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CAUSA FORMADA

Contra

DOÑA MARÍA DE LOS DOLORES QUIROGA

O SEA

SOR MARÍA RAFAELA DEL PATROCINIO

NATURAL DE SAN CELEMENTE, EN LA MANCHA, RELIGIOSA EN EL CONVENTO DE MONJAS DEL CABALLERO DE GRACIA, Y DE VEINTE Y CINCO AÑOS CUMPLIDOS.

PARA

Averiguar el origen y procedencia de las llagas que, en las manos, pies, costado izquierdo y cabeza, en forma de corona, tenía dicha religiosa Sor Patrocinio, y a las que se quería dar o se daba el carácter de sobrenaturales o milagrosas, con lo demás que se propalaba respecto de la misma.

MADRID

IMPRENTA DE LA COMPAÑÍA TIPOGRÁFICA,

CALLE DEL LEÓN.

1837

CAUSA

Tuvo principio por una real orden dirigida en el 6 de noviembre del año último, por el Excmo. Señor Secretario de Estado y del Despacho de Gracia y Justicia al Señor Don Modesto Cortázar, siendo juez de primera instancia de esta capital, remitiendo una información hecha por la policía, para que tomase las medidas y disposiciones prudentes, procediendo a formar sumaria, practicando las primeras diligencias, atendiendo al doble carácter con que se consideraba la ocurrencia extraordinaria de una impostura artificiosa y fanática, y una tentativa para subvertir el Estado y favorecer la causa del príncipe rebelde; que con arreglo a su aspecto no había fuero privilegiado, y por consiguiente cuando hallase méritos, ocupase el convento sin intervención de otra autoridad, advirtiéndole que también quería S. M. que la desgraciada Sor Patrocinio, víctima de manejos tan criminales, fuese tratada con toda la consideración debida a su infortunio, para que vuelta en sí de su extravío, fuese restituida al uso libre de su razón, ya que sus suerte, según lo que se presentaba hasta entonces, no podía dejar de inspirar sentimientos compasivos; y se le previno también que diese parte de los adelantamientos, y que practicando las primeras diligencias ( si no fuere de su juzgado ) las pasase al que correspondiese.

La información que se dice acompaña a la real orden, es una certificación del subdelegado especial de policía de esta corte, su fecha 2 de noviembre del mismo año, en la que dice, que habiéndose constituido personalmente en la casa habitación del hacendado Don José Robleda, calle del Caballero de Gracia, número 26, cuarto segundo, con el fin de asegurarse en la forma más auténtica posible, acerca de los serios detalles que el comisario Don Benito Fernandez, le había comunicado por comisión del señor gobernador civil, sobre el carácter de la persona, santidad, milagros y profecías supuestas de Sor Patrocinio, monja profesa en el convento de religiosas del Caballero de Gracia; personas que pudieron haber influido en la conducta poco laudable que con tal motivo observaba toda su comunidad, abusando de la inocencia de Sor Patrocinio como de la lamentable credulidad de algunos fanáticos, cuyo espíritu y sentimientos no escrupulizaban pervertir y trastornar en afrenta de la religiosa, oprobio de la humanidad, y abierto menosprecio de las leyes; trasluciéndose manejos tanto más reprobados, cuando que iban cubiertos con el disfraz de la santidad, y mentido aparato de una vida mística, procurando indagar hasta que punto pudiesen tener relación con la tranquilidad del Estado y la seguridad del trono; que hizo comparecer ante sí con asistencia del mencionado comisario, y conforme a las citas, que el detallado parte de aquel comprendía, a Doña María Dolores Cacopardo, viuda madre de la dicha santa, a Don José Robleda y al capitán Don Marcos Rodríguez, los que dijeron, la primera por constarla de la manera más positiva y auténtica, y los últimos por noticias fidedignas, y celosas indagaciones particulares, que conforme al parte del expresado comisario, de que se les había enterado, sumergida en la mayor desgracia y abatimiento la Doña María Dolores, por el fallecimiento de su esposo Don Diego de Quiroga y Losada, administrador de rentas de Chinchilla, victima en el año 25 de esta corte de las más negras persecuciones por sus opiniones liberales, y la pérdida lamentable de su hijo Don Juan, teniente del regimiento de Calatrava, muerto por la patria en los campos de Guardamar, cedió a las instancias con que varias personas la aconsejaron colocase a su hija mayor Doña María Dolores, en las Comendadoras de Santiago, donde permaneció tres años, siendo dirigida espiritualmente en aquella época por un capellán que estaba en las Salesas, llamado Don Joaquín; que este debió haber acalorado la fantasía de la joven Dolores de una manera harto indiscreta y empeñada, pues que a muy poco tiempo se la notó algo trastornada y como poseída de una fiebre mística que alarmó a todos sus parientes, y muy particularmente a su madre, la que en vano intentó reducirla a que volviese a su compañía, pues la contestó por última vez: “Dios me manda en el Santo Evangelio despreciar a mi padre y a mi madre y seguirlo a él.” Que la superchería del capellán director y más personas interesadas en formar una santa moderna con el sacrificio de la hija de un patriota, impusieron miedo y silencio a la infeliz viuda de este, y a despecho suyo fue trasladada su hija al convento de religiosas del Caballero de Gracia, dotándola pródigamente en él para tomar el santo hábito bajo el nombre de Sor Patrocinio, y la comunidad aprovechando en un todo la disposición en que la había puesto el Padre Joaquín, siguió de acuerdo el plan de santificarla y negociar sus milagros y profecías; que continuó dirigiéndola en este convento el mismo capellán, mas impacientes las monjas (que deseaban se divulgase la fama de Sor Patrocinio como por encanto) de que aquel quisiese moderar su ansiedad y se obstinase en un plan más lento y meditado, lo separaron de la dirección de la santa y fue esta encomendada a un fraile francisco llamado también el santo, que pasó a la eternidad con otros compañeros cuando el amotinamiento que tuvo lugar en esta corte por creerse que los frailes habían envenenado las aguas. Que este reverendo halló el secreto de complacer muy pronto a las buenas señoras, y fue en su tiempo cuando Sor Patrocinio empezó a ser más abiertamente anunciada por santa, y oída como tal por cuantos ansiaban de buena fe conocer alguna en esta vida. Que entre los milagros más de bulto que la madre priora y sus cómplices habían divulgado, fue uno el de que habiéndola sacado una noche el diablo de su celda la llevó al camino de Aranjuez, en donde la hizo ver que María Cristina era una mala mujer en todo sentido, y que su hija no era ni podía ser Reina de España. Que en seguida la hizo ver desde el puerto de Guadarrama otra porción de picardías de igual especie, y que después de tan peregrina visión la restituyó a su convento, pero dejándola en el tejado, de suerte que las monjitas tuvieron que recogerla por una buhardilla. ¡Cosa dispuesta así por Dios para que se testificase el milagro!… Que muerto como queda dicho el buen fraile, eligió por director a otro de la misma orden llamado el Padre Cruz, de quien había oído hablar con grandes elogios; mas este, que parece no confundía la santidad con gazmoñería, ni la superstición, no debió aprobar las máximas de que Sor Patrocinio se hallaba imbuida, y habiendo tenido la debilidad de manifestarlo así, le recluyeron, maltrataron, penitenciaron y arrojaron de la corte, prohibiéndole volver a ella, y cuyo religioso debería estar en Sigüenza, y tal vez podría ilustrar el caso con singular propiedad. Que para evitar otro compromiso de esta especie, resolvieron las monjas que ningún otro religioso de fuera entendiese la dirección de la santa, quedando esta exclusivamente entregada desde entonces al actual vicario de su convento, eminente faccioso, el cual seguía haciendo progresos a costa de esta víctima, tanto políticos como de monopolio en favor de la comunidad y del pretendiente, y que podía tener consecuencias; que de este modo impunemente prediciendo tempestades, batallas, triunfos del pretendiente y pronto trastorno del trono de Isabel, circunstancias todas que cundidas de cierta manera por su director, monjas y agentes atraían a varias personas cerca de sí que la consultaban sobre materias políticas y producían cuantiosos regalos y donativos de consideración al convento. Que se la habían abierto cinco fuentes, o se le había hecho creer que las tenia naturalmente abiertas, diciendo que eran las cinco llagas, cuyo hecho era positivo, según relación de las monjas y personas que la habían hablado, añadiendo su madre que ella misma se las había visto abiertas, por cuya razón siempre tenía las manos vendadas, que sin duda por convenio de un facultativo que la había asistido y creía su madre ser de Guardias de Corps, dijo aquel ser efectivamente sobrenaturales las indicadas llagas, pues que probó inútilmente para su cura todos los recursos del arte, pero que ya era otro facultativo el que la asistía; que lamentándose un día su dicha madre con la priora del estado de languidez y abatimiento en el que por días veía se iba consumiendo su hija, le dijo aquella que todo era efecto de la mucha sangre que derramaban sus heridas hechas o regaladas por Dios: que la Princesa de Beira acudió a la santidad de Sor Patrocinio para que la mandase un cabezalito suyo a fin de neutralizar así con su virtud los accidentes de que padecía, en lo que no se la pudo complacer por haberle negado su permiso su director espiritual. Que cuando solicitaban verla algunas personas que no eran de notoria confianza, se las decía que era imposible por hallarse extasiada, como la había sucedido a su madre diferentes veces, que entonces se la consultaba por comunicación, y el resultado era respuesta acomodada al carácter de la persona que la solicitaba, en que acordaban las monjas con el vicario, para lo cual sabían tomarse su tiempo; que en resumen la infeliz joven estaba siendo víctima á un tiempo de la más negra preocupación, e instrumento de la infernal codicia de un mal eclesiástico y de una comunidad trastornada por el mismo, y que aprovechaba al propio tiempo todos los recursos de la intriga y de la sedición para hacer al gobierno de la Reina una guerra civil y criminal: que la doña María Dolores Cacopardo había manifestado los deseos que la animaban a solicitar de mucho tiempo el que se sustrajese a su infeliz hija de la violenta opresión y tormento continuo a que se hallaba reducida, y a los que se había resistido por temor de que atentasen contra la vida de aquella, teniendo fundamentos para creer que sucedería aquel día si las monjas llegasen a tener la menor sospecha de que Sor Patrocinio podía ser sustraída de su inmediata guarda.

Esta certificación o diligencia fue firmada por el subdelegado Don Canuto Aguado, por el comisario Don Benito Fernandez, y por Doña María Dolores Cacopardo, Don José Robleda y Don Marcos Rodriguez. Por adición se expresa por relación de los mismos, que entre las personas que consultaban con más frecuencia a la dicha santa y más jugaban en la tramoya, se hallaban las siguientes, de que solo podían dar razón por ignorar los nombres de los demás, a saber: marquesa de Monchiflor, marquesa de Villadares; las hijas de la marquesa de la Puebla; la señora de Chacón, hermana de un conde; un tal Don Tomás, hermano de doña Cayetana, Comendadora de Santiago, y otros dos que se fueron a la facción, uno de los cuales había sido fusilado, y que la mandadera o criada de las monjas era la que parecía estaba más enterada de esto.

El Señor Cortázar dispuso por su auto el 7 del mismo mes, que se ratificaran los sujetos que firmaban el indicado papel, lo que tuvo efecto en el mismo día con respecto a Doña María Cacopardo y a Don Marcos Rodriguez, y en el día siguiente el Don José Robleda.

La primera lo hizo sin variación alguna. El segundo lo hizo añadiendo, que cuanto iba expresado lo sabía por relación de las personas de que tuvo necesidad de valerse para hacer las indagaciones, cuyos nombres no podía manifestar porque pertenecían al número de agentes reservados de policía, entre los que se encontraba Don José Robleda. Este después de ratificarse igualmente añadió, que hacía más de dos años que tuvo noticia por la misma madre de Sor Patrocinio del tráfico que las monjas estaban haciendo con su santidad, y especialmente con los milagros que la atribuían y de que se hablaba en público por todo Madrid.

Recibida la suya a Sor Rafaela del Patrocinio, hija de Don Diego Quiroga, difunto, y de Doña María Dolores Cacopardo, entonces de 24 años de edad, dijo: que en el mes de enero próximo hacia siete años que había tomado el hábito; que vino a aquel convento desde el de las Comendadoras de Santiago, donde fue su director espiritual el presbítero Don Joaquín Serrano; que ni este ni los demás confesores que había tenido, le habían inspirado ideas para persuadirla de merecer una predilección en los altos juicios del Señor, de suerte que llegase un día en el que estuviese dotada del don de la santidad, antes por el contrario la han disuadido de semejantes ideas, y ella desconfiando de sí misma, más motivos había tenido para juzgar lo contrario: que ha creído algunas veces que estaba arrebatada por un espíritu divino, pero que nunca había sido sacada por él fuera de clausura: que Dios había permitido una sola vez el que la sacase de la clausura, que se persuadía la condujo al puerto de Guadarrama, lo que la parecía por haber pasado junto a un león de piedra y haber oído después que allí hay uno: que vio un campo con árboles, y también pasó junto a un estanque que había patos, pero que ni la permitió ver personas ni acontecimientos, no siendo cierto que viese a la Reina de ningún modo; que tampoco había creído ver ni manifestado haber visto el éxito de batallas, ni acontecimientos, por los que pudiese resultar quién pudiese ser el poseedor del trono español, ni nadie con verdad podía afirmar haber ella dicho tales cosas: que tenía cinco llagas, a saber: una en el costado izquierdo, y las cuatro restantes en sus pies y manos; que la del costado la apareció cuando era novicia, y las otras cuatro a la vez en un día víspera o antevíspera de la Ascensión del Señor, poco tiempo después de su profesión, de manera que entre la primera y las cuatro últimas hubo un intervalo de ocho meses; que no había dado, ni sabía que otras religiosas lo hubiesen hecho, paño ni cabezal de los empleados en cubrir sus llagas, y que aunque no lo sabía de cierto, le parecía haber entendido que los habían pedido; que no conocía hubiese otra causa para tener las llagas que la voluntad de Dios; que no sabía por qué eran incurables, pero que el médico que tenía la comunidad, que ya era difunto y se llamaba Don Manuel Bonafós, las había declarado incurables diciendo que no sabía remedio para ellas, y lo mismo la dijo otro facultativo que la parecía llamarse Don Rafael Costa, en una sola vez que la vio con motivo de haber ido en consulta para otra religiosa. Que no habían ido personas de fuera a verla las llagas, y ni por ellas ni por la fama de su santidad se habían dispensado al monasterio limosnas, ni otros obsequios, y que su director espiritual era Fray Andrés Rivas, vicario del monasterio, el que con anterioridad de su ida á él sabía que tenía las llagas, y no recordaba lo que sobre ellas la había dicho en sus confesiones.

Sor María Benita del Pilar, priora del convento, declaró que Sor Patrocinio fue a él por su voluntad desde el de las Comendadoras de Santiago, donde la ofrecían hacerla comendadora; que el dote que consistió en 11,000 rs. y los gastos de ropa, se obligó a él Don Joaquín Serrano, capellán de las Salesas y su confesor en las Comendadoras; que como no podía en aquel convento confesar con seglares, fue luego de su entrada confesor de ella el Padre Riaza, ya difunto; que después que tomó el hábito se conocía ser un alma cándida, y que merecía la predilección de Dios; que por esta razón sin duda se la aparecieron en los pies, manos y costado izquierdo unas llagas parecidas a las de Jesús; que la declarante no supo de la del costado hasta después de algún tiempo, pero que presenció la aparición de las de las manos en un día víspera o antevíspera de la Ascensión, hacía cinco años, a tiempo que estaba en su celda á la hora de la siesta puesta en cruz y en un éxtasis, cuya aparición se verificó con el aspecto de unas rosetas encarnadas, de las que a poco comenzó a brotar sangre; que Sor Patrocinio era también en aquella época muy atormentada de los enemigos, los cuales la sacaron un día como a las diez y media de la mañana, y echándola de menos la comunidad y buscándola por todo el monasterio sin poder encontrarla, la hallaron por fin en el tejado muy maltratada, cubierta de tierra y materias verdosas, como que había sido arrastrada por el campo: que a las preguntas que la hicieron contestó que había visto unos jardines, que por las señas que dio eran los de Aranjuez, pero no dijo haber visto persona alguna, excepto un pastor en un pinar donde el enemigo la dejó: que como la declarante sufriese mucho de resultas de los sufrimientos de Sor Patrocinio, esta la manifestó un día que ya no la atormentaría más el demonio, ni habría en el convento más golpes (pues se sentían muchos en aquel tiempo), porque el demonio había sido sujetado por una imagen, como así se ha verificado, pues no la ha vuelto a atormentar, ni se la ha vuelto a llevar, ni tampoco se la había visto con los cardenales que anteriormente se la veían sobre las diferentes partes de su cuerpo repentinamente y cuando parecía más hermosa; que estas ocurrencias las consultó la declarante con sus superiores, los cuales encargaron que no se dijese nada pena de obediencia; que no la había visto hacer milagros, ni la había oído profecías, pero sabía que fuera del convento se la había atribuido estos dones, y que se había dicho que había profetizado que habrá una noche muy mala, y que esto se verificó cuando mataron tantos religiosos: que Sor Patrocinio casi siempre estaba a su lado, y concurría al locutorio donde iban a verla algunas personas llevadas de la fama que tenía, pero que casi nunca hablaba más que para saludar; que entre las personas que iban á visitar la comunidad son las señoras de Villadarias, la de Bairo, doña Juana Eguía y la señora de Branchiforte, aun cuando no suelen ir más que una o dos veces al año, y la última nunca preguntó por Sor Patrocinio, y que no habían recibido limosnas por consecuencia de la fama de santidad de Sor Patrocinio.

La madre vicaria Sor María del Carmen de San José, de 58 años de edad, y la tornera mayor Sor María Hipólita de San Felipe Neri, de 44 años, dijeron: que Sor Patrocinio había tomado el hábito el 19 de enero del año 29, habiéndola reunido el dote su confesor D. Joaquín Serrano; que desde que entró en el noviciado se distinguió su virtud y santidad por su humildad y mortificaciones sin ninguna hipocresía; que estando aun en el noviciado se la imprimió una llaga en el costado izquierdo, que esto sucedió una tarde estando en oración con la primera; que al verificarse la impresión dio un quejido doloroso que llamó la atención de la misma, pero no manifestó hasta algunos días después la llaga; que pasados algunos meses estando en una siesta orando en cruz se la imprimieron las otras cuatro llagas, apareciendo como unas rosetas en manos y pies, de las que luego comenzó a brotar sangre; que Sor Patrocinio tenía éxtasis frecuentes, en los que se la veía cambiar enteramente las formas de su rostro tomando un semblante angélico; que un día habiendo salido del coro después de las diez de la mañana, dejaron a Sor Patrocinio en la celda de la prelada, que a poco rato fue echada de menos, y aunque se la buscó por todos los desvanes, cuevas y sitios más ocultos del monasterio no fue hallada; que entre doce y una fue vista en un tejado del convento cubierta de polvo y tierra, y ella fue muy aturdida; que salieron dos religiosas al tejado y la entraron dentro; que según ella se explicó fue llevada por un espíritu maligno a los pinares, habiendo sido muy aporreada en el camino; la primera expresó que ni la había visto hacer milagros, ni la había oído profecías; la segunda añadió que cuando Sor Patrocinio estaba en éxtasis, si la madre, aunque estuviese a mucha distancia, la llamaba interiormente, al instante se presentaba ella diciendo aquí estoy; que algunas personas que han estado gravemente enfermas habían recobrado la salud siempre que Sor Patrocinio había mandado llevar a sus casas el manto de nuestra Señora del Olvido: que el confesor de Sor Patrocinio era el padre vicario, el cual era sabedor de sus llagas, de su viaje con el diablo y demás prodigios, a pesar de que solo hacía un año que estaba allí. Que también era sabedor de todo el Padre Gil [1], general de la orden, y el difunto padre provincial, siendo digno de atención que siempre que este iba al convento se la abrían las llagas a Sor Patrocinio: que aquellas personas a cuyo bien por salud u otra manera había contribuido Sor Patrocinio, habían hecho algunas limosnas para cera o alumbrado de la Señora, pero ninguna para la comunidad, todo lo cual podrían declarar las demás religiosas, como también que hallándose Sor Patrocinio tullida con los muslos y las piernas sin ningún movimiento, una noche la dejaron así en cama en la enfermería cuando las demás religiosas se fueron a maitines, y apenas los habían comenzado cuando Sor Patrocinio entró en el coro andando por su pie como si siempre hubiera estado buena; que el médico D. Manuel Bonafós, ya difunto, no la quiso administrar remedio ni para el tullimiento, ni para las llagas, diciendo que venían de Dios, y que quien las había dado las quitaría, y que lo mismo dijo Don Rafael Costa, una vez que la vio.

Sor María Vicenta de la Purísima Concepción, de 34 años, Sor María Mónica de Jesús, de la misma, Sor María del Carmen, de igual edad, y Sor Micaela de los Dolores, de 34 años, manifestaron que cuanto habían declarado Sor María del Carmen de San José y Sor María Hipólita  de San Felipe de Neri, era la verdad, añadiendo que la habían visto diferentes veces en éxtasis, y que además de las cinco llagas tenía Sor Patrocinio en su cabeza la impresión de la corona de espinas que llevó el Señor, arrojando sangre en términos de no bastarla cinco tocas al día, y que había ocasiones que se imprimía en su frente la efigie del Eccehomo; la primera manifestó también que la noche del 14 de septiembre del año anterior en que se celebraba la Exaltación de la Cruz, encontró a Sor Patrocinio en éxtasis, puesta en cruz y de rodillas sobre la cama, echando sangre por las cinco llagas y la corona, con tanta abundancia que caló toda la ropa: que no la había visto hacer milagros, ni la había oído profecías, pero creía a pies juntos que tenía el don de hacer ambas cosas.

Sor María Josefa Urbana de la Asunción, dijo: que no la constaba más que de oída a las demás religiosas lo que pasó con Sor Patrocinio cuando se la llevó el diablo; que ya en el siglo había oído hablar de lo mismo y de otras muchas cosas que decían de Sor Patrocinio, pero que luego que había entrado en el convento había visto que no eran ciertas; que la había visto la impresión de las cinco llagas y había oído decir lo de la corona, y que solo una vez cuando se hallaba de novicia había visto en éxtasis a Sor Patrocinio.

De mandato del seños juez, a su presencia y la del escribano actuario, se reconoció por el profesor de medicina Don Mateo Seoane, previo juramento, las llagas que Sor Patrocinio tenía en las manos, expresando que efectivamente tenía una en cada mano; pero que para poder formar juicio con acierto y emitir su opinión, necesitaba reconocerla de nuevo con asistencia de otro profesor.

El escribano puso la fe correspondiente de la existencia de dos heridas que tenia Sor Patrocinio, una en cada mano, en el reverso de la palma, las que se hallaban cubiertas con unos cables y vendas.

También se puso diligencia de que habiéndose opuesto la madre abadesa y Sor Patrocinio a la salida de esta del convento para ser trasladada con decencia a una de esas salas del hospital, pretextando que su conciencia no lo permitía por sus votos, y porque para ello necesitaban el permiso de sus prelados, sin que para disuadirlas bastasen las razones con que procuró su señoría convencerlas, acordó suspender por entonces la acordada medida por temor de una catástrofe, y dispuso que se la colocase, como se verificó, en la enfermería del convento, al cuidado de su madre doña Dolores Cacopardo y de su hermana doña Ramona Quiroga, encargando a todas las monjas que facilitasen lo que pudiesen para sustentarla y cuidarla, sin que intentasen por sí ni por otra persona comunicar con ella.

En el mismo día se recibió declaración al vicario del convento Fray Andrés Rivas, del orden de San Francisco, quien dijo: que separándose de todo cuanto tuviese conexión con el sigilo sacramental, y limitándose solamente a lo que había oído fuera del confesionario y en el trato con las religiosas, creía que Sor Patrocinio estaba dotada de un alma virtuosa, que por este medio sabia tenía cinco llagas en los pies, manos y costado izquierdo, y las marcas de una corona en la cabeza; que las marcas que tenía en la frente y las llagas de la manos las había él visto en ocasión de haber ido al convento el padre general de la orden Fray Andrés de Dos Barrios; que no sabía si las llagas serían sobrenaturales o producidas por otra causa, y considerando esto muy delicado había guardado silencio; que había oído, no por ella, lo del viaje a que la condujo el diablo, sin recordar a quien se lo oyó, ni lo que decían había visto Sor Patrocinio en el viaje, y que había procurado disuadir, aunque sin fruto, a los que de ello le habían hablado; que habían ido muchas gentes a pedir oraciones en sus necesidades, manifestando deseos de ver a la monja que llamaban santa, y que él siempre los había despedido negativamente, diciéndoles que si era santa para ella hacía; que no sabía que por mediación de Sor Patrocinio se hubiesen dado limosnas a la comunidad, pudiendo decir que para hacer el novenario de nuestra Señora del Olvido se habían hecho algunas, pero tan escasas, que no hubo bastante para hacer la función; que nunca había oído y aun se atrevía a asegurar, que Sor Patrocinio hubiese hecho predicciones políticas, pues que habiéndola preguntado cuándo o cómo concluiría el actual estado de discordia civil, contestó que cómo podía ella saberlo; que algunas personas desconocidas habían ido a inquirir si era cierto que la monja había dicho tal o cual cosa, y siempre los había despedido manifestándoles no ser cierto; que cuando la novena referida tenía dificultad el padre que había de predicar (que no se acordaba quién fuese) de hacerlo por miedo de un insulto, y Sor Patrocinio le escribió que no tuviese cuidado, porque ella esperaba que se haría la novena en paz, a cuya carta se quiso dar una significación diferente a la que tenía, creyendo que aludía a que cuando se verificase la novena habría sucumbido el gobierno, lo que era una equivocación, pues lo que quiso decir fue que concluiría sin que se perturbase el orden, y que las gentes de fuera hablaban muchas cosas supuestas con respecto a esta monja.

La demandadera del convento María González dijo en su declaración, que ignoraba las cosas que pasarían dentro; que los parientes de las religiosas sin distinción concurrían al convento, que hacía mucho tiempo que no había visto ir a él a la señora marquesa de Villadares y a la señora de Chacón, que las hijas de la señora marquesa de la Puebla fueron una vez en ocasión en que estaba su madre mala por el manto de la Virgen del Olvido, que era el de Sor Patrocinio: que un tal Don Tomás, hermano de una señora de las Comendadoras de Santiago, ha concurrido algunas veces a ver a Sor Patrocinio, y que ignoraba el que se hubiesen hecho limosnas al convento por consideración a la santidad de aquella.

Los profesores de cirugía que se nombraron Don Diego de Argumosa y Don Maximiliano González, en unión de Don Mateo Seoane, reconocieron de orden de su señoría a Sor Patrocinio, a presencia de su madre Doña María Dolores y de la abadesa, en lo que invirtieron cuatro horas, ofreciendo dar al día siguiente la correspondiente certificación.

La madre abadesa, a quien se amplió su declaración, dijo conocía al Padre Cruz, de nombre José, el que según tenía entendido estaba en Sigüenza, que iba alguna ver al convento, hasta que el difunto Padre Carrera le dijo que no le permitiese ir al convento porque tenía la cabeza descompuesta, pero que nunca había confesado á Sor Patrocinio.

Se puso diligencia del reconocimiento ocular del tejado en que fue hallada Sor Patrocinio por señalamiento de la abadesa, vicaria, tornera y portera, las que señalaron el ala del tejado situada a Poniente manifestando que a Sor Patrocinio se la había encontrado arrimada a la derecha de una buhardilla que allí había, y que fue introducida en el convento por una ventana perteneciente a un desván existente sobre el alero del Norte, descubriéndose desde el mismo punto la bola de la media naranja, donde decían que Sor Patrocinio había estado colocada de vuelta del viaje: que en los claustros principales en la esquina del mediodía y poniente había una celda con ventana al mismo claustro, por la que hay un balcón que estaba enfrente y daba a un jardín, dijo la madre tornera había sido sacada a tiempo que ella estaba en otra celda inmediata.

Se recibió declararon al capellán de la Salesas Don Joaquín Martín Serrano, quien dijo: que había cinco o seis años conocía a Sor Patrocinio, que dos que había estado en las Comendadoras de Santiago había sido su director espiritual, procurando dirigirla por el camino de la virtud, sin hipocresía, ni escrúpulos de monjas; que habiéndole manifestado reiteradamente que quería ser monja en el convento del Caballero de Gracia, y penetrándose de que la vocación era verdadera, practicó las diligencias proporcionándole alguna parte del dote por medio de una prebenda y algún dinero efectivo suyo; que luego que entró monja dejó de ser su director espiritual, y que las veces que la había ido a ver la había visto por el locutorio a presencia de la abadesa o de otra monja; que alguna vez Sor Patrocinio le había hablado que tenía impresas las cinco llagas, y que la había visto las manos vendadas, pero no había tratado de informarse si eran o no sobrenaturales por no creerse obligado a ello, ignorando el uso que se había hecho por Sor Patrocinio u otra persona de las llagas, no habiéndose informado del día y modo en el que se le aparecieron, ni de sus éxtasis, visiones y viaje con el diablo, ignorando así bien que por contemplación a tales prodigios se hubiesen hecho regalos a la comunidad de dinero, alhajas u otros efectos.

En 8 del mismo mes de noviembre se comunicó otra real orden para que se procediese en la causa según los méritos que resultasen y orden judicial, y que siendo conveniente sacar del convento a Sor Patrocinio, se la colocase en casa de su madre u otra honesta y decente, facilitándola el mejor tratamiento y alguna distracción y recreo para liberarla de su ilusión, con los socorros a propósito para restablecer su salud, con intervención de un eclesiástico ilustrado y prudente que la inspirase respeto y confianza.

A su consecuencia se buscó una casa de persona de probidad, y habiendo encontrado la de Doña Manuela Peirotet y Cortés, que vivía calle de la Almudena, número 119, cuarto bajo, se la trasladó y dejó en ella en compañía de la misma Doña Manuela, de su madre Doña Dolores Cacopardo y de su hermana Doña Ramona Quiroga, habiendo asistido a la diligencia los presbíteros Don Cayetano García y Don Esteban Herrero y Villanueva, los que con mucha caridad la dieron buenos consejos evangélicos, y el médico Don Maximiliano González la curó las llagas de las manos.

Recibida su declaración al médico Don Rafael Costa, contestó que efectivamente habiendo ido al convento había visto dos de las llagas de Sor Patrocinio, y que a pesar de conocer que no dependían de causas sobrenaturales, no tuvo por conveniente decir nada por no exponerse a autorizar supersticiones, ni aparecer desatento diciéndolas que aquello era artificial o ficticio.

            Los cirujanos Don Diego Argumosa, Don Mateo Seoane y Don Maximiliano González, certificaron acerca del reconocimiento que habían hecho; que Sor María Rafaela del Patrocinio era una joven de 25 años de edad, de temperamento linfático sanguíneo; que según lo que había respondido a las preguntas que la hicieron no había padecido herpes ni otra enfermedad cutánea, ni tampoco mal alguno que pudiera haber inducido en su economía alteraciones permanentes, ideopáticas o sintomáticas, y que así por el examen de su hábito externo como el de todas sus funciones, se la podía considerar en el goce pleno de una buena salud habitual. Que en el dorso de su mano derecha, sobre la cabeza del tercer hueso del metacarpo y porción correspondiente del tendón extensor del dedo medio, tenía una úlcera, cuyo mayor diámetro cruzaba algún tanto oblicuamente la dirección del tendón dicho, y cuya extensión sería como de siete líneas poco más o menos de longitud, y tres poco más o menos de latitud. Que esta úlcera, que no ofrecía elevación notable en sus bordes, presentaba un fondo superficial formado en el espesor mismo del dermis, y una costrita tenue de color rojo pardusco en el centro de dicho fondo, tenazmente adherida a él, advirtiéndose todo el resto de la superficie de la úlcera limpio y de un color ligeramente gris, que circundaba a esta úlcera una areola inflamatoria que se extendía línea y media o dos líneas más allá de sus límites; que en la parte superior de la úlcera y sobre el tendón dicho se presentaba una superficie lisa, pulida y con todos los caracteres de cicatriz de cuatro a cinco líneas de diámetro en todas sus direcciones, y que por su parte inferior constituía el borde superior de la úlcera sobredicha. Que así el tejido de la úlcera como el de la cicatriz gozaban de completa movilidad a expensas del tejido celular interpuesto entre el dermis y el tendón, que este se halla también en el goce pleno de su movilidad, lo mismo el dedo a que correspondía: que los movimientos de uno y otros causaron algún dolor a la enferma, así como también y aun más vivo las complexiones hechas sobre la úlcera. Que en la misma mano y en su cara palmar se notaba una pequeña grieta de color rubicundo en su fondo, situada enteramente en el pliege mismo vertical de su centro, y a la altura de la articulación del primer hueso metacarpiano con el falange correspondiente; que sus dimensiones equivalían a una línea de longitud y a un sexto de línea de latitud, interesando apenas en todo su fondo la cuarta parte del espesor de la piel; que a los lados de esta grieta y principalmente hacia el borde cubital de la mano, se presentaba el dermis despojado de epidermis en la extensión de una pequeña lenteja, pero enjuto y sin la más mínima erosión; que la piel en la cual se presentaba esta grieta gozaba también de completa movilidad en todas direcciones. Que en el dorso de la mano izquierda se advertía otra úlcera situada sobre la extremidad inferior del tercer hueso del metacarpo, y la superior del falange correspondiente, que el diámetro mayor de esta úlcera era casi paralelo al tendón extensor del dedo medio, y ligeramente oblicuo de arriba a abajo y del borde cubital hacia el borde radial de la mano, equivaliendo sus dimensiones a trece o catorce líneas poco mas o menos de longitud, así como su diámetro menor, considerando en la parte media y hasta cerca de las extremidades de ella, tenía cuatro líneas poco mas o menos, resultando por estas dimensiones una superficie casi elíptica; que el fondo de esta úlcera se presentaba rubicundo y en estado de supuración, aunque escasa, y además bastante elevado, con igualdad y formado de un tejido fungoso que da sangre cuando se le comprime o se le roza. Que los bordes o límites de la misma úlcera estaban formados por la piel destruida en todo su espesor, y a los alrededores de ellos de advertía una ligera areola inflamatoria de una línea escasa de extensión; y aun esto principalmente en si medio contorno superior; que la piel del dorso de esta mano presentaba además sobre el tendón ya dicho una superficie lisa, suave y ligeramente sonrosada, con todos los caracteres de una cicatriz de figura triangular, cuyo vértice correspondía y se acercaba a la extremidad superior del tercer hueso del metacarpo ya dicho, y cuya base correspondía al límite superior de la úlcera; que así los tejidos que constituían el fondo de dicha úlcera, como los de los bordes de esta y lo mismo el de la cicatriz, gozaban de completa movilidad a favor del tejido celular subyacente; de la misma movilidad gozaba el tendón extensor de este dedo medio; que todos estos movimientos y la comprensión del tejido de la úlcera causaban también dolores, aunque no tan vivos como en la mano derecha. Que en la palma de la izquierda se notaba otra grieta situada toda ella precisamente en el fondo del pliegue vertical de su centro, a la altura casi de la articulación del primer hueso metacarpiano con la falange correspondiente, y cuyas dimensiones y dirección apenas se diferenciaba de las de la grieta que se advertía en la palma de la mano derecha; que en el fondo del mismo pliegue vertical ya dicho se notaban vestigios y otra pequeña grieta igual y situada como á una línea más arriba de la anterior; que una y otra estaban formadas en el dermis y a expensas de su cuerpo mucoso exclusivamente, y presentaban un color rubicundo claro, aunque algo más notable en la inferior que en la superior: que en la porción de piel a que correspondían estas dos grietas se manifestaba con una ligera inyección sanguínea en la extensión de una lenteja grande, y gozando también de una completa movilidad en todos sentidos. Que en el dorso del pie derecho se notaba una porción de piel; que en la extensión irregular de un real de plata poco más o menos, presentaba vestigios evidentes de una erupción superficial de la piel ya cicatrizada. Que esta porción de piel correspondía a la parte superior del segundo hueso del metatarso no lejos de su base, y gozaba de completa movilidad en todas direcciones a beneficio del tejido celular subcutáneo, advirtiéndose ligeramente engrosada al tacto y bastante sensible a la opresión; que reconocida la planta de este pie no presentaba su piel señal ni vestigio alguno de lesión, de continuidad ni actual ni anterior, ni más inyección sanguínea que la que era propia de sus capilares. Que la paciente expresó sin embargo un punto dolorido correspondiente al de la lesión del dorso ya indicado, pero en el cual se presentaban los tejidos subcutáneos, y la piel su consistencia, extensibilidad y volumen natural. Que en el dorso del pie izquierdo se notaba una superficie más irregular y aun más próxima a la base del segundo hueso del metatarso, y enteramente semejante en todo lo demás a la del dorso del pie derecho; que reconocida también la planta de este pie izquierdo, no presentaba tampoco señal ni vestigio alguno de la mas mínima solución de continuidad antigua ni reciente, y que todos sus tejidos gozaban igualmente de la misma consistencia, extensibilidad y volumen natural que los de la planta del pie derecho. Que en la parte lateral izquierda del pecho se advertía una porción de piel alterada en su superficie y en su color, y que presentaba las señales de una úlcera superficial cicatrizada ya completamente; que se hallaba en dirección horizontal, correspondiendo su extremidad posterior al plano lateral izquierdo del tronco desde cuyo punto se extendía hacia la parte anterior y lateral izquierda del pecho, con las dimensiones de cuatro pulgadas poco más o menos de larga, y como de cuatro líneas de ancha en su término medio, de dos en su tercio posterior, y como de una y media en su tercio anterior; que en la parte media y superior de esta superficie se advertía un color rubicundo que se extendía hacia arriba y hacia abajo como a distancia de media pulgada o algo más, mientras que en su parte anterior era igual el color al de la piel sana de las inmediaciones; que esta cicatriz se presentaba al nivel de la piel inmediata, pero con algunas granulaciones ligeramente pálidas, y en su misma superficie, cerca de su extremidad posterior, se advertía ligeramente perforado el dermis a la profundidad de su mitad externa, y esta perforación que equivaldrá en todo su ámbito a un tercio de línea, dejaba ver un color rubicundo sanguinolento. Que toda esta porción de piel o cicatriz dotada de una completa movilidad a beneficio del tejido celular subyacente, se presentaba limpia y sin vestigio alguno de sangre húmeda o seca; que el paño con que la paciente la tenía cubierta también estaba seco, pero empapado en una extensión como la palma de la mano de una sustancia roja oscura. Que la altura a que se hallaba esta cicatriz venía a corresponder a la unión del tercio inferior con el tercio medio del húmero izquierdo aproximado al tronco, y la enferma manifestó que sentía bastante dolor a la presión de la parte. Y últimamente, que se procedió al reconocimiento de la piel de la cabeza, la que se hallaba enteramente intacta toda, menos la de la frente, en la cual se notaban alteraciones con tres caracteres muy diversos; que se advertían en primer lugar manchitas de la extensión de cañamones o pequeñas lentejas, de un aspecto pálido y sin presentar relieve o depresión sobre el nivel de la piel; que estas manchitas estaban diseminadas en todo el ámbito de la frente, y principalmente hacia las eminencias frontales del coronal, y hacia la sutura sagital del mismo. Que también se notaban en segundo lugar, en la misma región, otras manchitas hasta el número de quince, poco más o menos, y también de figura irregular, comparable a cañamones o lentejas pequeñas, todas estas estaban igualmente al nivel de la superficie de la piel, y conservaban aun rubicundez viva por el estado de inyección en el que se hallaban sus capilares. En tercer lugar, que además de las diferentes clases de manchas ya mencionadas, se advertían otras varias de diferentes tamaños y figuras, esparcidas por la misma región, y situadas  en el orden siguiente según la mayor magnitud. Una sobre la sutura sagital del coronal, como a tres líneas debajo del origen del cabello, prolongada de arriba a abajo, en la extensión de tres líneas y media poco más o menos, y de línea y media de ancho por su parte media; otra en la parte lateral de la derecha de la frente cerca del nacimiento del pelo, de figura casi oval y como de dos líneas de extensión en su diámetro mayor, casi vertical, y una línea a línea y media de diámetro transversal. Otra sobre la misma sutura sagital como de una pulgada por encima del entrecejo, de dos líneas de longitud vertical y media línea de ancho; otra hacia la eminencia frontal izquierda del coronal, como de una línea de largo de arriba a abajo, y media de ancho; que entre esa y la primera, o mayor de las de esta clase, se advertían otras dos casi lineales y verticales, de la extensión de dos líneas la una, y una la otra. Que se notaba otra en la misma parte lateral izquierda del coronal hacia la sien, de extensión y figura de medio cañamón. Y últimamente, que se advertían algunas más pequeñas en diferentes puntos de la frente, las cuales, como todas las demás de este orden, presentaban como carácter común a todas ellas, el estar secas y cubiertas de una capa como coriácea y de color rojo pardusco. Que toda la piel de la frente gozaba de completa movilidad, a beneficio del tejido celular subcutáneo, lo mismo que en los puntos a que corresponden estas lesiones de continuidad que en todo lo demás. Que las úlceras y grietas de las manos se hallaban cubiertas en gran parte de una materia frágil, y de un color como eruginoso. Que al remover esta materia con lociones repetidas de agua tibia se notaba que no se disolvía en ella ni la daba tinte alguno, así como ni tampoco el paño con que se la lavaba. Que el paño o lienzo que cubría la úlcera o cicatriz del costado, y que la paciente dijo haberle aplicado limpio el mismo día anterior, se presentaba impregnado de una extensión, como de la palma de la mano, de un líquido desecado ya, y que tenía el mismo color que la materia concreta de las úlceras y grietas de las manos; que la túnica y justillo aparecían por la parte correspondiente al mismo punto empapados también de este mismo líquido desecado ya. Que por el examen detenido de los caracteres individuales de las lesiones referidas, creían que las úlceras del dorso de una y otra mano se hallaban en estado de cronicidad, aunque no presentaban las callosidades que de ordinario acompañaban a las de esta categoría; que las grietas de las dos manos aparecían como alteraciones más recientes, aunque no tanto la superior de la palma izquierda. Que las cicatrices de los pies podrían llevar en estado de tales, el tiempo de un mes poco mas o menos, que la cicatrización de la úlcera del costado era mucho más antigua aun, pues la rubicundez que se notaba en ella, dependía más de la inyección de los vasos capilares de la superficie externa, que de la de los vasos del espesor de la piel; y últimamente, que de los tres órdenes de manchas o alteraciones que presentaba la piel de la frente, las correspondientes al primero eran verdaderas cicatrices muy antiguas ya, las del segundo lo eran también, pero de época más reciente como coetáneas a las de los pies, y que las del tercero también eran verdaderas heridas de 6 a 12 días, poco más o menos de antigüedad. Que este mismo examen les conducía igualmente a asentar como más probable que otra cosa, que en el orden natural de las causas hayan sido las de las úlceras del dorso de las manos y de los pies, algunas sustancias ligeramente cáusticas, al menos en su origen, y simplemente irritantes en épocas posteriores y recientes; que en la producción de la del costado haya intervenido además de las sustancias dichas, o sin ellas, la acción mecánica de algún cordón que rozando rudamente y de continuo haya llegado a causar erosión en la piel. Que últimamente, con respecto a las alteraciones de la frente, creían que las más recientes, o fuesen las de tercer orden, así por el carácter lineal de algunas, como por la regularidad e igualdad de los bordes de todas, fuesen debidas a la acción de algún instrumento cortante. Que del mismo modo han llegado a persuadirse, que las grietas, úlceras y heridas de Sor Patrocinio, eran curables todas, aunque con mas o menos prontitud y facilidad, según su procedencia y mayor o menor antigüedad; en término que las grietas de las palmas de las manos podrían hallarse completamente cicatrizadas antes de seis días, las heridas de la frente antes de quince días, úlcera de la mano derecha antes de un mes, y la de la izquierda antes de cincuenta días, entendiéndose todo esto no solo con sujeción a las circunstancias arriba dichas, sino principalmente a la de que no recibiese la paciente ninguna modificación, ni general en su economía, ni local en sus lesiones externas, que pudiera oponerse a la acción de los remedios indicados y puestos ya en práctica. Los expresados facultativos se rectificaron en el contenido de la certificación, y se les mandó continuar asistiendo alternativamente o como lo juzgasen conveniente a Sor Patrocinio, como verificaron.

Doña Dolores y Doña Ángela Fernández de Córdova, hermanas y mayores de 25 años, dijeron: que habían visitado el convento diferentes veces, y que en ocasión de hallarse su madre enferma fueron a pedir a Sor Patrocinio el manto de la Virgen del Olvido; que la habían visto las manos vendadas, pero no las llagas, sin que de su origen y éxtasis la oyesen hablar nada, ignorando si se harían o no obsequios y regalos al convento.

Acerca de estos particulares declaró lo mismo la marquesa de Villadarias, y Don Tomás Aguilera negó haber visitado el convento; y doña Bernarda Chacón manifestó que aunque había ido a él no conocía a Sor Patrocinio.

Se recibió igualmente declaración al Padre Vicario general del orden de San Francisco, Fray Andrés de Dos Barrios; quien dijo que una vez había hablado con Sor Patrocinio acerca de las llagas, a presencia de la madre abadesa, que vio las de las manos, y unas marcas como si fuesen de espinas en la frente, y que las otras no las vio por la decencia; que no se atrevió a tocar las llagas de las manos, y que ni le dijeron, ni trató de revelar el motivo de la aparición de dichas llagas; que nada sabía de los éxtasis que padecía Sor Patrocinio, ni de que fuese extraída del convento por el demonio, ni tampoco que hubiese obrado milagros, ni hecho profecías.

Los facultativos encargados de su asistencia dieron certificaciones de su estado en diferentes días.

En 16 de noviembre se remitió de real orden una exposición de la superiora del convento, en solicitud de que se mandase restituir a él Sor Patrocinio, a fin de que obrase los efectos convenientes: y habiéndose mandado que se ratificase la superiora, no lo hizo porque manifestó no estar extendida por ella, y sí solo firmada de su puño y letra, habiéndosela hecho el Padre Calasanz, de la escuela pía, y habiendo este negado la cita, se celebró un careo en el que la superiora se retractó de su dicho diciendo no podía asegurar qué persona la llevó dicha representación; todas estas diligencias se actuaron en pieza separada, que se mandaron tener presentes á su tiempo.

También pidió la comunidad en escrito que presentó el Señor Cortázar, que se asociase a los facultativos encargados de la curación de Sor Patrocinio el que ellas señalasen, lo que se les negó en auto del 17 del mismo mes de noviembre.

En este estado pasó la causa a S. S, quien por auto del 20 acordó varias diligencias de precaución para impedir cualquiera acontecimiento que pudiera ocurrir en orden a la seguridad de Sor Patrocinio, las que se ejecutaron.

Se libró despacho para evacuar la cita del Padre Fray José de la Cruz, el que se recordó después y ambas se devolvieron con diligencias de no haber sido habido, pero como se supiese se hallaba en esta corte, se le hizo comparecer, y recibida su declaración dijo: Que en el año de 31 vino a esta Corte, y que habiendo oído hablar cosas raras de Sor Patrocinio, y deseando verla, tuvo una entrevista con ella por mediación de otra monja llamada Sor San Francisco; que tan pronto como Sor Patrocinio le vio desde el locutorio empezó a bailar de gozo, diciendo: ese, ese es el religioso que tantas veces se me ha dado a entender había de ser mi confesor; que en seguida le suplicó pasase al confesionario donde la confesó cuatro o cinco días seguidos, hasta que le prohibieron volver a confesarla, y le obligaron a salir de Madrid, no permitiendo a Sor Patrocinio que le escribiese, y que no la había oído decir que tuviese llagas ni éxtasis, ni nunca le pronosticó ni profetizó sucesos ningunos.

Los facultativos encargados de la asistencia de Sor Patrocinio, continuaron de dos en dos días dando certificación de su estado, y en la que dieron en 17 de diciembre dijeron estar todas las heridas o llagas en estado de cicatrización, a que habían llegado por el orden natural y progresivo en todas las lesiones, cuando eran puramente locales, y sin más diligencias facultativas que las dirigidas a remover las causas que pudieran oponerse al curso y sucesión regular de los fenómenos regulares.

La depositaria de Sor Patrocinio pidió por medio de una esquela se presentase S. S. al momento en su casa, manifestando que Sor Patrocinio estaba en cama, y ella no podía salir, y constituido S. S. con el escribano en la habitación en 14 de enero, que era la fecha de la esquela, se recibió declaración á la Doña Manuela Peirotet, quien manifestó que a las diez menos cuarto de la noche anterior llamaron a la puerta y entraron en el cuarto el celador del barrio llamado Iglesias y el cabo de la guardia; que el primero preguntó a la que declara si estaba sola, y como contestase que si, se volvió al cabo y le dijo: bien decía yo, que ponía mi cabeza por esta señora; que volvieron a llamar á la puerta y entró el capitán de la compañía del cabo, quien reconoció la casa excepto la habitación de Sor Patrocinio, que no le permitió la declarante; que luego manifestó que había necesidad de que se quedase un vigilante en la habitación, y como no asintiese a ello, la contestó que si no le dejaría fuera, a lo que accedió á ruego de Sor Patrocinio; que esta, a consecuencia de este suceso se puso tan mala y convulsa, que hizo se metiese en cama, vomitando en seguida la cena con mezcla de sangre, y que a las once y media o las doce se presentó el gobernador civil.

Sor Patrocinio declaró que se había alterado lo muy bastante por ignorar el motivo de tan extraño acontecimiento, y que en su salud había advertido un trastorno tal, que se puso convulsa y tuvo necesidad de meterse en cama, vomitando la cena y echando bastante sangre.

La criada de la casa, Micaela García, declaró lo mismo que su ama, todo lo cual se puso en conocimiento del Excmo. Señor secretario de Estado y del despacho de Gracia y Justicia, y se ofició al gobernador civil para que manifestase lo que había ocurrido en el asunto, mandando que se reconociese a Sor Patrocinio por el profesor Don Diego de Argumosa, quien certificó haberla encontrado padeciendo una fuerte irritación de estómago con expulsión de sangre por la boca y fiebre intensa.

El Excmo. Señor secretario del despacho de Gracia y Justicia en 16 de enero trasladó un oficio del gobernador civil en el que se daba cuenta de que con aviso que había tenido de que se trataba de robar la casa en que se hallaba depositada Sor Patrocinio, había pasado a verla, y que aunque no había visto indicios que confirmasen el parte, tampoco hallaba las pruebas necesarias para tranquilizarse, por lo que había tomado las precauciones que había creído convenientes, manifestando entre otras cosas que creía muy oportuno, si estaba perfectamente curada de sus llagas, convendría hacerlo así constar ante algunas personas respetables formando un acta; y S. M. se ha servido resolver que la causa se activase hasta su conclusión, y que se levantase el acta propuesta por el gobernador civil, con asistencia de personas respetables constituidas en dignidad, algunas eclesiásticas, y los facultativos que hubiesen asistido a su curación.

A su virtud se ofició al facultativo Don Diego Argumosa para que manifestase si Sor Patrocinio se hallaba en estado de poderse practicar la indicada diligencia, a lo que contestó que era muy prudente, y aun preciso que se difiriese el reconocimiento hasta que la paciente se hallase algo más repuesta de la ultima enfermedad que había tenido, y con fecha 20 de enero manifestaron los facultativos que Sor Patrocinio se hallaba enteramente restablecida y en disposición de practicar el reconocimiento.

Este se verificó en 21 de enero a presencia de los señores Don José Cecilio de la Rosa, Don Salustiano de Olózaga, el Excmo. Señor Don Juan Antonio Barutell, el Señor Don Mariano Torres y Solanot, el Señor Don Manuel de Urbina y Daoiz, el Señor Don Francisco de la Macorra, el Señor Don Esteban Antón Herrero y Villanueva, Don Manuel de Basualdo, y los profesores de medicina y cirujía, Don Mateo Seoane, Don Diego Argumosa y Don Maximiliano González, y leídas las certificaciones de estos de 9 de noviembre y de 17 diciembre último, e interrogada Sor Patrocinio acerca de lo que en ellas se expresa, contestó ser exacto y constante cuando en ellas se decía, y que desde la última certificación no había vuelto a observar cosa ninguna en las partes o sitios de su cuerpo en que estuvieron aquellas llagas, y así es que se hallaba enteramente curada y sana a toda satisfacción; en seguida manifestó las manos, pies y cabeza, no habiéndolo hecho de la del costado, aunque se había adoptado el medio de que le hiciese con toda honestidad y decencia por el medio de una abertura del vestido, por haber manifestado unánimemente los señores concurrentes no era necesario hacerla sufrir aquel quebranto en su modestia, pues habiendo visto las demás enteramente curadas se daban por satisfechos y prestaban todo el asenso que se merecían, así la última certificación de los facultativos como la confesión hecha por Sor Patrocinio, y aunque S. S. insistió en que se practicase la diligencia para que no quedase el más leve género de duda, los señores concurrentes volvieron a decir que no había necesidad, pues se daban por satisfechos, y así lo certificarían, con lo que se concluyó el acta que firmaron todos los señores concurrentes, y puesto en noticia de S. M. se comunicó otra real orden en 24 del mismo mes de enero para que no solo se insertase el resultado de la diligencia en la Gaceta, sino que se formase causa para el castigo de los que resultasen reos.

En 26 del mismo mes de enero se trasladó a Sor Patrocinio por S. S. acompañado del director espiritual de ella Don Esteban Herrero Villanueva, al establecimiento pio llamado de las Arrepentidas de Santa María Magdalena, donde quedó encargada a la madre ministra, a quien se la hicieron los encargos y prevenciones oportunas.

Se ofició al subdelegado reclamándole las diligencias originales de que habla el documento con que principia esta causa, y como contestase que no existían ningunas, se le volvió a oficiar para que las remitiese, y que si por su naturaleza y clase exigían reserva se formaría pieza separada; a lo que volvió a contestar insistiendo en no tener ningunas, pues no se habían practicado más que las del acta que había remitido al gobierno, y es la misma que motivó estas actuaciones.

Se amplió en 7 de febrero la declaración a Sor Patrocinio, quien después de manifestar que se hallaba arrepentida y que se acogía a la clemencia de S. M. la Reina Gobernadora, dijo: que su confesor desde que profesó hasta el 17 de julio en que ocurrió la catástrofe de los conventos fue el Padre Fray Benito Carrera; que después se confesaba con el vicario de su convento, pues aunque trató de serlo Fray José de la Cruz, a cuyo fin la habló unas dos veces, no consintió en ello, porque desde la primera conoció que estaba un poco débil de la cabeza, pues la propuso que la sacaría del convento para ir a Roma y pedir permiso para fundar y establecer un convento, con otras muchas cosas extravagantes, enseñándola una estampa muy rara y con muchas alegorías; que sin duda su confesor Fray Benito Carrera supo las ideas del Padre Cruz, y la dijo a la abadesa no la permitiese a la declarante bajar al confesionario, y por lo tanto no le volvió a ver; que habiendo enfermado una religiosa cuando la declarante estaba de novicia, entró el Padre Alcaraz, religioso capuchino del Prado, a asistirla, y entonces le vio y habló de cosas indiferentes; que a los pocos días fue llamada al locutorio y se encontró que estaba allí solo dicho Padre Alcaraz, el cual como en tono de sermón la dijo que San Pablo en sus cartas exhortaba mucho la penitencia, y en seguida sacó de la capilla una bolsita en que dijo conservaba una reliquia que aplicada a cualquier parte del cuerpo causaba una llaga, que debía tenerse abierta para seguir padeciendo y teniendo tal mortificación, ofreciendo a Dios los dolores como penitencia de las culpas cometidas y que pudiera cometer, y alcanzaría el perdón de ellas; sobre esto la hizo terrible encargo mandándola aplicase a las palmas de las manos y al dorso de ellas, a las plantas y parte superior de los pies, en el costado izquierdo, y al rededor de la cabeza en forma de corona, encargándola muy estrechamente bajo obediencia y las más terribles penas en el otro mucho, que no manifestase a nadie de que la habían provenido, y que si la preguntaban debería decir que sobrenaturalmente se había hallado con ellas. Que atemorizada con las amenazas que la hizo con suplicios eternos y la ira divina obedeció este precepto, sin que se lo manifestase ni a la abadesa, ni a su confesor, ni a persona alguna; que como de buena fe se creyó por la comunidad que podría ser un prodigio, y nunca se trató de aplicar medicinas naturales para la curación de aquellas llagas, las cuales, aunque aparentemente se cerraban, volvían a renovarse, sintiendo siempre sensaciones dolorosas hasta que ha salido del convento, y se la han cicatrizado a beneficio de las medicinas aplicadas por los facultativos encargados de su asistencia: que acerca del suceso de su viaje con el espíritu maligno lo único que podía decir era haberse encontrado en el tejado en aquella ocasión, no pudiendo decir la causa que lo produciría, por cuya razón ignorándola como la ignoraba entonces, la atribuyó al espíritu maligno; que por su voluntad no salió al tejado, ni sabía cómo pudo ser conducida a él, pero sí recordaba que cuando volvió de su estado de aletargamiento y embargo de sus sentidos vio que dos religiosas la conducían de aquel sitio a la casa de recreación, donde manifestó la especie que sin duda había sido objeto de su delirio o sueño aletargado que sufrió, no sabiendo por qué espacio de tiempo: que jamás había hablado de cosas políticas ni tratado con nadie de semejantes materias, pero no podía decir si se habría tomado su nombre por algunas personas con fines torpes para atribuirla profecías políticas; que ignoraba que se hubiesen recibido en el convento limosnas o socorros a pretexto de su santidad, ni creía que fuese cierto que se hubiese verificado.

Se amplió su declaración a la madre abadesa Sor María Benita del Pilar, quien dijo: que cuando la aparición de las llagas de las manos de Sor Patrocinio se hallaban delante Sor María del Carmen de San José y Sor María Hipólita de San Felipe Neri (las que evacuaron las citas afirmativamente); que sin embargo de que antes había dicho que supo de las de las manos antes que la del costado, asegura que primero supo la de este a motivo de haberse resentido por haberla tocado casualmente en aquel sitio, y que habiendo querido cerciorarse de lo que era, previa consulta que hizo con el general de la orden, hizo que se lo manifestase; que no tenía más que una roseta encarnada, que después con el tiempo se convirtió en llaga formal, de la cual muchas veces echaba sangre; que se dio parte al padre general, quien después mandó al provincial Fray Ambrosio Porrero, el cual reunió la comunidad y la previno que a nadie se dijese lo de las llagas; que habiendo estado mala Sor Patrocinio fue el médico Don Manuel Bonafós a curarla, a quien hubo necesidad de decirle lo de las llagas, y reconocidas dijo que eran maravillosas, y que no hallaba medios de curación: que los cardenales los tenía Sor Patrocinio en los brazos, en los hombros y en las piernas; que había visto a Fray José de la Cruz hablar con Sor Patrocinio, y el confesor de la declarante Fray Benito Carrera dispuso no se le permitiese hablarla, pues tenía la cabeza un poco trastornada.

Se recibieron declaraciones a Sor María Vicenta de la Concepción, Sor María Francisca del Carmen, Sor María Mónica de Jesús, Sor Micaela de los Dolores, Sor María Josefa Urbana, Sor María Gumersinda de San Antonio, Sor María Juana de la Trinidad, Sor María Francisca de San Luis, Sor María Manuela de la Concepción, Sor María Josefa de San Francisco, Sor María Eugenia del Corazón de Jesús, Sor María Josefa de la Soledad, y Sor María Cipriana del Patrocinio, las que sustancialmente dijeron haber visto a Sor Patrocinio con cardenales en el pecho, hombros y brazos; que el facultativo Don Manuel Bonafós había reconocido las llagas y dijo que eran incurables; que Fray José de la Cruz no había sido nunca confesor de Sor Patrocinio; que el Padre Alcaraz iba al convento como confesor de Sor María Francisca del Carmen, ignorando si hablaría con Sor Patrocinio, añadiendo dicha Sor María que hacía tiempo que había salido para Murcia, y desde allí a Roma.

Se procedió de nuevo al reconocimiento del tejado poniéndose diligencia de su estado, como también de que era practicable su entrada y salida, pues salió a él a presencia  de todos los concurrentes Sor María Vicenta de la Concepción, una de las que según resulta recogieron a Sor Patrocinio cuando se la encontró en aquel sitio.

En auto de 30 de marzo se mandó que indagasen los dependientes del juzgado, con la mayor reserva el paradero del Padre Alcaraz, y como manifestasen que de las diligencias practicadas, habían rastreado que había salido de Madrid, pero sin saber a punto fijo para donde, se les mandó de nuevo en 5 de abril continuasen las diligencias para averiguarlo, y como contestasen que habían indagado que había salido para la ciudad de Murcia, se libró exhorto en 23 de dicho mes de abril a dicha ciudad de Murcia, para la prisión y conducción por tránsito a esta corte del Padre capuchino Alcaraz, y se recordó en 6 de mayo.

Se recibió su confesión a Sor Patrocinio, quien después de haber manifestado ser del estado, naturaleza y profesión dicha al principio, y de que había cumplido los 25 años, se la leyeron sus declaraciones ratificándose en la última sin variación alguna: Se la hizo cargo de que las llagas habían sido hechas artificialmente y con la idea siniestra de hacerse creer santa, lo que confesó con respecto a la primera parte, pero no en que tuviese ningún fin particular para hacérselas según ya tenía manifestado en su declaración, y por lo mismo hizo y consistió en ello sin que dijese a nadie lo que había hecho, por los motivos que en la misma indica. A los demás cargos y reconvenciones contestó ateniéndose a lo manifestado en su última declaración, y que si había faltado a la religión del juramento en la primera, fue por razones expresadas en la segunda añadiendo además, que se veía como cohibido su ánimo aun a guardar el secreto que se la previno en un principio, y que no pudo desechar por el temor de que estaba sobrecogida por las terribles amenazas que se la hicieron por el Padre Alcaraz.

Se mandó pasar por la causa al promotor fiscal Don Manuel Robleda, quien la devolvió pidiendo exoneración en su despacho, por haber declarado en la causa su padre Don José, y tener relaciones de parentesco con Sor Patrocinio, y se nombró a su virtud al licenciado Don José Sirbent de Bonificacio. Este la devolvió pidiendo se recordase de nuevo el despacho librado a Murcia y que remitido diligenciado se le volviese a entregar la causa, a lo que se accedió por auto de 9 de julio.

En 7 de agosto se recibió diligenciado el referido despacho, manifestándose en él no haber sido habido el Padre Alcaraz, y según informaba el gobernador civil, hacia un año se había marchado á Roma, según indicación que le hacia un celador de la policía, aunque no resultaba haberle dado pasaporte.

Se ofició a su consecuencia al subdelegado de policía de esta capital, con el fin de ver si se podía averiguar su paradero, quien contestó, no resultaba de los registros de pasaportes, haber dado ninguno al Padre Fray Fermín Alcaraz, religioso capuchino del convento del Pardo, y que tampoco estaba inscrito en las listas de los que componían aquella comunidad al verificarse su exclaustración.

Se ofició de nuevo al gobernador civil de Murcia con relación al mismo objeto, quien contestó que el Padre Alcaraz habia llegado a aquella ciudad el 28 de mayo de 1835, con pasaporte expedido en esta Corte con el número 1232, donde permaneció hasta el 30 del mismo mes que se dirigió á Alicante, donde se embarcó para Mallorca, escribiendo a su convento que lo hacía para Roma.

Pasada la causa al promotor fiscal, dijo en lo principal, que en atención a los sufrimientos que voluntaria ó involuntariamente había padecido Sor Patrocinio, se la pusiese por vía de corrección en encierro a un convento de su orden lejos de esta Corte, con encargo a la superiora de que cele su conducta religiosa, y que elija un confesor que la imbuya las verdaderas máximas de la religión. Que a la priora y vicaria Sor María Benita del Pilar y Sor María del Carmen de San José, se las destine también a otro convento fuera de esta Corte, con prohibición de que vuelvan a ejercer cargo alguno. Que al padre vicario Fray Andrés Rivas, se le prive también de volver a serlo y confesar religiosas, recogiéndole las licencias, oficiando al efecto a su prelado; y que con respecto al Padre capuchino Fray Fermín de Alcaraz, se continuasen las diligencias para su captura, si pudiese ser habido, y de no se le siguiese la causa en rebeldía.  Por un otro sí renunció la prueba conformándose con las disposiciones de los testigos del sumario. Se confirió traslado a Sor Patrocinio para lo cual nombrase procurador, y no lo haciendo se diese cuenta para hacerlo de oficio. Notificada que fue, hizo el nombramiento en Don Francisco Zurita, y comunicada la causa a este, la devolvió renunciando también a la prueba, y conformándose con lo declarado por los testigos del sumario, pidiendo en lo principal la absolución libremente de todo cargo, con cuantos pronunciamientos útiles y favorables exigía su acreditada inculpabilidad.

Dada la causa por conclusa se mandó entregar a las partes por vía de instrucción y término ordinario, y pasado se señaló para su vista el día de hoy. Es cuanto resulta.

ESCRITO DEL PROMOTOR FISCAL

Por no haber asistido a la vista de la causa el promotor fiscal nombrado de oficio, el Señor Juez mandó leer su escrito que es como sigue:

El promotor, a cuyo oficio se pasó nuevamente esta causa, conforme a lo solicitado en su dictamen de 7 de julio, habiendo visto que a pesar de las eficaces diligencias para conseguir la captura del excapuchino Fray Fermín Alcaraz, aun no ha podido ser habido, cree hallarse en el caso de ejercer el más triste deber de su ministerio, atemperándose a lo dispuesto en el auto de 7 de agosto, sin los importantísimos datos que para la perfección del sumario habría suministrado indudablemente la declaración de ese presunto reo de la notoria impostura que sirve de materia al presente proceso: y así, dejando al distinguido celo e incansable actividad de V. S. la práctica de cuantas diligencias le dicte su amor a la justicia, en averiguación al paradero de dicho religioso, ya para capturarle sabiéndose donde se encuentra si fuese en la península u otro punto de los dominios de España, ya para citarle en su caso por edictos y pregones, a fin de que comparezca, sustanciando y sentenciando si no lo hiciere, por su parte la causa en rebeldía, no puede menos el promotor que dirigir a su vez, aunque bien a pesar suyo, contra la desgraciada Sor Patrocinio, y también por la complicidad que les resulta, contra las madres priora y vicaria Sor María Vicenta del Pilar y Sor María del Carmen de San José, e igualmente contra el Padre vicario Fray Andrés de Rivas, individuos todos del convento Concepcionistas descalzas, vulgo del Caballero de Gracia. En este proceso, señor, formado de real orden para averiguación del origen de las propaladas llagas de Sor Patrocinio, monja profesa del referido convento, como asimismo las consecuencias políticas que pudieran envolver tan abominables imposturas cubiertas con la capa de santidad y misticismo; si bien se reconoce un decidido empeño de hacer pasar por santa a Sor Patrocinio; no se ve tan completamente probado como debiese el objeto a que semejante tramoya era encaminada. Dos hechos notables llamarán principalmente la atención del juzgado: 1.º que Sor Patrocinio fue estigmatizada (permítaseme esta expresión) para persuadir que Dios la dotara milagrosamente con las cinco llagas de pies, manos y costado, y además con las de la cabeza de forma circular, cual si hubiese recibido una corona de espinas; y 2.º el haber sido arrebatada del convento por el demonio y vuelta al tejado del mismo convento, maltratada y cubierta de polvo; con la circunstancia de haber sido vista en diferentes éxtasis, tan hermosa su cara como la de un ángel. Desde San Francisco que fue estigmatizado, se ha pretendido hacer creer algunas veces haberse repetido este prodigio. El lascivo Padre Dirrag, célebre en Francia por sus depravadas costumbres, no solo se esforzó en que pareciesen estigmatizadas algunas de sus penitentes, sino que las hizo creer, como a Eradice [2], que las pondría en estado de hacer milagros. ¿Sor Patrocinio estuvo estigmatizada milagrosamente, o lo fue por remedios artificiales? Este es uno de los puntos averiguados y patentizados con plena evidencia en el proceso. Si se atiende a las declaraciones de Sor Patrocinio en su indagatoria, de la madre priora, la vicaria, la tornera mayor y otras religiosas, las llagas aparecieron milagrosamente, aunque no todas al mismo tiempo; cuando venía el provincial al convento siempre echaban sangre, y decía el médico [3] que eran incurables. Mas el médico Don Rafael Costa, a quien citaron, dijo, que llamado para visitar otra monja vio las llagas de las manos de Sor Patrocinio, y aunque conoció no dependían de causas sobrenaturales, no tuvo por conveniente decirse ni arre, por no exponerse a autorizar supersticiones, ni a parecer desatento diciéndolas que aquello era artificial o ficticio. De mandato judicial tres médicos bien conocidos por su justa celebridad, Don Diego Argumosa, Don Mateo Seoane y Don Maximiliano González, reconocieron las cinco llagas y las de la cabeza de Sor Patrocinio, y sentaron como más probable que su procedencia era de un orden natural de causas que indicaron, y que se persuadían que todas eran curables con mas o menos prontitud y facilidad. En efecto, encargados de su curación, la consiguieron dentro de mes y medio, tan completa, que reunidos en orden judicial muchos sujetos de categoría, con los tres citados médicos, la reconocieron sanas y cicatrizadas completamente todas las llagas y heridas, firmando todos la diligencia con V. S. y el escribano. De manera, que está plenamente demostrado y probado que las llagas y heridas y su curación fueron efectos de causas naturales. Además de esto, la misma Sor Patrocinio en su declaración de 7 de febrero de este año declaró, que el Padre Alcaráz le dio una reliquia que el decía, que aplicada a cualquier parte del cuerpo causaba una llaga, mandándole aplicarla a pies, manos y costado, y a la cabeza en figura de corona, con encargo de que no dijese a nadie cual era la causa que había producido aquellas llagas, pues si se le preguntaba, debería decir que no lo sabía, sino que sobrenaturalmente habían sobrevenido.

El otro hecho notable, a saber, que la sacó el diablo del convento, dejándola después en el tejado, le cuentan varias religiosas de este modo. La misma Sor Patrocinio en su primera declaración dice, que una sola vez permitió a Dios que un espíritu maligno la sacase de la clausura, persuadiéndose la llevó a Guadarrama, porque pasó junto a un león de piedra, y había oído después que allí hay uno, y que vio un campo con árboles y un estanque con patos, pero que no le permitió ver personas ni acontecimientos. La priora asegura que Sor Patrocinio era muy atormentada de los enemigos, los que la sacaron del convento un día a las diez y media de la mañana, y echándola de menos la comunidad anduvieron buscándola por todo el convento, y la hallaron en el tejado llena de polvo y de materias verdosas y maltratada. La vicaria afirma, que saliendo un día del coro después de las diez de la mañana, dejó a Sor Patrocinio en la celda de la priora, y a poco rato fue echada de menos, y aunque se la buscó por todo el convento no fue hallada, hasta que entre doce y una se la vio en un tejado del mismo convento, cubierta de polvo y muy asustada, habiendo salido dos religiosas al tejado, que la entraron por una ventana. Lo mismo depone la madre tornera mayor, añadiendo que ella fue la primera que echó de menos a Sor Patrocinio cuando se la llevó el diablo por la ventana de la madre Abadesa, conduciéndola desde allí a Aranjuez y a los pinares, según ella contó después de su regreso. De manera que el hecho de que fue hallada en el tejado, y que la entraron al convento dos religiosas por una ventana, le testifican la mas si no todas las monjas, entre ellas una de las dos que la entraron, pues la otra ha fallecido; y de las declaraciones referidas parece inferirse que el diablo se la llevó desde la celda prioral, sin que ninguna lo viese. La misma Sor Patrocinio en su ampliación a la declaración acerca de esto dice, que el hecho de haberse encontrado en el tejado es ciertísimo, si bien no sabía la causa que pudo producirle; y como la ignora e ignoraba entonces, lo atribuyó al espíritu maligno; siendo también cierto que ella no salió al tejado por su voluntad, ni sabe cómo pudo ser conducida a él; pero sí recuerda que cuando volvió de su estado de aletargamiento y embargo de sus sentidos, vio que dos religiosas la conducían de aquel sitio a la sala de recreación, donde manifestó la especie que sin duda había sido objeto de su delirio o sueño aletargado que sufrió: añadiendo en su confesión con cargos, que pudo haber sido conducida a dicho tejado habiéndola narcotizado antes, por personas y médicos que eran hasta entonces desconocidos. Del reconocimiento judicial practicado con asistencia de la priora y varias religiosas, entre estas Sor María Vicenta de la Concepción, una de las dos que entraron a Sor Patrocinio desde el tejado a la sala de recreación, resultó, que al sitio donde con juramento confesaron haber sido esta hallada en el tejado, se pasa fácilmente y sin ninguna dificultad ni cuidado por una ventana de vara y media de largo y una cuarta de ancho poco mas o menos, que pertenece a un cuarto del piso del segundo, y da a un tejado espacioso que está casi al nivel de la misma ventana. Y en efecto, delante de todas las personas que asistieron al reconocimiento, Sor María Vicenta de la Concepción salió por aquella ventana al tejado, fue al sitio donde apareció Sor Patrocinio, y volvió a entrar por la misma ventana sin dificultad alguna. Así, por el ilustrado celo de V. S., vino a demostrarse con doble evidencia que para ir a ser llevada Sor Patrocinio al sitio del tejado donde fue hallada, no era necesaria cosa alguna sobrenatural, supuesto que naturalmente y con mucha facilidad pudo hacerse. Prescindiendo de las otras predicciones atribuidas a Sor Patrocinio; como las que refiere la madre priora de que la dijo que ya no la atormentaría más el demonio, ni habría en el convento golpes, pues en aquel tiempo se sentían muchos, y así sucedió: que había dicho que habría una noche muy mala, y se verificó cuando mataron tantos frailes, prescindiendo de estas y otras cosas semejantes que son verdaderamente predicciones que hace cualquiera, y luego se refieren las que parecen verificadas, las dos cosas principales que se tuvieron por milagros, la estigmatización a aparición de las llagas, y el rapto del diablo, se averiguó que nada tuvieron de sobrenatural, y solo fueron invenciones y ficciones de monjas y frailes. Mas como estas cosas no suelen figurarse sin motivo o sin ningún objeto particular, ¿cuál es el que pudo existir para hacer parecer como santa a Sor Patrocinio tan a costa de su salud? Vemos a las monjas a pesar de su natural envidia, prodigar alabanzas a Sor Patrocinio, teniéndola por una santa, dotada de los dones de milagro y profecía. Que esta fama se extendió por Madrid; que iban gentes a ver la santa; que la imagen de nuestra señora del Olvido era de Sor Patrocinio, y se llevaba su manto a las casas para enfermos; que se hizo una novena a la misma imagen, con cuyo motivo se lograron algunas limosnas, aunque escasas, pues no bastaron para los gastos; y que algunas ofrendas se recibían para el alumbrado. De todo esto infiere el promotor fiscal, que además del interés que el convento creería reportar de poseer en su seno una santa, la fama de la santidad de esta monja por la Corte y por el reino podría producir afectos y dones de consideración; pues según dicen los testigos examinados por la policía, personas de elevado rango principiaron a tener por santa a Sor Patrocinio; y hasta la princesa de Beira quería un cabezalito de los de sus llagas, para neutralizar así con su virtud los accidentes que padecía. El interés del convento pudo muy bien ser una causa o motivo del conato para hacer parecer santa a Sor Patrocinio. Por otra parte los mismos testigos indicados dicen, que se propalaban noticias de profecías en asuntos políticos, dañosos a la reina N. S. y de su augusta Madre en favor del ex–infante Don Carlos, suponiéndolas nacidas de los labios de Sor Patrocinio. Demasiado sabido es el celo con el que muchos de los frailes y monjas procuran favorecer los intentos del rebelde Don Carlos, y cuantos prosélitos pudieran proporcionarle las profecías, aunque falsas, atribuidas a una santa. Estos son los motivos que el promotor fiscal cree que también intervinieron para hacer pasar por santa a Sor Patrocinio. De aquí pues resultan dos delitos; uno contra la religión, y otro contra el Estado. La religión no puede menos de ofenderse de que con ficciones y engaños se aparente una santidad, cuya impostura descubierta perjudica notablemente a la iglesia misma y a sus sacrosantos misterios. El Estado y la justa causa de la libertad y de la Reina doña Isabel II, sufren muchísimo con las predicciones favorables al ambicioso pretendiente, atribuyéndose a una persona que se procura ser tenida por santa. ¿Pero quiénes son los reos de tan graves delitos? Esto y el castigo a que se han hecho acreedores es lo que va a examinar ahora el promotor fiscal. Por mucha que haya sido la sencillez y preocupación de Sor Patrocinio, por más que haya sido seducida y malamente engañada para someterse gustosa a tanta superchería con graves perjuicios de su salud, no puede negarse que ella con mas o menos culpa es la principal autora de esta escandalosa farsa, toda vez que se prestó voluntariamente a ser el instrumento ciego para que pudiera representarse. Supongamos que se la hubiera mandado, bajo pena de obediencia, figurar el papel que ha hecho, no consta que así haya sido; pero aun en semejante hipótesis, debió haberse resistido           a tales ficciones y engaños, y si por su resistencia, siempre grata a los ojos de la divinidad, hubiese experimentado algunos castigos por la venganza de sus superiores, entonces hubiese sido verdaderamente bienaventurada en ofrecer a Dios la amargura de tantos trabajos, sufriéndolos con cristiana resignación. Así que el promotor no vacilará en afirmar que Sor Patrocinio es delincuente. El inventor y causante de las llagas es, según esta, el padre Alcaraz. No ha podido recibírsele declaración por haberse ausentado del reino, según parece; pero esta fuga hace más probable lo que acerca de él dice Sor Patrocinio; y si además resultase de algún otro modo confirmado el hecho, digno será de castigo, y por lo mismo se reserva el promotor acusarle a su tiempo. La madre priora Sor Benita del Pilar, y la vicaria Sor María del Carmen de San José, se explican en sus declaraciones en términos que manifiestan alguna complicidad en el conato de hacer parecer santa a Sor Patrocinio; y sin su apoyo no pudiera seguramente conseguirse el que se esparcieran los hechos y predicciones de que se trata. El padre vicario Fray Andrés Rivas, su confesor, en lo que declara separándose de todo lo que tiene conexión con el sigilo sacramental, también manifestaba haber dado demasiado ascenso a las ficciones de la monja, hasta el extremo de haberla preguntado en cierta ocasión, que cuándo o cómo concluiría el actual estado de discordia civil. Este confesor que pudo haberlo evitado con sus consejos, debe también ser tenido por culpado. Las circunstancias extraordinarias de esta causa y de las personas que juegan en ella, y el haberse cortado a tiempo las consecuencias de los dos delitos indicados, de modo que ni la iglesia ni el Estado ha padecido lo que progresando en conato de la fingida santidad de Sor Patrocinio era de esperar que sufriese, mueve al promotor fiscal a pedir, no por la pena de sortilegio, ni la de traición contra el Estado, sino otra más suave para que la vindicta pública quede satisfecha, y se evite la tentación de que otras personas viendo la facilidad con que se descubren tales supercherías intenten repetirlas. A los sufrimientos que voluntariamente o involuntariamente ha padecido Sor Patrocinio, se la puede añadir la corrección de encierro en un convento de su origen lejos de esta Corte, con encargo a la superiora de que cele su conducta religiosa, y que elija un confesor que sepa dirigirla por las verdaderas máximas de la religión cristiana. A la priora y vicaria Sor María Benita del Pilar y Sor María del Carmen de San José, se las podrá destinar también a otro convento fuera de esta Corte, con prohibición de que jamás vuelvan a ejercer cargo alguno, sino que sean meramente religiosas. Y al padre vicario Fray Andrés Rivas, privarle también de volver a serlo y confesar religiosas, oficiando al efecto a su prelado, para que le recoja las licencias. Así parece justo al promotor fiscal; V. S. se servirá, acordar lo más acertado.

El promotor además de conformarse con las declaraciones de todas las personas examinadas en el sumario, renuncia al derecho de presentar nuevas pruebas, por considerarlas innecesarias, y por ello se habrá de servir V. S. tener por hecha esta conformidad y renuncia para los efectos consiguientes en el progreso de la causa – Licenciado Don JOSE SIRVENT Y BONAFACIO.

DEFENSA

pronunciada por el licenciado Don Juan Manuel Gonzalez Acevedo.

Digna se ha presentado desde luego esta causa por todas sus circunstancias, de excitar el celo y esmero que ha empleado el gobierno en averiguar el origen de los rumores que corrían sobre la fama de la santidad y milagros de mi cliente: digna también del celo, vigilancia y prudencia con que la han conducido los dignísimos ministros comisionados para su formación y sustanciación; y digna por último del interés que ha excitado en el sensato y circunspecto pueblo de Madrid, a quien no es fácil alucinar ni con ilusiones, ni con mentidos prodigios.

Se trataba en ella de un suceso extraño, peregrino, que salía de la esfera ordinaria de los acontecimientos y a ser cierto tal como se presentaba, era nada menos que el trastorno más evidente de todas las leyes de la naturaleza.

Traslucíase un objeto político poco recomendable en verdad, y por más extraños que parezcan los medios empleados para conseguirle, es necesario no olvidar, señor, que nos hallamos divididos en partidos, y envueltos en una desastrosa guerra civil, cuyos horrores relajan necesariamente hasta cierto punto los vínculos más fuertes y sagrados que unen a los hombres en sociedad; porque interesado cada partido en el triunfo de su causa, suele no ser muy delicado en los medios para sobreponerse al otro, aun a costa de abusar de lo más respetable.

Afortunadamente el gobierno de S. M. encontró ministros sagaces y entendidos, que con no menos prudencia que habilidad han aclarado el misterio, haciendo un distinguido servicio a la religión y al Estado, manifestando que todo era una patraña urdida con muy poco arte y conocimiento, dirigida a engañar la piadosa credulidad de algunos fieles, más celosos y exaltados que prudentes, y que a la sombra de la religión se quería tal vez medrar y asegurar un manantial de riquezas y comodidades.

No diré yo sin embargo con el promotor, que esta impostura descubierta perjudica notablemente a la iglesia. Son demasiado sólidos los fundamentos de nuestra religión para que la impostura pueda debilitarlos. Acaso las profecías, los milagros, los martirios de tantos ilustres varones, que con su sangre han sellado la divinidad de la doctrina que practicaban, ¿pueden ser destruidos por el error de algunos ilusos que torpemente hayan querido dar a aquella nueva forma que no necesita? Lejos de perjudicarla, pues, se ha demostrado que la impostura y el error no pueden alzarse con sus sagrados principios.

En esta escena, señor, que pudiera llamarse cómica, si por una parte no mediara un objeto tan sagrado, y por otra los padecimientos de una víctima incauta y seducida, y en la que todo fue mentira, excepto los tormentos así físicos como morales de mi defendida, ¿qué papel representa esta? Ya lo he dicho: el de una víctima tanto más digna de compasión, cuanto que parecía condenada a una muerte lenta y penosa.

No son necesarios grandes esfuerzos del entendimiento para probar su inculpabilidad: en primer lugar el promotor fiscal lo reconoce así hasta cierto punto en la imparcialidad y buena fe propias de su ministerio. En segundo puede decirse que esta causa se halla reducida hoy en día a la declaración de de Sor Patrocinio, que con la mayor franqueza, y la más recomendable buena fe, ha manifestado el origen de sus llagas, que convengo en que nada tiene de milagroso, ni aun de peregrino, como lo han acreditado los procedimientos.

Doña María de los Dolores Quiroga (que así se llamaba en el siglo) era hija de padres que han sido arruinados por la bella causa de la libertad en la reacción de 1823. Su padre Don Diego Quiroga, perdió en época de tan triste recuerdo su empleo, sus bienes y su salud, falleciendo a los pocos años, dejando a su viuda e hijos en el más doloroso desamparo y pobreza. Su hermano Don Juan José, teniente del regimiento de Calatrava, pareció víctima de su patriotismo y amor a la libertad en los campos de Guardamar, con toda la expedición del malhadado patriota Bazán. Su madre hallándose con dos hijas de corta edad, y sin recursos de ninguna clase, se vio en la necesidad de colocar la mayor de ellas, de edad entonces de 16 años, en una de esas casas religiosas, opulenta a la sazón, en el convento de señoras Comendadoras de Santiago. Se hallaba esta desgraciada en la primavera de su vida, en la edad más feliz, en la edad de las ilusiones y del entusiasmo. Esta planta que bien dirigida hubiera dado óptimos frutos de virtud, mal dirigida desde luego degeneró, a hizo perder las nobles esperanzas que había hecho concebir. Pero fue sin su culpa. El soplo infecto de la hipocresía empañó sus buenas cualidades. Se hicieron tan rápidos progresos en su desprevenido corazón, que muy luego olvidó el más fuerte y arraigado de todos los afectos; el amor maternal. Es decir, que lo pospuso a las nuevas inclinaciones. Así lo indicaba la contestación, que dio a su madre altamente alarmada, al saber su inexorable resolución de tomar el hábito, por la corta edad de su hija, y porque la notaba algo trastornada y como poseída de una fiebre mística, según expresiones de la propia Doña Dolores Cacopardo. “Dios me manda, la dijo su hija por última vez, en el Santo Evangelio, despreciar a mi padre y a mi madre y seguirle a Él.

En efecto, de la causa resulta que los mismos que habían arraigado esa decisión en su sencillo corazón, la proporcionaron los medios y la buscaron el dote y ajuar necesarios para entrar en el monasterio. Su inexperiencia, su candor, su juventud, desde luego llamaron la atención de aquellos que indudablemente (sobrados fundamentos hay en la causa para demostrarlo, y yo lo demostraría si mi deber me permitiese cambiar de carácter y posición) querían poseer un tesoro de santidad y virtud; y desde luego la eligieron por víctima de su impostura.

A la alta sagacidad y previsión de S. M. la Reina Gobernadora no se pudo ocultar, así el objeto, como los autores del proyecto de hacer pasar por santa a mi defendida; y desde luego, y antes que los procedimientos confirmasen cuan exacto y acertado era su juicio, le consignó en la memorable real orden de 6 de noviembre de 1835, que el juzgado me permitirá le recuerde transcribiendo sus palabras.

Pero quiere también S. M. que la desgracia de Sor Patrocinio, víctima de manejos tan criminales, sea tratada con toda la consideración debida a su infortunio, para que vuelta en sí de su extravío sea restituida al uso libre de su razón, ya que su suerte según lo que se presenta hasta ahora, no puede dejar de inspirar sentimientos compasivos.”

La declaración de la interesada nos presenta como autor o al menos como principal director de la farsa, al-excapuchino Padre Alcaraz, quien, si hemos de creer aquella, mas fanático y celoso que prudente, invocando al texto sagrado, y abusando de los respetables dichos de los padres de la iglesia, no cesaba de inculcarla la necesidad de hacer obras de penitencia si quería conseguir la salvación eterna. El fructus facite pænitenciae [4]  comentado y explicado sin cesar por dicho religioso, no dejaba de resonar un momento en los oídos de Sor Patrocinio. Se quería conducirla al objeto propuesto por medio del terror religioso, y se consiguió, recordándola los preceptos y la autoridad de San Pablo. “Penitencia, penitencia, y siempre penitencia.”

He aquí el tema de los sermones que oía diariamente, y para que fuese más dolorosa al mismo tiempo que constante, la entregó una cosa como reliquia que aplicada a las manos, pies y costado, produciría otras tantas llagas en memoria de las que sufrió el Redentor de los hombres, encargándola también muy particularmente y bajo el terrible precepto de obediencia, que ni a sus superioras, ni al mismo confesor hiciese manifestación de su origen.

Así vemos que el Padre Fermín Alcaraz se propuso repetir el prodigio de la estigmatización que se ha dispensado por el criador muy raras veces a algunos varones eminentes.

He aquí la historia de la impresión de las llagas , tal cual nos la refiere la única persona que la conoce y que tiene tanto más derecho a ser creída, cuanto mayor ha sido su franqueza y buena fe.

¿Podrá decirse en buena lógica justa y legalmente que sea culpable mi defendida? ¿Procederán los cargos de cómplice y fautora de impostura? Es preciso no desconocer para juzgar con acierto la diferencia que en caracteres y hábitos establece la frágil puerta de pino que separa el monasterio del siglo. Una joven sin experiencia, sin conocimiento del mundo, cuya imaginación se había artificiosamente exaltado hasta el extremo que aparece de su propia confesión, cuya pusilanimidad es tal que (V. S. lo sabe mejor que yo) apenas se atreve ni aun a hablar, cuyo principal instituto era la obediencia ciega y pasiva a las instituciones de sus superioras, y cuya obligación la de ceder a cuanto se la prevenía. ¿Qué resistencia podía hacer esta joven aislada y acechada? ¿Qué otro fruto hubiera sacado que una coacción funesta y dolorosa en la hipótesis nada increíble de existir dentro el monasterio personas en combinación con el Padre Alcaraz? Fuera de que, señor, el terrible voto de obediencia que no admite excepciones ni escusas de ninguna clase, la ponía en la precisión de hacer ciegamente cuanto la prevenía su médico espiritual si quería conseguir la salvación eterna, y por consiguiente de guardar el mas rigoroso silencio.

Por otra parte ¿qué fruto pudiera sacar Sor Patrocinio de la estigmatización y de los acerbos y cruelísimos dolores que debe haber sufrido?

La experiencia constante de todas las épocas, de todos los países, nos enseña que aquellos que se arrojan a cometer una acción culpable, es con el objeto de conseguir alguna utilidad cediendo a alguna pasión más fuerte que el miedo de la pena.

Registremos los archivos de los tribunales, y en cada proceso nos suministrarán una prueba de esta verdad.

Sin salir de causas que presentan que presentan alguna semejanza con la presente, véanse las del famoso capuchino de Gallanes, beatas Lorenza de Simancas, Magdalena de la Cruz de Córdoba, la de Piedrahita, la de Madrid, y tantas otras como han llamado en otras épocas la atención de los fieles y la de los tribunales, haciendo de la religión pantalla de sus excesos o bien han inventado procurarse un manantial de riquezas, ó bien saciar apetitos y pasiones vergonzosas.

El famoso capuchino llamado de Gallanes por ser natural de este pueblo, cuya causa existe en el archivo del extinguido tribunal de la Inquisición, hallándose en Cartagena de Ámérica, donde desempeñó importantes y elevados destinos de su orden, pervirtió a 13 beatas de 17 que componían el beaterio. Supúsose favorecido con cierta gracia del Altísimo, que hizo creer a aquellas sencillas mujeres; y su objeto no era otro que el de apagar el fuego de la sensualidad que le devoraba. Descubierto su crimen le espió en las cárceles de la Inquisición. Las beatas de Cuenca, de Piedrahita y la de Madrid (aun viven algunos que la han alcanzado y conocido a esta última), lo hacían con el objeto de procurarse una vida relegada y cómoda con el producto de donativos y limosnas que exigían con el simulado pretexto de mantener el culto divino y socorrer a los pueblos pobres, sosteniendo la fama de santidad que habían sabido procurarse á la fuerza de imposturas.

En todos estos ejemplos se ve un interés muy conocido, muy directo. Pero a Sor María Rafaela del Patrocinio no se la puede considerar bajo este aspecto. El pueblo de Madrid la ha hecho esta justicia; la ha considerado como una víctima, como una desgraciada que ha sido seducida, no como una impostora. ¿Por ventura sabemos que haya disfrutado de estas riquezas que pudo producir al convento la fama de su santidad? Ni aun esto consta; pues las únicas indicaciones que arroja la causa es que su olor de santidad no sufragó ni aun para los gastos de una novena que se hizo a nuestra Señora del Olvido. ¿Sabemos que Sor Patrocinio haya profetizado o hecho milagros? El promotor fiscal ha confesado que no consta: existen solo algunas indicaciones de que se decía vulgarmente que había profetizado y visto el éxito de batallas; y aun se añadía que había hablado con poco decoro de la Reina Gobernadora. ¿Pero donde están las pruebas? Ni un solo testigo entre los muchos examinados la ha oído profetizar: sus compañeras de hábito, a las que por su íntimo, frecuente y necesario trato no podría ocultarse sus predicciones, las ignoran absolutamente; y solo dos o tres personas hacen sobre el particular vagas indicaciones, no apoyadas por el relato de una sola persona que asegure haberlo oído.

Si en los procedimientos criminales valiera el se dice, desaparecería la seguridad del triunfo que dispensan las leyes a la inocencia, desapareciendo las fórmulas, solemnidades y requisitos que han de tener las pruebas. Testigos de referencia nada valen mientras no se oiga a la tercera persona a que se refieren; y aun así la declaración de esta es la que puede tener algún mérito, no la de aquellos. Principios son estos tan sabidos y respetados que creería hacer una injuria a la ilustración de V. S. si me detuviera en explanarlos e inculcarlos.

Sor Patrocinio que bajo la sagrada religión del juramento, de este respetable vínculo que tan fuertemente liga las conciencias a la necesidad de decir toda la verdad, ha expuesto que no había profetizado, que aun ignoraba que la fama de su santidad se hubiese prolongado, y que si esto se ha verificado ha sido sin su noticia ni conocimiento. ¿Por qué pruebas podrá ser convencida de perjura? ¿Por cuáles de haber favorecido la impostura, y de haber autorizado con su consentimiento la fama de su santidad? No las hay. Los autos la presentan (y V. S. conoce cuán exacto es este retrato) como una joven crédula, sencilla, naturalmente tímida, excesivamente pusilánime, e incapaz de fraguar y conducir a su término una impostura. Su amistad y relaciones estaban limitadas a sus compañeras de religión.

Sabemos también por muchos testigos intachables, examinados por V. S. y sus dignos antecesores, que ocultaba cuidadosamente bajo el escapulario las manos cuando se presentaban personas extrañas a la comunidad a visitar las religiosas, y que repugnaba manifestar las llagas a alguno que otro que mostraba deseos de verlas. Esta conducta constantemente observada demuestra que las sufría como una expiación de sus pecados que se la había impuesto por su médico espiritual, pero que se hallaba muy distante de prestarse a una superchería que ignoraba.

La reflexión que arranca el promotor fiscal, esto es, el amor y cariño que profesaban a mi defendida las otras religiosas, siendo así que por su sexo (que califica de propenso á la envidia) debían profesarla odio, debía conducirle a creer en la rectitud de sus sentimientos, en la pureza de sus intenciones, y a concluir de todo, que ha sido desgraciada víctima el fanatismo, de la superstición, o acaso instrumento inocente de la interesada maldad de personas que yo no puedo ni debo designar.

Esta causa, pues, está reducida hoy á la simple manifestación de Sor Patrocinio, contra la cual nada aparece; lejos de esto la fuga del sujeto a quien ha designado como autor del pensamiento de las llagas, sea el que quiera su verdadero objeto, manifiesta hasta cierto punto que es exacta la relación de mi defendida.

Sé muy bien que en jurisprudencia criminal la fuga de un presunto reo no constituye contra él prueba; pero sé también que el que nada tiene que temer no huye, y el que injustamente se ve calumniado desea sincerarse y justificar su inocencia.

De consiguiente si solo puede objetársela una obediencia ciega y pasiva, indiscreta si se quiere; si por otra parte sufría una coacción moral la más terrible que puede suponerse, ningún cargo procede contra mi patrocinada. Para que haya responsabilidad es preciso suponer la más plena, omnímoda y absoluta libertad de obrar; sin libertad en las acciones no puede haber delito. Esta libertad plena no la encuentro yo en Sor Patrocinio: vivía constantemente aislada, acechada, y bajo el influjo, al menos moral, de quien la había excitado a la impresión de las llagas. ¿Cómo, pues,  V. S. recto y justificado, podrá imponerla el menor castigo cual si fuese una impostora o cómplice en el fraude inventado?

Se dice que debió resistir y oponerse. ¿Pero con qué medios? ¿A quién acudiría? ¿De quién se valdría? ¿Qué fruto sacaría de descubrir el secreto en las hipótesis bajo que camina el promotor fiscal? Estas cuestiones debió haber examinado previamente y si hubiese fallad la fatal posibilidad que supone, entonces acaso sería más fundada su acusación. Ahora se apoya en suposiciones, y lo edificado sobre ellas nunca puede ser sólido.

Vamos ahora al que el promotor fiscal presenta como otro hecho notable en esta causa: al rapto de Sor Patrocinio por el diablo.

Al examinarle el tribunal me permitirá que varíe el tono, porque es de tal naturaleza que se resiste a investigación seria y reflexiva, como que solo se ve en él la pobreza de espíritu de su autor, que sin duda quiso renovar torpemente un prodigio pocas veces renovado.

Refieren algunas monjas que por el convento bullía un diablejo o especie de duende, que sin respeto a las cruces y escapularios de aquellas monjas, se entretenía en asustarlas dando golpecitos por todos lados: y después que este mismo diablejo u otro igual extrajo a mi defendida del convento, y se la llevó a dar un paseo por esos campos, sin duda para distraerla de la monotonía de la vida contemplativa y austera del claustro, dejándola luego ilesa y sana en un tejado; sitio en que no había ningún peligro por cierto: bien podía haberla llevado su cortesía hasta donde era debido, volviéndola a poner en el mismo punto de donde la sacó, y no dejarla en un tejado desde donde podía correr el riesgo de dar una buena costalada. Pero a la penetración de V. S. tan luego como se presentó en el convento, no se ocultó en qué podía consistir este hecho que se presentaba como misterioso, y que el haber sido hallada Sor Patrocinio en un tejado, había sido obra de un diablo con faldas; pues que con el reconocimiento e inspección ocular del tejado, y más que todo con la diligencia tan oportunamente prevenida de que saliese a él y se pasease una religiosa (lo que hizo sin temor ni riesgo alguno) quedó acreditado que todo era obra de un ser humano, y desde entonces también (¡rara coincidencia!) cesaron los golpes y todas las señales de la existencia de un ser extraordinario. La toga de V. S. tuvo seguramente más virtud que los cruces y escapularios de las monjas. Sor Patrocinio es la que con su acostumbrada franqueza y buena fe nos ha revelado lo que hay de verdadero en este suceso, o cuando menos ha expuesto con toda sinceridad, cual puede ser la causa natural y sencilla. “Yo me encontré (ha dicho) una mañana en el tejado inmediato a la sala de recreación, no sé como fui allí trasportada, ni por quien, aunque puedo asegurar que no lo hice con todo conocimiento. Al volver de mi aletargamiento reparé que era conducida a la sala de recreamiento por dos religiosas, y allí manifesté sin duda la especie de lo que había sido objeto de mi delirio.”

No diré yo que este aletargamiento y embargo de sentidos fuese artificial; no obstante que el expediente no dejaría de suministrarnos algún dato que lo acreditase; al menos no consta que a la sazón se hallase enferma mi defendida, y de aquí puede deducirse sin violencia que fue producido por medios artificiales que están al alcance de todos; y nada más fácil en este estado, que ser conducida al tejado por alguna religiosa instruida y cómplice en la trama, para hacer creer a las demás en la intervención de un ente sobre humano, a lo que naturalmente debía prestarse la crédula imaginación de las monjas; sin  embargo de que dicta la razón natural que cuando un suceso puede ser atribuido a causas naturales y sencillas no debe achacarse a los que exceden los límites de lo natural, y que no puede verificarse sin permiso especial del único que puede trastornar las leyes de la naturaleza.

Sor Patrocinio, pues, no tiene en este suceso la menor intervención directa: fue conducida al tejado como una masa inerte y sin vida: faltó la voluntad, como que faltó el conocimiento, y por lo tanto es consiguiente que ningún cargo procede por este hecho sino contra sus autores, nunca contra la persona que más inocente aparece en el caso que nos ocupa, la que no prestó en fin ni aun aquella aquiescencia que más bien supondría debilidad que complicidad con los inventores de la trama.

Resulta de lo expuesto hasta aquí siendo los dos cargos principales, y los que han llamado la atención del promotor, a saber, la impresión de las llagas y el rapto del diablo, que ninguno produce méritos legales contra mi defendida. No del primero, porque no ha sido otra cosa que la víctima inocente y desventurada de esta superchería, pues no podía obrar de otra manera ni hacer la menor resistencia, ni sabemos que tuviese la menor intervención en que la fama de su santidad se propalara; y porque en fin vivía oprimida sin tener libertad en palabras ni acciones, según ha manifestado en su última declaración. Mucho menos del segundo, pues no existe ni un solo dato que desmienta la ingenua y sencilla manifestación que ha hecho de cuanto la consta y opina sobre el extraño suceso que nos ocupa.

Tal vez pudiera objetarse que Sor Patrocinio en su primera declaración lejos de manifestar con verdad y buena fe la superchería de la impresión de las llagas, parece que solo trató de apoyarla insistiendo que no conocía otra causa que la voluntad divina; y es de mi deber destruir este pueril argumento, al que ya ha contestado de antemano mi defendida con la solidez irresistible de la verdad. Para examinar el cargo, examinemos primero, pongamos la mano en nuestro pecho, y digamos francamente si colocados en igual posición hubiéramos obrado de otra suerte.

No olvidemos, señor, que se trata de una joven encerrada en un monasterio desde la tierna edad de 14 años, separada de toda comunicación, de todo trato social, excepto con sus directores espirituales y sus compañeras. Figurémosla clocada repentinamente fuera del estrecho círculo de sus relaciones, y en la respetable presencia de un magistrado que la interroga sobre sucesos que creía ocultos e ignorados. Entonces no sabía que pudiera ser sacada del convento, colocada en una casa de seguridad y al abrigo de las dolorosas consecuencias que pudiera acarrearla la manifestación de la verdad. Y no perdamos de vista que entonces solo resonaban en sus oídos las máximas que se la habían inculcado, y solo tenía presente el terrible voto de obediencia que la sujetaba a no excederse de lo que se la tenía prevenido. Todavía, pues, no podía considerarse libre de la coacción que hasta allí había sufrido. ¿Qué otra cosa había de responder? ¿Hubiéramos tenido todos valor para referir la verdad, y nada más que la verdad, por repugnante y duro que sea, confesarse autor o cómplice de una superchería, de un fraude de la naturaleza del presente? Pero tan luego como por las lecciones del respetable, virtuoso y digno eclesiástico que la dirige, se llegó a penetrar que la primera obligación de los hombres constituidos en sociedad es respetar los preceptos de las autoridades legítimas, con toda sencillez, con toda verdad con todo el candor que en vano intentaría remediar el crimen, se franqueó a V. S. y le manifestó todo cuanto sabía sobre los extraños sucesos de que era preguntada. En esta declaración se rectificó solemnemente al recibir la confesión con cargos; y sobre ella han girado los que se han hecho por el promotor. V. S. ha sido testigo de los sentimientos que entonces la agitaban, y la hicieron exhalar en sollozos y suspiros: V. S. lo ha sido, y yo no debo hacer más que recordarle esta escena que verdaderamente debió afectar su sensibilidad.

No concluiré sin recordar también la confianza con que invocó el augusto nombre y se acogió al amparo de S. M. la Reina Gobernadora, de la madre de los españoles, siempre magnánima, siempre benéfica. ¿Y podía ser en todo caso Sor Patrocinio la única persona para quien no fuese favorable la influencia de tan respetable nombre? ¿De nada la serviría su expontaneacion, por decirlo así, hecha bajo la confianza que debía inspirarla la protección que imploraba de la excelsa persona, cuyo mayor placer es perdonar sus hijos que arrepentidos imploran su clemencia?

No lo cree así su defensor antes al contrario, está persuadido que oirá pronunciar el fallo de la más completa absolución, con cuantos pronunciamientos útiles y favorables exigen la inculpabilidad de mi defendida, triste víctima de manejos criminales, según la real orden que cité al principio.

SENTENCIA

En la villa de Madrid a 25 de noviembre de 1836, el Señor Juan García Becerra, magistrado honorario de la audiencia territorial de Madrid, y juez de primera instancia en esta Corte, habiendo visto esta causa y examinado sus méritos, por ante mí el presente escribano, dijo: que en atención a resultar legalmente acreditado que Sor María Rafaela del Patrocinio, se prestó a la impostura y artificio de la impresión de las llagas que ha sufrido, cuyo origen natural se ha intentado atribuir a milagro del Altísimo, no debiéndola de servir de total escusa la seducción y hasta violencia moral a que atribuye su consentimiento, pues debió resistirse al fraude, y dar en su caso cuenta a la superioridad competente, y teniendo también en consideración su arrepentimiento y la franqueza con que ha contribuido al descubrimiento de la verdad en justa satisfacción del Gobierno de S. M., y saludable desengaño del público, la debía condenar y condenaba a que sea trasladada con la decencia y recato debidos a su estado a otro convento que se halle al menos a distancia de 40 leguas de esta corte, y que en lo posible sea de su misma orden, encargando a la madre abadesa o superiora ejercite sobre aquella la vigilancia que corresponde para evitar recaiga en excesos iguales o parecidos a los que han motivado la formación de esta causa, nombrándosela con acuerdo de la autoridad principal del pueblo, y en clase de confesor, un sacerdote virtuoso e ilustrado que acabe de fortalecerla en las sólidas y verdaderas máximas de la religión y piedad que se la han inculcado desde su extracción del convento, dándose cuenta al Gobierno de S. M. si apareciesen motivos para sospechar que propendía a reincidir en sus extravíos. Se previene seriamente a Fray Andrés Rivas, Sor María Benita del Pilar, y Sor María del Carmen de San José, ex – vicario, ex – priora, y ex – vicaria del convento de religiosas Concepcionistas del Caballero de Gracia, que en lo sucesivo se comporten con reflexión, cordura y prudencia, ateniéndose de dar asenso y autorizar con su aprobación semejantes patrañas y artificios contrarios a la verdadera piedad y espíritu de la religión; con apercibimiento en otro caso de ser tratados con todo rigor, y privados de ejercer cargos y destinos en sus comunidades, y al primero de confesar religiosas, tomándose entonces las providencias oportunas al efecto. En cuanto al ex – capuchino Fray Fermín de Alcaráz, fórmese, luego que esta sentencia merece ejecución, pieza separada con los insertos necesarios, citándole, llamándole y emplazándole para que se presente a dar sus descargos en esta causa, apercibido de que no comparecer se sustanciará, con arreglo a derecho en los estrados por su ausencia y rebeldía. Y no se hace condenación de costas atendida la clase y estado de las personas. Notifíquese esta providencia a las partes, y apelen o no, consúltese con los señores de la audiencia territorial, para lo cual se remita la causa previa la correspondiente citación y emplazamiento. – Así lo mandó y firmó dicho señor, de que yo el escribano doy fe. – BECERRA. – Ante mí. –ISIDRO HERNANDEZ.


[1] Es un error de transcripción, pues ninguno de los ministros generales ni vicarios generales se apellidaba Gil. Ver la pá 22 de las Llagas de la monja.

[2] Pone en relación a Sor Patrocinio con Eradice, protagonista de la novela pornográfico más famoso del siglo XVIII, en principio atribuida a Diderot, pero de la que es autor el siniestro Boyes d’Angers. Esta novela está relacionada con la difusión de los ideales de la Ilustración, por su marcado carácter anticlerical y antirreligioso.

 

[3] No menciona el nombre de Bonafós, por lo prestigioso del apellido. Nótese la manipulación.

[4] Haced frutos de penitencia