fue la del justo, la muerte más hermosa que puede imaginarse. Todo Baeza acudió a visitarle en cuanto cundió su gravedad, sin que los detuviera el temor de la terrible epidemia, y todos aseguraban tanto los sacerdotes como los médicos que le asistieron de continuo y cuantos presenciaron su preciosa muerte, que no habían visto, ni esperaban ver cosa igual; animaba a todos y estaba aún en las cosas más mínimas.

Poco antes de expirar, sonriendo y lleno de alegría, exclamó dirigiéndose a la Santísima Virgen del Olvido que tenía a su lado: «Madre mía, muy hermosa os veo, pero todavía espero veros más hermosa en el cielo, en el cielo….» y cantando el Te Deum, exhaló el último aliento dejando enternecidos a cuantos se hallaban presentes, que no cesaban de ponderar tan hermosa suerte.

Puede comprenderse cuál sería la aflicción de mi Madre venerada, con prueba tan sensible y pérdida tan irreparable, en las tristes circunstancias en que se encontraba; mas, con la santa resignación con que sufría todas sus penas, ofreció a Dios este sacrificio, adorando sus Santísimas determinaciones.

Con motivo de esta desgracia, trataron de trasladar a mi venerada Madre a otro punto, y, por Real orden de 22 de agosto de 1855, lo fue a Benavente, diócesis de Oviedo, provincia de Zamora, al Convento de Dominicas calzadas.

Salió su Reverencia de Baeza el 27 de agosto del mencionado año, no sin gran sentimiento de la venerable Comunidad, donde había estado hospedada, quien conservó siempre un afecto especial a la Sierva de Dios, en prueba de ello y de su gran cariño y agradecimiento, al que mi Madre amada correspondió siempre, cuanto le fue posible, le regalaron, a la despedida, una preciosa imagen del divino Niño Jesús, llamado De los moros o El Morito, tenida en gran veneración por aquella santa Comunidad. Esta preciosa imagen estuvo en poder de los moros y fue rescatada por un noble caballero cristiano, cautivo de los mismos moros, que desde su prisión oyó quejarse y aun llorar a la santa Imagen, al ser maltratada por los infieles.

Tenía la imagen, en la espaldita, multitud de llagas, que la indiscreta mano del artista que la retocó, años después, hizo desaparecer, no sin gran sentimiento de las religiosas, de las cuales recibió siempre culto singular, como seguimos dándoselo ahora en nuestro convento. Este milagroso niño es precioso y la expresión de dulzura y de dolor que tiene en su rostro da fervor y enternece. Manifestando a mi amada Madre el deseo de que disfrutase de la Sagrada Imagen, como eterno recuerdo y por muchos años, con la tranquilidad y felicidad que llenas de afecto para su Reverencia pedían y pedirían siempre al divino Niño Jesús, se la entregó, a nombre propio y de la Comunidad toda, la Reverenda Madre abadesa Sor Antonia de la Ascensión, el día 11 de agosto de 1855, al saber que iba a ser trasladada a otro punto mi Madre venerada.

Prosiguió su viaje de traslado la Sierva de Dios y al llegar a Jaén, tuvo que detenerse por haberse agravado en sus padecimientos.

El día 29 continuaron su marcha, caminando cuatro, seis, siete y ocho leguas por día, hasta el 6 de septiembre que, por haberse roto el coche de D. Juan Antonio en que viajaban, tuvieron que detenerse en Getafe durante cuatro días.

El 19 continuaron su camino y el 16 llegaron a Benavente, deteniéndose en la posada hasta el 19 que, hallándose ya dispuesto el convento de Santi-Spiritus de religiosas dominicas calzadas, ingresó en él mi venerada Madre, a las siete de la tarde, asistiendo a la entrada el Sr. Vicario Eclesiástico, el Sr. Arcipreste y el Sr. Alcalde. En este Convento permaneció mi amada Madre solo unos meses, siendo como en todos, la edificación de la Comunidad y de cuantos la trataban.

Por este tiempo dio el Gobierno de S. M. una orden mandando cerrar los conventos que no constasen de doce religiosas por lo menos. Alarmadas las monjas por semejante medida, acudieron al Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo y este, muy afectado por el apuro y desconsuelo de sus súbditas, procuró por todos los medios remediarlas en su tribulación.

En el Convento de Torrelaguna solo habían quedado dos religiosas de coro y una de velo blanco, y su Eminencia se propuso restablecer la Comunidad con monjas de Caballero de Gracia, o sea de las de mi venerada Madre, del convento de Monserrat; para lo cual negoció con ella el asunto, conviniendo en que arregladas todas las cosas por su Eminencia, la Sierva de Dios iría, desde su destierro de Benavente al convento de Torrelaguna, con religiosas de su Comunidad, ejemplares y de toda su confianza.

Efectivamente, de acuerdo el venerable Prelado con sus Majestades y con el Gobierno y después de vencidas otras dificultades, dispuso Su Emma. Rdma. que de la Comunidad de Monserrat, salieran diez religiosas y unidas a su venerada Madre Patrocinio y a su compañera de destierro, pasasen todas al convento de Torrelaguna. Véase lo que sobre este asunto dice la Sierva de Dios a Sor María Juana de la Santísima Trinidad escribiéndole desde Benavente:

«Alabada sea la Santísima Trinidad.- Ave María Purísima.

Mi muy amadísima y querida hija Sor María Juana de la Santísima Trinidad: Saludo a su caridad con el mayor afecto y la deseo la paz que nuestro adorable Redentor vino a traernos a este mundo con todos los dones, gracias y bendiciones de la Trinidad Beatísima. Todas las cartas de su caridad he recibido con el mayor gusto y consuelo; conozco las cavilaciones de mi Juana, pero no hay que tenerlas; en breve diré a su caridad lo que hay, para que pida a Dios se verifique si así conviene a su gloria. D. Vicente daría a su caridad un recado de mi parte, y me llenó de satisfacción y consuelo la pronta y expresiva contestación a mi Juana. Es el caso, que el Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo quiere conservar el convento de Torrelaguna, porque va a cerrarse y me ha invitado a mí si quiero ir allá a plantear la vida religiosa con algunas de mis religiosas, las que yo diga, y que lo haga todo según la Orden y Santa Regla que profesamos. Le he contestado que a trueque de que no se cierre un templo del Dios vivo, pasaría yo todos los trabajos del mundo, y que así disponga lo que tenga por conveniente; que tengo religiosas de mi confianza que irán solo por dar gusto a Dios y ayudar a su Madre en tan buena obra. El abuelo se puso contentísimo (solían llamar a su Emcia. el abuelo o abuelito, por efecto como era ya muy anciano). Ya lo tiene todo medio arreglado; los Señores (los Reyes) también; en el Gobierno hay un poco de dificultad, por lo que conviene pedir mucho a Dios que se venza, si así conviene. De las antiguas, no va ninguna más que su caridad, que según la lista de nombres y oficios que al expresado señor he dirigido, va su caridad de Madre Vicaria; no hay que asustarse, sino obedecer y callar. Va también María Isabel y otras, porque allí no hay más que dos, una de coro, y otra de velo blanco. Yo voy con el mismo oficio. Esto es en breve lo que hay. No vamos a un magnífico convento, vamos sí a buscar a Dios Niño en el portal desaliñado de Belén: ya lo sabes, hija mía, y así espero que estés pronta a seguirme en esta obra digna de Dios y de su Purísima Madre. Si se verifica, no pienso volver más a Madrid. Ellas elegirán su Prelada y nosotras, si Dios así lo dispone, viviremos tranquilas amando y sirviendo a Dios en Santa paz en Torrelaguna, aunque ya nunca desampararé a mi Comunidad primitiva, pues la amo mucho. Léela esta carta a mi María Isabel para que sepa lo que hay y que los santos que pide D. Isidro, es para que sirvan de muestra al escultor para hacerlos iguales, que no sea tontita, que la quiero mucho y no me enfado con ella. Adiós, mi Sor Trinidad. El Señor dé a su caridad su Santísima bendición como se la da en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, su Madre que la ama en María Santísima y besa su mano Sor María de los Dolores y Patrocinio».

Consta, por lo que llevamos dicho arriba, que mi venerada Madre ansiaba vivir lejos de la Corte, para poder gozar de ese modo de la paz y quietud de su santo retiro, y al ver ahora que Dios Nuestro Señor le daba por el gusto, sirviéndose de los Prelados, le dio gracias muy rendidas y se apresuró a poner por obra lo que era imprescindible antes de hacerse cargo de la nueva comunidad de Torrelaguna, que fue hacer la renuncia del que tenía de Prelada de la Comunidad de Monserrat en manos del Eminentísimo Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo y al efecto le escribió la siguiente carta:

«Eminentísimo Señor: S. M. la Reina (Q. D. G.) se ha servido disponer en Real orden que se me ha comunicado con fecha 27 de enero ultimo, que desde este Convento de Religiosas Dominicas de Benavente, me traslade al de Concepcionistas de la Villa de Torrelaguna, diócesis de Toledo y provincia de Madrid. Acatando, como debo, la soberana resolución de S. M., la daré cumplimiento, poniéndome en camino en cuanto lo permita el estado de mi salud. (Se hallaba entonces su Reverencia agravada de sus padecimientos). Y teniendo en consideración que la separación de mi Monasterio de Religiosas Concepcionistas del Caballero de Gracia, en donde ejerzo el delicadísimo cargo de Prelada, puede ocasionar graves perjuicios, en lo espiritual y temporal, a la referida Comunidad, que por mucho que sea mi celo, con una ausencia tan dilatada no puedo atender como debo a todas las necesidades de mis Religiosas, y que hasta las prácticas de la vida monástica podrían resentirse, permaneciendo la Comunidad como está en la actualidad, he creído un deber de conciencia hacer solemne renuncia del cargo de Prelada, rogando a vuestra Eminencia que por las razones expuestas y otras que no se ocultan a Vuestra ilustración, se digne admitir esta mi espontánea renuncia y dictar las órdenes oportunas, a fin de que se proceda a la elección de Prelada que puesta al frente de la Comunidad pueda atender a todas sus necesidades.

Dios guarde a V. Eminencia muchos años, etc. — Convento de Religiosas Dominicas de Benavente 3 de febrero de 1856. — Sor María de los Dolores y Patrocinio».

El Eminentísimo Prelado se dignó dar la contestación siguiente:

«Secretaría de Cámara y Gobierno del Arzobispado de Toledo.

Habiéndose enterado su Eminencia el Cardenal Arzobispo, mi Señor, de la exposición que, en 3 del actual, dirigió V. Reverencia a su sagrada persona, y teniendo en consideración las razones en que funda su renuncia del cargo de Abadesa de la Comunidad de religiosas Concepcionistas Franciscas de Caballero de Gracia de esta Corte, por decreto de esta fecha se ha servido admitirle su renuncia. Y de su orden lo comunico a V. Reverencia, para su conocimiento y demás efectos oportunos. Dios guarde a V. Reverencia muchos años. — Madrid, 8 de febrero de 1856. — Antonio Aguado.

  1. Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio».

Cuando todo estuvo preparado, efectuó mi venerada Madre su viaje y, no habiéndole permitido el Gobierno entrar en Madrid, se reunió con las Religiosas de Monserrat designadas para el de Torrelaguna, en San Sebastián de los Reyes, siendo inmenso el gozo y la alegría de todas, al verse y abrazarse, después de tan prolongada y penosa separación. No ignoraban Madre e hijas que en el nuevo Convento habían de comenzar a vivir privadas hasta de lo necesario; pero, contentas con la santa pobreza, lo fiaban todo a la providencia de Dios. Solo quedó en el corazón de la santa Prelada la pena grande y el sacrificio inmenso que hizo, al separarse de las doce hermanas que habían quedado en Monserrat.

Cuando hablaba la Sierva de Dios de esta separación, lo hacía en términos que demostraban a lo vivo el mucho amor que siempre tuvo a su amada Comunidad de Caballero de Gracia. También las religiosas de esta Comunidad, que no tuvieron la dicha de pasar a vivir al lado de su santa Madre, se sentían traspasadas de dolor y recordaban con pena lo que en algunos de sus éxtasis antiguos le habían oído anunciar, referente a los designios de Dios respecto de esta su Sierva, al escogerla para Fundadora de Conventos y Madre de muchas hijas, como llevamos referido. Reunidas las que salieron de Madrid a mi venerada Madre en San Sebastián de los Reyes, según queda referido, llegaron a Torrelaguna el día 11 de febrero de 1856, ingresando en el Convento en la misma tarde e incorporándose a las dos religiosas de la misma casa, que las recibieron con la alegría que puede suponerse. Al día siguiente, se preparó todo para la elección canónica de Abadesa, la cual tuvo efecto el día 13, según se dirá en el capítulo siguiente.

CAPÍTULO XXIII

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Elección de Abadesa en el Convento de Torrelaguna. — Colegio externo gratuito para la educación de las niñas pobres. — Funciones de acción de gracias. — Todo a cargo de la Divina Providencia. — Milagros en la función a San Antonio de Padua. — Sale del Purgatorio el alma de Dª Dolores Capopardo. — El Excmo. Sr. Narváez, preside con SS.MM. el traslado de la Sierva de Dios y su Comunidad al Convento de San Pascual de Aranjuez. — Real y espontánea donación del expresado Convento de San Pascual, con escritura pública.- De todo se da cuenta a Su Santidad el Papa Pío IX.

 

Instalada mi venerada Madre con sus Religiosas en el Convento de Torrelaguna el día 11 de febrero de 1856 y preparado todo al día siguiente para la elección canónica de Abadesa, el 13 del mencionado mes de febrero tuvo lugar dicho acto y la distribución de oficios, siendo comisionado por el Emmo. Sr. Cardenal Bonel y Orbe el reverendo P. Fr. Vicente Sanz, religioso de nuestra orden Seráfica, a quien acompañó el Sr. D. Antonio Aguado, en representación del Excmo. Sr. Nuncio, asistiendo con los dos expresados Señores el Vicario de la Comunidad que, desde el fallecimiento del Rdo. P. Fr. Faustino de Losa y Cruz, lo era el Rdo. P. Fr. Julián Pena y Sánchez, religioso Franciscano, como todos los anteriores Vicarios.

Salió electa, por unanimidad de votos, mi Rda. y venerada Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio, a quien dieron la posesión de su cargo, con todas las ceremonias de costumbre en nuestra Orden; siendo nombrada Vicaria de la Comunidad la Rda. M. María Juana de la Stma. Trinidad, quedando así establecida, o constituida la nueva Comunidad: con las dos religiosas de la casa Sor María Elena de Ntro. P. San Francisco, ancianita de coro, y Sor María Benita de los Dolores, la ancianita lega, se componía de catorce religiosas.

Como en Torrelaguna ya habían tenido a mi venerada Madre algunos años, en la época de su primer destierro, fue muy grande la alegría de sus habitantes al recibirla de nuevo con sus Religiosas; así es que fueron muy queridas y atendidas de todos, tanto de las autoridades, como del pueblo; mas como Dios nuestro Señor quería a su amada Sierva siempre por el camino de padecer, permitió que pasaran grandes escaseces; tanto, que al principio, ni camas, ni los enseres más precisos tenían, y el Convento estaba tan deteriorado, que habían de tomar grandes precauciones para no caer en los sitios hundidos.

Para mejor explicar lo que de estos principios contaban las Madres antiguas, copiaré a continuación lo que dejó escrito la Rda. Madre María Isabel de los Remedios, referente a las escaseces y privaciones que tuvieron que sufrir en este Convento de Torrelaguna, al que mi venerada Madre llamaba siempre su «Portalito de Belén». Después de explicar el estado de deterioro en que el Convento se hallaba, dice así:

«Mas nuestra Madre Purísima cuidó de nosotras, y vimos muchas veces su maternal cuidado, hasta con milagros. Nada pedíamos y sin embargo algunas personas nos socorrían alguna vez, particularmente las familias de las Religiosas; que, sin duda, movidas interiormente del impulso divino, se movían a favorecernos; lo cierto es, que nunca nos quedamos sin comer, gracias a Dios; pero el Convento estaba inhabitable; no se podía vivir, sin hacer alguna obra; no había un céntimo para ella. ¿Qué hacer? Cualquiera persona se haría esta pregunta, nuestra Madre no; sino que, puesta toda su confianza en Dios y en Ntra. Madre Purísima, llamó a los operarios necesarios y emprendió la obra de reparación, aunque solo lo más preciso para poder vivir, no cómodamente, sino muy estrecha e incómodamente. Allí experimentamos bien, que solo Dios basta, y que la felicidad no está vinculada a la abundancia; pues nunca jamás hemos experimentado tanta alegría, ni tanto bienestar como entonces, y en algunas otras ocasiones, en que hemos sufrido la falta de bienes temporales. Mas ¿qué mucho? Amábamos, tiernamente, a nuestra amantísima Madre; ella, después de Dios y de su Santísima e Inmaculada Madre, constituía nuestro tesoro; estábamos satisfechas de que ella nos amaba mucho; teníamos la conciencia tranquila: ¿Podíamos desear más?

Su Reverencia empero, tenía a la Comunidad a su cargo, y no sabía de dónde ni cómo pagar a los operarios; pues bien, nunca faltó; y unas veces su hermano D. Juan con su esposa Dª Filomena, que en todas partes fueron su remedio, y en fin, otras veces, las más, que no se sabía cómo salía de tanto apuro. Un día, Sábado, había que pagar a los operarios y no tenía un cuarto; nos dijo con su acostumbrada tranquilidad, que pidiéramos a Dios la diera con qué pagar a aquellos hombres; pues, aquella tarde llegó de Toledo un caballero conocido y la dio dieciséis duros, que era justamente lo que necesitaba para pagar el jornal de aquella semana.

Así pasaron algunos meses, y viendo nuestra Madre que con la prohibición del Gobierno era imposible recibir novicias, fiada en Dios y en Ntra. Purísima Madre, que bajo el título del Olvido era nuestro amparo, se determinó a lo que, tal vez ninguna otra en sus circunstancias hubiera hecho, que fue, pedir al Gobierno licencia para recibir nada menos que veinticuatro novicias: ocho para Madrid, ocho para su querida Comunidad de Sta. Ana de Toledo, y ocho para la nuestra de Torrelaguna.

¡Oh poder de la virtud! ¡Esta criatura, siempre perseguida y siempre respetada, siempre aborrecida y siempre admirada! ¿Quién había de creer que en el mismo momento que prohíbe el Gobierno la entrada y profesión religiosa en toda España, esta denodada señora tan perseguida, había de atreverse a pedir, no una o dos novicias, sino veinticuatro?. Pues no solo lo pidió, sino que entraron en público, y no solo en su Convento sino en los tres ya citados; así fue; se recibieron las ocho en cada Comunidad, entre ellas, una en Toledo y otra en casa, de las familias más distinguidas del pueblo». (Apuntes).

Tan luego como mi venerada Madre vio terminadas las obras más indispensables, dispuso local para colegio de las niñas pobres, pues la caridad de su Reverencia no permitía retardar el cumplimiento de una obra tan del agrado de Dios y tan grata a su compasivo corazón. En una de las cartas que por este tiempo dirigió mi Madre amada al ejemplar sacerdote D. Anselmo de la Plaza, le dice lo siguiente: «En este pueblo están locos de contentos con las Religiosas, con una devoción especial a María Santísima del Olvido. Tengo de enseñanza setenta y tantas, y es para alabar a Dios el verlas. Es cierto que es incomodidad, pero también estas criaturas aprenden a bendecir a Dios. Casi todas son huérfanas. Tengo licencia verbal para recibir cuarenta novicias; y, por escrito, para recibir ocho. La misma licencia he sacado para mis monjitas de Madrid (las de su Comunidad de Caballero de Gracia, residente en Monserrat) que ya van a recibir, y lo mismo voy a sacar para las de Sta. Ana; pero es todo en sigilo, porque el Sr. Cardenal no quiere comprometerse».

Así vivían ocupadas mi venerada Madre y sus Religiosas en el cumplimiento más exacto de su santa Regla y Constituciones y en la educación gratuita de las niñas pobres, gozándose su Reverencia al ver realizado lo que tantos años antes se le anunciara en aquellas celestiales apariciones de la Virgen Santísima, que precisamente en este mismo Convento de Torrelaguna tuve en la época de su primer destierro, como dejo referido en su lugar correspondiente; cuando al manifestarla la Santísima Virgen las fundaciones que había de hacer, la manifestó también ser su voluntad y la de su Santísimo Hijo, que acogiera en ellas, bajo su protección, a la desvalida infancia.

Años después, en visita que hiciera a nuestra Madre D. Pedro Carrascosa, del Oratorio de San Felipe Neri y posteriormente Obispo de Ávila, dedicó a esta Virgen Santísima de la Piedad la sentida poesía que pongo a continuación y que se viene recitando desde entonces en nuestros conventos, el día 11 de febrero, víspera de la festividad de la misma divina Señora en tan dulcísimo título. Expresa ella maravillosamente el verdadero espíritu de nuestra venerada Madre y el que legó a sus hijas en las fundaciones todas de sus colegios. Canta así el inspirado vate:

«Ministrate in fide vestra virtutem…

et in pietate amoren fraternitatis…»

 

Venid todas, venid, hijas del claustro

Nueva milicia de Jesús amada,

Que hoy pide vuestros castos corazones

«De la Piedad» la Reina Soberana.

La Virgen que del Líbano en el cedro…

Y en el ciprés de Sión… y en ígnea zarza…

Simbolizó el Señor… ¡Vírgenes puras!

Hoy con su acento de piedad os llama.

Vuestros pechos abrid a su dulzura,

Que de Divino amor al fuego inflama,

Y a su voz maternal decid unidas:

Tuyas, Sol de Piedad, son nuestras almas.

—«Yo vuestra Madre soy»; os dice tierna,

Vuestro centro de amor y de esperanza;

Yo os llamé del desierto de la vida…

Del Esposo a la mística alianza.

Yo, que por humildad cielos y tierra

Reina me llaman bienaventurada,

De vosotras fijé la más humilde

Y a Madre vuestra la elevó mi gracia,

Y cuando más horrendas tempestades

Nuestro enemigo en ella descargaba,

Yo su pecho llené de inspiraciones

Y el triunfo alcancé de sus batallas.

Hoy se cumplen los años del portento,

Con que después de recorrer la España

A mí se me encomendó en sus desamparos,

Y en breve un ángel la postró a mis plantas,

—¡Madre de la Piedad! exclamó al verme,

Tú sola ves el fondo de mi alma,

Tú puedes realizar los pensamientos

Que a tu ruego el Amado me señala.

Si tú me asistes, de Piedad tesoro,

Te ofreceré de vírgenes sagradas

Una casta legión, que purifique

De este siglo la atmósfera viciada.

Yo no sé cuáles son, ni dónde moran;

Mas, sé que acudirán por ti llamadas,

Y el lazo romperán de carne y sangre,

Por ser tuyas… ¡Oh Madre Inmaculada!

Yo las miro del mundo a los engaños,

Con denuedo, por ti volver la espalda,

Y con el manto azul en larga hilera,

Subir humildes de Jacob la escala,

Mas, Virgen de la Piedad, ved que entre todas

Soy la sierva más débil y más flaca,

Y al extender el reino del Esposo,

Imploro su favor a vuestras plantas.»

—Levántate y no llores, hija mía,

Que ya escuchadas fueron tus plegarias;

Estudia de Piedad mi dulce nombre

Y cuanto se expresa a realizar avanza;

El nombre de Piedad con que me invocas,

Es la virtud que moverá tu alma;

Para honrar con asombro de tu siglo

A tu Dios, a tu prójimo y a tu patria.

Honrarás a tu Dios, con Fundaciones

De vírgenes que tengo preparadas,

Fundando monasterios ejemplares,

Para ensalzar de Dios las alabanzas,

Honrarás a tu prójimo, acogiendo

Bajo tu grey la desvalida infancia.

Infundiendo en las almas inocentes

De fe y virtud las santas enseñanzas.

Y honrarás con tu espíritu y tus obras

Tu combatida y nebulosa Patria;

Paz en el porvenir, dando a sus pueblos.

Y reinado de gloria a sus monarcas».

—¡Oh Virgen de Piedad, oh Madre mía!

No tengo más tributo que mis lágrimas;

Y las vierto en señal de sacrificio,

A que me mandas ir desde tus aras

Vedme pronta a cumplir tu gran designio;

¡Gloria a ti y a Jesús! Sufra tu esclava

Las nubes de calumnias y desprecios,

Crisol divino de probar las almas,

Los misterios aviva de tu Olvido,

Que tu Misericordia y Triunfo alcanza

A dominar las nuevas tempestades,

Como vencer me hiciste las pasadas.

Y, pues, la hora marcó la voz eterna,

Circúndame de vírgenes sagradas,

Que sacudiendo afectos terrenales,

Vengan donde mis brazos las aguardan.

Y a la contemplación la acción uniendo,

¡Oh Virgen de Piedad! pues tú lo mandas,

Guía tú nuestras santas fundaciones,

Que han de regenerar la tierna infancia.

Y ya que el mundo está tan corrompido,

Remedio tenga en la mujer cristiana,

Y mártires seremos… si así damos

Gloria a Dios, a mis reyes y a mi Patria;

Que nuestro premio ¡oh Madre! está en el cielo,

Si hacemos por la cruz nuestra jornada,

Y la sangre y la vida nada valen

A las que están con Cristo desposadas».

De este augusto coloquio entre ambas Madres,

Una Madre Divina y otra humana,

Han resultado varias Fundaciones

De Dios, la Virgen y su Regla esclavas.

La castidad, pobreza y obediencia,

Banderas son de su milicia santa,

Y el corazón formándose su sexo,

Vencer de Satanás en la batalla,

—La educación, unida a nuestra Regla,

¡Virgen de la Piedad! fue tu demanda,

Y en cumplirla con gloria del Esposo,

Estriba nuestra bienaventuranza.

Ofrecémoste ¡oh Madre! el sacrificio

De nuestro corazón con vida y alma,

Y el fruto toca a Vos distribuirlo,

En gloria a Dios y bien de nuestra Patria.

Vos, Virgen de Piedad, que nos llamasteis

Al santo estado, aunque en edad temprana,

Hoy, que es vuestro solemne aniversario,

De todas aceptad la ofrenda casta.

Dadnos adoración de noche y día

Para el excelso Esposo de las almas,

Dadnos celo y vigor, fuerzas y bríos,

Para trepar a la eternal montaña.

Dadnos en vuestro Olvido nuestro olvido

De temporales y fugaces ansias…

Misericordia ¡oh Madre! a vuestras hijas

Y el Triunfo luego en inmortales palmas.

Que velemos al pie del Sacramento…

Por vuestra Concepción Inmaculada;

Que nos guarde y defienda San Miguel,

Vuestro enviado para hacernos santas.

Que obrando y contemplando a todas horas

Calmemos del Señor la justa saña;

Que cuidemos del campo encomendado,

Para que fruto den las tiernas plantas.

La continua oración por nuestra Madre

Llevad a Dios con filiales ansias;

Y haced seguros sus preciosos días,

Norte de nuestras dulces esperanzas.

Que seamos todas, vuestras, dulce Madre,

Virgen de la Piedad nuestra abogada,

Vuestras, por el espíritu y las obras,

Para ser en el cielo coronadas.

 

Sorprendida quedó mi venerada Madre, cuando, por vez primera, oyó cantar la anterior poesía en nuestro Convento de Aranjuez, en la víspera de Nuestra Señora de la Piedad, y ruborizada, preguntó, que quién había escrito aquello, contestaron las religiosas que era obsequio hecho a la Comunidad por D. Pedro Carrascosa; y entonces su Reverencia, con su acostumbrada dulzura y gracia, añadió: «¿Y quién le ha dicho todo eso a D. Pedro?» «Y qué, Madre, contestó la M. Jesús Nazareno, ¿no sabe V. R. que hay pajaritos que cuentan las cosas?» Ciertamente D. Pedro sabía esto y mucho más por los PP. Franciscanos antiguos; pues era sobrino del Rdo. P. Carrascosa, antiguo confesor de la Sierva de Dios como ya se dijo.

Terminadas las obras más indispensables, y limpia ya y restaurada la Iglesia, dispuso mi venerada Madre solemnes funciones de acción de gracias a Dios Ntro. Señor, a la Virgen Santísima y a los Santos. La primera se celebró el 26 de julio del mencionado año 1856, con motivo de haberse abierto al público aquel sagrado templo, que, por tanto tiempo, había estado cerrado y abandonado; pues contaban las Madres antiguas que yo conocí, que era un dolor ver cómo estaba la Iglesia, por haberla tenido cerrada tanto tiempo al culto divino, y de tal modo abandonada, que alrededor de las paredes, no solo blanquecino moho, sino hasta hongos habían salido por algunos sitios.

Ocupada mi venerada Madre en dar gloria a Dios y en el bien de las almas, recibiendo del Divino Jesús y de Su Santísima Madre frecuentes visitas y extraordinarios favores, era cada día más querida y estimada de todos los habitantes del pueblo, que acudían fervorosos a las solemnidades que se celebraban en la Iglesia del Convento, no extrañando que, en medio de la gran pobreza en que se encontraba la comunidad, fuese tan espléndida en las solemnidades del Divino culto; recordaban, perfectamente, lo sucedido la vez primera que su Reverencia estuvo en Torrelaguna, en la época de su primer destierro, que queriendo obsequiar al glorioso San Antonio de Padua y no teniendo recursos para ello, puesta toda confianza en Dios y en los méritos del Santo, lo arregló todo para la función, tomando la cera alquilada y conviniéndose con el cerero que le pagaría lo que se gastara y nada más. Mas habiendo quedado ambos conformes en el ajuste, se hizo la función con su Divina Majestad, manifiesto y sermón; y después de tan larga función, hallaron con asombro que se habían quedado las velas en el mismo estado que antes, pues las habían pesado para la función y después de estar luciendo tanto tiempo. Como esto fue tan público, todo el pueblo lo supo; y así que cuando en este año 1856 fue la Comunidad, muchas personas que fueron testigos del maravilloso hecho, se lo contaron a las religiosas, llenos de fervoroso entusiasmo.

A la Santísima Virgen del Olvido tenían también una gran devoción. En todas sus penas, necesidades y dolencias acudían a la celestial Señora, pidiendo a mi venerada Madre que interpusiera su ruego para alcanzar de Dios y de la Virgen Santísima remedio. Mi Madre amada consolaba a todos, y ellos, por la experiencia que ya tenían, conocían por la respuesta que les daba, el resultado que su necesidad había de tener. Si satisfactorio, les decía que tuviesen fe y no desconfiasen, y si desagradable, que tuvieran conformidad con lo que el Señor disponía, que siempre sería para mejor.

Entre los grandes favores y gracias que, por este tiempo, recibió mi Madre venerada, una fue la Divina revelación que tuvo de haber salido ya de las penas del purgatorio su madre Dª Dolores Capopardo, habiendo su Divina Majestad aceptado, amoroso, las muchas oraciones, lágrimas, penitencias y sacrificios que, desde el momento de la muerte de la expresada Dª Dolores, ofreció por su alma a la Justicia Divina su angelical inocente hija, todo amor y caridad.

Contentas, tranquilas y gozosas continuaban en su Convento de Torrelaguna mi venerada Madre y sus Religiosas, cuando dispuso Dios nuestro Señor el providencial caso siguiente, que copiaré según lo refiere la Reverenda Madre Sor María Isabel de los Remedios, en el cuaderno que de cuanto sabía, por haberlo presenciado, visto u oído, dejó escrito. Dice así:

«Con motivo de las obras del canal de Isabel II, fue a Torrelaguna una comisión del Gobierno, compuesta del Presidente Sr. Narváez y otros dos Señores Ministros, y, sin previo aviso, se fueron al Convento, entrando, como podían hacerlo, por orden de Sus Majestades, en la clausura; vieron lo necesitadas que estábamos, aunque nada les dijimos, ni menos pedimos nada; mas, ellos lo vieron todo y el mal estado del edificio. Entonces se convencieron de las calumnias e injusticias ejecutadas con tan angelical Religiosa; vieron por sí mismos la falsedad de las calumnias que la representaban como una mujer orgullosa y rebosando comodidades; vieron su pobrísima celda, compuesta de un jergón de paja y una pobre silla, y, no solo no hallaron tapices ni alfombras, como esperaban (dicho por ellos mismos), sino que la tan temible monja ni una mala estera tenía donde poner los pies en el rigor del invierno. Vieron, asimismo, unas pobrísimas monjas, quienes careciendo de todo en absoluto, una sola cosa nos sobraba, y era la paz, la alegría y el amor a nuestra Madre. Por fin, aquellos Señores salieron con bien distinta opinión de la temida Religiosa y de sus hijas, y, en prueba de ello, dejaron al Padre Vicario para que se la entregara a nuestra Madre una buena limosna; pero no se contentó con esto el Presidente del Consejo de Ministros, sino que se fue a Palacio y enteró a Su Majestad la Reina del estado ruinoso del Convento; e hizo cuanto pudo con Sus Majestades para lograr vernos en Aranjuez».

Hasta aquí lo que sobre esto refiere la Madre Sor María Isabel de los Remedios. Merced a la piedad de varias personas caritativas del pueblo, y a fuerza de grandes sacrificios y privaciones, había emprendido la Sierva de Dios y llevado a cabo algunas obras de reparación en el Convento, atendiendo a la mayor necesidad; pues, restaurarlo en debida forma no era posible, porque para ello se necesitaba mucho tiempo y dinero; así es que, a pesar de lo hecho, en los tiempos de lluvias y nieves, hasta las mismas puertas de las celdas se mojaban en muchos sitios. Y ¡oh juicios admirables del Señor! cuando menos podían imaginar y de quien menos podían pensarlo acude su Divina Majestad con remedio, dando principio a las fundaciones y reformas para que tenía destinada a mi Madre amadísima y venerada. ¿Quién hubiera creído en otra época, cuando Narváez se daba tanta prisa para desterrar a mi Madre amada, que había de llegar un día en que, convencido de su inocencia y virtud, tanto excitara su compasión el ver dónde moraban la inocente víctima y sus fieles hijas que la acompañaban, sobrellevando estas sus privaciones y trabajos, no solo con resignación sino hasta con el mayor gozo y alegría por amor de Dios y por gozar de la presencia de su siempre amada Madre?. Esto solo pudo ser obra del cielo, de Aquel que está sobre los pensamientos de los hombres y protege y toma por su cuenta a la inocencia perseguida y a la virtud vilipendiada; y a través del odio y de la venganza sabe Él sacar triunfante, para confusión de sus enemigos y perseguidores, a sus fieles siervos.

Enterada S. M. la Reina por el Sr. Narváez de la pobreza en que mi venerada Madre y su Comunidad se encontraban y del mal estado del edificio, resolvió, de acuerdo con su Gobierno, trasladarla a otro punto; y para ello, eligió S. M. el Convento de San Pascual, en el Real Sitio de Aranjuez, que acababa de ser abandonado por los Religiosos Franciscanos de la provincia de San Gregorio Magno de Filipinas, efecto de la persecución de que eran objeto por parte de algunos nacionales. Dichos Religiosos se trasladaron a Pastrana; haciéndose cargo de dicho Convento el Real Patrimonio.

Su Majestad la Reina escribió una cariñosísima carta a la Sierva de Dios manifestándole su deseo de que saliera de Torrelaguna y ofreciéndole el expresado Convento de Aranjuez; a la que contestó ella que aunque agradecía a S. M. mucho el real ofrecimiento, por algunos inconvenientes que había de por medio le suplicaba la dejasen en su tranquilo retiro de Torrelaguna. Insistió Su Majestad de nuevo diciendo que era su voluntad y quería hacer ese obsequio al Señor y a la Santísima Virgen del Olvido, Triunfo y Misericordias, porque así se lo había ofrecido. Ante tan generoso y piadoso ofrecimiento no tuvo la Sierva de Dios más remedio que aceptar, agradecida, lo que la providencia Divina, por medio de la munificencia de SS. MM., se dignaba ofrecerle. Hicieron los Augustos Señores donación del Real Convento, con escritura pública y con todas las formalidades que requería el caso; con la aprobación y gran satisfacción de los reverendísimos Prelados, del Eminentísimo Señor Cardenal Arzobispo de Toledo y Excelentísimo Señor Nuncio, y, lo que es más, con el beneplácito de Su Santidad el Papa Pío IX, al que S. M. la Reina dio cuenta de lo hecho; enviando el Santo Padre, lleno de paternal bondad, su Apostólica Bendición para la nueva casa y para cuantas en lo sucesivo se hicieran.

Así dio principio mi Reverenda y venerada Madre a sus Fundaciones y Reformas, nunca solicitadas por su reverencia sino pedidas por los mismos que las deseaban.

 

CAPÍTULO XXIV

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Traslación de la Comunidad de Torrelaguna a Aranjuez. — Las clases externas gratuitas y el internado de niñas. — Prodigioso aumento de la Comunidad. — Vida de observancia de sus religiosas. — Celo de la Sierva de Dios por el rezo del Oficio Divino. — El oficio Parvo y favor extraordinario de la Soberana Reina de las Misericordias al rezarlo. — Visita canónica y elección de Abadesa. — Asisten los Reyes de España. — Regala su báculo el Sr. Arzobispo a mi Madre Patrocinio.

 

Con gran sentimiento de los habitantes de Torrelaguna, salió mi venerada Madre con sus religiosas de su amado Convento, de su Portalico de Belén, entre manifestaciones espléndidas de veneración y simpatía de parte de todas las clases, prometiéndoles la Sierva de Dios no olvidarles nunca y llevándose en su corazón el deseo y propósito vehemente de restaurar aquel Convento, que consideraba como la cuna de sus Fundaciones y Reformas; como, efectivamente, lo hizo después de algún tiempo, enviando a él las Religiosas necesarias para formar nueva Comunidad, según se dirá en su lugar correspondiente.

Era el día 16 de abril de 1857, muy de mañana, cuando, con las Reales Ordenes y licencias necesarias de los Prelados, partió camino de Aranjuez aquella insigne comitiva, compuesta de la Sierva de Dios y sus Religiosas y de los RR. PP. Vicarios de la Comunidad Fr. Julián Peña Sánchez y Fr. Nicanor Ascanio, martirizado años después este último en Damasco por confesar la fe de Jesucristo. Por muerte del Emmo. Sr. cardenal Bonel y Orbe, iban también con mi Madre venerada el Rdo. P. Fr. Vicente Sanz, en representación del Sr. Gobernador Eclesiástico (s. v.), y el Muy I. Sr. D. Antonio Aguado, que hacía las veces del Excmo. Sr. Nuncio Apostólico.

El día 17 del ya citado mes y año quedó instalada mi Reverenda Madre con su Comunidad en el expresado Real Convento de San Pascual de Aranjuez, siendo 22 las religiosas que la componían (catorce profesas y ocho novicias). Uno de los primeros cuidados de la Sierva de Dios, al llegar a Aranjuez, después que la Comunidad quedó regularizada convenientemente, fue abrir las clases de niñas pobres, cuya educación fue siempre su ideal y constituyó para su corazón, abrasado en celo, una fuente de delicias; y de tal modo colmó Dios los deseos de esta su escogida, que, en poco tiempo, viéndose llenas de alumnas, pasando estas de cuatrocientas. La educación que se les daba era, además de esmeradísima, enteramente gratuita, y, con frecuencia, solía la solícita y amante Madre y Fundadora proporcionar de limosna a las niñas cuanto necesitaban para el estudio, escritura y labores, y regalarles con motivo de alguna festividad, o en tiempo de exámenes, algunas prendas de vestir, distribuyéndolas entre las más necesitadas, o más distinguidas en aplicación.

A muy poco de abrirse el colegio externo, acudieron a mi venerada Madre distinguidas familias de Madrid, Torrelaguna y otros puntos, rogándola pusiera colegio interno, para admitir y educar en él a sus hijas. Una de las que primero lo solicitaron fue la insigne bienhechora doña Mariana Vildósola, que amante siempre de la Sierva de Dios y muy devota suya, ansiaba poner bajo su cuidado y dirección a sus cuatro nietecitas.

Tratado todo con el Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, este manifestó a mi Madre Patrocinio la conveniencia de abrir el pensionado interno que las familias distinguidas solicitantes deseaban; así se hizo; y, a muy poco, ya habían ingresado en él veinte niñas; cuyo número se fue aumentando de día en día, hasta llegar a más de cuarenta, la mayor parte de paga y algunas de caridad. Vivió siempre tan encendida esta virgen que, enardecida más y más cada vez por la tribulación en que sin cesar se vio envuelta, solo hubiera deseado consumir su corazón en el celo de la salvación de las almas, sin distinción de clases, de gentes y naciones. Cada colegio que abría era incentivo en su enamorada alma, respecto de otros muchos que en todas partes anhelaba abrir. Nunca se ponderará bastante el ardiente amor de este escogido apóstol de la caridad, quien solía decir que la hora de que «sería Madre de muchas hijas» que se le reveló en uno de sus éxtasis arriba descrito, había soñado.

Ya dijimos en el capítulo anterior cómo comenzó Dios a mover los corazones de muchas jóvenes para que pudieran vestir nuestro santo hábito a la Sierva de Dios, apenas quedó tranquila en el Convento de Torrelaguna, después de sus últimos destierros. Este mismo fervor y movimiento de vocaciones fue creciendo más y más, y subió de punto de tal suerte en Aranjuez, que desde el mes de junio del mencionado año 1857, hasta octubre, ingresaron en la expresada Comunidad treinta y dos jóvenes, algunas de familias muy distinguidas en la sociedad y de muy ilustre linaje. Es decir, que, en poco más de medio año, llegaron a ser más de cincuenta las religiosas de la Comunidad, todas animadas del más ferviente espíritu y deseo de perfección. Así lo comprendía la Sierva de Dios; y en su afán de glorificar al Esposo de su alma, aprovechando las circunstancias singularísimas que se le presentaron, emprendió, decididamente y lleno su corazón de fervor y fortaleza, la reforma de la Comunidad en todos aquellos puntos que la relajación había introducido contrarios al espíritu de la santa Regla y Constituciones, especialmente en lo referente a la pobreza seráfica, al oficio divino y al culto del Santísimo Sacramento del Altar. Muy bien sabía mi amada Madre lo costoso que es a la flaca naturaleza humana cambiar los hábitos contraídos, sobre todo en asuntos de virtud y de perfección, cuando la necesidad, o la mayor conveniencia se ponen de por medio para tranquilizar la conciencia, haciéndola descansar, tal vez, sobre el muelle lecho de una falsa seguridad; sin embargo, fiada mi venerada Madre en las buenas disposiciones de las religiosas y, más que nada, en la ayuda del cielo, no temió emprender la indicada reforma, obteniendo al punto los resultados que su abrasado celo se propuso para gloria de Dios.

Ya en Torrelaguna suprimió el uso del peculio particular que de Caballero de Gracia habían traído las Religiosas, y ordenó que se observase la vida común en absoluto, no habiendo sino un solo fondo de limosnas en la Comunidad y una misma forma de vida para todos, y en todo. En este Convento de Aranjuez, confirmó esta misma perfección de vida; más, en su prudencia de Prelada, de tal manera armonizó la seráfica pobreza con la caridad religiosa, que nada faltaba de lo necesario a las religiosas, especialmente a las enfermas, para las cuales fue siempre una singularísima Madre.

Exactísima en el cumplimiento de la obligación del oficio divino, era tal la importancia que daba a su rezo en Comunidad, que exigía con todo rigor el que se guardara en él todo lo ordenado por la Santa Regla y Constituciones, respecto del tiempo, del lugar y demás circunstancias que deben acompañarle, para cumplir tan sagrado deber con la perfección que pide Dios a las religiosas. Solía decir frecuentemente: «Si supierais, amadas hijas, lo que pasa entre el cielo y la tierra todo el tiempo que el Oficio divino se está rezando, desearíais que nunca se concluyese».

Estableció también los maitines a las dos de la mañana, como mandan nuestras Constituciones, y para ello dio lugar el caso siguiente: Estando recogida en su celda, en compañía de la Religiosa que la cuidaba, oyeron varias noches que, a las dos en punto, llamaban a la puerta, y saliendo nunca vieron a nadie. Como ninguna de la Comunidad era quien llamaba, se preocuparon las monjas y viéndolas así la Sierva de Dios les dijo, para sosegarlas, que quien llamaba era San Pascual, que, sin duda, pedía a la Comunidad el sacrificio de levantarse a maitines a las dos de la mañana. Confirmada su Reverencia en que esta era la voluntad de Dios, puso, inmediatamente, manos a la obra, con mucho gusto de todas las Religiosas; y desde aquel día se rezaron los maitines a la expresada hora. Y cuan del agrado de Dios fuera esta medida de su amada Sierva, viose claramente en que, a pesar de la delicadeza de algunas religiosas y lo insano de la temperatura de aquel Real Sitio, especialmente en altas horas de la noche, por las humedades del río, lo que originaba frecuentes calenturas en la población, muy raras veces hubo necesidad de cambiar la hora del rezo de maitines.

Estableció además, en la Comunidad, el rezo del Oficio Parvo de la Santísima Virgen en obsequio de la divina Señora y por indicación suya, según pudieron entender las religiosas en frases veladas de mi santa Madre, cuando la acosaban a preguntas. Se confirmaron las monjas en su piadosa creencia y comprendieron lo muy grato que era al corazón de la Reina de los cielos el indicado rezo en este hecho, advertido y experimentado por todas: varias veces estando la Sierva de Dios en el coro, rezando el Oficio Parvo, con la Comunidad, oyeron las religiosas una voz dulcísima, que se percibía y distinguía claramente entre las demás, no obstante ser en ocasiones más de sesenta las voces que recitaban los salmos. Todas comprendieron, sin género de duda, que quien alternaba, recitando en el coro de la Sierva de Dios, era la misma Santísima Virgen, por los maravillosos efectos de fervor y devoción que en su corazón experimentaban. Yo misma tuve la dicha de asistir dos veces a tan regalado celestial concierto y experimenté, aunque indigna, efectos tan dulces y sabrosos. La voz de la Santísima Virgen salía del sitio donde, junto al de la Prelada se halla la imagen encantadora Virgen de las Misericordias que ya conocen nuestros lectores, por lo que dijimos al tratar de su celestial aparición a la Sierva de Dios.

A tenor del celo de la santa en las alabanzas divinas, era el que desplegaba en los demás actos del culto. Ya se dirá después en su propio lugar lo referente a la Vela Perpetua del Santísimo Sacramento, y su Esclavitud y de sus hijas, respecto de tan Augusto misterio. Baste indicar aquí, para terminar el asunto que venimos tratando, que exigía de sus religiosas sacristanas el mayor esmero posible en el lavado, planchado y rizado de las ropas de la sacristía y en la limpieza y delicadeza más exquisitas en todo lo demás que pertenece al Augusto Sacrificio de nuestros altares.

En el año 1859, tan luego como mi reverenda Madre vio aproximarse el trienio de su Prelacía, hizo, con la anticipación debida, renuncia de su cargo, rogando al mismo tiempo al Eminentísimo Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, Don Fray Cirilo de Alameda y Brea, que tuviera la bondad de hacer por sí mismo la santa Visita y elección de Abadesa; por ser la elección que había de verificarse la primera en aquel Real Convento, del exclusivo patronato de su Majestad la Reina Doña Isabel II y de su Augusto esposo Don Francisco de Asís María de Borbón. Su Eminencia Reverendísima accedió gustosísimo a los ruegos de tan ejemplar Prelada y Madre nuestra; y habiendo sabido que Sus Majestades, que se hallaban de jornada en Aranjuez, habían resuelto orar y enaltecer el acto de la elección con su Real presencia, dio Su Eminencia Reverendísima las órdenes oportunas, para que todo se hiciera con la solemnidad debida, como así se verificó en los días 23, 24 y 25 de Mayo del ya citado año 1859.

Llegó su Eminencia a Aranjuez el día 23, acompañado de su secretario de cámara y de los familiares y observado puntualmente por las Religiosas cuanto prescribe el Ceremonial para el caso, oyeron de labios del Prelado una muy ferviente plática y exhortación, con lo cual quedó abierta la Visita Canónica, resultando de la misma abundantísimos frutos de bendición y alabanzas para Dios y para la Comunidad; pues todo lo hallado por su Eminencia había sido satisfactorio y muy consolador para su corazón de padre y pastor diligentísimo.

El día 25, asistiendo al acto SS. MM. D. Francisco de Asís y Dª Isabel II, procedió el Emmo. Prelado a la elección de Abadesa de la Comunidad, con las formalidades de costumbre y cumpliendo todo lo ordenado para el caso por la Ley Eclesiástica y Constituciones de la Orden, saliendo elegida por unanimidad de votos en el primer escrutinio mi Rda. Madre, no sin gran confusión y mortificación suya. Durante la elección estuvo expuesto el Santísimo Sacramento, por orden de su Eminencia, y en oración el resto de la Comunidad que no asistía al Capítulo. Publicada la elección y recitadas las preces de costumbre, el Prelado confirmó la elección verificada y dio posesión de su nuevo cargo a la Sierva de Dios. El júbilo de todas fue sin medida, menos el de mi amadísima Madre, cuyo corazón quedó verdaderamente crucificado. Después de una muy fervorosa exhortación a las religiosas estimulándolas a la más exacta observancia de la Regla, Constituciones y santos votos, mandó el Rmo. Prelado a mi venerada Madre que tomara el báculo que como Fundadora le correspondía; y, por no haber ninguno en la Comunidad, le regaló el suyo, que mi Madre amada, llena de humildad y por obediencia, tomó y usó en aquella ocasión solamente. Este báculo se conservó siempre en la vitrina que en el coro tiene la Virgen de las Misericordias y hoy se guarda en el archivo de esta Comunidad de Guadalajara, como preciada reliquia.

Los Augustos Reyes salieron edificadísimos del acto presenciado y llenos de emoción sus piadosos corazones.

CAPÍTULO XXV

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Feliz encuentro. — Cumplimiento de una promesa de Dios a su Sierva. — El don de la bilocación. — El Padre Estarta, director de mi Madre Patrocinio y misionero. — Dios lo quiere y los Prelados confirman la vocación de la Sierva de Dios, para fundar y reformar conventos. — Su Santidad Pío IX, la bendice y la otorga privilegios especiales. — De Aranjuez a La Granja. — Noche memorable en el Convento de Monserrat. — EI Niño Jesús misterioso. — Llegada a La Granja y entusiasmo y gozo con que son recibidas las Religiosas. — Carta de la Sierva de Dios. — Vocación de mártir en el Padre Ascanio, confirmada por mi Madre Patrocinio, y su martirio en Damasco.

 

Entre los grandes favores espirituales que la Sierva de Dios recibió en el Convento de Aranjuez fue uno el providencial encuentro que tuvo con el Rdo. P. Estarta, religioso franciscano, de quien ya hemos hecho mención en otro lugar. El caso sucedió del modo siguiente: Estaba Mi madre venerada con grandes penas de espíritu, porque en muchas cosas extraordinarias que el Señor le concedía en aquel entonces, no le daban solución los confesores; y compadeciéndose Dios de su esposa, le cumplió la promesa que en su juventud le había hecho: de darle por su consolador a un sacerdote que por primera vez celebraba su primera Misa, muy lejos de Madrid (en donde mi Madre Patrocinio se hallaba a la sazón), asistiendo ella en espíritu y viendo y conociendo al nuevo celebrante, que lo era el expresado P. Estarta; así se lo explicó la Sierva de Dios al mismo Padre cuando le tuvo, efectivamente, de director de su conciencia.

Con motivo de tratar con el Señor Cardenal de Toledo asuntos de la Orden, fue el referido P. Estarta por aquellos días a la imperial ciudad, y el Emmo. Señor aprovechó la ocasión para mandarle a Aranjuez, con visita particular suya para la Sierva de Dios. Habían pasado ya muchos años desde que sucedió el mencionado favor. Apenas se puso en su presencia de mi venerada Madre, cuando entendió que era aquel Padre designado por Dios para director de su conciencia; y cumpliéndose las palabras que momentos antes había oído «No volverás (del locutorio) desconsolada», experimentó enseguida al recibir la bendición del Padre, que se disipaban las tinieblas de su alma y se llenaba de paz su corazón. También el Padre quedó sorprendido y admirado al ver y oír tan santa criatura, y sin hacer más por entonces, se volvió a Madrid.

Estaba Aranjuez entonces muy necesitado de misiones y comprendiendo su Eminencia el Sr. Arzobispo de Toledo el mucho fruto que podía hacer en aquellos fieles la predicación del Padre Estarta, le llamó y facultó para que las diera y, a la vez, para que confesara de extraordinario a la comunidad de mi venerada Madre. La Sierva de Dios enardecida en santo celo, se ofreció a ayudar al Padre en cuanto fuera necesario, y ella y sus religiosas pudiesen, para que el fruto de la misión fuese copioso y eficaz, como efectivamente lo fue.

También en el espíritu de la Comunidad produjo maravillosos efectos la predicación y confesión del bendito misionero; sobre todo, el que causó en mi Madre amada fue singularísimo, por el conocimiento y experiencia que tenía en cosas extraordinarias de espíritu. Él fue también quien animó a la Sierva de Dios para que, siguiendo la inspiración del Espíritu Santo y obediencia de los Superiores, saliese a fundar nuevos Conventos en los Reales Sitios, como los Reyes querían y anhelaban, pidiéndoselo sin cesar.

Efectivamente, luchaban en su interior mi amada Madre cuanto no se puede decir, sintiendo, por una parte, la fuerza de divino celo que la impulsaba con vehemencia extraordinaria a propagar el culto del Señor y el bien de la enseñanza a las niñas, y, por otra, experimentando temores indecibles, motivados, sobre todo, por el conocimiento que tenía de su indignidad e incapacidad para empresa tan difícil y arriesgada, y más teniendo en cuenta las persecuciones pasadas; pero empeñados los Reyes en ello, por la experiencia que ya tenían de los abundantes frutos que las religiosas de Aranjuez venían cosechando en gloria de Dios y provecho de los prójimos, y obtenidos por los dichos Reales Señores los correspondientes permisos de los Prelados y la bendición de Su Santidad Pío IX, no tuvo más remedio la Sierva de Dios que corresponder a la vocación del Altísimo y emprender las fundaciones de los Reales Sitios, conforme a las normas que los Prelados le trazaron y apoyada con firmeza y seguridad, cabales y perfectas, en la magnanimidad y piedad de nuestros católicos Monarcas. Ciertamente, ni una sola fundación hizo mi venerada Madre sin ese apoyo, convenientemente legalizado, y sin la aprobación y bendición de los Prelados Eclesiásticos y de la Orden, como consta en los documentos que sobre cada fundación se conservan en el archivo de este Convento en Guadalajara.

Así lo hace constar también la misma Sierva de Dios en diferentes cartas escritas a religiosas y otras personas puestas en dignidad y de gran respeto. Es más, para cada una de sus fundaciones obtuvo el permiso necesario de la Santa Sede y la facultad, además, para visitarlas, trasladar religiosas de un Convento a otro, siempre que por enfermedad, o por otra causa justa, fuese necesario; y hasta para asistir a los Capítulos de elecciones que se verificasen en sus Comunidades. Ya tendremos ocasión de ver en adelante alguna de las muchas muestras de estima y afecto paternal que profesó a la Sierva de Dios, Su Santidad Pío IX, quien también le concedió especialísimos privilegios.

La primera fundación después de la de Aranjuez, fue la del Real Sitio de San Ildefonso de La Granja (Segovia), sobre la cual véase la exposición que, a su Eminencia el Señor Arzobispo de Toledo, hace el Excmo. Sr. Ministro de Gracia y Justicia, en una Real orden de 3 de agosto de 1859:

«Emmo. Sr.: La Intendencia de la Real Casa y Patrimonio dirige hoy a este Ministerio de orden de S. M. la Reina la comunicación siguiente: — Convencida S. M. la Reina nuestra Señora q. D. g. de los beneficiosos y útil que es para mejorar la educación de la clase menesterosa la enseñanza religiosa, moral, literaria y doméstica que las niñas reciben en los conventos de religiosas y habiendo tenido ocasión de observar los adelantos que en poco tiempo han hecho las infinitas de aquellas que acuden a recibir gratuitamente el buen ejemplo y la instrucción de las religiosas Concepcionistas de Nuestra Señora del Olvido establecidas en el Convento de San Pascual de Aranjuez, se ha servido mandar, que, para que las familias de este Real Sitio de San Ildefonso puedan lograr para sus hijas el mismo beneficio que las de Aranjuez disfrutando asimismo el vecindario todo las ventajas que ofrece el culto divino a que se consagra con tan solícito afán y religiosidad la Comunidad mencionada se establezca en este Real Sitio, por cuenta de S. M. y con el decoro y demás circunstancias que el caso exige, una parte de aquellas religiosas; a cuyo fin, y por mandato de S. M., me dirijo a V. E., para que dicte las determinaciones necesarias al mejor cumplimiento de lo dispuesto por S. M. — Penetrado el Gobierno de las ventajas espirituales y temporales que promete una nueva fundación tan digna de los piadosos sentimientos de S. M. y tan arreglada a la letra del artículo 30 del Concordato, como conforme a su espíritu, deseando coadyuvar a ella en la parte que le cabe, excita el religioso celo de V. Ema., a fin de que cuando por parte del Real patrimonio esté todo preparado para recibir a las religiosas del Convento de San Pascual de Aranjuez que se consideren necesarias al establecimiento de otro en este Real Sitio, se sirva V. Ema. concederlas su licencia de traslación y adoptar al efecto cuantas disposiciones cupieren en sus facultades Ordinarias, o procure habilitarse con las que ellas excedieron. De la Real orden lo comunico a V. Ema. para su conocimiento y efectos oportunos».

Inmediatamente que su Emcia. se enteró de la presente Real Orden, hizo las diligencias del caso, y, dispuesto y ordenado todo, mandó a mi venerada Madre que, con dieciséis religiosas, saliese del Convento de Aranjuez para el de La Granja, ateniéndose al itinerario que el mismo Prelado les señalaba. En este itinerario ordenaba Su Eminencia que se detuvieran en Madrid y que visitaran a los Reyes; para lo cual pernoctaron en el Convento de Monserrat, con las religiosas de Caballero de Gracia, donde puede suponerse la escena de júbilo y gozo santo que se desarrollaría, por haber sido la Sierva de Dios miembro de aquella Comunidad y Madre Prelada de casi todas las Religiosas.

Fue en esta ocasión cuando, al presentar a mi venerada Madre y sus compañeras un Niño Jesús, precioso, que tenía la Comunidad, algunas monjas de las mayores, les contaron que, cuando la Sierva de Dios vivió entre ellas en Caballero de Gracia, cuidaba de aquel Niño, con tanta delicadeza, esmero y devoción, que le acostaba diariamente, y sucedió, más de una vez, encontrarse caliente y hundido el colchoncito, cual si en él hubiese dormido una persona viva. Este hecho lo han confirmado después muchas venerables religiosas que yo he conocido.

En el itinerario para La Granja, se señalaba, como punto de descanso, el Real Palacio de El Escorial, y para este Sitio Real salieron mi venerada Madre y sus compañeras el día 2 de octubre por la mañana, después de haber oído Misa y comulgado en Monserrat. En El Escorial tuvieron la dicha de ver y adorar la Sagrada Forma. Llegaron a San Ildefonso el día 3 de octubre del ya indicado año de 1859, quedando instalada la Comunidad en su nuevo Convento. Al día siguiente, se celebró una solemnísima función a nuestro Seráfico P. S. Francisco, a la que asistieron todas las autoridades; y el día 10 se celebró otra de acción de gracias, en la que predicó el Reverendo Padre Fray Manuel Ochagavia, capellán segundo de la Comunidad de mi venerada Madre en Aranjuez.

Véase lo que sobre la inauguración de la Comunidad en este Real Sitio escribe la misma Sierva de Dios:

«Convento del Triunfo de la Inmaculada Concepción. — Real Sitio de San Ildefonso, 8 de octubre de 1859. — Alabada sea la Santísima Trinidad. Ave María Purísima. — Mi muy amadísima Madre Vicaria: saludo a V. Rcia. y a todas y a cada una de mis muy amadísimas hijas, a quienes bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. No habrá extrañado V. Rcia., ni ninguna de mis queridas hijas, no haber recibido carta mía, pues se habrán hecho cargo de que llegué cansadísima y que después no tengo un instante mío. A Sor Concepción, o sea la Madre Vicaria, la mandé escribir todo. Aquí llegamos con toda felicidad, gracias al Señor y a su Purísima Madre. Nos encontramos con un pueblo piadosísimo; nos esperaban todas las Autoridades Eclesiásticas, civiles y militares, con  todo el Clero, que hay mucho. Al divisar los coches de bien lejos, echaron las campanas al vuelo y nos causó una tierna emoción el ver tanta gente y el sonido de las campanas. Esperaba el Sr. Gobernador con una comisión de la Colegial, otra comisión del Cabildo Parroquial, con todo su clero, otra de los Sres. Beneficiados, el Ayuntamiento en cuerpo, el Sr. Oñate por Palacio y el Sr. Administrador del Patrimonio, con todos sus dependientes. Todos ofrecieron sus respetos a la Comunidad con toda ceremonia, tomamos después posesión del Convento, entramos en el coro, cantamos el Te Deum a música, muy bien. Después fuimos con todos los Señores para enseñarnos el Convento, y el Sr. Gobernador me iba entregando las llaves, y, acto continuo, se cerró la clausura.

El Convento es muy bueno, con mucho mayor local que ese; la huerta no tan grande, pero tiene mucha fruta. Hay Iglesia pequeña, algo más grande, como vez y media, que la Capilla. El coro bajo es anchísimo, de largo como el de Torrelaguna, ancho el doble por doble. Estas gentes son muy buenas y a todos nos ha probado bien. El día 10 tendremos la función de inauguración y establecimiento de la Comunidad, a la que asistirán todas las autoridades, como el día de Ntro. Padre S. Francisco, y por la tarde tomarán el hábito dos o tres religiosas. Me veo perdida con tanta pretendienta; pues todos los Sres. sacerdotes tienen sobrinas, hermanas o confesadas que quieren serlo. Vino a visitarnos enseguida el Sr. Obispo de Segovia. Esta ciudad está a legua y media de aquí. Lo más esencial quedará concluido pronto, de modo que pienso poder dejar todo arreglado en debida forma, para marchar a esa a primeros de noviembre.

Los artistas y todos, por lo que se observa, trabajan aquí más con el corazón que con las manos, y tienen un respeto todos, grandes y pequeños, que no se observa en esa. El administrador se porta admirablemente.

El Domingo viene la procesión de la Virgen Santísima del Rosario y cantarán la letanía, salve y demás de costumbre. Aquí, como en el coro más bajo, lucen más las voces.

He visto en El Escorial, es decir, Palacio, Iglesia, Panteón y coro. Es propiamente una maravilla. Hoy no puedo detenerme mucho, porque he tenido que escribir cuatro cartas y esta cinco; porque ya no podía pasar sin escribir a unas hijas que tanto amo. Las de aquí están contentísimas y todas alabando a Dios. Pedid, hijas mías, que sea todo para gloria de Dios, como lo deseo: a todas las tengo puestas bajo la protección y amparo de María Santísima y en su Santísimo Nombre las bendigo y deseo verlas buenas y contentas, amando a Dios mucho y haciéndose dignas de las consolaciones celestiales, como lo desea su Madre que nuevamente las bendice, las pide en sus santas oraciones y abraza a V. Rcia. — Su M. Q. B. S. M. — Sor Mª de los Dolores y Patrocinio».

Instalada la Comunidad, celebrada la función de inauguración de la Iglesia y Convento, abiertas las clases gratuitas para las niñas pobres y arreglado todo lo concerniente a la nueva fundación, y habiendo dado ya el Santo hábito a varias novicias, salió mi venerada Madre de San Ildefonso, regresando al convento de San Pascual en Aranjuez. En este mismo año de 1859, a últimos de enero, tuvo lugar la embarcación para Tierra Santa del ya mencionado y esclarecido mártir de Damasco R. P. Fr. Nicanor Ascanio, cuya vocación al martirio sucedió del modo siguiente:

Estando un día celebrando la Misa en el altar de la Santísima Virgen del Olvido, de cuya Sagrada Milagrosa Imagen era devotísimo, sintió, de pronto, vivos e interiores impulsos de pasar a Tierra Santa, para allí dar su vida en defensa de nuestra Sacrosanta Religión, y deseando saber si verdaderamente aquello era inspiración del cielo, pasó a visitar a mi venerada Madre Patrocinio, le declaró cuanto había sentido y las ansias que tenía de padecer el martirio; le pidió además, por caridad, le dijese lo que en Dios entendiera ser la divina voluntad sobre él; pues, solo por Dios y por el deseo de ser mártir, se separaba de la Comunidad. Cumplió mi Madre amada el encargo; y la respuesta fue, que su inspiración, ciertamente, había sido del cielo y sus deseos aceptados por el Señor, que, por tanto, seguro de lograr en breve la dicha a que aspiraba, podía disponer su viaje a Tierra Santa, agregándose a la primera misión que del colegio de Priego saliera para Palestina. Efectivamente, bien pronto le concedió el Señor lo que tan fervorosamente había pedido y deseado, pues llegada la misión a Palestina en febrero del expresado año, en julio del siguiente se dignó Dios premiar sus heroicos sacrificios concediéndole en Damasco la corona del martirio, en unión de su Superior y otros seis Religiosos Franciscanos más de la Comunidad[33].

CAPÍTULO XXVI

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Desde Aranjuez. — Observancia y caridad ante todo. — Ejemplos singulares de virtud. — Fundación del Real Sitio de El Pardo. — En la casa de Oficios. — Éxtasis maravilloso. — El nuevo Convento y traslación a él de las Religiosas, asistiendo mi venerada Madre. — «La Madre Cándida subió al Cielo». — La fundación de El Escorial. — Todas buenas y contentísimas. — Caso milagroso. — Instrucciones de la Sierva de Dios. — La fundación de Lozoya. — Primera visita y elección de Abadesa. — Entusiasmo desusado y fervor religioso. — Se salva la Sierva de Dios de una caída inminente. — El caballo obedece al .mandato de mi Madre venerada.

 

A pesar de hallarse mi venerada Madre molestada, constantemente, por tan fuertes dolores de cabeza, que apenas la dejaban fuerzas para nada, solicita siempre del bien de sus hijas, y deseosa de que en sus Comunidades no se entibiase el fervor religioso y el celo por la observancia regular, véase lo que la Sierva de Dios, transcurrido apenas un año, decía, escribiendo a la Rda. Madre Abadesa del Convento de este Real Sitio:

«…Has hecho muy bien en no celebrar las octavas de profesiones, aquí hago yo lo mismo; y no se celebran tampoco las segundas clases, ni en sentarse en el coro, ni en disciplina, ni en nada; y no dispenso nada, como no sea las tres Pascuas y sus octavas; la Asunción y su octava, la Natividad y su octava, nuestro P. San Francisco y nuestra Madre Purísima; y el oficio Parvo, no le dispenso tampoco más que estas festividades, o rezándose de la Santísima Virgen y oficiando la Prelada… Cuando en nuestra Comunidad de Madrid pusieron esas costumbres, apenas habría alguna segunda clase; ahora son muy frecuentes y lo mismo los dobles mayores; y lo que entonces pudo ser prudencia, para dar alivio a la Comunidad, ahora puede decirse que sería relajación; porque observándolo de ese modo que se prueba, apenas conoceríamos la vida religiosa, y las cosas, si no se hacen no se aprenden… En puntos de regularidad, sabes ya mi voluntad, desde ahora para siempre, y esta es, de que cuanto más, mejor; procurando regular las cosas con prudencia».

En puntos de caridad, era la Sierva de Dios tan delicada y exigente, que escribiendo a la Madre Concepción, Abadesa de uno de sus Conventos, le dice: «…Serán mis amadas y queridas hijas, si son como yo deseo: muy amantes de su Dios, muy obedientes a su Prelada, muy sencillas y calladas, con prudencia, no moviendo la lengua sino para alabar a Dios, bendecir a su Purísima Madre y dar gracias a su Prelada, por lo mucho que se esmera en todo lo que les pertenece, no permitiendo que ninguna hable lo que no debe; y la religiosa que le oye y no le remedia falta, y el divino Esposo huye de las almas de sus esposas que, en vez de glorificarle con su lengua, se ocupan en la murmuración, viendo la paja en el ojo de la hermana y no viendo la viga en el suyo propio».

No perdonaba ninguna falta que con las enfermas pudiera cometerse; y, conociendo ella que las enfermeras se distraían en no llevarlos el socorro a tiempo, se lo avisaba o se lo adelantaba llevándolo la misma Sierva de Dios.

Moría en cierta ocasión una religiosa llena de gran temor y miedo, y, habiéndolo observado mi venerada Madre, movida de misericordia, al oír del médico que no se explicaba que la enferma ya no hubiese muerto, enseguida impuso a sí misma y a sus monjas penitencia conveniente, convidando también a ello al Sr. Doctor, y al punto entró en agonía tranquila la antes atribulada enferma y expiró dulcemente, mientras las religiosas cantaban el Credo. Se consumía en celo por la gloria de Dios y exaltación de su santo nombre, y solo al verle ofendido cambiaba su semblante. En cierta ocasión, debió Dios manifestar a su Sierva alguna falta grave y, traspasada de dolor por no poder evitar la injuria divina, hizo, por espacio de tres días, con la Comunidad, penitencia pública, en desagravio al Señor y para alcanzar su misericordia en favor del delincuente.

Escribiendo una de las religiosas de Aranjuez acerca del espíritu de mortificación y penitencia de mi santa Madre, dice, que un día se postró la Sierva de Dios en la puerta del refectorio, mandando a todas que pasaran por encima, lo que hicieron las religiosas, llorando amargamente. Añade que otro día llevó la santa cruz grande y pesada, sostenida con la mano izquierda, llevando la derecha a la espalda, atada tan fuertemente, que parecía descoyuntarse, y tan ennegrecida por la opresión, que temieron se le abriese. En ocasiones pidió a las religiosas la penitencia que llamamos del bofetón, diciendo al mismo tiempo ser ella la mayor pecadora, con tantas lágrimas, que a todas las conmovía, de suerte que, siendo en el refectorio, ninguna podía comer después. En esta vida de heroicas virtudes se ejercitaba esta inflamada Esposa del divino Cordero, en los intervalos de tiempo que transcurría de una fundación a otra; preparándose así para hacerlas y ofreciéndose víctima de amor a Dios, después de hechas, para el mejor éxito y en holocausto de gratitud a la Majestad divina.

Mientras la Sierva de Dios descansaba de sus pesadas tareas de apostolado y reponía un poco su salud para emprender otras nuevas, los Reyes disponían las cosas de la fundación de El Pardo, entendiéndose, a la vez, para ello con su Emcia. Rma. el Sr. Arzobispo de Toledo y con la misma bendita Madre mía. Efectivamente: el día 10 de diciembre de 1859, salieron de Aranjuez la Sierva de Dios y varias religiosas de las más observantes y fervorosas de la Comunidad de San Pascual de dicho Real Sitio, y, llegando el mismo día a El Pardo, se instalaron, por de pronto, en una de las dependencias del palacio de los Reyes, llamada Casa de Oficios, por no estar terminadas las obras del Convento nuevo que, después, al año siguiente, se inauguró. Una vez instaladas, ordenó mi amada Madre que todo se dispusiese y arreglase de forma que la expresada Casa pareciese y fuese de verdad morada de religiosas contemplativas: con su clausura, oficinas, coro y demás como en los conventos de más rigor.

Tan excelente impresión causó enseguida en los habitantes de aquel Real Sitio la vida austera y fervorosa de las nuevas monjas, que, antes de trasladarse el convento, al año siguiente, ya eran varias las jóvenes que vistieron el hábito de la Concepción Franciscana. Pocos días estuvo la Sierva de Dios en El Pardo en esta ocasión, porque asuntos de gran importancia reclamaban su presencia en Aranjuez; pero estuvo lo bastante para revelar Dios, como en otras partes solía hacerlo, la extraordinaria santidad de su virginal esposa. Estando un día en oración nuestra amada Madre —dice una de las religiosas de las que fueron a fundar El Pardo—, delante de la imagen de la Santísima Virgen del Olvido, la vimos la M. María Ana de la Presentación y una servidora, levantada del suelo en éxtasis, más de una cuarta, su rostro preciosísimo, que más parecía un ángel que criatura humana.

Al año siguiente de haber instalado las religiosas en la Casa de Oficios, en el mes de junio y una vez terminadas las obras del nuevo convento, volvió la Sierva de Dios a El Pardo, por orden del Sr. Cardenal y se hizo la traslación de la Comunidad con la solemnidad y entusiasmo que puede suponerse. Sobre este hecho y las condiciones del nuevo Convento, dice la Sierva de Dios escribiendo así a la Madre Presidenta del Convento de Aranjuez, lo siguiente: «Ya te habrán dicho que el camino fue fatal; fuertísimo dolor de cabeza; hoy estoy mejor, he descansado algo y he encontrado a todas gruesas, contentas y que has trabajado muchísimo en cosas que me han enseñado. Salió lo mismo que yo pensé. Vi el convento nuevo que es preciosísimo y todo muy bien. Las campanas lo propagaron; pues como estaban en las guardillas, me vieron de lejos y tocaban sin cesar. Gracias a Dios que he encontrado esto bastante bien.

Las cantoras lo hicieron muy bien, la organistilla regular, pero todas muy contentas, como es natural…»

Como urgía cuanto antes la fundación de El Escorial, apenas se abrieron las clases del colegio de gratuitas se volvió mi amada Madre a Aranjuez, cumpliendo las órdenes del Prelado.

Florecía por aquel entonces en virtudes y milagros una célebre religiosa Agustiniana del convento de Toledo, natural de Valdepeñas, llamada Sor María Cándida de San Agustín, con la cual ningún trato ni amistad tuvo nunca. mi Madre amada, aunque sí tenía su santidad en grande aprecio.

Hallábase mi Madre en su convento de San Pascual de Aranjuez, recién llegada de vueltas de El Pardo, preparándose para salir a la fundación de El Escorial, y el Sábado Santo, 30 de marzo de 1861, después del toque de las campanas a gloria, se volvió a dos religiosas de la Comunidad que con su Reverencia se encontraban, Sor María Facunda de Guadalupe y Sor María del Carmen, y les dice: «Sabed que la Madre Cándida se ha marchado al cielo al toque de gloria». Efectivamente, se comprobó después que así fue. Cuando esto escribo se halla muy adelantado el proceso de beatificación de esta santa religiosa.

La fundación del convento de El Escorial se hizo en el mes de abril de 1861, con las formalidades de costumbre, pero con ciertas circunstancias especiales que no es justo que omitamos.

Asistieron a ella, además de su Emcia. el Cardenal de Toledo y su secretario, en nombre y representación de SS. MM., el Excmo. Sr. Inspector del Real Palacio y Reverendos PP. Vicarios de nuestros conventos de Aranjuez, La Granja, y el nombrado para este convento. Las religiosas fundadoras pertenecían a las comunidades de Aranjuez y La Granja, todas de gran virtud y celo por la observancia. Satisfecha la Sierva de Dios de lo bien que resultó la inauguración del convento y de las condiciones del mismo, escribe desde él a una de sus hijas: la Madre Vicaria de Aranjuez: «En esta casa todas las religiosas buenas y contentísimas. El convento es magnífico y ya, gracias al Señor y a la Santísima Virgen, lo dejo todo bien arreglado; las religiosas colocadas cada una en sus oficios; el 22 abriré las escuelas. A la apertura asistirá el Sr. Alcalde con el Ayuntamiento. Aquí todo el mundo se presenta muy bien y contentísimos y el Sr. Cura Párroco, con su clero, finísimo. Muchas gracias debemos dar a Dios por tan grandes beneficios. Su Eminencia está con esta fundación muy contentito».

Con una religiosa de esta Comunidad sucedió años después el milagro siguiente: Hallábase enferma de cáncer de estómago Sor María Sebastiana de Santa Constancia, y visitando mi amada Madre el convento, se le presentó y le dijo: «Madre, estoy muy mala»; y al punto le dice la Sierva de Dios: «Vamos a ver lo que tienes». Descubrió la parte dolorida, pidió agua y lavando dicha parte en forma de cruz, añadió:

«Hija ya no tienes nada, ahora vete a maitines». Y así lo hizo, quedando todas maravilladas, sobre todo el médico, que sabía cuánta era la gravedad de la enferma y lo imposible de ser curada en tan poco tiempo y por medio tan inocente y sencillo como el empleado por la Sierva de Dios.

En la última ocasión que tuvo mi Madre Patrocinio de visitar a esta Comunidad, después de inculcar a las religiosas la necesidad y ventajas del santo silencio para la guarda del corazón y para la observancia de las promesas hechas a Dios en la profesión, les hizo una ferviente instrucción acerca de Jesús coronado de espinas, y la mala correspondencia de las criaturas para con su divina Majestad. Terminó anunciándoles que ya no las volvería a ver en aquel Real Sitio.

Corría y se extendía la fama de las virtudes y santidad de mi amada Madre a medida que iban apareciendo los frutos de sus fundaciones, y ansiosos los pueblos de participar de sus beneficios acudían sin cesar, implorándoles unas veces a SS. MM., otras a su Eminencia Reverendísima, y con frecuencia a la misma Sierva de Dios.

Las autoridades de Lozoya, estimuladas por las súplicas constantes de sus subordinados, tuvieron la dicha de ser escuchadas y atendidas por fin de su Eminencia y lograron la fundación de un nuevo convento de nuestra Orden y Reforma, cuya Comunidad salió formada de San Pascual de Aranjuez. Por encontrarse enferma mi venerada Madre, no pudo asistir a la inauguración del convento; la que tuvo lugar el 31 de julio de 1851.

Al año siguiente, en el mes de julio, por orden del Emmo. Sr. Cardenal, fue mi amada Madre a este convento de Lozoya y sucedió a su llegada lo que la misma Sierva de Dios cuenta a la Madre Carmen de Jesús Nazareno; dice así: «Yo he llegado delicada, como siempre, y sigo lo mismo, poco más o menos: aquí todo marcha bien: ya te contaré todo a nuestra vista. Pide a Dios y que pidan todas que todo sea a su mayor honra y gloria, que es lo que deseo. En el pueblo es delirio el que tienen por ellas, y las traen muchísimo; más de veinte gallinas las han traído desde que yo estoy, una ternera, un cordero, muchísimas cestas de huevos, leche, en fin, hija mía, están con regalo y no sé que más pueden desear. El convento es precioso y nunca pude creer lo bien que está todo. Ninguno de los conventos de los Sitios Reales está mejor, ni con más luz, alegría, hermosas vistas y ventilación; todo entarimado, no como nuestro coro, sino al sesgo con preciosas labores. La Iglesia es pequeñita y el coro, pero suficiente para las religiosas que son: La huerta es más grande que la de La Granja y tiene de todo. A mí me han hecho un recibimiento que puede pasar por la buena fe con que fue hecho; pero has de saber que han puesto arcos de flores, todas las calles colgadas, un campaneo, me han dicho, desde las siete de la mañana; todo el suelo sembrado de flores y hierbas olorosas; salieron a muy larga distancia, me daban muchos vivas durante las leguas que faltaban; al entrar en el pueblo, todo era poco para ellos y no se puede pintar; cada clase o estado puso sus arcos diferentes; en fin, hija, han hecho la barbaridad de ponerlo todo como el día del Corpus y más, todo lo que han podido. Dios y la Santísima Virgen habrán recibido su buena fe y se lo habrán admitido; yo cuando vi aquella tropelía en el camino y al Sr. Alcalde y los Regidores, me tentó la risa de sus cumplidos; pero al fin me hicieron llorar al entrar en el pueblo…»

En este camino de Lozoya se vio la Sierva de Dios en un gran peligro del que, casi por milagro, salió bien. El camino para ir al mencionado pueblo era por partes tan malo, tan peligroso, que solo en caballerías se podía hacer y aun así con trabajo. Mi amada Madre iba montada en un caballito muy hermoso. Cuando caminaba por uno de los sitios de mayor peligro, acometió a mi Madre Patrocinio un dolor tan fuerte y tan violento al lado del hígado, que no pudiendo resistirlo, quiso tirarse al suelo. Estaba ya a punto de caer y recibir un golpe mortal y advirtiéndolo los que acompañaban a su Rcia., acudieron presurosos y asustados en su auxilio, y ¡oh, maravillas de Dios! vieron con asombro que el caballo, doblando las cuatro patas, se bajó hasta poner el vientre en el suelo, permaneciendo así hasta dejar su preciosa carga; y estando ya mi venerada Madre de pie, se levantó el animalito por sí solo mansamente. La Rda. Madre Olvido que iba al lado de mi amada Madre decía, que al sentir su Rcia el dolor y querer bajarse al suelo, exclamó: «No puedo más; bájate, animalito», y sucedió lo que acabamos de decir. Agradecida la Sierva de Dios, se hizo con el providencial animal para el convento de su residencia, dejándole, siempre que salía a la visita de sus conventos, muy recomendado. Cuando vinimos a esta fundación de Guadalajara, le trajimos con nosotras; y después nos le llevamos a Francia, donde, por cierto, nos hizo un gran servicio; pues nuestro demandadero Santiago Lucas, se lo llevaba a los pueblos inmediatos a hacer los encargos que eran menester para la Comunidad. Volvió con nosotros a España y murió, pasados algunos años, sin más mal que su vejez.

Sor María Juana de Nuestra Señora del Olvido, religiosa a sazón de esta Comunidad en Lozoya, cuenta, en una relación que conservamos escrita de su puño y letra, que la Sierva de Dios se mostró, al visitar este convento, muy contenta, por la gran observancia que en él había; y nos exhortó al trabajo y a perfeccionarnos cada vez más, cumpliendo todas y cada una con sus respectivas obligaciones. También vi en ella, (dice), un rasgo de celo por el culto divino: sabiendo que la parroquia del pueblo estaba falta de algunas ropas, llenó un baúl de lo que había en el convento y lo mandó a la iglesia, prometiendo resarcir de todo la comunidad como lo hizo; y mandó que las religiosas cuidáramos de los corporales y purificadores de la parroquia, sin llevar nada por arreglarlos.

¡Así aparece siempre esta enamorada virgen; como celoso apóstol del honor y culto divino y cual mariposilla celestial que revolotea en torno de los sagrarios donde vive abrasado en divinos incendios, Jesucristo, su Esposo, Sol de infinita caridad y de inmaculada justicia!

CAPÍTULO XXVII

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Nube que pasa: lo de siempre. — Documentos cantan. — Apuros de cuantía en Bayona. — Todo lo vence la virtud y la educación. — Tesoro providencial. — A Montmorency (Versalles). — El Obispo de Versalles. — Homenaje de obediencia. — Siempre observantes de su Regla y laboriosas. — Muerte edificante de la Rda. Madre Jesús Nazareno. — Unos días de Purgatorio y después al Cielo. — Un delegado de Pío IX entre las monjas. — Nuevas mártires de la revolución a Francia.

 

Recogidas en su retiro de San Pascual de Aranjuez y entregadas, enteramente, al divino servicio, vivían las religiosas cuando, estallando la guerra de España con el Imperio marroquí[34] y encendido el fuego patrio en los corazones de los buenos españoles, una sola era la aspiración de todos: luchar y vencer a los seculares enemigos de España, y una misma su acción para obtener el definitivo triunfo y celebrar la victoria, puesta la confianza en Dios y en el valor de nuestros guerreros.

  1. M. la Reina Dª Isabel II, que nada hacía que no lo encomendase antes a las oraciones de mi Madre Patrocinio y que no lo pusiese bajo la protección de la Santísima Virgen del Olvido, apenas se declaró la guerra contra el moro, se dirigió en súplica a la Sierva de Dios, para que le encomendase el triunfo de nuestras armas, haciendo tanto ella como sus religiosas, oraciones públicas y rogativas en desagravio a la divina Majestad, ofendida por los pecados de los hombres. Mi Madre bendita, que ardía toda en santo celo, y que, juntamente con el amor divino, sentía en su pecho, muy vivo, el amor patrio, enardecida toda con la noticia y súplica de la Soberana, escribió enseguida a todos sus conventos, ordenando a las religiosas que orasen sin cesar en Comunidad, por los fines expresados, y prescribiéndoles, al mismo objeto, penitencias convenientes en particular y en común. Efectivamente, todo se hizo con el rigor que se acostumbraba en las mayores necesidades.

La Rda. Madre Purificación, nos describe detalladamente algunas de estas procesiones y rogativas. «Iban las religiosas, (dice esta Madre) descalzas unas, coronadas de espinas otras, con grandes cruces y sogas por el cuello las demás, y todas con instrumentos de penitencia recorrían los claustros del convento. ¡Espectáculo conmovedor que hubiera arrancado lágrimas al corazón más insensible! Presidía esta procesión mi venerada Madre Fundadora, llevando en sus benditas manos la prodigiosa imagen de Nuestra Señora del Olvido, Triunfo y Misericordia. Yo iba a su lado cantando la letanía de Todos los Santos; al llegar al antecoro me dijo: hazme el favor de levantarme un poquito el hábito, para que no le pise y me caiga con la sagrada imagen. Así lo hice y al levantarle el hábito vi que llevaba los pies descalzos, las llagas abiertas, que por encima de las vendas salía la sangre y corría por los pies. Como su Rcia. iba la última, cerrando la procesión, no nos habíamos apercibido de lo que vimos después, esto es: que los claustros quedaron regados con la sangre que iba vertiendo de las llagas; y en el coro además de quedar manchado todo el trayecto, se dejó rebalsada la sangre en su sitio de prelada, donde estuvo en pie, mientras las preces y oraciones».

Eran tan grandes en nuestra amada Reina Dª Isabel la fe y la devoción de perfecta católica y tan ferviente su amor al ejército, que quiso y dispuso que las religiosas de la Comunidad de mi Madre Patrocinio en Aranjuez bordaran dos banderas, dando por razón a la Sierva de Dios que ya que las religiosas no podían ir a la guerra personalmente, fuesen a ella en este trabajo que les encomendaba, esmerándose mucho en él y bordando en cada uno de los lados, respectivamente, las imágenes de Jesús y María Santísima, dedicándolas la una a la Purísima, Patrona de las Españas y sus Indias, y la otra al Santísimo Cristo de la Palabra y Virgen Santísima del Olvido, en señal de protección y defensa de nuestras tropas expedicionarias. Había en Comunidad una religiosa, Sor Mª Hipólita de Santa Constancia, muy instruida en toda suerte de labores de manos y primorosa en bordados de plata y oro, y la Sierva de Dios le encomendó la dirección de la obra de las dos banderas. Como el tiempo para confeccionarlas urgía, las religiosas todas de la Comunidad, entre ellas la Sierva de Dios, trabajaban de día y de noche, empleando todas las horas que les dejaban libres el rezo del oficio divino y demás actos precisos de Comunidad, y solo dormían, sucediéndose unas a otras, alguna media hora al día. Se distinguieron en esta labor, además de sor Hipólita, las Rdas. MM. Concepción y Filomena y cuatro niñas del Colegio externo. Cuando las terminaron fueron presentadas a la Reina por los Excmos. Sres. D. Atanasio Oñate, conde de Sepúlveda, Don Juan Antonio de Quiroga y D. Isidro de Losa y Cruz, conde de Losa. El entusiasmo que despertaron en Palacio las banderas fue indescriptible y, una vez bendecidas, fueron entregadas a los regimientos designados por Su Majestad. El año de 1904 le fue ofrecida una de estas banderas, La Bandera Histórica, a Su Majestad el Rey don Alfonso XIII.

No fue esto solo lo que las monjas de la Sierva de Dios, Sor Patrocinio, hicieron en beneficios de nuestros soldados en esta ocasión, llevadas de su amor patrio. Con la anuencia y gusto de S. M. la Reina Dª Isabel II, mi venerada Madre, encomendó a todas sus religiosas de los conventos fundados que preparasen vendas e hilas de todas clases y en diversas formas: en planchas y planchuelas, en mazos y macitos de todos los tamaños.

¡Maravilloso cuadro el que presentan aquí las hijas de Sor Patrocinio convertidas, por la más perfecta caridad, en místicas oficialas de la verdadera Cruz Roja Católico-Española! Mi venerada Madre cuidaba de todo; de que los vendajes fuesen bien planchados, las hilas muy peinadas y cortadas, para que no le molestaran a los pobres heridos. Por su bendita mano pasaba todo, colocando en los paquetes lazos con los colores de la bandera española. Todo cuanto había en el convento —además de lo que envió la Reina, de su uso propio y comprado—, se deshizo para emplearlo en beneficio de nuestras tropas, de tal suerte que hasta de ropas muy necesarias se privaron las religiosas para convertirlas en hilas y vendajes. Cuando S. M. recibió los cajones que le envió mi venerada Madre, con todo lo preparado por sus Religiosas, agradeciéndolo mucho, lloró enternecida. Concluidos estos trabajos, la Comunidad redobló sus ejercicios espirituales de oración y mortificación, para obtener de Dios el pronto y feliz éxito de nuestras armas y la victoria final.

Terminada felizmente la guerra en febrero de 1860, SS. MM. aprovecharon el tiempo de su jornada en Aranjuez y celebraron dos funciones solemnísimas de acción de gracias a la Santísima Virgen del Olvido, con la asistencia de toda la Real Familia, de los Emmos. y Excmos. Prelados y de muchos Grandes de España. En la primera de estas fiestas religiosas, que se celebró el 23 de mayo, salió en procesión la Milagrosa preciosísima imagen de Nuestra Señora y Madre, la Virgen del Olvido, colocada en magnífica carroza de la histórica y muy madrileña Virgen de Atocha, que para este caso mandó Su Majestad llevar a Aranjuez. El 31 de mayo del mismo año celebrose la segunda fundación asistiendo a ella, además de sus Majestades y Real Familia, el Excmo. Sr. General en Jefe de nuestro victorioso ejército D. Leopoldo O’Donnell, duque de Tetuán. La procesión de este día se hizo con la encantadora Imagen de Nuestra Señora de las Misericordias, acompañando la Reina Isabel, descalza enteramente, en cumplimiento de una promesa que por el triunfo y victoria obtenidos de la Bondad de Dios, había hecho a la misma celestial Señora, disimulando su descalcez la piadosísima Reina, con unos primorosos zapatos de raso y plata, mandados hacer de propósito para este acto, sin medias ni otra cosa alguna que defendiera sus Reales plantas. Nadie se apercibió de ello en la procesión; pero lo sabían, su augusto esposo, el Conde de Losa y algunas personas más de la confianza de Su Majestad, a quienes no era posible ocultarlo.

Los referidos zapatos de la Reina, los recogió y guardó, como precioso tesoro y gran recuerdo, el virtuoso Excmo. Sr. Conde de Losa, Gentil Hombre del interior y Ayo de S. A. R. El Srmo. Sr. D. Alfonso, príncipe de Asturias en aquel entonces. Yo he tenido el gusto de verlos cuando, a la muerte del Sr. conde, los recibió en herencia su hija, religiosa y Madre de esta Comunidad de Guadalajara, Sor María Antonia del Sagrado Corazón de María; y por cierto, que quedamos todas las religiosas admiradas y edificadas, considerando la gran mortificación que debió experimentar la Reina con la presión de los alambres de plata que sujetaban el disimulado zapato bajo, para que el pie no se saliera de él. ¿Quién podría imaginar acto tan heroico en Su Majestad en esta ocasión, viendo al mismo tiempo a la Soberana rodeada de todo su real séquito y escolta? Y todo por amor a su España. Lástima que los españoles no supieran agradecer a su Reina semejante amor, permitiendo su destierro. Pero Dios, que rige y gobierna los destinos del mundo y que da y quita coronas cuando le place, habrá tenido en cuenta los sacrificios y virtudes de nuestra Soberana y, premiando sobreabundantemente sus méritos, habrá ya convertido las amargas lágrimas de su destierro en suavísimas delicias celestiales.

Para que nada faltara de fervor y lucimiento en esta ocasión en gloria de Dios, y para satisfacer la piedad del pueblo de Aranjuez y demás gente forastera, fue preciso sacar de su camarín la sagrada imagen del Olvido, Triunfo y Misericordia, y colocarla en sitio donde pudiera ser vista a satisfacción de todos.

Se colocó la Virgen en un precioso altar portátil en el gran patio de entrada a la portería del Convento; allí estuvo la Santísima Virgen todo el día, custodiada por el P. Vicario, los Capellanes, el demandadero y guardas jurados de la Comunidad, no cesando un momento de ir y venir gentes, bandas de música, de las tropas unas veces y la del pueblo otras, esta última cantando preciosos y tiernos versos a la Santísima Virgen, alusivos al caso, con incesantes repetidos vivas a la celestial Señora, a mi reverenda Madre Patrocinio, a las monjas, al ejército, a la Reina, a los Generales vencedores y a España, siendo para todos un día de verdadero triunfo. Un soldado al ver a la Santísima Virgen del Olvido, dijo a sus compañeros: «Mirad, esta es la Virgen que llevamos en la bandera». A muy poco llegó otro y exclamó: «Esta es la Señora que llevamos». En la tarde de este hermoso día salió en procesión la Santísima Virgen, y, por la noche, ya dentro de la clausura la Sagrada Imagen y la Iglesia cerrada, no cesaron las músicas y los vivas en la plazuela del convento, hasta más de la una de la madrugada.

En la gran victoria obtenida por nuestro ejército español en la batalla de la toma de Tetuán, al apoderarse las tropas, en la derrota de los moros, de cañones, tiendas de campaña, etc., se apoderaron también de dos banderas, las cuales fueron colocadas en señal de agradecimiento por las victorias obtenidas, en el altar de la Santísima Virgen del Olvido, a los pies de la Sagrada Imagen. Cuando mi venerada Madre hizo la fundación de este Convento de Guadalajara, quedaron, provisionalmente, en Aranjuez, en tanto que se hacían y terminaban las grandes obras de reparación que fueron menester en esta Iglesia, mas cuando su Reverencia trataba de traerlas para colocarlas en el camarín a los pies de la Santísima Virgen del Olvido, estalló la Revolución de 1868.

Entre las muchísimas cosas que se perdieron sin haber podido recuperarlas ni saber su paradero, fueron las dos banderas tomadas a los moros y ofrecidas a la Santísima Virgen del Olvido. No se sabe si las quemaron o qué hicieron con ellas; pues nadie después nos pudo dar razón. Entre los innumerables daños que las revoluciones causan a la religión y a la Patria, uno de los mayores, sin duda, es la destrucción de recuerdos preclaros y monumentos de gloria que siempre debieron existir, para aliento y vida de las generaciones venideras.

CAPÍTULO XXVIII

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La fundación en Manzanares (primera reforma). — Entusiasmo y júbilo extraordinarios de los manzanareños. — Estado de cosas en la antigua Comunidad. — Los principios parecen buenos. — Nieves por todas partes. — Buenas todas y a satisfacción. — Visitadora General y las provisiones para la Nueva casa. — Cruces y penitencias. — Los cordones misteriosos del Jesús del Perdón. — «Sí, sí entrará, sí cabe». — También Alcázar de San Juan se entusiasma y pide fundación. — Una trampa de santa. — Hay que volverse a Aranjuez a toda prisa. — Peligro de un nuevo destierro. — Nuevo fervor y plan de vida religiosa.

 

A medida que las cosas políticas se iban normalizando en España[35] y la ola revolucionaria pasaba, la Santa Iglesia volvía de nuevo a ejercer su acción bienhechora por doquier con los felicísimos resultados de siempre, por ser enteramente divina.

Con la victoria de nuestro ejército en Marruecos despertáronse juntamente en los pueblos españoles el amor patrio y el religioso y la semilla evangélica esparcida por los ministros del Señor, por los misioneros especialmente, crecía y se multiplicaba de modo maravilloso en el suelo español. Las órdenes religiosas volvían a ser otra vez objeto de cariño para los españoles, y por eso las nuevas fundaciones de Religiosos de ambos sexos aumentaban de día en día, y muchas Comunidades de los mismos eran reformadas de los abusos que introdujera en los claustros el espíritu del siglo que hasta ellos llegara, en fuerza del desorden social y religioso que causara la Revolución. Una de esas Comunidades, necesitada de renovación y de reforma, fue la de Religiosas Concepcionistas del Convento de Manzanares (Ciudad Real), de las cuales solo habían quedado seis cuando mi Madre Patrocinio la llevó a cabo. Fundados los Conventos de los cuatro Sitios Reales y el de Lozoya y extendida más y más cada día la fama de santidad de su insigne fundadora, de mi venerada Madre, las mencionadas religiosas de Manzanares pidieron al Prelado Diocesano que fuese la Sierva de Dios Sor María de las Dolores y Patrocinio, con el número suficiente de religiosas, a reformar su Comunidad, volviéndola al espíritu de su vocación, confiando en Dios que por este medio habría de rehacerse en todo, como efectivamente sucedió pasados bien pocos años. Además de ser pocas las Religiosas de dicho Convento y de vivir en el mayor desamparo y miseria, no era eso lo peor, sino que, habiendo olvidado las primitivas costumbres y observancias regulares, la vida que hacían no era verdaderamente de Concepcionistas, sino una mezcla de lo nuestro y de lo que aprendieran de otra Comunidad de distinta orden, con la que vivieron reunidas por mucho tiempo. Aconsejadas sin duda por el Prelado Diocesano y llenas del Espíritu divino, hicieron una instancia, apoyada por otra de todos los vecinos de Manzanares, con las autoridades civil y religiosa a la cabeza, y la enviaron al Eminentísimo Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, suplicando la gracia que tanto ansiaban de ver entre ellos a la Sierva de Dios. El Emmo. Prelado ordenó enseguida a mi Madre Patrocinio que con otras quince religiosas de su Comunidad de Aranjuez, pasase a Manzanares a reformar la de Concepcionistas que allí había. Tiempo faltó a la Sierva de Dios, una vez recibida la ordenación de Su Emcia. el Señor Arzobispo de Toledo, para ponerla en ejecución, y el día 17 de febrero de 1864, hacían ya su entrada solemne en Manzanares la venerable y sus religiosas, tomaban posesión del convento y se establecían en él con todas las formalidades de costumbre. A los dos días escribía mi venerada Madre a la Madre Jesús Nazareno lo siguiente:«…Aunque me duele la cabeza, no quiero dejar de ponerte estas letras, para decirte algo de lo muchísimo que había que contar. El viaje bien y la cabeza y el estómago resentidos. En la estación estaba toda la población; ni las monjas ni los coches era posible poder pasar; todos parecían contentos… El convento no es malo, los claustros, coros, dormitorios, refectorios y algunas otras piezas son bastante buenas; en el coro caben treinta con desahogo; el refectorio poco menos que ese: el dormitorio poco menos que la enfermería, pero no tan buenas luces; la sacristía está por el estilo de la de Torrelaguna y todo tan limpio y arreglado como lo de allí, o menos. Lo que sí tienen son preciosos ternos; lo demás ya te lo diré, porque es para despacio. Ya están vestidas como nosotras, y si no vengo prevenida, me luzco. Una con basquiña tartán, otra colorada, otra… qué sé yo. Como los tocados y mantitos, es para visto; con decirte que no sabían lo que era refectorio, ni nada, nada. Mándame unos corporales, porque aquí hay diariamente unas siete u ocho misas, y son pocos.

No puedo más hoy, quédate con Dios, da mis recuerdos y bendición a todas, y sabes cuánto te quiere tu Madre Patrocinio. — He escrito al Sr. Cardenal todo muy minuciosamente. Adiós, adiós. La candelería no ha venido».

En otra del 20, añade: «por mi carta de ayer habrás visto que nada de particular ha ocurrido; que llegué bien y todas lo mismo. Este pueblo es inmenso, gente muy rica en su mayor parte, están locos de contentos todos; el padre misionero no se diga. Los principios parecen buenos por parte de la Comunidad, y los de fuera, quiera Dios sean lo mismo los medios y los fines. Las religiosas de la Casa, no puedes figurarte qué humildad, qué respeto, pero sencillísimamente. Son en mi concepto almas sencillas. No saben, porque no las han enseñado, pero son muy buenas, y sin decirles nada, sin ninguna clase de violencia, ni aún indicación siquiera, me lo han entregado todo, de comunidad y de particular, y dicen no les cabe la alegría en su corazón. El convento habrá sido magnífico, ahora sin una vidriera, con un frío grandísimo; ya están tocando a las segundas horas y no he salido todavía de la celda; han tenido que entrar Luis y Pepe (demandaderos) a quitarme la nieve de la puerta de la celda, pues ha caído una gran nevada; gracias a Dios, me gustan las fundaciones así. Todas las que he traído, Preladas y súbditas, están contentísimas; ellas tienen las habitaciones a los claustros; son cerrados los de arriba y los de abajo y no tienen que pisar nieve. A mí me han puesto las pobrecillas aquí por mejor. Te aseguro, hija mía, que esta santa reforma me recuerda mucho nuestros primeros días en Torrelaguna; casi del mismo modo se está aquí ahora, si no con tantas privaciones, con bastante parecidas; gracias a Dios por todo».

Con fecha 4 de marzo, después del saludo, dice mi venerada Madre a la Madre Jesús: «Todas están muy buenas y contentísimas, yo estoy hoy mejor del reúma. El convento hecho un laberinto abreviado; va a quedar hermosísimo. Salen de treinta a cuarenta celdas, con hermosos cuartos arriba y abajo, que no se tocan más que para repararlos. Estoy contentísima.

Aquí no sabes qué entusiasmo hay por mis monjas; quiera Dios correspondamos a los buenos deseos y opinión favorable de las gentes… Di a la Madre Trinidad que estoy hecha un Adán, pero contenta porque hay una casa más donde se den alabanzas a Dios, pues aunque estaba abierta la iglesia, puede decirse que como si no lo estuviera».

Tan luego como terminaron las obras de reparación del Convento y hallándose ya la Sierva de Dios en Aranjuez, el Emmo. Prelado le intimó que pasase a Manzanares a inaugurar las obras y a visitar a la Comunidad en debida forma, en fuerza de su oficio y cargo de Visitadora General de sus Casas y para la apertura de las clases del colegio. Así lo hizo.

Como la Comunidad estaba tan pobre, pidió de todo la Sierva de Dios a sus otras Comunidades y estas fueron tan pródigas para con su santa Madre, que pudo ésta proveer convenientemente a las oficinas todas del convento incluso a las clases de internas y externas. Encargó también dos docenas de cruces grandes para las procesiones de rogativas y otros actos de penitencia. Estas cruces están formadas con troncos gruesos de árboles, sin labrar y a propósito para los ejercicios a que se las destina. Las tenemos en todos los conventos de la Reforma y son el mejor adorno de nuestros claustros. En vida de la Sierva de Dios hacíamos uso de las dichas cruces con mucha frecuencia: en las rogativas de penitencia, siempre que amenazaba alguna calamidad a la Santa Iglesia o a España. Las usábamos también en Cuaresma, y durante los santos ejercicios espirituales de cada año. Y ya que he tocado esta materia, quiero hacer constar aquí que por disposición de la Sierva de Dios, sus religiosas practicábamos este santo retiro por tandas, de diez en diez, quedando eximidas de sus oficios las que las practicaban para que de ese modo pudieran entregarse enteramente a las cosas de su espíritu.

Entre las devociones o prácticas de dichos días, ocupaba un lugar preferente la llamada Ejercicio de la Muerte de la V. M. Agreda, alternando todas las ejercitantes por días. Se terminaba con la procesión de rogativa.

Una cosa memorable sucedió hallándose mi venerada Madre en el convento de Manzanares que no puedo omitir. En el caso que siendo ya viejo y muy deteriorado el cordón que sujetaba la túnica de una imagen venerada de Jesús del Perdón, patrón de la ciudad, unos señores muy piadosos le regalaron otro muy bueno; mas apenas se lo ponían a la imagen, se le desprendía por sí solo y se caía al suelo.

Como la Sierva de Dios tuviese presente este hecho, cuando fue a fundar, pidió de limosna un cordón bueno y al ceñírselo a la sagrada imagen le advirtieron lo que sucedía con los demás, y ella respondió: «Bueno; Vds. se los ponen y veremos». Se lo pusieron en efecto, sin quitarle los antiguos y Jesús los cogió tan bien cogidos, que ya no los volvió a soltar, hasta el día en que esto escribo.

Con esta misma sagrada imagen de Jesús del Perdón sucedió también que, ansiando la Sierva de Dios adorarla de cerca y adornarla por sí misma, pidió que la pasaran a clausura, al ser trasladada desde su ermita al convento en uno de los días de Semana Santa, según era costumbre; mas, como le dijeran todos que era imposible que la imagen entrara por la puerta llamada por nosotros del Sacramento, por ser muy baja y estrecha, respondió la Sierva de Dios: «Sí, sí entrará; sí cabe», colocando al mismo tiempo su bendita mano sobre las andas y ¡oh maravillas de Dios! la imagen del divino Nazareno, cargado con la cruz, penetró sin dificultad alguna por la expresada puerta, cual si fuera de goma o de blanda cera.

Antes de terminarse esta fundación de Manzanares en marzo de 1864, recibió mi venerada Madre una comisión del Ayuntamiento de Alcázar de San Juan, pidiéndole que fuese a fundar a la expresada villa. Por cierto que muy graciosamente como solía la Sierva de Dios, dice del Señor Alcalde que «era muy campechano y religioso». No se concertó nada por entonces; pero empeñados en llevar a cabo la fundación los alcazareños, volvieron a insistir y a tratar enseguida sobre ella con la Sierva de Dios, llenos de fervor y entusiasmo santos. Es la misma venerada Madre mía quien así lo indica, escribiendo a la Rda. M. Jesús Nazareno con fecha 12 del expresado mes: «Voy a contar a mi viejecita. (—le dice—), lo que me pasó ayer: Acababa de comer y al poco rato me avisan que está una Comisión de Alcázar, y me encuentro con el Sr. Vicario Eclesiástico, dos curas párrocos, y otros dos sacerdotes, el Sr. Alcalde y los representantes del pueblo, según ellos me dijeron. Tomó la palabra el Sr. Vicario y por cierto que habló muy bien; enseguida los Párrocos, a nombre del clero, y luego el Alcalde a nombre del pueblo; pero con un entusiasmo que era cosa de reírse. Me trajeron la exposición para que yo la mandara a Su Majestad; quedé en hacerlo y después el Sr. Alcalde me dijo que puesto que estábamos en la novena de Dolores, que don Jesús, Cura Párroco de Alcázar – Santa María – religioso Franciscano exclaustrado, predicaría y se marcharían un poco más tarde. Les dije que con mucho gusto. Hija mía, echó un sermón preciosísimo; dijo lo que quiso de las monjas; de la felicidad de los de Manzanares, de la comisión honrosa a que había venido, y que el día que nos vieran entrar por su villa, sería día de regocijo, que podrá morir en paz; y tanto, tanto y tanto que ya sobra. Me dijeron que habían firmado todos los Señores un Acuerdo en el Ayuntamiento para dar a la Comunidad todo lo necesario. El Vicario dijo que lo había puesto en conocimiento de su Emcia. y que le había contestado que le prestaría todo su apoyo; de modo que es de creer que todo se arregle; pero después de la jornada. Hoy mando la exposición a D. Isidro para que la entregue. A la madre Trinidad todo lo que tú quieras, y a todas una bendición muy chiquitita y que me voy a quedar con los manchegos, verás qué fiesta se arma»…

Era voluntad de su Emcia. que a la vuelta de la Sierva de Dios para Aranjuez, se detuviera un día en Alcázar para ultimar detalles de la fundación: pero habiendo sabido ella que se trataba en dicha villa de hacerla un recibimiento solemne y triunfal, hízoles «una trampa», como le dice a la referida Madre Nazareno, porque «no es conveniente. Iba a ser un alboroto, porque están como nadie puede figurarse…». A pesar de todo, la fundación no pudo llevarse a cabo hasta después de pasados algunos años.

Con toda urgencia y por dos motivos principales, tuvo la Sierva de Dios que volverse a su convento de Aranjuez una vez terminada la fundación de Manzanares: «porque el diablo tenía la cola fosca», según frase de la misma venerada Madre; y porque en vista de ello, sin duda el Eminentísimo Prelado así se lo ordenaba. Una circunstancia señalaba el Sr. Arzobispo que hizo gran fuerza en el ánimo de la Sierva de Dios y la movió a precipitar su viaje de vuelta a Aranjuez: que «la Sma. Infanta de Portugal había llegado y traía una visita para su Rcia. de parte de Su Santidad Pío IX», testimoniando de este modo el Santo Padre una vez más el grande aprecio que hacía de mi Madre venerada y el singular cariño que le tenía.

Muy fosca efectivamente, debía tener la cola el demonio contra esta su enemiga, después de lo muchísimo que desde la última persecución y destierro había trabajado la Sierva de Dios por su honra y gloria. Así se desprende de una carta, la última que estando aún en Manzanares escribió a la M. María de Jesús Nazareno. «Ya me ha dicho Pepe (el demandadero de San Pascual de Aranjuez), lo que hay: ¡a tiempo mandé las rogativas! Si hay algo, me tienen ahí al momento; yo no abandono mi  Comunidad por nada ni por nadie: si pierdo la vida, bien perdida está. No sé qué manía tienen conmigo esas gentes; ya tú ves lo que dicen de mí; yo que no me ocupo más que de mis cosas y de mis conventos. No les puede ayudar Dios ni salirles nada bien»….. Sin duda la Madre Nazareno confirmó los temores de la Sierva de Dios, pues aún vuelve a escribirle la atribulada Madre mía diciéndoles: «Por lo que me dices, comprendo lo a que a ti no se te escapa. ¡Pobre de mí! sin meterme en nada, cómo me traen y me llevan y cada uno para sus fines particulares. Dejadlo a Dios y pedirle nos mire con misericordia»…. Consta que estuvo en tanto peligro esta vez mi Madre Patrocinio, que por poco no vuelve a verlas: «por poco no nos volvemos a ver (dice ella misma) por lo menos en mucho tiempo; y yo sin saber nada aquí del mundo, me hubiera encontrado metida en un ferrocarril a mil leguas o más. En vista de esto, determino marchar para el 25 ó 26 lo más tarde; pues es consejo de los Señores (los Reyes y el Señor Cardenal) y si no fuera por el compromiso de funciones, mañana mismo. Todo me sale según la gana con que hice este viaje, aunque ha sido útil, como verás cuando nos hablemos. Estoy, como puedes comprender, sin tranquilidad, hasta ver lo que sucede. ¡Mira si fueron a tiempo las procesiones de penitencia en todas partes!…»

Llegó la Sierva de Dios a su Convento de San Pascual de Aranjuez el 23 de septiembre del expresado año 1864, y cuando estuvo conjurado el nuevo peligro de destierro, dedicose toda a fomentar en sus hijas el espíritu de fervor y de observancia, al método de vida que tenía establecido en todos sus Conventos: A las dos de la madrugada nos levantábamos a rezar los Maitines y Laudes del Oficio divino, empezando a las dos y media en punto y terminando a las cuatro. Desde esta hora, hasta las cinco, era libre a la religiosa el quedarse en el coro, o el irse a su celda a descansar. De cinco a seis se tenía la oración de por la mañana y a continuación se rezaba Prima y Tercia del Oficio divino y del Oficio Parvo, a los que seguían la sagrada Comunión y santa Misa. Después del desayuno, cada religiosa se retiraba a su respectivo cargo u oficina y las del colegio, a las clases. A las diez se volvía al coro a rezar Sexta y Nona de ambos oficios divinos expresados, y la corona seráfica; y terminados estos rezos, se practicaba el examen de conciencia con las demás preces de costumbre y constitución. La comida ordinaria era siempre muy pobre y en los días más clásicos, se añadía un principio y postre. En estos días, la merienda era chocolate. Terminada la comida, cada cual volvía a sus respectivas obligaciones, hasta la una que se tocaba a silencio y todas las religiosas se recogían en sus celdas. A las dos de la tarde se rezaban las vísperas (si no había Oficio Parvo tocaban a las dos y media) y terminadas, volvían las religiosas a sus oficinas y cargos respectivos, hasta las cinco que se tenía la segunda hora de oración. A las seis, se rezaban las completas de ambos Oficios. La cena o colación eran siempre ligeras. Se ayunaba además de los días de precepto eclesiásticos, los viernes y sábados y algunos otros días del año. El ayuno de los Benditos los practicaban las religiosas a voluntad, como se acostumbra en nuestra Orden Seráfica, pero como preparación a la festividad del dulce Nombre de Jesús, ayunaba toda la Comunidad siete días. Lo mismo hacíamos para la fiesta de Pentecostés. El adviento comienza siempre para nosotras el día de difuntos, como lo practica la primera Orden de nuestro Padre San Francisco.

Se comía de vigilia todos los miércoles del año, y en Cuaresma tres días en semana: lunes, miércoles y viernes. En estos mismos días había también disciplina de Comunidad, durante todo el año.

Los Maitines del Oficio Parvo se rezaban diariamente después de la cena o colación. Tanto al mediodía como por la noche, desde el refectorio, íbamos a visitar el Santísimo Sacramento. Terminados los Maitines del Oficio Parvo y hecha la bendición de dormitorio, se tocaba a silencio.

Este era el orden que de ordinario se observaba, con otras muchas cosas que omito, de devoción, oraciones, penitencias y demás que hacía la Comunidad, ya en general, ya en particular, según las circunstancias y las necesidades lo exigían, para alcanzar de Dios el remedio de alguna calamidad, implorando de su divina misericordia consuelo para todos y para todo. En las grandes festividades y sus novenas; en los días solemnes y primera clase; en las principales fiestas de Jesús y la Santísima Virgen (oficiando la Prelada) quedaba dispensado el Oficio Parvo, el ayuno, la comida de vigilia y las penitencias; pues mi Madre venerada quería que en todo se siguiera siempre el espíritu de la Santa Iglesia. En dichos días y en los Domingos teníamos por la tarde un ratito de recreación y otro por la noche después de la cena hasta las nueve, hora en que en todo tiempo nos retirábamos a las celdas. Lo que en estos ratos de recreación (y en el diario de mediodía) gozábamos todas con la presencia y conversación de nuestra angelical Madre, solo Dios lo sabe, complaciéndose también su Rcia. en estar entre sus amadas hijas.

CAPÍTULO XXIX

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Dos misioneros Franciscanos de Marruecos y Sor Patrocinio. — Un renegado y su familia mora, catecúmenos de la Sierva de Dios. — Bateo solemne y día de gloria. — También una hebrea se hace cristiana y religiosa. — Nuevas catecúmenas moras que se bautizan. — El culto de Jesús Sacramentado y la Vela Perpetua. — Canto Eucarístico: «Horas felices ante Jesús Sacramentado».

 

Siempre fue una misma en la Orden Seráfica la acción misionera en sus tres ramas; por ser en ellas uno mismo el espíritu que les da vida y el fuego de amor divino que las impulsa y mueve. Ora es una Rosa de Vitervo (terciaria franciscana) la que predica cruzadas en defensa de los derechos de la Iglesia, ora una nueva Sor María de Jesús de Agreda quien catequiza en el nuevo mundo pueblos enteros convertidos a la fe por los Religiosos de San Francisco sus hermanos. Gloriosa es la historia de la acción misionera franciscana en Marruecos desde los albores de la Orden Seráfica e innumerables fueron siempre los frutos de bendición que reportaron los hijos del Serafín de Asís, en tierras africanas, regándolas muchas veces con su propia sangre. Colaboraron en ellas al ser fundadas y después material y espiritualmente las religiosas Clarisas y quiso Dios que en los tiempos actuales no se perdiera tan gloriosa tradición, escogiendo al efecto a esta su bendita Sierva y Madre mía Sor Patrocinio.

Descansaba efectivamente la Sierva de Dios en su convento de Aranjuez de las pasadas fatigas que le proporcionara la Reforma del Convento de Manzanares, cuando un fervoroso misionero Franciscano, el célebre P. Fr. Francisco Tiburcio Arribas, de las Misiones de Tánger, dirigiéndose por escrito a mi venerada Madre, imploraba su ayuda y protección en favor de una familia mora recién convertida al seno de nuestra sacrosanta Religión, la cual deseaba ser bautizada en España. Era demasiado el fuego sagrado que ardía en el pecho de este Serafín Llagado de los tiempos modernos para que no se enardeciera con tal misiva y así respondió enseguida la Sierva de Dios al expresado Padre misionero que enviase a Aranjuez a los neófitos.

Tratábase de una familia compuesta de un español que cautivo de los moros un día, había tenido la desgracia de apostatar de la fe cristiana que profesara en el Bautismo, por recobrar su libertad, y que ahora, arrepentido de su crimen, se volvía de nuevo a Dios ofreciéndole, en satisfacción de su traición y culpas pasadas, las almas de su esposa y cuatro hijos moros.

Tan pronto fue llegar esta familia a Aranjuez como disponer la Sierva de Dios que los niños fueran instruidos convenientemente en los misterios de nuestra santa fe; y cuando lo estuvieron, se celebró el bautizo con toda solemnidad. El mismo Sr. Cardenal fue quien ofició en la ceremonia, y, en representación de SS. MM., fueron padrinos el Sr. Gobernador del Real Sitio y su esposa. Después del Bautizo celebró Misa pontifical el mismo Sr. Arzobispo y de sus manos recibieron la Sagrada Comunión los nuevos cristianos, con grande consuelo y emoción del Prelado y de cuantos presenciaron acto tan edificante. Fue aquel un día verdaderamente de gloria para todos. El bautizo de la madre se celebró ocho días después en la Parroquia con parecida solemnidad y, tanto en este acto como en el pasado, estuvo presente el padre y esposo, respectivamente, de los nuevos hijos de la Iglesia, derramando abundantes lágrimas de devoción y de gozo.

De tanto lo fue también para la Sierva de Dios que en carta a la Rda. M. Abadesa de El Pardo, le dice: «el día que se verifique (el bautizo), en todos los conventos, hay que celebrarle muchísimo… a ver, hija mía, si por estas cosas tan del agrado de Dios nos libramos de otras que continuamente nos están amenazando…»

Al propio tiempo que esto sucedía en Aranjuez con la familia mora, una joven hebrea pedía el Bautismo a los referidos Padres misioneros de Marruecos. Estos que habían visto el feliz resultado de sus gestiones pasadas con la Sierva de Dios en favor de sus primeros neófitos, repitieron la suerte implorando la misma gracia para esta afortunada joven hebrea. Enviaronla en efecto a mi Madre Patrocinio, quien llena de compasión y afecto, la inscribió enseguida entre las alumnas del colegio de internas de Aranjuez; y cuando estuvo suficientemente instruida y preparada, le fueron administrados el santo Bautismo y los demás sacramentos de Penitencia y Eucaristía, con la solemnidad que se hizo con los anteriores nuevos cristianos.

Pasados algunos años de vida con nuestras religiosas en el colegio y sintiéndose con vocación, esta joven hebrea ingresó por fin en la congregación franciscana llamada de la Divina Pastora, en Madrid.

A nuestra vuelta de la emigración de Francia, tuvimos la Sierva de Dios y sus hijas de este convento de Guadalajara el gozo de verla, con ocasión de traer niñas de su Colegio a los exámenes de la Normal.

Ingresaron también en nuestro colegio de Aranjuez, pasados algunos años y por recomendación de los mismos expresados Padres, otras tres niñas moras, siendo bautizadas a un tiempo como las anteriores y colocadas después convenientemente por la Sierva de Dios. Era frecuente en mi venerada Madre Patrocinio llamar a su monjas abejitas del divino colmenar de la Inmaculada. y existe una estampa alegórica encargada de intento por ella para repartirla entre las mismas religiosas con ocasión de su onomástica, figurando un enjambre numerosísimo que zumbaba en torno de un copón lleno de Formas Consagradas, en el cual anhelan las abejas posar su vuelo para extraer de allí la divina sustancia de que ha de formarse la miel purísima del panal, que constituya las delicias del Sagrado Corazón de Jesús, su celestial Esposo.

Justamente, en aquel honroso mote y en esta sublime alegoría, se halla simbolizado y cabalmente expresado el objeto de sus finos y regalados amores: el Santísimo Sacramento del altar. Es allí, junto al sagrario, a donde ésta enamorada virgen acudió siempre, desde sus primeros años, en busca de la paz y dicha única que ansiaba sobre la tierra. En Jesús-Hostia puso este Serafín el centro de su descanso; la Sagrada Eucaristía fue su fortaleza en las luchas y tormentas de su atribulada vida, y del Maná sacrosanto, de la Hostia Consagrada sacó siempre su encendido corazón, nuevos incendios con que enardecer otros corazones, celando así y extendiendo de modo prodigioso la honra y gloria de su Amado. En atención a esto y como manifestación espléndida de sus amores Eucarísticos, las fiestas del Santísimo Sacramento en los conventos de nuestra Reforma fueron siempre, y siguen siendo hasta el día, las más principales y las más solemnes y tantas en número, que bien pudiera decirse que, en tiempo de la Sierva de Dios sobre todo, jamás se interrumpieron los cultos extraordinarios a la Sagrada Eucaristía.

En los días clásicos del Santísimo Corpus Christi, las vísperas y Misa eran con exposición. El Viernes del Sagrado Corazón de Jesús, el que sigue a la Octava del Corpus, quiso la Sierva de Dios que fuese día Sacramental por excelencia y, además de la función solemnísima de por la mañana, estableció que se hiciese por la tarde la Minerva y visita de Altares con asistencia de todo el clero, al que se le invitaba oportunamente.

«Esclavas del Santísimo Sacramento», quiso esta enamorada de Jesús-Hostia que se llamaran y fuesen en verdad sus hijas, y, valiéndose de sus facultades de fundadora y obteniendo el apoyo y autorización de los Prelados, estableció en sus casas todas, con gusto y fina voluntad de sus hijas, esa obra admirable y celestial que se llama Vela Perpetua de Jesús Sacramentado: por la cual las Religiosas Concepcionistas Descalzas hijas de esta Sierva de Dios, hacen la guardia de día y de noche en presencia de su Rey y Esposo adorable, junto al trono amoroso de su Dueño. Es encantador lo que pasara al instituir en nuestras casas obra tan celestial: con qué amor depositan todas las religiosas la papeleta de su voto favorable al establecimiento de la Vela Perpetua. — «Soy gustosa, dice la votante, de que en este, nuestro convento, se instituya la Vela Perpetua al Santísimo Sacramento, y me obligo a acompañar a su divina Majestad el tiempo que me corresponda». — El Eminentísimo Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, admirado y lleno de ternura, al saber la generosidad y amor de estos sus rebañitos de hijas de la Inmaculada, decía en la aprobación del acta de Institución que se le mandó: «Con gran satisfacción de nuestra alma hemos leído el acta que antecede y alabando la mucha piedad de las religiosas que la firman, venimos en aprobar la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento a que se ofrecen con santo amoroso empeño en desagravio del general olvido e irreverencias que sufre nuestro amante Jesús en la eucaristía; y para más alentar la piedad y devoción de las mismas religiosas, concedemos cien días de indulgencia por cada vela que hicieren, implorando la divina misericordia y rogando por nuestra Santa Madre Iglesia y demás santos fines generales».

Semejante a la comunicación anterior es la que enviara el Rdo. P. Comisario Provincial de Castilla, de nuestra Orden Seráfica. El Muy Ilustre Sr. Carrascosa epilogó los amores Eucarísticos de mi venerada Madre en el siguiente cántico tiernísimo:

 

HORAS FELICES ANTE JESUCRISTO SACRAMENTADO

_______________

Lámpara fiel, que alumbras misteriosa

al Dios del Tabernáculo secreto,

haz que en mi corazón vivo refleje

tu dulce, casto y amoroso fuego.

¡Oh cuántas veces al mirar tus rayos

esparcirse apacibles por el templo,

y bañar el altar… en que se hospeda

de nuestras almas el Divino Dueño,

sentía yo recónditos latidos

allá…en el fondo de mi amante pecho,

ansiosa de mezclar mis oraciones

día y noche… a tus trémulos reflejos,

Perpetua adoración miraba escrito

en los altares, bóvedas y suelos

y en los fulgores de los cirios santos

y entre las blancas nubes del incienso.

Yo miraba tu vida consumirse,

lámpara que iluminas el misterio,

y envidiaba anhelante tu destino

y me dabas amor, fe y ardimiento.

Yo adorarte veía sin descanso

al supremo Hacedor del universo,

sin apagar tu luz noche ni día,

dilatándolas más… en el silencio.

Émula fui de ti, lámpara humilde,

de tu constancia fiel sentí yo celos;

¿y no harán las Esposas por su amado…

lo que ejecuta un mísero instrumento?

Cuando venga de Dios el nuevo día,

quiero que como a ti me encuentre ardiendo,

y la tierra al volver a sus faenas,

y el sol en su altitud y en su descanso.

Y en las densas tinieblas de la noche

del fatigado mundo en el sosiego

quiero brillar contigo entre las sombras

como la estrella en el nocturno seno.

Quiero el día y la noche ver cruzarse

en ese acompasado movimiento

con mi espíritu vivo en el sagrario…,

sin eclipses… cual tú siempre luciendo;

Quiero participar de tu ventura,

dando guardia al Monarca de los cielos,

y cual tú en las postreras llamaradas…

consumirse de amor… seca… en el templo…

Pactemos ante Dios, Lámpara mía,

honrarle sin cesar cuanto debemos,

tú, con tus misteriosos resplandores…

yo, de rodillas, con mi ser entero.

¡Amar… Orar… Gemir… sí, alma mía!

esta es la vocación del monasterio

tibia y doliente yo, tú, llama pura,

habla al Señor, de todos mis deseos.

Di que en su adoración… está mi vida;

cuéntale que su amor es mi recreo…

y mi lecho su altar… y esta tribuna…

del mar de mis pesares dulce puerto.

Di que al dormir… su celestial banquete…

me colma de esperanza el pensamiento,

y al despertar… mis males olvidando…

suspiro la visita del cordero…

Di que en nada mortal goza mi alma,

peregrina cansada del destierro,

y que amarle… servirle… y adorarle…

de todas mis delicias es el centro.

De un alma que me entienda y que me ame…

de un corazón jugoso la sed siento…

y que esta alma es la suya… y en él solo

ese Divino corazón encuentro.

El amigo del hombre, el que desea

de sus Esposas habitar en medio,

el que por todo honor solo pretende

que le llamemos nuestro Esposo tierno.

El corazón de mi Jesús amado…

de nuestra adoración siempre sediento,

el que me inspira que en unión dichosa…

con Él velemos sin cobarde sueño…

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Pues, míranos aquí, Jesús benigno,

adorado pastor del Monasterio,

día y noche postradas, con fe viva,

ante tu celestial acatamiento.

Derrama los raudales… sin medida

de esta tu caridad… que arde en el cielo,

en estas tus pobres hijas que te adoran

a toda hora, Señor, y en todo tiempo.

Míranos descansar de las fatigas,

cual otro Juan… en tu amoroso seno

y abrasarnos felices, en las llamas

de ese volcán de tus Divinos fuegos.

Míranos dar a sempiterno olvido…

cuanto de placer encierra el Universo,

y el triunfo… fiar de esas batallas

de tus misericordias… el consuelo.

Obsérvanos rindiendo amante culto

a la Reina del mundo y de los cielos…

a María sin mancha… nuestro encanto

cuya imagen llevamos en el pecho.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Esta continua adoración del alma

a tu Divinidad, Esposo excelso,

comenzó en el gran día de tus ansias…

por dar en el cenáculo tu cuerpo…

Y hoy el aniversario celebrando

con júbilo en tus hijas placentero,

te rogamos que admitas los tributos

de la consagración que te ofrecemos.

Esta exterior dulcísima alegría…

de adorar, sin cesar… tu Sacramento…

en los corazones inflamados

no más que un tibio y pálido bosquejo.

Porque tanto, Señor, nos favoreces

con esta santa vocación del cielo,

que en nuestra soledad te comunicas…

y en el Santo retiro… aquí te vemos.

De esta continua adoración el culto

no es en la tierra incógnito ni nuevo,

era de los cristianos primitivos,

y fue siempre el encanto de tus siervos.

Mas hoy, Señor, que los mundanos males

arrecian sin barreras y sin freno…

hoy que su redención olvida el hombre,

lince en lo temporal… ciego en lo eterno…

Hoy que nubes y negras tempestades

amenazan al mundo en sus excesos…

y urge desagraviaros con las obras

de oración, penitencia y tormentos,

tus Hijas inmoladas ante el Trono

de amor encendido y siempre nuevo

víctimas se te ofrecen… porque cese

con tu martirio… el mundanal incendio.

Retirad ya, Señor, la fuerte espada

que el siglo hiere, sin igual protervo,

y nuestra adoración no interrumpida

alcance ante tus leyes atraerlo.

Premiad, Señor, premiad, como quien sois,

al Vicario que rige vuestro reino,

y al Pastor que este culto nos concede

y al Superior de la Orden que ejercemos.

Premiad a los Católicos Monarcas,

que entre peligros ¡ay! alzan su cetro.

Iluminad, Señor, con vuestras luces

a cuantos les pones por consejeros.

Y derramad, Señor, las bendiciones

de vuestro ardiente y amoroso seno

en el de nuestra Madre fundadora,

que de adoraros nos ligó el precepto.

Dadle paz interior en sus combates,

infundidle valor contra el infierno,

y acepte de sus Hijas parabienes

por esta adoración en todo tiempo.

Y a nosotros, Señor, dadnos las fuerzas

que hacen perseverar sin rendimiento

para adorarte siempre en esta vida…

y gozarte sin fin en esos cielos.

CAPÍTULO XXX

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Curación milagrosa. — Casual al parecer, profético en verdad. — Nuevo intento de asesinato contra la Sierva de Dios. — Confesos y contritos. — La ira de Dios sobre Aranjuez. — El manto azul. — Iris de Paz. — Agonías de muerte. — Días terribles. — Comida milagrosa.

 

Van tan íntimamente enlazadas la historia de la Santísima Virgen del Olvido, Triunfo y Misericordias y la vida de mi venerada Madre, que no puede darse un paso en la una sin tropezarse con sucesos de la otra, siempre ciertamente maravillosos. Ya dejamos dicho mucho y habremos de decir más sobre esto en lo restante de esta vida de la Sierva de Dios. Mas, porque ocurrieron por estos tiempos a que venimos refiriéndonos, y porque fui yo testigo presencial de ellos, quiero intercalar aquí los dos sucesos siguientes: una curación y una profecía milagrosa.

Se encontraba enferma en la cama sin poder moverse, la religiosa de coro Sor María de los Dolores y de la Paz, y viendo que se acercaba la novena de nuestra Madre y Señora la Santísima Virgen del Olvido, de quien era devotísima, anhelando asistir a ella, suplicó a la Sierva de Dios que la encomendara a la piedad de tan divina y cariñosa Madre. Hízolo así mi Madre Patrocinio y fue su oración tan eficaz, que, notando enseguida la enferma la mejoría, pudo levantarse de la cama y asistir, ayudada con dos muletas, a algunos actos de la Comunidad. En uno de los días del novenario se avivó tanto su fe, que esforzándose, se atrevió a bajar a la puerta del Sacramento, para asistir a la entrada solemne de la imagen que todos los días se practicaba, al terminarse el ejercicio de novena. Tan pronto fue a ver a la sagrada imagen, cuando Sor María de los Dolores, llena de gozo y sintiéndose totalmente sana, en presencia de toda la Comunidad, arrojó lejos de sí las muletas, yéndose al mismo tiempo a besar a la Santísima Virgen, derramando todas abundantes lágrimas de alegría.

Desde este mismo instante, la favorecida religiosa siguió a la Comunidad con salud perfecta, y ya no volvió a resentirse del pasado mal en toda su vida, la cual se prolongó hasta los cincuenta y nueve años, muriendo en la Comunidad reformada de Corral de Almaguer, después de haber acompañado a la Sierva de Dios en su emigración a Francia y habiendo sido Abadesa del Convento de El Escorial.

No había indicios manifiestos aún de la Revolución que diera en tierra con el trono de Isabel II, cuando celebrándose en Aranjuez una solemne función a la Santísima Virgen del Olvido, advirtió el numeroso auditorio que asistió, que, mientras el sermón, cayó la corona de la venerada milagrosa imagen de la Virgen Santísima y se quedó colgada del vestidito del Niño Jesús que la divina Señora tiene en sus brazos. Todos los corazones se estremecieron y se llenaron a la vez de admiración con el suceso que tenían delante, especialmente las religiosas que sabían muy bien que la corona de la Santísima Virgen iba sujeta a la cabeza de la imagen por medio de una larga y fuerte espiga y juzgaron que era imposible que se le desprendiera sin intervención de una fuerza extraña, y de ahí que, sospechando que habría algún misterio, se atrevieron a preguntar a la Sierva de Dios, si de hecho lo había; a lo que emocionada, contestó sencillamente: «Esto puede ser que signifique que caerá la corona de la cabeza de la Reina y quedará en su Hijo». Quedó esta respuesta tan fija entre las religiosas, que desde entonces tuvieron por seguro e inevitable la caída y restauración de la dinastía; por eso nada de lo ocurrido después nos causó extrañeza; pues eran muchas las pruebas que teníamos del espíritu profético de la Sierva de Dios. Este mismo suceso se repitió de un modo parecido en una imagen de la Purísima que la misma Reina tenía en su habitación, a la cual se le cayó la corona, quedándose prendida del vestido.

A la consulta que sobre este hecho hiciera Su Majestad a mi venerada Madre, por medio de D. Isidoro de Losa y Cruz, sobre qué podría significar aquello, respondió la Sierva de Dios lo mismo que a sus religiosas, esto es: «Puede (dijo) que Dios tenga misericordia y que el Niño Jesús dé la corona al hijo, puesto que para los padres se va a perder». No dudó desde aquel momento la Soberana de España que la respuesta de Sor Patrocinio era una profecía y, hasta que se cumplió vivió amargadísima, esperando resignada su realización.

Para quien tenga presente que la característica de esta Sierva de Dios, de mi amada Madre Patrocinio, es la contradicción y persecución de parte de los enemigos de nuestra santa fe y de la Monarquía Española, no podrá menos de suponer que aun en los años de más tranquilidad y más paz de su santa vida no se vio libre esta inocente virgen de la ira y venganza de sus perseguidores. No se preocupaba ella poco ni mucho de las insidias de sus enemigos, ciertamente; y por eso cuando se veía sorprendida por algún anuncio o amenaza de destierro, solía exclamar: «¿Por qué se ocuparán de mí estas gentes, si yo no me meto con ellos?». Por la misericordia de Dios, muchos de los planes diabólicos de sus perseguidores solían fracasar, ya por intervención de los Prelados, ya también por mediación de la potestad real de nuestros católicos monarcas D. Francisco de Asís y Dª Isabel, para quienes mi venerada Madre fue siempre una verdadera santa.

En ocasiones, sin embargo, era Dios mismo quien interponía su virtud y protección divinas en favor de su Sierva, librándola de males gravísimos y aun de la muerte, como ocurrió en los dos casos que siguen:

Presentándose cierto día en el torno del convento de Aranjuez un caballero muy interesado en hablar con la Sierva de Dios de asuntos urgentes y de importancia,  pasósele a locutorio y apenas mi Madre Patrocinio entró en él y se aproximó a la reja, el fingido caballero y verdadero criminal le descerrajó un tiro, que, por fortuna, no dio a la inocente perseguida. El criminal huyó precipitadamente, y su víctima dio tiempo a que saliera de la demandadería, donde lo hubiera pasado muy mal, si se dieran cuenta de lo ocurrido los criados del convento, por la grande estima en que tenían a mi Madre amada. Cuando las religiosas oyeron el tiro, acudieron todas al locutorio, temerosas de algún atentado contra su idolatrada Madre.

Esta, al verlas tan asustadas, las tranquilizó y les dijo, que aquello «no había sido nada, gracias a Dios». Fue este el último atentado contra la vida de la Sierva de Dios, con armas de fuego.

Otro atentado contra mi Madre Patrocinio refieren sus dos inseparables favorecedores D. Juan Antonio de Quiroga, su hermano, y D. Isidro de Losa y Cruz. Sucedió en el camino de uno de los destierros de la Sierva de Dios que habiendo pedido un poco de agua, se la propinaron los que la custodiaban mezclada con un veneno tan activo, que creyeron moriría instantáneamente. De hecho hubiera muerto, sin un milagro divino; pues, además de haberlo confesado así los criminales, los dientes de esta inocente cordera quedaron dañados desde aquella fecha, por toda la vida. Pararrayos del cielo son los santos en los pueblos e intermediarios poderosos entre Dios y los hombres. Su historia no es otra que la de seres extraordinarios escogidos por Dios y manifestados al mundo para revelación de su poder, de su bondad y de su gloria. Dichosa la ciudad que cobija bajo su cielo un Siervo de Dios. ¡Él solo será bastante a contener la ira divina en los días de las venganzas, justísimas siempre, del Todopoderoso! Así se consideraba Aranjuez mientras contó entre sus vecinos más ilustres a mi venerada Madre Patrocinio, por la experiencia que tenía de las eficacias extraordinarias de su oración de intercesión para con Dios.

Entre los sucesos que más contribuyeron a formar este espíritu de confianza y de fe en la virtud de la Sierva de Dios, cuéntase uno que, por sus circunstancias, fue para cuantos lo presenciamos prueba irrecusable de lo mucho que Dios nos favorecía a todos con mi venerada Madre.

Era el día 24 de junio de 1865, en cuyo atardecer se desencadenó en Aranjuez una tempestad tan horrorosa que no parecía sino que Dios derramaba todo el furor de su ira sobre aquel Real Sitio. Cerrado, enteramente, el horizonte con negrísimas nubes, furioso vendaval azotaba los edificios, cual si pretendiera arrancarlos de cuajo; al mismo tiempo que el relámpago y el trueno llenaban de consternación los corazones más empedernidos.

Encendido en fuego todo el cielo, veíase descender a la tierra continuas exhalaciones, capaces de reducir a cenizas en un instante los edificios más consistentes. Cualquiera hubiera creído que había llegado nuestro último fin en tan terrible noche. Pero no; estaba allí nuestra amadísima Madre, y comprendiendo la gravedad del peligro en que el Real Sitio se encontraba, dispuso que todas sus religiosas la acompañásemos a pedir a Dios piedad y misericordia; para lo cual, y no obstante hallarse muy delicada en su salud, ordenó una procesión de penitencia, yendo ella a la cabeza con la imagen de la Santísima Virgen del Olvido, terminándose cuando cesó la horrorosa tempestad; de la cual no quedó rastro o señal alguna que fuese de lamentar, atribuyéndolo todo a milagro.

La Rda. M. Isabel de los Remedios, nos cuenta, con la sencillez y fervor que en ella eran características, el suceso siguiente, en alabanza de la Santísima Virgen del Olvido. No quiero pasar en silencio (dice la expresada Madre en sus apuntes) otro prodigio que obró aquella noche memorable.

“Estaba yo bordando a la Señora un manto de un color celeste delicado, cerca de un balcón, que, por descuido, dejé abierto, y, por no menor descuido, muy poco cubierto mi bordado, que por cierto, iba ya en gran parte concluido. Al pasar por la puerta de la habitación con la SSma. Virgen en procesión, me acordé de mi bordado; entré y vi que todo estaba anegado, cubierto de granizo y agua sucia de polvo, en fin, en un estado inservible; yo me afligí un poco viendo el mucho tiempo y bastante dinero y trabajo perdido; pero recobré la fe y dije: ¡Madre mía, tuyo es, haz lo que quieras! y sin añadir ninguna diligencia ni palabra, seguí la procesión, y al otro día fui a ver mi desgraciado trabajo, mas… ¡cuál fue mi asombro, cuando vi que no había quedado más vestigio de tanta agua y demás que el redondelito de un granizo!, precisamente en el sitio, en donde había de colocar una estrella, con la que quedó cubierta la mancha, que era nada menos que comido el color; todas comprendimos que así debió quedar todo el manto y solo por milagro quedó ileso; y aquella señal para testigo del milagro». Hasta aquí la Rda. M. Isabel. El manto a que se refiere, así como la falda del vestido y demás, tanto de la sagrada imagen como del divino Niño Jesús, es de un precioso azul celeste bordado con abalorios blancos. Se conserva en tan buen uso como si lo acabaran de hacer. Todos los años se le pone a la Santísima Virgen para la novena, festividad y octava de nuestra Madre Purísima. Es verdaderamente un bordado hecho con todo gusto y primor.

En el capítulo dieciséis de esta historia queda escrito el relato que hace la Rda. Madre Pilar en su «Libro de apuntes» acerca de los padecimientos de mi venerada Madre Patrocinio, después que se ofreció víctima por los pecados de los hombres. Aquellos trabajos interiores y agonías de muerte se repitieron durante su vida, siempre que nuestra Santa Madre Iglesia o España se encontraban en alguna grande tribulación, a los que solía añadir, como también dejamos indicado en otro lugar, extraordinarias penitencias. Por este tiempo y juntamente con sus correrías apostólicas, solían menudear semejantes estados místicos de tribulación y a pesar de hallarse la Sierva de Dios muy quebrantada en la salud, todo la parecía poco para desagraviar a la divina Justicia y para atraerse la infinita Misericordia en favor de los mortales. Padecen los santos verdadera sed de trabajos y de martirios y Dios suele compartir con ellos el cáliz de la sagrada Pasión para que, efectivamente, sean cooperadores suyos en la salvación del mundo.

Terrible fue para la Comunidad de Aranjuez la noche del día 2 de enero de 1866, por causa de una sublevación que tuvo lugar en Madrid[36]. Trataban los revoltosos de entrar en el Convento de mi venerada Madre y sacarla de él a viva fuerza para tenerla en rehenes juntamente con otros personajes del mismo Real Sitio y obtener así lo que desearan de Su Majestad la Reina. Supimos en la Comunidad el perverso intento por uno de los cabecillas del movimiento, muy favorecido por la Sierva de Dios, el cual, no pudiendo olvidar ahora lo mucho que le debía, quiso a todo trance que se pusiera a salvo. No hubo necesidad, gracias a Dios, de tomar medidas extraordinarias de ningún género, pues, habiendo fracasado el movimiento de rebelión, no tuvo otras consecuencias para mi amada Madre que el horrible susto que nos llevamos sus hijas, creyéndola ya de nuevo lejos de nosotras en el destierro.

Terminaremos este capítulo con el relato de un hecho a todas luces maravilloso, ocurrido a la sazón, hallándose la Sierva de Dios en San Pascual en Aranjuez. Nos lo cuenta Sor María Bonifacia de San Miguel, religiosa de velo blanco encargada de la cocina en el expresado Convento. “Habiendo llegado un día al Convento (dice la virtuosa hermana), D. Mariano Bellver, sujeto religiosísimo y muy devoto admirador de las virtudes de mi Rda. Madre Patrocinio, en el tren de la una, bajó nuestra Madre a la cocina para que le pusiéramos comida, y no habiendo sino un poco de caldo del cocido, por haber comido ya la Comunidad y haberse repartido el sobrante a los pobres, como se hacía a diario, miró su Reverencia en la alacena y como viera en una cazuela unos garbanzos sobrantes que no podían servir sino para los gatos, tomó la cazuela y movió los garbanzos con los dedos diciendo al mismo tiempo, que los lavásemos bien y los echásemos en el caldo, para que se calentaran de nuevo.

Muy grande era nuestro apuro, pensando lo que podría salir de allí; pero ¡oh maravillas de Dios! cuando se desocupó el puchero, en el plato, apareció un cocido tan bueno y abundante, que, habiendo comido D. Mariano a su satisfacción y con el mayor gusto, según él mismo confesaba, aún sobró bastante cocido”. Todas quedamos admiradas de la virtud prodigiosa de nuestra Madre y confirmadas en la fe que teníamos de su santidad.

CAPÍTULO XXXI

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Fundación del convento de Loyola. — Letras Patentes del Padre Comisario Provincial de Castilla. — Viaje trabajoso. — Buenas impresiones y grande paz. — Vida exuberante.- Santa Teresa de Jesús, Vicaria Perpetua de nuestras comunidades. — Las Hermanas aves. — Última visita a los conventos de los Reales Sitios y a Loyola. — Loquilla de Belén, como su Seráfico Padre.

 

No se mueven los Siervos de Dios, sino a merced del viento de la inspiración del Espíritu Santo y según su voluntad Santísima; y por eso, aun experimentando en ocasiones crueles repugnancias de la naturaleza y contrariando en su interior vehementes impulsos de la misma, por allí se determinan finalmente, por donde descubren más honor divino y mayor bien espiritual de los prójimos. Por los principios de virtud que en esta mi venerada Madre admiramos al historiar sus primeros años y por las elevaciones de altísima contemplación con que apareciera en el claustro, apenas ingresó en el Convento de Caballero de Gracia, cualquiera hubiera juzgado, que Dios la tenía destinada para la vida oculta,   más, sabiendo que las inclinaciones todas y la vocación misma eran en la Sierva de Dios al retiro y la soledad. Sin embargo, ya venimos viendo cuán otros fueron los planes divinos acerca de ella. Bajo la dirección de la misma divina Sabiduría continuó por toda su vida; y a esto se debe el que, a pesar de haber ansiado y procurado en todo tiempo mi Madre amada vivir lejos de la Corte, para evitar de ese modo las ofensas de Dios, quitando todo pretexto a sus enemigos, jamás pudo conseguirlo; y se vio por el contrario obligada a pasar su prolongada inocente vida allí donde la divina Providencia dispuso que viviera: en medio de enemigos y en trabajo de fundaciones de conventos de la Orden.

Gozaba la  Sierva de Dios de la paz del claustro en su Convento  de San Pascual, amada y venerada de todas sus religiosas, solícita únicamente del bienestar de las mismas y de sus colegios, y ofreciéndosele la fundación de un nuevo Convento en Loyola, cerca de San Sebastián, túvolo como presagio manifiesto de que Dios le concedía por fin lo que tanto había deseado: retirarse a vivir en un lugar muy lejos de Madrid. Le faltó tiempo para hacer todas las diligencias, y, obtenidas las convenientes licencias de los Prelados, emprendió la marcha a Loyola, llevándose consigo, como cofundadoras y compañeras que deseaba tener a su lado hasta la muerte por su mucha virtud entre otras varias religiosas, a las RR. MM. Olvido, Trinidad, Isabel, Corazón de María y Sor María de San Rafael. Allá iba movida de Dios e ilusionada con su mayor gloria, a la vez con la esperanza de poder hallar su apetecida absoluta soledad. Bien pronto empero la veremos volver a nuevas correrías y nuevos martirios de persecución y de muerte. La Fundación comenzó a verificarse con los mejores auspicios y en inmejorables ventajas, y de ahí que fuese tan del gusto de los Prelados como aparece en las siguientes letras patentes del M. R. P. Herrero, Provincial de Castilla:

“A nuestra muy amada Hija Sor María de los Dolores y Patrocinio, Abadesa de las Religiosas Concepcionistas Descalzas Franciscanas de nuestro Real Convento de San Pascual de Aranjuez, salud y paz en nuestro Señor Jesucristo”.

“Por cuanto nos consta la virtud y celo con que vuestra Rcia. promueve la gloria de Dios, propaga el culto de la Santísima Virgen y siguiendo el consejo de nuestro Seráfico Patriarca, busca y pone en ejecución los medios posibles para ganar almas para Jesucristo; siendo testigo de los frutos copiosos que producen las ejemplares Comunidades de Aranjuez, San Ildefonso, El Pardo, El Escorial, Lozoya y Manzanares, fundadas por V. Rcia. no solo por su edificante observancia monástica, sino también por el asilo y esmerada educación científica, religiosa y moral que en todas ellas se da a las niñas que en todas ellas concurren a sus escuelas, y que tanto han de contribuir a la moralización de las costumbres y edificación de los pueblos en una época de corrupción y materialismo; sabiendo además cuán del agrado son del Supremo Jerarca de la Iglesia, nuestro Beatísimo Padre el Papa Pío IX, dichas Fundaciones, autorizadas competentemente para su mayor estabilidad por nuestra Augusta Señora y Católica Reina (q. D. g.) y por el Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo; nos, siguiendo el ejemplo de nuestros predecesores y deseando dar una prueba de nuestra paternal benevolencia y paternal afecto a V. Rcia., confirmamos y aprobamos, en cuanto nos corresponda, todo lo dispuesto y ordenado en las fundaciones ya realizadas, y la autorizamos dándola nuestra bendición y licencia para hacer la nueva de San Sebastián, en las Provincias Vascongadas y cualquier otra que pueda convenir al mejor servicio de Dios”.

Enajenado de gozo al ver la poderosa mano de Dios y protección de la Santísima Virgen en tales empresas, no puedo menos de exclamar repitiendo las palabras elocuentes que el Papa León XII, de feliz recordación, dijo en una ocasión muy semejante: “En un siglo en que es universal la corrupción, en un reino en que tanto ha sufrido la religión, ¿se encuentran aún almas puras y religiosas que se atrevan a despreciar públicamente al mundo y a la carne?, yo las bendigo a todas…” y levantando sus manos para atraer los tesoros de las gracias celestiales, las bendijo diciendo: “Sean todas benditas”.

“Yo también bendigo a V. Rcia. y a todas cuantas bajo su maternal dirección buscan en el sagrado recinto de los claustros un asilo contra los peligros de su inocencia y de su virtud, contribuyendo con el suave perfume de sus edificantes ejemplos a prosperar el Santo Instituto reformado de la Purísima Inmaculada Concepción de María; exhortándolas a todas respeten y obedezcan a Vuestra Rcia. como a su Madre Fundadora, cumplan fieles las promesas hechas al Esposo Divino de las Vírgenes y obren siempre en conformidad a lo que prescriben las santas Reglas, Constituciones y leyes de la disciplina monástica, para que, siendo constantes imitadoras de las virtudes de María Santísima, reciban las eternas recompensas”.

“El Señor acepte mis deseos y haga fructuosa la bendición seráfica que doy a V. Rcia. y a todas nuestras amadísimas hijas”.

“Dadas en nuestro Real Convento del Triunfo de la Inmaculada Concepción de María y de Nuestro Padre San Francisco de Asís, en el Real Sitio de San Ildefonso, signadas con nuestro sello, y refrendadas por nuestro Secretario, en junio 2 de 1866. — Fray Juan Antonio Herrera. — De orden de S. P. M. R. — Fray Jacinto del Castillo, Secretario”.

Por orden del Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo y con todas las licencias necesarias, salió mi Rda. Madre de Aranjuez para San Sebastián con las religiosas designadas para la nueva fundación.

Era a mediados del mes de junio cuando salieron de Aranjuez las fundadoras, y, después de un viaje malísimo para la Sierva de Dios, pues a sus fuertes y continuos dolores de cabeza se juntó el ruido infernal del tren al atravesar los túneles, nunca vistos por mi Madre amada, llegaron a Vitoria, en donde les esperaba el P. Estarta, Provincial a la sazón de la Provincia Seráfica de Cantabria, quien teniendo en cuenta, sin duda, el mal estado de salud de la Sierva de Dios y sus muchas molestias durante el viaje, no juzgó prudente que se avistasen con el Sr. Obispo de la Diócesis en el Convento de Religiosas donde su Ilma. las esperaba, por lo que se molestó mucho, sintiéndolo grandemente mi amada Madre, que le dio después muy humildes y rendidas explicaciones, con no poca edificación del Prelado, viéndola confesarse como rea a la que, en verdad, era inocente. Después, continuó su Ilma. teniéndole la misma y aún mayor veneración que antes le tuviera y la visitó en Loyola más de una vez, mientras allí estuvo la Sierva de Dios.

Llegadas a Loyola, fue excelente y gratísima la impresión que recibió mi amada Madre, llamándole especialmente la atención el «ser pequeño y limpio el Convento, las hermosas vistas que tenía a la ría y el ir y venir de las pescadoras». También le gustó mucho «la pequeñita Iglesia con las bellas y devotas imágenes de Nuestra Señora del Refugio, de San Antonio, Santa Filomena y otras». El entusiasmo de la población fue muy grande, y la apertura del colegio colmó la alegría de todos. Se hicieron solemnes fiestas de inauguración y se emprendieron, enseguida, las obras convenientes de ampliación para las clases. Tuvo mi Madre Patrocinio la inmensa satisfacción de ver enseguida los frutos abundantísimos de esta fundación, no solo en el mucho bien que las religiosas hicieron, por medio de la educación de las niñas, sino también en la multitud de vocaciones que aparecieron en las jóvenes desde un principio, llegando a ser aquella Comunidad una de las más florecientes y fervorosas de nuestra Reforma, conservándose así después de la muerte de la Sierva de Dios, hasta nuestros días. Aquella alegría, junto con la paz que en un principio gozaron las religiosas de Loyola, y de la cual da cuenta, muy gozosa, mi venerada Madre a la Madre Concepción Abadesa de El Escorial, ha seguido siendo hasta el presente la mejor recomendación del espíritu seráfico que recibieron aquellas religiosas de nuestra amada Madre y fundadora.

Por orden del Emmo. Cardenal Arzobispo, tuvo que volverse la Sierva de Dios de su conventito de Loyola, apenas quedó en él arreglado todo; y no es para dicho el sentimiento que experimentó su corazón al ver que habían salido frustradas sus esperanzas, de absoluto apartamiento de la Corte; se resignó, sin embargo, y se volvió a Aranjuez de nuevo, acompañada de las mismas arriba expresadas Madres.

En el relato que la Sierva de Dios hizo de su viaje a Loyola, escribiendo a las Madres Abadesas de El Escorial y de La Granja, les decía que Santa Teresa de Jesús, a cuya intercesión se encomendara, le había aliviado de su fuerte dolor de cabeza. De hecho, tuvo siempre mi venerada Madre una gran devoción a la Seráfica Doctora y a la misma, como a tan experimentada, encomendó todas sus Fundaciones. Repetidas veces, recomienda en sus cartas a las Religiosas que tengan a Santa Teresa de Jesús por Vicaria de la Comunidad y que, como a tal, la respeten y veneren. Expresamente les manda que, en agradecimiento a lo mucho que en sus fundaciones le había favorecido, celebren solemne fiesta el día 15 de octubre, suspendiendo, por tal causa, los cultos mensuales del mismo día a la Santísima Virgen del Olvido. Así se buscan y se entienden los santos, sobre todo los  que, como estas dos grandes almas, se abrasan en un mismo amor de celo por la gloria de Dios.

Era la Sierva de Dios amante en extremo de la naturaleza y de las criaturas, haciendo escala para elevarse sin cesar a Dios por medio de la contemplación de su poder, de su sabiduría y de su bondad, magníficamente revelados en los seres todos de la creación. Sus más preferidos recreos eran regar las plantas y cuidar de las flores, teniendo por estas predilección particular. Con los pajarillos se gozaba en extremo, y no consintió nunca que, en su presencia, se diese muerte a ninguno, ni aún para su alivio, estando enferma. En cierta ocasión cuidaba la Sierva de Dios de un canario y, habiéndole encerrado en un cestillo para que descansara, al cerrarle, con la tapa le cogió la cabecita, estropeándosela de forma que le saltaron los sesos. Tal compasión y sentimiento causó en el ánimo de la Sierva de Dios esta muerte del animalito que, llena de fe, tomó los sesos, los colocó en el cráneo y, pasando los dedos por él, el canario volvió a la vida, con admiración de todas las Religiosas, que no cesaban de alabar a Dios por el poder maravilloso que continuamente se revelaba en esta Sierva suya.

En mayo de 1867, recibió orden la Sierva de Dios, de su Emcia. el Cardenal de Toledo, para que visitara los Conventos de El Pardo, La Granja[37], El Escorial, Lozoya y Loyola, y aunque «llena de dolores generales», emprendió la visita, siendo muy de notar el celo que desplegara en ella, respecto de la formación y educación que debía darse a las novicias y nuevas profesas; a las cuales quería, «ante todo, religiosas de oración y recogimiento y muy obedientes y pobres, conforme se exige en nuestra Regla y Constituciones».

En una de las pláticas de visita que dio a las religiosas de El Escorial, habló de tal suerte del amor de unas a otras y de la humildad, que, emocionada y fuera de sí, se postró en tierra y obligó a las religiosas a que pasaran por encima, deshaciéndose todas en amargas lágrimas de contrición y amor divino; por lo que el fruto de la visita fue copiosísimo. Solía ser ese el tema favorito de la  Sierva de Dios, siempre que hablaba en los capítulos; y es lástima que no hayan quedado escritas pláticas tan edificantes y llenas de celestial doctrina. Fue en esta ocasión, cuando estando sola en oración en el Coro, la vio en éxtasis una religiosa, llena de sangre la toca y las manos, puestos los ojos en el cielo y sin ningún movimiento; cuando volvió en sí, a nadie vio la Sierva de Dios; pues para evitarle la vergüenza que le causaba verse sorprendida en semejantes ocasiones, la religiosa favorecida con tan inefable visión había salido del Coro.

En El Pardo sucedió que, fijando sus ojos en una novicia que era tenida por todas como modelo de virtud, dijo a la Madre Abadesa que, cuanto antes, despidiesen a aquella novicia, que «más valía que fuese en el siglo una buena seglar, que en la religión una mala religiosa». Apenas había salido de allí la Sierva de Dios para otro Convento, cuando gritando como una loca la expresada novicia, pedía a voces que la sacaran fuera de clausura, lo que se hizo enseguida, cumpliéndose así lo que mi amada Madre había comprendido en su interior: que no tenía vocación de monja. Terminó con Loyola las visitas de todos sus conventos fundados hasta esta época, y ya no volvió más la Sierva de Dios a ellos; pues a poco de la fundación de este Convento de Guadalajara, en este mismo año de 1867, de la que se hablará en el siguiente capítulo, salió emigrada para Francia.

En las cartas que escribió mi amada Madre con motivo de esta visita, inculca a las Abadesas «el esmero singular con que han de disponer los Nacimientos del Niño de Dios», y esto nos da motivo para no dejar en el olvido la devoción singularísima que mi santa Madre tuvo siempre al Misterio de la Encarnación y Nacimiento del Hijo de Dios. Como buena hija del gran Serafín de Asís, sacábanle fuera de sí, causándole verdadera locura celestial, las finezas amorosísimas e inefables del Verbo hecho carne para con los hombres.

Loquilla de Belén, como su Seráfico Padre, esmerábase de tal suerte en celebrar las fiestas de Navidad, que ella misma se encargaba de formar los Nacimientos con tales detalles y tan primorosamente, que son un verdadero encanto los varios que se conservan hechos por la Sierva de Dios. Los hacía con tal devoción, que la infundía a cuantos la miraban. Se la veía como transformada con un rostro angelical y tan inundada de delicias celestiales, que no se podía dudar que más estaba en los cielos que en la tierra, cuando se ocupaba en tan piadosa faena. ¡Con qué precisión lo disponía todo: peñascos, caminos, casas, chozas, portal, orden de pastorcillos y, en fin, todo, como si verdaderamente lo estuviera viendo! No es fácil decir lo que en ver a su Rcia., se gozaba.

Nacimiento que conservamos en este Convento de la Sierva de Dios, es una verdadera joya, no falta detalle en él y todo está admirablemente dispuesto; hasta una fuente que manaba leche y miel, había en vida de la Sierva de Dios, para regalo de las niñas internas, con las que gozaba mi amada Madre lo indecible en estos días de Pascuas. Las religiosas todas, participantes del espíritu de nuestra bendita y santa Madre, hacíamos coro con su Rcia., y todo nuestro gozo era estar a su lado, para participar del de la Sierva de Dios. Herederas del fervor de tan gran Fundadora, nuestros Conventos son en las fiestas de Navidad cielos verdaderos, por la alegría y dulce paz que reina en todas las religiosas.

El día de la Circuncisión del Señor tenía para mi bendita Madre particular interés, y estableció en sus Casas la costumbre de visitar en procesión, llevando la prelada una imagen del Niño Jesús, las celdas todas y cada una de las oficinas, en señal de que derramaba sus bendiciones celestiales de Redentor del mundo sobre los corazones de todas las religiosas. Para la Sierva de Dios solía ser este día de verdadera Pasión; pues sentía en su alma purísima y en su bendito cuerpo los dolores que el Salvador del mundo experimentó en su divina Circuncisión. Nada había para ella tan regalado como el dulce Nombre de Jesús, y su fiesta, que es la verdadera Pascua Franciscana, la celebraba llena de santo regocijo.

CAPÍTULO XXXII

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Fundación en Guadalajara.- El Convento del Carmen. — Increíble profanación. — Hallazgo macabro. — Verdaderas Tobías seráficas. — Porciúncula y Basílica al mismo tiempo. — Obras de reparación en la antigua iglesia y solemne inauguración. — Sobran las llaves y candados al poder divino. — La educación de las niñas. — «Los pobres van remediados».

 

Descansaba la Sierva de Dios en su convento de Aranjuez de los trabajos y molestias que experimentara en la visita que como fundadora acababa de hacer a los conventos mencionados en el capítulo precedente, cuando apremiado el Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo por una Real Orden del Ministerio de Gracia y Justicia, escribía de oficio a la Sierva de Dios, mi amada Madre Patrocinio, ordenándole que «debiendo preceder a la formación del expediente canónico exigido de Real Orden para la instalación de la nueva Comunidad de Concepcionistas Descalzas Franciscas, procedentes del Monasterio de San Pascual de Aranjuez, en el convento que fue de Carmelitas descalzos en la ciudad de Guadalajara, la cesión y aceptación en debida forma del edificio destinado a la nueva Comunidad en virtud de delegación apostólica, facultaba a su Reverencia para que a nombre de su Comunidad, estipulase con el propietario de dicho convento D. Jenaro Villanova, las condiciones de su perpetua cesión, según se pedía en la indicada Real Orden»[38].

El motivo que moviera al Excmo. Ayuntamiento de Guadalajara a obtener del Ministerio la aludida Real Orden, se expresa en ella misma, cuando dice que se trataba de «una Comunidad de Concepcionistas descalzas Franciscas, destinada a la educación de niñas pobres». Efectivamente: estaba tan acreditado el método de enseñanza y educación moral, que en los Colegios fundados por la Sierva de Dios se empleaban y eran tales y tantos los frutos que en todos ellos producía, que también Guadalajara quiso verse favorecida con semejante bendición del cielo. Providencial sin duda fue esta fundación, y fruto espontáneo de la devoción y fe que prendiera en los corazones de los hijos de esta noble e invicta capital alcarreña la obra regeneradora de mi venerada Madre Patrocinio.

Nada ansiaba tanto la Sierva de Dios como la propagación de su gloria, por medio de la educación de las niñas pobres; y al anunciarle ahora el Prelado esta fundación de Guadalajara, su corazón saltó de gozo, e inmediatamente puso manos a la obra, no sin encomendarlo todo muy de veras a nuestro Señor y a la Santísima Virgen del Olvido, su inseparable Madre y Guía en todas sus empresas. Veía, por otra parte, mi amada Madre en esta fundación nueva una circunstancia: la de alejarse definitivamente del ruido y tráfago de la Corte; y quería probar fortuna de obtener esta vez lo que se le fue de las manos en la fundación del Barrio de Loyola. Dado el conocimiento que solía tener de los futuros sucesos, ¿quién, viendo su gozo presente, no supondrá en esta Sierva de Dios una inspiración, al menos, del Espíritu Santo, de que este convento de Guadalajara era el escogido para ella en la última época de su vida y el «lugar de su descanso por todos los siglos?» El caso es que se dio tal arte mi Madre amada en concertar las cosas de la fundación que, en poco tiempo, pudo ya el Prelado darle su licencia para que, con varias de sus religiosas de San Pascual de Aranjuez, se trasladara a Guadalajara, a este convento del Carmen, en el cual se habían hecho ya las imprescindibles reparaciones para poder vivir en él las religiosas.

Con la venia del Prelado, salieron, pues, de Aranjuez mi amada Madre y sus compañeras el día 3 de octubre de 1867, dejándose a su Comunidad de San Pascual sumida en el mayor desconsuelo. También la Sierva de Dios debió impresionarse al salir de aquel convento, relicario de sus amores y testigo de portentosas maravillas. Para Guadalajara fue aquel día de verdadera gloria; pues se le entraba por sus puertas esta nueva Judit que, algún día, habría de inmortalizarla con sus heroicas hazañas y con su santidad singularísima. Dios lo quería; este convento había de ser mansión de paz de su atribulado y martirizado corazón y morada última de su estigmatizado y virginal cuerpo.

La recepción de las fundadoras en esta ciudad por parte de sus moradores, de todas las clases sociales, fue solemnísima, y cual se puede colegir de estas palabras del Padre Vicario de la Comunidad, Fr. Julián Peña, en oficio dirigido al Ayuntamiento, a los pocos días de instalarse las religiosas en su convento. Dice así el expresado Padre: «Ya que la providencia ha dispuesto que la Comunidad de Religiosas Concepcionistas Descalzas Franciscas, a cuyo frente, sin mérito alguno mío, me encuentro, haya fijado su morada, previas la competente autorización y licencias, en el convento de la Santísima Trinidad (antes de Ntra. Señora del Carmen) de esta ciudad, creo de mi deber, después de haber dado gracias al Señor, cuya bondad, saber y poder son y serán sobre toda inteligencia humana, dárselas también, como de hecho las doy, al señor Presidente y Señores que componen el Ayuntamiento, a los Sr. Abad, Cabildo y eclesiásticos, a las demás autoridades civiles y militares, y en fin, a todos los vecinos de Guadalajara, por la grande alegría y extraordinario entusiasmo con que han recibido a la referida mi Comunidad y por el aprecio que, con palabras y obras, demuestran hacer de ella…».

Desconsoladísimas quedaron las religiosas cuando se hicieron cargo del estado ruinoso en que se hallaba el convento, y su desolación llegó a lo último, cuando vieron que la iglesia y el coro estaban inservibles para los ejercicios del culto divino.

Con la salida de los religiosos carmelitas el año 1836, después de publicado el Decreto de Exclaustración por el Gobierno de Su Majestad, este su convento e iglesia fueron enteramente profanados; hallábanse repartidos sus imágenes y altares en otros templos de la ciudad; convertidas en carboneras sus tribunas, el pavimento levantado, sin un cuadro en las paredes ni una imagen en las hornacinas; ahumadas las capillas por la lumbre que en ellas alguien encendiera en muchas ocasiones, más parecía el templo todo morada y albergue de harapientos transeúntes que casa y templo de Dios. Era, verdaderamente, para llorar el ver tanta desolación y ruina por todas partes.

Fundado este convento en 1631 por la ínclita Orden del Carmen, había disfrutado siempre de grande prestigio y fama en esta tierra alcarreña, tanto por la virtud de los religiosos que le habitaron, como por las rentas pingües de que disponían en beneficio de las clases menesterosas. Su gracioso templo, estilo netamente carmelitano, había sido en tiempos verdadera antesala del cielo, por los esplendorosos cultos que practicaran los hijos de Santa Teresa. Recuerdos eran todos ellos que aumentaban el dolor y la pena en el corazón de las nuevas moradoras, de mi venerada Madre y sus religiosas.

¿Qué más? Había llegado la impiedad de los profanadores a tal punto (y esto sí que causó amargura inmensa a las religiosas), que hasta se atrevió a turbar la paz de los sepulcros, y —¡oh cuadro macabro!—, en la bóveda del convento, enterramiento de los religiosos, se hallaban abiertas las sepulturas y esparcidos por todas partes, o amontonados entre escombros, los restos humanos; un esqueleto, bien conservado aún, estaba de pie, arrimado a la pared, con un cigarro en la boca. Ante cuadro tan horripilante, la primera diligencia de la Sierva de Dios fue ordenar que las mismas religiosas se dedicaran a recoger los profanados restos, para darles nueva y honrosa sepultura en la misma bóveda; en cuya obra de misericordia emplearon estas nuevas Tobías seráficas algunos días, llenas de santo celo por la honra y gloria de Dios.

Mientras se llevaba a cabo esta obra de piedad,  habilitose para la celebración de los divinos oficios parte de dos claustros cerca de la portería; facilitando así el acceso y asistencia de los fieles a los sagrados cultos. Se colocó, decentemente, en el sagrario el Santísimo Sacramento; y, separado el coro del resto de la capillita provisional, la Comunidad comenzó su vida ordinaria con todo el rigor de la Regla y Constituciones; y era tal la devoción y fervor de los fieles, al escuchar el rezo y canto de las religiosas, que la improvisada Porciúncula tuvo al poco tiempo pretensiones de Basílica; ¡tal era el concurso de fieles a nuestros cultos!

Era demasiado grande el alma de mi venerada Madre para no sentir en su corazón la llama ardiente del celo seráfico de su Santo Padre Francisco, ante la profanación y ruinas del templo; y veíasela, frecuentemente, orando y llorando de rodillas sobre los escombros del coro derruido: ¡imploraba el perdón para los profanadores y pedía protección y ayuda para repararlo todo y volverlo a su antiguo esplendor!. También la Sierva de Dios ofrecía, como su Seráfico Padre, «una gracia a quien le diera una piedra y dos al que le diera dos piedras… »; pues a todas partes acudía mi Madre amada, demandando caridad para las obras de reparación del templo. No tardó Dios en atender y satisfacer los deseos de su esposa, antes bien, movió de tal suerte los corazones piadosos, que una sola familia de Madrid, residente en Guadalajara (la del insigne Nocedal según afirma el Sr. Cordavias), obtuvo del Gobierno la cantidad necesaria para el arreglo de las paredes y bóveda del templo. No podía faltar en ocasión como esta la limosna de los piadosísimos reyes D. Francisco y Dª Isabel, y la dieron tan espléndida a la Sierva de Dios, que pudo colocarse en el altar mayor un cuadro grande y artístico de la Santísima Trinidad, obra de D. Federico Madrazo, director del Real Museo de Pinturas de Madrid, el retablo de dicho altar, con su decorado correspondiente, y el camarín precioso de la Santísima Virgen del Olvido; quedando de este modo todo el templo en condiciones para ser abierto al culto. Sin embargo, quedaba mucho por hacer; pues las capillas laterales no tenían tampoco retablos ni imágenes; estas pudo reponerlas aún en su tiempo la Sierva de Dios, ayudada por diversos bienhechores, siendo la mayor parte de dichas imágenes de extraordinario mérito artístico y sobre todo devotísimas. Después de muerta la Sierva de Dios, se han colocado nuevos y modestos retablos en la mayor parte de los altares, obtenidos igualmente con limosnas de los fieles.

Cuando mi venerada Madre vio restaurada la iglesia del convento, fue indecible el gozo que experimentó en su corazón, y no se hartaba de bendecir a Dios, que tan magnífico y amoroso se había mostrado con estas sus escogidas esposas. Enseguida, dispuso que se hicieran solemnes fiestas de inauguración. En un periódico local que se publicaba en aquel entonces, El Eco de Guadalajara, se dice lo siguiente acerca de estas fiestas de inauguración: «El jueves de la semana que termina hoy, día de San José, tuvo lugar la solemne función religiosa, celebrada con el objeto de abrir nuevamente al culto divino el que antes fue convento del Carmen y ahora de la Concepción Francisca. Por la mañana temprano, después de la comunión de las religiosas y educandas internas, se verificó la de las niñas de la población que frecuentan aquellas escuelas, habiendo sido obsequiadas por la comunidad con un ligero desayuno. Después de las diez, se dio principio a la misa, con asistencia de un numeroso clero, compuesto del de la ciudad y de muchos Capellanes y Vicarios de las diversas fundaciones, debidas a la Sra. Abadesa, del que recientemente ha sido aquí establecido. Asistieron igualmente las Autoridades civiles y militares, y gran número de personas distinguidas de la población y de la Corte, invitadas al efecto para aquella solemnidad. Las educandas externas, vestidas de blanco, y luciendo vistosas coronas de flores con otras galas y adornos, figuraban al pie del presbiterio, ofreciendo una bella perspectiva que contribuía aún a hacer más vistosa la profusa iluminación del templo, sin disputa uno de los mejores de Guadalajara. Dijo el sermón un celebrado orador de Madrid, (D. Jaime Cardona, después obispo de Sión y Patriarca de las Indias), quien a pesar de haberle sido encargado el día anterior y no haber podido disponer sino de muy escasas horas para prepararlo, cautivó al nutrido y selecto auditorio con las galas de su elegante y fácil dicción, con su natural y sencilla elocuencia, teniéndolo suspenso y pendiente de sus labios por espacio de cerca de una hora. Por la tarde, precedida de una banda de música, salió del referido convento una lucida y brillante procesión, dirigiéndose por la calle Mayor al de las religiosas de Santa Clara, siendo llevadas en andas las hermosas imágenes del Patriarca San José y Purísima Concepción, y admirando en esta última la riqueza con que vestía y las joyas de gran valor que la adornaban. Después de aquellas, bajo un magnífico palio, inspirando profundo respeto y veneración, y recibiendo los homenajes y adoraciones del culto y religioso vecindario de esta capital, venía la Sagrada Eucaristía, acompañada de una guardia de honor que cerraba la espléndida comitiva. Ocioso es añadir que todos los balcones del tránsito se hallaban engalanados con las más elegantes y vistosas colgaduras. La procesión regresó con igual pompa y lucimiento, volviendo a entrar en el mencionado convento al tiempo de empezar a anochecer. Grande es la alegría y regocijo que hemos experimentado los habitantes de Guadalajara al ver definitivamente establecida entre nosotros una Comunidad, a la que, por muchos conceptos y principalmente por ser propia de su Instituto la enseñanza gratuita de niñas, debe ya este vecindario incalculables beneficios».

Por lo que tiene de maravilloso, no queremos omitir lo que sucedió un día de los muchos en que la Sierva de Dios solía visitar las obras de reparación que se hacían en la iglesia. Habíanse marchado a comer los trabajadores y, aprovechando la ocasión, fuese la sierva de Dios al coro, acompañada de algunas religiosas mayores, las cuales, viendo que era imposible entrar, por estar cerradas las puertas con llave que se habían llevado los albañiles, contrariadas en su inocente curiosidad, comenzaron a retirarse; mas la Sierva de Dios les dijo: «esperad, que ya entraremos»; y poniendo, suavemente, su mano en las puertas cerradas,  abrieronse al punto con toda facilidad, no sin grande admiración de las religiosas. Cuando se enteraron a satisfacción del estado de las obras, volvieron a entrar en el claustro del convento, dejando la santa las puertas como se las encontró, sin hacer otra operación que juntarlas con la misma suavidad con que las había abierto; por lo cual, todas alabaron al Señor, a cuyo poder le sobran las llaves y candados.

Como el fin principal que trajeran las religiosas a Guadalajara fue la educación de las niñas, en cuanto se pudieron habilitar algunas dependencias del convento, se instalaron en ellas las clases de gratuitas, inaugurándose con toda solemnidad y con la asistencia de las autoridades eclesiásticas, militares y civiles, siendo ya entonces el número de alumnas pobres más de trescientas. A petición de las familias más distinguidas de la ciudad, se abrieron también clases de pensionistas, asistiendo desde el principio un número de alumnas bastante crecido.

«A los pocos meses de funcionar dicho colegio (dice el Sr. Cordavias en su Sor Patrocinio), advertíase en las niñas que a él asistían el poderoso influjo de una educación esmerada. Y era de ver en los barrios donde residía la gente menos culta, cómo algunas inocentes criaturas procuraban transmitir a sus mayores preceptos de buena crianza que ellas habían oído de labios de Sor Patrocinio y de las otras bondadosas Madres que secundaban labor tan meritoria”. Hasta el día de hoy viene haciéndose semejante labor en Guadalajara por las hijas de la ínclita Sierva de Dios, mi Madre amada, sin que a pesar de haber sido fundados otros colegios meritísimos, haya dejado de ser numerosa la asistencia a nuestras clases, de las hijas del pueblo, especialmente, cumpliéndose así los fines de nuestra fundación.

Contribuía no poco a la buena fama de las religiosas Concepcionistas de Guadalajara y hacía más y más atrayente y amable el nombre de la Sierva de Dios, la caridad que en nuestro convento se practicaba, a diario, con los menesterosos, de cualquier edad y condición que fuesen; para lo cual ingeniábase mi Madre Patrocinio en buscar cuantiosas limosnas, que repartía después en raciones de pan, arroz, carne y bacalao, prefiriendo siempre a los enfermos, entre los cuales solía distribuir bonos de leche, medicinas y otros auxilios proporcionados a su necesidad. Era verdaderamente la Madre de los pobres, y ninguno se acercó a ella implorando su caridad que no fuera socorrido bondadosamente.

CAPÍTULO XXXIII

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Aires de revolución. — Rogativas y penitencias. — Nuevo caso de bilocación de la Sierva de Dios. — Día terrible. — Se siente padre y se convierte en héroe. — Antes morir que abandonar su Comunidad. — Obediencia obliga. — «Hay que salir para Francia en el primer tren». — Emocionante despedida entre la Sierva de Dios y sus hijas. — Camino del calvario.

 

Vivían las religiosas en su nuevo convento gozando de una paz semejante a la que disfrutan los bienaventurados en el cielo, dadas totalmente a Dios y consagradas al servicio de los prójimos, en la forma que vimos en el capítulo precedente; pero la Sierva de Dios, que sin duda tenía conocimiento de lo que nuestro Señor les preparaba, no dejaba de prevenir y alentar sus corazones con frecuentes pláticas acerca de la confianza en Dios, en medio de la tribulación con que pronto habíamos de ser probadas.

Bien pronto, efectivamente, comenzaron a sentirse los aires precursores de una nueva revolución (la de septiembre de 1868)[39] y, como siempre, el nombre de  Sor Patrocinio volvió a resonar fatídico en los oídos de muchos ignorantes, los cuales, no pudiendo darse cuenta de las verdaderas causas de los trastornos sociales, sin costarles ningún trabajo, creían a la santa monja capaz de todos los males que la maledicencia quería atribuirle.

Así se explica que, a pesar del entusiasmo y fervor con que ella y sus religiosas habían sido recibidas por todo Guadalajara, y del grandísimo bien moral y material que venían haciendo, al pueblo sobre todo, apenas estalló la revolución de septiembre, ese mismo pueblo pidiera las vidas, o la expulsión de sus bienhechoras. Se dio el grito de guerra contra las religiosas por un desalmado, con motivo de la procesión de las dos imágenes veneradas de nuestra Señora de la Antigua, patrona de la Ciudad, y la del Amparo, de las cuales se había ofrecido la Sierva de Dios a ser camarera especial, para cuidar de sus vestidos y adornos.

Terminábase el canto de la Salve con que solía recibirse a la Señora por sus hijas las religiosas, cuando, en medio del mayor silencio, gritó una voz diciendo: «No la volverás a vestir otro año». Anuncio fatídico que tuvo cabal cumplimiento, por permisión divina y para mayor gloria de su predilecta.

Como solía hacer la bendita Abadesa en circunstancias semejantes, enseguida estableció en la comunidad procesiones de rogativas, al estilo de las que dejamos descritas al tratar de la vida de la Sierva de Dios en Aranjuez, y se comenzaron las penitencias públicas rigurosísimas, allí también explicadas. De las practicadas en esta ocasión, dice así la R. Madre Elena del Santísimo Sacramento, novicia entonces en este convento de la Santísima Trinidad: «Todos los días a la hora de comer, se presentaba en el refectorio con cruz a cuestas sostenida por una religiosa, por faltarle las fuerzas a Su Reverencia; otras veces hacía de Cirineo, llevando un rodillo de la cocina sobre la cabeza, y encima del hábito un delantal pobrísimo. En ocasiones, pedía el bofetón a grandes voces, implorando la divina misericordia, y lo hacía de forma que estremecía al corazón más duro; solía postrarse también en la puerta del refectorio dejando un charco de las lágrimas que derramaba, las cuales cogíamos las religiosas, como reliquias, con los pañuelos… Para consolarnos, porque del llanto no podíamos comer, nos miraba Su Reverencia amorosamente, con cara como de un ángel». Así se preparaban aquellas esposas del Cordero Inmaculado para la gran tribulación que no tardó en sobrevenirles.

El mismo día en que estalló la revolución, encontrándose mi adorada y santa Madre a la novicia antes citada, le preguntó que si tenía miedo, y añadió enseguida: «¿piensas que nos van a matar?; No; a la calle sí nos echarán; pero tú no tengas pena, que adonde nosotras vayamos irás tú y serás religiosa». Esta religiosa ha muerto llena de méritos, ya muy anciana, en nuestro convento de Alcázar de San Juan.

Con esta seguridad, respecto de sus vidas y no temiendo la persecución por el nombre de Jesucristo, esperaron las religiosas y mi venerada Madre el día amarguísimo de la nueva separación con que ya se les venía amenazando.

No era solo a su Comunidad de Guadalajara a la que previno la Sierva de Dios la gran tribulación que se les venía encima, hizo lo mismo con la de San Pascual de Aranjuez, avisándoselo, personalmente, un día mientras las religiosas rezaban el oficio divino en el coro, repitiéndose el caso de bilocación que arriba dejamos mencionado; pues es cierto que mi venerada Madre no volvió al expresado Sitio Real después de fundarse este convento de Guadalajara, y solo por modo sobrenatural y milagroso pudo suceder este hecho que estaban unánimes en afirmar todas las Madres, antiguas moradoras de aquel religiosísimo convento, en aquella ocasión. Según estas Madres se apareció la Sierva de Dios en el aire, y les dijo: «vamos»; lo que interpretaron todas como señal de una próxima expulsión del convento.

«Algo tranquilas por algún tiempo permanecíamos, hasta que estalló la mal llamada Gloriosa revolución de septiembre (dice la R. Madre Isabel de los Remedios). Lo que entonces sufrió esta mártir (mi venerada Madre Patrocinio) solo Dios lo sabe… El día 29[40] fue horrible para nosotras; pues temíamos con fundamento, que nos atropellasen, y sobre todo a nuestro único tesoro, a la Madre de nuestra alma». Eso ciertamente hubiera sucedido, si Dios en su bondad y misericordia no protegiera a aquellas inocentes vírgenes, sus esposas, librándolas maravillosamente de la furia de la turba revolucionaria que, en dicho día acudiera a las puertas de este convento, gritando desaforadamente y blasfemando contra lo más sagrado, al mismo tiempo que daba ¡vivas! a la libertad y ¡mueras! a la Sierva de Dios y a la Reina Dª Isabel II.

Habían olvidado muchos de aquellos revolucionarios los continuos favores que tenían recibidos de mi amada Madre, y movidos sin duda por agentes ocultos, que en ninguna revolución suelen faltar, siendo ellos los principales factores de ella, se prestaron a todo en las presentes circunstancias, llegando hasta la violencia; pues hubo quien comenzó a dar hachazos en la puerta para deshacerla y penetrar en el convento. La serenidad y paz interior de mi atribulada Madre no se alteraron por eso; a todas partes acudía solicita, consolando y alentando a las religiosas, y ordenando a los criados de la Comunidad que se pusiesen a salvo, al menor peligro que para sus vidas advirtiesen. Hubo por fin un momento de verdadera angustia mortal, y fue cuando, arremolinándose los revolucionarios, intentaron dar el asalto a la clausura; pero ¡oh poder de la divina diestra! entre los revolucionarios había uno muy principal, el confitero Sr. Ruano, el cual, viendo la indisciplina y furia de aquella turba y el peligro inminente de las religiosas, se acordó de que dos de sus hijas se educaban en el convento; y sintiéndose padre agradecido, se convirtió en héroe piadoso y así gritó con energía y dijo que: «antes de entrar en el convento habrían de pasar por su cadáver», lo que bastó para contener y desarmar a aquellos enloquecidos profanadores de la verdadera libertad, adoradores ardientes del más abyecto libertinaje.

No era el Guadalajara noble y heroico quien a tales desmanes y alborotos como los descritos se atreviera: el verdadero pueblo arriacense no dejó de estar ni un momento del lado de la Sierva de Dios y de sus religiosas, y de ahí que nada les sucediera en la descrita revuelta; parada la cual y previniendo que pudieran repetirse tan lamentables y desagradables hechos, el referido Sr. Ruano y otros admiradores y devotos de la Sierva de Dios aconsejaron a esta que, cuanto antes, saliera de Guadalajara. En un anónimo que se conserva en el archivo del convento se le decía terminantemente que peligraba su interesante vida. Por otra parte, enterado el Sr. Cardenal de Toledo de lo que sucedía en Guadalajara con sus amadas hijas y del peligro en que se hallaba la Sierva de Dios, le escribió enseguida aconsejándola que se pusiera a salvo sin perder tiempo, marchándose al extranjero.

No es para dicho lo que todo esto martirizaba el corazón heroico de la Sierva de Dios; pues además de la persuasión en que estaba su ánimo de que nada las habría de suceder, por la confianza sin límites que tenía en la divina Bondad, le era dolorosísimo separarse de su Comunidad, ver deshacerse en un instante una fundación que tantos trabajos había costado y tan grandes frutos para la gloria de Dios produjera en el poco tiempo que llevaba. Nunca empero solía estar esta heroica virgen más fortalecida para sufrir, que cuando, al parecer, se encontraba más débil; y en esta ocasión no solo no le acobardaron los avisos de probable muerte que se le hacían, sino que por el contrario, dejándose toda en manos de Dios, solía decir, que «moriría tranquila entre sus hijas, si Él lo disponía así, antes que dejárselas abandonadas».

Una sola cosa había que podía doblegar su voluntad y hacerle aceptar y beber el cáliz que la divina Providencia le preparara: el mandato formal de Su Eminencia, y este no tardó en llegar, ordenando a la Sierva de Dios que, «para evitar mayores males y salvar su vida, saliera del convento enseguida y tomara el tren para Francia». No necesitó más mi amada Madre y se dispuso a obedecer sin dilación, en el primer tren, como alguien le aconsejara, para evitar inminentes peligros.

Emocionante y tristísima fue para la Comunidad semejante resolución del Prelado; y desde aquella hora, en mucho tiempo, no se enjugaron nuestras lágrimas, por la ausencia de la que era nuestro tesoro y el consuelo en todas nuestras tribulaciones y amarguras. Por su parte, la Sierva de Dios se esforzaba en predicarnos resignación y entera conformidad con la voluntad divina, asegurándonos al mismo tiempo que muchas habíamos de acompañarla en el nuevo destierro y todas cuando de nuevo volviera a su amado convento; lo cual se cumplió al pie de la letra, como se dirá en el capítulo siguiente.

Quebrantadísima se hallaba la Sierva de Dios en su interesante salud y nada dispuesta para emprender un viaje tan largo y molesto como el que se le ordenaba hacer con toda urgencia para Francia; le faltaban además hasta las cosas necesarias e imprescindibles para hacerlo con relativa comodidad y era heroico a todas luces salir en aquellas circunstancias y en tales condiciones; sin embargo, a las almas santas nada hay capaz de hacerlas titubear ante la ordenación divina, y así sucedió que mi amada Madre y las dos compañeras que para su nuevo destierro se escogiera, las reverendas madres Olvido y Corazón de María, vestidas de negro para esquivar así mejor las pesquisas de sus enemigos y puesta su confianza en Dios, salieron de su amado retiro el día 2 de octubre, a las ocho de la noche, lloviendo torrencialmente, sin otra compañía que la del sencillo y fiel hortelano, Ruperto, apodado «Cartas», quien con otro caballero que de incógnito les seguía a retaguardia, se hallaba dispuesto a jugarse la vida por el amor y devoción que profesaba a la Sierva de Dios. El camino que escogieron para trasladarse a la estación del ferrocarril, con relativa seguridad de sus vidas, las benditas viajeras era penosísimo y muy difícil, sobre todo por lo resbaladizo y accidentado del terreno, por la oscuridad de la noche y el fuerte vendaval que se había desencadenado: era el que partiendo de Las Cruces da la vuelta a la Ciudad, pasando por el cementerio y río Henares.

Tres fueron las veces que la Sierva de Dios cayó en tierra en este camino de su calvario; y contaron sus acompañantes que ni una sola palabra de queja salió de sus labios, antes lo ofrecía todo a Dios, llena de gozo, porque se dignaba darle a beber parte de su cáliz.

Consta por una relación auténtica de D. Ildefonso Ruiz, que se guarda en el archivo de este convento, que varios enemigos de mi venerada Madre habíanse apostado detrás de un promontorio próximo al camino indicado con intención decidida de darle muerte. Mas «viéndola rodar por un desmonte que hay junto al tejar que hoy llaman de Muñoz, los voluntarios de la libertad, o mejor dicho del libertinaje, conocieron que se había hecho daño y oyendo la respuesta de la Señora (mi Madre Patrocinio) al criado Cartas, de que nada se había hecho y que se lo ofrecía todo a Dios, quedaron los que esperaban con tan diabólico empeño admirados y convertidos», de suerte que uno de ellos fue quien, alabando a la Santísima Virgen del Olvido, refirió esta tan peligrosa circunstancia para la vida de la Sierva de Dios y el milagro de la Santísima Virgen, librándole de una muerte segura. Y así, estropeada y medio muerta, llegó por fin la santa mártir momentos antes de salir el tren, gracias a los auxilios del bendito Cartas y principalmente, a la protección y favor divino que siempre hacía de coraza a la Sierva de Dios en semejantes tribulaciones. No fueron pequeños los miedos que pasaron sus acompañantes de ser descubiertos por los sicarios que los enemigos cortesanos de mi amada madre habían enviado con el fin de sorprenderla y apresarla antes de traspasar la frontera, en la estación de Yunquera esperaban para incorporarse a las viajeras el Rdo. P. Peña y D. Juan Antonio de Quiroga, los cuales siguieron y no abandonaron un momento a la Sierva de Dios hasta su vuelta a España, después de nueve años.

Cuando el Gobierno español revolucionario tuvo noticia de la fuga de mi Madre Patrocinio, telegrafió a la frontera, ordenando su detención, la cual no tuvo lugar, porque quiso Dios que no llegara el parte hasta minutos después de haber penetrado en Francia los ilustres fugitivos.

CAPÍTULO XXXIV

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Solas y tristes. — Desde Francia. — Ansiedad recíproca de la Madre y de las hijas. — Solo Dios basta. — Bajo la égida de los Prelados Españoles y Franceses. — No hay más que sufrir esperando días buenos. — Siempre Madre y Prelada vigilantísima. — Brilló la luz. — La nueva casa de Bayona. — Avisos de la Sierva de Dios a las emigrantes. — Su espíritu franciscano de pobreza y laboriosidad. — Lema de las hijas de Sor Patrocinio: orar y trabajar. — Sobre todo Dios y su Santa Iglesia. — Se ha de obedecer a Dios antes que a los hombres. — Mártires de la Inmaculada.

 

Suele decirse vulgarmente, que «los santos forman a otros santos», y la verdad de este dicho, se encuentra no solo en la participación de sus gracias y dones celestiales, sino principalmente, en el ejemplo de sus virtudes y en la comunicación que en sus trabajos y dolores suelen tener con ellos los que más de cerca les tratan. En la vida de mi venerada Madre Patrocinio, hubo de todo en abundancia, gracias a Dios, y como fuimos testigos sus hijas de extraordinarias maravillas y gracias del cielo, tuvimos también que participar en grado sumo, de sus amarguras y sufrimientos. ¡Pluguiera a Dios que el resultado final para nosotras fuera el de copiar la santidad de nuestra santa Madre y participar de su gloria un día!

En la presente ocasión y después que hubo salido de este nuestro convento de Guadalajara la Sierva de Dios, en la forma y circunstancias penosísimas descritas en el capítulo precedente, la tribulación que causara en nuestras almas su separación fue horrible. El recuerdo de sus sufrimientos interiores y exteriores, por una parte, y por otra, la inmensa soledad en que nos dejaba, aumentado todo por la duda o incertidumbre que había en nuestros corazones de volver a verla, de tal manera apenaban y entristecían nuestro espíritu, que no tuvimos ánimo en muchos días para otra cosa que para llorar inconsolables en silencio la desgracia que teníamos encima. Solo Dios sabe lo mucho que sufrimos en esta prolongada noche de separación de la que era para nosotras luz en nuestras tinieblas y consuelo y alegría en nuestros desamparos.

Corrían los días primeros de octubre, sin tener noticias ningunas de nuestra idolatrada Madre, y el espíritu se ahogaba de angustia, al mismo tiempo que acudíamos a Dios y a la Santísima Virgen, pidiendo fortaleza para nuestra Mártir y remedio para sus atribuladas hijas. Quiso por fin el Señor consolarnos, y dispuso que llegara, providencialmente, a nuestras manos una carta de su Reverencia, fechada en Bayona y escrita de su puño y letra, aunque firmada con el seudónimo de Teresa: «Llegué sin novedad (decía), gracias a Dios… Di a todas cuánto las amo, a las de todas partes… Das cuenta de todo al abuelito (el Sr. Arzobispo). A mis niñas todas (las religiosas), ya sabes que las amo mucho… Teresa». No era posible hacerlo de otro modo y bastaba eso solo para sus hijas, que tan conocido teníamos el corazón y el espíritu de tan amable y santa Madre.

El regocijo que en medio de nuestra pena y quebranto causó la misiva de la Sierva de Dios, no es para descrito, y solo podrá comprenderse por quien sepa el cariño singularísimo que todas le profesábamos. Como la ansiedad de tan venerada y amante Madre corría pareja con la nuestra, nos faltó tiempo para enviarle noticias, y así lo hicimos por medio de D. Francisco Corral, hermano de una religiosa, quien fue acompañando a una novicia de esta comunidad, Sor Leona de Jesús Nazareno, que quiso seguir a la Sierva de Dios a Francia enseguida, temiendo no se la expulsase en razón de las circunstancias porque atravesábamos, y porque era muy hábil para el servicio de la cocina. Con este mismo Sr. Corral, a su vuelta para España, escribió la Sierva de Dios la siguiente carta, toda llena de luz y de consolación para sus hijas. Dice así la Sierva de Dios, dirigiéndose a la Rda. Madre Jesús Nazareno: «Bayona, 12 de octubre de 1868. —A. S. L. S. T. — A. M. P. — [41] Mi amadísima hija: recibo la larga carta que ha traído Sor Jesús (la novicia), y todas las de mis amadísimas hijas, que pueden comprender cuánto sufrirá y habrá sufrido mi corazón, sin saber qué sucedía por esa y por todas… ¡Dios nos mire con misericordia!…Por momentos desearía saber; conozco no es posible. En el tren venía consumiéndome; en todas las estaciones me conocieron, incluso en esa ciudad. Veníamos muy despacio, con dos horas de retraso el tren, y en las consultas y detenciones en Irún, comprendí estábamos en gran peligro; solo Dios y la Purísima Madre del Olvido han podido salvarnos con todo su poder. ¡Bendita sea su misericordia! Mi hermano estaba en la estación de Guadalajara; pero no se salió del coche donde venía y creíamos no venía, ni se dio a ver hasta pasadas dos estaciones, que muy en breve se asomó a la ventanilla; el pobre, por poquito no hacen con él un disparate, gracias a Dios, a la Santísima Virgen y a sus piernas. Ya estamos aquí, y lo que deseo, es que se conserve esa santa Casa y algunas otras, a ver si pueden recoger en ellas a las demás, aunque sea con trabajo. Siento mucho que el Sr. Cardenal no escriba a este Sr. Obispo; pues así estaría yo mejor; pues de lo contrario, cualquier cosa pueden pensar, y todos huyen, como no saben la verdad. Yo hubiera querido en las Carmelitas, o en las Bernardinas, ínterin esto se arreglaba; pues en una casa seglar, ya puedes comprender lo que sucede…; pero no teniendo credenciales que acrediten cerca del Sr. Obispo, no se puede hacer nada y es un tormento. No he oído Misa desde que salí de esa, ni domingos ni nada. Metida en una habitación, sin más consuelo que mi santo hábito; con él no puedo salir a la calle y habrá que hacerse uno negro o del Carmen para poder ir a Misa y hasta ver lo que dice el Emmo. Sr. Cardenal… Los Papás (los Reyes), buenos. Mi hermano estuvo a verlos el día 10; los pobres, como puedes pensar, y el niño (el príncipe) sobre todo han perdido mucho, el Señor, todo, y la Señora, poco menos; confiaban mucho y no tomaron determinaciones.  El niño preguntando mucho por mí y tan triste, que temen se desgracie. Van a marchar a París; pues su decoro no les permite abusar del favor de su amigo (el Emperador) en este país. Dile al abuelito (el Sr. Cardenal), que han preguntado por él con el mayor interés y hasta con lágrimas, temiendo por su persona…; querían llevarme consigo, pero no lo he creído conveniente…».

En tan penosa situación, como revela la precedente carta, vivía la Sierva de Dios en Bayona, ansiando noticias sobre la suerte de sus Comunidades de España y buscando albergue seguro y digno para todas y cada una de sus hijas; así se deduce de las cartas que, por aquel entonces, escribía a las Abadesas de sus Conventos y a los Prelados. Era esta su mayor preocupación y el motivo de sus más crueles penas; pues no dudaba mi amada Madre que la revolución no había de perdonar nada que tuviera relación con ella.

Por su parte, nuestros católicos Monarcas, D. Francisco de Asís y Dª Isabel, y también el Emmo. Sr. Cardenal de Toledo y Padre Provincial de la Orden Seráfica, profundamente contrariados y amargados, por las gravísimas dificultades en que se hallaban mi Madre Patrocinio y sus hijas, no dejaban de tomar providencias de todo género, prudentísimas y llenas de celo sagrado, para remediar en lo posible tan triste situación y evitar otros trabajos, sin número, que amenazaban por doquier, a las fundaciones de la Sierva de Dios. A remediar la necesidad espiritual que padecía la Sierva de Dios se ordenaba la carta que, con fecha 26 de octubre, escribió el Rey consorte D. Francisco de Asís al Sr. Cardenal Arzobispo de Burdeos, en la que le suplica «oiga, atienda y proteja a la Sierva de Dios (víctima de la revolución Española)». El Padre Herrera, Provincial de Franciscanos, recomendaba, de igual modo, a mi amada Madre, escribiendo al Ilmo. Sr. Obispo de Bayona y le pedía, que se dignase «otorgar su protección bondadosa a una víctima de nuestra revolución social, que no por ser demasiado conocida deja de ser altamente desgraciada, al verse separada de sus hijas y fuera del claustro, comiendo el pan amargo de la emigración y llorando la destrucción de los ocho Conventos que fundara»… «Un deber de justicia y de caridad, Ilmo. Señor, añadía el expresado Padre, me obliga a interesarme por ella: de caridad, porque estando habitualmente enferma, y debiendo, por su estado, vivir retirada de las gentes, necesitará que se la faculte por su Señoría Ilma. para tener oratorio y poder oír Misa y practicar los ejercicios de la vida religiosa en su retiro, sin que tenga necesidad de salir fuera a cumplir con los dichos deberes. Debo también recomendarla en justicia porque, como Provincial de la Orden de N. P. S. Francisco, he sido su Prelado muchos años y hallándome hoy prestando el consuelo que puedo a sus numerosas hijas no es posible que me desentienda de procurar algún alivio a tan Ilustre Madre, no dudando que hallará en Vtra. Ilma. la protección generosa de un Padre bondadoso»…..

Su Eminencia, el Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, no creyó conveniente en los primeros momentos, después de la salida de la Sierva de Dios de su Convento de Guadalajara, escribir nada, ni a nadie, acerca de mi venerada Madre, y aconsejaba a la Madre Nazareno que dijera a la Sierva de Dios que no la olvidaba, pero que siguiera, por de pronto, en la casita seglar en que se había instalado provisionalmente, hasta ver el sesgo que tomaban las cosas en España. Por fin, en enero del siguiente año de 1869, escribió el Emmo. Prelado al Ilmo. Sr. Obispo de Bayona lo siguiente: «Ilmo. y Rmo. Señor. Venerado y carísimo hermano; entre las muchísimas calamidades y desgracias que han traído a la Iglesia los presentes sucesos de España, no son los más pequeños, los crueles, fieros, bárbaros e inhumanos decretos que contra los Institutos religiosos de uno y otro sexo, han visto ya la luz. Algunas religiosas han sido arrojadas de sus conventos violentamente, otras han sido agregadas o reunidas a otras comunidades, y otras, temiéndose mayores males, han buscado su seguridad fuera de España. Algunas de estas tiene V. Ilma. en su Obispado, bajo su autoridad y obediencia y, entre ellas, a María Rafaela de los Dolores y Patrocinio, Abadesa del Convento de Concepcionistas de la Ciudad de Guadalajara y fundadora de otros conventos. No siendo por ahora fácil, ni conveniente, su regreso a su Patria y Monasterio, no solo recomiendo a vuestra benevolencia la misma Abadesa y todas las religiosas que la acompañan; sino que os suplico, con todas las veras de mi alma, las oigáis y atendáis, benignamente, siempre que necesiten vuestro amparo y protección; teniendo entendido V. S. Ilma., que cualquier favor u obsequio que haga a las referidas Religiosas, lo consideraré y apreciaré como hecho a mí mismo; y en iguales o análogas circunstancias auxiliaré y protegeré a vuestros súbditos. Entre tanto….».

No necesitó mucho la piedad de los citados Prelados franceses para moverse a favor de las inocentes y esclarecidas víctimas españolas, mi Madre Patrocinio y sus hijas; pues con fecha 20 de octubre del 1868, decía ya la Sierva de Dios, muy consolada, a la Rda. Madre Nazareno: «Ya este Señor Obispo (el de Bayona) me ha concedido todas las facultades, y en adelante será otra cosa… Aquí, el clero me aprecia mucho, y no deja de ser un consuelo. El Cardenal de Burdeos también mucho. Ya espero el resultado de las cosas de esa para determinar aquí».

La tribulación, empero, que se temía mi venerada Madre y que muchas veces nos tenía anunciada había llegado y debía extenderse a toda su obra, es decir, a sus Comunidades; como, efectivamente, se extendió enseguida, y desde este punto no dejó piedra por mover, interesándose eficazmente delante de los Prelados, para que prestasen consuelo y favor a todas y cada una de sus religiosas, permitiendo al mismo tiempo que pasasen a Francia, para vivir a su lado, a cuantas, libre y espontáneamente, lo pidiesen.

Escribiendo a estas les decía: «No hay más que sufrir con resignación, y esperar los días buenos, que, indudablemente vendrán, más o menos tarde, según la conducta que nosotros sigamos; díselo así a todas… ¡Ojalá os dejaran a todas y yo sola sufriera aquí no poco; más merezco y, por lo tanto, no tengo de qué quejarme…! Ya conozco cómo estarán esas pobrecitas mías; a todas las tengo en mi corazón; ya lo pueden conocer. Aquí, puedes enviar todas las que quieras y conozcas convienen. Todo se reduce a que quede una fundación en Francia». «Toda, de todos sus conventos», quería ser la Sierva de Dios, y le era poco menos que imposible vivir ahora alejada de ellos; su gusto fuera, que «todas, sin quedar ninguna», pasasen a Francia, al ser exclaustradas.

Celosísima siempre del honor divino y de la educación de las niñas, no se olvida tampoco, en su nuevo destierro, de lo uno ni de lo otro, e inculca repetidamente en sus cartas a las abadesas de sus Conventos que procuren, que «las imágenes no sirva ninguna de irrisión, ni las profanen»…

«Si eso queda (dice a la M. Nazareno), hacinadlas todas ahí; si algunas no se puede, que las conserve D. Mariano; el escultor»… «Di a todas, de mi orden, que se socorran con lo que haya»… «Las maestras, que acaricien mucho a las niñas; pues es la única áncora de salvación que tenemos donde asirnos. Harás bien en decir a la abuela y madre de las niñas[42] que las dejen hasta que tú les avises». Hasta las cosas más insignificantes se extendía su vigilantísima solicitud, en tan difíciles circunstancias, y, por eso, advertía a la M. Nazareno que premiara los buenos servicios y fidelidad del criado Ruperto, haciéndole un recibo de pago de alquileres por seis años, si por fin salían del convento. «Procura (le dice además) mandarme las exposiciones para que las vean los Papás (los Reyes) y se alegrarán mucho; pues hoy no tienen otro consuelo, ni mayor sentimiento que vernos así». —Se refiere la Sierva de Dios a la exposición que hicieron al Gobierno cada una de las Comunidades nuestras de los Sitios Reales, para que las dejaran en sus Conventos. «Las escrituras recogedlas todas, por si tienes que venirte, te las traigas y todos los papeles interesantes de Comunidad»… Hasta de la jaquita que salvó a su Reverencia del peligro de muerte que arriba dejamos referido, al tratar de la fundación de Lozoya, se acuerda, y quiere que se la den a Ruperto, «para que la cuide y conserve: ya sabes estoy agradecida a su mansedumbre».

Por fin brilló para la Sierva de Dios la luz divina en el consejo y licencia de los Prelados y su corazón se reanimó con la esperanza de poder fundar en suelo francés una Casa-convento, en donde las religiosas de España pudieran recogerse, para continuar su vida de acción y contemplación perfectas, libres de la persecución fiera de dementados revolucionarios. «Se me figura (dice la Sierva de Dios en carta a la Abadesa de Guadalajara) que el abuelito (el Señor Cardenal de Toledo) ha debido escribir a este (el Sr. Obispo de Bayona), por lo fino que ha estado; pues los de este país no acostumbran a dar sus facultades tan fácilmente».

«Una carta del Sr. Nuncio siempre vendría bien para todo». El 26 de octubre ya dice la Sierva de Dios a la referida M. Nazareno: “He tomado una casa mayor que esta, pero está tres kilómetros fuera de la población, que es lo mejor que tiene para nuestras circunstancias; y por eso, en pequeña velocidad, es bueno mandar las camas; pues no hay nada y todo hay que tomarlo. Cuando vengas, venga todo. Hay buena huerta, o sea jardín.» El día 28 establecíase ya mi amada Madre en la nueva casa de las cercanías de Bayona, llamada del Conde de Garat, en unión de las tres religiosas que hasta entonces la acompañaron, la Rda. M. Olvido, M. Corazón de María y la novicia sor Jesús Nazareno. «Estoy en mi campaña solita, escribe la Sierva de Dios apenas se instalaron en la nueva casa, con mis dos monjas y la Nazareno, y D. Julián (Padre Vicario).

Ya he dicho le enseñen la casa; es un local regular, pero la parte alta hay que arreglarla un poco».

Con la fundación de la nueva casa en suelo francés, las religiosas de nuestros conventos de España, que debían salir de ellos expulsadas, por orden superior, se reanimaron, de suerte que todas, con raras excepciones, pidieron a los Prelados y a mi venerada Madre ser trasladadas a Bayona, con su amada Madre Fundadora. La Sierva de Dios, hízose cargo de todas las circunstancias y previendo lo que podía suceder en lo sucesivo, con unas u otras de las emigrantes, amantísimas de todas, pero Prelada a la vez llena de prudencia discretísima, escribió a la M. Nazareno los siguientes avisos y declaraciones:

«Veo que las dificultades aumentan; Dios, que es todopoderoso, y la Santísima Virgen de las Misericordias lo remedien; y, si salen unas y quedan otras, deben acogerse caritativamente; si no se puede comer cocido, se comen sopas o lo que haya; se trabaja y Dios venga en todo. Luego que quede todo resuelto, ya te diré, en punto a método, lo que debe omitirse; pues si han de trabajar para proporcionarse las subsistencias, habrá que omitir algo. Hoy me quedo sin Misa; pues en la fia que venía todo lo necesario para decirla, no había sacado nada hasta ayer tarde, que fui a poner la mesa y me encontré que faltaba casi lo más principal, como son corporales y misal; no lo extraño, pues comprendo la agitación y tribulación de todas. He mandado pedir a Loyola; no sé si sucederá lo mismo; como estamos a una legua o más de la población, es imposible proporcionarse nada de pronto. ¡Cómo ha de ser! Dios nos mire con piedad, pues estos trabajitos no dejan de ser sensibles; se lo cuento a mi abuelita todo, pues conocerá lo que sufro… Los pobrecitos Papás (los Reyes) como padres, son siempre los mismos; procuran animar; mamá está muy desmejoradilla y papá más todavía. Creo que su salud mejorará, pues no dejan de cuidarse lo posible. Si haces algo de lo que ya te dije (de mandar religiosas), que sepan que no tengo comodidades. Si quedáis en esa, muchísimo me alegraré; lo que me aflige es el sostenerlas; pero Dios aliviará, y que trabajen. Si te parece, podían venir aquí algunas de esa: la madre viejecita, que nadie la echará menos, la abuela Dolores, Sagrario, la francesilla; y de las demás las que tú quieras y conozcas convienen mejor; todo lo dejo a mi amadísima abuelita de mi alma. Advierte a las niñas (las religiosas) que vengan, que aquí sufrirán privaciones, pues no hay nada. Yo también las sufro. Que vengan prontito las que te he dicho, que traigan su cama y demás ropita, porque no tengo nada, como puedes conocer. Ya no más. Avísame, si viene alguna y cuántas y quiénes son. Adiós».

Una hija de San Francisco, tan perfecta como lo era mi santa Madre, no debía temer que faltara nada a sus religiosas en medio de su extremada pobreza, durante la emigración; pues sabía muy bien que las trojes divinas estaban siempre llenas y preparadas para socorrer a los fieles servidores del Altísimo. Quiso insistir, no obstante, la Sierva de Dios en que solo debían pasar a Francia las que estuviesen dispuestas a sufrir privaciones y a trabajar; pues, como su Seráfico patriarca, hizo del trabajo una virtud y solo cuando «no les fuera dado el precio del trabajo», deberían sus hijos acudir a la mendicación, «sin avergonzarse, porque el Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo», como se dice en la Regla Seráfica. Orar y trabajar quería mi venerada Madre que fuera la ocupación continua de sus religiosas; para que yendo a una ambas vidas, activa y contemplativa, imitáramos más cabalmente la vida perfecta del divino Maestro, esposo amantísimo de nuestras almas.

No fue nunca el temor cualidad de las almas grandes, y  los santos todos llegaron a rayar tan alto en el amor, que, llenos de intrepidez heroica, no dudaron hacer frente a las mayores dificultades y dar la cara a los mayores peligros, cuando así lo exigió la gloria de Dios, o la salvación de las almas. Vimos ya muchas veces a nuestra excelsa heroína vencer a temibles enemigos y triunfar de dificultades insuperables en lo humano, por medio de su fortaleza heroica; y siendo esta virtud la característica en ella durante toda su vida, hasta el fin se manifestó de modo extraordinario en su espíritu.

En una de las cartas que escribiera desde Bayona, por esta época del establecimiento definitivo de nuestras religiosas en la nueva casa, aparece uno de esos rasgos de heroísmo, tan frecuentes en la atribulada vida de mi venerada Madre. Le había remitido la Rda. Madre Abadesa de Guadalajara un documento que debía firmar la Sierva de Dios, para que las religiosas antiguas pudieran seguir cobrando la pequeña pensión que el Gobierno de Su Majestad les tenía señalada, conforme a lo estipulado en el Concordato vigente con la Santa Sede; pero se exigía de mi venerada Madre que hiciera constar en dicho documento que «había sido trasladada a Francia por orden superior». «Las nóminas van firmadas, dice mi venerada Madre a la referida madre Abadesa, pero el borrador que me pones, de ningún modo lo firmo: no reconozco autoridad competente en el Gobierno para que yo lo reconozca, diciendo en el escrito trasladada por Orden superior…; no hay tal cosa; porque yo lo que recibí fue un consejo de esa Junta y no una Orden; que, si no hubiera tenido la de mi Prelado, aunque me hubieran matado, no la obedezco; y así, que se pierdan esas pagas y todos los intereses del mundo; no me someto a semejante cosa. ¡Qué quisieran ellos más! No y mil veces no; no quiero nada suyo, son los perseguidores de Dios y de la Iglesia, y, por cuatro cuartos, no me someto a esos miserables ingratos. Quien te haya aconsejado eso, está loco; con ira lo he rasgado; medita bien y comprende a lo que eso daría lugar, y, sobre todo, Dios»… Como tantas veces sucediera en las pasadas persecuciones de la Sierva de Dios, sus enemigos trataban también ahora de obtener de ella algún documento en que apoyar su indigna conducta y su injusticia para con la inocente víctima; ciertamente, no hubiera sufrido cuanto sufrió en su vida, si hubiese sido condescendiente con la impiedad, prestándose a sus planes y amaños políticos inmorales. «¡Qué quisieran ellos más!», dice enérgicamente la venerada Madre mía; «no quiero nada suyo; son los perseguidores de Dios y de su iglesia y, por cuatro cuartos, no me someto a esos miserables ingratos». No de otra manera los mártires de nuestra sacrosanta Religión respondieron a sus enemigos cuando les exigían, para librarles de la muerte, hacer traición a su fe y a su conciencia; cumpliendo como ellos el precepto divino que dice: «Se ha de obedecer a Dios antes que a los hombres». ¿Qué importa todo, cuando se interesa de por medio la gloria de Dios?

Tan dispuesta se hallaba esta su Sierva para el martirio, que, al tener noticias fidedignas y claras de la expulsión bochornosa por el Gobierno de algunas de nuestras Comunidades, escribió lo siguiente: …. «Yo tengo grandísimo cuidado por todas y pienso ha de desaparecer todo por ahora, puesto que yo no estoy dispuesta a transigir más que con Dios y mi conciencia, lo demás es inútil; y ojalá fuese tan buena que me creyese con fuerza para el martirio, que estando en gracia de Dios, nada más digno de una religiosa. Un poquito me desahogo con mi vieja (la M. Nazareno) de lo que pienso y de lo que espero, que es que todas salgan. Dios les dé fuerzas y manifiesten siempre que son de Dios y han pertenecido a las banderas de su Inmaculada Madre, María Santísima, Reina, Señora, Virgen antes del parto, en el parto y siempre y siempre, siempre Virgen, para confusión del infierno, siempre Santísima, inocente y dignísima Madre de Dios».

«Mártires de la Inmaculada», este será siempre el más glorioso título de las hijas de esta inmortal heroína, que como ella bebieron el cáliz de la persecución y del destierro, por amor de Jesucristo su divino Esposo y en fuerza de su vocación religiosa.

CAPÍTULO XXXV

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La nueva Comunidad de Bayona. — Siempre y ante todo discípulas fervientes de su Santa Madre. — Nuevos Moisés que oran sin cesar por su pueblo. — Dos motivos providenciales de la expulsión de nuestras Religiosas. — Inaudito atropello con que son expulsadas las monjas de El Escorial. — Ecos de aliento. — Una mártir y una demente maravillosa. — Nuevos atropellos y expulsiones en los Sitios Reales. — Ante todo la casa de Dios.

 

Con la adquisición de la nueva casa de Bayona, que fue, hasta aquella fecha, del conde de Garat, la Sierva de Dios respiró y pudo ya disponer que pasasen a Francia las religiosas de sus conventos de España, que quisiesen espontánea y libremente vivir a su lado, una vez expulsadas de ellos.

Su preocupación mayor fue, desde los primeros momentos, hacerse con el ajuar estrictamente necesario y pobre para las religiosas que fuesen llegando: «es bueno que mandes las camas, dice la Sierva de Dios a la M. Jesús Nazareno en carta del 26 de octubre de 1868; es bueno que mandes las camas y todo lo que puedas, en pequeña velocidad; pues aquí no tengo nada». Lloraba de día y de noche inconsolable, por los males que padecían sus hijas, y porque al fin habrían de ser perseguidas y maltratadas muchas de sus Comunidades. «Antes de ayer», dice la Sierva de Dios a la expresada M., «tuve un día terrible, lloré mucho, porque el corazón no tiene otro desahogo que las lágrimas. Ayer tuve un consuelo grande, pedid a Dios que todo salga bien; tengamos confianza en Dios y en su Santísima Madre».

«El Señor Cardenal hará lo posible por conservar las Comunidades en sus conventos; los Señores (los Reyes) de aquí le han escrito para que pida eso. Pueden venir aquí las de la lista que te mando con la Rosa y Purificación; muchas más no se puede»…

En dicha lista aparecíamos en primer lugar, con el encargo de partir las primeras al lado de Su Reverencia, la Rda. Madre Sor María de la Santísima Trinidad, la ancianita, de velo blanco, Sor Dolores y yo, a quien, por saber el francés, llama en su carta la francesita: «Si determinas que venga alguna niña (religiosa) en ese caso, sean las que te dije; la francesita, que sabe la lengua, me convenía mucho».

Llegamos el día 11 de noviembre del año expresado la primera tanda de religiosas ya citadas, con las jovencitas internas Olvido y Amalia, de nuestro colegio de Guadalajara, que quisieron venirse con nosotras al lado de nuestra amadísima Madre y Fundadora. Al llegar a Bayona entregamos en la estación la llave de los baúles y, cuál no sería nuestra sorpresa y gozo al decirnos el mozo de equipaje: «no es necesario, pasen VV.», pues no ignoraba que éramos religiosas. La misma conducta observaron en dicha estación, después, con las demás religiosas nuestras que fueron llegando. El gozo que nuestros corazones experimentaron, al ver a la Sierva de Dios, no es para descrito; y Su Reverencia se deshacía en preguntas sobre el estado de cosas de nuestros conventos y de cada una de las religiosas; asegurándonos que no vivía, viendo el peligro en que todas se hallaban en medio de la gran tribulación por que atravesaba su obra, que era a la vez de Dios. ¡Cuántas lágrimas derramaba de noche y de día aquella casta paloma, alejada de sus hijas que eran todo su amor, por serlo también del ¡Amado de su alma!.

«Si no fuera por vosotras», decía la Sierva de Dios, «me hubiera entrado en las Carmelitas o Bernardinas; pero tomé esta casa grande que no quisieron alquilar más que por un año…; saqué licencia para poder vivir reunidas, y el Señor Obispo la dio».

«Que vengan pronto las religiosas que hayan de venir», repetía constantemente a la Sierva de Dios el Señor Obispo de Bayona; y, efectivamente, las de nuestra Comunidad de Guadalajara fueron llegando por tandas, de suerte que a últimos del mes de diciembre ya estábamos reunidas al lado de nuestra amadísima Madre la mayor parte de dicha Comunidad.

Las religiosas del convento de Anglet (Francia) nos llevaron unas mantas para las religiosas de la segunda tanda; con estas componíamos ya una comunidad de unas dieciséis; para comer se pasaban algunos apuros. Dormíamos como se podía, sentadas unas en sillas, otras en banquetas y otras en el suelo, alrededor de uno o dos colchones, en los que reclinábamos la cabeza; y tan contentas todas por vivir en Comunidad, al lado de nuestra amada y ejemplarísima Madre y Prelada.

El Iltmo. Sr. Obispo de Bayona, no solo autorizó a mi venerada Madre para tener oratorio, con reservado el Santísimo Sacramento, en la casa del conde de Garat, sino que el mismo venerable y bondadoso Prelado, cuando estuvo a vernos en diciembre, se dignó bendecir la habitación transformada en pequeña iglesia. En ella celebraba el Santo Sacrificio de la Misa, todos los días, nuestro padre vicario Fr. Julián Peña, quien como ya se indicó arriba, acompañó a nuestra venerable Madre desde el principio y vivía en el piso bajo de la casa, en habitaciones completamente separadas de las de la Comunidad. De sus manos comulgábamos diariamente. Allí rezábamos también el Oficio divino: teníamos nuestras Misas cantadas los días solemnes; los ejercicios de costumbre los domingos por la tarde; hacíamos la vela diaria al Santísimo Sacramento: en fin todo cuanto se podía, como si fuera un convento en forma. Nuestro oratorio no pudo hacerse público por hallarse en la planta alta y porque vivíamos de alquiler. Desde que la Comunidad se estableció en esta casa del conde, como estaba en el campo, fuera de Bayona, en el camino real que conduce a Ustaritz y otros puntos, la Sierva de Dios tuvo por conveniente, con permiso de los Prelados, dispensar el rezo de los Maitines a las dos de la noche, como tenemos por Constitución las Concepcionistas Descalzas, y la vela de noche al Santísimo, trasladando lo uno y lo otro a horas más oportunas. Sin embargo, como el que guarda Israel no duerme ni descansa, —Salmo CXX— esta verdadera israelita, guía y guarda fidelísima de este pueblo y familia de Dios y de la Purísima Virgen, su Madre, no se dispensó de dicha obligación de velar al Santísimo Sacramento, y, mientras sus hijas dormían y descansaban, ella se pasaba la mayor parte de la noche delante del que siempre fue el Amor de sus amores, Jesús-Eucaristía, ofreciéndose víctima de sufrimiento y de propiciación por todos los pecadores, especialmente por sus enemigos. Ni estaba sola la Sierva de Dios en tan santa obra y divino holocausto; pues la Rda. Madre Vicaria sor Juana de la Santísima Trinidad, anciana venerable, émula de las virtudes y santidad de nuestra venerada Madre y dechado a la vez de perfectísima observancia, fiel a su costumbre desde que profesó, de levantarse todas las noches a las doce en punto para hacer una hora de oración delante del Santísimo, acompañando ahora a su Madre y Maestra, derramaba con ella su espíritu delante de Dios; brillando así juntas estas dos almas enamoradas del Santísimo Sacramento delante de su altar, como antorchas encendidas en los amores eucarísticos, de los cuales únicamente se alimentaban sus corazones. Eran como dos nuevos Moisés de la Ley de Gracia, que nuestro Señor escogiera en este tiempo, para salvar a este su pueblo del furor de sus enemigos y perseguidores, y, así, solo bajaban del monte de la contemplación de las perfecciones de Jesucristo, cuando lo exigían la necesidad de consolar y dirigir a sus hijas: las que comíamos el duro pan de la emigración en Francia, y las que peleaban las batallas del Señor en España.

«Nuestra Madre Purísima», solía decir la Sierva de Dios, «ha querido hijas suyas en Francia». Ciertamente, los fines de la providencia de Dios, en sus permisiones respecto del mal, son inefables, pero amorosísimos siempre, como lo son aquellos otros en los cuales se propone derramar sus gracias y bendiciones de amor y de bondad. El resultado práctico de la emigración de esta singularísima  Sierva de Dios y de sus hijas, las Religiosas Concepcionistas, está proclamando a grandes voces que, sin duda ninguna, Dios quiso tener en el suelo francés Casas de la orden de la Inmaculada Concepción, como monumentos vivos del gran Misterio de la Pureza de María, que años antes fuera definido por la Autoridad infalible y divina de la Santa Iglesia, y como testimonio fehaciente del amor de la Purísima a Francia, manifestado en sus apariciones de la Gruta milagrosa de Lourdes, cuando, llena de cariño maternal, dijera a Bernardeta: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Eso era nuestra aparición en la Patria de San Luis: una nueva aparición de María en la Orden de su Concepción sin mancha, la de las religiosas Concepcionistas Franciscanas. Dios lo quiso para bien de Francia.

Otro motivo señalaba la Sierva de Dios en el orden de la divina providencia, como causa ocasional de nuestra expatriación, cuando escribía estas palabras: «Dios lo remedie según su voluntad y nos mire con piedad; yo siento mucho todo, como es natural, pero me alegro sufrir y que sufráis también: Dios sufre, la Iglesia sufre, el Santo Padre sufre, justo es que también suframos nosotras». Bien demostrado queda con lo que llevamos escrito hasta ahora de esta Sierva de Dios, que su principal papel en la vida fue el de víctima expiatoria inocentísima, por los pecados de la sociedad española, especialmente.

Recuerden nuestros lectores aquellas misteriosas locuciones en los éxtasis de su juventud acerca de lo que le tenía Dios reservado para sus días; y las efusiones abundantísimas de sangre de sus llagas de pies, manos, costado y cabeza cuando amenazaba alguna calamidad pública, o en ocasiones de guerras, revoluciones y otros males sociales; téngase además en cuenta que siempre, al lado de la Madre mártir estuvieron las hijas, sufriendo con ella toda suerte de tribulaciones, inmolándose totalmente en el altar del sufrimiento, para desarmar la ira de Dios y atraer sobre su pueblo sus bendiciones misericordiosas, y véase con cuánta razón la santa atribuía los trabajos de su santa vida y los de sus hijas a fines providenciales, respecto de la sociedad.

Mientras en la nueva casa-convento de Bayona la santa y sus religiosas vivíamos entregadas enteramente a Dios y a los ejercicios propios de nuestro estado, en España continuaba haciendo estragos la ola revolucionaria, y muchos religiosos, de ambos sexos, de todas las órdenes monásticas, eran expulsados de sus conventos, sin piedad ninguna y con el mayor oprobio.

El primer convento de nuestra Reforma en que se cebó la furia de los perseguidores de Dios y de su Santa Iglesia fue el de El Escorial, con cuya comunidad se cometieron atropellos inauditos. «Pobres las de El Escorial, escribía la Sierva de Dios en 29 de noviembre, son unos atropellos que ni con presidiarios los hacen». -A esta comunidad, le dieron solo tres horas de término para dejar el convento, y por más ruegos y súplicas que la Rda. Madre Abadesa y las religiosas todas hicieron a los de la Junta, nada consiguieron, teniendo las infelices que abandonar sus santos claustros, dejando cuanto tenían, hasta la comida de aquel día, que ya habían preparado, de vigilia por cierto, pues era miércoles, y ya se sabe que las Concepcionistas Descalzas tenemos de Constitución comer de vigilia los miércoles, y nosotras, por devoción, comíamos también de vigilia lunes y viernes, además de los días de precepto eclesiástico, y nada más que en ellos; pues en los días de ayuno eclesiástico y de regla podemos usar del Indulto de carnes, como los demás cristianos. Las pobres religiosas, que pasaban de treinta, afligidas, sin tener adonde ir, solo alcanzaron de aquellos revolucionarios, por medio de algunas personas afectas a la comunidad, que protestaban de semejantes atropellos, que, para no salir a la calle comunidad tan numerosa y tener donde refugiarse, derribaron un tabique que daba acceso a la Casa de Oficios del Palacio, contiguo al convento. Efectivamente, allí estuvieron las religiosas, hasta que sus respectivas familias fueron a buscarlas. Días de tribulación y amargura fueron estos para la Comunidad de El Escorial. Los revolucionarios, para hacer más doloroso el acto de la expulsión, se entraron en el convento, y, sin miramiento a la clausura, iban por los claustros, cerrando y sellando la puerta de las celdas, al salir las religiosas, y lo mismo hicieron con las oficinas, con el fin de que no pudieran volver a ellas las monjas, sin ser descubiertas. Un consuelo muy grande tuvieron estas atribuladas religiosas en medio de su desamparo. Quiso Dios que el benemérito y celoso misionero franciscano P. Arribas (que ya conocen nuestros lectores por lo que dejamos escrito sobre la acción misionera de mi santa Madre viviendo en Aranjuez), noticioso en Madrid del atropello que se pensaba cometer con las religiosas de El Escorial, salió inmediatamente de la Corte, en auxilio de sus Hermanas de Religión, y, con gran valor, habló a los de la Junta revolucionaria a favor de las religiosas; no abandonándolas, hasta que todas pudieron marcharse de allí a los respectivos puntos que escogieran, para vivir sin riesgo alguno de sus vidas y con la esperanza de poder juntarse un día con nuestra Madre Fundadora.

«Muchísimas lágrimas, decía mi venerable M. Patrocinio en carta a la M. Jesús Nazareno, el día 1 de diciembre del mismo año 1868, muchísimas lágrimas he vertido al leer la carta de D. Manuel Posadillas, con los detalles que me da de lo ocurrido en El Escorial; sea Dios bendito y ¡qué tiempos tan terribles!; ellas se han conducido como verdaderas religiosas, esposas de Jesús e hijas de María Santísima, y este es mi mayor consuelo y lo que pido sin cesar; que, en medio de la tribulación, no haya ninguna infiel. De las demás Comunidades nada sé de particular, pero espero lo mismo, en vista de lo que sucede. Las pobrecitas de Agreda dicen que están dispuestas a morir antes de salir; pero ¡qué tendrán que hacer! Lo que más sienten es abandonar el cuerpo de la santa y venerada Madre María de Jesús. ¡Sea Dios bendito por todo! Di a todas cuánto las amo, que no se apartan de mi memoria y corazón, y que con resignación santa esperen lo que Dios permita y como lo permita, que siempre será bien hecho. Tú dirás cuanto ocurra…».

Entre las religiosas expulsadas de El Escorial había una muy enferma, y con los atropellos cometidos contra ellas por los revolucionarios, se agravó tanto, que murió en el camino, al irse a casa de sus padres, con muerte ejemplarísima y después de recibir los santos Sacramentos y demás auxilios espirituales de nuestra Santa Madre Iglesia. Era voz unánime de todos los que supieron la muerte de esta religiosa que fue una verdadera mártir de la revolución.

También fue maravilloso lo ocurrido con otra de estas religiosas, la cual, estando demente hacía algunos años y de tal suerte que, por orden de los médicos, vivía encerrada, al cargo de dos religiosas que cuidaban de ella, no pudiendo comunicarse con el resto de la Comunidad sino por una reja, en el momento de la expulsión de la Comunidad, de tal manera se cambió su ferocidad habitual en mansedumbre, que, con toda seguridad y confianza, pudieron las religiosas entrar en su habitación a tratar de persuadirla de que era preciso salir de ella, lo que solo pudo obtenerse prometiéndola que la llevarían con su santa Madre Fundadora. Después permaneció tranquila entre las religiosas, cual si no hubiera padecido antes demencia alguna, hasta que llegaron las Hermanas de la Caridad para llevarla a su Asilo, donde estuvo muy recomendada y asistida, cuidando nuestra venerada Madre de que nada le faltase.

Casi al mismo tiempo que las de El Escorial, eran también expulsadas de sus respectivos conventos de los demás Sitios Reales las religiosas de nuestra venerada Madre Patrocinio; y, aunque con menos violencia y más respeto, todas tuvieron que sufrir no poco, de parte de sus enemigos, en su expulsión.

A las de La Granja (Segovia), también se las apremió bastante, tanto, que no tuvieron más remedio, por de pronto, que marchar una y otras con sus respectivas familias, pudiendo después recogerse, la mayor parte, al lado de la Sierva de Dios y en otros conventos nuestros no suprimidos.

Las religiosas de El Pardo, por estar sujetas a la jurisdicción del Excmo. Sr. Patriarca de las Indias y por mediación y disposición suya, fueron trasladadas al convento de Agustinas de Madrid, llamadas de Santa Isabel, en el cual dice el expresado Excmo. Señor por conducto de su hermano, D. Manuel Iglesias y Balcones: «… como capaz y con dos pisos, han podido colocarse en el segundo, que tiene además su coro, con lo que podrán observar su Regla con entera independencia….». «Quince llegaron antes de ayer», continúa diciendo el expresado Señor, «una hora después de anochecido, con todo decoro y con todas las precauciones para su seguridad; para lo que, a instancias del Prelado, mandó el Gobernador poner varias parejas en el tránsito; y no vinieron ayer las restantes por ser día de la Concepción, ni tampoco lo hicieron cuando las primeras, por tener que hacer la entrega al comisionado del Gobierno de los efectos que tuviera la Comunidad y del edificio; oportunamente, el Prelado pudo conseguir del Gobernador que, sea dicho en verdad, se ha conducido muy bien, el que la Comunidad se llevase cuanto tenía, dejando solo en la iglesia algunos objetos para cubrir el expediente; y así se hizo teniéndolo todo en la nueva casa para su uso y servicio»… Suplicaba el Excmo. Prelado a mi venerada Madre que procurase socorrer a estas religiosas de El Pardo, residentes a la sazón en Sta. Isabel de Madrid, con algunas limosnas; y la Sierva de Dios, que, como Santa Teresa, podía decir que no tenía una blanca, puesta toda su confianza en Dios, le contestó que les «daría mil reales mensuales», lo que cumplió su Reverencia al pie de la letra.

Por las muchas cartas que de la época que venimos historiando se conservan de mi Madre Patrocinio, aparece claro cuán diligentísima y vigilante estuvo esta sierva de Dios respecto del bien de cada uno de sus conventos y de sus respectivas religiosas; previniéndolas para la tribulación, fortaleciéndolas para el combate y prestándoles todos los auxilios materiales y espirituales de que podía disponer. Una idea flota siempre en sus avisos e instrucciones, la de que sean fieles a su vocación, no abandonando por su voluntad la casa de Dios y prefiriendo a todo lo del mundo vivir en ella, donde fuere y aunque tengan que sufrir por ello toda clase de privaciones.

«Como veo, repite la Sierva de Dios a las Abadesas de sus conventos, que las dificultades de salir las familias (las Comunidades) se aumentan, podrá ser que, repartidas en las que queden, den disposición de que en vez de marchar a sus antiguas casas, lo hagan a las que queden; eso sería mucho mejor; pues si bien no hay con qué sostenerse, Dios nos ayudaría y si no se podía tomar cocido, se hacían sopas, y siempre era la casa de Dios… se trabajará para fuera lo que se pueda; así se hizo en 1835, y salimos adelante; pues nunca faltan personas caritativas. Dios lo quiera y se compadezca de tantas lágrimas…. Quisiera amparar a todas, que ninguna tuviera que estar en las casas que dejaron por Dios. Mi imposibilidad es grande, y como estoy tan lejos, es lo peor… Mientras haya un convento, allí debemos ir, pudiendo»… Y herido su celo al ver que sus perseguidores nada perdonaban y todo lo destruían en los conventos de algunos Sitios Reales, clamaba la inocente Mártir, y decía… «lo cierto, es que todo me lo destruyen, mejor hubiera sido hacer un depósito de todo; Dios sea bendito. Mucho trabajo me ha costado todo»… Y como en arenga final y temiendo que alguna de sus hijas se olvidara de sus santos deberes y solemnes compromisos, dice a una de las Abadesas citadas: «… si hay reunión, todas donde os lleven, y nada de separarse ninguna de sus casas; que tiempo tendrán de llorar fuera de la casa de Dios. Diles a todas de mi parte, que se acuerden siempre de lo que son, que procuren dar gloria a Dios y ejemplo al mundo, que no separa de ellas la vista; y sobre todo, que esto pasa y la eternidad sin fin se acerca. Ya saben cuánto me han oído siempre, especialmente en los Capítulos; que si me quieren, como dicen, ahora han de manifestarlo y no ser hijas ingratas en los trabajos, cuando se manifestaban sumisas, obedientes y cariñosas en la prosperidad»… «Dentro y fuera de la clausura, deben dar pruebas de lo que son y acordarse de que hay un Dios justo, que las premiará según sus obras; y para mí, amaré más de corazón a aquellas que yo sepa que de corazón sean buenas y cumplen en lo posible sus deberes religiosos». Así esta Seráfica discípula del nuevo Elías de la Ley de Gracia S. Francisco, se imponía con la fuerza de su encendido amor divino, al temor y cobardía que el enemigo de nuestra salvación podía infundir en el corazón de las Esposas del Cordero Inmaculado, a la vista de tanta persecución y sufrimientos como armara contra ellas.

Y si bien es verdad que hubo algunas demasiado tímidas, que por de pronto no correspondieron a los deseos de nuestra santa Madre, también es cierto que al fin todas, sin exceptuar una sola, volvieron a ella sus ojos y obtuvieron de nuevo su favor y cariño maternal, como se verá por lo que diremos en los capítulos siguientes.

CAPÍTULO XXXVI

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Nuevas luchas y nuevos laureles: Aranjuez, Manzanares, Torrelaguna y Loyola. — Supresión definitiva del Convento de Guadalajara. — Todas a Francia con su Madre. — Estado de nuestra Reforma en España, después de la supresión de los Conventos de los Sitios Reales. — ¡Volverán!

 

Si, al historiar los hechos maravillosos de la atribulada vida de mi venerada Madre Patrocinio, me hubiera propuesto únicamente vindicar su conducta contra las acusaciones de sus enemigos, lo hubiera conseguido, sin duda, acudiendo al resultado final y glorioso de sus santas obras, a la voz autorizada de los Prelados, incluso de los Sumos Pontífices que la trataron y bendijeron en sus empresas, y, por último, a la voz de los pueblos que gozaron de los frutos abundantes que produjera en ellos la Reforma de la Sierva de Dios. Efectivamente, son esos tres testimonios de tanta fuerza, en orden a probar la inocencia y santidad de mi amada Madre, que no es posible olvidarse de ellos, ni menos prescindir de su virtud, aun buscando como buscamos, principalmente, al escribir esta obra, la edificación de las almas y la gloria de Dios y de la venerable Fundadora. Su paso por la tierra, en los muchos años que vivió sobre ella, bien puede decirse que fue triunfal, no obstante haber vivido, casi siempre, en medio de persecuciones de todo género, de parte de enemigos sin conciencia, ni temor de Dios; ya que ni una sola vez hubo en que no saliera victoriosa y aclamada por santa.

Acabamos de ver en el capítulo precedente, y aún volveremos a observar lo mismo en adelante, cómo los enemigos de la Sierva de Dios se empeñaban en destruir su obra, cerrando conventos y lanzando a la calle a sus religiosas, con la mayor crueldad. Cualquiera diría, viendo semejantes atropellos, que estas mansiones de paz y santuarios de virginal pureza se cerraban para siempre y que los pueblos, aprobando tan vil conducta, se olvidarían de sus antiguas bienhechoras. No fue así. Dios sabe por qué permite semejantes males y Él es quien tiene en su omnipotente mano el corazón de los que gobiernan y de los gobernados, para inclinarlos y ponerlos, por fin, de parte de la verdad y de la justicia, cuando llega su hora.

Cerrados nuestros conventos de los Sitios Reales….: El Escorial, El Pardo y La Granja…., no podía ser que continuasen abiertos el de Aranjuez y cuantos, como decía el Excelentísimo Sr. Cardenal de Toledo a la Sierva de Dios, «habían tenido la dicha de gozar de la presencia de su santa Fundadora» (mi Madre Patrocinio). También Aranjuez, Manzanares y Lozoya, fueron cerrados y expulsadas sus Comunidades respectivas, casi al mismo tiempo que las demás, incluso esta de Guadalajara. La salida, empero, de estas Comunidades, excepto la de Guadalajara, fue ocasión para que, bien pronto, se convirtieran en laureles de triunfo las ignominias de su expulsión dolorosa.

Era el día 13 de diciembre, cuando la célebre y religiosísima Comunidad de San Pascual, de Aranjuez, quedó suprimida, por decreto de la Junta revolucionaria; y, con el mayor orden y acompañadas las religiosas por los Reverendos PP. Vicarios de la Comunidad, fue esta trasladada al convento de Clarisas Descalzas Reales, de Madrid, según disposición del Excelentísimo Prelado.

Son hermanas de religión las Clarisas y las Concepcionistas, y nuestra Fundadora poseía además todo el cariño de aquella santa Comunidad; por eso, la llegada de nuestra Comunidad de Aranjuez fue de grande alegría e inmenso gozo para las religiosas de aquel real convento. También lo fue para la Sierva de Dios en medio de su tribulación, al ver a sus hijas expulsadas del convento que fuera, por muchos años, relicario de sus amores, y no tuvo palabras para expresar su agradecimiento a las religiosas clarisas, recomendándolas, a la vez, la mayor piedad para con sus hijas y, a estas una justa correspondencia a tan insigne beneficio y a las infinitas muestras de caridad y de afecto de que serían objeto mientras viviesen en aquella santa casa. Casi dos años estuvo esta Comunidad de San Pascual de Aranjuez en las Descalzas de Madrid, cumpliendo exactísimamente sus deberes y prácticas regulares y edificando con sus ejemplos de virtud a sus hermanas clarisas; y en este tiempo el Excmo. Sr. Cardenal, por una parte, y, por otra, la Sierva de Dios, trabajaron cuanto les fue posible, logrando, por fin, que, merced a la influencia poderosa de la Excma. Sra. Duquesa de la Torre con su marido el general Serrano, fueran trasladadas de nuevo a su convento de Aranjuez nuestras expresadas religiosas.

Su entrada en este Real Sitio, fue verdaderamente triunfal y emocionante. Nos la cuenta D. Cipriano García, testigo de vista y Vicario de la Comunidad. Dice así este Señor, en carta escrita en Madrid, con fecha 27 de octubre, a la Sierva de Dios, que como sabemos, residía en Bayona: «Amadísima y querida M.: el Dulce Esposo le conceda todas sus gracias y consuelo. Lleno de admiración y asombro, voy a referir a S. M. el feliz e inesperado viaje y traslación de nuestra Comunidad al nunca bien ponderado y hermoso Convento de San Pascual de Aranjuez. Recibida la orden de salir el 26, llenos de gozo, a las ocho de la mañana, se presentaron por Orden del Gobierno ocho coches particulares y a las ocho y media, comenzó a salir la Comunidad, colocándose tres religiosas en cada uno con un capellán, que las acompañaron hasta la Estación, porque después, por disposición de Su Eminencia, solo había de seguirlas D. Antonio Millán, el Confesor de las Descalzas y mi persona. Colocadas todas hasta el número de 32 asientos en coche de 1ª, salió el tren a las diez menos cuarto, llegando a la estación de Aranjuez a las doce menos cuarto la que estaba cuajada de gente y el clero de la población, que manifestaban en sus semblantes la alegría de ver a las religiosas volver a su antigua morada; en esta estaban los coches dispuestos por orden del Gobierno, y fueron conducidas a su morada por el mismo orden. Despedido el Clero y ya que habían descansado las religiosas, como a las dos, los fondistas enviaron las mesas del refectorio, sirviéndonos una buena comida de cocido y su principio, y concluida esta, café para todos los convidados, en número de 32, todo con mucha amabilidad y excelentes promesas, porque después de dar a la Madre una limosna muy regular de parte de los Ministros, la dijo el Subdelegado que pusiera una lista de lo que le hacía falta y la remitiese. ¡No sé si se quedará en promesa! Dios sea bendito y alabado por todo. Si no hubiera presenciado este acto, no podría convencerme ni aún siquiera imaginar tal acontecimiento ¿pero de quién? Virgen Santísima, Vos sois la Verdadera Madre y la que con vuestros ruegos alcanzáis de vuestro Santísimo Hijo lo que los hombres no podemos comprender. A las siete de la noche, nos despedimos entre lágrimas y suspiros, de gozo y alegría, quedando todas sin novedad y esperando mi pronta vuelta y dando gracias a Dios, que así dispone las cosas. Dispense Vd. tan pequeña relación de todo lo ocurrido en tan preciosa jornada, que si algo particular sucede, ya se lo diré en otra… Cuídese Vd. mucho, Madre mía, y con mis afectos a todas las R. y P. Sabe puede mandar cuanto guste, al que la ama en Dios nuestro Señor y tiene presente en sus oraciones y sacrificios, dándole la bendición Seráfica. Cipriano García».

¡Cuán admirables y cuán incomprensibles los juicios de Dios! Los mismos que persiguieron a estas y a las demás religiosas de mi Madre Patrocinio, fueron después, casi al mismo tiempo, los que las favorecieron y distinguieron, en la forma que acabamos de ver. ¿Qué más? El mismo Señor Zorrilla es quien dispuso la comida para las religiosas y ¡quién lo creerá! él mismo sirvió a la mesa donde comieron todos los que acompañaron desde Madrid a las religiosas y otros invitados del Real Sitio, juntamente con las monjas. «Si me vieran los compañeros con la servilleta al hombro, sirviendo a Vds., dirían que me había vuelto loco; pero lo cierto es que tengo gran satisfacción en haber traído a VV. a su convento»[43]. Estas palabras aseguraban las religiosas testigos de vista de este hecho que dijo el Sr. Zorrilla; para dar testimonio de la verdad y para confusión de los enemigos de Dios y de sus fieles siervos.

Sobre la Comunidad de Manzanares, dice el mismo Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo que, a pesar de haber sido excluida respecto de la expulsión, en un principio, no pudo lograr que quedara en su convento, sino que, por fin, tuvo que salir también como las de otras partes, por el solo crimen de haber estado en ella en dos ocasiones mi venerada Madre Patrocinio. Eso sí, la traslación de las religiosas al convento de Dominicas de La Solana (Ciudad Real) fue una verdadera manifestación de simpatía, de gratitud y de veneración, por parte del pueblo; el cual consintió la salida de sus bienhechoras, por la esperanza que tenía de que pronto habían de volver a su antigua morada, como, efectivamente, sucedió.

Desde los primeros momentos, interesadas todas las clases sociales en la vuelta de las religiosas, acudieron al Sr. Ministro de Gracia y Justicia, con una exposición firmada por el Ayuntamiento e informada, favorablemente, por la Diputación Provincial y por el Sr. Gobernador de Ciudad Real; siendo muy de notar, según afirma un testigo de vista, que los mismos republicanos de Manzanares se mostraban los más interesados en la vuelta de las religiosas. Como la razón principal en que la exposición se apoyaba era que las religiosas daban enseñanza gratuita a multitud de niñas pobres, el Gobierno cedió por fin a las justas instancias de la población y consintió en que la Comunidad fuera reintegrada a su antiguo monasterio de Manzanares. Y «afortunadamente para las religiosas» como escribiera entonces a la Abadesa de la Comunidad el después Obispo de Ávila, D. Pedro Carrascosa, «lo que habían perdido en vejaciones y trastornos, lo ganaron después en entusiasta aprecio del pueblo a la Comunidad». Tanto que, como afirma un testigo presencial en carta a mi venerada Madre, «el pueblo está tan alborotado con la vuelta de sus religiosas, que hay señoras que se prestan a subir a la torre a echar a vuelo las campanas; y yo pienso, añade, comprometer a muchos republicanos, para que salgan a caballo a recibir a VV.» Así se encontraban los ánimos de aquellos nobles manchegos, respecto de nuestras religiosas, y por eso su vuelta y entrada de nuevo en Manzanares, fue verdaderamente triunfal, como lo fuera la de la Comunidad de Aranjuez.

Por cuanto venimos refiriendo sobre la conducta del Gobierno revolucionario con nuestras Comunidades, se ha visto claramente la sin razón e injusticia de semejante conducta, y de ahí también la inconsecuencia contra las mismas. Así se explica el que, con la misma facilidad con que se mandaba cerrar un convento y se suprimía una Comunidad, se abría otro y se trasladaba a él la misma Comunidad, bastando solo para ello el que mediara tal o cual influencia poderosa. En el orden providencial y divino hay además otra razón más poderosa, que explica cabalmente la inexplicable conducta de los enemigos de Dios y de su religión sacrosanta: es el querer divino, sapientísimo, omnipotente y lleno de bondad siempre. No quiso Dios que desapareciesen las Comunidades fundadas para su honra y gloria por mi venerada Madre, y de ahí las trazas divinas para que se conservaran de un modo o de otro, en los mismos, o en distintos sitios.

La supresión de nuestra Comunidad de Lozoya y su traslación al antiguo convento de Torrelaguna, cerrado como dejamos dicho, desde que su Comunidad se trasladó al de San Pascual de Aranjuez, nos da sobrado motivo para las anteriores consideraciones.

Aquí no hubo violencia de ningún género con las religiosas, ni se tomó pretexto para cerrar el convento, de otra causa que la de siempre: el haber sido fundado por la «Monja de las llagas»; y sin embargo, fue trasladada la Comunidad a otro edificio que fue también de ella, consagrado, más que muchos otros, con su presencia y hechos maravillosos y uno de los más amados por la Sierva de Dios. ¡Lo quería Dios! Lo cierto es, que el entusiasmo con que en un tiempo recibiera Torrelaguna a nuestras primeras religiosas y a nuestra Madre, con ese mismo recibió ahora a las que el Gobierno trasladara del convento de Lozoya; entusiasmo que ha seguido manifestando hasta hoy en el amor y veneración que viene profesando a nuestra Comunidad.

Con la Comunidad del barrio de Loyola no se metió el Gobierno; y las religiosas pudieron continuar viviendo su vida ordinaria de paz y de fervor, en que se distinguieron desde un principio. Muchas de las religiosas expulsadas de los otros conventos se refugiaron en este religiosísimo de Loyola y en él vivieron hasta su muerte.

Respecto de este convento de Guadalajara, morada de la Sierva de Dios, hasta el día 3 de octubre de 1868 en que pasó a Francia, no podemos decir lo que de los anteriores llevamos dicho, esto es que no hubo violencias de parte de la Junta revolucionaria; pues, además de los desmanes y escándalos que precedieron a la salida de nuestra santa Madre, desde aquel entonces, no cesaron las molestias y apremios a la Comunidad para que saliera y se disolviera cuanto antes… «He hecho también grandes esfuerzos por conservar el convento de Guadalajara», decía el Sr. Cardenal en carta de diciembre a la Sierva de Dios; «se han empeñado también a favor de mis deseos varias personas de las que pertenecen a la situación, sin haber logrado otra cosa sino que no las atropellen, como sucedió a las pobrecillas de El Escorial». Ciertamente, no solo el Emmo. Prelado sino también otras muchas personas de la Ciudad, pudiéramos decir que la mayor parte de ella, interpusieron su influencia a favor de las religiosas; pero siempre con infeliz resultado, por el empeño satánico que había en echarlas de su convento y aún en hacerlas desaparecer para siempre de Guadalajara.

A cualquiera extrañará que, habiendo en Guadalajara cinco conventos de religiosas de clausura, además del nuestro, solo con nosotras se metieran los revolucionarios y con el de las religiosas Jerónimas, y, sobre todo, que, ni a nosotras ni a ellas, se permitiera vivir en alguno de los otros que no eran suprimidos. Lo cierto es que, «a consecuencia de querer defendernos, hasta fue tratado mal Su Eminencia», como afirmaba la Sierva de Dios en una carta el Sr. Villanova.

Tan persuadida estaba la Sierva de Dios de que no tenía remedio nuestra expulsión y salida forzosa, que apenas llegada a Francia, previene a la M. Jesús Nazareno, Abadesa de nuestro convento, que «no salgan sino a viva fuerza e interponiendo enérgica protesta». Al mismo tiempo y previendo la salida, daba instrucciones detalladas a la referida Madre sobre algunos asuntos particulares y muy interesantes de la Comunidad, y le ordenaba le fuera enviando las religiosas por tandas, para que, en el momento de la salida, hubiera en el convento las menos religiosas posibles. Fue tan grande la tribulación y el peligro que corriera la Comunidad hasta su definitiva expulsión, que, estando yo en Francia ya, por la Pascua de Navidad, tuvo la Sierva de Dios un éxtasis maravilloso y en él oímos decir las religiosas que lo presenciamos, entre otras exclamaciones a Dios, por lo que estaba ocurriendo en España a nuestras Comunidades, esta referente a la de Guadalajara: Jesús que te pierdes; significando sin duda la difícil situación de la Rda. M. Jesús Nazareno y el peligro que corrían sus religiosas.

Por fin, y después de fracasar todas las gestiones que se hicieran por unos y otros, con fecha 11 de diciembre de 1868, expidió el Sr. Gobernador de esta Ciudad el decreto de supresión de la Comunidad, dándole de término para desalojar el Convento hasta el 31 del mismo mes. Decreto que fue protestado convenientemente y de modo oficial por las religiosas; y cuando llegó el día, lo pusieron en práctica, abandonando el convento a presencia de la comisión revolucionaria, la que sellaba las celdas y demás dependencias, después de salir de ellas las religiosas. Estas eran ya pocas, como dejamos dicho, y, excepto algunas que se quedaron viviendo en el Convento de Descalzas Reales de Madrid, con sus hermanas de otros conventos suprimidos, las demás pasaron a Francia, al convento de Bayona, al lado de la Sierva de Dios. Por lástima que se cerrara al culto la iglesia de nuestro convento, cuya restauración tanto trabajo costara a la Sierva de Dios, al salir la Comunidad del convento, encargose de ella D. Eulogio Horcajo, Capellán de las religiosas hasta aquel día, quien la conservó en perfecto estado hasta nuestra vuelta de Francia, después de nueve años de destierro. Dejamos ya repetido en diversos lugares las protestas que hizo la Sierva de Dios a las diferentes Abadesas de sus conventos, respecto de la libertad en que dejaba a las religiosas, para irse con ella, o ingresar en otros conventos de la Orden. Lo único que de ningún modo quería, es que, infieles a su vocación, se marcharan a sus casas; pues, ante todo, la casa de Dios: era su frase. No obstante, más tarde o más temprano, las que se refugiaron en otros conventos, lo mismo que las que por lo apremiante de las circunstancias pasaron por de pronto al lado de sus familias, todas trabajaron por seguir a su santa Fundadora y lograron por fin muchas de ellas (más de cuarenta), vivir a su lado en el destierro, en donde las contemplaremos sirviendo a Dios con toda fidelidad, dando ejemplo de virtudes y difundiendo el buen olor de las mismas, para gloria de Dios y de nuestra excelsa Reina y Madre Inmaculada.

Volverán sin duda. Así lo teníamos vaticinado por nuestra idolatrada y Santa Madre Fundadora; pero después de haber plantado en Francia el árbol frondosísimo y celestial y de la Orden de la Purísima Concepción y cuando despejado el horizonte de la situación política en España, brillara el nuevo sol de la restauración monárquica y con él, una época de más fe, de más tranquilidad y de más libertad para la Santa Madre Iglesia y sus Órdenes monásticas.

CAPÍTULO XXXVII

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Nube que pasa: como siempre. — Documentos cantan. — Apuros de cuantía en Bayona. — Todo lo vence la virtud y la educación. — Tesoro providencial. — A Montmorency (Versalles). — El Obispo de Versalles. — Homenaje de obediencia. — Siempre observantes de su Regla y laboriosas. — Muerte edificante de la Rda. Madre Jesús Nazareno. — Unos días de Purgatorio y después al Cielo. — Un delegado de Pío IX entre las monjas. — Nuevas mártires de la revolución a Francia.

 

Lanzadas violentamente de sus conventos por la revolución, nuestra venerada Madre y sus hijas las religiosas, viose envuelta su fama por una nube de calumnias de todo género, que no era fácil desvanecer tan pronto como hubiera sido necesario, para que la persecución contra ella no traspasara las fronteras. Así sucedió, que desde el primer momento en que sus virginales plantas pisaron el suelo francés, notó la Sierva de Dios los efectos de una maledicencia asaz, procaz y libertina; la de siempre, pero agravada más aún ahora por las circunstancias de hallarse en suelo extranjero, desconocida y no recomendada aun por sus fidelísimos y singulares favorecedores, los Reyes y los Prelados de España. Es la misma Sierva de Dios quien nos lo dice en carta dirigida a su gran confidente la M. Jesús Nazareno; dice así mi venerada Madre: «El Sr. Olózaga[44] trabaja en mi favor, como siempre (lo dice por ironía), y a eso se conoce que son debidas las dudas de aquí; pues habían asegurado que yo cogía mujeres de cualquier clase, sin ninguna formalidad, sin Reglas ni nada, y las vestía de cualquier modo; salíamos, entramos; en fin, hija mía, lo de siempre». Y aludiendo a los documentos justificantes que la dicha Madre le enviara, añade: «Con esto ya verán que no hay tal cosa. El lunes viene el Sr. Obispo y se los enseñaré; el Secretario es el que hace aire»… Efectivamente, en aquel entonces, ese origen tenían el retraimiento y la desconfianza del Sr. Obispo, respecto de la Sierva de Dios; pero bien pronto el viento de persecución se cambia en aire de fronda; variando enteramente la escena, cuando se desvanecieron las calumnias, a la vista de los documentos auténticos y legales que de los Prelados de España presentara su Reverencia, mi venerada Madre.

Recuérdese lo que dijimos arriba sobre la protección del Sr. Obispo de Bayona a nuestra venerable Madre, viviendo aún en la primera casa alquilada dentro de la población y sobre todo lo mucho que siguió favoreciendo la fundación de nuestro convento (el primero en suelo francés) de las afueras del mismo Bayona, en la casa del Conde de Garat.

Mientras tanto, los asuntos políticos de España seguían empeorando y la persecución religiosa continuó echando fuera de sus conventos a las religiosas en la forma que dejamos descrita en los capítulos precedentes; por lo cual, nuestra vida en el convento de Bayona, se hacía cada día más imposible; pues iban llegando muchas religiosas de los conventos cerrados y no teníamos otras comodidades, ni otros recursos para vivir que los necesarios y estos con escasez, procurados de limosna y con el precio de la labor de nuestras manos; amén de lo ruinoso de la casa-convento y de lo subido del alquiler que pagábamos.

Apenada en extremo la Sierva de Dios, viendo a sus religiosas llenas de privaciones, aunque muy contentas y muy conformes con la voluntad divina, después de haberlo encomendado muy de veras a Dios en la oración, muy confiada, escribió a la hija del Sr. Conde de Garat la siguiente carta:

«A. S. L S. T. — A. M. P. — [45] Muy Sra. mía, de mi mayor consideración y respeto. Mucho siento molestar su atención, pero, sabiendo su bondad de corazón y religiosidad, me mueven a ello las espinosísimas circunstancias por que estamos atravesando las religiosas de España, atropelladas y sin encontrar las más donde colocarse, por lo que emigran de su país; en estas dolorosas circunstancias me encuentro con ocho Comunidades, la mayor parte, lanzadas a la calle, sin tener tiempo ni para recoger las cosas de su uso; pues en tres horas conoce Vd. qué podría hacerse.

En este conflicto, determiné buscar una casa grande en este País, para recoger algunas. Estamos faltas de recursos, y alquilada esta casa en precio tan subido como tres mil francos, además, por su estado ruinoso, se están gastando al pie de dos mil francos, y aun así es de temer algún hundimiento». La terraza estaba muy mala, y las habitaciones que debajo de ella había y que nos servían de celdas, en mucho peligro, de ahí que fuera preciso hacer las obras de reparación indispensables enseguida, para evitar una gran desgracia. «No tenemos dónde colocar un doméstico que nos sirva, ni tampoco agua, la cual tenemos que comprar. En atención a todo esto, tanto la comunidad como yo, suplicamos a Vd. nos ceda las cocheras y piso alto de ellas, como también se digne rebajarnos el alquiler, por el tiempo que la tengamos, por lo gastado en la Casa, pues nos aseguran que es Vd. muy buena católica y que atenderá a las súplicas de tantas Religiosas expulsadas de sus Casas. Somos en los ocho conventos doscientas setenta Religiosas; vendrán aquí todas las que puedan colocarse en esta casa; y si Vd. pudiera darnos, o proporcionarnos algo de costura, o cualquiera otra cosa de labor, se lo agradeceríamos en el alma, ayudándonos así con nuestro pobre trabajo. Perdone Vd. una y mil veces esta molestia, segura que en nuestras pobres oraciones procuraremos tener a Vd. y toda su apreciable familia muy presentes delante de Dios. Ayer procuró nuestro Padre Vicario hablar a su Sr. esposo, y no pudo conseguirlo, por marchar deprisa. Reciba Vd. los sinceros afectuosos recuerdos de todas las Religiosas, con la alta consideración y respeto de su afma. S. S. S. que B. S. M. — Sor María de los Dolores y Patrocinio. Abadesa.»

La respuesta de la Sra. Condesa no pudo ser más satisfactoria; pues otorgaba benignamente cuanto mi santa Madre le pidiera; de acuerdo con su padre y con su esposo, nos hizo todo el favor que pudo, durante nuestra permanencia en la casa; nos rebajó el alquiler de la misma y el del pabellón nuevamente construido, que nos cediera para vivienda del P. Vicario y demandaderos. Dio orden al guarda del bosque de que, a nosotras y a los dependientes, se nos proporcionara toda la leña necesaria para el gasto de la cocina y el agua para lavar y demás necesidades. Por todo lo cual, la Sierva de Dios daba continuas y rendidas gracias a su insigne favorecedora y al Supremo Dador de todo bien, que, no solo no se olvidaba de sus esposas, sino que, derramando a manos llenas sus gracias sobre sus almas y sus cuerpos, manifestaba, por modo tan claro y patente, lo mucho que se agradaba en la virtud de su Sierva esclarecida, mi venerada Madre.

De otro modo, bien maravilloso por cierto, demostró la Sierva de Dios su gratitud a los Sres. Condes. Pasaba cierto día mi venerada Madre acompañada de sus religiosas, por el pabellón de la casa nuevamente cedido por los señores, en cuyo piso bajo había una cochera y a su entrada una cuba o pilón de agua, con su correspondiente grifo, de la que se servían las religiosas para lavar la ropa de la sacristía y algunas otras piezas delicadas del uso de la Comunidad. El guarda de la finca tenía buen cuidado de que nunca faltase el agua en el pilón. Apenas llegó a la cochera la Sierva de Dios, dirigiendo su vista al pilón de agua, nos dijo a las religiosas: ¿veis esto? “Pues aquí debajo, si cavaran, encontrarían un tesoro”.

Ni el indicado guarda que estaba delante, ni nosotras dimos, por entonces, importancia al dicho de su Reverencia y olvidamos sus palabras; pero llegó un día en que, viviendo la Sierva de Dios en Montmorency y cuando nuestras religiosas habían abandonado la casa de los señores Condes, se encontraron estos en tales apuros, que, recordando el guarda lo que la Sierva de Dios dijera en esta ocasión, y teniéndolo por revelación de una santa, se puso a hacer la excavación necesaria debajo de la cuba, o del pilón, y ¡cuál no sería su sorpresa! cuando, a las pocas azadonadas, se encontró con el tesoro que buscaba, que consistía en unas barras de oro, de las cuales ninguna noticia tuvieron jamás los dueños de la finca, ni otra persona alguna; bastando ellas por entonces para salir de apuros nuestros favorecedores.

Tanto los Sres. Condes, como nosotras las religiosas tuvimos aquel hallazgo providencial, por particular regalo de Dios a su amada Sierva, para que pudiera, aun materialmente, recompensar a sus bienhechores lo mucho que les debían ella y sus religiosas.

Ni un momento siquiera dejó de preocupar a nuestros desterrados católicos Monarcas, D. Francisco y Dª Isabel, la situación angustiosa en que vivían la Sierva de Dios y sus religiosas desde que entraron en Francia, temiendo siempre por la vida de mi venerada Madre; pues no ignoraban las artes de sus enemigos contra ella y el peligro en que se encontraba cerca de la frontera. Por esta razón, y creyendo favorecernos del mejor modo que entonces podían hacerlo, Sus Majestades escribieron una y otra vez a la Sierva de Dios, aconsejándola que se internase más, acercándose a París y ofreciéndole ayudarla con su influencia en tal empresa. Comprendían también los Señores, que nos sería imposible vivir reunidas todas las religiosas que iban llegando de España, en el convento de Bayona. Véase con cuánta devoción y piedad se expresaba el rey D. Francisco, tratando de este asunto:

«Pavillón Rohan[46] 6 de enero de 1869. Queridísima en Jesús, María y José, Sor Patrocinio: No puedo, ni debo, ni es mi deseo dejar pasar más día sin saludar a Vd., con motivo del nuevo año. Triste ha sido el final del que ha pasado y nada alegre en verdad el que principia. Quiera el Señor que, al expirar, los males que afligen a tantos buenos, hayan concluido para ellos y que el Señor les recompense, con creces, de cuantos pesares han sufrido y están sufriendo.

Inútil es decir a Vd. cuánto me amargan y entristecen los ultrajes hechos a las Comunidades Religiosas y a cuanto se relaciona con la Iglesia. No ha sido, ni es sorpresa para mí lo ocurrido; y, con dolor, veo se cumplen los pronósticos de Vd., tan largos años anunciados. Lo triste es, que nadie alcanza cuál va a ser su solución, y que cada día se anuncian peores los sucesos. Aquí se ha apoderado el deseo de obrar y poner término a la situación presente; pero, con harto sentimiento mío, diré a Vd., que creo son todos esfuerzos en vano, y que no se ha de obtener sino nuevos desengaños. Bastantes son ya los sufridos; pero los ojos no se abren y las ilusiones entretienen el tiempo. Por mi parte, en nada han mudado los sentimientos; lo mismo deseo hoy que ayer, y mi repulsión a todo cuanto ha contribuido a lo acontecido aumenta de día en día. Callo, porque debo callar y porque el silencio es más elocuente que muchas palabras; pero no por eso aflojo en mis súplicas interiores, para que Dios, justo, dé a cada cual su merecido. La pobre Reina me arranca lágrimas del corazón; porque es buenísima, y su único deseo es lo bueno y el triunfo de la Iglesia. Su salud así como la de todos nosotros (gracias a Dios) es inmejorable, y aseguro a Vd., que en esto, como en todo, se ve la mano misericordiosa de Dios; porque es tal el sinnúmero de emociones que experimenta, que no sé cómo no cae enferma de gravedad. El buen amigo Antonio, portador de esta, añadirá a Vd. algunas pocas cosas que, por no fastidiarla, no escribo, y Vd., a su vez, le dirá cuanto quiera, para que me lo trasmita. No hablo a Vd. tampoco de mandarle algo para sus muchas obligaciones, porque estoy, como Vd. sabe, en ello; pero necesito algún tiempo para poder hacerlo. No puedo decir a Vd. lo que la recuerdo y pienso en sus aflicciones. Sé con mucho pesar que pasa malísimos días y que sus dolencias la hacen padecer mucho; y todo ¿por qué?, por nosotros. ¡Por tantos ingratos! Concluyo, aunque, por gusto, nunca lo haría. Lo que omito, y no es poco, Vd. lo conoce, porque Vd. lo sabe y no necesito repetirlo. Nada, ni nadie será bastante para que deje de ser lo que siempre he sido y debo ser a Vd., por gratitud y por el cariño que en Jesús, María y José, le profesa y profesará, mientras viva, su fiel y constante amigo Francisco».

En carta de 2 de marzo concreta el Rey su pensamiento y su deseo, y dice a la Sierva de Dios: «… Desde que los acontecimientos de España han obligado a Vd. a salir de su convento y a recorrer todas las vicisitudes de la desgracia, no se ha separado un instante de mi imaginación el recuerdo de sus muchos padecimientos y el deseo de aliviarlos, en cuanto me fuese posible. Vd. que sabe cuán grande es mi agradecimiento, y que si, en mi mano hubiese estado, jamás hubiese derramado Vd. otras lágrimas que las de consuelo, por ver tranquilas y dichosas en su retiro a sus amadas Religiosas; comprenderá que, desde entonces, solo he pensado en buscar el medio de que sean menos dolorosas. Para ello no solo ha bastado mi buen deseo, sino que ha servido a que se acreciente el continuo ruego de quien no menos agradecida a sus bondades, me presenta siempre el cuadro de lo doloroso de sus amarguras. He juzgado, por lo tanto, que ante todo era preciso alejar a Vd. de la frontera y ponerla al abrigo de las infaustas intrigas que allí tienen lugar, y buscar un sitio seguro y suficientemente retirado, para que, con mayor sosiego, pueda entregarse a la alta misión que le impone el respetable carácter de Religiosa, cumpliendo con mayor desembarazo sus votos. Al efecto, he recorrido, acompañado de mi buen Antonio, diferentes localidades, y creo poder decir a Vd., que me parece haber encontrado algo que pudiera convenir a Vd. Sin embargo, nada puedo decidir, ni a nada resolverme, si Vd. no lo aprueba. Sería conveniente que Vd. lo viese, antes de decidirse por sí misma, o por persona de toda su confianza. Conozco que mi exigencia ha de hallar dificultad, por parte de Vd. Pero si Vd. se decidiese a darme esa nueva molestia, las cosas tendrían mejor resultado. Si he de creer lo que oigo, todos estos pasos son innecesarios, porque muy pronto han de volver las cosas a su primitivo estado; pero, si he de escuchar también lo que dicen mi voluntad y mis presentimientos, todo cuanto se trata no pasa de ser una pura quimera. Contésteme Vd. lo que guste, en la seguridad de que estoy resuelto a darla gusto y a hacer lo que de mí dependa para disminuir en parte sus amarguras. Me recomiendo como siempre a sus fervorosas oraciones…».

A tanta bondad de parte de nuestros Católicos Monarcas, no podía menos de corresponder la Sierva de Dios con el agradecimiento que en la misma era, además de cualidad natural, una de las virtudes más amadas de su nobilísimo corazón; y, aceptando los reales ofrecimientos, dejó a la libre elección de Sus Majestades el sitio y la casa más conveniente y adaptado a nuestra vida religiosa. Cuando todo estuvo convenido entre nuestros Católicos Reyes y mi venerada Madre, se llevó a cabo la nueva fundación de Montmorency, diócesis de Versalles, cerca de París, en una casa de los señores de Ganesco; con la debida autorización del Sr. Obispo de la Diócesis y la de los Prelados de España, los cuales facilitaban a su Reverencia todos los medios que estaban a su alcance para la mayor seguridad y bienestar de las religiosas. La traslación se hizo el día 5 de abril, según testimonio auténtico de la Sierva de Dios; y se componía la Comunidad de veintidós religiosas, pertenecientes, la mayor parte, a la de Guadalajara; presidíala, como Prelada y Abadesa, la misma Sierva de Dios. En Bayona, quedaron veinticuatro religiosas de los conventos cerrados en España, principalmente de los de El Escorial y La Granja; y al frente de la Comunidad, como Abadesa, la que lo era en El Escorial, al tiempo de la exclaustración, Rda. M. María Dolores de Nuestra Señora de la Paz.

Apenas se establecieron las religiosas con su Reverencia en Montmorency, las visitó el Sr. Obispo de la Diócesis; a cuyos pies postrada la Sierva de Dios le prestó, en nombre de todas, rendida obediencia, entregándole al mismo tiempo el sello del oficio de Prelada, no sin gran edificación de Su Ilma.; quien, con palabras de mucho consuelo y aliento, confirmó a nuestra venerada Madre en su cargo y la autorizó para obrar en todo conforme a las facultades que tenía de los Prelados de España, como fundadora y Madre de sus Comunidades.

La Comunidad quedó muy honrada y fortalecida con esta visita, y el Sr. Obispo, edificado de la virtud de nuestra Madre, nos bendijo a todas y se ofreció a ser nuestro verdadero padre y pastor, como efectivamente lo fue. La Sierva de Dios dio cuenta de todo al Emmo. Sr. Cardenal de Toledo, sirviendo de mucho consuelo al Emmo. Prelado, en medio de las tribulaciones que padecía por nosotras, el vernos tan favorecidas por el Prelado francés y por nuestros Católicos Monarcas.

Como en Bayona, nuestra vida en Montmorency, era de perfecta observancia de nuestra Regla y Constituciones, emulando las virtudes de nuestra santa Madre, que era la primera siempre en todo. Nos procurábamos el sustento con la labor de nuestras manos; pues las limosnas que recibíamos de los fieles y otros bienhechores no eran bastantes a cubrir todas las necesidades, por lo cual padecíamos de escasez; la vida, sin embargo, se nos hacía dulce y llena de encantos, por la unión que reinaba entre todas y por estar al lado de la Sierva de Dios, cuyas palabras y actos todos sabían a cielo.

Una prueba muy singular nos envió Dios Nuestro Señor en Montmorency con la muerte de la Rda. M. Jesús Nazareno, la insigne Abadesa de Guadalajara, después de la expatriación de nuestra venerada Madre. Había llegado a Francia la M. Nazareno como dejamos indicado, a primeros de enero del año 1869; y para que descansara de las muchas fatigas padecidas con motivo de la exclaustración en Guadalajara y después en su viaje a Francia, dispuso nuestra venerada Madre que la acompañara y siguiera a Montmorency; para su Reverencia era, además de grande estima el consejo de la M. Nazareno y la consideraba espejo de virtudes. Medio año escaso, llevábamos en Montmorency, y ya se disponían las cosas para la nueva fundación de Bonneuil, cuando un día, en la primera quincena de septiembre, la Rda. M. Nazareno sufrió un ataque apopléjico, que, desde luego, todas lo creímos mortal. Enseguida, se le preparó para el viaje a la eternidad, administrándole el Sacramento de la Extremaunción y demás auxilios espirituales de nuestra Santa Madre Iglesia para los moribundos, no pudiendo administrársele el santo Viático por la violencia del ataque, pero había comulgado aquel mismo día. Así, apenados nuestros corazones, nos encontrábamos, cuando quiso Dios enviarnos un alivio que mitigara nuestro dolor, con la visita de un delegado de Su Santidad Pío IX, el cual, al verse sorprendido con tan ingrato accidente y viendo la gravedad de la M. Nazareno, quiso demostrarnos su veneración y aprecio hacia nuestra venerada Madre, acompañándonos al lado de la enferma en sus últimos instantes y recibiendo su último suspiro a tiempo en que, dándole la Bendición Apostólica, aplicaba su anillo pastoral a los labios de la agonizante.

Al día siguiente, celebró Misa en la capilla por el alma de la difunta y asistió a sus exequias, las cuales resultaron solemnísimas, tomando parte en ellas todo el clero de Montmorency y acompañando al cadáver hasta la sepultura un inmenso gentío de todas las clases sociales, proclamando a voz en grito a la difunta: Mártir de la revolución española. Enterrada en el cementerio común, señalose su sepultura con una losa y en ella hizo inscribir la Sierva de Dios, mi Madre Patrocinio, esta inscripción: «Aquí yace la Rda. M. Sor María del Carmen de Jesús Nazareno, que falleció el día 15 de septiembre de 1869: rogad por su alma».

Como el objeto de la visita del Ilmo. Sr. delegado de Su Santidad fue solo enterarse en nombre del Santo Padre de la situación de nuestra venerada Madre y sus religiosas y consolarnos en nuestros destierros, apenas se hubieron terminado las exequias de la difunta Madre Nazareno, se retiró su Ilma., dejándonos llenas de consuelo en medio de nuestro quebranto y amargura. Tenía la M. Nazareno, cuando murió 60 años de edad y de religión 23, habiendo sido novicia de la Sierva de Dios en el convento de Jesús en Madrid, y Abadesa en el de Guadalajara.

Pocos días después de la muerte de la Rda. M.  Nazareno, escribía la Sierva de Dios a la M. Concepción, Abadesa de Torrelaguna, la siguiente carta que es un verdadero panegírico de la virtuosa difunta. Dice así la Sierva de Dios:

«Mi amadísima y muy querida hija mía Concepción, Jesús sea en tu corazón derramando sus gracias, bendiciones y consuelos en tu alma, como le pido y deseo que de iguales bendiciones disfruten todas esas mis amadísimas hijas. Nada te digo de la muerte de nuestra amadísima M. Jesús (q.e.p.d). Sabes cuánto yo la quería y cuánto me ha servido para todo siempre; Dios se lo ha premiado, pues su muerte ha sido angelical y como un sueño en brazos de Jesús amoroso y de su Madre Santísima; pero todavía en el Purgatorio; por lo que debemos ofrecer sin cesar nuestras oraciones; porque muy pronto goce de la vista completa del divino Esposo. Ya ves, hija mía, si te hablo con confianza…» Sin duda la Sierva de Dios tuvo clara noticia de la suerte final del alma de la Rda. M. Nazareno, como se manifiesta por las palabras de la precedente carta; pero aún se ve más patente que fue así, por lo que vuelve a decir a la misma Abadesa de Torrelaguna, un mes después de la muerte de la M. Jesús: «Aleluya, aleluya, aleluya: (con esta entrada empieza) ya ves el principio de esta carta, que te causará mucha alegría; pues digo, tengo encargo de que aunque no lo necesite, se hagan oraciones lo mismo; porque además de servirle de accidental gloria, las animitas siempre esperan y no hay que aflojar; contesta mi predilecta hija y mil enhorabuenas. Adiós, queridísima hija mía, ya conocerás si estaré contenta. Memorias a todas las personas amigas, recíbelas de todas y el agradecimiento de la gloriosa criatura que llamabas tu abuela…». Así consoló Dios a su amada Sierva y  la fortaleció en la pérdida de tan esclarecida y fervorosa hija la M. Jesús Nazareno.

No olvidaba ni un momento siquiera la Sierva de Dios a ninguna de sus hijas de España y, a pesar de las estrecheces con que vivíamos las de Francia, ingeniábase para recoger algunas limosnas extraordinarias que poder repartirles, enviándolas a los diferentes conventos donde se hallaban reunidas. En esto mismo invirtió algunos fondos de reserva que tenía la Sierva de Dios antes de su emigración a Francia.

Cuando la Comunidad de Montmorency y Bayona quedaron convenientemente establecidas, recibió mi venerada Madre a las religiosas dispersas de los conventos de El Escorial y de La Granja, ofreciéndoles amparo y protección a su lado en Francia, si espontánea y libremente querían irse allí a continuar de nuevo su vida religiosa. Ya se indicó arriba que por lo precipitado y violento de la exclaustración, algunas monjas de los conventos citados se fueron con sus padres y otras se pusieron a servir. Al ser llamadas ahora por su vigilantísima y bondadosa Madre, todas ellas acudieron a su llamamiento y emprendieron el viaje a Francia, en medio de grandes peligros y sufriendo los trabajos inherentes a la persecución. Al llegar algunas de ellas a Valladolid, los espías revolucionarios las echaron mano, creyendo que las acompañaba mi Madre Patrocinio, y las pusieron en un calabozo de la cárcel, donde las tuvieron unos días, hasta que se convencieron que no era ninguna la Sierva de Dios. Mucho sufrieron las pobres encarceladas, y contaban, que todo el tiempo que las tuvieron en aquel encarcelamiento, no hicieron más que rezar a la Virgen Santísima y a todos los santos. Cuando se vieron libres, dando gracias a Dios, prosiguieron su viaje hasta juntarse en Bayona con las demás que iban llegando en tandas, más o menos numerosas, según podían. Junto con las religiosas, y como su capellán y Vicario, iba un venerable religioso, partícipe también de los malos tratos de los enemigos de mi venerada Madre en aquella ocasión. Más de cuarenta religiosas pasaron esta vez la frontera de Francia, siendo recibidas en Bayona por nuestra comunidad con el gozo que es de suponer. En cuanto la Sierva de Dios tuvo noticia de su llegada, se puso en camino para abrazar a sus atribuladas hijas y, observando que era imposible vivir todas en el convento de Garat, con las debidas licencias, buscó una casa mayor en un pueblecito cercano a Bayona llamado Saint-Etienne, y allí trasladó a parte de las religiosas, dejando desalojada, para no volver más a ella, la casa de los Condes de Garat, y reservó para Montmorency las demás; pues mi amada Madre, con su Comunidad de Montmorency, pasó enseguida a la nueva fundación que se preparaba en Bonneuil.

CAPÍTULO XXXVIII

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Otra fundación en Bonneuil. — Son recibidas en triunfo. — Veladas santas. — La Sierva de Dios devanaba. — Un sueño que parece revelación. — Éxtasis maravilloso. — Sangran las llagas de la Sierva de Dios. — Música que sabe a gloria. — Eran un solo corazón y un alma sola. — Ecos de guerra.

 

Una de las cosas más admirables en la vida de Santa Teresa de Jesús, es, sin duda alguna, la confianza ilimitada que tuvo la Santa en la divina Providencia, al hacer sus fundaciones, muchas de las cuales empezó a hacerlas «sin una blanca». Bastaba a su valiente y enamorado corazón ver colocado al amado de su alma Sacramentado en el camaranchón más destartalado y oscuro, para tener por un hecho el establecimiento de su comunidad en aquel lugar. ¡Qué les importa a los santos no poseer oro, ni plata, si poseen y disponen como quieren del amor de Jesucristo! También en la vida de esta nueva Teresa de Jesús, como alguien ha llamado a mi venerada Madre, venimos viendo eso mismo: el modo providencial con que se hicieron nuestras fundaciones por esta Sierva de Dios, sin otros auxilios que los que Él le prestaba, según iba siendo necesario. Siempre estaba agotado el erario terreno para ella, y, sin embargo, jamás vaciló en emprender nuevas fundaciones, en gloria de su divino Esposo, cuyo erario lo consideró en toda ocasión, sobreabundantemente lleno. De ahí su ningún apuro, ni temor, cuando era necesario fundar.

Divididas nuestras religiosas llegadas de España entre los conventos de Saint-Etienne y Montmorency, se hacía preciso, para el más perfecto orden y observancia regular, disminuir el personal de ambas Comunidades, formando una nueva, no lejos de ellas; pues tenían que prestarse mutua ayuda, y la Sierva de Dios quería tener a todas a la vista, en cuanto le fuera posible. ¿Cómo hacerlo? Agotadas todas las existencias en los viajes de las emigradas y en pensiones a las demás que quedaran recogidas en conventos de España, no le quedaba más remedio a la Sierva de Dios que recurrir al favor divino en la oración; y fue de ella, efectivamente, de donde sacó la resolución heroica, aunque dolorosa, de vender una de las mejores alhajas de la Santísima Virgen del Olvido, regalo de SS. MM. D. Francisco y Dª Isabel a la misma divina Señora. De hecho, con la real anuencia de SS. MM. y la licencia expresa de los Emmos. Sres. Cardenales de Toledo y París, más la del Ilmo. Prelado de la Diócesis, mi santa Madre se desprendió de dicha alhaja, por el precio de «cerca de cinco mil duros», como ella misma dejó escrito; y enseguida, con las debidas formalidades, en presencia del Excmo. Sr. Duque de Baños, al que S. M. el Rey se dignó comisionar para que, con el Notario y demás señores necesarios al caso, tratara tan grave como interesante asunto, se hicieron las escrituras de la compra de la casa, o castillo de Bonneuil, que, desde entonces, perteneció, de hecho y de derecho, a mi venerada Madre y su Comunidad, evitando de este modo los enormes gastos que ocasionaban el pago de los alquileres de las casas[47].

Esta de Bonneuil era hermosísima, muy propia para convento, con mejores condiciones de clausuras que en las de Saint Etienne, Montmorency y las demás que, hasta esta fecha, habíamos tenido en Francia. Estaba más retirada de París que la de Montmorency y era muy propia para el recogimiento y tranquilidad que la Sierva de Dios deseaba para sí y sus religiosas[48].

Como dejamos indicado arriba, estaba dispuesta ya la traslación de nuestra Comunidad de Montmorency a Bonneuil, cuando ocurrió la muerte de la inolvidable y fervorosa Madre de Jesús Nazareno; así que, al día siguiente de sus exequias, el 17 de septiembre, a petición del Sr. Cura Párroco, salimos para Bonneuil cuatro religiosas Sor María Antonia de Ntra. Sra. de los Ángeles, Sor Mª Carmen de la Natividad, Sor Mª Tomasa de San Rafael (lega) y yo: llevábamos comisión de nuestra venerada Madre de examinar las condiciones de la nueva casa, de vigilar las obras de reparación más precisas que habían de hacerse, antes de tomar posesión la Comunidad, y de preparar lo más necesario para las religiosas, en los primeros momentos. Con nosotras fueron también los Excmos. Sres. D. Juan Antonio de Quiroga y D. Vicente Enríquez, Marqués de la Concepción y padre político del Sr. Quiroga, los cuales prosiguieron su viaje a París en el mismo día. A la entrada del pueblo, nos esperaba el Sr. Cura Párroco y, todo bondad, nos acompañó a la iglesia a visitar el Santísimo Sacramento, llevándonos, enseguida, a su casa y, después, a la nuestra, de la que cuidaba un hortelano con su esposa y una niña pequeña.

Solas ya en aquel inmenso y destartalado caserón, recorrimos sus grandísimas habitaciones y observamos que faltaban a las puertas y ventanas los cerrojos y llaves necesarias para nuestra seguridad, siendo esta la causa de los grandes sustos que pasamos en los pocos días que tardó en llegar la Comunidad.

Nos instalamos en las habitaciones más interiores y seguras del segundo piso, y, excepto las horas que invertíamos en el rezo del Oficio divino, oración, Misa y comunión, que las pasábamos en la Iglesia parroquial y los ratos en que inspeccionábamos las obras de reparación, allí nos estábamos encerradas; y, por la noche, nos encomendábamos a Dios, a la Santísima Virgen y a todos los Santos, velando dos religiosas, mientras las otras dos descansábamos, sentadas en el suelo.

Gracias a la bondad del Sr. Cura, que nos facilitaba las llaves de la iglesia, ningún día dejamos de cumplir con todas nuestras obligaciones religiosas, guardando, además, el recogimiento que era posible. Mucho miedo tuvimos hasta llegar la Comunidad, pero mayor le tuviéramos, si hubiésemos advertido que había en la casa-castillo cuevas y subterráneos de no fácil acceso.

Así permanecimos los tres días que tardaron en llegar nuestra venerada Madre y demás religiosas; y, el día 20 de septiembre, a las once de la mañana, hizo la Comunidad su entrada solemne en Bonneuil, con asistencia del clero y pueblo que, en masa, salió a recibir a las religiosas, procesionalmente y precedido de la cruz parroquial.

Detenidos los carruajes a la entrada de Bonneuil, las religiosas se bajaron de ellos y, ordenadas en dos filas y aclamadas por los fieles, se dirigieron a la parroquia, en donde las esperábamos nosotras; y, cantado un solemne Tedeum en acción de gracias, el Sr. Cura hizo al pueblo una muy sentida y ferviente exhortación, recomendando a todos la gratitud más singular a Dios, por haberles favorecido del modo que veían, trayéndoles una Comunidad de religiosas españolas de la Virgen Inmaculada. Enseguida, procesionalmente, como habían entrado, fuimos llevadas todas las religiosas a nuestra casa, en cuyas habitaciones de la planta baja, recibimos los plácemes y saludos de rúbrica; despidió nuestra venerada Madre a los señores principales que nos acompañaban, y se cerraron las puertas de la clausura, quedando dentro la Comunidad y comenzando desde aquel mismo momento su vida regular ordinaria.

En Montmorency quedó de Abadesa de las religiosas que iban llegando de Saint-Etienne Sor Mª Alfonsina de Ntra. Sra. del Socorro, religiosa francesa que en la época de la revolución estaba en nuestro convento de Manzanares y pidió con grande empeño a la Sierva de Dios que la llevase consigo a Francia, por ser su país natal, como lo hizo, cuando tuvimos casa en Bayona.

La primera diligencia de mi venerada Madre en Bonneuil fue abrir una capillita al culto, con el Santísimo Sacramento, y un coro provisional para el rezo de las Horas Canónicas. Todo estuvo dispuesto en muy poco tiempo y, dando aviso de ello al Prelado, este envió, en representación suya, para la inauguración de la capilla, al Muy Ilustre Sr. Vicario General de la Diócesis, quien la bendijo y celebró en ella la primera Misa, cantada por las religiosas, asistiendo gran concurso de fieles, no solo de Bonneuil, sino también de los pueblos inmediatos, y mucho clero.

Nuestra vida en Bonneuil era, además de muy tranquila, «muy para alabar a Dios», como diría Santa Teresa; pues a los consuelos y alegría de estar con Su Reverencia (nuestra Santa Madre), juntábase una perfecta unión entre todas y un fervor verdaderamente singular. Sin duda, Dios quería que no nos fuera tan amargo el pan del destierro y nos proporcionaba, lo que vale más que todo y lo suple todo, su paz celestial y su amor divino.

Muy estimadas y muy queridas de todos, no solo no nos molestaba nadie, sino que, por el contrario, nos favorecían las gentes cuanto podían, con sus limosnas y dándonos trabajo de labores de mano, en abundancia, de manera que, con lo uno y lo otro, sacábamos lo necesario para atender a todas las necesidades de la Comunidad, sin que por eso alterásemos en lo más mínimo el orden de los actos de la misma, y sin que omitiéramos ninguna de nuestras prácticas religiosas.

Antes por el contrario, aprovechábamos para trabajar, en cosidos y bordados, para tiendas y particulares, las horas libres, y lo hacíamos, reunidas las religiosas en la pieza de labor, y, por la noche, después de la cena o colación, volvíamos de nuevo y trabajábamos algún rato más, cuando era urgente entregar la labor. Nuestra venerada Madre, que por sus padecimientos habituales y falta de vista no podía coser ni bordar, acompañándonos siempre, se ocupaba en devanar y hacer media, con gran satisfacción nuestra, al verla a nuestro lado. ¡Oh veladas dichosas, en las cuales todo era devoción y santa paz, con la que era nuestro amado y riquísimo tesoro, la Madre de nuestras almas!

Felices en nuestro santo retiro, se deslizaban los días y los meses, sin apenas darnos cuenta de las privaciones que, necesariamente, teníamos que experimentar y de un sinnúmero de molestias que el estado material de la casa, convertida en convento precipitadamente, nos proporcionaba. Es cierto que las necesidades personales de las religiosas estaban cubiertas y que, dentro de la pobreza seráfica, de nada carecíamos; pero faltaba mucho que hacer y reparar en la casa, y de ahí los trabajitos que se sufrían, aunque muy gozosamente, como queda dicho: comíamos, al principio, y dormíamos en el suelo, y del mismo modo rezábamos, en el coro provisional, el Oficio divino. Las obras empezadas fue preciso suspenderlas, por falta de recursos, arreglándonos para todo del modo que podíamos, en unas habitaciones grandes, hasta que la Divina Providencia proporcionó a mi venerada Madre nuevas limosnas con que poder continuar las obras y terminar lo más indispensable. Una persona caritativa dio para ello mil francos y, habiéndose hecho cargo de nuestras necesidades más precisas y del trabajo con que las hermanas legas tenían que guisar la comida, por el mal estado de la cocina, fogón y demás, nos regaló una cocina económica y un carro de carbón de piedra, con harto agradecimiento de las religiosas, que no nos cansábamos de bendecir a Dios, siempre solícito y magnífico para con sus esposas.

El 22 de febrero del año siguiente de 1870, tuvimos el sentimiento de perder a la religiosa de velo blanco Sor Mª Rosa de la Purificación: murió en nuestra casa de Bonneuil, de pulmonía fulminante, después de haber recibido, con extraordinario fervor, los Santos Sacramentos de Viático y Extrema-unción, con los demás auxilios espirituales de nuestra Santa Madre Iglesia. Se le hizo un funeral solemnísimo y se la enterró en el cementerio común del pueblo, en sepultura que estaba a la vista de nuestra casa, para nuestro consuelo, ya que no le pudimos tener en haberla enterrado dentro de clausura, por estar prohibido por las leyes del país.

Cuando nuestra Comunidad de Bonneuil se volvió a España, expulsada, como todas las demás Comunidades de la nación francesa, en 1880, el cadáver de esta religiosa y el de Sor Mª de la Visitación que murió allí mismo años después (en 1873), fueron trasladados al cementerio nuevo, por orden del municipio de Bonneuil, y se les dio sepultura, en cajas distintas, en la tumba misma en donde descansaba el cadáver de otra religiosa nuestra (el de Sor Pauline de Ntra. Sra. del Olvido), fallecida santamente en el mismo convento el 23 de agosto de 1877.

Por lo que tiene de piadoso y edificante y sin darle más crédito que el que se merece el hecho en sí y en sus circunstancias, queremos contar a nuestros lectores lo que a pocos días del fallecimiento de Sor María Rosa de la Purificación, vio en sueños la virtuosísima religiosa Sor María Carmen de la Natividad. De repente un globo de luz iluminó la celda de la religiosa, de suerte que todo cuanto en la misma había se percibía claramente. En medio de aquel luminoso y resplandeciente globo estaba, encantadora y vestida de blanco, la religiosa difunta, quien con la mano hacía señas, como despidiéndose, a la vidente, y esta a su vez, le preguntaba, adónde iba tan hermosa y resplandeciente —«al cielo, al cielo»— le respondía, y, notando Sor Natividad que la Hermana de la visión tenía en el pecho una rosa encendidísima, le preguntó qué significaba aquella rosa; a lo que respondió, que era símbolo de la mucha caridad que en vida tuvo con todas sus Hermanas las religiosas, y añadió: —«Dichosas las que hemos muerto y las que mueran en vida de nuestra Madre; no sabéis lo que tenéis»-. Cuando despertó del sueño, quedó Sor Natividad tan persuadida de su realidad y de que, sin duda, estaba ya en el cielo Sor Purificación, que no dudó en contarlo después a toda la Comunidad, delante de la Sierva de Dios, que aunque no pronunció palabra alguna, en su actitud y gesto risueño y dulce comprendimos todas que, efectivamente, aquel sueño era una verdadera revelación del estado glorioso del alma de nuestra felicísima difunta, Sor Purificación.

Por estos mismos días, tuvimos todas las religiosas de la Comunidad otra dicha, bien grande por cierto. Hallábase la Comunidad reunida en el coro, en la Misa cantada de la Purificación de Nuestra Señora, cuando, de repente, vimos, con grande asombro y regocijo, elevada en éxtasis a nuestra Madre, como a media vara del suelo. Duró el éxtasis por espacio de una hora, y cuando volvió de él la Sierva de Dios, quedó ruborizada, aunque sabiendo nosotras cuánto sufría su humildad en semejantes casos, disimulamos de suerte que pudiera creer que nada habíamos notado. Por su parte, hasta de la religiosa, que por sus achaques, la asistía de día y de noche, solía ocultarse la Sierva de Dios, cuando podía evitar el ser vista en ese estado, o en otros parecidos con que solía favorecer a esta su Sierva el enamorado Esposo de su alma, Jesucristo Nuestro Señor.

Algunas veces, al lavarse, sucedía que las llagas de las manos la sangraban copiosamente, y, como no pudiera Su Reverencia evitar que lo notase, la religiosa que la asistía, decíale muy seria: «Retírate, Olvido (así se llamaba la que cuidaba de la Sierva de Dios en Bonneuil), que me confundes». Lo que hacía la religiosa, dejándola preparadas las vendas y los mitones que debía cambiarse la Sierva de Dios.

Ensayaban en el coro las religiosas, en una ocasión, por este tiempo, unos gozos al Santísimo Sacramento del Altar, estando presente la Sierva de Dios; y fue tal el ímpetu amoroso que, de pronto, sintió en su pecho, que, sabiendo iba a quedarse enajenada, dio un soplo a la luz y las dejó a oscuras, quedando todas en silencio, hasta que la Madre Trinidad nos avisó que ya podíamos encender. Entonces vimos a nuestra Madre privada del conocimiento, sentada en la silla de junto al órgano y toda hermosísima, que más parecía un ángel que criatura humana. Volvió en sí al poco rato, y, sonriente y cariñosa nos dijo: «Seguid cantando vosotras que ya lo habéis aprendido»; y se retiró a su celda. En verdad que nunca con más razón que en estas ocasiones, tan deleitables para nuestras almas, podíamos exclamar con el poeta: «qué descansada vida la que se goza lejos del mundanal ruido»; pues, a la paz resultante de nuestra vida de unión y de mutua caridad, se juntaba la inexplicable dulzura y felicidad que nos proporcionaba la presencia de nuestra santa Madre, toda luz, consuelo y amor para sus hijas. Era verdad que, viviendo juntos veinticuatro corazones, en nuestra Comunidad de Bonneuil, solo vivía en ella un solo corazón, al que estábamos unidas totalmente, el corazón de mi Madre Patrocinio.

Por este tiempo, habiendo ido Dª Isabel II con su hijo el príncipe de Asturias D. Alfonso a visitar a la Sierva de Dios, llevó consigo a un sujeto que, por no ser adicto a nuestra Madre, quiso Su Majestad que la conociera y viera el convento con la Comunidad, para que, por sí mismo se desengañara de lo equivocado de sus juicios.

Estaban Sus Majestades comiendo y algunas Religiosas servíamos a la mesa; mi reverenda Madre, por precisión, tuvo que salir para un recado que la llamaron y mientras suscitaron los ilustres comensales una conversación sobre las comunidades: no llegué a oír lo que el caballero habló, por lo bajo, sobre la cuestión de que se ocupaban, pero es cierto que el príncipe lo oyó desde su sitio y, dejando de comer, se levantó como por un resorte, y, con la energía y el carácter propios en Su Alteza, dijo, encarándose con el que había hablado: «señores, en mi presencia, nadie tiene que hablar nada en contra de la Madre Patrocinio, ni de sus religiosas, a las que yo tanto aprecio; pues siempre recordaré lo que debo, desde que nací, a sus oraciones».

La reina Dª Isabel II, que no se había percibido de lo que sucedía, al oír a su augusto hijo, enternecida, le atrajo hacia sí, abrazándole con todo el amor de su maternal corazón, diciéndole, al estrecharle entre sus brazos: «¡Bendito seas mil veces, hijo mío!». Todos los presentes se conmovieron, y el caballero aludido, no sin alguna confusión, se levantó y dijo: «Perdonen Vuestra Majestad y Vuestra Alteza, que no es mi intención ofender a la Madre, que, ciertamente, veo es digna de admiración y respeto, así como también sus Religiosas». Este señor dio después muchas pruebas de afecto hacia todas.

La espontaneidad del acto referido justifica claramente la sinceridad del aprecio y estima en que, tanto los Reyes, como sus augustos hijos, tenían a la reverenda Madre Patrocinio y a sus hijas.

Cuando más tranquilas estábamos en nuestra santa casa y una vez reparado lo más necesario en ella, estalló la guerra Franco-Prusiana. El peligro por aquellos pueblos era muy grande, por hallarse tan próximos a París hacia donde los prusianos avanzaban. El virtuoso Sr. cura párroco, D. Remigio Meillassoux, por el grande afecto que tenía a mi venerada Madre y a las religiosas, ofreció permanecer en el pueblo ínterin la Comunidad estuviera en el Convento, dispuesto a sufrir toda clase de privaciones y a afrontar todos los peligros. Se pensó en ponernos, y de hecho nos pusieron, bajo la protección de las embajadas Española, Francesa e Inglesa; a cuyo fin, nos autorizaron para poner las banderas de las tres mencionadas naciones: ya las teníamos hechas y preparadas para colocarlas cuando fuera necesario.

Nuestra Augustísima reina Dª Isabel II interesó también en favor nuestro a uno de los príncipes, o infantes, de la familia Real de Baviera. En fin, se hizo cuanto fue posible, por no abandonar aquella casa, comprada y restaurada a costa de tantos sacrificios. El Sr. cura cedía su casa, y cuanto fuera necesario, para convertirlo en ambulancia mientras durase la guerra, y nosotras, con el mismo fin, dejábamos toda la planta baja del convento, que podía quedar enteramente independiente de los otros dos pisos, sin que para nada tuviera que ver la comunidad con lo destinado a los heridos; pues, puertas, escaleras y demás, todo podía quedar por separado.

Este pensamiento, aunque tan hermoso, era algo difícil de realizar y bastante contrario a nuestra vida de retiro; sin embargo, estábamos resueltas a pasar por toda clase de privaciones; mas, bien pronto vieron no era posible poner en ejecución lo pensado; mucho menos, teniendo, como teníamos la Comunidad, la responsabilidad de las cuatro educanditas internas, cuyas familias, desde España, seguían, con la mayor ansiedad, todas las peripecias de aquella terrible guerra; así es que mi venerada Madre decidió, por último, sacarnos de todo peligro, retirándose hacia Bayona, en donde, como es sabido, tenía Su Reverencia alquilada una casa en Saint-Étienne para nuestras Hermanas, lanzadas de los conventos de El Escorial y La Granja.

 

CAPÍTULO XXXIX

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Momentos de suprema angustia. — Las Religiosas de Montmorency. — Confusión y laberinto. — Un protector providencial. — Tres días terribles en París. — Dios no nos abandona. — Sanas y salvas. — El Conde de Blac y el Sr. Olózaga (el embajador). — «Paso a España». — «El Dios de VV. las librará». — Nuevo peligroso percance en Bayona. — Más de sesenta monjas en Saint Étienne. — Las Siervas de María de Anglet en nuestro auxilio. — Dos meses de trabajo ímprobo. — Tres obreros que se salvan milagrosamente. — Nuevo bienhechor providencial. — Fonda en Guethary que parece Convento. — Dichosos pesqueros. — Pío IX nos consuela y bendice. — Otra vez a Bonneuil. — Hay que refugiarse en París. — En plena revolución.

 

Habiendo esperado en Bonneuil hasta el último momento, el día 7 de septiembre de 1870, de once a doce de la mañana, tuvimos que abandonar apresuradamente nuestro amado conventito[49]; pues nos pasaron aviso cierto de que muy en breve, estarían los prusianos en el pueblo. A pie, en un día malísimo de lluvias y vientos, tuvimos que hacer el largo trayecto que hay desde el pueblo a la primera estación, una legua, o más, de distancia.

En el camino nos acompañó el Sr. Cura Párroco, que iba a refugiarse en París; sentía más nuestras penas y fatigas que las suyas propias. Dios se lo habrá premiado todo en el cielo.

Llegadas a la estación, fatigadas en extremo y caladas de agua, por la lluvia torrencial que nos cogió en el camino, estábamos aun en la habitación del Jefe, descansando algo y esperando la llegada del tren que nos había de conducir a París, cuando supimos que el ejército prusiano había ya entrado en Bonneuil, Arnouville y pueblos inmediatos; que se hallaban alojados en el cuartel de las tropas francesas y la oficialidad en nuestro convento; en medio de nuestra honda pena, dimos gracias a Dios por haber salido tan a tiempo. En la estación de París, se unieron a nosotras las religiosas que estaban en Montmorency, a las cuales mi venerada Madre había dado aviso para que, inmediatamente, salieran, retirándose de los peligros de la guerra. Así lo hicieron todas, excepto la Superiora, que, como queda dicho en su lugar correspondiente, era francesa y no quiso seguir a la Comunidad, prefiriendo quedarse en aquellos sitios para cuidar a los heridos franceses y, al mismo tiempo, estar a la mira de lo que pasaba en la casa de Montmorency, para volver a ella cuando pudiera, lo que no fue posible, por la fuerza con que continuó la guerra. Por fin, tuvo que huir de aquellos peligrosos sitios y, voluntariamente, se retiró a una Comunidad o Beaterio de religiosas francesas.

Puede suponerse la aflicción de mi venerada Madre al verse sin casa, sin recursos y con más de cuarenta religiosas, que su maternal cariño ansiaba sacar de todo peligro: en muy grande nos vimos en París, pues allí todo era confusión y laberinto.

Un caballero bienhechor de la Comunidad que en Bonneuil nos había favorecido con algunas limosnas para terminar la obra y para las demás cosas indispensables, nos prestó de nuevo su protección llevándonos a su casa, donde, tanto él como su señora madre, llenos de caridad, nos dieron hospedaje a las cuarenta y tantas religiosas, a las educanditas, a los dos Padres Capellanes de ambas Comunidades y a nuestros demandaderos.

Tres días estuvimos esperando en París, y allí hubiéramos quedado y perecido tal vez por falta de recursos durante el sitio, a no haber mediado en favor nuestro, providencialmente, el embajador de España, Sr. Olózaga. Dos veces fuimos a la estación para tomar el tren, y las dos tuvimos que volvernos; pues era imposible la salida, por ser un sin cesar de salir trenes, todos con tropa; y como nosotras entre monjas y dependientes éramos tantos, en ningún coche teníamos cabida; así que, después de esperar hasta las once o más de la noche, tuvimos por último que volver a casa de la familia, donde tan caritativamente habíamos estado hospedadas. Con gran dificultad, encontraron coches para las pobres religiosas que, rendidas de cansancio, les era imposible hacer tan largo trayecto andando, como lo hicieron los PP. Capellanes y los demandaderos. Una vez colocadas las religiosas en los carruajes, salimos de la estación como se pudo; aquello y todo París estaba imponente; no se veía por todas partes sino grupos de revolucionarios con banderas negras y encarnadas, cantando, a la vez, la Marsellesa.

En medio de aquel confuso laberinto, se nos perdieron cuatro religiosas. Como ninguna entendía francés, se les dio a los cocheros las señas de la casa donde debían dejarlas; más uno de ellos perdió dicha apuntación y las llevó a otra parte. Las pobres religiosas, en cuanto vieron el portal de la casa donde paró el coche, conocieron no ser aquel el sitio de donde habían salido, y se resistían a entrar, explicándose como podían. El cochero insistía en que aquella era la casa cuyas señas le habían dado; ellas lo negaban; y así estuvieron un buen rato, sin entenderse, hasta que, por fin, el cochero tuvo el buen recuerdo de llevarlas a una fonda española, próxima a aquel sitio. Enterado el dueño de lo que ocurría y compadecido de las religiosas pagó y despidió al cochero; pues, como puede suponerse, ellas no llevaban ni un céntimo y el buen hombre reclamaba su paga.

La fonda estaba llena de gente; el amo de ella, todo bondad, les proporcionó una habitación en lo más alto y retirado de la casa, donde pudieran estar sin ser molestadas por nadie; la señora cuidó de que nada les faltase; pero ellas, aunque daban muchas gracias a Dios, porque les había conducido a sitio tan seguro, estaban llenas de pena y se pasaron toda la noche y parte del día siguiente llorando y encomendándose al Señor y a la Virgen Santísima.

Mientras tanto, los señores del hotel hicieron cuanto pudieron por averiguar las señas de la casa a donde debieron ser conducidas las religiosas.

Por nuestra parte, cuando ya, a las altas horas de la noche, nos vimos reunidas todas y advertimos la falta de las cuatro, fue grandísima nuestra aflicción, sobre todo la de mi Madre venerada. Nos pasamos la noche rezando letanías a la Santísima Virgen y pidiendo a Dios que estuvieran en sitio seguro y aparecieran pronto.

Al día siguiente se presentaron unos señores para pedirnos informes y manifestándoles que éramos religiosas españolas, se les hizo la explicación de todo: tomaron apuntación aun del color del hábito y del vestido que lo cubría, y, dándonos muy buenas esperanzas, se retiraron. El caballero de la casa donde estábamos hospedadas, dio también cuenta de lo que ocurría al Sr. Embajador Olózaga, el cual exclamó, admirado: «¿Pero todavía están en París la Madre Patrocinio y sus religiosas?»; y, compadecido, dio órdenes para que nos facilitasen la salida.

Averiguado, por ultimo, dónde estaban nuestras hermanas, nos las trajeron; y es imponderable la alegría de las unas y de las otras, al vernos, todas reunidas, después de tan terribles horas de angustia como habíamos pasado. El dueño de la fonda se portó hasta el fin como cumplido y noble caballero; pues, al preguntarle cuánto debían satisfacer por el alquiler del coche, hospedaje y demás de las cuatro religiosas, contestó que absolutamente nada, que quedaba bien pagado con la satisfacción y gozo que sentía en haberles dado asilo y en devolverlas a su Madre y hermanas. Ciertamente, en todo vimos la mano misericordiosa de Dios y la protección de nuestra Santísima y Purísima Madre. Jamás olvidaremos en la divina presencia a cuantos en aquella triste época de la emigración nos favorecieron.

Por fin, gracias, después de Dios, a los citados señores Conde de Blanc y Olózaga, pudimos salir, al día tercero, de aquel laberinto de París, no sin pasar antes muchos apuros y sustos y después de vencer grandes dificultades, por la mucha tropa que, sin cesar, era conducida, fuera de la metrópoli, a diversos puntos. Esperamos hasta no sé qué hora, y llegamos a temer que nos sucediera lo de las veces anteriores. Finalmente, el caballero que nos acompañaba, aprovechando un momento favorable, gritó, lleno de entereza y valor: «Paso a España»; y, en el momento, sin pronunciar nadie una sola palabra, se nos franqueó la salida.

Una vez instaladas en los coches de tercera que nos proporcionaron, dimos gracias a Dios y a la Santísima Virgen, y, en muy poco tiempo, nos presentamos en Bayona no sin grandes peligros; pues en la estación de Tours nos vimos rodeados de una turba de hombres que, por sus cantos, por sus palabras, y por sus ademanes y gestos, manifestaban también bien a las claras ser revolucionarios. Conocieron sin duda que éramos religiosas y esto exacerbó su furor, de tal modo, que, hasta una pobre mujer que andaba por la estación y que no sabemos a qué religión pertenecería, temiendo por nuestras vidas, se acercó a nosotras y, llena de compasión, nos dijo: «No tengan VV. cuidado, que el Dios de VV. las librará». Así fue, que nuestro misericordioso Jesús inspiró al jefe de aquella estación, que nos retirara de la turba, como lo hizo, entrándonos en una sala de primera, que cerró enseguida con llave, poniendo al mismo tiempo vigilantes por la parte de fuera. Allí pasamos gran parte de la noche, hasta que, por último, pudimos tomar el tren y proseguir nuestro camino.

Antes de partir el tren y contemplando la Sierva de Dios el cuadro desgarrador que presentaban los soldados franceses, apoyados sobre sus fusiles, esperando el momento de salida, al primer toque de corneta, se conmovió de tal suerte su corazón que, tomando en sus llagadas manos la imagen de nuestra Santísima Madre del Olvido, los bendijo con ella; lo mismo había hecho en París, pidiendo, al mismo tiempo, a la divina Señora, que no fuese destruida.

En Bayona nos aguardaba otro nuevo percance. Llegadas a la estación, nos encontramos con una multitud de gente que esperaba, según se decía, un tren de prisioneros prusianos; mas como íbamos nosotras en departamento de tercera, por no tener recursos para más, al vernos bajar en tanto número, con vestimenta tan rara (pues llevábamos el hábito cubierto con un vestido seglar, y en la cabeza una genovesa, haciendo aquel día en Bayona un sol abrasador), sorprendidos al vernos, se armó un gran alboroto, y cada cual decía su cosa. Ya se preparaban a rodearnos y a dar aviso a la tropa, que estaba allí mismo, a algunos pasos de distancia, para que nos llevara a la ciudadela; pero quiso el Señor que, a los rumores que circulaban, se acercase a saber qué pasaba una señora francesa (de mi familia, por cierto), que vivía cerca de la estación y había sido avisada por un sobrino suyo; la cual, conociéndonos a todas, nos apreciaba en extremo, especialmente a mi venerada Madre, y, abrazándonos muy enternecida, manifestó que no éramos, como creían, gente sospechosa, sino, muy al contrario, las religiosas españolas que, como ellos mismos podían recordar, habíamos vivido antes en las cercanías de Bayona, y que trasladadas después a Montmorency y a Bonneuil, volvíamos, huyendo de los peligros de la guerra.

Con esto, los ánimos se calmaron y compadecidos, se ofrecieron a cuanto pudiéramos necesitar de carruajes y demás, para ir a nuestra casa de Saint-Étienne, donde se hallaba la comunidad que mi venerada Madre había dejado instalada, compuesta de las religiosas expulsadas de El Escorial y de La Granja, según queda referido; lo que hicimos enseguida, acompañadas de mi prima Alejandrina (la señora que antes nos defendiera), llegando, por fin, al término de nuestro penoso viaje y siendo recibidas por nuestras hermanas con el mayor asombro; pues no tenían noticias de nosotras, ni nos esperaban.

En Saint-Étienne permanecimos algún tiempo, con grandes apuros; pues éramos muchas (tres comunidades) y la casa pequeña para tantas, por lo que a más de otras grandes privaciones, teníamos que colocarnos en los camarones como se podía, y, por las noches, dormir en una habitación y en un pasillo frente a la escalera, siendo esto lo menos que en esta ocasión se sufrió. Mi venerada Madre padecía lo indecible, no por su Rcia. sino por nosotras; y no descansó su infatigables celo y caridad, hasta proporcionarnos una casita pequeña en Anglet, pueblo muy próximo al monasterio llamado del Refugio, de religiosas Siervas de María.

Estas buenísimas religiosas fueron las que compadecidas, proporcionaron a la Sierva de Dios la mencionada casa, cuyos dueños eran una señora con tres hijos; personas muy piadosas, que nos hicieron, en el precio del alquiler y en todo, cuanta gracia pudieron, autorizándonos para que, de la huerta y jardín, tomáramos cuanto nos hiciera falta.

Tomamos posesión de esta casita el 25 de septiembre de 1870, y, una vez instaladas en ella, nos encontramos sin las cosas más precisas; pues, como nuestra salida fue tan precipitada, solo pudimos sacar un paquetito a mano, con lo más indispensable para el momento, alguna toca, pañuelos y, en fin, cosa tan poca, como puede suponerse en vida tan apresurada, en tan largo camino y a pie. Gracias a mi venerada Madre, en la mañana de aquel mismo día llevaron a París, para facturarlos hasta Bayona, algunos cofres y arcas que había preparados, en los cuales se contenía vasos sagrados, algunos ornamentos y la ropa de Iglesia más esencial para los primeros días, más algunos cofres, con ropa de uso de las religiosas, y unas mantas y camas. Aunque con mucho trabajo, se logró facturar también la sagrada milagrosa imagen de Jesús Nazareno y alguna otra. Todo lo demás quedó en el convento; no es posible calcular las pérdidas que entonces tuvimos.

Detenido todo el equipaje facturado en la estación de Bayona, por no tener recursos para sacarlo, resultó encontrarnos sin nada de lo más necesario; teníamos que dormir en el suelo, recostadas unas sobre otras. Así pasábamos, en esto y en otras muchas cosas, algunas privaciones, dando gracias a Dios y a la Virgen Santísima que de tantos peligros nos habían sacado.

Tan luego como las religiosas del Refugio se apercibieron de nuestras privaciones, ordenó la Reverenda Madre Superiora que nos mandasen de su convento jergones, colchones, sábanas, mantas, etc., y, con frecuencia, nos llevaban verduras y nos socorrían, hasta con algunas limosnas en dinero; también nos dieron médico y botica gratis. Ellas y mi prima Alejandrina nos proporcionaron además labor para fuera, con lo que se ganaba alguna cosa que, aunque poco, era un alivio en la situación en que mi venerada Madre se encontraba. En los meses de octubre y noviembre, a más de otras muchas labores de cosido, bordado, etc., hicimos noventa y cinco tiendas de campaña para los pobres soldados de la guerra; y yo creo que no acabábamos ninguna, sin rezar algo por los infelices que en ellas se habrían de refugiar. En todos estos trabajos, no es fácil explicar el gozo que experimentábamos, por hallarnos reunidas con nuestra amada Madre, cuya sola vista endulzaba todas nuestras amarguras y hacía sabrosas nuestras penas.

En esta casita de Anglet, el 6 de octubre, día de San Bruno, fue para nosotras terrible. A las once de la mañana, cuando estábamos la Comunidad en el refectorio, ocurrió una desgracia que nos afligió en extremo. Los señores de la casa, en su deseo de proporcionarnos cuanto veían que necesitábamos, con el fin de que tuviéramos el agua suficiente para lavar y para cuanto hacía falta, determinaron hacer obra en un pozo muy profundo, porque decían que en su fondo había una vena de agua. Emprendieron la obra, y, cuando ya habían encontrado lo que buscaban, al subir uno de los obreros, se rompió la soga y cayó dentro; el que estaba en el brocal del pozo se lanzó en su auxilio y cayó también; el maestro, que bajó a socorrerles, se vio igualmente en gravísimo peligro. Con grandes trabajos y exposición se logró sacar a los tres del pozo. El primero, salió herido en el pecho y algo trastornada la cabeza; el segundo, estremecía verle: tenía partida la piel de la cabeza y por un lado le colgaba sobre el hombro; el tercero, no daba señales de vida, todo ensangrentado, con una herida terrible en la frente y en las sienes, producida por el aro de hierro del cubo que le cayó encima; además, heridas y magullamientos en muchas partes del cuerpo, y en la planta del pie una herida muy atroz. Este infeliz creyeron moría aquel mismo día. Se le entró en la pieza de visitas, y allí, echado en unos colchones, se le prodigaron toda clase de auxilios y cuidados. Lo mismo se hizo con los otros dos, los cuales fueron trasladados por los señores de la casa a una habitación del demandadero y allí cuidábamos nosotras de proporcionarles todo el alivio que estaba en nuestra mano.

Hechas las primeras curas por el médico, cirujano y por la Hermana de Caridad del convento del Refugio que los asistía, ayudándoles nosotras en lo que era posible, lograron hacer volver en sí al que creíamos moribundo y sin esperanzas de vida. El pobre enfermo, en medio de sus acerbos dolores, demostraba una paz edificante. De vez en cuando, con voz apagada, se le oía decir: «¡Dios mío, Dios mío!, ¡mi pobre mujer, mis pobres hijos!. ¡Piedad, Dios mío, tener piedad de nosotros!». Parecía enteramente una imagen de Jesús en el sepulcro.

A la caída de la tarde, fue su pobre mujer; clamaba la infeliz por la vida y por el alivio de su esposo; no había corazón para ver aquella escena tan dolorosa. Mi venerada Madre, llena de compasión, trataba de consolar a aquella infeliz esposa, y, contestando a sus preguntas, la dijo, que no tuviera cuidado, que su esposo no moriría, sino que curaría pronto. Así se cumplió: Al anochecer, pasó la gravedad mortal y pudieron trasladar al herido a su casa en los mismos colchones en que estaba echado.

El alivio de los tres enfermos fue tan eficaz y pronto, que llamó la atención de cuantos tuvieron noticia de la desgracia. El más grave, o sea el que tuvimos en la pieza de visitas, a los quince días, fue a vernos con su esposa y sus tres niñitos, para dar las gracias a mi venerada Madre y a la Comunidad; pues decía, que aquella curación tan rápida y tan completa había sido un milagro. Antes de los dos meses ya estaba trabajando de nuevo en su oficio de albañil, como si nada le hubiese sucedido, llamando esto la atención hasta del mismo médico que le asistió.

Recordarán nuestros lectores que, con las religiosas del convento de Guadalajara, pasaron a Francia, para vivir al lado de la Sierva de Dios, cuatro niñas educandas de aquel colegio, sobrinas de otras tantas religiosas. Pues bien, al suceder ahora en Francia los trastornos que venimos historiando, uno de los padres de las educandas, el de la sobrina de la M. Jesús Nazareno, temiendo por la vida de su hija, marchó a Anglet con el propósito de traérsela a España, como lo hizo, no sin antes favorecernos cuanto pudo en las penosas circunstancias por que atravesábamos. Era a fines de octubre cuando esto sucedió. Vio el sitio retirado en que vivíamos y, lleno de compasivo afecto y caridad, lo primero que hizo fue pagar el importe de todos los equipajes detenidos en la estación, y después nos dio una regular limosna para las cosas más precisas de las que se carecía. Se llevó a su hijita; pero, preocupado por nuestra situación, antes de volverse a España, se detuvo en Bayona, para hablar a una familia española que tenía fonda y casa de baños en un pueblo llamado Guethary. Con dicha familia concertó el mencionado señor trasladar la Comunidad al expresado sitio; favor que la Sierva de Dios aceptó por los motivos ya indicados, de proporcionarnos algún medio más de subsistencia y por la estrechez en que estábamos en la pequeña casa de Anglet.

Concertado todo lo necesario de modo conveniente con los dueños de la fonda de Guethary, se hizo la traslación de nuestra Comunidad el día 12 de diciembre, en inmejorables condiciones y siéndonos muy grata la llegada, por hallarse la fonda a la orilla del mar, a cuya playa podíamos bajar sin inconveniente alguno.

En esta casa de Guethary también se pasaron bastantes apuros; pues, aunque procurábamos ayudarnos con trabajos de cosido, bordados, etc., según en todas partes lo hicimos, no era suficiente, y había que atender a dos religiosas enfermas: Solo la Providencia Divina pudo hacer, por las oraciones y sacrificios de la Sierva de Dios, mi Madre Patrocinio, que nunca nos faltara lo necesario para la vida, ni a sanas ni a enfermas. Se trabajaba cuanto se podía y Dios ayudaba en todo; nunca nos faltó labor, ya para los soldados de la guerra, ya para las ambulancias, o para personas particulares.

Seguíamos viviendo muy tranquilas, apreciadas de aquellas buenas gentes del pueblo y de los caseríos inmediatos; las cuales acudían todos los días festivos a nuestra capillita para oír Misa, y a los demás santos ejercicios que en ella se practicaban; en todos sus apuros iban a orar ante la sagrada imagen de Jesús Nazareno y de nuestra dulcísima Madre del Olvido. Como casi todos eran pescadores, cuando las barcas estaban en peligro (como sucedió con dos de ellas varias veces), las mujeres acudían al punto a nuestra capillita, en ocasiones, al toque del ángelus, y suplicaban y rezaban, con llanto y desconsuelo que partía el corazón verlas y oírlas.

Quiso Dios que, mientras mi venerada Madre estuvo en Guethary, se salvaran siempre las barcas de graves peligros; mas, a poco de nuestra salida, nos dijeron que habían perecido las dos; una de ellas era hermosísima. ¡Cuánto pueden las oraciones de los justos! En cuanto la Sierva de Dios tenía noticias de que los pescadores se hallaban en algún peligro, ya no sosegaba, y, sin cesar, clamaba a Dios y a su Santísima Madre que les salvase, como sucedía efectivamente.

Cierto día se salvó, casi milagrosamente, un navío que había en alta mar: Merced a este poder de intercesión de la Sierva de Dios, nos llamó a eso de la una de la tarde, y, señalándonos el sitio en que el navío se encontraba, estuvimos más de hora y media en penosa angustia, sin cesar de clamar a Dios y a la Virgen Santísima, por los infelices que en tanto peligro se hallaban. Lo que Su Reverencia sufrió entonces solo pudo apreciarse, por el gozo con que, pasado el peligro, se volvió a nosotras, diciendo: «Vaya, gracias a Dios y a la Santísima Virgen, se han salvado y ya el navío camina tranquilamente». Después de algunos días, se hizo público el peligro en que aquella nave se encontrara.

Habiendo arreciado la persecución a la Iglesia por estas fechas, en la sagrada persona del Santo Padre Pío IX, la Sierva de Dios, que ardía en santa fe y celo apostólico y, además, profesaba una singularísima devoción al Sumo Pontífice de la Inmaculada, le envió una fervorosa carta de adhesión y de desagravio, firmada por todas las religiosas de su Comunidad. A los pocos días recibía de un secretario particular del Santo Padre la siguiente respuesta: «Muy Rda. Madre: Nuestro Santísimo Padre Pío IX, ha recibido, con el mayor gusto, la respetuosa carta que el día 25 de noviembre último le habéis remitido, firmada por todas las religiosas de esa vuestra Comunidad.

Muy gratas le han sido y son las grandes demostraciones de amor y reverencia que, en dicha carta, le demostráis, en medio de la grandísima tribulación que le rodea; las cuales manifiestan vuestra sumisión, vuestro amor y cariño hacia el Padre común de los fieles, tan cruelmente perseguido por los impíos.

Todo esto ha colmado de gozo y alegría su corazón y su alma, como también el ver vuestra adhesión a la causa de la religión y de la justicia; por lo cual, espera dirigiréis, sin cesar, humildes, fervorosas y ardientes súplicas a vuestro celestial Esposo. Hallándose todos los fieles en el caso de pelear con firmeza y constancia por la causa de Dios, espera Su Santidad que vos perseveraréis haciéndolo también alegres y contentas.

Por mandato de Su Santidad, os hago saber, que su corazón y su alma están llenos de amor y benevolencia hacia Vos y vuestras hijas y, en prueba de ello, os da las más expresivas gracias y, con el mayor afecto, bendice a todas.

Muy Rda. Madre, con permiso de Su Santidad, aprovecha esta ocasión para ofrecerla sus respetos y servicios el que de corazón la ama y desea servirle.

Roma, 4 de enero de 1871. Carlos Nocela. Dependiente de Su Santidad, muy agradecido y encargado del negociado de las cartas escritas en lengua latina.

A la Muy Reverenda Madre María de los Dolores y Patrocinio, Abadesa de las Religiosas del Santísimo Sacramento. — Anglet, en Francia».

La precedente misiva se recibió en Guethary y llenó de consuelo y gozo indecibles nuestros corazones. Se nos da en ella el título regaladísimo del Sacramento, porque nos firmábamos nosotras «Esclavas del Santísimo Sacramento», en fuerza de nuestra formal esclavitud al Señor en la Eucaristía, de la que ya tenemos hablado en otra parte de esta Vida.

Aunque muy tranquilas en Guethary, celebrado el armisticio entre franceses y prusianos, faltó tiempo a la Sierva de Dios para volverse a Bonneuil, con el fin de recuperar la casa-convento comprado y dispuesto con tanto sacrificio, como dejamos relato arriba.

Así, pues, en el mes de marzo de 1871, salió la Sierva de Dios para Bonneuil, acompañada de P. Vicario y de cinco religiosas. En este viaje fue mucho lo que sufrió, al ver los estragos causados por la guerra: no había corazón para ver tanta desolación; todo eran ruinas en el trayecto y, en muchos sitios, la tierra aún eran ruinas enrojecidas de sangre; en otros, montecillos de tierra levantada acusaban los cadáveres allí hacinados unos sobre otros. Los heridos se hallaban hasta en las mismas estaciones: era un dolor verlos.

Tampoco faltó alguno que otro episodio que contar en nuestro viaje a Bonneuil: Uno de ellos fue que, cuando más descuidadas estábamos, se nos entró en nuestro departamento un individuo que, por las trazas, debía ser revolucionario; pues, su lenguaje era soez e insolente y, en sus formas, tan repulsivo, que, molestados todos los viajeros de los departamentos inmediatos, se propusieron lanzarle de allí y lo lograron. En su puesto se colocó un valiente soldado francés, muy atento y religioso, por cierto; el cual nos fue contando algunos sucesos de la guerra y, al llegar frente a un enterramiento de soldados muertos en una refriega con los prusianos, se santiguó y, con nosotras, rezó el salmo De profundis, con no pequeña edificación nuestra y de todos los que allí venían.

Llegados, por último, a Bonneuil, encontrando nuestro convento en un estado imposible de explicar. Cuanto habíamos dejado había desaparecido; de las habitaciones habían quitado los suelos de madera y aun algunas vigas, sin duda para hacer lumbre; las celdas estaban llenas de paja de los jergones que habían desocupado; la huerta toda estropeada y en ella el cadáver de un soldado, tan mal sepultado, que se le veía parte del uniforme: por acá y por allá en desorden, jirones de ropa y un casco de un prusiano hecho pedazos; en fin, que aquello estaba imponente y era imposible permanecer en el edificio.

Como cuando llegamos a Bonneuil estaban las tropas prusianas en Arnouville y no había nadie en el convento, ni en el pueblo, pudimos recorrer bien todos los sitios de nuestra casa, excepto los sótanos subterráneos, a los cuales de ningún modo nos atrevimos a bajar; y fue fortuna que no lo hiciéramos, pues supimos después, que allí había prisioneros franceses. Entramos en la casita contigua al convento, donde vivían el P. Vicario y los demandaderos; el piso bajo estaba abierto, pero, al llegar al segundo, le encontramos cerrado con llave; nos informamos después de la causa y nos dijeron que allí se alojaban dos o tres oficiales prusianos.

Como desde la noche del día anterior, ni mi venerada Madre ni las demás religiosas habíamos podido tomar el menor alimento y ya eran más de las tres y media de la tarde, me decidí a recorrer el pueblo con otra religiosa, para ver, si en alguna casa había quien nos diera algún refrigerio; pero ni un poco de agua pudimos proporcionarnos por estar todas las casas desiertas; solo en una encontramos a una buenísima joven, muy afecta a la Comunidad, que había ido apresuradamente con su familia, para ver el estado de su casa y marcharse enseguida. En cuanto nos vio, nos conoció, aunque íbamos disfrazadas con vestido seglar sobre el hábito; nos recibió llorando, siendo muy grande su aflicción, al no podernos socorrer con algo, pues ni un vaso de agua tenía en aquella ocasión.

Como la iglesia estaba desierta, entramos en ella y vimos que, aunque faltaban todos los bancos y sillas y estaban los altares desnudos, a las imágenes no habían tocado ni a lo demás del templo.

Entramos también en el cementerio, para visitar la sepultura de nuestra amada hermana sor María Rosa de la Purificación, y la encontramos sin el menor desperfecto; tampoco a lo demás del Camposanto habían tocado; solo se veían recientes sepulturas de soldados enterrados unos sobre otros. Desolador era aquello, aflictivo, lastimoso e imponente; como lo estaba todo el pueblo, abandonado por sus habitantes, que cada cual marchó a refugiarse donde pudo.

A pesar de esta desolación y soledad, mi venerada Madre hubiera permanecido gustosa en el convento, retirándonos a una o dos habitaciones, fiando a la divina providencia nuestra subsistencia; pues decía Su Reverencia, llena de fe y confianza en Dios, que no faltaría algún prusiano compasivo que nos proporcionara un poco de pan y agua, lo necesario para la vida.

En esto estábamos, cuando vino a sacarnos de nuestra indecisión la noticia que nos dieron los cocheros que nos condujeron de París a Bonneuil y esperaban nuestro regreso, de que, a la caída de la tarde, volvían los soldados prusianos al pueblo, como diariamente lo verificaban, para descansar en lo que ellos llamaban sus alojamientos. También nos dijeron que iba a estallar en aquel mismo día una revolución terrible en París[50]; que a las cinco de la tarde cerrarían las puertas y ya nadie podría entrar en la capital; por tanto, que si nos decidíamos a marchar, fuera pronto, pues ellos no podían esperar más. Con tan alarmante noticia, salimos presurosas de Bonneuil, a las cuatro y media de la tarde, marchando a París, en los dos carruajes que, con muchísimo trabajo, habíamos podido proporcionarnos.

CAPÍTULO XL

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Siempre tan bueno el Conde de Blac. — En medio de la Commune. — Un comunista peligroso a nuestro lado. — San José nos salva. — Siempre agradecidas. — En el tren sin poder marchar. — Llegada a Guethary. — Tributo de justicia a San José. — Una profecía de la Sierva de Dios. — Visita del Sr. Obispo de Bayona. — Sor Socorro de Abadesa a Bonneuil. — Visita de la Sierva de Dios. — Áureo documento. — De Guethary a Pau.

 

Fue, verdaderamente, providencial el aviso de los cocheros que nos condujeron a Bonneuil y muy estimable su caballerosidad, en esperarnos y prestarse a llevarnos a París en plena revolución; pero no le fue menos el que Dios nuestro Señor nos proporcionara de nuevo al que tantas veces, en lo humano, venía siendo nuestro ángel salvador, el Excmo. Sr. Conde de Blanc, siempre tan bondadoso y compasivo para con nuestra santa Madre y sus hijas.

Era ya de noche, cuando llegamos a París; y, no teniendo casa donde refugiarnos, nos dirigimos, en los carruajes a la del Sr. Conde, cuya piadosa madre tantas muestras nos tenía dadas de estimación y de caridad verdaderamente cristianas, siendo recibidas por tan dignos y buenos señores con las mayores muestras de cariño.

Pocas horas habían transcurrido, cuando estalló la revolución de la Commune[51], con tan malos auspicios para nosotras que, muy cerca de la misma casa en donde nos hallábamos, dieron muerte, aquella misma noche, a dos generales  del ejército francés. Al día siguiente, 19 de marzo de 1871, festividad de San José, estaba París entregado a las furias de la Internacional, siendo, humanamente imposible nuestra salida. Sin embargo, sin temor al peligro, por la mucha confianza que la Sierva de Dios tenía en su amorosa Providencia y no sin encomendarnos, con todo el fervor que pudimos, a la Santísima Virgen del Olvido y al Patriarca San José, después de haber negociado el conde de Blanc nuestra salida de París, yéndose a la Embajada, con grande exposición de su vida, a tratar el asunto con el embajador Sr. Olózaga y a obtener su permiso, salimos de la casa de nuestros insignes bienhechores para la estación, acompañadas por D. Carlos Grut, en sustitución del Sr. Conde, y por su encargo; el cual no temió en esta ocasión exponer su vida por salvar las nuestras; pues tuvimos que pasar desde la casa del Sr. Conde, a la estación, por medio de las turbas revolucionarias y por entre filas de cañones, preparados para estallar, a la primera indicación del más insignificante cabecilla revolucionario, como ya lo habían hecho en aquel mismo día.

Al llegar a la plaza de Vendôme, las turbas eran inmensas y las voces que daban para detener el carruaje aterradoras; más, el Sr. Grut, que iba en el pescante con el cochero, contestaba a los amotinados con una tranquilidad pasmosa y con un acierto que solo Dios pudo darle, en trance tan peligroso: «Dejad el paso libre; son de los nuestros». Gracias a tan oportuno ardid del Sr. Grut, los revolucionarios retrocedieron en su marcha hacia nuestro coche y nos dejaron pasar.

Uno de ellos, más atrevido sin duda que los demás, saliéndose de entre aquella turba furiosa y acercándose a nuestro vehículo, se montó en el estribo, no obstante el buen paso que llevaba, por salir pronto de tan gran peligro. Estuvo el comunista agarrado a la ventanilla, en el estribo, más de cinco minutos, mirando de hito en hito a todos, pero sin despegar sus labios; siendo de advertir que, aunque nosotras íbamos disfrazadas, nuestro Padre Vicario iba vestido con el traje talar y su sombrero de teja. Nada nos hizo semejante hombre; pero fue muy grande el susto que pasamos todas, por su carácter y trazas de revolucionario forajido y desalmado; aquellos cinco minutos, que para nosotras fueron siglos, los gastamos en encomendarnos con todo fervor a Dios, a la Santísima Virgen y a todos los santos.

La Sierva de Dios, desde el primer momento, encomendó nuestra causa a la valiosa protección de San José y, visiblemente, experimentamos su eficacísimo Patrocinio en esta ocasión, como en tantas otras la habíamos experimentado. Él fue, sin duda, quien nos salvó del peligro gravísimo en que nos vimos esta vez en París, por el estado de revolución en que se hallaba. Vimos más claramente que fue así, cuando nos dijeron que el comunista célebre del estribo de nuestro coche fue el que después, con otros forajidos, entró en el palacio Arzobispal de París a prender al Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo y el que leyó su sentencia de prisión y de muerte.

Le reconocimos, perfectamente, en una fotografía que a mí misma me dio el Sr. Cura de Bonneuil, en la que está el Sr. Arzobispo en su gabinete y los malvados que le prendieron para llevarle a la cárcel y fusilarle después. ¡Oh, qué tiempos tan duros y crueles, en que tantas víctimas causó la revolución de la Commune! ¡Se comprime el corazón al recordarles!

Nunca se borrarán de mi memoria aquellos días de tribulación, ni tampoco podré olvidar los inmensos beneficios que Dios nos otorgara por mediación de su Santísima Madre y del Gran Patriarca San José. Tampoco podremos olvidar, sobre todo delante de Dios, el favor extraordinario e inapreciable que, en esta y en otras difíciles circunstancias de nuestra expatriación en Francia, nos hicieron los Excelentísimos señores el conde de Blanc, con su señora madre, y el embajador por España, Don Salustiano Olózaga. ¡Juicios de Dios! ¡Quién hubiera dicho, en la primera época de las persecuciones de la Sierva de Dios, que su gran perseguidor, el promovedor de todas las calumnias y alborotos contra la «Monja de las Llagas», había de ser su bienhechor durante su destierro en Francia! Así sabe Dios convertir los males en bienes y hacer de Saulos enemigos y perseguidores de su santo nombre, verdaderos Pablos, vasos de elección y portadores de su Evangelio por todo el mundo.

Pasados los peligros que dejo referidos y otros más que sería prolijo enumerar, llegamos, finalmente, a la estación de París y, no sin grandes dificultades, pudimos adquirir los billetes de salida y montar en el tren, cuya marcha querían impedir los revolucionarios a todo trance: hasta de las estaciones del ferrocarril pretendían apoderarse.

Apenas se puso el tren en marcha tuvo que pararse, y allí estuvimos detenidos todos los viajeros, sin saber la causa, cerca de una hora, volviendo a pararse de nuevo si se ponía en marcha, con no pequeña angustia y pavor nuestro, por no saber el fin que aquello tendría y porque, sin cesar, oíamos los disparos de la lucha entablada en las calles de París. Quiso Dios que, después de un gran rato, arrancara el tren sin obstáculo alguno; y, aumentando la velocidad por momentos y atravesando campos sembrados de cadáveres de prusianos y franceses de la pasada refriega, llegamos finalmente, sin ser molestados por nadie, a Guethary, juntándonos enseguida con nuestras religiosas, cuya sorpresa al vernos fue grande, pues no nos esperaban, ni tenían la menor noticia de nosotras, y menos de la terrible situación en que nos habíamos visto, con tanto peligro de nuestras vidas. A medida de la sorpresa, fue la alegría que experimentaron nuestras Hermanas al vernos, corriendo parejas con semejante alegría el gozo nuestro, por vernos sanas y salvas al lado de nuestra amada Madre y en nuestro hermoso convento de Guethary.

Agradecidas a Dios y al glorioso Patriarca San José, en recuerdo y conmemoración del favor recibido de su gran Patrocinio, ofreció la Sierva de Dios, y con su Reverencia la Comunidad, celebrar anualmente, con toda la solemnidad posible, la festividad del Santo Patriarca, como de hecho se celebró siempre, desde aquel año hasta nuestros días.

Para encender más nuestro fervor y devoción al amoroso y dulce esposo de María, compuso unos devotos versos en su honor la Rda. M. Sor María Valentina de Ntra. Señora del Camino, los cuales se dicen en el refectorio todos los años en la festividad del Patrocinio de San José, con el semitonado tradicional de nuestra Orden, para semejantes casos.

Permanecíamos muy tranquilas en nuestro convento de Guethary, haciendo nuestra vida ordinaria de observancia de nuestra Regla y Constituciones y orando por la paz de Francia y demás fines piadosos de nuestro cargo, cuando enfermó de peligro Sor María Eustaquia de la Purificación; tanto, que dispuso la Sierva de Dios que volviese enseguida a España, con licencia de los Prelados, por si el clima francés era la causa de tan grave mal. Con harto sentimiento escuchó la enferma la indicación de nuestra venerada Prelada y así le dijo, que únicamente asegurándole Su Reverencia que no moriría y que había de volver a su lado, es como se decidiría a pasar a España, en busca de su salud, viviendo al lado de sus padres en Burgos… Entonces la Sierva de Dios le dijo, que tuviera confianza en Dios, que no moriría, sino que pronto se pondría buena y podría volver a su convento de Guethary; con lo cual Sor Purificación no dudó en emprender el viaje, y tuvo tanta fe en la promesa de su santa Madre, que, a los tres meses de su salida para España, volvió a Francia, sana enteramente de su peligrosa enfermedad, habiendo vivido, después, hasta el año 1907, que murió santamente en este convento de Guadalajara.

Por este tiempo, volvió a visitarnos Su Ilma. el Señor Obispo de Bayona, siempre tan cariñoso y atento con la Sierva de Dios y con sus hijas; y, al ver que, por las humedades que había en nuestro convento, resultaba insano, indicó a nuestra venerada Madre que sería muy conveniente que trasladase su Comunidad a Pau, clima superior para la salud y en donde habíamos de encontrar más medios de subsistencia que en Guethary. Agradeció mucho la Sierva de Dios el interés que, por el bien de las religiosas, se tomaba el Prelado y, aunque, por de pronto, no hizo uso de su consejo, le tuvo en cuenta para después, cuando fuera más apremiante la necesidad de trasladarnos, como efectivamente sucedió.

Cuando, pasado algún tiempo, se hizo la paz entre Francia y Prusia y, por lo tanto, no había inconveniente en volver a los alrededores de París, la religiosa francesa que dije anteriormente había deseado quedar a la mira de la casa de Montmorency volvió a ella, dando parte a mi venerada Madre de que la casa estaba en estado de poderla habitar y que, si la daba su licencia, quedaría en ella. No encontrándose mi venerada Madre con recursos para pagar los alquileres de aquella casa, y conociendo, por otra parte, que la religiosa francesa tenía gusto en permanecer en aquellos sitios, le propuso su reverencia pasase a nuestro convento de Bonneuil, que era casa propia, y, si quería, podía quedarse allí con dos o tres religiosas que Su Reverencia enviaría para que la acompañaran, posesionándose nuevamente de nuestra casa y evitando de ese modo la empleasen en otros usos. La religiosa francesa admitió, llena de gozo, la propuesta, y se estableció en el convento de Bonneuil (habían ya vuelto todos los habitantes) con una jovencita que llegó de París y que después tomó el Santo hábito, y, a muy poco, salieron dos religiosas de Guethary, una de velo negro y otra lega, para reunirse a la francesa y a la jovencita Paulina; anhelaba la Sierva de Dios con esta medida conservar aquel querido convento de Bonneuil, con esperanza de que hubiéramos vuelto a él toda la Comunidad algún día, cuando se hiciesen las obras más precisas, para poderlo habitar nuevamente.

Por este tiempo, nuestras hermanas de Torrelaguna pasaban muchos apuros y estrecheces; pues, a más de haberse reunido allí una Comunidad muy numerosa, con religiosas de los conventos suprimidos, les habían quitado la mejor parte del convento, para que le ocuparan las Hermanas Carmelitas Terciarias que los prelados reunieron a nuestras religiosas, y el local no era suficiente para tantas. Compadecida mi amada Madre, pensó en aliviar la situación de sus pobres religiosas, trasladando algunas a nuestra casa de Bonneuil; a cuyo fin y para ver y tratar el medio más conveniente para arreglar la traslación y de hacer las reparaciones más precisas en el convento de Bonneuil, para que pudiera ser nuevamente habitado por una Comunidad algo numerosa, pasó Su Reverencia a dicho pueblo en el mes de agosto de 1871, encontrándose allí ya con una pequeña Comunidad bastante bien ordenada, en cuanto el personal y las circunstancias lo permitían; pues, como la Superiora era francesa, según ya queda dicho, habían entrado algunas postulantes del país y seguían, en cuanto podían, nuestra santa Regla y costumbres. Por indicación de mi venerada Madre, habían establecido también Colegio externo gratuito, al que acudían muchas niñas del pueblo, siendo esto muy grato para sus habitantes y los de Arnouville.

Celosa siempre la Sierva de Dios del bien de sus hijas, aprovechaba cualquier ocasión que se le presentaba de alimentar sus almas con la doctrina celestial de que vivía su elevado espíritu; y escribiéndole por este tiempo una monja muy fervorosa acerca del resultado y fruto de unos ejercicios espirituales que acababa de hacer, dale la venerable Madre los documentos de perfección siguientes, verdaderamente de oro y dignos de un alma tan santa como la suya. Dice así la Sierva de Dios:

«Bidart, 16 de abril de 1871. A.S.L.S.T. – A.M.P.-[52]. Mi muy amadísima y querida hija mía Filomena: Jesús sea en tu corazón y en tu alma, llenándola de sus gracias y bendiciones. De gran consuelo me ha servido tu preciosa carta, dándome cuenta de los santos Ejercicios que has hecho, en los que indudablemente te ha ayudado el Divino Esposo y su Santísima Madre; pues de lo contrario, con tu quebrantada salud, no era posible; el amor de Dios, hija mía, todo lo vence y no hay para él dificultades. Gracias a Dios que tanto te ama y que tú procuras corresponder; muy contenta estarás habiendo hecho tu confesión (general) de dos años, y los propósitos de hacerlo todo a mayor honra y gloria de Dios, me gusta mucho; coronándolo con el segundo de guardar el mayor recogimiento interior; ya sabes que esta es siempre mi Doctrina; la Religiosa que tiene presencia de Dios, que procura estar interiormente recogida, atenta siempre a oír la voz del Divino Esposo, que le dirige continuamente actos de amor, de dolor, de agradecimiento, de alabanza, con el profundo dolor de haberle ofendido, esta religiosa no puede menos de santificarse, de recibir de su Divino Esposo pruebas de amor y de ser buena religiosa y buena Prelada que sabrá enseñar a sus súbditas con dulzura y con provecho.

Ya veo, hija mía, no has olvidado lo que tantas veces te decía, como a tus compañeras de Noviciado; la vida interior, esto es lo esencial; la obediencia, el cumplimiento de las obligaciones, esto es lo cierto, lo sólido, lo verdadero; las demás cosas se las lleva el viento y muchas veces, con un huracán de vanidad que pierde al alma. Gracias a Dios por todo, hija mía; sabrás, sí, enseñar a tus súbditas y santificar con tu ejemplo la Casa de Dios y sus Esposas, guiándolas por los caminos de la paz, de la verdad y de la justicia…

Ya conozco los buenos consejos que procuras dar a las religiosas, y sobre todo, que sean obedientes y no hagan nada sin mi licencia; pues si mañana tú tuvieras que dirigirlas, además de lo que agradas a Dios, el mismo Señor bendeciría tus trabajos cogiendo el fruto de la buena semilla que ahora siembras en santa paz y alegría. Si sabes que alguna escribe, o hace algo sin licencia, no lo consientas; tú sabes los perjuicios que eso trae después. En fin, hija mía, quizá Dios en sus altos juicios te habrá llevado a esa santa Casa para que ayudes al sostén de ella. Está muy tranquila y contenta ocupadita con tus santas Imágenes, que te den en el cielo una corona, de las muchas flores con que tú procuras adornarlas. Adiós, hija mía: que el Señor y Nuestra Madre Purísima te bendigan, te amparen, protejan y libren de todo mal. Recibe recuerdos de todas, y sabes cuánto y cuán de corazón te ama y bendice en el Dulcísimo de Jesús, María y José; tu Madre, Patrocinio».

Por este tiempo, también sucedió que, habiendo operado a una religiosa que vivía con la Sierva de Dios, se le reprodujo el mal pasados algunos años y, acuciada por el horror que tenía a una nueva operación, fuese a la bendita Madre y le contó llena de fe y confianza su trabajo y su miedo y terror grandes a operarse. Dijole la Sierva de Dios tocando al mismo tiempo el sitio donde tenía el cáncer: «Anda, que eso no es nada». La enferma creyó firmemente que así sería, por la virtud de su adorada Madre, y es lo cierto que han pasado desde aquella fecha veinte años, y está buenísima la aludida religiosa.

Sor María Apolonia del Sagrado Corazón, cuenta que estando ella, en el convento de San Vicente de Segovia, después de la exclaustración, le escribió una hermana suya de noviciado, llamada Sor Natividad, y le decía:

«Mi amadísima Madre Patrocinio acaba de hacerme un milagro grandísimo y es que, estando yo postrada en cama, sin poder moverme, y a juicio del médico, sin esperanza de mejoría y sin poder apartarse la enfermera de mi lado, tocaron a vísperas y díjela: “Váyase al coro”. —¿Está su caridad loca? — contestó la enfermera; — ¿y si sucede algo? —No querrá Dios, respondí, que me suceda nada. —Fuese la enfermera al coro, y yo, viéndome sola, sentí interiormente una gran inspiración de pedir a Dios lo siguiente: Dios mío, por los méritos que en vuestra presencia divina pueda tener mi Madre Patrocinio, dadme la salud si me conviene. ¡Cosa prodigiosa! Acabar de hacer la petición y en el momento encontrarme sana, fue todo igual. Me levanté, me vestí enseguida, y me fui al coro, que llegué al Magníficat. Al verme las religiosas, se asustaron y la enfermera se confirmó una vez más en lo que me había dicho y así creyó que, efectivamente, había perdido el juicio. Cuando vino a tomarme, yo la conté todo lo que había sucedido y como el Señor se había dignado darme la salud por los méritos de mi amadísima Madre Patrocinio; entonces todas las religiosas conmigo dieron gracias a Dios por el singular beneficio que acababa de hacerme. Con este milagro, dio Dios Nuestro Señor gran fe para que se creyera más y más y se diera crédito de la verdadera santidad de su fiel sierva y nuestra amadísima Madre Patrocinio.  Hace media hora que estaba baldada en cama, y ya estoy buena como cualquiera de vuestras caridades, todas me miraban con asombro, alabando a Dios en su gran sierva, mi amada Madre».

No había echado en saco roto la Sierva de Dios el consejo de Monseigneur Lacroix, Obispo de Bayona, de que nos sería más ventajoso el vivir en Pau que en Guethary, y dispuso efectivamente la traslación de la Comunidad a dicho pueblo, habiéndonos antes proporcionado mi venerada Madre una bonita casa llamada Villa Anita, en la inmediaciones de Pau.

Del afecto de los habitantes de Guethary para con la Sierva de Dios y su Comunidad, puede juzgarse no solo por las múltiples pruebas de todo género que nos tenían dadas durante los dos años próximamente que allí estuvimos, sino de un modo especial por el sentimiento y profunda veneración que mostraron en nuestra despedida. Sin apercibirnos nosotras antes de nuestra salida del convento, habían sembrado de flores y hierbas olorosas el trayecto que teníamos que andar a pie desde nuestra casa a los coches, presenciando al mismo tiempo nuestra salida multitud de gente, a pesar de ser muy temprano.

Sin incidente alguno, digno de especial mención, hicimos nuestro viaje felizmente, llegando a Pau el día 3 de marzo de 1872, siendo recibidas con las mayores demostraciones de entusiasmo y fervor hacia mi venerada Madre, por parte de todos los vecinos, sin distinción de clases, los cuales recordaban gratamente la estancia de la Sierva de Dios entre ellos, en su destierro del año 1852. Una vez instaladas en nuestra Villa Anita, dispuso enseguida mi amada Madre una habitación para capilla, y, reservando en el Sagrario al Santísimo Sacramento, la abrió al culto; siendo este espléndido desde el primer día, con gran concurrencia de fieles de uno y otro sexo; tanto, que fue preciso agrandarla, tomando una pequeña parte de la posesión, separando lo que hacía de coro por medio de una verja de madera. Nuestra vida en Pau, era la de todas partes; de gran observancia y religiosidad, sustentándonos del trabajo y de la limosna.

CAPÍTULO XLI

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Muerte del Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo. — Otra vez a Bonneuil. — La nueva Comunidad. — Visita del Nuncio de Su Santidad. — La Madre Trinidad al Cielo. — Casos milagrosos. — Fundación de Belloc. — El Sr. Lartigau. — Árbol seco que florece. — Los peces reverencian y obedecen a la Sierva de Dios.

 

Vivíamos tranquilas y dichosas en Pau gozando de la santa paz que resulta del cumplimiento de los deberes y obligaciones de la conciencia y practicando las virtudes de nuestro estado religioso con la mayor perfección posible, bajo la sabia dirección y santos ejemplos de mi venerada Madre Patrocinio, cuando nos llegó la, para nosotras, desgarradora noticia de la muerte del que había sido Padre y Maestro singularísimo de la Sierva de Dios y de sus hijas por muchísimos años: Su Eminencia el Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo D. Fr. Cirilo de Alameda y Brea, de la Orden de nuestro P. S. Francisco. Murió nuestro venerable prelado el día 30 de junio de 1872, a la avanzada edad de noventa y un años, después de una vida de virtudes heroicas, de ejemplos de extraordinaria santidad y de méritos singularísimos, delante de Dios y de los hombres. Había vestido el hábito franciscano a los quince años y a los treinta y seis fue electo en Ministro General de toda la Orden Seráfica; dejando después este honrosísimo cargo, para ocupar varias sedes episcopales de España y, por último, la Primada de Toledo.

Su muerte fue muy sentida y llorada por la Iglesia española y sobre todo, por nosotras, que con ella perdimos a nuestro gran protector y padre.

Este venerable Prelado conoció a nuestra venerada Madre desde muy joven; y por su elevado cargo, tuvo que saber los extraordinarios favores de la Sierva de Dios y ser excepcional testigo de todos sus trabajos y persecuciones, en los cuales la ayudó con sus consejos y prudentes mandatos, así como también con su especialísimo cariño y estima, siendo como su cirineo, en la larga carrera de su atribulada vida de infamias, de persecuciones y de destierros. ¡Gloria al bendito y santo Prelado, cuyo nombre será siempre entre nosotras honrado y venerado con todo el respeto y veneración que se merece, llevándolo grabado en nuestra memoria y escrito en nuestro corazón con caracteres de agradecimiento y de amor sempiterno! Al dolor de la pérdida de nuestro sin igual Padre y Prelado, se siguieron otras muchas pruebas bien sensibles por cierto. Por aquel tiempo, nuestras religiosas de Bonneuil sufrieron una gran contrariedad, pues la Superiora francesa Rda. M. Socorro, que hasta entonces se había conducido bastante bien, empezó a hacer sentir a sus súbditas los efectos de su carácter dominante, por causa de las tristes circunstancias que forzosamente tenían que atravesar; resultando que algunas de las postulantes francesas que ya habían ingresado, se salieron del convento, cansadas de sufrir el mal humor de la Prelada. Quedaron solas en la Comunidad con la Superiora, dos religiosas españolas y dos postulantes francesas.

En tan triste situación, las religiosas, incluso la M. Socorro, acudieron a la Sierva de Dios suplicándola fuese por allí a hacerse cargo de su situación angustiosa; y efectivamente, allá fue enseguida mi amada Madre, de acuerdo con los Prelados franceses y españoles, en los últimos días del mes de agosto de 1872, con el fin de ultimar, definitivamente, el asunto de la traslación de varias religiosas del convento de Torrelaguna al de Bonneuil, como venían suplicándoselo, respectivamente, las religiosas de una y otra parte; pues en el convento de Torrelaguna, les era imposible vivir juntas tantas religiosas como se habían reunido de los conventos suprimidos; y porque, obedeciendo a disposiciones superiores, se había instalado en la planta baja del convento una Comunidad de religiosas Terciarias de Santa Teresa.

Obtenidas por la Sierva de Dios las necesarias facultades de los Sres. Nuncio de Su Santidad en París y Obispo de Versalles, así como de los Prelados de España, se verificó la traslación de once religiosas de Torrelaguna en dos tandas, presididas las unas por el P. Vicario de la Comunidad, D. Juan Frutos Revilla, que se ofreció espontáneamente a seguirlas a Francia; y acompañadas las otras por los Sres. D. Juan Antonio Gascó y su esposa, hermana de la Rda. M. Concepción, abadesa de la Comunidad de Torrelaguna. A todos acogió mi venerada Madre llena de caridad, y dispuso las cosas de manera que nada faltase en lo material y espiritual a sus amadas hijas de la nueva comunidad de Bonneuil. Entre las religiosas llegadas de Torrelaguna, estaba la Madre Concepción, y a esta nombró la Sierva de Dios abadesa en el convento de Bonneuil, sustituyéndola en el de Torrelaguna con la Rda. M. Felisa de Sta. Filomena, que estaba de particular en nuestra Comunidad de Manzanares.

Terminado felizmente el asunto que motivó la ida de mi venerada Madre a Bonneuil e instalada ya la nueva Comunidad con su prelada, con gran contento de las dos religiosas y de las dos postulantes que antes había, y, al parecer, también de la Superiora anterior sor María del Socorro, determinó mi venerada Madre regresar a Pau, en cuanto recibiera la consoladora anunciada visita del Excmo. Sr. Nuncio de Su Santidad, que según había ofrecido, fue de París a Bonneuil, para ver y hablar con su Reverencia.

Este Excmo. Señor era un anciano venerable, lo más bondadoso y amable que puede imaginarse. Fue tanto el gozo que su Excia. recibió, al ver a mi amada Madre, que, no sabiendo cómo expresarlo (pues no hablaba el español) quiso abrazar a su Reverencia y lo hubiera hecho, si la veneración y la humildad de la Sierva de Dios no lo hubiese impedido, por la prontitud con que su Reverencia se postró a los pies del representante de Su Santidad, cogiendo al propio tiempo las venerables manos de Su Excelencia para besárselas.

No es fácil explicar las demostraciones de paternal afecto y cariño que el Sr. Nuncio prodigó a mi venerada Madre. Pasó toda la tarde con su Reverencia, hablando, confidencialmente, del origen de las fundaciones, de los conventos de España, de Francia, y de otra multitud de cosas. No es posible expresar los consuelos que en tan feliz día recibió mi Madre amada, como tampoco es fácil explicar cuanto, a nombre y por encargo del mismo Santo Padre Pío IX, dijo a su Reverencia el representante de Su Santidad, dando nuevamente a mi Reverenda Madre las más amplias facultades para todo cuanto, en todo tiempo y lugar, pudiera necesitar, como Fundadora y Superiora General de sus conventos, tanto en España, como en Francia y en otras naciones.

Terminada la larga entrevista del Excelentísimo Sr. Nuncio con mi venerada Madre, después de bendecir a su Reverencia por tercera vez, pasó su Excelencia Reverendísima un rato con la Comunidad, y, al despedirse, cerca ya de la puerta reglar[53], nos dirigió, en francés, una preciosísima plática, terminando con las más paternales bondadosas palabras a nombre de Su Santidad, exhortándonos a seguir siempre los ejemplos de las admirables virtudes que resplandecían en nuestra venerada Madre, y a que correspondiéramos agradecidas a Dios, por el gran beneficio que Su Divina Majestad nos había concedido, al darnos por Madre, por prelada y fundadora a una alma tan santa. Pidió las oraciones de su Reverencia y de sus Religiosas para el Santo Padre, para sí, para las necesidades de la Santa Iglesia, para España, Francia, Italia, y para el mundo todo, porque es imposible transcribir aquí todo lo que su Excelencia Reverendísima nos dijo y nos recomendó, teniendo la gran bondad y paciencia de esperar a que se fuera traduciendo del francés al español lo que su Excelencia Reverendísima nos decía y exhortaba. Bendijo, por última vez, a mi venerada Madre y a la Comunidad; y, subiendo al coche y bendiciéndonos de nuevo desde él, regresó a París, dejando en nuestro corazón un recuerdo que no se borrará nunca; pues tan presente está hoy en el mío, como en aquel feliz día, que tuve la incomparable dicha de trasmitir las palabras de tan venerable y Santo Prelado a mi tan venerada y Santa Madre y a toda la Comunidad.

Cuando subimos de despedir a su Excelencia Reverendísima me dijo mi venerada Madre: «Qué señor tan santo; todo el tiempo que hemos estado con su Excelencia se me representaba y me parecía que estaba hablando con San Gregorio Magno».

El jueves 24 de octubre volvíamos la Sierva de Dios y esta su indigna secretaria a nuestra casita de Pau, a donde llegamos sin el menor contratiempo.

Nada particular ocurrió hasta el mes de marzo del siguiente año 1873, que tuvo su Reverencia el dolor de perder a la venerable anciana Rda. M. Sor María Juana de la Santísima Trinidad, Vicaria de la Comunidad, religiosa de vida ejemplarísima, de la que he hablado en varias ocasiones, y que, según opinión de mi venerada Madre, murió en olor de santidad; y así lo dejó su Reverencia consignado por su propia bendita mano en el libro de difuntas que se conserva en el archivo de esta Comunidad. Tan ejemplar venerable Madre falleció, con la hermosa muerte del justo, el día 10 de marzo del ya citado año de 1873, a los setenta y nueve años de edad y cuarenta de religiosa. Tomó el santo hábito y profesó en el convento de San José de Jesús María (Caballero de Gracia), en Madrid, siendo Prelada la Rda. Madre Sor María Benita de Nuestra Señora del Pilar. Pérdida muy sensible fue esta para mi Madre amada, que ofreció a Dios el sacrificio con la santa conformidad con que ofreció todas las aflicciones y amarguras de su padecida y santa vida.

No creo deber pasar en silencio lo que sucedió, primero en la última enfermedad de esta venerable anciana; y segundo, en dos hechos verdaderamente extraordinarios que sucedieron después de su muerte. Llevaba la Madre Trinidad algunos días bastante mal con un dolor en el costado, mas, como su fervor era tanto, aunque la decían que no asistiera a los actos de Comunidad y se dejara cuidar, no pudieron lograrlo; llamaron a mi venerada Madre, y su Reverencia, tomándola de la mano, la sacó del coro. Cuando subían las escaleras para ir a la celda, al llegar al descansillo primero, mi amada Madre, llena de pena y de cariño, dirigiéndose a la enferma le dijo: «Madre, ¿qué tiene Usencia?» esta, llena de fe, se enderezó de pronto, pues iba tan agobiada por el dolor, que apenas podía andar, y con voz entera, contestó: «¡Qué he de tener!, ¡qué he de tener, Madre!, la muerte encima, y Usencia, con sus oraciones, me la está deteniendo». Mi Madre venerada, al oír esta respuesta, inclinó la cabeza, como ofreciendo ya a Dios el sacrificio de la vida de aquella venerable anciana, de aquella columna de la Comunidad, como su Reverencia la llamaba. Dispuso la llevaran a la habitación destinada a enfermería, se llamó al médico, quien, reconociendo la gravedad del mal, ordenó se la administraran todos los Santos Sacramentos, los que la virtuosa enferma recibió con un fervor, que no fácilmente puede explicarse. Cuando antes y después de recibir el Santísimo Viático la aproximaron la Santísima Virgen del Olvido para que la adorase, abrazándose a la Sagrada Imagen, exclamó llena de fervoroso entusiasmo: «¡Madre mía! ¡qué hermosa eres! ¡cuántas maravillas he visto en ti y cuántas espero ver en el Cielo!». Así murió esta santa religiosa, cuya vida fue un ejemplar de virtudes en especial de humildad y caridad: expiró con el crucifijo en la mano, besando la llaga del costado. ¡Feliz muerte, que fue el principio de la verdadera eterna gloriosa vida! Los dos hechos admirables acaecidos después de su muerte, fueron los siguientes:

Sor María Josefa de San José, ejemplar religiosa y excelente organista de la Comunidad, sufría algún tiempo de un bulto que le salió en la muñeca de la mano derecha; se fue poniendo de modo, que el médico decidió sajarlo. La paciente no sentía tanto su mal como el impedimento de no poder tocar el órgano en las festividades próximas; así se lo manifestó a mi venerada Madre, y su Reverencia la contestó que ya dirían al médico esperase un poco, a ver lo que sucedía. Sucedió pues la muerte de la venerable Madre Trinidad y, cuando estaba depositada, de cuerpo presente, en la Capillita, dijo mi amada Madre a sor María Josefa de San José que pusiera su mano, o sea el bulto, sobre la mano de la difunta. La religiosa así lo hizo, y en el momento notó un alivio tan grande, que no sabía explicar lo que interiormente sintió; al día siguiente, ni señal del bulto había quedado; de modo que cuando tocó la misa del funeral, estaba completamente bien, y nunca más volvió a resentirse del padecimiento sufrido. Esto lo vimos todas, y esto contaba después repetidas veces la religiosa favorecida.

El otro caso fue, si cabe, aún más admirable; pues, estando el cadáver colocado en su ataúd en la capilla frente al altar, a cosa de la una de la tarde, la religiosa que estaba de vela oyó un ruidito que la llamó la atención, hacia el sitio en que estaba la difunta; algo sobrecogida, salió para avisar a alguna religiosa y se encontró a la Rda. Madre Sor María Isabel de los Remedios, que bajada apresuradamente para preguntar ¿qué había pasado? pues desde la habitación en que estaba (que caía sobre el coro), había oído un ruido hacia el sitio en que estaba el cadáver. Fueron las dos, bajaron a la capilla, y cuál no fue su asombro al ver que el cuerpo de la difunta se había vuelto de lado hacia el altar del Santísimo Sacramento. Admirando esta maravilla y alabando a Dios por ella, se confirmaron más y más en la opinión de santidad en que tenían todas a nuestra venerable anciana.

Por el año 1873 acudió a mi venerada Madre un respetable sacerdote francés que residía en Sauveterre de Bearn y tenía una casa en un pueblo llamado Belloc, del cual había sido Cura Párroco muchos años. Este virtuoso sacerdote pidió, con instancia, a mi reverenda Madre aceptara su casa, para instalar en ella una Comunidad de religiosas de su Reverencia, pues deseaba hacer ese obsequio a Nuestra Purísima Madre. No pudo mi amada Madre negarse a tan santos deseos, y, por consejo del Excmo. Sr. Patriarca de las Indias, D. Tomás Iglesias y Barcones, que se hallaba por aquella época emigrado en Francia y residía en Tarbes, desde donde iba con mucha frecuencia a Pau a visitar a mi venerada Madre y a la Comunidad, por consejo de dicho Excmo. Señor, repito, fue mi reverenda Madre a Belloc para ver la casita que, tan generosamente, le ofrecían. Vistos los deseos del sacerdote donante y que en la casa podía habitar una pequeña Comunidad, aceptó su Reverencia la donación, con aprobación del Ilmo. Sr. Obispo de Bayona y con la de los Prelados de España.

En este viaje a Belloc, sucedió que debiendo intervenir en el asunto de la fundación dos señores que estaban enemistados desde hacía mucho tiempo, por mediación de la Sierva de Dios se reconciliaron entre sí tan de veras, que allí mismo, en presencia nuestra y de los demás señores, se dieron un abrazo y se perdonaron entrañablemente, llorando y bendiciendo a Dios porque les había llevado allí a mi santa Madre.

Después de la visita hecha a la casa que para la fundación nos ofrecía el virtuoso señor Cura Monsieur Lartigau, regresamos a Pau; mas fue preciso volver a Belloc a poco tiempo, y esta vez nos acompañó el Excmo. Sr. Patriarca y su excelente Capellán, D. Francisco Gonzalbo. Vieron la casa, les gustó mucho y lo mismo la posesión y dependencias de ella; se enteraron bien de todo, y quedó decidido hacer, cuanto antes, la fundación y que, para las escrituras y demás formalidades de entrega de la casa, volveríamos de nuevo, pasados algunos días. Así se verificó, según deseo del Sacerdote donante. De Pau salimos para Orthez, y, ante el Notario de dicho punto, se hizo la escritura de donación en debida forma. El muy digno respetable Señor Lartigau de su casa de Orthez, nos llevó nuevamente a Belloc para ponernos en posesión de su casa, pidiendo, por todo pago y recompensa de su gran caridad, que rezáramos con él no recuerdo bien ya si cinco o siete avemarías a la Santísima Virgen, las que el mismo señor dirigió con el mayor fervor, contestando nosotras enternecidas. Tan luego como las hubo terminado, lleno de gozo aquel venerable sacerdote y enternecido también por la devoción y alegría que experimentaba, entregó las llaves de su casa, jardín y demás dependencias de la bonita posesión a mi venerada Madre, que las tomó con la mayor devoción y gratitud, dejándolas en poder del Señor Cura Párroco del pueblo; pues el Señor Lartigau residía en Orthez y nosotras teníamos que regresar a Pau, como lo hicimos en aquel mismo día, tomada que fue la posesión de la casa con todas las formalidades requeridas, según ya queda referido.

Desde el momento en que todo fue arreglado, pensó mi venerada Madre mandar a la nueva fundación parte de las religiosas que había en Bonneuil, cuya Comunidad era ya bastante numerosa, por haber entrado nuevamente algunas postulantes francesas. El día 31 de agosto de 1874, salió su Reverencia de Pau, acompañada de cinco religiosas de su Comunidad, las cuales estuvimos con ella todo el tiempo necesario para prevenir y disponer cuanto pudiera hacer falta.  Se arregló la habitación que había de servir de Capilla; se puso el Santísimo Sacramento; se colocó una campana pequeña, y el virtuoso dueño de la casa, señor Lartigau, celebró la primera Misa.

El respetable señor Cura Párroco del pueblo tuvo la atención de ir, en la tarde del primer domingo de nuestra llegada, a tener los ejercicios y la bendición del Santísimo en nuestra Capilla, en vez de hacerlo en la Parroquia; atención y fineza que mi venerable Madre y nosotras agradecimos mucho, sirviéndonos de gran consuelo. Los habitantes del pueblo acudieron a los cultos con el mayor gozo, en tanto número que, no pudiendo tener cabida ni en la Capilla, ni en el pasillo y habitaciones inmediatas al piso bajo, se estuvieron en la calle con el mayor recogimiento y fervor.

Con motivo de la invitación que mi reverenda Madre hizo al respetable señor Lartigau para que celebrara la primera Misa en la Capilla, contestó una muy atenta y cariñosa carta, en la que entre otras cosas, decía lo siguiente:

«Dios sea alabado y bendita sea la Inmaculada Virgen María y su fiel siervo San Francisco.

El Señor ha triunfado de todos los obstáculos y ha visto a sus fieles hijas, a sus vírgenes muy amadas, que errantes, lejos de su patria, buscaban un sitio donde reposar su cabeza, lo ha encontrado para ellas y se lo ha indicado. Solo Dios sabe las peripecias por las que ha pasado esa pobre casa antes de ser suya. Así será, no lo dudo, el grano de mostaza, que llegará a ser un día un grande árbol…

Saludo con agradecimiento y amor a Jesús, hecho mi huésped, mejor diré dueño y soberano de una casa cuya custodia me había confiado y que le he devuelto con el mayor gozo… Saludo con respeto a sus queridas esposas, cuyo corazón hablará innecesariamente a su corazón en favor del pobre cura que durante veinte y un años ha evangelizado los sitios que Vds. habitan.

Iré con mucho gusto, si cosa precisa no lo impide, a cantar el cántico de acción de gracias.

Escríbame Vd. directamente, teniendo cuidado que la carta la lleve un propio al correo de Puyoo a las doce en punto.

Y Vd. reverenda Madre Abadesa, reciba, para sí y sus queridas hijas mis votos y mis felicitaciones más sinceras para el tiempo y para la eternidad.

Su fiel servidor, en unión de los Sagrados Corazones de Jesús, María y José. — Lartigau Cura».

Después de celebrar la primera Misa el día de la Natividad de la Santísima Virgen, se cantó un Tedeum con toda la solemnidad posible y con asistencia de mucha  gente, que todos felicitaban al sacerdote donante, por la dicha que con la Comunidad les había proporcionado.

En esta fundación de Belloc ocurrió un caso verdaderamente admirable. Cuando acabamos de arreglar el altar con lo mejor que teníamos de sabanilla, mantelillos rizados y todo lo demás, para el día siguiente, que había de celebrarse la primera Misa, quiso mi venerada Madre poner un ramito de flores delante del Sagrario. Me mandó saliera a la huerta y llevara lo que encontrase. Nada encontré, pues solo había frutas en abundancia, pero flor, ninguna. Dije a mi venerada Madre que nada había encontrado; pues el arbolito de flor que había a un lado de la puerta de la casa que daba salida al jardín y estaba colocado en forma de enredadera, como habían hecho por allí algo de obra, se había secado por completo, no habían quedado más que ramas secas, útiles para la lumbre. Salió mi venerada Madre y, mirando aquel arbolito seco, me dijo: «¡Qué lástima! Anda, tráeme una jarra de agua». Se la llevé a Su Reverencia y la echó toda al pie de la planta seca; me pidió una segunda jarra y otra tercera y echadas las tres jarras de agua, me dijo Su Reverencia: «Déjalo ya, vámonos»; era ya anochecido. Al día siguiente, por la mañana, en cuanto me levanté, fui a ver el arbolito, con la esperanza de encontrarme algo extraordinario; no me equivoqué, quedando alegremente sorprendida, al ver el árbol tan hermoso, cubierto de hojas y florecitas, subiendo todo, como enredaderas, hasta más de la mitad de la tapia de la puerta. Llena de gozo fui a mi venerada Madre y a las religiosas; cogimos de aquellas milagrosas flores y, formando un ramito, mi Madre amada lo colocó, llena de fervoroso gozo, al lado del Santísimo Sacramento, o sea delante del Sagrario.

Antes de marcharnos a Pau, cogí yo del vaso una ramita con flor y me la guardé para perpetuo recuerdo del prodigio que todos vimos y admiramos; ramita que aún conservo, con otras muchas cosas de mi venerada Madre, en el archivo de  Comunidad.

Gracioso y admirable fue el caso que sucedió a nuestra salida del convento y que llamó la atención de cuantos lo presenciaron. En vez de pasar por el pueblo, quiso mi venerada Madre salir al campo y al camino real por el de la ría que estaba en la posesión del conventito al final de la huerta, y todos los días bajaba Su Reverencia, y bajábamos nosotras, a ver los pececitos y echarles miguitas de pan. Cuando llegamos a la orilla, nos detuvimos a contemplarla, y la multitud de pececitos que se acercaban saltando, tan al borde de la orilla que parecía querían salir del agua, tan hermosos y contentos, que era un recreo verlos; parecía se habían dado cita para despedir a mi venerada Madre: pues iban llegando tantos y tan cerca como nunca los habíamos visto y tan apiñaditos, que era una hermosura y hacía alabar a Dios. Mi amada Madre, que los contemplaba llena de gozo, les dijo con mucha gracia: «Adiós pececitos, no seáis tontos, no os dejéis coger». ¡Cosa pasmosa! Desde aquel día, ni en las redes, ni en el anzuelo, ni en la gran máquina que en el pueblo tenían para pescar, volvió a caer ni un solo pez. Admirados todos los pescadores, acudieron al señor Cura Párroco; y este señor con el maestro y otras muchas personas que nos acompañaban a la estación, ya oyeron también la despedida de mi venerada Madre a los pececitos, recordándola enseguida (y lo mismo las religiosas que quedaron en Belloc, que también se hallaban presentes), no tuvieron ya duda de la causa que motivaba aquel caso tan raro, tan nunca visto.

A instancias de alguien del pueblo, escribió el señor Cura a mi venerada Madre pidiéndole levantase la prohibición, pues los peces habían sido tan obedientes y seguían siéndolo de tal modo, que desde la despedida y encargo que Su Reverencia les hizo, ni uno solo había vuelto a caer. Que si se dejaban coger, ofrecían a Su Reverencia toda la primera pesca que pescaran para la Comunidad, que el mismo señor Cura llevaría a Pau. No fue menos gracioso y admirable el segundo caso que el primero, pues habiendo contestado mi amada Madre que bueno, que cogieran los que se dejaran coger, echaron la red de la máquina y solo pescaron un pez grande, hermosísimo, llamando esto la atención de tal modo que el señor Cura les decía con mucha gracia: «Como hemos ofrecido que lo que se coja será para las religiosas, no ha querido la Madre que caiga en la red más que lo suficiente para la Comunidad».

Esto mismo nos repitió cuando cumpliendo la promesa nos llevó a Pau al hermosísimo pez que había caído en la red, con el que hubo para un buen principio para la Comunidad. Después de este caso, por más esfuerzos que hicieron (que por cierto rompieron la máquina), no volvieron a coger ni un solo pez. Pasó algún tiempo y compadecida mi venerada Madre de los que clamaban por su pesar, escribió diciendo que no tuviesen pena, que ya los pececitos se dejarían coger como antes. Así sucedió. Este caso fue por extremo admirable y gracioso. Despedida de los pececitos, salimos como dejo dicho de Belloc el día 10 de septiembre por la tarde, llegando a Pau el mismo día, siendo recibida mi venerada Madre por sus amadas hijas con la alegría que puede suponerse.

CAPÍTULO XLII

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La peor de las persecuciones. — Triunfo de la inocencia. — Confortantes místicos. — Conversión definitiva de Sor Socorro. — Sor Socorro penitente.

 

Con motivo de haber pasado a Belloc la Madre Concepción, fue nombrada Presidenta de la Comunidad de Bonneuil la religiosa francesa que ya antes había sido Superiora; pues era la única que por entonces podía quedar al frente de la Comunidad, como conocedora de las gentes de aquel país, tanto más, cuanto que, como antes dije, habían vuelto a ingresar algunas jóvenes postulantes francesas; mas, esta presidencia duró poco; pues la mencionada religiosa, que a pesar de haber sido tratada en todo tiempo por mi venerada Madre y por la Comunidad con el mayor cariño, distinción y caridad, le ocasionó en diferentes ocasiones graves disgustos, y le proporcionó por último amarguras y penas, que no fácilmente pueden explicarse.

Durante la Prelacía de la Reverenda Madre Concepción en Bonneuil, esta infeliz religiosa, Sor Socorro, sin dar cuenta de lo que pensaba hacer ni a su Prelada local, ni a mi venerada Madre, ni a su confesor, ni a nadie de cuantos sobre ella tenían alguna autoridad, por sí sola, ayudada de una persona, a la que bien dio que sufrir a poco tiempo, pidió y obtuvo (según ella dijo, porque a nadie lo enseñó) un breve de Roma, para pasar a un convento de Bolonia, de Religiosas de la Visitación, de donde, a poco tiempo de entrar, la expulsaron.

La licencia para salir de la Orden la recibió siendo segunda vez Superiora de la Comunidad, o sea, después de haber pasado a Belloc la Madre Concepción. El 5 de agosto de 1871 marchó a París, diciendo a las religiosas que iba para hacer algunos encargos, y el encargo fue no volver más al convento, poniéndose en camino para Bolonia y dejando abandonada la Comunidad, sin que nada la detuviera en su arriesgada y temeraria empresa.

Afligidas las pobres religiosas, acudieron a la Sierva de Dios, su Rcia. lo hizo a su vez a los Prelados, y, de acuerdo con los mismos, dispuso marchar a Bonneuil, llevando por Abadesa de aquella Comunidad tan probada a la Reverenda Madre Sor Mª Gumersinda de San Pascual, nombrando Vicaria de nuestra Comunidad a la Rda. Madre Sor Mª Antonia de Ntra. Señora de los Ángeles, a la que puso en posesión de su nuevo cargo el día 8 de septiembre del mencionado año 1875.

El día siguiente, salió su Reverencia para Bonneuil con la Rda. Madre Sor María Gumersinda de San Pascual y cuatro religiosas más. Llegada al convento, fue mi amada Madre recibida por sus religiosas, es decir por sus afligidas hijas, con el gozo y el consuelo que puede suponerse. Enseguida, dio posesión de su cargo a la nueva Abadesa con las ceremonias acostumbradas en la Orden y en presencia del Sr. Cura Párroco D. Remigio Meillassoux, que, como Prelado, presidió y autorizó el acto, a nombre del Ilustrísimo Sr. Obispo de Versalles, que le tenía encomendado el cuidado de la Comunidad, cargo que dicho señor cumplió siempre con la mayor solicitud y paternal bondad, pues era grandísimo el afecto y la veneración que profesaba a mi venerada Madre y a sus religiosas, según puede verse por cuanto dejo referido en los sucesos de la época de la guerra franco-prusiana.

Muchos y muy grandes fueron los disgustos que con sus invenciones calumniosas ocasionó la religiosa francesa Mª Alfonsina del Socorro a la Sierva de Dios, y grandísima, heroica y admirable, como siempre, fue la paciencia, el silencio y la caridad con que mi Madre amada lo soportó todo.

Para que nada faltase en las persecuciones de esta víctima inocente, de mi amada Madre Patrocinio, permitió Dios, que fuese probada con la mayor y más sensible de las tribulaciones, – la de los «falsos hermanos». ¡Quién lo había de pensar! De entre sus mismas hijas salieron y fueron al Santo Padre las más horrendas calumnias e invenciones, interviniendo en ello un desgraciado sacerdote. Tan horrendo fue el libelo infamatorio presentado a su Santidad Pío IX, que lo arrojó lejos de sí, proclamando, al mismo tiempo, la inocencia de la Sierva de Dios, cuya virtud y atribulada vida conocía perfectamente.

Entre los difamadores de la Sierva de Dios, encontrábase la desgraciada Sor Socorro, y, fuese porque su odio contra la que tantos favores le tenía hechos devoraba sus entrañas, o, lo que es más probable, porque su conciencia no la dejaba descansar ni de día ni de noche, llegó un momento en que, saltando por todo y sirviéndose del engaño y de la calumnia, logró fugarse del convento de Bonneuil, pasando a Bolonia, donde, engañando también a las Religiosas de la Visitación, tomó el hábito de su Orden de manos de un Sr. Obispo.

De la tribulación que experimentara la sierva de Dios con este motivo, solo puede juzgarse teniendo presente su inmensa caridad y su celo por la salvación de las almas. Ella misma, mi venerada Madre Patrocinio, es quien nos cuenta el caso de su infeliz hija, exponiendo a la vez el estado de su conciencia y las disposiciones de su corazón para con ella, en cartas que escribe a los Prelados y a las religiosas. Y porque nos es imposible escribirlas todas, copiaremos solo una, escrita al Padre Vicario de la Comunidad, con fecha 21 de octubre de 1875. Dice así la Sierva de Dios:

«Mi muy estimado y venerado Padre Vicario: Jesús sea siempre su paz, su salud, su alegría y su consuelo, no olvidándose en sus oraciones de esta miserable. Enterado está V. ya del negocio de la que fue nuestra hermana, Sor María del Socorro. Ella ha sido religiosa profesa benedictina. Entró en nuestra Orden, creyéndola una señora seglar, porque nada de esto manifestó. Se la admitió con todas las licencias necesarias, habiendo sido puesta en vistas y tenido los votos de la Comunidad; salió a libertad, después de haber tenido su completo año de noviciado y hechos sus santos ejercicios.

Pues bien, esta religiosa, que viene a Francia pidiéndolo repetidas veces, por ser su país natal, sin contar con los Prelados de la Orden a que pertenecía, ni tampoco al Señor Arzobispo, ni a nuestro Prelado Provincial, ni a mí tampoco, ocultándose de todos, me asegura, y lo he visto escrito de su puño y letra, empezó por dar delaciones injustas, falsas de todo punto, al Sr. Obispo de Versalles, a quien esta Comunidad pertenece, y, valiéndose de la falsedad y mentira, ha hecho creer a algunos Sres. Obispos de por aquí no sé qué iniquidades, que jamás han sido pasadas por la imaginación de las pobres religiosas, mandando a Roma escritos infamantes y obtenido de la Santa Sede permisión para dejar nuestra Orden y para entrar como novicia en la Orden de la Visitación de Santa María, o sea de las Salesas, como llamamos en España. Se efectuó en la Orden su entrada el 21 de agosto, y ha sucedido lo que todos nos temíamos, que antes de dos meses ha sido lanzada del convento de la Visitación, donde tomó el Santo Hábito; ha venido a París, se ha puesto nuestro Santo Hábito y anda así por París, y solicita de nuevo se admitida. Usted conoce que, además de no quererla las religiosas, ya no es religiosa nuestra, puesto que por su voluntad dejó nuestra Orden. Me niego, como creo es mi deber, a admitirla, porque creo no debo en conciencia; pues para nosotras no es, repito, más que una señora seglar, que nos ha dado bastante que hacer, como V. no ignora, cuando ha pertenecido a la Orden. Suplico a V. me diga qué debo hacer en este caso. Usted sabe que las Comunidades, ninguna la votarán, ni las de aquí ni las de España, y no creo deban, habiéndose marchado, abandonando su Comunidad, siendo Prelada.

Las pidieron votación, después que ya estaba en el convento, por orden del Sr. Obispo de Versalles, y todas unánimemente votaron para que quedara fuera.

Esto es lo que ocurre hoy, bien sensible para todos. Hago a V. esta ligera reseña, porque V. sabe ya cuanto con esta pobre criatura ha pasado. Con Dios, mi Padre Vicario. Me recomiendo a sus santos sacrificios y oraciones, contando V. con las de su más atenta y agradecida hija, que le pide su santa bendición y besa su mano. — Sor María de los Dolores y Patrocinio, Esclava del Santísimo Sacramento”.

Las respuestas de unos y otros a las misivas de la Sierva de Dios, eran consoladoras en extremo para su atribulado corazón, y todos los Prelados, los Reyes y el mismo Santo Padre, la daban seguridades y se ofrecían a favorecerla salvando su inocencia.

Véase el juicio del Padre Provincial de nuestra Orden sobre la infeliz fugada y los consejos que da a la Sierva de Dios: «Ave María Purísima. Reverenda Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio: La gracia del divino Espíritu Santo sea siempre y consuele a vuestra Reverencia e ilumine también sus potencias e inflame su corazón, colmándole de bienes celestiales igualmente que a todas esas nuestras queridas hijas en J. C. Señor Nuestro con nuestra Inmaculada Madre, y en nuestro Seráfico Padre el Serafín de Asís. Ya en su tiempo, Reverenda Madre, fue en mi poder la muy sentida de vuestra Reverencia, fecha 22 del próximo pasado; ahora, para consolarla en la gran tribulación de que la contemplo poseída, de consecuencia en cuanto en aquella se sirve comunicarme y aproximándose la festividad del Patrocinio de la Santísima Virgen, con cuyo título honrase y justamente puede vuestra Rcia. honrarse, a fin de que por mi parte neutralice su pena en lo posible, empiezo mi contestación a su precitada felicitando a su Rcia. en ese su santo día, por mí y en nombre de todas estas sus hermanas e hijas que no olvidan ni olvidar pueden a una tan cariñosa Madre, por cuya vida, salud y prosperidad, rogamos diariamente al Dador supremo de todo bien óptimo y perfecto, no extrañando los disgustos y trabajitos que sin embargo permite y proporciona a vuestra Rcia., descubriendo lo que conviene y debe saberse, aun cuando acibare hasta lo profundo del corazón, sacando así el Señor bienes infinitos en los mismos males.

Así es, Reverenda Madre. Hasta ahora ignorábase lo que en realidad es y ha sido tristemente Sor María del Socorro; ya, gracias a Dios, lo sabe vuestra Reverencia. El Señor lo ha descubierto, alabémosle, porque nos dice claramente que jamás ni nunca ha pertenecido a nuestra Orden Seráfica, por ser del todo nulo cuanto después de profesar solemnemente en la muy ilustre y respetabilísima del águila de los Doctores, haya hecho esa infeliz apóstata, triste imitadora del miserable y despreciado Lutero, avanzando todavía este muchísimos más según sabemos: no permita Dios tamaños extravíos en esa desgraciada criatura.

En vista, pues, de tan reprobables antecedentes, no extraño, Reverenda Madre, antes bien apruebo en todo la absoluta negativa de este Ilmo. Sr. a admitirla, no digo en nuestra Orden, a la cual jamás perteneció, pero en ninguna otra; sino que vuelva queriendo a la suya primitiva de San Agustín, en la que con repetidísimos ejemplos de una sincera conversión, lave manchas tantas y subsane escándalos tantos[54]. Conviene desde luego prevenir a las Abadesas de esas Comunidades sobre el particular; aquí ya lo saben las Rdas. MM. Dolores y San Francisco (confesaba su Paternidad a las religiosas de Caballero de Gracia y a las de la suprimida Comunidad de El Pardo, reunidas en Santa Isabel) quienes al oírla, han tenido un grandísimo disgusto, suponiendo, doblemente, grande, el de vuestra Reverencia, que por mi parte deseo atenuar. Para esto, Reverenda Madre y habiendo ese Sr. Obispo hecho enteramente suyo el asunto, opino puede y debe vuestra Reverencia prescindir y desentenderse, contemplándose sin derecho a pedir por esa criatura, suponiéndola hija suya, que no lo es, por lo antes dicho, ni lo ha sido. Está, sí, muy necesitada en su espíritu; pidamos por ella como prójimo; compadezcámosla, encomendándola a Dios, y suplicando se sirva iluminarla para que reconocida, entre en cuentas, vuelva a su primitiva Orden y no se pierda.

“Basta por hoy… Fr. Antonio Millán. — Madrid y noviembre  1876”.

Últimamente, la misma Sierva de Dios es quien nos cuenta la determinación del Sr. Obispo de Versalles sobre la desdichada Sor Socorro. Es al Padre Vicario del convento de Pau a quien escribe. Dícele así:

«Mi muy estimado Padre Vicario: Saludo a V. con todo respeto y con el mayor afecto y gratitud de mi corazón, pidiéndole siempre su santa bendición.

Recibida la de V. del 25 del pasado, me consuela lo que V. me dice de la ninguna obligación que tenemos ya de recibir en nuestras Comunidades a la que fue Sor Socorro, puesto que ella, voluntariamente, nos abandonó, tomando el hábito en otra Orden, de la que, como en la nuestra, tuvo que salir por su carácter violento. El pasado viernes fui con un Padre Jesuita (con el Reverendo P. Timoteo Unzueta), que es español, a visitar y hablar al Emmo. Sr. Arzobispo de París, que me recibió muy bien. El Padre Jesuita le explicó muy bien el negocio, porque había sido nombrado extraordinario en este convento por el Sr. Obispo de Versalles y la conoce bien a Sor Socorro. Pues bien, enterado el Sr. Cardenal Arzobispo, dijo que por la policía la harían quitar el hábito nuestro que no debía llevar. Yo le supliqué no la hicieran daño y la recogieran en alguna Casa Religiosa o Beaterio, donde tuviera que comer y vestir y no pudiera salir; apuntó su nombre de religión y familia; escribió, sin duda, alguna orden para esto mismo, y dijo: «Ya está hecho». Estuvimos como una media hora; es muy ancianito y amabilísimo. Esto es lo que hay; de lo demás, no sé nada, sino que se mandó la protesta y todos se interesan en nuestro favor. Dios se lo pague.

Al Padre Octavio le hablé también, y opina, que no es posible hagan caso en Roma de lo que habían dicho; le hice saber había dos señores Obispos, y dice que no importa. Está este Padre muy bien, porque la conoce[55]. Dios quiera la recojan y nos deje en paz, y Dios sea el abogado de nuestra causa, que es lo principal.

Deme V. su santa bendición y sabe le aprecia muy de corazón en el amantísimo de Jesús y b. s. m. Sor María de los Dolores y Patrocinio, Esclava del Santísimo Sacramento».

Para que se vea, más claramente, el efecto divino que esta gran tribulación causara en el corazón de la Sierva de Dios y la inefable paz y encendida caridad que disfrutaba su hermosa alma, copiaremos aquí las siguientes deleitables cartas de la misma amada Madre mía a sus hijas.

«… Mis queridas hijas y siempre amadas abejitas. Jesús os bendiga y proteja, y hoy, día de la Santa Madre, os llene de sus gracias, bendiciones y consuelos, con completísima salud.

Siento muchísimo el estado de la pobrecita Dolores, y mi Vicaria la dirá que, con muchísimo gusto, pido a Dios y nuestra Madre Purísima por ella; y a mis maripositas queridas, que es tiempo de acercarse, con instancia, a la verdadera luz, Jesús, para que, abrasadas en su amor, le pidan mucho, muchísimo; hay grandísimas y muy perentorias necesidades, y mis abejitas pueden fabricar el panal de miel, que endulce al Divino Esposo y levante su brazo de justicia y nos mire con piedad…

Mis amadísimas hijas: ya os gustará, picarillas, al ser abejitas del Señor y labrarle el panal de rica y gustosa miel; sabrosita, de toda clase de virtudes, para que su divino corazón se recree y consuele de tantas amarguras como sufre por tantas iniquidades; y se alegrará cuando os vea a sus pies en el Santísimo Sacramento. Pues, que no sea en balde ser abejitas y maripositas blancas, blancas y bordadas de oro; sino que sea en realidad, como yo lo creo y lo espero; que pidáis mucho, muchísimo. Ya conozco el deseo que tendréis de verme, también le tengo yo, aunque no quiero poco, ni nada, a mis hijitas, pero me será imposible hasta que por aquí arregle algunas cositas; pues me exponía a tener que volver, y esto ni vosotras lo queréis, ni yo estoy para dobles viajes, porque ya soy viejecilla. Ea, toditas se me alborotan con esto, pues a toditas las nombro con los puntitos……… y las digo: tontitas, cuando yo vaya, ya veréis lo que os pasa.

Adiós, hijas mías, liras, cítaras, arpas misteriosas, cantad suavemente……..

Mis amadísimas hijitas, rosas y jazmines olorosos del jardín del Divino Esposo, que mora y se apacienta entre azucenas y descansa en el corazón, lleno de virtudes, de sus amadas Esposas, tan calumniadas y perseguidas por Satanás, y por lo mismo, más decididas que nunca a amarle, bendecirle y glorificarle, sellando, si preciso fuera, con su sangre las verdades de la fe Católica, Apostólica, Romana, y las gracias, pureza y sin igual amor y virtudes de nuestra Madre, de nuestra Prelada, de nuestro consuelo, de nuestro amor, nuestra Madre Purísima, como hijas de su primer misterio, y, por esto, combatidas de un mundo sin fe y sin las creencias de nuestros padres. Ánimo, pues, hijas mías queridísimas, subamos al Calvario y desde allí, protegidas de la sombra de nuestro fidelísimo y Divino Esposo y su Virgen Madre, desafiemos al mundo, al infierno y todos sus secuaces; esforcémonos en seguir a Jesús, en seguir a nuestra Madre, imitando su amor, sus virtudes, sus sufrimientos y también su gloria; pues no siempre serán aflicciones, no siempre serán penas, todo tendrá fin, aun en esta miserable vida, y el diablo cojuelo, quedará confundido. Adiós, mis rositas queridas, mis jazmines olorosos, mis pensamientos sufridos, mis azucenas olorosas y todo lo bueno santo, perfecto; quiero, deseo y pido para vosotras y ver adornados vuestros pechos, unas, con rosas de amor; otras, con azucenas de pureza; otras, con pensamientos de sufrimientos; otras, con jazmines de caridad, y ¿qué sé yo? qué jardín formaría yo para mis lirios queridos, todas regadas con la sangre del Divino Jesús, y cultivadas por las virtudes de nuestra Madre Purísima. Adiós, queridas hijas mías…..

Mis corderitas, amadísimas queridas. El Buen Pastor os guíe por el camino de su bondad, elegidas para seguirle, apacentaos con él en los olorosos campos de las deliciosas flores de su paz y de su gracia, dándole, amorosamente, las olorosas azucenas, las suaves rosas, los claveles de la sumisión, todo lo que más le agrade; vamos, que en este campito, donde nuestra Santísima Madre y Prelada es la que riega y la que cultiva, y el Corderito, pastor divino, el que da el incremento, el calor de su amor lo fructifica todo. Bendito sea Pastor tan bonito, tan cariñoso, tan delicioso, tan amante y lleno de bondad; pedid, pedidle mucho, mucho, por todas las cositas y por todos y por todo………

Hijas mías, hoy no podré decir mucho, me duele la cabeza bastante, y por esto, mis hijitas, tienen un poquito de paciencia, sabiendo que su Madre las ama mucho en Dios; les agradece todas las visitas que hacen a la Santísima Virgen, a Jesús Sacramentado, a Jesús Nazareno y a todos, todos. Continuad visitando y pidiendo, que mucho hay que pedir; las necesidades son grandes, y es preciso que las cuerdas de la lira de la santa oración suene bien y suavemente, en los oídos de Jesús y de nuestra Purísima Madre, para que aplaquen la justa indignación del Padre Eterno; con que así, mis abejitas queridas pedirán mucho, mucho…

Mis amadísimas hijas: Quiera Dios que mis palomitas queridas estén todas mejorcitas. Gracias a Dios, hijas mías, que las toses no siguen adelante; cuidarse muchísimo, pues en esto me daréis consuelo: porque es preciso conservarse para dar bofetones a Patas, y después triunfar de su malicia y la de sus secuaces; para que el triunfo de nuestra Inmaculada Madre sea mayor en todo, y mis abejitas queridas presenten su panal de sufrimientos pasados; para que el Divino Esposo se alimente, en el campo de azucenas, con la sabrosa miel de las flores de la conformidad en su Santísima voluntad. No repito que pidáis, porque sé que lo hacéis mucho, Dios os lo pague todito. Adiós, hijas mías, no puedo más. A mi Vicaria y todas que reciban mi pobre bendición, que de todo corazón les da su Madre, Sor María de los Dolores y Patrocinio. Esclava del Santísimo Sacramento».

La infeliz Alfonsina del Socorro siguió molestando algún tiempo con visitas y con cartas, manifestándose, unas veces, reconocida y humilde, y otras, con terribles amenazas. Despreciando nosotras estas últimas, se la hizo comprender la imposibilidad en que nos encontrábamos de admitirla nuevamente en nuestra Orden, a la que ella misma, en realidad, sabía nunca perteneció en rigor, por haber sido nula su profesión. Mucho sufrió el corazón de mi venerada Madre, tan lleno de misericordia y caridad, con las cartas y demás de esta desventurada criatura.

Nada volvimos a saber por entonces de la infeliz Sor Socorro; pero mi amada Madre jamás la olvidó en sus oraciones y la recomendaba con frecuencia a las de la Comunidad. Varias veces nos dijo que nuestra Madre Purísima, cuyo Santo hábito había llevado, no permitiría que se perdiese aquella alma; que el Señor le concedería la gracia de un verdadero arrepentimiento, en premio de todo lo bueno que hubiera hecho; y, sobre todo, por haberse ofrecido, con ánimo tan resuelto y varonil, a estar sola al cuidado de nuestro convento de Bonneuil, terminada la guerra franco-prusiana, como ya se dijo en su lugar correspondiente.

Efectivamente, tan eficaces debieron ser las oraciones de la Santa Prelada y de sus hijas por esta desgraciada religiosa, que, estando ya la Sierva de Dios en su convento de Guadalajara, por el año 1879, volvió a removerse el asunto de la entrada en nuestra Orden de la expresada fugitiva, y fue tal la fuerza que en el ánimo de mi venerada Madre hicieron las cartas de varios sacerdotes, religiosos y Sres. Obispos de Francia y España, que, bien asegurada del sincero arrepentimiento de su antigua súbdita, y una vez hecha la retractación conveniente de sus pasados errores e infamias, en documento público dirigido a la Santa Sede, con las cautelas necesarias y comprometiéndose la interesada a tres años de rigurosa prueba, la Sierva de Dios volvió a admitirla en nuestra Orden, en el convento de Bonneuil, con el nombre de Sor María de San José, con gran aplauso de los Prelados y gozo de cuantos compadecidos de Sor Socorro pidieran su nueva admisión.

Antes que pudiera terminar Sor San José (Sor Socorro), la prueba de los tres años, se dio el decreto de expulsión de las Congregaciones religiosas en Francia, por el Gobierno, y, al venirse a España nuestras religiosas de Bonneuil, la expresada postulante, por orden de los Prelados, se quedó secularizada como estaba en su país.

No dudamos que Dios perdonaría, por fin, los extravíos de esta alma redimida con su preciosa sangre; pues, muerta la Sierva de Dios, supimos que Sor Socorro había marchado a Tierra Santa, para hacer vida oculta y solitaria. Nos dio tan feliz nueva el Sr. Cura Párroco de Bonneuil, D. Remigio Meillassoux, que hizo un viaje a España solo por visitar el sepulcro de mi Madre venerada y decir Misa en nuestra Iglesia: su primer deseo no pudo lograrlo, por estar la sepultura dentro de clausura, pero sí el segundo, de decir la Misa ofrecida por el alma de Su Reverencia y, precisamente, en un altar que caía encima de donde la bóveda, estuvo sepultada nuestra Madre amada, sirviendo esto de gran consuelo al referido Sr. Meillassoux. Nos recordó todas las peripecias de nuestra emigración y, al hablar de Sor Socorro, nos dio la noticia arriba expresada, de haber marchado a Tierra Santa, para hacer vida oculta y penitente en una cueva, conservando en ella el Santo hábito de nuestra Madre Purísima. ¡Bendita criatura, si al fin, como esperamos, terminó su larga y azarosa vida con una santa muerte!; y bendita la caridad y maternal amor de la Madre amadísima de nuestra alma, cuya intercesión eficaz nos asista y proteja a todas desde el Cielo, en vida y en muerte.

Terminado los asuntos que motivaron la ida de la Sierva de Dios a Bonneuil y arreglado todo, con gran contento de las religiosas y consuelo de mi Reverenda Madre, decidió su Rcia. volver a su amada Comunidad, con las que la habíamos acompañado.

Salimos de Bonneuil el día 5 de diciembre, al mediodía, y de París en el tren de las ocho de la noche, llegando a nuestra casita de Pau la antevíspera de nuestra Madre Purísima, siendo recibida mi amada Madre por sus queridas religiosas con el gozo y alegría que puede suponerse, después de la larga y penosa ausencia de tres meses.

Tan entusiasta fue el recibimiento que en aquella ocasión hicieron las religiosas a la Sierva de Dios, que colocaron arcos de flores en las puertas y preciosas guirnaldas en las escaleras; en fin, hicieron todo cuanto pudieron con el mayor esmero y primor. Mi Madre amada quedó gratísimamente impresionada, agradecida y enternecida; pero no extrañó nada en el gozo de sus hijas, pues le constaba el entrañable amor que todas le profesaban y con cuánto fervor ansiaban su compañía.

CAPÍTULO XLIII

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Nueva reforma de la Orden en Francia. — Su espíritu y Regla. — Es segada en flor por el Estado ateo francés. — Días santos y hechos maravillosos. — En Pau. — ¿A Tierra Santa también? — Aún no ha llegado la hora de volverse a España. — Los Reyes y los Prelados lo quieren. — También Guadalajara. — Sueño profético.

 

Durante la estancia de la Sierva de Dios en Pau y con vistas al porvenir, trataron con su Reverencia varios Prelados franceses sobre lo conveniente que sería establecer una nueva Reforma de nuestra Orden de la Inmaculada Concepción en el suelo francés, acomodada a las necesidades y costumbres de la nación, bien distintas por cierto de las españolas.

Dedicadas como estaban nuestras Comunidades a la enseñanza de las niñas y siendo costumbre en Francia acompañarlas a la entrada y salida del colegio, no era posible guardar el voto de clausura con el rigor de ley, ni los votos religiosos podían ser solemnes, por haberlo así establecido la Santa Iglesia en aquel país. Por estas y otras razones, aconsejaron los Prelados a la Sierva de Dios, que escribiese una Regla, acomodada a las indicadas necesidades, aunque fundada en el espíritu de la Orden.

Efectivamente, la Sierva de Dios, conforme en un todo con la voluntad y parecer de sus Prelados, franceses y españoles, escribió la nueva Regla; y, presentada a examen y censura de los Señores Obispos, fue tan de su agrado, que ni una tilde quisieron quitar de lo escrito en ella por mi amada Madre. Constaba la Regla de doce Capítulos, como la de toda la Orden, y, cambiando en el hábito y manto únicamente el color blanco y azul respectivo, por el obscuro, a semejanza del que usa la primera Orden de nuestro Padre San Francisco; quedaban sometidas las religiosas a los Prelados de la Orden Seráfica, como todas las de la Inmaculada lo estuvieron siempre desde su fundación; y se respetaba todo lo demás que en nuestra Regla primitiva y Constituciones de la Descalcez Francisca se observa.

Mientras en Roma se trataba de la aprobación de la nueva Reforma y de su Regla, se ensayaba en Belloc y en Bonneuil el nuevo género de vida con autorización de los Prelados, admitiendo postulantes y preparándolas para cuando llegase la aprobación apetecida. Antes empero de que llegase esta, sucedió nuestro regreso a España: y ocurrida en el año 1880[56] la expulsión de los Institutos religiosos Franceses, por orden del Gobierno, corrieron nuestras casas la misma suerte que las demás, y después ha sido imposible restaurarlas de nuevo, por continuar mal las cosas religiosas en Francia. ¡Lástima que no haya podido prosperar y que se agostara al nacer árbol tan hermoso, como el plantado, últimamente, en el suelo francés por la Sierva de Dios; pues sin duda hubieran sido abundantísimos y santos los frutos producidos bajo la égida de nuestra Inmaculada Madre María Santísima! ¡Cuántos males causan y bienes impiden a su patria los enemigos de la religión! Grande es su responsabilidad delante de Dios.

Hemos repetido ya varias veces que el fervor de mi venerada Madre no omitía jamás la celebración de los cultos acostumbrados, si las circunstancias lo permitían, y que en Francia y en España se celebraron siempre con toda solemnidad posible. En la pequeña capilla de Villa Anita teníamos nuestras Calendas, Primas, Vísperas y Maitines cantados de costumbre, y en las festividades mayores predicaba nuestro incansable Padre Peña. Se hacían, como en nuestros conventos de España, las novenas a San José, el mes de María, novena del Santísimo Sacramento, con su Divina Majestad expuesto;  la de nuestra Santísima Madre del Olvido, con igual solemnidad, la de San Miguel, nuestro Padre San Francisco y la de nuestra Madre Purísima, con la devoción de las Ave Marías de Adviento, que dan principio el día 30 de noviembre, para terminar la noche de Navidad. En la semana de Pasión se hacía la novena al Stmo. Cristo de la Palabra y la de Ntra. Sra. de los Dolores. Los oficios de Semana Santa se celebraban con toda solemnidad y para ello solían asistir algunos seminaristas del seminario de San Martín de Pau. A más de esto, todos los domingos del año teníamos Vísperas cantadas y por la tarde los ejercicios de costumbre.

A todas estas funciones religiosas acudían muchas gentes de las campiñas inmediatas y también de Pau, especialmente en Semana Santa y en las grandes festividades; en algunas de ellas, el bondadoso Excmo. Sr. Patriarca de las Indias D. Tomás Iglesias y Barcones se complacía en honrarnos con su presencia, sobre todo en los días de nuestra Madre Purísima y en Navidad, asistiendo a los Maitines cantados y celebrando de medio pontifical, la misa de las doce de la noche, en la que nos daba su Excia. la Sagrada comunión a las religiosas; pues, lo mismo en Noche Buena que en la de nuestra Madre Purísima, teníamos privilegio de Su Santidad para comulgar la Comunidad y también sus dependientes. Era tanta la gente que acudía a los Maitines cantados y Misa de medianoche en estas festividades de nuestra Madre Purísima y de Navidad, que hubo ocasión en que tuvieron que quitar las puertas de la pequeña Capilla para que la multitud que había en la posesión pudiera oírla con el fervor y devoción que acostumbraba.

Uno de los actos de culto más conmovedores y tiernos que celebrábamos en nuestra capillita de Pau era el canto del Miserere en los viernes de Cuaresma, asistiendo gran concurso de fieles; cantábase delante de una bellísima imagen de Jesús Nazareno que teníamos, llevada de España, al ser expatriadas, facsímil de la encantadora y milagrosa del Rescatado por los PP. Trinitarios que se venera en Madrid. En esta devotísima imagen nuestra, hemos visto en ocasiones cosas verdaderamente maravillosas: como inclinar la cabeza, elevar los ojos y bajarlos; y cuando nos trasladamos desde Bonneuil a Anglet, sin encargo de nadie y sin esperarlo, nos trajo el cajón donde venía la imagen un hombre desconocido, con inmensa alegría de nuestras almas; pues ni talón habíamos mandado a la estación de llegada. Todas tuvimos este hecho como gracia especialísima y maravillosa de esta sagrada imagen.

Yo misma limpié una vez el rostro del Señor en esta imagen venerada y el pañito quedó impregnado de un olor tan suave y maravilloso, que todas las religiosas se admiraron y alabaron a Dios por ello, siendo lo más extraño y admirable que duró el aroma en el pañito por más de tres años. Siempre y en todas partes hemos tenido y seguiremos teniendo en gran veneración a este divino Jesús Nazareno, y no cabe duda que, por su medio, nos ha otorgado el Señor bienes sin cuento, en el cuerpo y en el alma, librándonos a la vez de muchos y gravísimos males. Por lo cual, ruego yo a nuestras religiosas todas que en lo sucesivo hayan de gozar de tan precioso tesoro, que sigan la tradición de la Sierva de Dios y nuestra, la de sus compañeras en la emigración, procurando y tributando a tan peregrina imagen de Jesús el mayor y más puro culto posible, público y privado, de adoración y de amor.

En Pau continuamos tranquilas hasta la época de la restauración. Mi venerada Madre ocupada toda, como siempre y en todas partes, en dar gloria a Dios y en hacer cuanto bien podía a los que a su Reverencia acudían, ya para hallar consuelo en sus necesidades espirituales, ya para encontrar alivio en sus males corporales, ya también para ser socorridas en sus privaciones y pobreza. Nos tenía su Reverencia encargado a las religiosas porteras que no despidiéramos nunca a ningún pobre sin algún socorro; y a pesar de los grandes en que nos hallábamos por la escasez de recursos, teniendo que trabajar diariamente, ya en bordados, en cosido o en cuanto se nos presentaba, para ayudarnos en algo, jamás se negó la limosna a ningún pobre, que por cierto eran tantos los que acudían, que a veces nos admirábamos cómo teníamos para tanto, pues a nosotras acudían mujeres, ancianos, lo mismo españoles que franceses y para ninguno faltaba o unas sopas, o un poco de comida, o un pedazo de pan; gracias a Dios, todos iban socorridos en algo, según la necesidad y la edad; la providencia divina nos proporcionaba este consuelo; pues nos hubiera sido muy doloroso tener que despedir a algún pobre necesitado. Palpablemente vimos en algunas ocasiones esta celestial providencia; citaré solo dos casos por no hacerme interminable, y por haberme sucedido a mí misma uno de ellos.

Sucedió, que un día fueron tantos los pobres, que, cuando llegó un niño español pidiendo pan, ya no teníamos ni en la cocina, ni nosotras las porteras, nada absolutamente, pues todo se había repartido; solo quedaba lo que las demás religiosas tenían cada cual en el refectorio para la cena. ¿Quién despedía a aquella criaturita? Fuimos al refectorio y, mirando los sitios de las religiosas, pudimos coger algo. Como todas tenían solo lo preciso, nos decidimos a tomar lo de aquella que más confianza nos inspiraba y dijimos: «Anda, que, cuando venga a cenar a la noche, se encontrará sin pan; pero ya nos compondremos». Dimos la limosna al pobre niño y guardamos silencio sobre lo hecho. Llegó la noche, fuimos al refectorio, y ¡cuál no fue la admiración de la Madre María de los Ángeles y la mía, que éramos las que habíamos hecho el hurto a Sor María de San Pascual, al ver que, después de bendecir y sentarnos a la mesa, descubre, o desdobla, la Hermana dicha su servilleta y vemos tiene el mismo pedazo de pan que antes, como si nada la hubiéramos quitado!; así es que ella quedó tan tranquila y tan ignorante de lo ocurrido.

Cuando salimos del refectorio, admiradas nosotras de lo que habíamos visto y alabando a Dios por ello, la preguntamos que ¿cómo le había sabido el pan? Contestó que muy rico; entonces le contamos lo ocurrido; al pronto creyó la engañábamos, mas, cuando comprendió la verdad de lo que decíamos, que no era broma como ella al pronto juzgó, fue muy grande su contento y no menor el de las demás religiosas, viendo en esto una prueba más de la bondad admirable del Señor y de su gran misericordia para con sus pobres.

En otra ocasión, hallándose mi venerada Madre tan escasa de recursos que solo tenía un billete de cien pesetas para el gasto de la Comunidad en todo el mes, llegó a nuestra casa Villa Anita un jefe carlista de los más nombrados y más valientes de aquella época[57]. El infeliz venía huyendo, porque le perseguían de muerte; estaba en un estado tan lastimoso que partía el corazón el verle, con tres heridas, una en la cabeza, otra en el vientre y otra en un brazo; el fajín con que se sujetó la herida del vientre le llevaba empapado en sangre y lo mismo el pañuelo o pañuelos, que rodeaban su cabeza. El pobre había pasado los Pirineos con miles de trabajos y peligros, logrando salvar la vida, pero, repito, su estado era lastimosísimo. Nos dijo no había tomado alimento hacía más de dos días, y no tenía ni alientos, ni un céntimo para proseguir su huida y llegar al sitio donde pensaba ocultarse en tanto que se aliviaba algo de las heridas y marchaba a su casa. Con el corazón comprimido por la compasión, dimos cuenta a la Sierva de Dios de lo que pasaba, y su Reverencia mandó inmediatamente que le hicieran algo para comer, y con el fin de que pudiera proseguir su camino hasta el lugar de su refugio, le entregó, intactas, las cien pesetas que tenía su Reverencia para el gasto de la Comunidad. Inútil es decir lo agradecido que el infeliz jefe carlista quedó a mi venerada Madre y a la Comunidad; tanto, que mientras comió, y al recibir la limosna, lloraba como un niño, no cesando de bendecir a su Reverencia y a las religiosas que pasamos un día de triste impresión, que difícilmente podré olvidar.

Tan luego como el pobre herido se marchó, la religiosa tornera, que necesitaba dinero y sabía que no había quedado ni un céntimo para la Comunidad, algo apurada, le dijo a la Sierva de Dios: «Pero Madre, todo lo ha dado Usencia; y ahora, ¿con qué vamos a comprar lo necesario?» Mi Madre amada contestó: «No seas niña, Dios cuidará; lo esencial era remediar esa grande necesidad: que no íbamos a dejar marchar a ese pobre infeliz sin nada y que se muriera de necesidad en el camino». La Madre tornera calló, y así quedó la cosa; mas, al día siguiente por la mañana, llegó el cartero con un certificado de España, en el que, de donde menos y cuanto menos podía esperarse, mandaban a la Sierva de Dios una limosna de cien pesetas, precisamente la misma cantidad que había dado el día anterior al pobre herido, y la que se necesitaba para lo más esencial de lo que faltaba de mes. Así premiaba el Señor la caridad tan heroica de mi venerada Madre, su gran fe y su esperanza sin límites en la Providencia divina; de esto ¡cuánto, cuánto se podía decir!, como también de los padecimientos tan continuos y extraordinarios de su Reverencia, ofreciéndose víctima por todos y para el bien de todos.

Por estos tiempos y en esta misma casa, Villa Anita, en una Semana Santa, en cuyos días no cabe duda se ofrecía su Reverencia a acompañar a nuestro dulcísimo Jesús en los dolores y tormentos de su santísima Pasión, salió un miércoles Santo tan desfigurada, que daba compasión verla. Tenía los ojos y la cara hinchada y una mejilla toda amoratada y tan marcada la señal de una manopla, que no podía quedar duda de lo que estaba sufriendo. La oreja y parte del cuello, como todo el sitio en la mejilla en que se marcaba la palma y los dedos de la manopla, estaba como en carne viva; estremecía verla. Así pasó su Reverencia los tres días de aquella Semana Santa, asistiendo a los divinos oficios solo por una fuerza sobrenatural y tan absorta como si no estuviera en este mundo. Nosotras, llenas de pena al verla, deseábamos que llegara el Día de Gloria por la experiencia que ya teníamos. Así fue: el Sábado Santo salió su Reverencia de los oficios tan renovada y tan hermosa, que parecía su cara la de un angelical niño, sin la menor señal del sufrimiento pasado.

De esto también ¡cuánto y cuánto podía decirse! ¡Cuántas veces la hemos visto en varias ocasiones ponerse tan mala que parecía iba a expirar, permanecer así uno, dos o tres días, y de pronto quedar tan renovada, como si tal gravedad no hubiera sufrido! Bien puede decirse que su vida fue un continuo milagro.

En nuestra casita de Pau continuamos tranquilas y felices al lado de nuestra Madre amada, hasta la época de la Restauración[58], en la cual nuestros augustos reyes Dª Isabel II y D. Francisco de Asís, con su Augusto hijo D. Alfonso XII, trataron de volvernos a España a nuestro convento de Guadalajara; mas como los enemigos de mi venerada Madre no cejaban nunca en su empeño de persecución, siendo su deseo de acabar para siempre con su Reverencia y sus Comunidades, si posible les hubiera sido, empezaron a poner obstáculos para nuestro regreso; mas, esta vez encubrían su intento con capa de interés en favor de la Sierva de Dios, diciendo que aún no estaban las cosas bien seguras, y que preferible era esperase su Reverencia en Francia algún tiempo más.

Mi Madre amada, que solo deseaba vivir y morir tranquila entre sus religiosas, pensó internarse en Francia, volviendo a nuestra casa de Bonneuil, y allí esperar lo que Dios nuestro Señor permitiera. Estando en esto, un día en recreación se suscitó la conversación sobre la felicidad de los que tenían la dicha de visitar y venerar los Santos Lugares de nuestra redención. Mi venerada Madre, con un rostro angelical nos dijo: «Si queréis nos vamos a Jerusalén y nos establecemos en Nazaret o en Belén». Oír esto y entusiasmarnos todas, fue una misma cosa. Tratado el asunto con toda formalidad, lo consultó su Reverencia con nuestro Padre Vicario Fr. Julián Pena, que no solo lo aprobó, sino que, con fervoroso entusiasmo, esperaba el arreglo del viaje, cuanto antes pudiera ser mejor: hasta el demandadero de la Comunidad y la educandita, Amalia Pinedo, estaban dispuestos a seguir a la Sierva de Dios y a sus religiosas hasta el fin del mundo, si necesario hubiera sido.

Cuando de esto se trataba llegaron a nuestra casa unos turcos cristianos de Jerusalén, descendientes, según ellos dijeron, de la familia de David. Se habló con ellos de nuestro proyecto, y, muy contentos y obsequiosos, se ofrecieron salir a nuestro encuentro en Jafa, con gentes que nos custodiaran en el camino, hasta llegar a Jerusalén, proporcionándonos cuanto necesitáramos. Dejaron sus tarjetas, con el fin de que, llegado el caso, pudiéramos darles el oportuno aviso.

Mi venerada Madre escribió al Excmo. Sr. Patriarca de Jerusalén, pidiendo su bendición y licencia, para establecernos en Tierra Santa veinticuatro religiosas de la casita de Pau, con la educandita, P. Vicario, el demandadero Santiago Lucas, su esposa y niña. En tanto se recibía respuesta del Excmo. Prelado, se trató de todo lo necesario para el viaje, con un capitán de navío de Marsella, en cuyo punto pensábamos embarcar.

La respuesta del capitán no pudo ser ni más favorable ni más atenta; nos daba pasaje de segunda, por el precio de tercera, y se ofrecía para todo cuanto en el camino pudiéramos necesitar. Inútil es decir que, en aquel tiempo, ni hablábamos ni pensábamos más que en nuestra marcha a Jerusalén, imaginándonos ya en aquellos Santos Lugares, adorando los benditos sitios de nuestra redención.

Con afán esperábamos la respuesta del Excmo. Sr. Patriarca; pues, aunque se presentaban algunas dificultades para el viaje, no siendo la menor la falta de recursos, confiábamos que, si era la voluntad de Dios, Su Divina Majestad proporcionaría los medios necesarios, remediando la necesidad, como nos había remediado en otras ocasiones.

Llegó por fin la respuesta deseada, con fecha 2 de marzo, que fue opuesta a nuestros deseos, por las grandes dificultades que para concederlo encontraba el Excmo. Señor Patriarca. Todas quedamos conformes con la voluntad de Dios, esperando el día de poder volvernos a nuestra amada patria.

Ya dejo referido que nuestros augustos Reyes deseaban que volviera mi venerada Madre a España con su Comunidad, devolviéndole cuanto Sus Majestades le habían dado, o sea, los Conventos de los Sitios Reales.

Dª Isabel II, escribió en este sentido al Emmo. Sr. Cardenal Moreno, recordándole las promesas que había hecho en favor de mi venerada Madre y sus religiosas, cuando tomó posesión de la Silla Primada. El Emmo. Sr. Cardenal contestó que, por su parte, no había el menor inconveniente, pero que en alguno del Gobierno se encontraba obstáculo, y por tanto era preferible esperar algún tiempo más.

Cansados Sus Majestades de tan tenaz oposición, nuestra augusta Reina, con fecha 8 de noviembre de 1876, desde su Real Alcázar de Sevilla, puso un telegrama al Gobierno, para que contestara categóricamente a lo siguiente: «Deseo saber si la Madre Patrocinio va a venir con su Comunidad a Guadalajara, puesto que es la única emigrada que hay hoy y que jamás se metió en política, y sí solo en servir a nuestra familia[59]».

La contestación a este telegrama fue, que les parecía mejor esperar algo más. Disgustados los Señores, comprendieron con esta respuesta, que el intento de algunos era acabar con las Comunidades de la Sierva de Dios si esto hubiera estado en su mano.

Hasta el mismo Cardenal Arzobispo de Toledo trataron de indisponer, aunque sin éxito alguno.

Ante tan injusta oposición, Sus Majestades manifestaron de nuevo ser su Real voluntad que volviera mi Madre venerada, con sus religiosas, a su convento de Guadalajara. Al mismo tiempo, la augusta Reina escribió a mi Madre amada, dándole cuenta de lo que ocurría referente a nuestro regreso a España y la Sierva de Dios le contesta lo siguiente:

«Por mi parte sabe V. M. la tengo dicho que nada deseo más que la tranquilidad de V. M. y el bien de todos, y no veo que se consiga con los medios que se emplean. Si no quieren, definitivamente, que vaya a España, que lo manifiesten claro. — “¡Que vaya la Comunidad y después que espere yo un poco de tiempo!” — Esperaré toda la vida, si es necesario; pero dígaseme, qué tiempo ha de ser ese, cuándo y cómo. No estoy desterrada por ningún Gobierno; solo salí por la misma revolución que lanzó a mis Reyes; mi delito el amor a mis Reyes; mis pobres religiosas, perseguidas, lanzadas de sus casas, sin hogar, mendigando un rincón en casa que no es suya, y ¿por qué? lo digo arriba; pero V. M. en todo esto puede decir: ¡Hay un Dios justo, y algún día dirá: basta! Visto el telegrama del Gobierno, no puedo, no debo admitir presentarme por ahora en España; sería muy temible hicieran cualquier cosa y esto sería muy sensible. Si a V. M. le parece bien, mi pensamiento es marchar a Bonneuil con mis religiosas y esperar allí lo que Dios permita, puesto que así creen la salvación de España.

Que Jesús, María y José protejan siempre a V. M. y la den salud completísima y lo mismo a todas mis amadísimas princesitas y a S. M. el Rey D. Alfonso, a quien tanto amo y deseo tenga un feliz reinado.

Reciba V. M. todo el cariño y gratitud, de su siempre más fiel, más amante, más rendida súbdita, la que más desea toda su paz, toda su alegría, toda su felicidad, que la estrecha en su corazón, es toda, millones de veces, de su Reina, de su Señora, de su defensora, de su amparo y de su todo, de su más querida que B.S.R.M. — Sor Patrocinio.»

Recibida la carta de mi venerada Madre, no queriendo S. M. la Reina que Su Reverencia se alejase de la frontera, sino antes al contrario, que, cuanto antes, entrara en España con la milagrosa y Sagrada imagen de nuestra Señora del Olvido y con su Comunidad, la escribió de nuevo a la Sierva de Dios, diciéndole, que marchara a Guadalajara, pues así lo deseaba también su augusto hijo el rey D. Alfonso XII, a cuya carta contestó mi venerada Madre lo siguiente:

«Me admira, Señora mía, que Vuestra Majestad me diga que me vaya a España y vaya la Comunidad. Siempre Vuestra Majestad tan buena, cree que yo puedo hacerlo sin orden del Sr. Cardenal. No puedo, Señora mía, y por eso, tanto la Comunidad como yo, permaneceremos todavía en Francia, sufriendo lo que solo Dios sabe. Ínterin no tenga esta orden, no puedo moverme; tanto más, cuanto que este Señor me tiene dicho espere en Pau. Si no fuera por obedecerle, como debo, ya me hubiera marchado a Bonneuil, al menos allí mis religiosas podrían trabajar como lo hacíamos antes, y no tendría la precisión de pagar catorce mil reales de casa.

Ya ve Vuestra Majestad que no está en mi mano esto; la Comunidad, sabe Vuestra Majestad no quiere separarse de mí, como se lo manifestaron a Vuestra Majestad en la exposición que le hicieron en el mes de noviembre del año pasado y que Vuestra Majestad se dignó darles una contestación tan consolatoria, como hija de su grande y piadoso corazón.

Ciertamente, Señora mía, que están muy equivocados los que piensan que yo me he mezclado en política; como Vuestra Majestad lo sabe bien en qué me he ocupado, no tengo para qué repetirlo, sino dejar que algún día se desengañen, aunque el desengaño llegue tarde. Por lo demás Vuestra Majestad sabe pido y pedimos siempre por todo lo que a Vuestra Majestad interesa, deseando siempre que Dios y la Virgen Santísima protejan a Vuestra Majestad, a su muy amado esposo y toda su Real Familia.

Todas las religiosas, agradecidas, saludan a Vuestra Majestad, con todo corazón la aman y bendicen siempre, en todo tiempo y ocasión, y especialmente su más afectísima rendida súbdita que B.S.R.M. — Sor María de los Dolores y Patrocinio. Esclava del Santísimo Sacramento”.

En tanto que los calumniadores de mi venerada Madre continuaban en su empresa de persecución, y nuestros Augustos Reyes, nuestros venerados Prelados y demás personas respetabilísimas defendían la inocencia, la virtud y la justicia, tanto mi venerada Madre como sus hijas queridas esperábamos tranquilas en Pau lo que Dios fuera servido disponer de nosotras. La Comunidad de Belloc continuaba en el tranquilo pueblo, muy querida y venerada de sus piadosos habitantes. Allí tomaron el Santo hábito algunas jovencitas, entre ellas una sobrina del Sr. Cura Párroco, angelical criatura que falleció a muy poco de profesar. También ingresó en el mencionado conventito de Belloc una joven española, que, a instancias de un tío suyo, religioso franciscano, consintió mi Madre venerada fuera a Francia, por el gran deseo que tenía de ser religiosa en la Comunidad de su Reverencia.

Las de Bonneuil continuaban también tranquilas y contentas, dedicadas al cumplimiento de la Santa Regla y de la educación de las niñas, que se daba gratuitamente.

Así las cosas, entre temores y esperanzas, continuábamos en nuestra casita de Pau, observando nuestra Santa Regla y costumbres lo mejor que nos era posible. En las horas libres de coro nos reuníamos con mi venerada Madre en la sala de labor, trabajando en las labores que nos llevaban de Pau.

Estando en estas hermosas recreaciones, sucedió que un día, hablando las religiosas de cosas insignificantes, cada cual lo que se le ocurría, notamos en mi venerada Madre una cosa especial; preguntaron algunas a su Reverencia que si tenía alguna buena noticia, y contestó que sí, que muy buena. «He tenido un sueño, nos dijo, en el que he visto una Clarisa, una Concepcionista y un Cardenal muy afanados, arreglando nuestro viaje a España». Preguntada su Reverencia por la Rda. M. Isabel y otras que quiénes eran la Concepcionista, Clarisa y el Cardenal, contestó mi amada Madre con angelical rostro: «Pues Santa Clara, la venerable Madre Agreda y nuestro difunto Padre Cardenal Cirilo». Instada de nuevo mi Madre venerada para que nos dijera algo de lo que le habían dicho, contestó: «Llevaban mucha prisa y me dijeron que muy pronto, muy pronto lo arreglaban ya. Que saldríamos de aquí a las cuatro de la mañana. Me hablaron algo más, y Santa Clara, entre otras cosas, me dijo: “¿No sabes que han escrito un libelo contra ti?” Yo contesté que nada sabía, y añadió la Santa: “Pues aquí alguna lo sabe”.

Todo el sueño —que no fue tal, pues ya hemos dicho que muchas veces cuando Dios nuestro Señor la manifestaba ser su voluntad nos dijera algo de lo que le era revelado, lo solía hacer diciendo: «he soñado esto o aquello»—, todo el sueño, repito, en esta ocasión como siempre, salió exactamente, según nos lo había manifestado. Lo del libelo, solo una religiosa lo sabía en la Comunidad, la Rda. Madre Secretaria Sor María del Camino, que, reservadamente, le habían enviado de España un ejemplar, y, al ver las horrendas iniquidades y calumnias que contenía el infernal libelo, le hizo mil pedazos y no dijo una palabra a nadie, temerosa de que llegase a oídos de mi venerada Madre. Puede suponerse cuál sería la admiración de esta buena religiosa, al verse descubierta por la Santa, y mucho más al ver que cuando mi amada Madre lo decía, fijó en la referida Madre Sor María del Camino una mirada, lo más dulce y cariñosa que puede explicarse, como diciéndola: «Tú eres la que lo sabes y por cariño me lo has ocultado».

Como cuando sucedió esto era el rigor del invierno, algunas religiosas, al oír que saldríamos muy deprisa a las cuatro de la mañana, dijeron: «Madre, ¡qué frío vamos a tener!». Contestó su Reverencia que no, porque haría una noche muy hermosa y muy clara. Tan hermosa y clara fue, como se dirá después, y se verá cómo los Santos del cielo obligaron a las gentes de la tierra a disponer cuanto antes nuestro regreso a España.

Ya hemos visto lo que nuestros Augustos Reyes trabajaban en favor nuestro y su disgusto al ver tanto obstáculo y dificultad para nuestra venida. Cansados ya de tanta contradicción, de persecución tan tenaz e injusta, tanto S. M. la Reina Dª Isabel II como su Augusto Esposo don Francisco de Asís, dieron a su amado hijo, el Rey D. Alfonso XII, el encargo de que arreglara con el Sr. Cardenal Moreno nuestra venida a nuestro convento de Guadalajara. S. M. el Rey, que, como sus augustos padres, deseaba el regreso de mi venerada Madre y su Comunidad, se puso, inmediatamente, de acuerdo con sus fidelísimos servidores Conde de Sepúlveda y Conde de Losa, para que, a su vez, lo hicieran con el Emmo. Sr. Cardenal de Toledo; a quien comunicaron la Real Orden que, cuanto antes, dispusiera nuestro regreso a España, a nuestro convento de Guadalajara, del que habíamos sido expulsadas por la revolución del año 1868.

Cumpliendo las Reales Ordenes recibidas, el Eminentísimo Prelado escribió con fecha 16 de diciembre de 1876 a la Abadesa de Aranjuez lo siguiente:

«Reverenda Madre Superiora:

No por mi enfermedad, de la cual gracias a Dios sigo restableciéndome, sino de propósito, he dilatado el envío de la carta para que viniera la Comunidad a Guadalajara, todo con el fin de que tenga mejor resultado. Puede Vuestra Reverencia decir a la Superiora de dicha Comunidad, que tenga las cosas prevenidas para cuando yo envíe el oficio para que vengan, que será cuanto antes vea yo ocasión propicia, favorable, para que todas puedan volver a España…. Agradezco sus buenos deseos y  oraciones, y me repito de Vuestra Reverencia afectísimo y s.s. — El Cardenal Arzobispo de Toledo».

Dio también cuenta de nuestro regreso su Emma. al virtuoso Sr. D. Eulogio Horcajo y Monte, quien como ya creo haber dicho en su lugar correspondiente, cuando nos expulsaron del Convento se ofreció a mi venerada Madre y a la Comunidad para quedarse al cuidado de él y de la iglesia, que la Sierva de Dios deseaba quedase abierta al culto divino. Con incansable fervoroso celo, cumplió don Eulogio su promesa los nueve años que permanecimos en Francia; ni un solo día dejó de celebrar la Santa Misa y cuantas funciones podía, ejercicios, Flores del mes de María y otros, ayudado para esto de las limosnas que mi venerada Madre le enviaba, de vez en cuando, desde Francia, y de la caridad de algunas señoras de la población. D. Eulogio Horcajo, recibido el aviso de su Eminencia, contestó lo siguiente:

«J. M. J. — Eminentísimo Sr. Cardenal: Con gran satisfacción he recibido la noticia de reinstalación de las religiosas Concepcionistas Franciscas a esta su santa Casa, y doy mil gracias a Dios por haber orillado los grandes obstáculos que a la justificada actividad y celo de vuestra Eminencia se habían opuesto para conseguir su anhelado deseo.

La población, en su inmensa mayoría, sobre todo las personas sensatas que palparon los grandes resultados que, en la instrucción y el culto, dio la permanencia en esta de la santa Comunidad, celebran en el fondo de su alma y han acogido, con júbilo, la noticia de su reinstalación. Aún no he tenido ocasión de avistarme a solas con Su Ilma. Para hablarle de este asunto y animarle a que, bajo cualquier pretexto, se entere de lo que es y del estado en que se encuentra la iglesia y monasterio, y a su regreso pueda detallar a Vuestra Eminencia alguna cosa con minuciosidad y exactitud.

Las palabras “a solas y bajo cualquier pretexto”, indican a Vuestra Eminencia que tímido, como la paloma, y prudente, como la serpiente, no juzgo oportuno dar publicidad a este acto.

Dios conserve muchos años la preciosa vida de Vuestra Eminencia, de la que tantos beneficios ha recibido y espera recibir la Archidiócesis que con tanto acierto dirige, la España entera y la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

Por ello, ruego a Dios y a su Santísima Madre. Su agradecidísimo y último capellán que B.E.A.D.V.E. — Eulogio Horcajo».

CAPÍTULO XLIV

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Vuelta a España. — Quiénes vuelven y quiénes se quedan. — Las guía una estrella. — ¿Será Santa Clara? — Oportuna visita de un demandadero de Clarisas. — A Guadalajara. — Al coro derechas: Misa y Te Deum. — Estado del Convento e Iglesia. — Restablecimiento del culto y de las clases. — Visita del Emmo. Sr. Cardenal Moreno a la Sierva de Dios. — Nuevo fervor de vida de la Comunidad. — La Sierva de Dios y las ánimas del Purgatorio.

 

Arreglado ya todo para nuestro regreso a España, con fecha 15 de enero escribió su Eminencia el Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo a la Sierva de Dios la siguiente carta:

«Muy Reverenda Madre sor María de los Dolores y Patrocinio:

Madrid, 15 de enero de 1877. — Muy Señora mía y de todo mi aprecio: Por medio de nuestro buen y común amigo el Sr. D. Isidro Losa, Conde de Losa, recibirá V. mis dos oficios. El uno, para que se traslade V., con la Comunidad de Pau, al convento de Guadalajara, y, el otro, para que la Comunidad de Belloc haga lo mismo con su Capellán, al Convento de Aranjuez. El Sr. Losa lleva las instrucciones necesarias para la traslación de las dos Comunidades, con todas mis facultades, para resolver todo lo concerniente al viaje y los gastos que este ocasione. – Lo pagaba todo, de su bolsillo particular, el rey D. Alfonso XII[60].-

Ruego a V. que se ponga de acuerdo con el mismo Sr. Losa, a fin de que todo se haga del modo prudente que las circunstancias exigen.

Y sin más por hoy, se repite de V. atento servidor. — El Cardenal Arzobispo de Toledo».

El 17 de enero llegaron a Pau el Conde de Losa y don Juan Antonio de Quiroga; el primero, comisionado por S. M. el Rey D. Alfonso XII, para acompañarnos y arreglar todo lo concerniente al viaje de las dos Comunidades, la nuestra y la de Belloc. No se atrevió mi venerada Madre a dejar en dicho punto a las religiosas, por ser la casa pequeña y muy difícil de darle forma de convento, aun en lo más principal, sin hacer grandes obras, que hubieran sido muy costosas, y ni la Sierva de Dios contaba con recursos para ello, ni le parecía ocasión oportuna para hacerlo. Esta fue la principal razón que tuvo mi venerada Madre para, con consejo de personas muy dignas y respetables, trasladar las religiosas a España, esperando para ello la ocasión oportuna en que todas pudiéramos libremente volver, dejando para tiempos mejores el deseo que su Reverencia tenía de fundar en dicho pueblo un convento, tomando para iglesia el terreno que ocupó el palacio de la infeliz reina Dª Juana, cuyas ruinas visitó su Reverencia alguna vez, cuando fuimos a la fundación en el año 1874; recordaba la Sierva de Dios siempre con tristeza y enternecida, los mártires que allí habrían perecido víctimas de la furia protestante.

Las novicias francesas que había en Belloc, con consentimiento de sus padres, pasaron a Bonneuil, donde, a su debido tiempo, profesaron con votos simples, como las demás francesas que allí había. La novicia española dispuso la Sierva de Dios que viniera con nosotras a Guadalajara, como así lo verificó, profesando después, en las benditas venerables manos de tan santa Prelada. La casita de Belloc se la entregó de nuevo su Reverencia a su respetable dueño Sr. Cura Lartigau; quien, comprendiendo las justas causas que obligaban a mi venerada Madre a desprenderse, por entonces, de tan generosa donación, aunque con sentimiento, volvió a tomar posesión de ella.

En el mismo día de la llegada de D. Juan y de D. Isidro a Pau, se dio aviso a la Madre Concepción, que, por lo que pudiera ocurrir, estaba ya preparada; y el día 18 de enero de 1877 salió la Comunidad de Belloc; las religiosas españolas para el convento de San Pascual de Aranjuez, las francesas para el de Bonneuil, y la novicia española, que había de venir con nosotras, llegó a Pau el mismo día 18 víspera de nuestra salida.

En nuestra Comunidad se preparó apresuradamente todo para el viaje, que mi venerada Madre y los señores comisionados de SS. MM. no quisieron retardar. En día y medio quedó todo empaquetado. La noche del 18 se pasó todo sacando equipajes, para conducirlos a la estación: era un sin cesar de ir y venir carros. Al cuidado de todo estaban D. Isidro, D. Juan, los dependientes de la Comunidad, Santiago y Pedro, y el ama de la casa, con sus hermanas y demás familia.

Juntamente, con las religiosas de Villa Anita de Pau, regresaron a España, además del P. Vicario Fr. Julián Peña y los demandaderos de la Comunidad, los señores de Quiroga; entre estos, la hermana de la Sierva de Dios Dª Ramona, de la que ya tenemos hablado en otro lugar de esta historia.

Arrepentida Dª Ramona de cuanto en contra de su Santa Hermana, nuestra venerada Madre, hiciera y dijera en la época tristísima de sus persecuciones, quiso, como en desagravio y reparación de aquellas ofensas, seguirla en su emigración a Francia y participar de los trabajos y penalidades inherentes a tan violenta emigración. Al lado de la Sierva de Dios vivió en aquellos años, y después, como señora de piso, en este convento de Guadalajara: de sus labios he oído yo, muchas veces, muchas de las cosas que dejó escritas, referentes a nuestra bendita Madre, sobre todo, lo de su niñez y primeros años de su juventud, así como las atrocidades cometidas contra la Sierva de Dios por su madre y Dª Ramona misma, no sin que, al relatar tan tristes sucesos, dejara de verter amargas lágrimas.

Su vida con nosotras fue ejemplar y nos consta que lo fue también hasta su muerte, la cual tuvo lugar en Madrid, años antes de subir al Cielo la Sierva de Dios, dejando esperanzas muy fundadas de su salvación eterna.

La noche de salida estaba deliciosa; enteramente parecía de primavera; con un cielo estrellado tan hermoso, que era para alabar a Dios.

A las cuatro menos cuarto del día 19 de enero, de madrugada, llegaron los ómnibus que nos habían de conducir a Pau para tomar el tren. Al oírlos las religiosas, apresuradamente se avisaban unas a otras diciendo: «Que ya son las cuatro, vamos, vamos». A las cuatro en punto, subimos a los coches y emprendimos nuestro viaje.

Desde el momento de nuestra salida de Villa Anita, notamos todas las religiosas y lo vieron también los que nos acompañaban, que entre la multitud de estrellas que había en el cielo, apareció, de pronto, una mucho más grande y más resplandeciente que las demás, la cual nos acompañó todo el camino, lo mismo cuando íbamos en los coches que cuando subimos al tren; y así continuó hasta mucho después de haber amanecido, cosa que a todos llamó la atención. Nosotras en esto, como en todo lo demás de nuestra presurosa salida, recordábamos el sueño de mi venerada Madre y que todo salía exactamente como su Reverencia nos dijo. La Sierva de Dios no hizo sino llorar por todo el camino, empapando en lágrimas muchos pañuelos.

Llegadas felizmente a la frontera, nos esperaba allí un no pequeño contratiempo; pues en la estación de Irún, ciertos empleados trataron de detenernos, obedeciendo sin duda tal conducta a órdenes de alguna persona interesada en molestarnos. El Conde de Losa protestó enérgicamente contra semejante atropello, y telegrafió a S. M. el Rey D. Alfonso, dándole cuenta de lo que con la Comunidad se hacía en la frontera.

La contestación de Su Majestad, fue la que puede suponerse; pues cambiaron los empleados sus modales desatentos y bruscos, en reverencias y cumplidos. ¡Así es el mundo! Entramos en España con un tiempo hermosísimo; mas con la contrariedad de la estación, nos hicieron perder el tren y tuvimos que detenernos en Irún el día 19 y la noche del 20.

En la fonda donde estuvimos hospedadas, sucedió un caso que tuvo relación íntima con el sueño referido por mi amada Madre. Estando comiendo y las señoras de la fonda sirviéndonos a la mesa, nos avisaron que había un pobre santero, con una estampa de Santa Clara en una capillita, y pedía limosna para el culto de la Santa. Inmediatamente se le hizo entrar al comedor; y la capillita con la bendita Santa, fue pasando, de mano en mano, con gran contento de todos, participando de nuestra alegría los señores conde de Losa y D. Juan Antonio de Quiroga, que depositaron en el cajón de la urna o capillita una buena limosna; también la Comunidad dio la suya, en acción de gracias a la gloriosa Santa que, a nuestra entrada a España, nos favoreció con su visita, para renovar el recuerdo de la celestial que hiciera anteriormente a la Sierva de Dios.

El día 20 salimos de Irún y llegamos con toda felicidad a Guadalajara el día 21, de siete a siete y media de la mañana. En la estación nos esperaba nuestro fidelísimo Capellán Señor Don Eulogio Horcajo y Monte, el que, al vernos bajar de los coches, no pudiendo contener su alegría, levantó los brazos al cielo y en alta voz, dijo: «Te Deum Laudamus». Las pocas gentes que había en la estación, dieron también grandes muestras de satisfacción y de contento.

Subidas a los coches, llegamos a nuestro amado convento y, entrando por la iglesia en clausura, subimos al coro a oír la Santa Misa, que celebró nuestro Reverendo P. Fr. Julián Peña, y se cantó el Te Deum. A continuación, bajamos al refectorio a tomar el desayuno que nos tenían preparado y nos sirvieron Dª María, tía de D. Eulogio y dos señoras de toda confianza, avisadas por D. Eulogio para limpiar el convento y preparar lo necesario para nuestra entrada. Terminado esto, salieronse de la clausura todos, y quedamos nuevamente instaladas en este amado convento, del que hacía nueve años que habíamos salido para Francia. componíase la comunidad de veinticuatro religiosas, contando a nuestra amadísima Prelada y Madre Patrocinio.

Muy grande fue la alegría que experimentó mi venerada Madre y experimentamos todas al vernos de nuevo en nuestra Santa Casa; pero también fue muy grande el dolor de su Reverencia y el nuestro al encontrarla en el estado de deterioro en que la hallamos, habiéndola dejado a nuestra salida tan hermosa, tan restaurada. Afligía ver tanto destrozo; habían descerrajado puertas y ventanas, quitando los herrajes y cristales de todas y hasta los plomos de los tejados; en fin, estaba todo en un estado tal, que era indispensable hacer, inmediatamente, las obras más precisas, para lo cual, faltaban recursos; pero Dios nuestro Señor cuidó de proporcionarlos, y, gracias a su providencia Divina, se pudo hacer lo más especial, que no fue poco; pues hasta en el coro, por el lado izquierdo, cerca de la reja, habían abierto un agujero tan grande, que se veía la iglesia. Es de notar que, a pesar de todos estos destrozos, ni a los cristales de la preciosa urna de nuestra Señora de las Misericordias, que estaba en el coro, ni al camarín de Ntra. Santísima Virgen del Olvido, tocaron para nada; solo del camarín de la Santísima Virgen habían quitado unos pedacitos de espejo, cosa que tuvo pronto y fácil arreglo.

Tan luego como se hicieron las reparaciones más precisas, se celebró una solemne función de acción de gracias y se continuó el culto con la solemnidad de antes[61]. Se abrieron también las clases de los colegios interno y externo; este último para la educación de las niñas pobres de la población, y todo quedó establecido como antes de la emigración.

Hecho esto, segura ya la Comunidad en nuestra Santa Casa, la Sierva de Dios, llena de amor y caridad, se puso de acuerdo con los Rvmos. Prelados para acoger a su lado a varias religiosas que de los conventos suprimidos en los Sitios Reales El Pardo, El Escorial y La Granja, se hallaban todavía reunidas en conventos que no eran de nuestra fundación, y llegó a formarse entre las que vinieron de otros conventos y nosotras, una Comunidad muy numerosa, viviendo todas en la mayor paz y santa alegría.

La Comunidad de Bonneuil, continuó en dicho punto haciendo todo el bien que podía, y muy querida de los habitantes del pueblo.

Deseando su Eminencia el Sr. Cardenal conocer y hablar a mi venerada Madre, vino a Guadalajara apenas nos instalamos de nuevo en el convento, honrándonos y consolándonos al mismo tiempo. Estuvo sumamente cariñoso; confirmó en su cargo de Abadesa a la Sierva de Dios y a las demás religiosas en sus oficios respectivos, y alabando el celo de nuestra ejemplarísima Madre por la observancia regular y por el culto divino, altamente complacido Su Eminencia, nos bendijo y alentó a proseguir en el fervor de vida en que siempre había vivido la Comunidad, bajo la prudente y santa dirección de nuestra venerada Madre y Prelada. Gratísima fue para nosotras la visita de nuestro Rvdmo. Prelado, y jamás olvidarán nuestras almas el consolador recuerdo que la bondad sin límites de su Eminencia dejara en ellas y los muchos favores y distinciones honrosas que nos hizo después hasta su muerte. Que Dios se lo haya premiado todo en el cielo.

Tranquilas y muy gozosas en nuestra antigua morada, no es fácil expresar el fervor de todas las religiosas, tanto de las trasladadas a Francia como de las venidas de los conventos de España. Estaban los corazones de todas llenos de un agradecimiento profundo a Dios Nuestro Señor y a su Santísima Madre, por tantos y tan señalados beneficios como se habían dignado concedernos durante la pasada tribulación; y unas veces, llorábamos de gozo considerando cuán bueno es Dios para sus escogidos, que así los ayuda y saca de los peligros más horrorosos, como sacara a nuestra venerada Madre y a sus hijas en los nueve años de penas y trabajos sufridos; y, otras veces, entonábamos himnos de alabanza y bendición a la divina Majestad y a nuestra Reina y Señora, rebosando de alegría nuestros corazones; ¡con qué fervor y devoción rezábamos el Oficio divino y demás oraciones del culto sagrado!…

Nuestra mayor delicia, la teníamos en morar en la casa de Dios y en velar junto al Sagrario de día y de noche. Adoradoras perpetuas y esclavas del Santísimo Sacramento, no podíamos vivir sin Él y jamás le dejábamos solo, comulgábamos como siempre y en todas partes, a diario.

Nuestras recreaciones eran encantadoras. Excepto las que por oficio o por una verdadera y legítima necesidad aprobada por la Prelada no podían asistir a dicho acto, acudíamos a él todas ansiosas de oír y escuchar a nuestra santa Madre, cuyas palabras dulcísimas y llenas de celestial gracia nos fortalecían y llenaban de luz para el ejercicio de todas las virtudes. Jamás nos permitía ni una sola palabra contra la caridad y, si notaba algún defecto en alguna contra la humildad, recogimiento, modestia o contra alguna otra, enseguida se echaba encima, corrigiendo a la defectuosa con el mayor cariño y amor.

A tan saludables consejos y doctrinas de nuestra Madre, obedecía sin duda, supuesta la divina gracia, el que todas anhelábamos con afán verdadero, el ser virtuosas, emulando las unas los buenos ejemplos de las otras y estimulándonos de obra y de palabra al sacrificio, yendo siempre delante de todas la Sierva de Dios.

En la guarda del silencio y mortificación de los sentidos, era singular el esmero de todas, adoctrinadas como estábamos por nuestra amada Madre y Prelada, la cual siempre vigiló mucho en sus hijas el recogimiento y la mortificación exterior como tan necesarios aquel y esta, para la guarda del corazón y para la contemplación a que somos llamadas en fuerza de nuestro estado religioso.

Todo quedó regulado en esta santa casa, después de nuestra vuelta de Francia: las clases, el coro, la Vela del Santísimo y el trato con seglares; y puede decirse que, como antes de nuestra emigración, entre todas las religiosas solo había un corazón y un alma, en la que reinaba Dios verdaderamente, por el más ferviente amor. La Sierva de Dios era el volcán que alimentaba esa caridad.

Los ardores de este volcán no se contenían dentro del claustro, sino que, penetrando los muros del convento, salían fuera de él y se difundían de tal suerte por todas partes, que eran innumerables las almas, de toda clase y condición, que buscaban a la Sierva de Dios, pidiéndole consejo en sus dudas, fortaleza en sus trabajos y remedio en todas las necesidades, procurando ella satisfacer a todos del modo que podía, dejándoles contentos y edificados, cuando no remediados en lo que solicitaban de su bondad, por serle imposible.

Como siempre, las niñas y los pobres fueron todo su encanto, y para las unas y los otros eran sus principales atenciones y singulares cuidados. Nuestro Colegio se llenó enseguida de jóvenes, especialmente las clases de niñas pobres.

De nuestra portería no se marchaba jamás un pobre sin la correspondiente limosna, y no era raro el que llamaran a la Sierva de Dios la Madre de los pobres, por su mucha caridad para con ellos.

Ni por su ya algo avanzada edad (tenía a la sazón sesenta y siete años) se dispensaba la Sierva de Dios de sus antiguos rigores de penitencia; antes, como en los años de su juventud, las hacía públicas y sangrientas, en cuaresma sobre todo y siempre que ocurría alguna necesidad, especialmente pública.

Con las ánimas benditas tuvo siempre particularísima devoción, y no contenta la Sierva de Dios con todo lo que su espíritu fervoroso y santo hacía e inventaba en su favor, pedía y reclamaba de las religiosas oraciones, Misas, Comuniones y sacrificios, en alivio de las benditas prisioneras del Purgatorio. Son innumerables los casos que se cuentan de apariciones de las benditas ánimas a la Sierva de Dios; en ocasiones eran tantas las que acudían a ella, pidiéndole sufragios, que, cual si fuera protectora de todas, extendía el manto y el hábito, si estaba sentada, como para cobijarlas a todas. Que era así verdad lo sabíamos sus hijas, por la mucha experiencia que teníamos de las cosas de nuestra amada Madre.

Muchas almas se le aparecían al ser libertadas de las llamas purificadoras, dándole las gracias por sus sufragios. Ya citamos en otro lugar algunos casos particulares: la salvación de su madre y la subida al cielo de varias religiosas y padre de algunas de ellas, y, por no cansar, omitimos el poner aquí otros muchos, ocurridos por este tiempo.

Por fin, fue tal la reacción que hubo en favor de la Sierva de Dios en cuanto puso los pies en nuestra amada Patria, que, enseguida, comenzaron a solicitar de su Reverencia los Prelados y muchas Comunidades de religiosas, nuevas fundaciones de conventos de nuestra Descalcez y Reforma, como se verá en el capítulo siguiente.

CAPÍTULO XLV

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Las beatas de San José en Madrid quieren hacerse descalzas. — También las Concepcionistas de Almería. — No se arregla lo de Saldaña. — Ya son Concepcionistas las beatas de San José. — Espíritu y fervor de las nuevas Descalzas. — Prueba dolorosísima de la Sierva de Dios. — Muere la Rda. Madre Camino. — Otra muerte ejemplar y dolorosa: la de D. Juan Antonio de Quiroga. — Regreso de las Religiosas de Bonneuil a España. — Fundación en Alcázar de San Juan. — Más fundaciones: las de Puebla de Alcocer, Almonacid de Zorita y Cabeza del Buey.

 

Con fecha 7 de noviembre de 1877, escribía el Eminentísimo Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo a la Sierva de Dios lo siguiente:

«Las Beatas de San José, que las sacaron de su convento y están en el de la Concepción Jerónima de Madrid, han pedido a Su Santidad la gracia de convertirse en monjas de profesión solemne. El Santo Padre me ha autorizado para que envíe a esa Comunidad dos o tres religiosas profesas de la Concepción Francisca, de las Constituciones (Regla) de Julio II, para que permanezcan en dicha Comunidad un año por lo menos, a fin de que instruyan a las religiosas que la componen, las que dicho año han de vivir de Noviciado y que, pasado el año, se vuelva a acudir a Su Santidad.

Las referidas Beatas que son muy buenas y están animadas de gran espíritu, me pidieron las llevara tres religiosas Concepcionistas Franciscas, que están con las de Santa Isabel (de las religiosas nuestras que había allí de El Pardo) de cuya observancia tienen buenas noticias. Me ha parecido acertada esta elección; pero quisiera yo que V., que conoce bien el personal, me indicara las tres religiosas que pudieran elegirse de la referida Comunidad, o de cualquiera otra de las de V.. La ventaja que tienen las que están en Santa Isabel es la de no tener que hacer viaje. Usted, pues, me indicará las que le parezca mejor para Superiora, para Maestra de Novicias y la tercera que haya de acompañarlas con el cargo que convenga darle”.

Otra Fundación. El Sr. Obispo de Almería, que es muy bueno, desea formar de nuevo una Comunidad de Concepcionistas Franciscas que tiene en aquella Ciudad, y para esto pide dos religiosas formadas. He dicho que escribiera a V., para ver si las podía proporcionar de las que hay en Santa Isabel. El Canónigo Lectoral de aquella Catedral, sacerdote digno, es el que ha venido comisionado y hablado conmigo, y, sabiendo que yo escribía a V., ha quedado en ir a esa mañana, o pasado mañana. Me he alegrado de su resolución; pues así puede V. oírle, y me alegraré que pueda complacerse al Sr. Obispo. Si se arregla, se pedirá licencia al Sr. Nuncio para la traslación de las religiosas por el tiempo que sea preciso, para la formación de la referida Comunidad.

Sin tiempo para más, bendice a V. y a toda la Comunidad su afectísimo, el Cardenal Arzobispo de Toledo».

En 24 de noviembre dice su Eminencia Rvdma. tratando de las referidas fundaciones de Almería y Beatas de San José:

«Enteramente conforme con lo que V. me propone, puede V. decir a las tres religiosas de esa Comunidad, destinadas para Almería, que estén dispuestas para cuando vaya por ellas el Sr. Lectoral. Hoy he hablado con el Sr. Cardenal Patriarca, para que prevenga a la Superiora de las Agustinas de Santa Isabel permita la entrada de esas tres religiosas en el Monasterio, para que pasen con sus Hermanas las Concepcionistas el día que han de descansar en Madrid, y que permita que, a la salida de las de Almería, se les una la Madre Vicaria que ha de ir con ellas a esa fundación, y que, asimismo, permita la salida de la Madre Abadesa de dicha Comunidad con dos religiosas más que han de pasar a la Comunidad de las Beatas de San José. A dicha Abadesa diré que me proponga la que ha de hacer de Presidenta, y así queda todo arreglado, como V. desea. Hoy mismo, despacharé el informe que me ha pedido el Sr. Nuncio de Su Santidad para que permita la traslación a Almería de las cuatro destinadas para esa ciudad. Me parece que ambas fundaciones han de ser de gran utilidad para la Iglesia y el bien de las almas.

Sin más por hoy, pues está esperando el demandadero, la bendice como a toda la Comunidad su afectísimo. — El Cardenal Arzobispo de Toledo. — Aunque no puede dar a usted los días del Patrocinio, la tuve muy presente».

En este mismo año 1877 la Comunidad de Saldaña pidió a mi venerada Madre religiosas para su convento. Referente a esto dice su Emma. lo siguiente: «Sobre lo de las monjas de Saldaña, cuyo conventito conozco, puede V. contestar a las monjitas que pueden acudir al Sr. Arzobispo de Valladolid, para que este, si le parece conveniente, me pida el número de religiosas suficiente para dar vida a esa casi extinguida Comunidad y cuando el Sr. Arzobispo me escriba, yo avisaré a V. para que disponga lo oportuno. El Duque de Sexto, o Marqués de Alcañices[62], Mayordomo Mayor de Su Majestad, es el Patrono y siempre ha hecho en favor del convento lo que ha podido.

Se encomienda a las oraciones de V. y de toda la Comunidad su afectísimo, el Cardenal Arzobispo de Toledo».

La reforma de Saldaña no llegó a realizarse, por ser muchas las peticiones de fundaciones y reformas que pedían de varios puntos de España. La de Almería se verificó el 26 de noviembre del mencionado año 1877, saliendo de esta Comunidad de Guadalajara tres religiosas: la Rda. Madre Sor Mª Isabel de los Remedios para Abadesa, Sor Mª Ventura del Carmen y Sor Mª Apolonia del Sagrado Corazón de Jesús. De nuestras hermanas reunidas en el convento de Santa Isabel de Madrid salieron dos: la Rda. M Madre Sor Mª Antonia de San Joaquín, para Vicaria, y Sor Mª del Pilar para organista; las cinco llegaron a su nuevo convento de Almería, siendo recibidas con las mayores demostraciones de afecto, y por las religiosas que había en aquella Santa Casa con el mayor entusiasmo, alegría y consuelo. La reforma de la ejemplar comunidad de beatas de San José se verificó al propio tiempo que la de Almería. Fue de Abadesa la Rda. Madre Sor Mª Catalina de los Dolores con dos religiosas más; una para Vicaria y la otra para Maestra de Novicias.

Con la solemnidad que el caso requería tomaron el santo hábito de nuestra Madre Purísima el día 8 de diciembre las religiosas de toda aquella venerable Comunidad, practicando, con edificante fervor y santo gozo, el año de Noviciado y con la aprobación y  bendición especial de Su Santidad el Papa Pío IX, pronunciaron todas y cada una sus votos solemnes, profesando nuestra santa Regla y Constituciones de la Orden de la Purísima Concepción Francisca Descalza, que siempre han seguido y siguen cumpliendo exactísimamente y a satisfacción de los Prelados.

Verificada la profesión solemne y perfectamente instruidas en nuestras costumbres y método de vida común, regresaron al convento de Santa Isabel de Madrid la Reverenda Madre Dolores y las dos religiosas que la habían acompañado a la reforma, quedando ya la nueva Comunidad con su Abadesa, Vicaria, Maestra de Novicias y demás cargos de Comunidad, todo perfectamente arreglado, con aprobación de los Superiores.

Mucho sintieron las religiosas de San José la separación de sus tres Madres fundadoras y muy tierna fue la despedida que les hicieron, como aparece en la siguiente misiva del Sr. Secretario de su Eminencia a las Sierva de Dios:

«Secretaría de Cámara y Gobierno del Arzobispado de Toledo. Madrid 28 de enero de 1879.

Mi Reverenda Madre Sor Patrocinio: Había hecho propósito de ir a ver a la Abadesa de Santa Isabel y aun se lo había prometido a ella, pero voy viendo que ya va pasando demasiado tiempo sin ir, ni contestar; opto por hacer lo segundo, sin perjuicio de verificar lo primero cuando pueda. Recibo a su tiempo las suyas, dando cuenta oportunamente a su Eminencia de lo que para él en algunas me decía, o entregándole lo que para el mismo incluía.

Acompañé a sus hijas de la una a la otra casa, y, al despedirse, pensaba decir algo a unas y a otras y haber dado públicamente las gracias a las Maestras, en nombre de las discípulas, en nombre del Señor Cardenal y en mi humilde nombre también, por el acertado desempeño de la comisión apostólica que su Eminencia les había confiado; pero, al ver tanto lloro y tantas lágrimas de una y de otra parte; al considerar lo conmovidas que estaban todas y que estaban todas esperando se acabase una escena tan dolorosa, no me pareció oportuno prolongarla, ni aun encontré coyuntura, ni ocasión para poder hablar cuatro palabras, que se pareciesen a plática, o cosa por el estilo; así es que solo se lo dije a la Madre Dolores, en Santa Isabel.

No tiene V. Reverencia, nada que agradecerme; pues nada he podido hacer que valga la pena; pero sí es cierto que con muy buena voluntad lo hubiera deseado, y que, si se presentara ocasión de hacer algo bueno, tendría una satisfacción.

Las de San José supongo que van bien; pues, desde el día siguiente a la dolorosa separación, tampoco las he visto, solo he confesado a tres que allí tengo. Deseo que V. Reverencia, se alivie y que a V. Reverencia y a todas sus hijas, las llene el Señor de sus celestiales bendiciones y que pidan otro tanto para su afectísimo siervo en Cristo. — Santiago Pastor y Just».

Del espíritu religioso y fervor de estas dos Comunidades: la de Almería y la de San José de Madrid, puede juzgarse bastante por lo que se dice en las precedentes cartas pero debo añadir a lo ya dicho, para honra de ambas Comunidades, que la Sierva de Dios tuvo siempre de ellas el más alto concepto e hizo de su virtud el más grande aprecio, tanto que muchas veces, hablando de sus religiosas, nos las ponía por modelo.

Verificadas las reformas de Almería y de San José de Madrid, pidieron a la Sierva de Dios otras dos fundaciones más, una en Andalucía y otra en Alcázar de San Juan, más la Reforma de la Comunidad de Corral de Almaguer. La primera no pudo llevarse a cabo por dificultades insuperables; de las otras dos hablaré enseguida.

En medio del consuelo que la Sierva de Dios experimentaba con estas nuevas fundaciones y reformas, tuvo su Reverencia que sufrir muy sensibles y dolorosas pruebas, pues en este mismo año 1879, fallecieron la Reverenda Madre Sor María de Nuestra Señora del Camino y el Excmo. Sr. D. Juan Antonio de Quiroga. De la muerte de Sor María del Camino, da cuenta mi venerada Madre a la Abadesa de una de nuestras Comunidades diciendo:

«Guadalajara —12 de marzo de 1879

A.S.L.S.T. — A.M.P.[63]

Mi muy amadísima y querida hija Asunción: Con el corazón lleno de pena, te pongo estas letras para decirte que nuestra amadísima Sor María del Camino está en la agonía, la están auxiliando y al final de esta te diré lo que ocurra, por si fallece, que no se le retrasen los sufragios.

Pedid mucho por todas; pues, en mes y medio van ya dos jóvenes y robustas; están todas asombradas y afligidas. Díselo a nuestro apreciabilísimo P. Vicario, que estoy segura lo sentirá mucho. No puedo más, cuídate mucho, saluda y bendice a todas; pues sabes cuánto y cuán de corazón te ama y bendice tu Madre. — Patrocinio.

Son las nueve y media de la mañana; acaba de expirar la Madre Camino (q.e.p.d). Una estación y tres salves por caridad. No puedo más hoy».

Esta excelente virtuosísima religiosa entró en nuestro convento de San Pascual de Aranjuez el 29 de abril de 1860, con título de Maestra Superior; y ciertamente, fue superior su talento y lo aprovechó muy bien para gloria de Dios y de Ntra. Purísima Madre, saliendo siempre, con la mayor energía, prudencia y verdadero amor filial, en defensa de la verdad, de la justicia, de la virtud, de la inocencia y santidad de la Sierva de Dios, de la que fue secretaria por muchos años y directora de los Colegios de Aranjuez, mientras de aquel convento fue moradora…

«Dios reparte sus gracias como y cuando le place y a quien le place», le decía en cierta ocasión la Santa, y «esto mismo es un nuevo motivo para que agradezcas más a Dios; pues tú misma no sabes lo que vales, como yo que te miro y observo. Dios te ha dado talento suficiente para no engreírte, porque tu Prelada te diga la verdad para que te tranquilices en tus dudas y aflicciones y para que alabes a Dios por los dones que, sin merecimiento alguno tuyo, te ha concedido. Estoy, hija mía, muy contenta y satisfecha de ti; Dios te bendiga, como te bendice tu pobre Madre».

En otra, dirigida desde Bonneuil le dice: «Jesús, María y José te bendigan, bendigan también todas tus obras, palabras y pensamientos, siendo tu consuelo, tu paz, y verdadera alegría, como así será; pues no puede menos de favorecer a quien tan bien se conduce y tan delicadamente en el cumplimiento de sus obligaciones, a su mayor honra y gloria».

Debo hacer notar, que una de las muchísimas gracias y especiales favores que Dios nuestro Señor concedió a mi venerada Madre fue, que, cuando alguna pretendienta tomaba el Santo hábito, en el acto de tomarle, le manifestaba el Señor todo cuanto aquella religiosa había de ser y hacer en la religión, desde su ingreso hasta su muerte; y aunque su Reverencia procuraba ocultar esta grandísima gracia, bien sabida era de la Comunidad, primero, por las Madres antiguas de Caballero de Gracia de Madrid, y después por el Rdo. P. Fr. Mariano de Estarta. Admirable era en todo esta venerable y amada Madre mía.

En septiembre del mismo año 1879, sufrió mi amada Madre otra nueva dolorosa pérdida en su buen hermano, el excelente cristiano caballero D. Juan Antonio de Quiroga. Antes de nuestro regreso de Francia, vínose este señor a España, con los reyes D. Francisco y Dª Isabel, volviendo después a por nosotras para acompañarnos hasta Guadalajara. Después que nos hubo dejado instaladas y tranquilas en nuestro convento, tuvo que emprender un nuevo viaje a Francia con Su Majestad la Reina Dª Isabel II; pero se resintió de forma en su salud, que no tardó en regresar a España, instalándose en Madrid, desde donde doña Rosario, su esposa, avisó enseguida a la Sierva de Dios de la gravedad en que se encontraba su hermano D. Juan Antonio, lo que fue para su corazón un verdadero cuchillo que le traspasó de parte a parte. Le quería entrañablemente y además ¡le estaba tan agradecida!… Después de administrarle el Santo Viático, escribía la Sierva de Dios a la Abadesa de Almería Sor Isabel de los Remedios y le decía: «Ya puedes comprender lo malito que está mi hermano, administrado ayer, cuatro de la tarde. Tú sabes bien lo que era para todas y lo que le temían los enemigos; particularmente los que han levantado la última y más dolorosa tormenta. Nada más te digo; díselo al Sr. Lectoral.»

  1. Isidro de Losa y Cruz, compañero inseparable del ilustre enfermo por tantos años, escribe a la Sierva de Dios dándole cuenta de este hermoso acto. Dice así: «Mi estimada y buena Madre: Salud deseo a V. y santa conformidad en las tribulaciones que Dios permite tenga continuamente: Supongo recibiría V. un telegrama que mandé poner para que supiese que recibió su hermano, a las cuatro de la tarde del día de ayer, el Santo Viático. Por carta de Rosario sabrá V. todos los detalles…

El Padre Julián, que, según me dice, piensa salir esta tarde, si su hermano de V. no lo necesita, le dirá con la docilidad que recibió el encargo de V., de que recibiese al Señor; todo se arregló y no faltó nada, para que Su Divina Majestad fuese con toda solemnidad. Asistieron al Viático y acompañaron al Señor el P. Millán, P. Román Guerrero y P. Patricio Páramo y bastante concurrencia. Pidamos a Dios mejore, para consuelo de su familia».

La Rda. Madre San José dice, refiriéndose al conocimiento sobrenatural, que la Sierva de Dios tuvo de la muerte de su hermano Juan, que: «El día 12 de septiembre, estando con su Reverencia armando unos ramos de claveles para el camarín de la Santísima Virgen del Olvido, estuvo casi una media hora con un ramo, sin hablar una palabra, su rostro encendidísimo, hasta el punto que, a mi vista, despedía un resplandor que lo blanco de la toca parecía de color de oro, agotando cuantas ramas yo le tenía preparadas para otros; yo la miraba y sentía en mi alma un gozo y, al mismo tiempo, un santo temor imposible de explicar. Por fin, ya mi Madre querida dio señales de estar en este mundo, y, mirándome como un ángel, me dijo: “Este ramo es muy grande”; yo la contesté, sí, tiene las ramas de dos o tres, y me contestó, sonriendo y enseñándome el ramo: “Es para que aumente la corona de gloria al alma de mi hermano Juan». Dicho señor estaba gravemente enfermo y falleció pocas horas después de lo referido.

Confirmó su fallecimiento el P. Peña, Vicario de la Comunidad, como se sabe, con la siguiente carta:

«Madrid y septiembre, 13 de 1879.

Ave María Purísima. — Mi apreciable Madre Abadesa:

Los Sagrados Corazones de Jesús y de María sean su consuelo y el de toda la Comunidad.

Doy a V. el pésame por la muerte de su señor hermano, que ha sido ejemplar; expiró a las doce y media de esta noche pasada, y a todos nos ha edificado con su paciencia, sufrimiento y resignación (R.I.P.)

Piadosamente podemos creer que está en el cielo. Ha recibido la Santa Unción y se le ha hecho la recomendación del alma. Nada le ha faltado en lo espiritual ni en lo corporal, gracias a Dios. Le parecía que era molesto a todos: por la más mínima cosa que se hacía en su obsequio daba las gracias, sin reparar que así debía hacerse, por deber de obligación, caridad y justicia. He resuelto no volver a esa, no obstante que mañana es domingo, porque quiero acompañarle mañana, Dios mediante, a las diez de la mañana, hasta dejarle ya en el Camposanto de San Isidro. Rosario me encarga diga a V. que no escribe hoy, porque lo hago yo y porque no está para ello….»

Muchos fueron los telegramas y cartas de pésame recibidos enseguida por la Sierva de Dios, con motivo de la muerte de su hermano, y en todos ellos se elogia grandemente las virtudes del ilustre finado. Copiaremos solo la del Rdo. P. Millán, Provincial de Franciscanos, por contenerse en ella un cumplido panegírico del esclarecido don Juan Quiroga. Dice así el Muy Rdo. Padre: «…El Espíritu Santo asista a V. Rcia. colmándola de todos sus dones y virtudes, con especialidad la fortaleza y grandeza de alma, para con esta, solidada en la voluntad del Señor, Árbitro único soberano de la vida y de la muerte, alabarle en todo, dándole gracias mil porque así ha querido premiar los grandes sacrificios, que V. Rcia. sabe mejor que yo, ha hecho en su obsequio y defensa, su muy querido hermano (Q.S.G.H.), trasladándole ahora a mejor vida, debido por la divina Misericordia a sus méritos en sobreabundante compensación a los tan repetidos sacrificios que nunca escaseó, por así exigirlo su amor natural hacia V. Rcia., ilustrado por la fe y robustecido por la religión, contemplando a esa personificada en V. Reverencia, atendidas las tan extraordinarias circunstancias y peripecias que el Señor ha permitido para prueba y acrisolamiento de unos y otros…

Ocupe, Reverenda Madre, mi puesto de mañana en esa esta mi carta y sirva todo lo que en ella indicado de un dulce y consolatorio lenitivo a la honda pena de que contemplo poseída, a la vez que resignada, a V. Reverencia, en cuyo sentimiento la acompañan todas, todas estas sus tan amantes como queridas hijas y hermanas, encomendando a Dios a su tan sentido hermano que santa gloria haya… Ayer estuve en la casa mortuoria, consolando un buen ratito a su muy afligida hermana Dª Rosario, a quien dije escribía hoy…»

Para su santa hermana, mi Madre Patrocinio, era seguro que estaba el alma de D. Juan Antonio en el cielo; pues escribiendo a la Madre Concepción le dice estas palabras: …«Millones de gracias, hija mía, por la oraciones por mi hermano (Q.E.P.D.) ¡Qué muerte tan feliz, según todos dicen! ¿Qué mayor consuelo? Le contemplo en el cielo cantando el Santo, Santo, Santo. Dios lo ha dispuesto todo; su voluntad Santísima se cumpla en eso y en todo cuanto me pertenezca, que es lo que deseo…».

Por nuestra parte, las religiosas de la Sierva de Dios, nunca agradeceremos bastante lo muchísimo que tan cristiano y noble caballero se sacrificó en nuestro favor y los grandes beneficios de todo género que le debemos. Quiera Dios aumentarle su gloria en tantos grados, cuantos fueron los méritos contraídos por nuestra causa.

En medio de la tribulación con que se dignó Dios probar a mi venerada Madre, quitándole a su hermano don Juan Antonio y llevándose su alma al cielo, la consoló con nuevas fundaciones y reformas que regaló a su celo ardiente por la gloria divina.

Con motivo de darle el pésame, es el mismo Señor Cardenal quien dice a la Sierva de Dios que conteste a las Concepcionistas Calzadas del Corral de Almaguer: «que si Su Prelado el Sr. Obispo de Cuenca, consiente en ello tampoco Su Eminencia tendrá inconveniente en enviarles Concepcionistas descalzas, con las que, gracias a Dios, estoy contento y de las que solo me desprendo en bien de la religión y para la mayor gloria de Dios”.

Si el Sr. Obispo (de Cuenca) me escribe, añade Su Eminencia, avisaré a V., para que designe, como lo hizo para Almería, y se pedirá licencia al Sr. Nuncio, como se hizo entonces; para que todo se haga en debida forma y consigamos que la nueva fundación de Cuenca dé los buenos resultados que están dando la de Almería y la de San José de Madrid…»

Con fecha 1º de julio, ultimadas ya todas las cosas, hacían su entrada en el Corral de Almaguer nuestras religiosas, escogidas de los conventos de Aranjuez, Manzanares y Guadalajara, en número de doce, y por abadesa la Rda. Madre Justa de Ntra. Señora de la O. Fueron recibidas con el mayor gozo y entusiasmo, por parte de las religiosas del convento, que eran cuatro, y de todas las clases de la población. Se conserva esta Comunidad al presente en su fervor primitivo.

En el año 1880, un nuevo pesar afligió el compasivo corazón de mi Madre venerada; pues la Comunidad de Bonneuil (Francia) tuvo que abandonar aquel nuestro hermoso convento, a causa del decreto de expulsión de las Comunidades Religiosas, dado por el Gobierno de aquella Nación. Parte de la Comunidad vino a este nuestro convento de Guadalajara y al de Manzanares. Ocho o nueve religiosas trajo aquí Su Reverencia, entre ellas las tres que habían tomado el santo hábito en Belloc y una alsaciana, que le tomó en Bonneuil.

Estas cuatro francesas, que habían profesado con votos simples en Francia, a poco de su llegada a España hicieron su profesión solemne, con aprobación y licencia de nuestro Eminentísimo Prelado, Sr. Cardenal Moreno.

Grande fue el sentimiento de mi venerada Madre y el nuestro al perder el convento de Bonneuil, comprado y restaurado a fuerza de tantos sacrificios, convento hermoso, situado en un pueblo pacífico y retirado del bullicio de las ciudades; verdadero castillo, como así le llamaban sus habitantes y que, según parece, perteneció antiguamente a la celebre Abadía de San Dionisio, tan visitada por San Luis, Rey de Francia, que muchas veces iba desde su palacio de París al monasterio, en su carroza, por una espaciosa galería subterránea, que llegaba al convento. De un arco de esta galería subterránea vimos nosotras en cierta ocasión en nuestra casa de Bonneuil señales ciertas, aunque ya está, como puede suponerse, incomunicada y casi en ruinas; pero lo cierto es que recordando lo que aquello pudo ser en tiempos pasados, infundía devoción y respeto al verlo.

Su Majestad el Rey D. Francisco de Asís, en una de las veces que fue a visitar a mi Reverenda Madre y a la Comunidad, acompañado del Duque de Baños, nos dijo, que no entraba una vez en aquella santa casa, sin considerar, enternecido, las veces que habrían pisado el suelo de aquel jardín y de aquella huerta las santas plantas del Santo Rey de Francia Luis IX; tan sabido era de todos lo venerado de aquellos sitios. De esta preciosa casa tuvimos que desprendernos, repito que con harto sentimiento; pues no era fácil sostener el gasto que la conservación de la propiedad hubiera ocasionado. Con el producto de la venta pagó mi venerada Madre varias deudas de alguna de sus Comunidades y socorrió a las religiosas más necesitadas.

Por este tiempo acudieron también a la Sierva de Dios los PP. Jesuitas del convento de Uclés, que eran más de ciento y le suplicaban hiciera allí una fundación. Mi amada Madre trató el asunto con el Sr. Cardenal y por no reunir condiciones la casa, ni darles seguridades de subsistencia, ambos resolvieron no llevar a cabo la Fundación dicha. Como nuestras religiosas de El Pardo estaban refugiadas en el convento de Agustinas de Santa Isabel de Madrid, desde el año 1868, y eran tantas en número, tenían ya necesidad de salir a ocupar su antigua casa, u otra que su Eminencia Rvdma. quisiera proporcionarles. Hicieronse las gestiones necesarias para lo uno y lo otro, pero sin resultado satisfactorio; por lo cual fueron repartidas las religiosas entre los conventos de Guadalajara y Torrelaguna.

No se habían olvidado los hijos de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) de las virtudes de mi venerada Madre Patrocinio y de sus hijas y el gran fruto que con sus colegios de niñas hacían a los pueblos donde vivían; y, ya que no tuvieron la dicha de fundar convento nuestro cuando lo intentaron, a tiempo de la fundación del convento de Manzanares, con el entusiasmo que recordarán nuestros lectores que hubo entonces en toda la ciudad, sin distinción de clases, acudieron ahora de nuevo a la Sierva de Dios, suplicándole la dicha fundación en distintas condiciones y con mejores resultados. Por tratarse del legado de una casa y de algunas otras cosas y rentas que en su testamento hiciera una cuñada de la Rda. Madre Asunción, Abadesa que era entonces de la Comunidad de Manzanares, la Sierva de Dios se entendió con ella principalmente, para llevar a feliz término, lo que no sucedió mientras no se aclararon ciertos puntos de la testamentaria y se aseguró la vida de las religiosas de la futura Comunidad.

Cuando todo estuvo arreglado, con las correspondientes licencias de los señores Nuncio y Cardenal Arzobispo de Toledo, se trasladaron del Convento de Manzanares a Alcázar de San Juan, acompañadas por el Ilmo. Sr. Carrascosa, Obispo dimisionario de Ávila, del P. Julián Peña y de otros varios señores de Manzanares y de Alcázar, nueve religiosas, entre ellas la Rda. Madre Asunción, elegida en Abadesa de todas en la nueva casa, habiendo renunciado antes el mismo oficio en la Comunidad de Manzanares.

Se verificó esta Fundación el día 1º de julio de 1882, con grande alegría y gozo de todos los alcazareños, los cuales, entusiastas siempre de todo lo que significa religión y progreso para su pueblo, vieron en las nuevas religiosas otras tantas mensajeras del cielo, portadoras de bien y de paz para ellos y para sus hijos, en las futuras generaciones.

Actualmente, es aquella Comunidad ejemplarísima, y continúan siendo las religiosas muy queridas de todos los vecinos y moradores de Alcázar. Son Vicarios y confesores de la Comunidad los Rvdos. Padres Franciscanos del convento que allí tiene la Orden.

Mientras se verificaba la fundación del convento de Alcázar de San Juan, estaba en tratos la Sierva de Dios, respecto de la reforma de la Comunidad de Concepcionistas Calzadas de Puebla de Alcocer, en la provincia de Badajoz, diócesis de Toledo, en la cual solo quedaban tres religiosas. Con las debidas licencias y en inmejorables condiciones, fueron destinadas de nuestra Descalcez para el expresado convento, en Abadesa, Rda. Madre Juana de la Purísima Concepción, y algunas religiosas más de la Comunidad de Manzanares, de la que a la sazón era prelada la referida Madre.

Aunque, como decía la Santa, escribiendo en cierta ocasión a la dicha Madre Abadesa: «el demonio tenía particular encono contra el convento de Puebla de Alcocer y no parecía sino que se empeñaba en destruirlo», subsiste esta Comunidad muy religiosa y observante siempre y muy estimada y querida de los habitantes de aquel pueblo. Actualmente se halla muy reducida y se trata de rehacerla con nuevas religiosas de nuestra venerada Madre.

En Almonacid de Zorita, de esta provincia de Guadalajara, existía una Comunidad de religiosas Concepcionistas Calzadas, y eran tan pocas sus religiosas por este tiempo, que, teniendo noticias las religiosas, especialmente la Madre Encarnación, del entusiasmo que había en todas partes por las fundaciones y reformas de nuestra venerada Madre, le pidieron religiosas nuestras, con el fin de hacerse descalzas.

Accedió la Sierva de Dios a tan santos deseos, y envió al expresado convento varias religiosas de esta nuestra Comunidad de Guadalajara y por Abadesa la Rda. Madre Sor Mª Baldomera de Ntra. Señora de la O. Muchos trabajitos y pruebas ha tenido que sufrir esta Comunidad de Almonacid; pero todo le ha servido para que aparezca más santa a los ojos de Dios y de los hombres.

En Cabeza del Buey, provincia de Badajoz, diócesis de Córdoba, se hizo otra reforma en un convento donde se hallaban reunidas Concepcionistas Calzadas y algunas Clarisas. Entre todas formaban una pequeña Comunidad, y todas pidieron a mi venerada Madre y a los Prelados, religiosas de su Reverencia, para reformar la Comunidad, vistiendo las Clarisas nuestro Santo hábito de Concepcionistas y profesando nuestra Santa Regla y Constituciones de la Purísima. Con las licencias necesarias de los Eminentísimos Prelados y de Su Santidad, lograron su deseo, siendo desde entonces Comunidad de Concepcionistas Franciscas Descalzas. Se verificó esta reforma el 14 de abril de 1884, siendo designada para Abadesa la Rda. Madre Sor Mª de los Dolores y de la Paz, que fue al mencionado Convento con siete de nuestras religiosas, escogidas de varios conventos.

Esta Comunidad fue también algo probada; pues después de algunos años quedó casi extinguida, por haber pasado la Rda. Madre Paz, con algunas otras, a otro convento donde también querían reforma, según decían, pero que mi venerada Madre profetizó de antemano que no llegaría a realizarse, como así fue; pues, después del fallecimiento de su Reverencia, tuvieron que retirarse la mencionada Madre Paz y las que con ella habían ido, pasando a otro convento.

El de Cabeza del Buey sufrió las consecuencias de la salida de las reformadoras, quedando como arriba digo, casi extinguida la Comunidad; pero gracias a Dios y al celo de las poquísimas que quedaron, han pedido hace pocos años religiosas Concepcionistas de otro convento para rehacerse la Comunidad, siendo hoy bastante numerosa, con lo que continúa cumpliendo los fervorosos deseos de las que, en el año 1884, pidieron y obtuvieron la Reforma.

CAPÍTULO XLVI

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Por Pío IX: añoranzas de perfecta católica. — León XIII y la Sierva de Dios. — «Parecía un cadáver con capa». —Muerte del Padre Peña. — Sustituto franciscano, de todos modos. — El Padre Gómez, último confesor de la Sierva de Dios. — Estragos del cólera en las religiosas de Aranjuez. — Alfonso XII entre los coléricos. — Dios proveerá. — Fue demasiado silencio. — «Va de Preladas»… «la que sigue seré yo». — ¡Dichosa huerfanita! — Síntomas alarmantes de no lejana muerte. — «¡Pobrecito D. Román, se va a morir pronto!» .

 

Hondísima había sido la pena que la muerte del Santo Pontífice Pío IX, causó en el agradecido corazón de la Sierva de Dios: no podía olvidar ni dejar de agradecer con toda su alma las muchas y muy singulares distinciones que aquel gran Papa tuviera con ella y con sus hijas; manifestadas en infinidad de privilegios que le concediera (y que constan en el archivo de este nuestro Convento de Guadalajara) y en las repetidas visitas que le enviara por medio de sus Delegados y Nuncio, hallándose desterrada, o expatriada, en Francia. Consideraba, además, la Sierva de Dios, las grandes e inmortales obras del Pontificado de Pío IX: la Definición Dogmática del Misterio de la Inmaculada Concepción de María; el Dogma de la Infalibilidad Pontificia, y la celebración del Concilio Vaticano; y aunque sabía muy bien que Dios velaba por su Iglesia y no la abandonaría en la gran tribulación que pesaba sobre ella con la muerte del Sumo Pontífice, tenía presente también que Dios estaba irritado contra el mundo, y de ahí el estado de sufrimiento y de martirio de mi venerada Madre, después de la muerte del Gran Pontífice de la Inmaculada.

Desde el momento en que sucedió, hasta la elección de Su Santidad León XIII, no hizo otra cosa que pedir y clamar a Dios que se dignara conceder a su Iglesia el Pastor Santo y Sabio que necesitaba en aquellas tan angustiosas y difíciles circunstancias. «Pidamos a Dios, hijas mías, decía y escribía a sus monjas, que nos conceda un pontífice que sea en verdad “Lumen in coelo”; y a las oraciones añadía la Sierva de Dios grandes mortificaciones interiores y exteriores, ordenadas a aplacar la ira divina, irritada en aquella sazón más que otras veces contra los hombres, por los pecados cometidos contra la persona del Vicario de Jesucristo en la Tierra y contra la Santa Iglesia. Solo respiró su corazón y se llenó de gozo su alma cuando se dignó Dios darle a conocer que el nuevo Pontífice sería todo fruto de su misericordia para con su Iglesia. Con ese nombre llamaba la Sierva de Dios al Gran León XIII «El Papa de la misericordia divina para con el mundo en aquella época».

Durante el Pontificado de este Santo Padre, la Sierva de Dios tuvo varias ocasiones de comunicarse con Su Santidad, para asuntos de las fundaciones y reformas de conventos; y siempre recibió singulares muestras de aprecio y de bondad de parte del Papa santo y sabio.

Por medio del Obispo de Ávila, Sr. Carrascosa, en su visita ad limina, recibió la Sierva de Dios estas frases de aliento y de consolación inefable:

«Agradece mucho el Santo Padre su especial visita; encarga que pida V. mucho y haga pedir a sus hijas por Su Santidad, que los tiempos son calamitosos, difíciles y de prueba (son sus palabras); pero que, si no puede V. confiar en tronos ni gobiernos, en cambio su fe apostólica le hace creer que pronto vendrá en su auxilio aquel que domina los mares, los vientos y tempestades»: y concluye bendiciéndola y a todas sus hijas. De este modo honraba Dios nuestro Señor y consolaba a esta su atribulada mártir, por medio de sus Santos Vicarios en la tierra.

Una muy sensible y bien dolorosa prueba tenía el Señor preparada a mi venerada Madre y a su Comunidad, en el fallecimiento de nuestro ejemplar y virtuoso Padre Vicario, Fray Julián Peña y Sánchez, que pasó a mejor vida el 28 de junio de 1884. La muerte de este venerable Padre la anunció la Sierva de Dios de una manera clara y terminante.

El día 20, festividad del Sagrado Corazón de Jesús y en el que celebra esta Comunidad solemnemente la Sacramental, oficiaba en ella y presidía la procesión llamada «Minerva» el referido Padre, llevando en sus manos, bajo paño, la sagrada custodia. Al terminar la función y retirarse mi amada Madre a su celda, apoyada en el brazo de una religiosa, por la hinchazón de piernas que ya venía padeciendo, le dijo con tristeza: «Creí que el Padre Vicario no podía acabar; que mal está, me parecía un cadáver con capa, ¿no lo has notado?» La religiosa contestó que no había notado nada, únicamente le llamó la atención que la voz la tenía más débil; pero lo atribuyó a la mucha gente que había en la Iglesia.

Al día siguiente, sábado, cantó el mencionado Padre la Misa a San Antonio de Padua, sin que nadie notara el menor quebranto de salud y, una vez terminada, al volver la Sierva de Dios a su celda, dirigiéndose a las cuatro o cinco religiosas que con su Reverencia íbamos, nos dijo: «El Padre Vicario está muy mal, se nos muere pronto, toda la Misa me parecía verle cadáver». Fácil es comprender la impresión que este anuncio, unido al que teníamos del día anterior, nos haría; y más cuando vimos que al terminar las anteriores palabras, mandó mi venerada Madre recado a la Madre tornera para que dijese al Padre Vicario que, en cuanto desayunase, subiera al locutorio; pues tenía su Reverencia precisión de hablarle. Subió efectivamente al locutorio el referido Padre; y a las once, se despidió hasta otro día, sin que se notara en él nada de particular de molestia o alteración en su salud.

Llegó la tarde, y de pronto se sintió tan mal, que tuvo que acostarse antes de la hora acostumbrada; y fue tan en aumento la gravedad del mal, que el día 26 le administraron el Santísimo Viático; y el 27, a las ocho de la noche, la Santa Unción; expirando el 28, a las doce y media del día, con la tranquila muerte del justo, a los 73 años de edad y veintinueve de Vicario Capellán Mayor de la Comunidad.

Para dar cumplimiento a la voluntad de lo manifestado varias veces por el virtuoso Padre en los últimos días de su vida, cuando le amortajaron, le pusieron debajo del santo hábito Franciscano el blanco de nuestra Madre Purísima, por la gran devoción y amor que tenía a la Virgen María en el misterio de su Concepción Inmaculada. Al entierro y funeral asistió todo Guadalajara, oficiando la Parroquia, por la grande estima y veneración en que este bienaventurado religioso era tenido por todos.

Pérdida dolorosísima fue la de tan venerable Padre para la Sierva de Dios, pues la consideraba su Reverencia irreparable, atendidas las bellas cualidades del virtuosísimo finado[64]; y el conocimiento que tenía de nuestras monjas de todos los conventos y asuntos principales de los mismos; por haber estado al frente de ellos cerca de treinta años. Ofreció mi amada Madre a Dios prueba tan sensible y sacrificio tan grande con la conformidad y grandeza de alma que siempre tuvo en sus mayores tribulaciones.

Desde el momento que murió nuestro venerado Padre Peña, no cesó la Sierva de Dios de trabajar, ya en la oración, ya por los medios que humanamente podía emplear, hasta obtener para su Comunidad de Guadalajara un religioso de nuestra Orden Seráfica que, en cuanto fuera posible, llenara el vacío del venerable difunto y pudiera desempeñar con el acierto que él los desempeñó los cargos de Confesor y Vicario de las religiosas. Trató su Reverencia del asunto de palabra y por escrito con el Rdo. Padre Fr. Manuel González, que deseoso de complacerla en la urgente necesidad que su Reverencia le exponía, hizo con el mayor interés las averiguaciones necesarias, sintiendo que las muchas ocupaciones que le retenían en la Nunciatura, no le permitieran venir, al menos cada quince días, desde Madrid para confesar a la Comunidad, en tanto que se nos proporcionara nuevo Vicario.

También se dirigió la Sierva de Dios a los RR. PP. del convento de Misioneros Filipinos de Pastrana, del que era Rector el Rdo. Padre Fr. Baldomero Sánchez, quien a vuelta de correo contestó a su Reverencia manifestándole la verdadera imposibilidad en que se hallaba de favorecernos con la asistencia que necesitaba la Comunidad, sintiendo a la vez, muy de corazón, no poder servir a su Reverencia como quisiera, y más en negocio tan agradable a Dios, a cuya bondad fiaba el poderlo hacer algún día. Agradecida quedó mi venerada Madre a este deseo, que pasados algunos años se realizó como se verá más adelante.

No dejó la Sierva de Dios piedra por mover en este asunto, hasta encontrar vicario y confesor de la Orden, lográndolo al fin después de algún tiempo, merced a la cooperación que prestara a su Reverencia el Reverendísimo Padre Fr. Francisco Sáenz de Urturi[65], Comisario General Apostólico de toda la Orden en España, quien extendió el nombramiento a favor del Rdo. Padre Fr. Antonio Gómez Zamora, el cual se hallaba con licencia temporal y con anuencia de los Prelados, al lado de su anciana madre.

De gran júbilo fue para toda la Comunidad este nombramiento, no solo porque con él quedaba satisfecho el celo seráfico de la Sierva de Dios respecto de sus hijas, sino por tratarse de un religioso muy benemérito en la Orden de nuestro Padre San Francisco, por su saber y excelentes dotes de gobierno y por su mucha virtud.

Hasta que este Rdo. Padre se hizo cargo de la Comunidad, desde la muerte de nuestro bendito Padre Peña, nos confesamos con un religioso Carmelita exclaustrado, de este nuestro convento del Carmen, llamado Fray Fructuoso de la Madre de Dios, muy virtuoso y santo, que estimaba mucho a nuestra venerada Madre y a sus Comunidades.

En el año 1885 esperaba a mi amada Madre otra muy sensible y dolorosa prueba. A causa del cólera, que tantos estragos hizo en Aranjuez, fallecieron, desde el 30 de junio al 12 de julio, doce religiosas, llegando a juntarse hasta tres de cuerpo presente en un mismo día. Terrible prueba fue aquella para la Comunidad de Aranjuez y para todas las demás, al verla en tanta tribulación.

La Sierva de Dios no tenía un momento de sosiego, ni de día ni de noche, pensando siempre en sus atribuladas hijas; y además de las muchas oraciones que, en particular y en la Comunidad, se hacían, mandó su Reverencia que tuviéramos rogativas en privado y en público.

Envió también a visitar a la Comunidad de San Pascual un médico, sobrino de una religiosa de este convento de Guadalajara, con ocasión de haber venido a ver a su tía.

Nuestro augusto monarca el Rey D. Alfonso XII dio en esta ocasión una nueva prueba de su gran caridad y de su afecto a mi venerada Madre y a sus religiosas; pues, en cuanto supo lo que ocurría, fue a Aranjuez, visitó los enfermos del Real Sitio y pasó al convento a consolar a las pobres religiosas, que no sabían cómo manifestar a Su Majestad su gratitud, por tan gran favor en aquellas tristes circunstancias.

Grandemente impresionado y enternecido salió Su Majestad del convento, dejando a las religiosas consoladas con sus bondadosas palabras, y socorridas, en sus apremiantes necesidades, con una limosna de mil pesetas. Cuando el augusto Monarca regresó a su palacio, hablando con el Conde de Losa, le dijo: «Que no podía explicar la triste impresión que le hizo al entrar en el convento de San Pascual y recordar lo que de niño gozaba, cuando con sus Augustos padres y queridas hermanitas, iba a visitar a mi venerada Madre y a su Comunidad».

Enternecido, recordaba Su Majestad aquellos felices tiempos de su niñez, que ciertamente, tampoco olvidábamos nosotras; pues, desde niño demostró Su Alteza un superior talento a su edad y una nobleza de corazón, con un afecto a mi venerada Madre y sus religiosas tan verdadero, que era para alabar a Dios en un niño de tan corta edad; pues, a imitación de sus Augustos padres, jamás consintió que en su presencia se pronunciara la menor palabra que pudiera ofender en lo más mínimo a mi venerada Madre, o a sus Comunidades.

A muy poco de la tribulación del convento de Aranjuez, con el fallecimiento de tantas religiosas, ocurrió un caso tan providencial que creo no debo dejar pasar en silencio. Sucedió que la Abadesa de uno de nuestros conventos, al salir para cierta reforma, dejó una deuda bastante crecida en la Comunidad. Acudieron las religiosas a mi venerada Madre, manifestando el grande apuro en que se encontraban, y su Reverencia, llena de caridad, se hizo cargo de la deuda, confiando solo en Dios; pues no tenía para pagarla. La cantidad que se debía era mucha y no había medio, en lo humano, de poder hacerse con ella; pues cuanto la Sierva de Dios recibía mensualmente de Sus Majestades, para la Comunidad y para el culto, quedaba repartido a los seis o siete días de recibido, en esta forma: daba su Reverencia a la Madre Tornera la cantidad que comprendía se necesitaba para el gasto diario del mes; pagaba al Padre Vicario, Capellán y demás dependientes; y lo que restaba lo distribuía en las Comunidades, que acudían al compasivo corazón de su amante Madre. Pagaba también la Sierva de Dios, por amor a sus hijas, las asignaciones del Capellán Vicario de la Comunidad de Aranjuez, del de Torrelaguna y el de Puebla de Alcocer, resultando que, hechas las distribuciones mensuales, hubo vez de no quedar ni una peseta; por lo que no dejaba de pasar la Sierva de Dios grandes apuros y desvelos para salir adelante; pero gracias a la Providencia divina, si nunca sobró, tampoco nunca nos faltó lo necesario, pues cuando la cosa apremiaba, Dios nuestro Señor acudía a remediarla, por los medios que menos podíamos imaginar, como sucedió en el caso de que voy tratando. Preocupada mi venerada Madre con la deuda expresada, recibió cierto día una carta, en la que le decían los acreedores que no podían esperar más, y, por consiguiente, que tuviera preparada la cantidad para el día que le señalaban, pues vendrían a cobrar la deuda. Muy grande fue la aflicción de la Sierva de Dios; pero era mayor aun su confianza en la Providencia divina. ¡Cosa admirable!, a los dos días recibía su Reverencia un certificado de Toledo en el que el Emmo. Sr. Cardenal mandaba a la Sierva de Dios una limosna mucho mayor que la cantidad que se debía.

Decíale Su Emma Reverendísima que acababa de recibir dicha limosna de Filipinas, para que la repartiera a su voluntad, como juzgara conveniente.

Puede suponerse cómo nos quedaríamos con este socorro, tan inesperado en lo humano.

Al siguiente día de recibido, se presentó en Guadalajara el sujeto acreedor y cobrando su dinero se marchó tan contento, como contentas quedamos nosotras, viendo a nuestra Madre querida libre ya de tan odioso peso.

Lo que sobró de la limosna recibida lo remitió su Reverencia a la Comunidad de Aranjuez, que tan probada había sido por la tribulación de muertes y enfermedades.

Fue imponderable nuestro agradecimiento a Dios, a la Santísima Virgen, y al Emmo. Prelado, por tan señalado favor. Cuando su Eminencia Rma. supo lo ocurrido, bendijo a Dios que le inspirara el buen acierto que tuvo al hacer la limosna referida.

En el año 1889, tuvo mi venerada Madre y tuvimos la Comunidad el sentimiento de perder tres religiosas: una en marzo, otra en julio, y en octubre, el día 11, a la Reverenda Madre Sor María Antonia de Nuestra Señora de los Ángeles, ejemplar religiosa que por tantos años había sido Vicaria de nuestra Comunidad, exactísima siempre en el cumplimiento de todas sus obligaciones.

A esta religiosa la probó Dios Nuestro Señor con una larga y penosa enfermedad que sufrió con la mayor resignación y paciencia. Una de las veces que mi venerada Madre bajaba a visitar y consolar a esta virtuosa enferma, le manifestó claramente, que, después de ella, la primera que moriría en la Comunidad sería su Reverencia; que ya ninguna otra más la tendría en vida a la hora de su muerte; pero que la encargaba el secreto; pues solo a ella se lo manifestaba. La pobre enferma, ya casi agonizante hacía tres días, en medio de su sentimiento, por el que a la Comunidad esperaba, recibió grandísimo consuelo, al saber que era ella favorecida de Dios en la hora de su muerte con la presencia, amparo y oraciones de tan santa Madre.

Poco antes de expirar, esta buena religiosa llamó a su hermana Sor Mª Josefa de las Misericordias, y, como en secreto de confesión, para que lo reservara hasta el fallecimiento de mi venerada Madre, le manifestó lo que le había sido revelado con tanta claridad. La ejemplar Sor Misericordias guardó en el fondo de su corazón la triste noticia, que, poco después de morir mi venerada Madre, manifestó a todas.

Falleció también en el mismo año 1889, por el mes de noviembre, la Rda. Madre Sor Mª Ana de la Presentación, Abadesa de nuestra Comunidad de Manzanares; pérdida muy sensible, pues era observantísima religiosa y excelente Prelada.

También en nuestros conventos de Hermandad fallecieron asimismo, por entonces, dos o tres abadesas, y hablando un día de esto, dijo de pronto, mi venerada Madre: “Ahora la muerte va por las Preladas; la que siga a esta seré yo”.

Ya de un modo, ya de otro, no perdía la Sierva de Dios circunstancia alguna para hacernos comprender la proximidad de la gran desgracia que nos esperaba; pero ciertamente el amor a tan amante Madre nos cegaba de tal modo, que, aunque la oíamos y la veíamos tan mal de salud, no llegábamos a persuadirnos de que habíamos de vernos tan pronto privadas de nuestro tesoro, del mayor gozo y consuelo que teníamos en este mundo. Nuestra amada Madre, compadecida sin duda de nuestro error, solía decir llena de bondad y cariño: «Mirad que estoy muy mal; no me quieren creer, y cuando menos piensen, me encontrarán muerta».

El 8 de noviembre, aunque con mucho trabajo, dio la Sierva de Dios nuestro Santo hábito a dos religiosas que admitió de gracia para cantoras: a Sor Mª Asunción del Rosario, sobrina de una religiosa de la Comunidad, y a Sor Mª de la Encarnación, educanda de este nuestro colegio, admitida a él por su Reverencia de caridad, como interna, por ser huérfana de padre y madre, ofreciéndola desde luego a la Santísima Virgen.

Educada esta colegialita con todo esmero y cariño, la misma Sierva de Dios cuidaba de proporcionarle lo necesario de ropas y calzado, y, como era muy aplicada y de buena voluntad para todo, pidió la dedicaran a aprender la música para ser admitida con el cargo de cantora. Instaba la joven porque, cuanto antes, la diera su Reverencia el Santo hábito; y fue consolada por fin con el logro de sus deseos.

Al bajar nuestra venerada Madre a la capilla para la vestición del hábito, dijo a las religiosas que la ayudaban: «Aunque estoy mal y me cuesta mucho trabajo, a la Encarnación la daré el santo hábito yo; pero la profesión se la dará otra». Triste profecía que pronto vimos cumplida, pues esta y la que con ella entró, fueron las dos últimas jóvenes a quienes su Reverencia dio el santo hábito, de las ciento ochenta y dos religiosas que de sus benditas manos lo recibieron igualmente, desde que la hicieron Prelada el año 1859, hasta la fecha que refiero en noviembre de 1889.

La salud de la Sierva de Dios empeoraba de día en día; y como su edad era ya avanzada y las amarguras y penas de toda su vida no solo no cesaron, sino que, por el contrario, se multiplicaron en estos últimos tiempos, sufriendo su Reverencia en el secreto de su corazón con la mayor paciencia, ejemplarísima caridad y admirable silencio, el final fue que se desarrolló la enfermedad que venía padeciendo de hidropesía, de tal suerte, que bien pronto aparecieron síntomas alarmantes de la misma en la Sierva de Dios, sin que ni las oraciones de las religiosas, ni los recursos de la ciencia médica pudieran atajar el progreso del mal.

El virtuoso médico D. Román Atienza, que lo era de su Reverencia y de la Comunidad desde nuestra primera instalación en este convento el año 1867, se hallaba muy preocupado y porque preveía un desenlace fatal en la enfermedad de nuestra amada madre. La había visto gravísima muchas veces, especialmente cuando su Reverencia se ofrecía víctima al Señor para alcanzar alguna gracia; en cuyo caso padecía, de suerte que se la veía morir por instantes; estando así por varios días, hasta que el Señor, satisfecho de la caridad de su amada Esposa, le otorgaba lo que le pedía.

En algunas de estas ocasiones, cuando el alivio se dilataba más de lo ordinario, temiendo alguna complicación, se llamaba al médico, el cual, observándola con el mayor interés, solía decir con asombro: «Esto no es natural; el ardor que parece abrasarla no corresponde a la normalidad del pulso, y este calor es superior a lo que puede sufrir nuestra naturaleza. Den V. gracias a Dios por tener tal Madre, y lléveme a mí el Señor a su eterna gloria, antes que presenciar su muerte, ni tener que comunicarla a VV., porque este es un ser privilegiado».

Estas impresiones y otras semejantes comunicaba el doctor a las religiosas porteras que le acompañaban. De ahí su preocupación y sentimiento al ver ahora en la gravedad que la veía a la Sierva de Dios y el repetir su deseo de morir él antes que su Reverencia. El Señor se lo concedió como lo deseaba, y mi venerada Madre, conociendo en Dios la proximidad de la muerte de tan cristiano caballero, se lo manifestó a algunas religiosas.

Cuando por el mes de junio se le aumentó, extraordinariamente, a la Sierva de Dios la hinchazón de las piernas, el médico la visitaba todos los días y opinaron las religiosas que debía ver la hinchazón de los pies; mas, la humildad de mi venerada Madre quería evitarlo, por no descubrir las llagas; y habiendo advertido la enfermera que había salido en un pie una rosetita, como si la piel fuera a abrirse, decidieron las religiosas que la viese el médico, por lo que pudiera ocurrir. La Sierva de Dios, mirando la rosetita que le señalaban, dijo con mucha gracia y como avergonzada: «Pues no faltaba más que esto también ahora»; sintiendo que por aquella pinta o roseta que la hinchazón había salido, tuvieran que verla también las llagas.

Vio el médico la hinchazón de los pies y, como tan prudente, comprendiendo el rubor de mi venerada Madre, hizo como si solo atendiera lo que a la hinchazón se refería; pero quedó impresionado de tal modo, que al salir de la celda de la venerada enferma y recetar lo que era necesario, ni una sola palabra más habló.

Al retirarse el médico de la habitación de mi venerada Madre, dijo esta con tristeza: «¡Pobre D. Román, se va preocupado; qué malo está; al volverse de espaldas para salir, le he visto toda la cabeza de calavera!» Hay que advertir que esta era una de las señales que el Señor le manifestaba, cuando alguna persona iba a morir[66].

Preocupada mi venerada Madre, por lo que de él le había manifestado, cuando subió la hermana portera de despedirle para decir a la Sierva de Dios la hora en que pensaba volver y lo que había recetado, volvió su Reverencia a repetir tristemente impresionada: «¡Pobrecito don Román, se va a morir pronto! ¡Qué lastima de Señor, tan bueno, tan religioso y tan sabio; buena pérdida va a ser para la Comunidad!». Y dirigiéndose su Reverencia a la portera y enfermera les dijo: «¿No habéis visto que trae la muerte marcada?» Las religiosas contestaron que no habían comprendido nada, ni D. Román había dicho tener la menor novedad en su salud; sin embargo, desde aquel momento, ninguna dudamos que el médico moriría pronto, por las repetidas experiencias que teníamos del espíritu profético de nuestra amada Madre.

Pronto lo vimos cumplido; pues al día siguiente de haber visitado a su Reverencia y visto la hinchazón y las llagas de los pies, se acostó enfermo y pocos días después, el 20 de julio, falleció con la hermosa muerte del justo, a los sesenta y seis años de edad.

Por tan triste acontecimiento, visitó desde aquel día a la Sierva de Dios, con aprobación y licencia del Eminentísimo Sr. Cardenal, el Sr. Doctor D. Miguel Solano.

CAPÍTULO XLVII

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Casa solariega a propósito para Convento de Concepcionistas. — Última reforma: el Beaterio de Granada. — Un Obispo lleno de fe en las Virtudes de la Sierva de Dios. — Se aproxima la hora fatal. — No vivía ya en sí, sino en Dios. — Efectos del amor transformativo en mi Madre Patrocinio. — Su testamento último: el del amor. — La antecámara del Cielo para las monjas contemplativas. — Nuevo anuncio de su cercana muerte. — Ya es hora de recibir el Santo Viático. — En dulce paz y abrasada en amor divino. — Bendición Apostólica por telegrama. — El último y más rico legado de la Sierva de Dios. — Obediente hasta la muerte. — Franciscana hasta lo último. — El último golpe mortal y la cifra de su vida. — Una suprema gracia para sus hijas. — La Extrema-Unción. — Absorta en Dios y entre delicias.

 

En este mismo año de 1890 y encontrándose ya la Sierva de Dios muy grave, se acordó de su antiguo proyecto de fundar un convento de nuestra Reforma en San Clemente, en la misma casa en donde pasó mi amada Madre su niñez, y sintió verdaderos deseos de llevarla a cabo. Mas, por el estado de la enferma y, principalmente, porque se carecía de medios para comprarla, desistió de nuevo de hacer gestiones en este sentido, con harto sentimiento suyo y más aún de las religiosas que hubiéramos querido ver convertida en casa de Dios la que fue de esta escogida suya, y en la que tantas maravillas de su poder y de su bondad habían ocurrido en aquellos felicísimos años de la infancia de mi amada Madre.

De la mencionada casa hacía la Sierva de Dios la descripción siguiente:

«Entrada: su portal hermoso, con su fuerte y grande puerta, donde podía ponerse el torno; a la izquierda, dos salas regulares; más dentro, dos salones inmensos de grandes, con una pieza también grande, que servía de alcoba a mis padres.

Lado izquierdo, una gran sala con otra también muy grande; sus hermosas rejas de hierro, dos galerías que se cruzan como si fueran claustros; un cuarto grande, donde tenían todos los aperos de labranza; gran cocina, fregadero hermoso, el jaraíz con las hermosísimas tinajas y también una habitación grande, patio grande todo empedrado, donde caen algunas ventanas; salida a la cuadra y corral; un gran paso, o sea pieza cuadrada con pesebre, todo cubierto; entrada a la hermosísima cuadra con su gran pajar; otra cuadra más pequeña, corral y otra pequeña cuadra, de modo que son tres.

Subida al segundo piso, o sea al principal; grande y muy ancha escalera; una pieza que sirve de antesala; galería, al fin de ella, una hermosísima sala que llamábamos la sala cuadrada; en esta galería, una habitación bastante buena, donde dormía yo solita de pequeña, con su ventana; pasa por medio, con una puerta de comunicación a un cuarto, el despacho de mi padre, también bueno con ventana, o sea reja a la calle.

Más adelante, al frente de la galería, se encuentra una cocinita, o sea chimenea francesa; comedor a la parte de fuera; una gran sala con grandísima alcoba y un cuarto para dormir un criado, que llamábamos las salas cuadradas.

A la derecha de la galería, la sala que llamábamos la pintada, muy grande con hermosísimas rejas de hierro, con grande alcoba y también otro cuarto; saliendo de aquí, andando la galería en la pieza de entrada, una gran puerta con un buen pasillo, donde hay otra hermosa cocina con su pieza de fregadero; a la derecha, una grandísima habitación que servía para granos; saliendo de esta pieza, se encuentra una escalera, se sube, y se encuentra las mismas y grandísimas piezas que en el piso principal».

Otras muchas fundaciones y reformas dejaron de hacerse, también por la enfermedad y muerte de la Sierva de Dios, siendo la última, terminada felizmente y con gran consuelo de Su Reverencia, la del Beaterio de Granada, pedida con grandísimo interés a mi venerada Madre por el Sr. Arzobispo de aquella ciudad, quien prestó, además, todo su valiosísimo apoyo en favor de la fundación. Se ultimaron las cosas de esta reforma tan cerca de la muerte de la Sierva de Dios, que murió a los tres días de inaugurarse, pronunciando mi amada Madre al firmar la carta de acción de gracias al Sr. Arzobispo, estas palabras solemnes: «Ya, gracias a Dios, esto que esperaba está hecho, ya quedo tranquila, he concluido; ahora nuestro Señor dispondrá de mí».

Deseoso el Sr. Obispo de Sigüenza D. Antonio Ochoa de conocer a la Sierva de Dios y noticioso sin duda de la cercana muerte de su Reverencia, la apreciaba y amaba tan de corazón, que quiso verla y hablarla antes de que ocurriese tal desgracia. En esta visita ocurrió un caso maravilloso. Antes de despedirse su Ilma. quiso obsequiar a las religiosas con unas medallitas y, habiéndosele concluido estas antes de dar a todas, se quejó de no tener más, sintiéndolo mucho, pero ¡cuál no fue su admiración y su gozo cuando en una de las veces que se echó mano al bolsillo halló en él un paquete entero de medallas! Estaba muy cierto el Sr. Obispo que no tenía ya medalla alguna y así, admirado, no pudo contenerse y teniendo por milagroso aquel feliz hallazgo, no titubeó en proclamarlo como tal delante de cuantos allí estaban con su Ilma., con gran humillación y vergüenza de la Sierva de Dios.

Por la mucha fe que este mismo Señor tenía en mi amada Madre, le entregó los guantes con el pretexto de que los tuviese mientras su Ilma. repartía las medallas, pidiéndoselos después, lleno de gozo y de entusiasmo, considerándolos verdadera reliquia de la que tenía por santa.

A medida que se aproximaba la hora, fatal para nosotras y felicísima para la Sierva de Dios, de su partida de este mundo al Cielo, su bendita alma se reconcentraba más y más en Dios, hasta vivir en un casi continuo enajenamiento de su espíritu; de tal suerte, que era muy frecuente el verla con un rostro hermosísimo y angelical, lleno de dulzura y placidez extraordinaria, fijos los ojos en el cielo, brillantes como luceros, y toda perdida en el Bien Supremo que la poseía.

Dos veces me quedó a mí misma, extasiada enteramente, en los brazos.

«Un día, dice la Madre Corazón, tuve necesidad de hablarla a solas y vi que se transformaba su rostro de manera que parecía de nácar y tan transparente que se distinguían perfectamente los tejidos y carnes cubiertos por la piel, cual si esta fuese un purísimo cristal… Estuvo así algunos minutos». Y Sor Concepción, que asistía a la bendita enferma, cierto día en que se hallaba muy mala, la vio con los ojos elevados y en cruz los brazos, en actitud de accionar, pronunciando al mismo tiempo frases cuyo significado ella no entendía.

Continuamente nos estaba recomendando y encareciendo la virtud de la caridad y el espíritu de sacrificio y mortificación, con tanta vehemencia que se comprendía bien hallarse la Sierva de Dios abrasada en amor divino. «Hijas mías, nos solía decir, el que no se mortifica no puede tener amor a Dios».-¿Pues qué, Madre, le respondimos las religiosas, consiste en eso el divino amor? —Y respondió la Santa: «claro está, ¿con qué vamos a probar a Dios que le amamos, sino con lo que podemos, que es sufrirlo todo por su amor?»

En el último Capítulo que tuvo la Sierva de Dios a la Comunidad fue tanto y tan tierno lo que nos habló, que todas llorábamos enternecidas.

Comenzó su exhortación por aquellas célebres palabras del apóstol San Juan a sus discípulos: Hijitos míos, amaos los unos a los otros.

«Yo os digo, siguió diciéndonos nuestra amada Madre: Hijas mías, amaos las unas a las otras; uníos en perfecta caridad; hablad poco y siempre bien de vuestras hermanas, si queréis llegar al reino de los cielos. Que nunca os quejéis, ni murmuréis las unas de las otras, ni solas ni acompañadas. Que os perdonéis de todo corazón vuestras faltas. Tened siempre una piedrecita en la boca para que vuestra lengua no se precipite nunca a decir cosas inconvenientes, sino que se mueva solo para bendecir a Dios y para hablar cosas sencillas e inocentes…».

Sobre el rezo del oficio divino nos decía la Sierva de Dios, que se dijera «con gran recogimiento y devoción» y nos repetía una y otra vez: «El coro es la antecámara del cielo, y si el coro va bien, todo lo de la Comunidad marchará bien».

La enfermedad de mi venerada Madre iba en aumento y con ella la hinchazón, la fatiga y los ahogos del corazón; de tal modo que el 17 de diciembre se encontraba su Reverencia tan mal y tan sin fuerzas, que, para pasarla de la celda de dormir a la de escribir, o sea de oficios (como nosotras la llamamos), con el fin de esperar en ella la labor que es costumbre ofrecer a la Prelada en la víspera del día de nuestra Señora de la O, lo verificó su Reverencia con mucho trabajo; pues ya apenas podía mover los brazos, por la hinchazón que tenía en su bendito cuerpo.

Al sentarse, antes de entrar la Comunidad, dijo que se había esforzado a salir porque: «será la última vez que me traéis labor»; tristísima profecía que, bien pronto, vimos cumplida con dolor inmenso de nuestra alma.

El médico Sr. Solano visitaba a la bendita enferma diariamente; y, viendo que la gravedad iba en aumento, recordando que la Sierva de Dios le había pedido varias veces que no le retrasara el recibir los últimos Sacramentos, al salir de clausura manifestó a las hermanas porteras la gravedad de tan amada Madre y determinó, de acuerdo con el Padre Vicario, que se le administrase el Santísimo Viático.

El día 21 de diciembre fue el señalado para este hermoso acto. Se levantó su Reverencia muy temprano, y, subiendo yo a visitarla como de costumbre, después de Misa conventual, entré en la celda de oficios, y me la encontré ya preparada con el manto y todo lo demás para recibir el Santísimo Viático; al ver a su Reverencia no puedo explicar la conmoción que experimenté en mi alma, y, reprimiéndome cuanto pude, después de saludar a tan bendita Madre mía, le dije: «pero Madre, qué tempranito ha venido vuestra Reverencia». A lo que me contestó llena de dulzura: «Sí, ya estoy  preparada, y espero aquí hasta que sea hora, mientras tanto arreglan el camarín».

Quedó la Sierva de Dios esperando a su divino Esposo, al amante de su alma, con tal consuelo y gozo, que se reflejaba hasta en la animación de su semblante; pues estaba su Reverencia en aquella mañana con una cara tan hermosísima, que más parecía de ángel que de criatura humana; nadie al verla pudiera comprender entonces la gravedad en que se encontraba; no es exageración, se conocía claramente que aquel padecido cuerpo participaba del gozo del alma santa que le animaba, y esta más estaba ya en el Cielo que en la Tierra.

¡Madre bendita de mi alma! ¡qué triste mañana aquella para mí, y al propio tiempo qué feliz! En ella me habló su Reverencia palabras de tanta instrucción y tan proféticas, que han sido y son mi gran consuelo en toda duda, temor, contradicciones y penas, y mi esperanza en todo[67].

Llegada la hora, como la venerable enferma no podía estar en pie ni de rodillas, aunque deseaba recibir a Su Divina Majestad, al menos en pie, la mandaron esperar y recibir al Santísimo sentada, en el Camarín de Nuestra Santísima Madre del Olvido, o sea en la capilla, frente al altar portátil, en el cual habían colocado las religiosas la sagrada imagen, el celestial tesoro a quien dirigía las más amorosas caricias su más privilegiada y predilecta hija, mi venerada Madre.

Llegó, por fin, el feliz momento y, con el mayor fervor, recibió la Sierva de Dios a su Divino Dueño Sacramentado; acto tiernísimo, al que asistieron, a más de la Comunidad, las educandas que había en el colegio interno.

Puede comprenderse cuál sería la pena y aflicción de todas en este momento; pues hasta el Padre Vicario y el Sr. Capellán se conmovieron de tal modo, que tuvieron que hacerse gran violencia para poder terminar el solemne acto. Mi venerada Madre estaba en una dulce paz, hermosísima y con un fervor tan grande, tan profundo y amoroso, cual puede suponerse en alma tan santa y tan abrasada en el amor de Dios y de la Santísima Virgen.

Cuando se aproximaba Su Divina Majestad a la capilla o camarín de la Santísima Virgen, según iban entrando las religiosas formadas en dos coros, y cuando ya estábamos todas dentro arrodilladas ante el Santísimo Sacramento, pasó su Reverencia una mirada dulcísima, compasiva, llena de amor y de cariño para todas y cada una de las religiosas, desde la primera hasta la última, quedando después en un recogimiento profundo.

Al retirarse la Comunidad del camarín con el Santísimo Sacramento, o sea acompañando a Su Divina Majestad, volvió su Reverencia a seguir con su dulcísima vista al Señor y a toda la Comunidad, hasta que salió la última religiosa. Lo que en aquellos sublimes momentos pediría nuestra Madre amadísima para todas, solo Dios, nuestra Purísima Madre y aquel maternal, amoroso y compasivo corazón que por sus hijas oraba, pueden saberlo.

Que Dios en su misericordia nos conceda para el tiempo y para la eternidad cuantas bendiciones y gracias nos deseó, y para nosotras pidió, aquella bendita Madre nuestra, cuyo Patrocinio nos asista a todas en vida y en muerte, siendo nuestro refugio y consuelo en todas las tribulaciones y peligros de la vida, y sobre todo en el terrible trance de la muerte.

Por la tarde de aquel mismo día, suplicó la Sierva de Dios al Padre Vicario, que se dignara pedir por telegrama a Roma la Bendición de Su Santidad; y habiéndolo hecho, después, por la noche, se recibió la siguiente respuesta: «Su Santidad concede Bendición Apostólica, deseando le sirva de auxilio en la hora de la muerte[68]». Recibió su Reverencia la bendición de Su Santidad con el mayor consuelo y devoción.

Cuando, después del desayuno de la Comunidad, salió su Reverencia de su celda a la de oficios, llevaba el telegrama en sus benditas manos; y luego que se hubo sentado y nos quedamos solas, me le dio y me dijo que se lo volviera a leer.

Después lo tomó, y, llena de veneración y de fervor, con la más santa alegría, le besó repetidas veces, se le puso en la cabeza y en la frente y, enternecida y llena de amor, me lo devolvió, encargándome que le guardase con mucho cuidado para cuando su Reverencia lo necesitara.

Muchas y muy continuas eran las oraciones que en Comunidad y en particular se hacían por nuestra amada enferma.

Un día quisieron hacer las religiosas procesión de rogativas con la sagrada imagen de Nuestra Señora del Olvido, y la Rda. Madre Vicaria fue a pedir licencia a la Sierva de Dios para sacar del Camarín la Milagrosa Imagen; al concedérsela le dijo con el mayor cariño: «Bueno, sí, sácala; de la Comunidad es. Os queda para vuestro consuelo; y añadió: mirad como la cuidáis y como la obsequiáis; porque si no, me la llevo, se marcha y os quedáis sin ella».

No es necesario decir el eco que esto haría en nuestros corazones y en qué grado quedaron inflamados en el amor de la divina Señora, en orden a procurar a su bendita Imagen del Olvido el mayor culto posible y a conservarla como precioso tesoro, con todo el amor, veneración y gratitud de nuestro corazón y de nuestra alma.

En diversas ocasiones, había repetido la Sierva de Dios que no solo el convento, sino la población en donde estuviere esta bendita Imagen se verían libres de las calamidades con que en otros puntos serían probados; porque seria ella como un pararrayos de la divina Justicia, Arca de Noé y seguro refugio para librar a sus devotos de las aguas del diluvio.

Desde que mi venerada Madre empezó a empeorar en sus padecimientos, y, sobre todo, desde el día en que recibió el Santísimo Viático, manifestó su deseo de despedirse de la Comunidad y la necesidad que tenía de hablarla; mas el Padre Vicario, atendiendo solo al mal estado de salud, en que su Reverencia se encontraba, y la gran fatiga que tenía, la mandó que no hablase, juzgando, piadosamente que se pondría peor; y también, porque comprendía que la Comunidad había de impresionarse mucho.

Obediente hasta el último instante de su vida, la obediente Madre guardó silencio, ofreciendo a Dios el sacrificio de no despedirse de sus queridas hijas. Las religiosas que sabían los deseos de su Reverencia, pedían el triste consuelo de sus últimas instrucciones y consejos, y la Madre Olvido, que estaba día y noche al cuidado de su Reverencia, muy afligida, le dijo en varias ocasiones: «Madre, por Dios, hable Usencia»; a lo que ella contestó con pena y con los ojos arrasados en lágrimas: «Olvido, no puedo hablar; ya sabes que me han mandado callar». Mas, como insistiera la expresada Madre Olvido en que lo hiciera, pretextando que era un dolor el que se nos privara del mayor consuelo que en su inmensa pena nos podía quedar, mi venerada Madre volvió a responder: «Calla, Olvido; déjalo; ya sabes me han mandado que no hable; mi deber es obedecer y callar…».

A fines de diciembre vino a visitar a la Sierva de Dios el Rmo. Padre Comisario General de los Menores en España, y no pudiendo ir al locutorio la bendita enferma, pues apenas podía moverse, aprovechó el P. Rmo. la ocasión de entrar en clausura para reconciliarla el Padre Confesor Vicario, y entró con él.

Al verle su Reverencia, besóle la mano con gran devoción y fervor y, al pedirle la bendición seráfica, antes de despedirse, le suplicó que no privasen nunca los Superiores a sus religiosas de Confesores Vicarios de la Orden; a lo que accedió su Rma., por lo que a él tocaba, confiando a la vez en que así sería siempre. Gracias a Dios, viene cumpliéndose esta promesa fielmente hasta hoy y creemos que lo mismo sucederá en adelante, como nosotras seamos agradecidas y nos aprovechemos de tan insigne gracia, según nos lo tiene vaticinado la misma Sierva de Dios.

Poco después de la visita de nuestro P. Rmo., recibió el bondadoso corazón de mi Madre venerada el último golpe mortal, de parte de dos personas muy favorecidas por la caridad de tan amante Madre. Recibió su Reverencia una carta tan insultante, que nadie que no la hubiera visto y leído podría creer que tales cosas se pudieran escribir a un alma tan santa como la de mi bienaventurada Madre y tan llena de caridad para todo el mundo. Leyóla la Sierva de Dios y con gran paz y santa resignación me dijo: «Toma hija, toma esta carta; es el último golpe mortal que recibo. Ni cuando estuve presa en la casa donde me llevaron en Madrid me dijeron nunca tales cosas. No me han faltado en mi vida ni Judas que me vendan, ni Pedros que me nieguen, ni discípulos que murmuren de mí: ¡gracias a Dios!».

No se contestó siquiera a semejante despiadada carta, y se supo después que quien la escribió falleció a muy poco; y la que dio motivo a ella enfermó gravemente, quedando como alelada, muriendo algunos años después; no sin que ambos reconocieran y sintieran su falta, y bendiciendo mil y mil veces a la inocente víctima ofendida, de la que no dudaban que por su mucha caridad les asistiría y protegería desde el cielo, como así se lo pedían y nos encargaban que pidiéramos también nosotras.

Como la Sierva de Dios se encontraba ya tan mal que hacía más de un mes no podía ni aun sostenerse en pie, si no era apoyada en una o dos religiosas; para pasarla de la celda de escribir a la de dormir, tenían que hacerlo entre cuatro religiosas, llevándola en lo que llamamos sillita de la Reina.

Un día, poco antes de su feliz tránsito, la pasaron como diariamente lo venían haciendo a la celda de dormir; y, al llegar frente al camarín de la Santísima Virgen del Olvido, pidió a las religiosas que la detuvieran un momento cerca de la sagrada Imagen. Estuvo su Reverencia unos momentos como absorta en profundo recogimiento y, después, dijo: «Vamos ya»; llegaron a la celda y cuando se retiraron dos de las religiosas que la habían llevado y quedaron solas las dos enfermeras y la Madre Olvido, dirigiéndose a estas, dijo con gran cariño y muy enternecida: «Ya, gracias a Dios, he conseguido lo que tanto he deseado y pedido». Una de las enfermeras preguntó: «¿Y podemos saber Madre, qué ha sido?» «Sí, hija, que ninguna de mis hijas se condene». Al oír tan inefable anuncio, llenas de agradecimiento las religiosas se abrazaron a tan sin igual Madre y prorrumpieron en copioso llanto de gratitud, de alegría y consuelo.

¡Bendita Madre mía! que no pudiendo ya en el cielo ofrecer en sacrificio sus penas, sus dolores y sufrimientos en favor de nuestras almas, nos obtuvo tan inmensa dicha antes de su muerte y con ella la prueba más grande de amor y de caridad que pudo darnos.

Haga el Señor y la Virgen Santísima correspondamos siempre agradecidas a tan singularísima promesa, y que Su Divina Majestad nos conceda no desmerecerla nunca por nuestras culpas, sino que logremos todas la felicidad eterna en el cielo, único fin a que aspiramos, para alabar y cantar eternamente las misericordias del Señor y de su Purísima y Santísima Madre María Inmaculada.

La gravedad de la venerable enferma iba cada día en aumento; pues además de la fatiga y de la grandísima hinchazón que la impedía moverse, tenía su bendito cuerpo tan dolorido y tan lastimado, especialmente por la espalda, el pecho y el costado del lado opuesto al de la llaga, que no se podía ver, sin estremecerse de compasión y de pena; a veces, al mudar a su Reverencia los paños que la ponían con manteca lavada, a pesar de que procuraban hacerlo con el mayor cuidado, salían, con los paños, pedazos de aquella bendita piel; sufriendo la venerable enferma y amadísima Madre nuestra este continuado martirio con un silencio, una resignación, una paciencia y un agradecimiento a las que la cuidaban y asistían, que no es para explicado, sino para visto; pues solo su recuerdo enternece y hace alabar a Dios.

El Padre Vicario entraba todos los días, por si se le ofrecía algo a mi venerada Madre, y porque desde la mayor gravedad del mal en los últimos días, así lo deseó y pidió su Reverencia. En diferentes ocasiones, suplicó al mencionado Padre que, cuando lo creyera conveniente, no dilataran administrarle el Sacramento de la Santa Unción.

También a mí me preguntó varias veces si tenía a mano el telegrama de Su Santidad; un día me hizo que se lo enseñase y leyese, para tener de nuevo el consuelo de verlo, oírlo y besarlo, recomendándome otra vez que lo tuviera guardado a mano; pues se encontraba su Reverencia muy mal.

El médico Sr. Solano, que visitaba a la venerada enferma por mañana y tarde, viendo su extrema debilidad y temiendo que, cuando menos se pensase, quedara sin vida al menor movimiento, según varias veces había ya indicado, manifestó la conveniencia de administrar a su Reverencia la Santa Unción, por lo que pudiera ocurrir.

Se acostó la Sierva de Dios por fin, y habiéndose antes reconciliado, inmediatamente después de acabar las religiosas el rezo de los maitines, o sea a las siete de la noche, le fue administrado a mi venerada Madre el sacramento de la Extrema Unción, recibiendo con pleno conocimiento (que conservó hasta lo último) y absorta toda en Dios; esforzándose, si aun podía esforzarse más aquella alma santa para unirse más estrechamente con su celestial Esposo, al que era todas las delicias de su alma enamorada, el encanto de su corazón juntamente con nuestra Purísima Madre del Olvido, del Triunfo y de las Misericordias.

Todo el tiempo de la Santa Unción, estuvo mi amada Madre como si ya no viviera en este mundo, sin abrir los ojos ni despegar sus benditos labios.

Cuando acabaron las últimas oraciones, con una voz dulcísima, pero muy débil, dijo su Reverencia al Padre Vicario las palabras siguientes: «La bendición del Papa». No habiéndola oído bien el Padre Vicario se acercó más a la venerada enferma y le dijo: «¿Que dice V. Madre?» – Su Reverencia repitió: – «La bendición del Papa», a lo que contestó el Padre Vicario: «Esa ya la tiene V. concedida para cuando llegue el momento». Con esta respuesta volvió su Reverencia a quedar como en un dulce sueño, sin hablar más palabra.

CAPÍTULO XLVIII

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Prolongación del último éxtasis. — Suprema angustia de la Comunidad. — Tránsito felicísimo de la Sierva de Dios. — Llanto y devoción de las hijas. — Quedó como en un dulce sueño. — Testimonio fehaciente e irrecusable sobre las llagas. — En la capilla ardiente. — El pueblo la proclama santa. — Fulgor extraordinario en el Cielo Carmelitano. — Toca el cadáver y queda libre de su mal. — Oración eficaz y milagrosa ante el cadáver de la Sierva de Dios. — ¿Abrió los ojos y miró sonriente? — Despide un olor suavísimo. — Entierro y funerales. — Descanse en paz la santa Madre. — Sufragios solemnes por gratitud y cariño.

 

Terminábamos el precedente capítulo dejando la Sierva de Dios, después de recibir la Extrema-Unción y demás auxilios espirituales que nuestra Santa Madre la Iglesia tiene para sus hijos en el supremo trance de la vida, absorta, totalmente, en Dios e inundada de su luz suavísima, en un perfecto éxtasis; y en ese mismo estado continuó todo lo restante de aquella noche, terrible para nuestra Comunidad y dichosa para su amada y santa Prelada; en la cual se desprendió su bendita y acrisolada alma de las ataduras de la carne, para volar al Cielo, a recibir el inefable premio de sus grandes virtudes y prolongados martirios, y a ser coronada con la triple corona de virgen, de mártir y de Madre Fundadora de muchas Comunidades de la Orden de la Inmaculada Concepción.

Ni el menor indicio de imperfección se notó en la Sierva de Dios durante su enfermedad; y en esta suprema noche de su vida todo fueron señales de la inefable paz y dulzuras purísimas que disfrutaba su espíritu, atraído a Sí por el Amado, y recreado y vivificado por su deleitable y divina presencia.

Al verla las religiosas y el Padre Vicario en tan inefable estado, no juzgaban que podría sobrevenir la muerte y sorprenderlos; y de ahí que por momentos iban y venían todas las religiosas, reanudándose a porfía, en prestar a su idolatrada Madre cuantos auxilios podían en cuanto necesitaba.

Inseparables siempre de la bendita enferma, estaban a la cabecera de su pobre lecho la Rda. Madre Sor Olvido, íntima confidente de la Sierva de Dios; y las enfermeras, entre estas «San Juan de Dios», como llamara a Sor Corazón de María mi Madre Patrocinio.

En dulcísimos coloquios de fe, de esperanza y de amor con la santa moribunda se empleaban aquellas privilegiadas enfermeras, cuando, por fin, una de ellas advirtió que aquella vida preciosa se acababa por momentos y que se dormía en el Señor, cual el niño se duerme en el regazo de su tierna madre, aquella Madre amada nuestra y fidelísima Esposa de Jesucristo, en un suspiro amoroso, suave y deleitable, exhalando juntamente con él su purísima alma, mientras todas las religiosas de la Comunidad, cual alborotadas palomas, se acercaban llorando a recoger la última lágrima de su Madre querida, y el Padre Vicario le daba su última bendición.

Eran las cuatro y cuarto de la madrugada del día 27 de enero del año 1891, martes.

Tenía de edad la Sierva de Dios, al morir, ochenta años, menos tres meses; y de religiosa sesenta y dos años y ocho días. Había sido Prelada de diferentes Comunidades cuarenta y dos años, menos once días.

Cuando las religiosas se persuadieron de que su Santa Madre había muerto, considerándose ya huérfanas de la que por tantos años había sido su guía y su luz, su fortaleza y su apoyo, a la vez que todo su consuelo y gozo en medio de las tribulaciones y amarguras grandes por que atravesaron durante muchos años, juntamente con ella, cercando su pobre lecho y entregadas al más amargo llanto, no se hartaban de besar su sagrado cadáver. Cuando su amor filial, su piedad y fe se quedaron satisfechos, ordenó el Padre Vicario que se retirara la Comunidad al coro, a practicar por la difunta los sufragios de costumbre.

Quedó el sagrado cadáver tan hermoso, que más parecía estar en un dulce sueño que sin la vida del alma pura que siempre, durante ochenta años, le animara: tenía colocada sobre el pecho la mano derecha y extendida la izquierda sobre el colchón[69] en forma de cruz: quedó su boca algo entreabierta como en actitud de hablar y muy placentero y dulce todo el semblante, los ojos quedaron enteramente cerrados. Sus virginales carnes estaban frescas y suaves, como si viviera, y flexibles todos los miembros. Continuó en este mismo estado tan preciado tesoro, hasta después de darle sepultura.

Mientras la Comunidad rezaba el oficio de difuntos por su amada Madre, algunas de las religiosas, con las roperas, amortajaron el sagrado cadáver; y entonces, pudo saciarse su devoción a placer, contemplando y besando una y mil veces las benditas llagas de los pies, manos y cabeza, especialmente al tener que cambiarle los mitones, vendas y tocado.

Sor Concepción se atrevió a más: descubriendo la llaga del costado, la tocó y besó tiernísimamente, llorando al mismo tiempo de gozo por la dicha que había tenido. De esta religiosa son las palabras que siguen: «En medio de tan profundo dolor, tuve el consuelo de besar sus llagas: las de cabeza, manos y pies estaban cerradas; la del costado, toda la llaga tenía el color, como si fuera a brotar sangre: en el contacto de los labios noté estaba cerrada».

Una vez vestido el bendito cadáver, se le colocó en una sencilla caja de madera, entre flores artificiales y con una palma al lado, y enseguida le llevaron las religiosas al coro[70].

Antes de las diez quedó convertido el coro en capilla ardiente, y ya no faltaron de allí las religiosas ni un momento, hasta que se dio sepultura al virginal cuerpo de nuestra santa difunta, llorando y rezando por su alma sin cesar.

Aún nos hacíamos la ilusión algunas que no había muerto. Las niñas del colegio interno participaban en nuestro quebranto y besaban, al visitar el coro, el santo cadáver, con gran devoción y sin el miedo que tan propio es en los niños ante los difuntos.

Tan luego como en la población se supo la noticia de la muerte de nuestra bienaventurada Madre Patrocinio, fue general el sentimiento y, todos a porfía, de todas las clases, estado y condición, ricos y pobres, grandes y pequeños, sacerdotes y Comunidades de religiosas, se apresuraron a manifestar a la Comunidad, su dolor, al mismo tiempo que daban rienda suelta a su piedad y fe en la virtud y santidad de la difunta, entregándonos medallas, escapularios, rosarios y otros objetos piadosos para que los tocásemos al bendito cuerpo, recibiéndolos después como preciadas reliquias. Era un continuo ir y venir de las gentes a nuestro convento, proclamando por santa a la Sierva de Dios.

La Rda. Madre Priora de Carmelitas del convento de Ledesma, escribiendo días después de morir la Sierva de Dios, nos decía: «No sé si en esa habrán notado una cosa bien rara que se vio en el cielo el martes 27: a las siete de la tarde se vio una claridad tan grande que duró lo que dos o tres relámpagos: parecía fuego, o que el cielo se abría. Muchas personas lo notaron, y aquí, como era la hora de la recreación, hablando de lo que habían visto, dijo una monjita: “Alguna de esas grandes almas se fue al cielo, sin duda”. Y como, cabalmente, fue el día que esta santa Madre murió, pensamos si sería su Reverencia».

Estando nuestra venerada Madre de cuerpo presente, el mismo día 27 de enero, una religiosa de nuestra Comunidad se hallaba molestada de un padecimiento que la mortificaba mucho; llena de fe, se encomendó a la Sierva de Dios, y, acercándose al bendito cadáver, le colocó entre los labios un pedazo de hostia, y, tomándolo ella enseguida, desapareció al momento todo su mal, quedando curada perfectamente.

Oraba otra religiosa delante del venerable cadáver y encomendaba a la santa las necesidades de toda su familia, que residía en Castellón de la Plana; ignoraba la religiosa que, al mismo tiempo que hacía ella su oración, agonizaba de difteria una sobrinita suya en dicha ciudad, desahuciada enteramente de los médicos. Los padres de la niña moribunda la tenían encomendada a la Santísima Virgen del Olvido y, ¡oh, prodigio del poder divino!, eran las tres de la tarde del día 27 cuando la religiosa hacía su oración ante el sagrado cadáver, y a esa hora cabal sanaba, repentinamente, en Castellón, la niña moribunda, con grande admiración de los médicos que la asistían.

Antes de bajar el venerado cadáver a la bóveda, o lugar del enterramiento, fuimos todas las religiosas, por orden de antigüedad, a tomar la bendición y despedirnos de tan amante Madre difunta. Después que hubieron pasado tres o cuatro religiosas, vio una de ellas que el bendito cuerpo de la santa inclinó la cabeza hacia el lado en que estaba la Comunidad y que, sonriente, abrió los ojos dirigiéndolos a una religiosa determinada, como si quisiera hablarle. Faltóle poco a la religiosa que esto viera para gritar y publicar la maravilla, y no lo hizo por respeto a la Comunidad y porque enseguida vio que el cadáver cerró los ojos y se quedó natural, como antes estaba.

Se verificó por fin el entierro de nuestro tesoro el día 28 del expresado mes y año: a las ocho y media de la mañana se dio principio al funeral, oficiando en él, en nombre del Reverendo Padre Vicario General de los Franciscanos de España, que estaba enfermo, el Rdo. Padre Definidor General de la misma Orden Fr. José Coll, acompañado de nuestro Padre Gómez, Vicario como se sabe de la Comunidad, y por todo el Clero de la Ciudad, asistiendo numeroso pueblo.

Llevaban la caja seis sacerdotes, y era tanto lo que les pesaba el bendito cadáver, que tuvieron que descansar, dejándolo en el suelo hasta llegar a la bóveda unas seis veces; lo que causó tal extrañeza al Padre Gómez, que dirigiéndose al oficiante dijo: «No comprendo esto; las religiosas han llevado a la Madre desde su celda al coro en esta caja como si llevaran una pluma, y estos señores sacerdotes, entre seis, no pueden llevarla». «Tal vez», respondió el Padre Coll, «la Madre hubiera querido mejor ser llevada por sus hijas, como ellas lo deseaban».

Terminado el oficio de sepultura, quedó colocado el bendito cuerpo de nuestra santa, en un modesto nicho, fabricado apresuradamente el mismo día del fallecimiento de la Sierva de Dios, en una galería incomunicada que hay junto a la puerta del enterramiento común de las religiosas.

Allí, con el sagrado cadáver de la santa Madre, quedaron, juntamente, los corazones de todas sus hijas presentes y ausentes, hasta que llegue el feliz día de su exaltación y gloria, como lo esperamos de la bondad de Nuestro Señor, firmes en la fe que todas tenemos y tuvimos siempre en las virtudes heroicas, gracias y prerrogativas singularísimas con que se dignó Dios enriquecer a esta su esclarecida Sierva. ¡Quiéralo Dios!

El 18 de marzo de 1891, se colocó en el nicho una hermosa lápida de mármol blanco con inscripción dorada, donación de los piadosos señores de esta población D. Francisco Ríos y Martina, su esposa, que quisieron tributar ese obsequio, en prueba de su veneración y aprecio, a la memoria de mi venerada Madre; cuyo patrocinio bendito nos asista a todas sus hijas presentes y futuras, a todos sus fieles devotos en vida y en muerte. Así sea.

No debo pasar en silencio lo que sucedió al colocar la lápida. El maestro albañil Isidro Corral, que fue el que con su hijo Martín Corral formó el nicho para mi venerada Madre, al poner la lápida de mármol, tuvo que raspar un poco la tapia para colocarla bien. Por las junturas de los ladrillos, en uno de estos había una insignificante separación de un poco de cal que se cayó; al fijarse en esto Isidro Corral, se aproximó a ella, y, volviéndose a las religiosas porteras y a la Madre Abadesa y Vicario que se hallaban presentes, admirado dijo: «¿No notan VV. el olor tan bueno que sale de este nicho?» Las religiosas ya lo habían notado y fue bien grande el sacrificio que tuvieron que hacer al tener que cubrir más aquello con la lápida, y no poder ver el bendito cuerpo de la amada Madre que allí descansaba y allí quedaba, para consuelo de sus hijas, en medio de la grande aflicción y orfandad en que estaban.

El novenario de vigilias y de Misas de requiem cantadas se tuvo en los días que hubo hábiles para ello, según el rezo del oficio divino.

Después del novenario de vigilias y Misas cantadas que tiene la Comunidad para todas sus difuntas, celebró la Parroquia de San Nicolás, en nuestra Iglesia, un solemne funeral por el descanso de nuestra amada y venerada Madre; y otro la Real Archicofradía de nuestra Señora de la Caridad y Paz de esta población, establecida canónicamente en nuestra Iglesia conventual.

CAPÍTULO XLIX

 

 

La verdadera Sor Patrocinio. — Su trato con el R. P. Claret, es una leyenda calumniosa. — Le tenía por santo la Sierva de Dios. — A mayor abundamiento: El P. Aguilar en su Vida del Padre Claret (capítulo XIII).

 

Después de haber leído la Vida de la Sierva de Dios Rda. Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio, se saca la impresión honda y dulce que causan en el corazón los asuntos de vivísimo interés y de universal importancia y, además, queda grabada allá en el interior una imagen de Sor Patrocinio, tan otra de como la pintó la maledicencia y la calumnia, que no puede uno menos de exclamar: no cabe duda que esta mujer es grande y según el tipo de la Mujer fuerte de la Sagrada Escritura: rara y de subidísimo precio, cuando tan mal la conoció y tan poco la estimó el mundo, que la persiguió como a enemiga del orden y de la virtud; siendo así que es eso lo que, siempre y únicamente, ejercitó: la caridad y la justicia, haciéndose toda de todos para hacer a todos de Dios y darle de ese modo la mayor gloria posible.

De prendas extraordinarias, en lo físico y en lo moral, su retrato puede hacerse diciendo que fue hermosa y perfecta en el cuerpo y en el alma, siempre y en todo: como la «hija del Rey celestial», con la gloria que produjeran en su alma pura la gracia sobrenatural y los soberanos dones y privilegios con que la adornara el divino Esposo, que la escogió para sí, desde el primer instante de su ser, y la comunicó su inefable espíritu, apenas nacida a la vida natural.

¿Qué importa que sus prendas y cualidades físicas fuesen ocasión, tal vez, de ilusiones bastardas y peregrinas en alguien, que la codiciara para sí; y que, merced a sus extraordinarias facultades morales, se la tuviera por algunos como capaz de manejos políticos, impropios de su estado y de su condición y virtud, para hacerla, por eso mismo, testaferro a propósito para llevar a cabo, sin peligro de ser descubiertos, sus nefandos planes de maldad contra la Iglesia, contra la Patria y contra el trono?

De hecho, Sor Patrocinio fue una excelente mujer singularísima, entre todas las mujeres de su siglo; y, por eso, una de sus más renombradas glorias: «la Santa Teresa del siglo XIX», se la ha podido llamar, muy justamente.

Así hay que contemplar a esta celebérrima monja de las llagas; sierva de Dios, gloria de la Iglesia de Jesucristo y de España y blasón insigne de la Orden de la Inmaculada Concepción de María.

Un punto, sin embargo, señala la maledicencia como lunar afrentoso en la limpísima faz de esta Sierva de Dios, que no podemos pasar en silencio en esta historia de su vida y virtudes: el punto relativo al trato y amistad entre los Siervos de Dios el V. P. Claret y mi venerada Madre Patrocinio, que la impiedad, en su odio satánico contra la Religión y contra el Trono, inventara.

Nada, ni de lo más diabólico, ni de lo más repugnante, ha quedado por decir contra estas dos almas santas; de palabra y por escrito, la impiedad y la calumnia cebaron a placer su saña contra tan ilustres personajes, inventando para ello relaciones y tratos amistosos que jamás hubo ni pudo haber entre ellos; pues, es ciertísimo que el V. P. Claret y mi venerada Madre Patrocinio solo se vieron dos veces, una en nuestro convento de S. Pascual de Aranjuez, y la otra en el de El Escorial, con motivo de haber ido a él mi Rda. Madre, por orden del Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo, a practicar la santa Visita regular y hacer la elección de Abadesa en su Comunidad. En ambas ocasiones no mediaron entre los dos Venerables sino las palabras precisas del saludo, y lo mismo con la Comunidad.

Cuando los PP. del Inmaculado Corazón de María comenzaron a dar los primeros pasos en el Proceso de Beatificación y Canonización de su santo Fundador, el V. P. Claret, vinieron a este nuestro convento de Guadalajara a tomar informes de labios de mi santa Madre; pero la Sierva de Dios solo pudo decir «que se alegraba muchísimo de que empezasen tan santos trabajos, pero que no podía dar datos ningunos del P. Claret, porque apenas le había tratado».

Cuando salió del locutorio la Sierva de Dios, después que se marcharon los referidos Padres, nos dijo a la Madre San José y a mí: «No sabéis qué visita tan buena he tenido: unos Padres del Corazón de María han estado ahí, a preguntarme si sabía yo algo del P. Claret, porque están trabajando para su Beatificación». Y como la M. San José, que no era afecta al V. Padre, por creer que no había apreciado a la Sierva de Dios y por el retraimiento que en él notábamos siempre, hiciera un gesto de desagrado, le dijo la Sierva de Dios: «Pues, hija, aunque no quieras le tendrás que rezar». Efectivamente, pasados algunos años y muerta ya mi venerada  Madre Patrocinio, fue declarado Venerable el P. Claret[71] y, al saber la noticia la referida religiosa, recordando las palabras de nuestra Madre amadísima, rezó un Padre Nuestro en honor del Siervo de Dios, y lo mismo continuó haciendo por toda su vida.

Mas, para que se vea claramente la verdad y a mayor abundamiento de cuanto venimos diciendo, nos atrevemos a copiar aquí lo que sobre el mismo asunto escribe el Padre Aguilar (C. M. F.), en su vida del V. P. Claret dice así el ilustre escritor:

«Los difamadores, empero, del Siervo de Dios no pararon aquí; le hicieron entrar en danza con otra persona célebre en toda España, llamada en el siglo Dª Dolores Quiroga y Capopardo, y conocida en religión con el nombre de Sor Patrocinio, bajo el cual ha sido para unos objeto de extraordinarios aplausos, y para otros blanco de persecución y de odios.

Sean falsos o verdaderos los milagros que se le atribuyen, y que fueron causa de que se le apellidase la monja milagrera, el hecho es que sus obras fueron utilísimas a la religión y a la sociedad». Ella, dice el Ilustrísimo Señor Obispo de Segorbe, ha compuesto un libro no solo exento de censura, sino recomendable por la doctrina que contiene y la unción piadosa con que está escrito; ha fundado muchos conventos-colegios, en donde eran educadas cristianamente, y a menudo mantenidas, miles de niñas pobres, y en donde gran número de religiosas juntaban a los trabajos de la vida activa en la enseñanza, el rezo y la meditación casi continuos y una mortificación asombrosa. De esta hemos sido testigos, habiéndosenos más de una ocasión venido a la memoria aquel texto del Evangelio: Ex fructibus eorum cognoscetis eos; por los frutos los conoceréis».

Los gobiernos liberales la persiguieron atrozmente, hasta llegar a desterrarla por cinco veces de la Corte por suponerla intrigante: quien más se ensañó contra ella fue la infanta Luisa Carlota, Madre del Rey consorte y la heroína de los liberales; mas acosada en la hora de la muerte por los remordimientos que le causaban las injustas persecuciones movidas contra la inocente religiosa, llamó al lecho del dolor a su hijo D. Francisco de Asís y le recomendó muy eficazmente que reparase las injurias que ella había cometido contra sor Patrocinio, porque la tenía por santa y no le dejaba sosegar el haberla perseguido sin fundamento alguno y solo por miras políticas y por halagar a ciertas personas no santas. Estas declaraciones de la célebre Infanta, hechas poco antes de expirar, y la recomendación de una madre moribunda dirigida a su hijo querido para que este satisficiese por los hierros de la que le había dado el ser, causaron en el ánimo del augusto hijo honda impresión, y desde entonces comenzó a mirar con muy buenos ojos a la célebre monja, a favorecerla en todo lo que podía, comunicando a la Reina Isabel este mismo piadoso afecto, que como expiación le había legado su madre.

Entre otras cosas que hizo por Sor Patrocinio, una de ellas fue fundar a su costa en El Escorial un grandioso convento para las religiosas del nuevo instituto. Por su parte la monja, correspondió al favor que le dispensaban los Reyes, trabajando para que vivieran en paz y buena armonía, pero no se metió de ninguna manera en los asuntos concernientes a la gobernación del Estado.

Cuando el P. Claret tuvo, como confesor, entrada en el Palacio Real, ya hacía años que Sor Patrocinio tenía con sus virtudes ganado el afecto de los Reyes, y como estos hacían muchas cosas buenas, aconsejadas, ora por la una, ora por el otro, los malos, que no podían ver con buenos ojos las piadosas tendencias de los Monarcas, se propusieron separar de su lado tanto a la una como al otro, por considerarlos como un obstáculo para subir ellos al poder, o para la ejecución de sus inicuos planes.

Basta que en Palacio tuvieran entrada una monja y un Arzobispo, para hacer enseguida las suposiciones más calumniosas. El P. Claret, Sor Patrocinio, la Reina y su augusto Esposo, formaban, a juicio de los enemigos de la Religión y de la Monarquía, una camarilla secreta, que manejaba a su antojo todos los negocios del Gobierno, imponía su voluntad a las Cortes y a los Ministros, y hacía que en España tuviésemos un Gobierno más tirano y absoluto que el de los pasados Reyes. Para deshacer esta supuesta camarilla, inventaron relaciones inmorales y escandalosas del P. Claret, ora con la Reina, ora con Sor Patrocinio; y para ello se valieron de la prensa, del buril, de folletines indecentes, de falsificaciones, de dicharachos impíos, de historietas picantes y de cuantos medios puede inventar un corazón envenenado y la maledicencia de ciertas lenguas.

Ya hemos visto las únicas y verdaderas relaciones que hubo entre el P. Claret y la Reina; para decir lo que hubo entre el Siervo de Dios y Sor Patrocinio, baste saber que aquel solo vio a esta dos veces en toda su vida, una en el convento de Aranjuez, acompañado del presbítero D. Francisco Sansole, y otra en El Escorial, a donde fue a celebrar a instancia de los Reyes. Y en estas ocasiones fue todo tan deprisa y con tanto recato y modestia, que puede asegurarse con toda certeza que el P. Claret ni siquiera la conocía de vista, y, por ser tan breve y tan de pura cortesía, ni siquiera repararon en ella la mayor parte de sus familiares. Por lo mismo que sabía que la calumniaban en ese sentido, se abstenía absolutamente de dar ocasión alguna de donde sus enemigos pudieran agarrarse, y así, aunque tenía la costumbre de predicar y dar ejercicios espirituales en los conventos de monjas donde residía por algún tiempo, hizo una excepción con los conventos fundados por Sor Patrocinio, pues nunca quiso predicar en ellos, y no se oyó jamás palabra, ni pública ni privadamente, en bien o en mal de la monja y sus fundaciones; de modo que nadie pudo saber el juicio que de ella había formado el santo Arzobispo. Todas estas precauciones tomó el Siervo de Dios para no desprestigiar su ministerio, dando motivo a ciertas hablillas, que los malos tenían interés en hacer cundir por todas partes.

He aquí en confirmación lo que escribió uno de los familiares en carta de 26 de diciembre de 1879. Otra de las graves imputaciones: contra el Sr. Claret, dice el muy ilustre D. Felipe Roviza, fue la que estaba en íntimas relaciones con Sor Patrocinio, la de las llagas; mas es cierto que jamás visitó ni a ella ni sus conventos. En el Real Sitio de El Escorial había uno de estos, en el cual acostumbraba a residir aquella monja[72]; y contra la constante costumbre del Sr. Claret de predicar a las religiosas de los pueblos por donde pasaba, jamás fue a predicar a las de aquel convento, a pesar de haber pasado allí algunas temporadas. Esto me lo ha asegurado el administrador Sr. Merdore, que estuvo constantemente en el Real Monasterio.

Curiosísimo es el caso que a este propósito refiere de sí mismo el presbítero D. Bernabé Blázquez, que vivía en El Escorial en 1866. «Yo», dice, «que había sido clérigo suscriptor a La Iberia[73], le tenía aversión, y Dios en su Providencia, hizo que por mis mismos ojos palpase el desengaño con el trato y dirección de mi conciencia. Lo que no he dicho a nadie, y lo confieso para luz de la posteridad, es que yo, algo tocado de liberalismo, creí en lo de Sor Patrocinio (tal es el efecto de los malos periódicos), hasta que Dios hizo que leyese que la noche en que yo, a las diez de la misma, me estaba confesando con el Sr. Claret en una modesta celda, más modesta que la mía, dijeron que él la había pasado con la monja… ¡Pobres detractores! ¡Dios los perdone! Un Arzobispo que pasaba el tiempo perdonando y reconciliando a los pecadores con Dios, hacerlo pasar por deshonesto…”.

Para conclusión de este enojoso asunto, viene como de molde las líneas que el Noticiero, periódico de Barcelona, publicó en su número correspondiente: «La monja Sor Patrocinio»: «De edad, escribe, muy avanzada, ha fallecido en un convento de Guadalajara la célebre religiosa cuyo nombre, puesto al frente de estas líneas, ha resonado tanto en España, siendo para unos objeto de veneración, y de mordaces sátiras para otros muchos, que no vieron en la fe y abstracción religiosa de Sor Patrocinio más que celo supersticioso de la monja milagrera, como entonces se la llamaba.

El transcurso del tiempo, que es el mejor juez para descubrir la verdad de los hechos y para hacer justicia a todos, ha venido a comprobar la falsedad de las picantes e irreverentes historietas que la malicia por un lado y de otro las pasiones políticas, trataron de inculcar en la fantasía del pueblo, con el fin de desacreditar a la indicada religiosa, cuyo ascendente y alta influencia en la corte de Dª Isabel, según la voz pública, se reducía únicamente al buen celo que manifestó siempre por conservar la paz y la mejor armonía entre las personas reales. Sor Patrocinio y el venerable Arzobispo catalán P. Claret, fueron los dos personajes en quienes se cebó la maledicencia, allá por los años de 1854 a 1858.

Una singular coincidencia, que el tiempo apreciará mejor de lo que podemos hacerlo nosotros, hizo que el mismo día en que falleció Sor Patrocinio se viera en el Obispado de Vich el voluminoso expediente, que comprende unos dos mil folios, para la beatificación de aquel prelado que desempeñaba el difícil cargo de confesor de S. M. en la época en que Sor Patrocinio tenía entrada en el Palacio de los Reyes.

La época no favorecía al Arzobispo Claret ni a la citada monja, fundadora de varios conventos, celosa por el mayor progreso de su Orden, Sor Patrocinio. De haber fallecido en otro siglo menos materialista y descreído que el presente, hubiese sido émula de Santa Teresa y no se hubiese pronunciado nunca sin respeto y veneración su nombre».

CAPÍTULO L

 

Capítulo L.

Profecía misteriosa de carácter social. — Escritos de la Santa. — Su fama póstuma. — Proceso de Beatificación. — Gracias y maravillas a granel. — Reconocimiento del sepulcro de la Sierva de Dios. — Los Prelados de España y el pueblo piden la beatificación. — Testimonios encomiásticos de la Causa. — Oración al más Santo de los postuladores.

 

CAPÍTULO L

 

 

Catorce años antes de la pérdida de las colonias españolas de Cuba y Filipinas, hablando la Sierva de Dios con Sor Desamparados, elevó los ojos al cielo y dijo: «Después que se pierdan Cuba y Filipinas, vendrán grandes acontecimientos». De la realización en parte de esta profecía nadie puede dudar; pues desgraciadamente ya no existen para nuestra idolatrada Patria aquellas dos perlas riquísimas entre todas las de los mares, las Islas de Magallanes y de Colón.

Después de aquellos desastres ha sobrevenido el universal cataclismo de la guerra mundial con todas sus fatales consecuencias; cuyo resultado postrero no es posible adivinar, aunque sí temen todos los supremos gobernantes y directores de los pueblos que habrá de traer la total ruina de Europa.

Hablando conmigo misma en cierta ocasión, me dijo la Sierva de Dios: «Se obrará tan gran maravilla, que llenará de asombro al mundo entero»… «Los hombres están muy descuidados… y el hombre de Dios se acerca; ya no tardará: a los que les coja descuidados no les irá bien… Estoy pensando y me hace bendecir a Dios que para todo lo más grande se vale Su Divina Majestad de un puñado de polvo.

¿Quién ha de pensar cómo ha de ser el prodigio? ¡Una sepultura con un puñado de polvo y unos huesos; y, a la voz de Dios, todos han de ver que se convierten en lo que antes eran!… Nadie lo puede imaginar; y así será grande el asombro del mundo. Nadie ni nada será capaz de adelantar el momento ni la hora»… «Pues qué, Madre», le pregunté yo, ¿tiene día fijo, o solo es condicional?. «Es voluntad expresa de Dios y tiene año, mes, día y hora fija». «Antes de este triunfo de Dios y de su Iglesia, tienen que venir grandes castigos….».

A mí misma me habló también de la sucesión de los Sumos Pontífices siguientes al Santo Padre Pío IX, llamando lumen in celo a León XIII y distinguiendo a dos o tres más con los caracteres con que van apareciendo en el firmamento de la Santa Madre Iglesia.

Nada quisimos decir, de intento, sobre los escritos de mi Madre Patrocinio, en el capítulo de los éxtasis de la Sierva de Dios que la Rda. Madre Pilar, Abadesa del convento de Caballero de Gracia a la sazón, como recordarán nuestros lectores, nos refirió; porque reservábamos para este lugar escribir todo cuanto sobre ese punto sabemos que hizo la Sierva de Dios.

En el libro de apuntes de la expresada Rda. Madre aparece lo siguiente: «Aunque en la materia de los escritos no me pertenece ni debo hablar como mujer, y la más ignorante de todas, mas, como parece que todas las cosas de esta alma escogida, manifiestan muy particularmente haberla adornado el Señor a algún fin, diré solo algo de lo que yo he visto y conocido y algunas otras, por las acciones que veíamos en los éxtasis, palabras que oíamos yo he leído todo lo que hasta aquí ha escrito, sin meterme en las materias altísimas que trata, y que esto pertenece a los hombres sabios, no puedo pasar en silencio, en estas apuntaciones, lo particular que he advertido sobre esto; y si algo dijere más, discúlpeme el deseo que tengo de acertar en todo, y que por mi parte no quede en olvido lo que la mano poderosa del Señor ha obrado en esta criatura, desde que quiso Dios que fuésemos testigos de sus continuos enajenamientos».

Nos llamó mucho la atención el que, en la mayor parte, se la veía escribir con una gracia singularísima; parecía que atendía a alguna cosa que la decían o enseñaban, y luego escribía y volvía a parar, a esto se juntaban las palabras, que muchas veces decía, los títulos de los capítulos de la obra que escribía de oración; muchos de ellos ya los había oído y algunos otros en estos éxtasis esto era tan frecuente y de tal modo, que todas conjeturamos la destinase el cielo a otras muchas cosas superiores a esta; habiéndose adelantado el discurso aún a más; pues la Madre Sor María del Carmen y San José, su Maestra, actualmente Vicaria, dijo un día: «Yo oía a mi maestra que la Reina de los Ángeles ha de tener cuatro Evangelistas como su Hijo Santísimo, no hay más que una que es la venerable Madre María de Jesús de Agreda, y qué sabemos si este ángel será la segunda». Tal era el concepto que formábamos de un alma tan grande en todo.

Por otro lado, se ha visto el furor de la infernal serpiente y el conato que ha puesto para imposibilitarla el brazo derecho. Siempre que la golpeaba el demonio se advertía esta misma rabia, porque aparecía tan cuajado el mismo brazo de cardenales, que siempre sobresalía; de aquí es que con verdad se puede decir que todo lo que se hace es realmente admirable; porque, naturalmente, ni puede tener fuerza ni movimiento en él. Y así, en lo poco que veíamos conocíamos esta ira del dragón y que algo temía, cuando tanto procuraba impedir este instrumento de su confusión.

Cuántos tormentos habrá padecido que solo ella podrá declarar, no solo en estas sino en todas ocasiones; en todos los sucesos he visto bien claramente, que siempre ha tirado el enemigo a imposibilitar el brazo derecho de esta alma que tan clara guerra le hace, y espero en Dios se le ha de hacer mucho mayor.

¿Y qué podré decir yo de los escritos, si solo la memoria de su pérdida me aflige y entristece? No me acuerdo si he dicho ya que, con la experiencia de lo que ha solido suceder a algunas almas —de mandarlas sus Padres espirituales quemar lo que ellos mismos las habían mandado hacer, para probar su obediencia y luego les había pesado—, con esta idea, yo, que sabía bien a fondo la obediencia tan ciega de este alma, y temiendo que, si la mandaban esto, entre el mandato y la ejecución no pasaría más momento que el preciso para echarlo al fuego, quise copiarlo todo lo que pudiera, no porque yo quisiese faltar en lo mas mínimo, sino porque si no era más que prueba y luego quisieran revocarlo, no se hallasen, por su suma prontitud en obedecer, sin unas obras que con tantos trabajitos había escrito, y que, a mi parecer, eran todas obras de Dios.

Copié efectivamente los dos libros de oración; la Introducción, de la obra La Matrona Romana; un poco de algunos capítulos de la misma obra que la había mandado escribir su director; una carta que dirigía al Sr. D. Fernando VII, que no llegó a ir, y otra muy larga al Reverendísimo P. Fr. Luis Iglesias, General entonces de toda la Orden de Nuestro Padre San Francisco; bastante más tenía escrito que yo aún no había copiado. También copié las Aclaraciones a la Introducción de La Matrona Romana, que, aunque ya he dicho no es mi intención hablar de lo que no debo, no puedo menos de decir que, siendo una aclaración, ya se entiende que es como poniendo todos los argumentos que objetar se pudiera en contra, desde la primera palabra hasta la última de la Introducción, y respondiendo y deshaciéndolos todos, hasta desvanecerlos del todo, y dejar tan corriente y claro todo, que es una admiración. Y esto con toda afluencia de autoridades y textos, con las mismas doctrinas de los Santos Padres y con tantas razones y determinaciones de los Santos Concilios, que ya no podía menos en mi interior, de conocer allí visiblemente la mano de Dios, y que no solo no era aquello obra de mujer, sino que aun los hombres más doctos, necesitarían una gran biblioteca, o tener en la memoria toda la Escritura Sagrada, todos los Concilios que se han celebrado, todo lo que han escrito, dicho y obrado, no solo todos los Santos Padres, sino cuantos autores hay y ha habido, y los sucesos de todos los siglos, en fin, lo que naturalmente es incapaz en cualquiera persona; y solo para comprobar los autores, pasajes, etc., que cita solo en estas Aclaraciones es menester en mi concepto, una biblioteca, donde se halle todo cuanto pertenece a la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana. Una copia mía de esta Introducción y Aclaraciones fue la que únicamente se salvó y libró del fuego; no sé si al presente subsistirá[74].

Me resta decir algo del modo y como se escribió: el móvil fue siempre la obediencia; pero fue tan probada, que la paciencia que a ella le sobraba me faltaba a mí; porque dicho se está, que en este punto ha de ser la obediencia del Director y no de la Prelada, que en esas materias, no la toca ni puede contradecir la del que manda. Sucedía, pues, que la mandaba el confesor escribir, y en cuanto se ponía la mandaba parar; y luego dejaba pasar días y meses, y otra vez la mandaba seguir, y en cuanto adelantaba un poco, otra vez dejarlo; y esto no sucedía veinte ni treinta veces, sino todo lo que escribió fue así. Yo, que la veía tan serena y apacible siempre, lo mismo tomaba la pluma que la dejaba, como si nada absolutamente tuviera que vencerse; aunque me admiraba de su gran virtud, me inquietaba con quien así la traía; decía: para prueba, bueno que algunas veces lo hicieran, pero esto y siempre, ya es insufrible; y me incomodaba tanto, que, como aquel Ángel me oía, sentía tener que decírmelo muchas veces, porque como yo le preparaba el papel y demás cosas necesarias, tenía que saberlo; y así como es tan dulce y amable, me solía prevenir, para que no me enfadara.

La mayor parte de lo que escribió fue durante la noche, en su celda; y parte, de día, en la ermita de los ejercicios. Pero y ¿cómo lo escribió? Eso era menester verla para alabar a