

Archivadores que contienen las reliquias de Sor Patrocinio del convento de Cristobaldegui de San Sebastián (Guipúzcoa).
(Texto correspondiente a las páginas 165 a 170 del libro de Javier Paredes Las llagas de Sor Patrocinio. Editorial San Román. Madrid 2023, donde están fotografiadas cada una de las reliquias que aquí se citan, en color y a toda página, desde la página 220 a la página 306)
El 17 de junio de 1866 Sor Patrocinio ponía en marcha una nueva fundación. Esta iniciativa tenía el nombre oficial de convento de Jesús, María y José y estaba situado en el barrio de Loyola, en las inmediaciones de San Sebastián (Guipúzcoa). Parecía cumplirse el deseo que le expuso por carta a la reina el 9 de septiembre de 1861: “fundar una comunidad en cualquier pequeña población de Asturias, Galicia o Provincias Vascongadas, lo más lejos posible de la Corte”.
El nuevo convento se iba a instalar en un caserón que había construido en 1860 una conocida donostiarra, Teresa Burgué, que quería destinarlo para refugio de acogida de jóvenes desamparadas. Empeño en el que Teresa Burgué contaba con la colaboración de otra mujer, María Magdalena Minondo. El refugio se construyó al este de Loyola, casi en el límite de Martutene, en un paraje conocido como Cristobaldegui, por el nombre que tenía un caserío que allí había. El proyecto de Teresa Burgué no se pudo poner en marcha y el gran edificio quedó sin función. Fue entonces cuando lo adquirió Sor Patrocinio, por lo que popularmente el nuevo convento pasó a ser conocido por estos dos nombres: El Refugio y Cristobaldegui.
La colaboración del padre Mariano Estarta con Sor Patrocinio fue decisiva en la adquisición, por este motivo en un lugar destacado del convento las monjas colocaron un cuadro del padre Estarta, con la siguiente leyenda: “El Venerable padre Fray Mariano Estarta, provincial de Cantabria, director espiritual de nuestra madre Patrocinio y confesor extraordinario de todas nuestras comunidades”[1].
Recibidas las correspondientes licencias del arzobispo de Toledo, Sor Patrocinio salió de Aranjuez con 16 monjas. Hicieron el viaje en tren, en el que Sor Patrocinio tuvo muchas molestias, porque a su precario estado de salud, con continuos dolores de cabeza, se le vinieron a sumar “el ruido infernal del tren al atravesar los túneles, nunca vistos por mi madre”[2], escribe su biógrafa.
La línea de tren Madrid-Irún llevaba muy poco tiempo en funcionamiento; de hecho, el rey Francisco de Asís había presidio el viaje inaugural el 15 de agosto de 1864. La comitiva de Sor Patrocinio, por tanto, en 1866 podía haber llegado en tren hasta San Sebastián, pero las monjas se apearon en Vitoria, donde el padre Estarta las esperaba, porque lo previsto era ir a visitar en esa ciudad a Diego Mariano Alguacil Rodríguez (1805-1884), obispo de la diócesis de Vitoria, que abarcaba las tres provincias vascas, y bajo cuya jurisdicción iba a estar, por lo tanto, el convento, próximo a inaugurarse en Crsitobaldegui. Sin embargo, Sor Patrocinio tuvo que excusarse ante el prelado por no poder acudir a la audiencia prevista, ya que se encontraba enferma.
Los comienzos del convento de Cristobaldegui no pudieron ser mejores, como cuenta Sor María Isabel de Jesús:
“Llegadas a Loyola, fue excelente y gratísima la impresión que recibió mi amada madre, llamándole especialmente la atención el ‘ser pequeño y limpio el convento, las hermosas vistas que tenía a la ría[3] y el ir y venir de las pescadoras’. También le gustó mucho ‘la pequeñita iglesia con las bellas y devotas imágenes de Nuestra Señora del Refugio, de San Antonio, Santa Filomena y otras’. El entusiasmo de la población fue muy grande, y la apertura del colegio colmó la alegría de todos. Se hicieron solemnes fiestas de inauguración y se emprendieron, enseguida, las obras convenientes de ampliación para las clases. Tuvo mi madre Patrocinio la inmensa satisfacción de ver enseguida los frutos abundantísimos de esta fundación, no solo en el mucho bien que las religiosas hicieron, por medio de la educación de las niñas, sino también en la multitud de vocaciones que aparecieron en las jóvenes desde un principio, llegando a ser aquella comunidad una de las más florecientes y fervorosas de nuestra Reforma, conservándose así después de la muerte de la Sierva de Dios, hasta nuestros días. Aquella alegría, junto con la paz que en un principio gozaron las religiosas de Loyola, y de la cual da cuenta, muy gozosa, mi venerada madre a la madre Concepción abadesa de El Escorial, ha seguido siendo hasta el presente la mejor recomendación del espíritu seráfico que recibieron aquellas religiosas de nuestra amada madre y fundadora”[4].
Pues bien, ha sido en este convento donde he encontrado el mejor de los hallazgos de todos los que he hecho, en tantos años que investigo la vida de Sor Patrocinio. Por lo tanto, debo contar mi visita a esta fundación de Sor Patrocinio. En enero de este año, el convento de Cristobaldegui (San Sebastián) era uno de los pocos sitios por los que pasó Sor Patrocinio que todavía yo no había visitado. Lo cierto es que, sin motivo alguno ni justificación, nunca tuve esperanzas de encontrar documentación en el archivo de ese convento, y vencido por lo pereza no me había acercado a este convento en todos estos años.
Pero animado por la madre Piedad, la abadesa del Caballero de Gracia de la calle de Blasco de Garay de Madrid, que siempre ha sido para mí un apoyo, firme, leal y sonriente, me animé a emprender el viaje. Ella me facilitó el contacto con la madre Trinidad, antigua abadesa de Cristobaldegui y devota de Sor Patrocinio, quien a su vez me proporcionó el teléfono de la madre Presentación la actual abadesa del convento de Cristobaldegui. Bien es cierto que la posibilidad de pasar un día como hijo Javier, que reside en San Sebastián, me dio el último empujón. Pero lo cierto, que es saqué el billete con muy pocas esperanzas de encontrar documentación.
A las pocas ganas de viajar se unieron el bomboleo y los baches del vuelo de Iberia 498 del pasado mes de enero [2023], como yo nunca había experimentado. Lo cierto es que mis compañeros de asiento tenían cara de miedo, de muchísimo miedo. Y yo, que habitualmente lo paso regular en los viajes de avión, ese día estaba tranquilo con la seguridad de que no iba a pasar nada, hasta el punto de que yo mismo me sorprendía de mi serenidad cunado veía la cara de preocupación de mis compañeros de asiento. El señor que tenía sentado a mi izquierda me pidió perdón por verse obligado a hacer uso de esas bolsas de papel, que uno piensa que las ponen de adorno porque nunca se van a tener que utilizar, y lo digo en plural porque después de la suya, también utilizó la mía. Al descender en el aeropuerto de San Sebastián, de repente el pilotó abortó el aterrizaje y en un giro brusco levantó el morro del avión y acabamos aterrizando en Bilbao, desde donde nos llevaron en autobús hasta San Sebastián. Habíamos despegado de Madrid a las 7,30 de la mañana y cinco horas después, acompañado de mi hijo Javier, nos recibía en Cristobaldegui su abadesa, la madre Presentación.
Nos quedamos solos dos, mi hijo y yo, en una habitación donde había un armario que guardaba el archivo del convento, del que mi hijo iba sacando cajas y cuadernos, para que yo fuera apartando lo del siglo XIX. Y no habían pasado ni diez minutos, cuando me dijo: “¡Papá, no te imaginas lo que hay en esta caja!” Y comenzó a sacar hasta doce mitones, varias tocas, paños de del costado de Sor Patrocinio con manchas de sangre que extendimos en la mesa. Indescriptible lo que sentí en esos momentos: sin duda, era lo mejor que me ha sucedido en toda mi vida de investigador.
Y a la emoción de haber encontrado todas esas reliquias iba a sobrevenir todavía otra mucha mayor. Cuando vino la madre abadesa, la madre Presentación, naturalmente, le pedí que si de entre tantas reliquias me podía dar una. Y esta fue su respuesta: “Don Javier, puede llevárselas todas”. La madre Presentación me las ha dado porque sabe que las voy a custodiar con todo mi cariño y sumo cuidado, y por eso hemos firmado un documento como prueba y garantía de la cadena de custodia[5].
Todas estas reliquias están fotografiadas en el Catálogo de Cristobaldegui, que publicamos a continuación de los apéndices. Y lo publicamos para dar a conocer estas reliquias, que custodio a la espera de que en su momento se las entregue a las hijas de Sor Patrocinio, para que las expongan en lugares de culto para veneración de los fieles, cuando así lo autorice la Iglesia al canonizar a Sor Patrocinio, lo que deseo, espero y pido a Dios, por intercesión de la Virgen del Olvido, Triunfo y Misericordias.
Madrid, 27 de abril de 2023
En el 212 aniversario del nacimiento de Sor Patrocinio.
[1] Celestino Solaguren y Juan José Maíz, La exclaustración y restauración de los franciscanos…, ob., cit., pág. 56. Este cuadro, con una fotografía del padre Estarta, que no es muy grande, se conserva en el archivo de Cristobaldegui.
[2] Sor María Isabel de Jesús, Vida admirable…, ob., cit., pág. 306.
[3] Sor María Isabel de Jesús emplea la palabra “ría” para designar al río Urumea que bordea el convento de Cristobaldegui en su tramo final, cuando todavía le faltan un par de kilómetros hasta llegar a su desembocadura.
[4] Sor María Isabel de Jesús, Vida admirable…, ob., cit., pág. 306.
[5] Este documento lo publicamos como Apéndice V.
