LA FUNDACIÓN DEL CONVENTO DE MANZANARES
Texto correspondiente a Biografía de Sor Patrocinio (1811-1891). Javier Paredes. Editorial San Román. Madrid 2023. Págs. 367-369.
Pues bien, al igual que hicieron en Lozoya, las autoridades civiles y eclesiásticas de Manzanares elevaron una instancia al arzobispo de Toledo para que las monjas de Sor Patrocinio fueran allí a fundar. En esta ocasión, los vecinos de Manzanares estuvieron apoyados por el prelado de quien dependía Manzanares, que era Tomás Iglesias Barcones, obispo al que ya presentamos cuando describimos la fundación de El Pardo. Se recordará que Tomás Iglesias Barcones era sobrino de la madre Pilar, la abadesa del Caballero de Gracia que le dio el hábito a Sor Patrocinio, y del que siendo estudiante ella profetizó que sería obispo. Este prelado siempre fue un gran protector de las comunidades de Sor Patrocinio. Así se entiende que con todos estos apoyos la fundación de Manzanares que pedían los vecinos del pueblo pudiera llegar a buen fin. Los principios se los contó por carta Sor Patrocinio a la madre Jesús Nazareno:
«Aunque me duele la cabeza, no quiero dejar de ponerte estas letras, para decirte algo de lo muchísimo que había que contar. El viaje bien y la cabeza y el estómago resentidos. En la estación estaba toda la población; ni las monjas ni los coches era posible poder pasar; todos parecían contentos… El convento no es malo, los claustros, coros, dormitorios, refectorios y algunas otras piezas son bastante buenas; en el coro caben treinta con desahogo; el refectorio poco menos que ese: el dormitorio poco menos que la enfermería, pero no tan buenas luces; la sacristía está por el estilo de la de Torrelaguna y todo tan limpio y arreglado como lo de allí, o menos. Lo que sí tienen son preciosos ternos; lo demás ya te lo diré, porque es para despacio. Ya están vestidas como nosotras, y si no vengo prevenida, me luzco. Una con basquiña tartán, otra colorada, otra…, qué sé yo. Como los tocados y mantitos, es para visto; con decirte que no sabían lo que era refectorio, ni nada, nada. Mándame unos corporales, porque aquí hay diariamente unas siete u ocho misas, y son pocos. No puedo más hoy, quédate con Dios, da mis recuerdos y bendición a todas, y sabes cuánto te quiere tu madre Patrocinio. He escrito al Sr. cardenal todo muy minuciosamente. Adiós, adiós. La candelería no ha venido.
—En otra del 20 [de febrero de 1864], añade— por mi carta de ayer habrás visto que nada de particular ha ocurrido; que llegué bien y todas lo mismo. Este pueblo es inmenso, gente muy rica en su mayor parte, están locos de contentos todos; el padre misionero no se diga. Los principios parecen buenos por parte de la comunidad, y los de fuera, quiera Dios sean lo mismo los medios y los fines. Las religiosas de la casa, no puedes figurarte qué humildad, qué respeto, pero sencillísimamente. Son en mi concepto almas sencillas. No saben, porque no las han enseñado, pero son muy buenas, y sin decirles nada, sin ninguna clase de violencia, ni aún indicación siquiera, me lo han entregado todo, de comunidad y de particular, y dicen no les cabe la alegría en su corazón. El convento habrá sido magnífico, ahora sin una vidriera, con un frío grandísimo; ya están tocando a las segundas horas y no he salido todavía de la celda; han tenido que entrar Luis y Pepe (demandaderos) a quitarme la nieve de la puerta de la celda, pues ha caído una gran nevada; gracias a Dios, me gustan las fundaciones así. Todas las que he traído, preladas y súbditas, están contentísimas; ellas tienen las habitaciones a los claustros; son cerrados los de arriba y los de abajo y no tienen que pisar nieve. A mí me han puesto las pobrecillas aquí por mejor. Te aseguro, hija mía, que esta santa reforma me recuerda mucho nuestros primeros días en Torrelaguna; casi del mismo modo se está aquí ahora, si no con tantas privaciones, con bastante parecidas; gracias a Dios por todo»596.
