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SOR PATROCINIO

1811-1891

mes

febrero 2016

LA TÚNICA QUE BORDÓ SOR PATROCINIO

Fig4

 

En 1825, el mismo año en que murió su padre, Sor Patrocinio ingresó en las Comendadoras de Santiago de Madrid, en calidad de educanda. Y tres años después salió de este convento para tomar el hábito en Caballero de Gracia. Fueron tres años de tranquilidad para ella sin tener que soportar el maltrato de su madre y un tiempo de formación. Una parte del convento de las Comendadoras estaba habilitado como residencia para señoras de edad de las aristocracia madrileña, a las que tuvo que servir Sor Patrocinio a cambio de su manutención y de las que aprendió las buenas maneras, que no las pudo ver ni en su entorno familiar ni en San Clemente, y que tan necesarias le fueron posteriormente para saber  tratar a los más altos personajes, incluidos los reyes de España.  Las Comendadoras no solo respetaron su decisión de profesar en una Orden diferente a la suya, sino que la ayudaron a hacerlo y mantuvieron siempre muy buenas relaciones, por el buen recuerdo que dejó y que persiste al día de hoy.

 

Sor María Isabel de Jesús, su secretaria y autora de la Vida Admirable, tuvo la información de la estancia de Sor Patrocinio en las Comendadoras por dos religiosas antiguas, las madres María del Carmen Jesús Nazareno y María Hipólita de Santa Constancia, que conocieron a Bernardina Sánchez  una comendadora a la que se le encargó atender a Sor Patrocinio en aquellos tres años y esta mujer les refirió entre otras cosas los ataques que Sor Patrocinio ya recibía en ese tiempo por parte del demonio. Sor María Isabel de Jesús lo cuenta casi todo en la Vida admirable, pero en su declaración en el proceso de beatificación añade algo más que no está en su libro. Esto es lo que declaró: “contaba Doña Bernardina que eran tantas las formas y figuras con que el enemigo infernal la perseguía que muchas veces cuando la Sierva de Dios estaba descansando, la subían hasta por las almohadas bichos en figura de lagartos, ratones y salamanquesas, todos los cuales desaparecían tan pronto como la Sierva de Dios abría los ojos, de lo cual fue testigo ocular la referida señora, Doña Bernardina, que estaba día y noche al cuidado de la Sierva de Dios y pasaba con ella largas horas de oración”. ADT. Proceso de Beatificación,  tomo I, fols. 202 vto-204. En efecto, los ataques del demonio durante su adolescencia en las Comendadoras de Santiago son idénticos a las que había sufrido en la niñez, como quedó reflejado en la nota 151.

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Y por su parte, como testimonio del buen recuerdo que Sor Patrocinio dejó en la Comendadoras de Santiago, Sor Hipólita de Santa Constancia relata la siguiente vivencia personal: “Decidida yo a abrazar el estado religioso, mi confesor me indicó la conveniencia de ingresar en el convento de Concepcionistas Descalzas de Aranjuez, donde a la sazón era abadesa la Sierva de Dios, Sor María de los Dolores y Patrocinio, fui a presentarme a ella y allí tuve ocasión de conocerla personalmente. Después  volví a Madrid y al despedirme de la superiora de las Comendadoras de dicha Corte, como le dijese que iba de religiosa a Aranjuez, exclamó: ‘mira, si va con mi Patrocinio, es muy buena, ven, ven’, y llevándome a la tribuna me dijo: ‘por aquí la sacó el enemigo y la puso encima de un muerto que había en la iglesia, nosotras la buscábamos porque ya eran las altas horas de la noche y no la encontrábamos; fuimos a la tribuna donde solía orar y oímos como sollozos en la iglesia, nos asomamos y vimos que estaba sobre el cadáver allí depositada; avisamos al demandadero y este fue a recogerla volviéndola al convento”. ADT. Proceso de Beatificación, tomo I, fols. 120 vto. y 121. Sor Hipólita de Santa Constancia nació en 1883 e ingresó en el convento de San Pascual de Aranjuez en 1857, el mismo año de su fundación.

 

Por nuestra parte, pudimos comprobar que el buen recuerdo de Sor Patrocinio persiste en la Comendadoras al día de hoy. En mis diferentes  visitas, fui atendido maravillosamente por la Comendadora Mayor o abadesa y la madre Ascensión, que era la de mayor edad del convento. Me confirmaron con datos de su archivo (ACSM) el mandato como comendadora mayor de Joaquina Zurita Villaviciosa desde el 10 de agosto de 1820 y que fue por tanto la que recibió como superiora a Sor Patrocinio y también la que la despidió cuando tomó el hábito en  Caballero de Gracias, pues todavía hay constancia en el archivo que en 1828 de que Joaquina seguía siendo la superiora.  Joaquina Zurita murió el 21 de julio de 1839 y está enterrada en las Comendadoras. Igualmente con datos de archivo, la madre Ascensión me confirmó la estancia en el convento de la hermana de Joaquina, Petronila, a quien la Comendadora Mayor encargó la formación de Sor Patrocinio, como se cuenta en la Vida admirable.

 

Pero la Madre Ascensión me facilitó información de algo todavía más importante que los datos de archivo. Me enseño el ajuar de una imagen que se venera en ese convento, El Divino Niño Montañés, para el que Sor Patrocinio bordó una túnica en plata, que ellas conservan. El trabajo es impresionante y más si se tiene en cuenta que está realizado por Sor Patrocinio entre los quince y los dieciocho años. Cuenta Sor María Isabel de Jesús en la Vida admirable, que entre las gracias extraordinarias que Sor Patrocinio recibió de niña, una de ellas fue el consuelo de la Virgen que se la aparecía a la edad de cuatro años para enseñarle a leer, escribir coser y bordar, porque su madre le mandaba hacer esos trabajos y la castigaba porque no sabía hacerlos.  Cuando vi la túnica del Niño Jesús bordado por Sor Patrocinio no pude menos que acordarme de este relato que se cuenta en el capítulo primero de la Vida admirable, porque el bordado de esa túnica proclama a las claras que su autora tuvo necesariamente que tener una gran maestra.

NOTA

Este es un fragmento del libro Las llagas de la monja de Javier Paredes, que se puede adquirir en las principales librerías de España y también en el convento de las Madres Concepcionistas de la Comunidad del Caballero de Gracia de la calle de Blasco de Garay de Madrid (Teléfono: 915 43 74 682. Correo Electrónico: concepcionistasblasco@hotmail.com )

 

El consuelo del mundo

 

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“Nadie debe ser inquietado por sus opiniones, incluso religiosas, en tanto que su manifestación no altere el orden público establecido por la ley”. Así quedó degradada la religión en el artículo décimo de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que aprobaron los revolucionarios franceses en el verano de 1789, durante el periodo de la Asamblea Constituyente. Para los nuevos dirigentes de Francia el reconocimiento y la adoración a Dios Creador, dejaba de ser una religión para convertirse en una opinión.

Para seguir leyendo, pinchar este enlace: El consuelo del mundo

Novena al Cristo de la Palabra

 

 

 

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NOVENA EN OBSEQUIO DE NUESTRO DIVINO SALVADOR JESÚS EN SU PRODIGIOSA Y SAGRADA IMAGEN DE LA PALABRA VENERADA EN EL CONVENTO DE RELIGIOSAS CONCEPCIONISTAS DESCALZAS FRANCISCANAS LLAMADAS VULGARMENTE DEL CABALLERO DE GRACIA. COMPUSO MI VENERADA Y RVDA. MADRE ABADESA Y FUNDADORA SOR MARÍA DE LOS DOLORES Y PATROCINIO EN EL AÑO 1833 CUANDO ESTABA EN SU REFERIDO CONVENTO DEL CABALLERO DE GRACIA DE MADRID.

 

En Novenas sacadas por Ntra. Muy Rvda. Madre Abadesa y Fundadora Sor María de los Dolores y Patrocinio. Librería religiosa de Enrique Hernández. (Madrid, 1898) pp-5-93.

 

AL REDENTOR DIVINO

DE LOS HOMBRES

EN SU SAGRADA Y PRECIOSÍSIMA IMAGEN

DE

LA PALABRA

 

SEÑOR:

 

 

Sois la palabra eterna e inmanente del entendimiento infinitamente fecundo de vuestro Padre, que Os engendro antes del lucero de la mañana, y que siendo un Dios con él, sois al mismo tiempo realmente distinto en la personalidad, por la que sois su Hijo muy amado, Rey poderoso de la gloria, y el objeto dignísimo de sus complacencias. En vuestras manos depositó el Padre la Creación del Universo, y vuestra omnipotente voz, resonando en el caos, sacó de la nada todas las criaturas. Mas el hombre cayó, desfiguró con su transgresión vuestra obra, y Vos, que la habíais producido, sois el mismo que Os ofrecéis por vuestra infinita caridad a repararla. La plenitud de los tiempos, más afortunada de los siglos que la precedieron, oye vuestra voz, no ya cual dio principio a la Creación, sino como producida y manifestada por la naturaleza humana de que Os dignasteis vestiros para morar con nosotros, sufrir con nosotros y satisfacer por nosotros. Bendito y alabado sea de toda criatura ese corazón amabilísimo de un Dios hombre, que vive para amar a los hombres y satisfacer por nosotros, y que muere abrasado en llamas de inmensa caridad para dar la vida a los que se hallan muertos por el pecado. Vuestras palabras, dulce Jesús de mi alma, lo son de Verdad y de Vida. Su eficacia basta para dar el ser a la nada, para obligar a su ejecución a todas las criaturas, y para penetrar nuestros corazones hasta la división del espíritu. Ellas nos instruyen en los arcanos de vuestra sabiduría, y vigorizándonos en medio de nuestras tibiezas y penalidades, nos conducen con rectitud a la felicidad de vuestra posesión bienaventurada. Pero aunque sea innegable la virtud de vuestras palabras para hacer dichosos a los hombres, singularmente roban todos nuestros afectos las que pronunciaron vuestros dulcísimos labios desde que os abrazasteis con la santa cruz hasta que exhalasteis en ella vuestra vida preciosísima. ¡Ah Dios mío! Mi corazón es traspasado con las flechas de amorosas palabras que despiden vuestros labios, más dulces que la miel; mi espíritu se derrite como la cera en piadosos afectos para con Vos, al veros cada vez más fino y constante en amar a los hombres, cuanto más os aproximáis al término de vuestra vida, y al momento de nuestra copiosa e  inefable redención. Yo Os adoro con toda mi alma, Salvador divino, por medio de esta vuestra sagrada imagen, cuya advocación de LA PALABRA, sí, cuya advocación amorosa me recuerda constantemente el infinito poder de  vuestros labios; cuya modulación y palabra, en fin, me creó, me redimió, y me santifica en vuestros Sacramentos. Clavado en esa cruz adorable me disteis ejemplos de las más heroicas virtudes, y pendiente entre el Cielo y la tierra, sois para los hombres un verdadero protector y abogado con vuestro Eterno Padre, cuyas iras desarmáis, y cuyas misericordias conducís a nuestras almas. Recibid, dulcísimo Jesús mío, por esta vuestra sagrada imagen, nuestros más humildes afectos de gratitud y de reconocimiento. Aceptad, pues,  Señor y regalado dueño mío, el pequeño don de esta Novena, que reconocida a vuestras bondades y misericordias os consagra una de vuestras criaturas más viles y bajas. Disimulad, Dios sabio y  omnipotente, la tibieza de mis afectos en desempeñar tan ardua empresa, y suplid con la eficacia de vuestra penetrante y dulcísima palabra la falta de mis sentimientos. Haced que todas las almas oigan vuestra divina voz, alaben vuestras grandezas, sigan vuestros consejos, y aspiren fervorosas a conseguir  su salvación, cuyos intentos son los que animan a esta la más humilde y rendida esclava, puesta a vuestros pies, y besándolos con la más profunda reverencia.

SEÑOR

Una indigna Sierva vuestra

 

ADVERTENCIA AL LECTOR

Aunque todas las palabras del divino Jesús están llenas de un sagrado fuego de caridad infinita para con los hombres, sin embargo las que pronunció desde el momento que se abrazó con la santa cruz hasta que expiró en ella, tienen un rasgo muy particular de eficacia, como que fueron articuladas en lo más acerbo de su pasión, cuando era más fina su dilección a los mortales, y cuando lleno de humildad y obediencia se encaminaba a cumplir la voluntad de su Eterno Padre en la redención del linaje humano. Las palabras que en esta dolorosísima situación articuló nuestro amabilísimo Salvador, fueron ocho, a saber: a las hijas de Jerusalén, y las siete que habló pendiente ya del madero santo de la cruz. Aun después de muerto en ella, todavía nos quiso instruir nuestro celestial Maestro con el lenguaje espiritual y divino de su sagrado, amante y dulcísimo corazón. Y por esta causa, si sus benditísimos labios se han cerrado en su muerte, una terrible y aguda lanza abre su santísimo costado, y por esta boca divina habla, pidiéndonos la compasión y todo nuestro corazón. Encaminándose, pues, la siguiente Novena a dar culto y extender la devoción de nuestro adorado Redentor por medio de su antiquísima preciosa imagen, que se venera con la advocación del Santísimo Cristo de LA PALABRA, me ha parecido conveniente adoptar para cada uno de los ocho primeros días una de las sobredichas palabras y en el último, para concluir la Novena, el lenguaje divino con que nos instruye su sagrado y amabilísimo corazón, que aunque muerto ya en la cruz, siempre estuvo y estará eternamente unido a la  divinidad. Y venerando nuestra piedad a Jesucristo nuestro Señor y Padre por esta devotísima imagen, ningún plan me ha parecido mejor que recorrer sus mis­mas encendidas palabras.

El tiempo más proporcionado para hacer esta Novena deberá ser aquel en que nuestra a Madre la Santa Iglesia nos pone a la vista los misterios de la Redención humana en la Semana Santa,  y así deberá principiarse el día de los Dolores de la Santísima Virgen, para concluirla el sábado santo. Esto se entiende haciéndola sin solemnidad o privadamente, pues si se hiciese en público, se dará principio el martes después de la dominica de Pasión para concluirla el miércoles santo. La santidad del tiempo y las ceremonias sagradas contribuirán no poco a los frutos espirituales que se pretenden en esta Novena. Las almas deberán vivir muy recogidas dentro de sí mismas para poder oír las palabras de su dulcísimo Redentor e imitar sus santísimos ejemplos. Se procurará que la oración mental sea lo más frecuente posible, y se comulgará según la disposición de cada uno, y licencia de su confesor, esforzándose a hacerlo espiritualmente muchas veces al día. Por último, se ejercitarán las almas, por cuantos medios estén a su arbitrio, en obsequiar a Jesucristo y a su Santísima Madre y nuestra la Soberana Virgen María, para que, complacidos de nuestros servicios, nos dispensen las gracias generales y particulares que buscamos de sus benditísimas manos por medio de esta Novena, cuya utilidad consigan las almas que la hicieren a honra de nuestro dulcísimo Jesús, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén Jesús.

 

 

MODO DE HACER LA NOVENA

 

DÍA PRIMERO

 

Por la señal de la santa cruz, etc.

ACTO DE CONTRICCIÓN

 

Señor mío Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, mi  Creador, mi  Padre y Redentor amabilísimo, en quien creo, en quien espero, a quien amo y adoro. Permitid que esta miserable criatura comparezca ante vuestra soberana presencia como enferma ante su médico divino, y como ignorante en los caminos de la virtud a recibir de vuestros dulcísimos labios las instrucciones que conduzcan a mi alma a vivir siempre unida con Vos, aprisionada con los clavos que Os tienen fijo en ese árbol saludable y santo de la cruz. Reconozco, Dios mío, mi indignidad para tan gran favor. Os he ofendido infinitas veces, he desoído constantemente vuestras tiernas voces, y no merecía ponerme a vuestra vista sino para experimentar los rigores de vuestra tremenda justicia. Pero me anima a presentarme a Vos, benignísimo Jesús mío, vuestra misma palabra, dictado de amabilidad con que Os adoro en vuestra sagrada imagen, y con la que me estimuláis a acudir a Vos por lo mismo que mi alma se halla fatigada con el enorme peso de mis ingratitudes y perfidias. Estas me agobian, Padre dulcísimo; mas desde el mismo abatimiento en que me han puesto me dirijo a Vos, Dios mío, llorando amargamente mis pecados,  y diciéndoos de lo íntimo de mi corazón: pésame, mi Redentor, pésame, buen Jesús, me duelo de todas veras de haberos injuriado, y de haber atravesado con mis culpas vuestro corazón santísimo, pacífico y amable. Mis desórdenes, Señor, Os han puesto en esa cruz, mas mi conducta en lo sucesivo os aliviará en ella, oyendo vuestras regaladísimas palabras y cumpliendo vuestra adorable voluntad. Muera yo mil veces antes que ofenderos, y dadme vuestra paternal bendición para que desde este momento empiece a serviros, confesando mis culpas y detestándolas, aborreciendo todas mis tibiezas que hasta ahora me han alejado de Vos, y merecer así vuestra bondad y misericordia, que espero confiadamente me la dispensaréis por la intercesión de nuestra purísima Madre y mi Señora la Santísima Virgen María y por vuestra pasión sacrosanta, para dar principio desde ahora a complaceros hasta el último momento de mi vida. Amén Jesús.

 

ORACIÓN

A María Santísima para implorar su protección en favor de nuestras almas, para que oigan debidamente la palabra del divino Redentor.

 

Soberana Emperatriz de los Cielos y de la tierra, Virgen purísima y admirable protectora de los hombres, a quien la infinita sabiduría del Altísimo eligió desde la eternidad para que fueseis armario sagrado donde se depositase la palabra increada del Eterno Padre; Vos, piadosísima Madre nuestra, experimentasteis siempre la eficacia de la voz de Dios, decidido constantemente a favoreceros. Su decreto Os preservó de la culpa original, Os fortaleció contra todos los huracanes del infierno y de las pasiones, constituyendo a vuestra nobilísima alma el jardín de sus delicias y el florido tálamo de sus complacencias, bastando la subordinación humildísima de vuestra voluntad a la palabra de Dios, intimada a Vos por el Arcángel San Gabriel, para trasladar el Cielo a la tierra, y siendo Vos una pura criatura, ser constituida Verdadera Madre del Hijo de Dios y mi amabilísimo Redentor Jesucristo. ¡Con cuánta docilidad oísteis y practicasteis toda la vida las palabras de vuestro Hijo y mi Dios! Pues recordad, dulcísima Reina, que esta misma palabra Os designó por Madre nuestra en el tiempo más borrascoso de vuestra preciosa existencia en el mundo, para que aleccionada con los trabajos inmensos de vuestro Unigénito moribundo, y con las penas amarguísimas que sufría a su vista vuestro tierno y dulcísimo corazón, Os compadezcáis de nuestras aflicciones, dispensándonos en ellas vuestros consuelos y vuestras misericordias. Hacedlo así en la presente ocasión, clementísima Madre nuestra, pues agobiados de nuestras culpas, nos ponemos ante esta sagrada imagen de vuestro divino Hijo, deseosas nuestras almas de oír sus palabras llenas de piedad y sabiduría para llorar nuestros pecados, y aspirar por este medio a su amistad y gracia. Ilustrad Vos nuestro entendimiento y comunicad a nuestros corazones los suaves movimientos de que el vuestro sacratísimo se halla enriquecido, para que siendo Vos nuestra guía y nuestro modelo de sumisión a la voz de vuestro divino Hijo, merezcamos oír con reverencia y docilidad sus palabras , y sean con ella santificadas nuestras almas hasta exhalar el último suspiro en vuestros benditísimos brazos, y alabaros eternamente por nuestra dulcísima Madre y poderosísima protectora en la vida feliz de la gloria. Amén Jesús.

Se rezarán tres Aves Marías a María Santísima para el mismo intento. Hasta aquí será común para todos los días.

 

PRIMERA PALABRA

Hijas de Jerusalén no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos (Evangelio de San Lucas)

 

 

Alma cristiana, oye mi palabra de vida y verdad. Si tu llanto cuando me ves caminar macilento y debilitado con la santa cruz, te produce una compasión natural, semejante a la que manifestaron las hijas de Jerusalén, tus lágrimas no me serán aceptas, ni a ti provechosas. Tus pecados son los que me han preso, azotado, coronado de espinas, escupido, abofeteado y condenado a morir en esta cruz que abruma mis hombros y cuyo peso me obliga a caer hasta tocar mis labios con el suelo. La divina justicia exige esta satisfacción en Mí, que soy vástago verde y fructuoso de sus  complacencias eternas, ¿y qué venganza no tomará de ti misma, siendo un leño seco en el árbol de su divina caridad? Si no lloras por ti en el tiempo que te dispensa su misericordia, se presentarán cuando menos lo pienses los días de furor de un Dios omnipotente, que vendrá a residenciarte, cuya aproximación te llenará de horror, miedo y espanto y te estimulará a decir a los montes: venid y caer sobre esta criatura y vosotros, elevados collados, encubrirme en vuestros senos, mientras pasa la venganza de un Dios justiciero. ¡Ay de ti, alma, si no previenes con lágrimas de compunción y con frutos dignos de penitencia la llegada de tu Dios! Yo, que soy tu Redentor, y que experimento en esta situación la mano fuerte de mi tierno y querido Padre por los pecados  ajenos, que son tus propias culpas, te advierto con toda la sensibilidad de que es capaz mi divino y dulcísimo corazón, que mires por ti misma, y no des lugar a sufrir una indignación omnipotente. Esta habría ya ejecutado contigo sus rigores si Yo no hubiera interpuesto los méritos infinitos de mis sufrimientos. Pero ¿Es posible, alma redimida con mi sangre preciosísima, que tu permanezcas en esa insensible indiferencia viéndome caminar hacia el Calvario, sin derramar tus ojos una sola lágrima por tus pecados, que son los verdaderos enemigos que me rodean, que me insultan y apalean, deseosos de verme en la cima del monte Calvario, donde voy a morir por mi infinito amor para contigo? Ea, pues, si así es tu determinación, acaba con ello, no me dejes llegar a lo alto de esa montaña que tenemos a la vista; ven, y en este mismo sitio en que me lloran las compasivas hijas de Jerusalén, dame tu una muerte inhumana cruelísima. ¿Tendrás valor para ejecutar esa fiereza con el Hijo de un Dios Omnipotente, y heredero legítimo de la viña de tu alma? No, ciertamente; pues en este caso dame tu corazón. No admito término medio en este momento: o me das la muerte con las manos tu voluntad rebelde y obstinada, o me das la vida entregándome sin dilación todo tu corazón  compungido y lloroso. ¿Qué partido eliges, alma cristiana redimida por Mí, tu Dios y tu Señor?

 

Contestación afectuosa del alma a su dulcísimo Jesús

 

Amado Redentor mío, vuestra palabra es viva y eficaz, y más penetrante que una espada de dos filos para mi alma. ¿Cómo, pues, resistirse esta a vuestra justísima demanda de entregarse toda a Vos? No. Dios mío, mi existencia, la redención y la salvación la debe esta miserable criatura a las misericordias inefables de ese tierno y  dulcísimo corazón. ¡Vos cargado con la cruz de mis infidelidades, angustiado y lloroso por mi bien,  y al mismo tiempo permanecer mi alma insensible a vuestras penas! ¡Ah! Esto no puede ser. Dad a mis ojos torrentes de lágrimas para llorar día y noche los extravíos de mi corazón. Si me fuera permitido por vuestra suma bondad lavar con mi sangre la lepra inmunda de mis culpas. ¡Cuán complacida se miraría esta alma conmovida con vuestra suavísima y amabilísima palabra! Pero así, Padre piadosísimo, nada valdría su sacrificio no estando unido con el vuestro de infinito valor. Vos así lo deseáis, y supuesto que para ello me pedís mi corazón, yo Os lo entrego por las bellísimas manos de vuestra inmaculada Madre, que al veros tan afligido en el camino del Calvario Os ha salido al encuentro para ofrecerse a sí misma con todos sus afectos, y mitigar por este medio vuestras penas y tormentos. Virgen purísima y Madre amabilísima de mi Dios, acoged este mi pobrecillo corazón, y uniéndole al vuestro santísimo, presentadlos a vuestro Unigénito para que sufriendo el mío solamente la justicia inexorable que merece por sus culpas, el de mi Dios y el vuestro inocentísimos gocen toda suavidad y gloria que les son debidas. Vedme ya, Señora,  llorando mis pecados, y mi alma toda traspasada con la dulcísima palabra que su Creador y Salvador divino la dirigido en las hijas de Jerusalén. Desde este momento, Madre dulcísima, me resuelvo a complacer a mi buen Jesús, y sometiendo mis hombros a la pesadísima cruz que le agobia, no pensaré ni obraré cosa alguna en toda mi vida, que no vaya encaminada a cumplir su voluntad santísima.  Recibid, Dios mío, estos afectuosos sentimientos de mi espíritu, ofrecidos por vuestra inmaculada e inocentísima Madre; por esa criatura benditísima, la más digna de vuestras miradas y complacencias,  y haced que vigorizados mis santos propósitos con vuestra poderosa gracia, los ejecute constantemente hasta exhalar el último suspiro, en vuestros santísimos brazos, para gozaros eternamente en la gloria. Amén Jesús.

 

Se alabará a las tres divinas Personas por el inefable misterio de la Redención humana.

 

Mi alma alaba y engrandece a Vos Padre Eterno, porque la disteis a vuestro Unigénito, objeto de vuestras tiernas y soberanas complacencias, para que satisficiese a vuestra justicia por mis pecados. Todo espíritu del Cielo y de la tierra con todas las criaturas bendiga a mi Dios. Amén Jesús.

 

Padre nuestro, Gloria Patri

 

Mi alma alaba y engrandece a Vos. Verbo Eterno, por la infinita caridad con que me ofrecisteis a satisfacer por mis culpas a un Dios justísimamente irritado. Todo espíritu del Cielo y de la tierra con todas las criaturas bendigan y alaben a mi Dios. Amén Jesús.

 

Padre nuestro, Gloria Patri

 

Mi alma alaba y engrandece a Vos, Espíritu Santo Eterno, porque obrasteis el misterio de la Encarnación del Verbo Eterno en el tálamo virginal de María Santísima, para que así fuese mi divino Redentor. Todo espíritu del Cielo y de la tierra con todas las criaturas bendigan y alaben a mi Dios. Amén Jesús.

 

Padre nuestro, Gloria Patri

 

Ahora, alentando la confianza en Dios nuestro Señor, se hará la petición de las gracias que se desean conseguir por medio de esta Novena, y después se dirá la siguiente

ORACIÓN

Piadosísimo Salvador mío, palabra divina procedente del entendimiento infinitamente fecundo del Eterno Padre, que Os constituye una persona divina y un Dios con Él, y que unido a la humana naturaleza me anunciasteis los misterios sublimes de la divinidad, y los preceptos de la más pura moral que jamás había escuchado el mundo; Vos, Dios mío, de quien el altísimo Dios dio testimonio de que erais su Hijo muy amado, ordenándome al mismo tiempo oír su voz y obedecer vuestras dulcísimas palabras; Vos, Señor, cuyos sagrados labios articularon siempre voces de suavidad y de vida, que llenaron de asombro a los doctores de la ley, que colmaron de bienes a los Zaqueos y santificaron a las Magdalenas, vedme aquí postrado en vuestra adorable presencia, y ardiendo en vivos deseos de escuchar las tiernísimas palabras que me dirigís en vuestras mayores penas, cuando Os veo identificado con la santa cruz que pone fin a vuestra vida. ¡Ah! ¿Cómo podrá olvidar mi alma jamás vuestro testamento? ¿Cómo no cumpliré yo la voluntad de un Padre como Vos, que muere por darme la vida? Cómo me apartaré de un pastor que me alimenta con su propia sustancia, y que por colocarme en su aprisco ha dejado en los Cielos a los santos ángeles, ovejas dóciles y sumisas a su  voz? No, Dios de mi corazón; constantemente oiré vuestros encantadores acentos, y mi alma toda se entregará a cumplir vuestra adorable voluntad. Hablad, Señor, os diré con vuestro Samuel, que vuestro siervo oye; y con vuestro apóstol San Pablo no cesaré de clamar: Dios mío y redentor piadosísimo, decidme, ¿qué queréis haga? Vuestra grandeza y majestad, vuestros beneficios y vuestras ternuras para conmigo merecen justamente este obsequio reverencial y afectuoso, y una gratitud tan generosa que ocupe todo mi pensamiento, y se lleve tras de sí a toda mi alma. Hacedlo así, Padre misericordiosísimo, y cuantos momentos me resten de vida encaminadlos  a vuestro santísimo querer, para que no solicitando por esta Novena y todas mis acciones sino el cumplido efecto de vuestra voluntad adorable, consiga oír con candoroso respeto vuestras suavísimas palabras, y practicar sin interrupción vuestros saludables consejos, para poder alabaros eternamente en vuestra gloria, donde con el Padre y el Espíritu Santo vivís y reináis por los siglos de los siglos. Amén Jesús.

 

ANTÍFONA

 

Oves meae vocem meam audiunt, et ego cognosco eas, et cognoscunt me meae, et non rapiet eas quisquam de manu mea in aeternum.

Adoramus te Christe, et benedicimus tibi.

Quia per crucem tuam redemsiti mundum. (Mis ovejas oyen mi voz, yo las conozco y ellas me conocen a mí, y nadie me las arrebatará por los siglos.

Te adoramos Cristo y te bendecimos.

Porque por tu cruz redimiste al mundo.)

 

 

ORACIÓN

 

Deus, qui in Filii tui humilitate jacentem mundum erexiti, fidelibus tuis perpetuam concede laetitiam, ut quos perpetuae mortis eripuisti casibus gaudiis facias perfrui sempiternis. Per eumdem Christum Dominum nostrum. Amen. (Oh Dios, que con la humillación de tu Hijo, elevaste al mundo abatido; concede a tus fieles una perpetua alegría, para que hagas gozar de una felicidad sin fin a los que libraste de los peligros de la muerte eterna. Por Nuestro Señor Jesucristo. Amén.)

 

 

DÍA SEGUNDO

Todo se hará como el día primero exceptuando la palabra y la contestación, que serán particulares para cada día.

 

PRIMERA PALABRA DE JESUCRISTO EN LA CRUZ

 

Perdónalos, Padre mío, porque no saben lo que hacen (San Lucas)

 

Mírame ya, alma cristiana, en el tálamo de delicias a que me ha conducido mi amor para contigo. ¡Qué dulcísimas son las penas que ocasiona la verdadera dilección! En el Cielo, el seno de mi Padre es el centro de mis placeres, pero habitando entre los hombres, esta cruz es el trono de mis complacencias, y desde ella, cual tierno pelícano, voy a sufrir la muerte para dar la vida a los hijos de mi corazón. Obsérvame atentamente en la dolorosa situación a que me han reducido tus infidelidades. Mi semblante apacible y hermosísimo sin facciones de hombre, acardenalado con las bofetadas, envilecido con las asquerosas salivas, y denegrido con los raudales de sangre que lo enlutan. Mi sacrosanta cabeza sumamente atormentada con las punzantes espinas. Mis manos y pies fijos con duros y gruesos clavos. Todo mi sagrado cuerpo desnudo con ignominia y descoyuntado sin piedad. Afligido,  desconsolado, insultado y hecho un varón de dolores, me encuentro en esta cruz a que me ha conducido la más grosera ingratitud. Sin embargo, soy manso y humilde de corazón, y por lo tanto no puedo desamparar al hombre, autor de todos los trabajos que me oprimen. En nada reputo mis indecibles penas y tormentos si con ellos llego a conseguir que el hombre se reconcilie con su Dios, y que, arrojando de su alma a Lucifer, reine en ella su Creador omnipotente. Y así, ¡oh alma redimida con mi sangre preciosísima!, mírame que, como olvidado de mis tormentos y aun de mi mismo, se despliegan mis labios a impulsos de mi corazón, y penetrando mis palabras la densa atmósfera de penas que me rodea, llega mi voz hasta el trono de mi Padre, suplicando el perdón de mis enemigos, a quienes excuso por su ignorancia. Oye, pues, alma, mis tiernas y cariñosas palabras. ¡Padre mío, perdona a esos pecadores su horrendo deicidio, pues no saben lo que se hacen! Aquí ves, alma cristiana, cumplido mi precepto de amar a los enemigos, y que deseando su salvación, mi voz, que siempre es oída de mi Padre, ha abogado en su favor.

¡Ah, si mis acentos y mis ejemplos fueran para ti en todo tiempo el norte donde encaminaras el rumbo de tus ansias y de todas tus acciones durante tu navegación por el mar borrascoso de este mundo! Levanta tu vista, alma aprisionada con las cadenas de la ira, del orgullo y de la venganza; mira el ejemplo de tu Dios, y llénate de rubor y confusión. Tú fuiste por quien clamé a mi Padre, supuesto que tus pecados fueron los que me colocaron en este suplicio. ¿Y tienes valor para vivir en tus iras y venganzas? ¿Y no te horrorizas, alma altanera, de ponerte a mi vista llena de tus aversiones, impaciencias y desagradable voluntad con los que te han injuriado, acaso por ignorancia, o creyendo dispensarte favores y beneficios? De poco servirá que ayer me hayas entregado tu corazón, si no me le ofreces lleno de humildad y mansedumbre para con los que te han injuriado. Arroja de él todo espíritu de resentimiento, y a semejanza de la cruz será para el mío dulcísimo  el tálamo de sus más exquisitas delicias, y el origen de toda su felicidad.

Contestación afectuosa del alma a su dulcísimo Jesús.

Amorosísimo Jesús mío, la soberbia que precipitó a mi primer padre me ha arrojado infinitas veces en el abismo de la impaciencia, del furor y de la venganza. Me confundo a vuestra vista, Padre piadosísimo. ¡Vos paciente y sufrido con vuestro enemigos; digo poco: Vos lleno de amor y caridad con los pérfidos que Os han fijado en esa cruz, cuyos tormentos Os privarán muy presto de la vida, al paso que yo, criatura vil y pecadora, me dejo conducir de la ira y del resentimiento con los que solo en mi aprensión me han injuriado! Así lo he verificado hasta el presente, mas no será así en lo que me reste de mi vida. Vuestra palabra, como lo testifica vuestro Profeta, es una saeta de fuego para los corazones; y esta alma redimida con vuestra sangre santísima, y estimulada con vuestros ejemplos, la amará poniéndola en la más completa ejecución. Vos ofrecéis a vuestro Padre el sacrificio de vuestra vida por mis pecados, por cuyo favor es mi intención en esta vuestra santa Novena ofreceros todo mi corazón. Para que este reconocimiento debido a vuestra grandeza y a la infinita caridad con que amáis a los hombres, y en particular a esta pobrecilla alma, sea aceptado de Vos, desde este instante arrojo de mi corazón todo resentimiento que hasta aquí haya tenido a mis prójimos, les perdono de toda voluntad sus injurias, y les amo y amaré como a mí mismo. Descansad, Dios mío, en mi corazón como en vuestro más delicioso tálamo, para que así aprenda del vuestro santísimo y suavísimo a ser humilde y manso en todas las injurias que pueda recibir de mis perseguidores. Estampad en mi alma, pues sois su dueño único y absoluto, vuestra sagrada imagen sacrificada en esa cruz por mi amor. Habladla Vos siempre palabras mientras dura mi peregrinación en este valle de lágrimas, y estimulándola con los auxilios de vuestra poderosa gracia a su cumplimiento, abrazadla en la hora de mi muerte, dándola el ósculo santo de vuestra paz, amistad y amor que la haga feliz con Vos, que vivís y reináis con el Padre y el Espíritu Santo por toda la eternidad en vuestra gloria. Amén Jesús.

Todo lo demás, hasta concluir, como el primer día.

 

DÍA TERCERO

Todo se hará como en los días precedentes hasta la segunda palabra

En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso (San Lucas)

 

¡Qué asombro, alma cristiana, no debe producir en ti el verme crucificado entre dos ladrones, y que uno de ellos asociándose a mis enemigos en su impiedad sacrílega, me insulta en mis tormentos y se burla de mi divinidad! A este estado me ha traído el amor que te tengo. Yo, que formo las delicias de mi Padre, a cuya diestra se halla establecido mi trono, recibiendo en él las alabanzas de los ángeles, me veo por ti en esta cruz reputado por caudillo de salteadores y asesinos, vilipendiado e insultado de los hombres más ingratos que ha producido la naturaleza. Sin embargo, mi corazón amante permanece tranquilo en tan gran borrasca de ingratitud y perfidia, y la sangre que corre de mis llagas ante el trono del Altísimo empieza ya a obtener el efecto de aplacar su indignación, y que las puertas del Cielo franqueen a los hombres su entrada en la visión beatífica. Si, alma cristiana, mi corazón dulcísimo encaminó un rayo de luz a uno de los malvados crucificado por sus delitos, y correspondiendo a mis llamamientos, en un momento se convierte en un apóstol y defensor de mi inocencia, publicando a voces mi divinidad. ¿Ni tú, dice a su compañero en los crímenes, viendo su osada malicia asociada a la de mis enemigos y perseguidores; ni tú temes a Dios, viéndole en el mismo suplicio que va a terminar con tu infame vida? Nosotros, a la verdad, justamente morimos por merecerlo así nuestras perversas obras, mas este hombre Dios, de quien tu blasfemas y a quien tan injustamente insultas, ningún mal ni delito ha cometido. Y volviéndose a Mí, con un corazón contrito y con el espíritu más afectuoso, clama en alta voz: Señor y Dios mío, acordaos de mí cuando lleguéis y Os veáis en vuestro reino. ¡Ah! Mi corazón rebosa de complacencia al oír estas palabras de un alma arrepentida; y sin dejar para más tarde darle su remedio, la digo lleno de afectuosas y paternales ternuras: Te aseguro en verdad, alma afligida y llorosa, que con tanta valentía acabas de vindicar mi honor en presencia de mis enemigos, que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso. Ve aquí, alma cristiana, cumplida mi promesa de reconocer por mío, delante de los ángeles, al que me confesare delante de los hombres. El buen ladrón acredita una fe valiente en presencia de mis enemigos, y en el mismo día recibe el premio debido a sus esfuerzos. ¿Y no te llenas de rubor, alma redimida con mi sangre preciosísima, enriquecida con mis auxilios y estimulada con mis recompensas? ¿Cuál es tu fe? ¡Ah! Una fe tímida y cobarde, a quien un despreciable respeto humano basta para llenarte de cuidados, cubrirte de rubor y dejarme con infidelidad. ¿De qué servirán tus protestas  de haberme entregado tu corazón desnudo de sus venganzas, si en las ocasiones que se ofrecen de vindicar mi honor, te avergüenzas de Mí, pasándote con tu cobardía al campo de mis perseguidores? En el día del juicio se levantará contra ti el buen ladrón y te condenará. Pero no, alma cristiana, Yo derramo mi sangre santísima por ti; esta fineza de mi amor merece sin duda tu correspondencia; soy tu capitán y tu Dios, y tú me serás fiel en la defensa de mi honor y de mi gloria, confiésame con valentía delante de los hombres, y serás conmigo muy pronto y por toda la eternidad en el Paraíso de mi Gloria.

Contestación afectuosa del alma a su dulcísimo Jesús y Redentor adorable

Con razón, Dios mío, deseaba la Esposa enamorada de los sagrados cánticos, que resonasen en sus oídos vuestras dulcísimas palabras, cuyos ecos suavísimos transportaban toda su alma. No es otro el efecto que experimenta mi pobre espíritu, cuando cercado de dolores e insultado por una vil turba de asesinos me prometéis vuestra gloria; sí,  mi corazón, superior a todo humano respeto y a la muerte misma, vindica con valentía vuestra inocencia y suprema majestad contra los hombres ingratos a vuestros inefables beneficios. Vos sois mi Padre amabilísimo, ¿y podrá una hija vuestra, tan favorecida de vuestra piedad, mirar con indiferencia vuestros insultos? Sois mi Redentor piadosísimo, ¿y podré permitir que impunemente se Os maltrate, y de nuevo se Os crucifique? Sois, últimamente, mi esposo, mi Dios y todas mis cosas, ¿y toleraré que Os desprecien, Os nieguen y Os persigan los que Os deben respeto, culto y amor? ¡Ah! Muera yo mil veces en este momento a vuestros pies, si mi alma ha de ser un soldado cobarde en la defensa de vuestra majestad. Os amo con todo mi corazón, y con vuestra gracia Os amaré constantemente hasta morir por Vos y por vuestra honra. Dadme, poderosísimo Dios, la fortaleza necesaria para celar vuestros intereses, despreciando lodo respeto humano contrario a vuestro servicio, a fin de que confesando con esfuerzo vuestro santo nombre en presencia de vuestros calumniadores, merezca ser reconocida por Vos delante de los cortesanos del Cielo, oyendo de vuestros dulcísimos labios aquellas suavísimas y consoladoras palabras: Ven, alma bendita de mi Padre a poseer el reino que te tengo prometido desde el principio del mundo.

Lo demás, hasta concluir, como el día primero.

 

 

DÍA CUARTO

Todo se hará como en los días precedentes hasta la tercera palabra

 

Mujer, ve ahí a tu Hijo, y al discípulo, ve ahí á tu Madre. (San Juan.)

 

¡Cuán ingenioso es mi amor para contigo, alma cristiana! Mi vida mortal durará ya muy poco en este mundo, y mi infinita dilección para contigo discurre nuevos medios para favorecerte. ¡Ah, qué sensible es para el tiernísimo corazón de mi dulcísima Madre el que va a manifestar en este instante mi voz! Como que al parecer van a articular mis palabras la renuncia de mi filiación, para sustituirte a ti en los cariños de tan santísima criatura, la más perfecta de mi omnipotencia y sabiduría, la más distinguida en mis caricias, y la que más que todas las criaturas juntas me agrada, me complace y me ama. Mírala en prueba de ello aquí, al pie de mi cruz, firme al mismo tiempo que su alma muere de dolor. Su corazón se encuentra sumergido en un mar de angustias, ya porque va a perderme, y ya principalmente, por lo mucho que me ama. ¿No es acreedora tan fina amante y tan queridísima y Santísima Madre, a recibir de Mí, su divino Hijo, algún consuelo supuesto que es por Mí por quien padece? Pero ¡oh indecible e imponderable amor mío para contigo, alma cristiana! Me olvido en cierto modo de Mí mismo, y me constituyo atormentador de mi Santísima Madre, para con tan portentosos medios hacerte la hija de su adopción en sus dolores y angustias. Dejo hasta cierto punto de ser su Hijo, no llamándola mi Madre, para que te sustituya en sus afectos. Oye lo que le digo, y el encargo que le hago de tu misma alma en la persona de Juan, mi amado discípulo: Mujer, ve ahí a tu Hijo; y tu Apóstol distinguido en mis ternuras, ve ahí a tu Madre, ¡Qué dolorosa conmutación esta para mi dulcísima Madre! Mas si en otro tiempo tuvo alguna dificultad, fundada en su humildad, para pronunciar aquel dichoso fiat, que la eleva a la encumbrada dignidad de Madre de Dios, ahora que mi voluntad la designa o señala en angustias y dolores por tu Madre de dolores, ahora que te concibe entre penas, y ahora, finalmente, que media una infinita distancia entre el Hijo que se la despide para ir a su Padre y el que entra a subrogarle por adopción, no se detiene ni titubea un instante en admitir a tu alma por su querida hija, amarla con ternura y estrecharla en su pacientísimo y amable corazón. No sé, alma cristiana, que tú puedas pedir más, ni yo tenga que darte una prueba más irrefragable de mis caricias. Mi Madre, María Santísima, lo es ya tuya. La Hija predilecta del Eterno Padre, la Madre purísima del Verbo divino, tu Redentor y Padre, la Esposa del Espíritu Santo más querida, esta es tu Madre. Sí, la Emperatriz de los Cielos y tierra, aquella criatura la más hermosa que salió de las manos del Altísimo, y cuyo corazón no conoce semejante, exceptuando el mío divino, en su caridad, sensibilidad y ternuras, esta mi Madre queridísima y objeto digno de todas mis complacencias,  esta misma es la que te he dado por tu madre, tu amparo, tu protección, tu vida, tu corazón y tu alma… ¡Ah! ¿Conoces, alma cristiana, tu dignidad de hija de María Santísima de los Dolores, supuesto que entre los mayores que sufrió su corazón, te concibe, te produce, te cuida, te defiende y te ama? ¿Correspondes tu a las ternuras de su maternidad soberana? Mi amado discípulo, luego que oye mi palabra, la reconoce por su divina Madre, la asiste con solicitud, la acompaña sin interrupción, y experimenta en retorno las caricias de su compasiva y amabilísima Madre. ¿Qué no debe producir en ti  su rubor ¡oh alma! esta conducta de mi Apóstol? ¿Amas tú a tu Madre María Santísima? ¿Sabes que me concibió en sus entrañas, y el fino amor que desde la eternidad la profeso? ¿Pues cómo la estimas en tan poco, habiéndotela yo dado como la joya más preciosa de mi amor? ¿Qué es lo que ejecutas en su santo servicio? ¿No es para ti una madre tierna, que todos los instantes te busca cuidadosamente, te regala con sus amores, te admite a sus tiernos abrazos y a los más íntimos afectos de su amante corazón? ¿Pues cómo ¡oh alma cristiana! no te desvives tú por tan hermosísima y apacible Madre? Ea, alma piadosa, María Santísima, mi dulce Madre te quiere y recibe por hija; reconócela por madre tuya, y todos los instantes de tu vida empléalos en alabarla, en servirla, complacerla y amarla con toda la intensidad de que es capaz tu corazón.

 

Contestación afectuosa del alma a su dulcísimo Jesús.

 

Piadosísimo Redentor mío, que instruyéndome desde la cátedra de la cruz me enseña vuestra palabra la singular honra que dispensáis a mi pobrecilla alma, dándola por madre suya a la que es vuestra propia y natural, y la afección bondadosa con que la Reina del Cielo la ha adoptado por su hija, tomándola en lugar vuestro y regalándola con sus ternuras. ¡Qué olvido tan culpable ha sido el de mi alma en esta gloria a que la elevó vuestro infinito amor para con ella! ¡Qué malísimamente he correspondido a las caricias de una Madre que me ama tan cordialmente, y que emplea toda su solicitud en guardar, proteger y enriquecer con sus tesoros a la hija que Vos mismo formasteis en su amable corazón entre los mayores dolores y angustias! Ya reconozco mi culpa, Padre amorosísimo, y la lloro con toda la amargura de que es capaz mi corazón contrito por vuestra gracia. María Santísima es mi Madre. ¡Ah! Estas serán las palabras que continuamente pronunciará mi lengua; y a madre tan bella y clementísima acudiré con la mayor confianza en todas mis urgencias y necesidades. Mas, Dios mío, si mi alma ha de ser hija verdadera de María Santísima, preciso es que, Vos le comuniquéis aquel rendimiento y puntualísima obediencia que la prestasteis Vos toda vuestra vida. Necesario es, Padre dulcísimo, que vuestro afectuoso y tiernísimo corazón se traslade a mi pecho, si he de amarla en lugar vuestro, como Vos lo queréis, y cual conviene a una hija que haya de formar las complacencias de tan Santísima Madre. Comunicadme, dueño mío, la infinita caridad de vuestro espíritu, para amar a la Santísima Virgen María y servirla cual se merece tan excelsa y soberana Emperatriz de ángeles y de hombres. Y Vos, piadosísima Señora, recibid a mi alma desde este instante por vuestra más fervorosa hija; en vuestras bellísimas manos se entrega mi corazón; Vos seréis siempre el dulce objeto de mis deseos, de mis palabras y de mis acciones; a Vos como a mi tiernísima madre encaminaré todas mis súplicas; por Vos y para Vos viviré siempre en el mundo, y en vuestros santísimos brazos se recogerá mi alma en la muerte, para que la conduzcáis a las moradas de la gloria donde habita vuestro Unigénito, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por todos los siglos de los siglos. Amén.

 

Lo demás, hasta concluir, se hará como el día primero.

 

 

DÍA QUINTO

Todo se hará como en los días anteriores hasta la cuarta palabra

 

 

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (San Mateo y San Marcos.)

 

¡Qué responsabilidad tan terrible, alma cristiana, la que acarrea el pecado! Yo soy esencialmente la suma santidad e inocencia, mas por haberme comprometido a satisfacer por tus culpas, me encuentro en este momento en la mayor aflicción y angustia. Desde que fui concebido en el purísimo tálamo de mi Santísima Madre la Virgen María, jamás se ha apartado de Mí la memoria de esta cruz en que me ves clavado y lleno de dolores. Mi vida toda ha estado sembrada de penalidades, sobresaltos y persecuciones, y aun en la noche pasada experimentó mi alma una mortal congoja en el huerto de las Olívas, quedando triunfante a costa de mi sangre. Mas como si todo esto fuera nada, soy al presente el blanco donde descarga sus iras un Dios omnipotente que, atento a vindicar a su suprema Majestad ofendida, parece que se desentiende de que el mismo que le desagravia es su Hijo muy amado, y el objeto de todas sus complacencias. Sí, alma redimida con mi preciosa sangre, y con los trabajos y penas de tu Dios; no es solo mi cuerpo el que padece en este infame suplicio, mi alma se mira llena de imponderable angustia, y cual si fuera ella el verdadero delincuente, no encuentra en mi Padre sino un Dios terrible, que la obliga hasta agotar el amargo cáliz de su justa indignación. ¡Cuánto cuesta, oh alma, tu redención! Tu amor me embriaga hasta el extremo de padecer más y más por ti; y por otra parte, la severidad que mi Padre ejerce conmigo, me es sumamente aflictiva, y por lo tanto, sin decaer de ánimo para tolerar los tormentos, dirijo una mirada benigna hacia el Cielo, y desplegando mis labios cárdenos, balbucientes y moribundos, clamo a mi Eterno Padre: Acordaos, Padre dulcísimo, que soy vuestro querido Hijo, engendrado de vuestra substancia antes del lucero de la mañana; vuestra propia honra vilipendiada y mi infinita caridad para con los hombres me han conducido a este estado tan lastimero. Sabéis, Señor, que ni soy ni he podido ser jamás el ofensor, soy solamente el fiador, el abogado y el Redentor de vuestra misma naturaleza, aunque unida a la humana por vuestra voluntad santísima, y puesta en ejecución por el Espíritu Santo. Y siendo esto así, ¿cómo, Dios mío, Dios mío, me habéis desamparado?

Alma cristiana, ¿no te enternecen estas voces de tu Dios? Yo, que soy el apoyo y sostén de todos los atribulados, me veo desamparado de mi Padre, y constituido, por lo tanto, en lo más acerbo y terrible del padecer; ¿y miras tu con ojos enjutos mis angustias?  Mi corazón amante todo lo sufre, todo lo tolera gustoso para labrar con mis esfuerzos tu eterna felicidad; ¿y tú al mismo tiempo me desamparas y abandonas? Que mi Padre así lo ejecute, ya sabes que mi eximia e inmensa caridad para con los hombres le estimulaba a manifestarme esta justa y santísima severidad. Que Yo mismo me someta a tan imponderable aflicción…  Te consta que el deseo de hacer más copioso y superabundante tu rescate, me obliga a suspender en mi alma todos los consuelos que infaliblemente le comunicaría mi divinidad. Mas para desampararme tú ¡oh alma!, ¿qué móvil o principio puede impeler tu corazón? ¡Ah! Tu desordenado amor propio te aleja de seguir mis pasos y acompañarme en mis penas y afrentas. Este abandono tan ingrato me atraviesa el alma, viendo la infame preferencia que das a tus desabridos contentamientos sobre tu Redentor. ¿Y es posible esta conducta tan desatenta para con mi amor? Unos transitorios deleites, ¿merecen más que tu Padre y tu Dios? Alma cristiana, confúndete al ver tu pérfida ingratitud con tu más tierno amante. Yo te busco y te amo, y tú, por no dejar tus regalos y comodidades, me desoyes, te huyes y me abandonas en esta cruz. ¡Cuánta es tu ceguedad y tu rebeldía si no te das por entendida de mis palabras! Préstame, pues, algún consuelo en mi triste situación; no me niegues tu compañía en mis duros trabajos, y acude con prontitud a unirte a mi alma en el desamparo en que la ha constituido mi Padre por tus enormes delitos.

 

Contestación afectuosa del alma a su dulcísimo Jesús

 

Mi dulcísimo Jesús, que ofreciendo a vuestro Eterno Padre el sacrificio de vuestra vida en satisfacción de mis culpas sufristeis la pena de veros desamparado, y que vuestros hermosos labios le encaminasen una amorosa queja, nacida de un corazón rendido a su santísima voluntad, y deseoso de padecer más por mi alma apegada a los gustos y complacencias de la tierra; yo soy  el delincuente, Dios santo y justo en todas vuestras obras, no este vuestro Unigénito, que por su eterna dilección para conmigo sufre en esta cruz vuestro desamparo.  Castigadme a mi, y consolad a este vuestro Santísimo Hijo, igual a Vos, y objeto de vuestro divino e infinito amor. Aceptad, Dios mío, mis palabras, y librando de sus penas a mi Divino y adorable Redentor, ejecutad con mi alma los justos rigores de vuestra severidad. Pero, ¡ay Salvador mío!, ¿qué es lo que digo? ¿Qué valdría mi satisfacción si yo fuese la víctima? Yo concebido en pecado y lleno de pecados, ¡qué  sacrificio tan impuro para desarmar las iras de un Dios ofendido! Vos sois mi verdadero Redentor y Vos, que sois de un valor infinito, el que podéis satisfacer mis infinitas deudas. Estas os han traído a esta cruz, y ellas os han causado el angustiado desamparo que experimentáis de vuestro Eterno Padre, y del que yo me he desentendido hasta aquí por contentar los caprichos de un amor bastardo hacia mi propia felicidad. Yo lo confieso con lágrimas, Padre amorosísimo; y  postrada en vuestra presencia mi alma, os pide perdón de tan grosera ingratitud; no os desamparará ella mientras le dure la vida; y para empezar desde este momento a ejecutarlo, sacrifica a vuestros sagrados pies todos los gustos y complacencias que pudiera disfrutar en este mundo, y se abraza con vuestra cruz, con vuestras penas y sufrimientos. Sus regalos y sus alegrías, en lo sucesivo, las formarán vuestros tormentos, y nunca se mirará más complacida que cuando, a vuestra imitación, se vea desamparada de toda consolación terrena, y Vos, para hacerla una copia vuestra, la probéis con el fuego de vuestros tiernos amores. Recibid, Salvador mío, en vuestro desamparo, estos santos deseos que arden en mi alma; proporcionen ellos, por vuestra misericordia, algún consuelo a vuestro piadosísimo y amante corazón; y haciendo que el mío se una con el vuestro, siempre os agrade  en la vida y os alabe en el Cielo, donde con el Padre y el Espíritu Santo vivís y reináis por los siglos de los siglos. Amén Jesús.

Lo restante, hasta concluir, como el día primero.

 

 

 

DIA SEXTO

Todo se hará como en los días anteriores hasta la quinta palabra

 

Sed tengo. (San Juan.)

 

Yo soy tu Dios, alma cristiana,  y también soy verdadero hombre. En toda mi vida te he dado pruebas de esta católica verdad, y así el Tabor como el Calvario atestiguan constantemente las dos naturalezas que se hallan en uno solo y tu único Redentor. Allí fue una manifestación gloriosa de un Dios santo y omnipotente, y aquí, en el Calvario, la de un hombre afligido, angustiado y mortal. En el Tabor se comunicaron a mi alma y a mi cuerpo efectos y  reverberos de mi Divinidad, de cuya felicidad disfrutarán siempre, a no impedirlo mi voluntad para poder padecer por tu amor; mas en el Calvario casi me dejo ver como un puro hombre, sujeto a todas las flaquezas de la mortalidad. Sí, contémplame, alma, en este estado, y me hallarás acongojado, cargado con todas las miserias que oprimen al hombre puesto en un suplicio atroz. Pero, ¡ay! que aun al malvado condenado a morir por sus crímenes se le dispensan con toda prodigalidad la piedad, la misericordia y los servicios que demanda la humanidad triste y acongojada. No así conmigo. Mis enemigos son insensibles a mis padecimientos. Si me acompañan, es para inventar nuevos tormentos, para repartir entre sí mis vestiduras y hacer mofa de mi sufrimiento. Ninguno hay entre ellos que se compadezca de Mí, y si he de refrigerar la sed mortal que me abrasa y consume, forzoso es que se la manifieste. Despliego, pues mis labios, que en todos los tiempos han comunicado a los hombres palabras de vida y sabiduría, y con tono amigable y tierno les digo: Sed tengo. ¡Qué horror, alma cristiana, debe causarte la conducta que observan mis perseguidores cuando escuchan mi lánguida y moribunda voz! ¡Ah! Ellos ponen en una caña una esponja empapada en vinagre, y entre injurias y denuestos la aplican a mi boca para que ninguna parte de mi cuerpo quedase sin especial tormento. ¿Oíste jamás una fiereza tan atroz de corazones humanos? Mas si tan mala acogida tuvo mi palabra en mis enemigos, ¿te darás tú, oh alma por quien padezco y por quien muero; te darás tú por entendida de la verdadera sed que padezco y que me devora por tu salvación? Llevado de esta misma sed pedí de beber en otro tiempo a un alma pecadora, que atraída por mis dulces palabras reconoció sus delitos, me confesó por su Dios, y se convirtió en un apóstol para anunciar mi nombre a los habitantes de Samaria. Mas ¡ay! que la sed que te demuestro entre el cansancio de mis tormentos, y entre las fatigas de mis penas en esta cruz, ni aun consigue que tengas sed de justicia y santificación, que deseo introducir en ese tu corazón. Pero, ¡alma cristiana! ¿Permanecerás insensible a las ternuras de mi corazón? Veme aquí que he venido en tu busca, y que angustiado con la fragosidad del terreno por donde he llegado a este sitio, me veo obligado a no estar sentado en la pradera que ofrece la inmediación de un gran pozo, que provee de aguas a una vasta población, sino extendido, pendiente y clavado en una cruz, desde la cual te digo: Sed tengo, ¿me das de beber? ¿Serás en esta ocasión semejante a mis enemigos, que en vez de refrigerar mis fauces llenarás de acíbar mi corazón? Alma cristiana, sed tengo: pero el agua que yo quiero recibir de ti es que me reconozcas por tu Dios, por tu adorable Redentor, que vengo en tu busca para santificarte, para comunicarte mis dones, y para hacerte un apóstol que anuncie mi nombre, que defienda mi honra y publique mis eternas misericordias. Ármate, pues, como valiente soldado de mi espiritual milicia, y en cuantas ocasiones te se ofrecieren, procura celar mi honor aunque te cueste la vida, que no será perderla, sino adquirirla dichosa y sempiterna.

 

Contestación afectuosa del alma a su enamorado Jesús.

 

Clementísimo Jesús mío: con justa razón ansiaba la sagrada Esposa vibrasen en sus oídos vuestras dulcísimas palabras, pues que ellas comunican el fervoroso amor y la vida. Dichosa mi alma, oh Padre amorosísimo, si instruida por lo que acaba de oír de vuestros tiernísimos labios, llega a convencerse de que la sed que os aflige y martiriza es la de mi salvación. Sí, Dios mío, así lo reconozco y confieso, al mismo tiempo que me confundo al ver cuán descuidada ha vivido mi alma en daros el consuelo que la demandáis, contribuyendo con santas obras y celando con denuedo vuestro honor y vuestra gloria contra vuestros encarnizados enemigos. El ejemplo de fervor que practicó la Samaritana me llena de rubor, siendo así que vuestra solicitud para ir en su busca se aumenta incomparablemente cuando tratáis de mi eterna felicidad. Yo os adoro, dulce Jesús de mi vida, por las inefables misericordias que en todo tiempo practicáis con esta alma ingrata. Hacedla participante de vuestra sed para pagaros con amor la gran deuda de vuestro amor con quien tan poco sabe agradecer vuestras finezas. Revestid, Dios mío, a mi corazón de invencible fortaleza en los caminos de la más acrisolada justicia. Desatad mi lengua para que pueda publicar vuestras grandes maravillas, y defender vuestra honra contra vuestros calumniadores. Encended en mi corazón las llamas abrasadoras de vuestra dilección, para que sintiendo vuestras penas y tormentos, participando de vuestra insaciable sed de mi propia santificación, y anunciando al mundo vuestras grandezas y misericordias, pueda mi alma algún día alabarlas y engrandecerlas por toda una eternidad de eternidades en la gloria, que con el Padre y el Espíritu Santo disfrutáis por los siglos de los siglos. Amén.

 

DÍA SÉPTIMO

 

Todo se hará como los días anteriores hasta la sexta palabra.

Todo está ya consumado. (San Juan)

 

Alma cristiana, apenas el hombre introdujo el pecado en el mundo, cuando a pocos instantes anunció su remedio el Altísimo a los hombres. Mis profetas anunciaron con mucha anticipación las circunstancias sublimes de mi santísima vida con los tormentos y angustias de mi sagrada pasión, y si en estos momentos registras dos libros santos, mas bien que un anuncio o profeta hallarás la verdadera historia de todas mis acciones, y la perfectísima ejecución de cuanto me ordenó mi Padre que practicase desde el pesebre hasta la cruz. Su nombre sacrosanto lo he dado a conocer a los mortales; no he perdonado algún trabajo ni fatiga para evangelizar su reino; las injurias que ocasionó al Omnipotente el pecado del hombre, quedan ya  plenísimamente satisfechas, sin que todas las culpas que puedan cometer los humanos hasta la consumación de los siglos sean capaces de sobrepujar al infinito mérito de la víctima que hoy ofrezco de Mí mismo a mi Eterno Padre. El príncipe infame de las tinieblas ya lo he arrojado de su tirano dominio, y sujetado con cadenas a la puerta de los abismos, no pudiendo introducir en sus infernales cavernas sino a los que se obstinan en su imperio de maldad. Ya, finalmente, todas las sombras y figuras que me simbolizaron en la ley de Moisés, recibieron su pleno conocimiento, y para acreditar su caducidad y que cede el lugar a la que Yo mismo he fundado entre los hombres, el velo del templo se ha rasgado de alto a bajo. Todas estas verdades son las que te manifiesto cuando, lleno de intensos dolores y amargas penas, abro mis divinos labios para decirte: Todo está consumado; como si te dijera: mi Eterno Padre está ya cumplidamente satisfecho y pagado, y tu redención verificada y realizada. La ley dura de Moisés no te agobiará con sus enormes preceptos, y sola la de mi amor e infinita caridad será la que arreglará tus acciones. Pero, alma cristiana, ¿ponderas tu dignamente estos beneficios que te dispensa mi infinita misericordia? Ya es verificada tu redención, y sin embargo, ¿tú te empeñas en vivir siempre esclavizada del pecado y de Lucifer? Yo te he reconciliado con mi Padre y tu Dios por los merecimientos de mis angustias, y con el sacrificio de mi sangre y de mi vida, ¿y tú cada vez más obstinada y rebelde contra tu Creador y Señor? Yo aliviándote de la carga de los preceptos promulgados por la ley de Moisés, y ¿tú poniéndote cada día nuevo peso de obligaciones mundanas y de capricho? Dándote yo unos mandamientos suaves y comprometiéndome al mismo tiempo a ayudarte a su cumplimiento y, ¿tú sin embargo los desprecias, los quebrantas y le separas de Mí, tu Dios, tu Redentor y tu Padre? Yo he cumplido hasta los últimos ápices la voluntad de mi Padre, que me envió a ser tu médico, tu maestro y tu reparador, ¿y tú no quieres cumplir la mía y mis instrucciones? Pues teme ¡oh alma! aquel terrible momento en que, como severo juez, vendré a residenciar tus infidelidades. Entonces oirás la misma palabra de mis labios: todo está concluido y acabado. Se te acabó el tiempo de ejecutar tu voluntad contraria a la mía, y ahora recibirás el castigo o recompensa, según hayan sido tus obras. ¿Te ha dominado la vanidad, la soberbia y la hipocresía? Pues yo revelaré ahora, a presencia de todo el universo tu atroz perfidia. ¿Han sido las vergonzosas pasiones de la gula, de la maledicencia, de la injusticia y la lascivia las que han empañado el candor de tu alma? Pues un fuego inextinguible castigará eternamente tu perversidad. ¿No me amaste, y despreciaste los beneficios que ejecuté por tu redención? Pues para siempre serás separada de Mí. Todo quedará concluido en aquel instante. Yo me quedaré en mi gloria con los escogidos, y tú irás a ser compañera por toda la eternidad de Lucifer y de todos los condenados. Alma cristiana, reflexiona atentamente estas verdades, y si no quieres experimentar tan lamentables desdichas, abrázate con esta cruz en que acabo de consumar tu redención. Mira mi inmenso amor para contigo hasta dónde me ha conducido; ve como mi sangre preciosísima corre en ríos caudalosos para lavarte de todas tus iniquidades; y si ella es tan poderosa para aplacar las iras de mi Eterno Padre, ¿no lo será también para suavizar la dureza de tu corazón? Ea, date prisa, pues ya el amor va a poner fin a mi vida. No puedo ya resistir al incendio de caridad que me devora por tu eterna felicidad. Todo lo que mi Padre exigía por satisfacción de sus ofensas, y cuanto me mandaba la infinita caridad con que te amo, está ya verificado, concluido y consumado. Ni se me pudo pedir más, ni Yo he tenido otra cosa que poder ofrecer por ti.

 

Contestación afectuosa del alma a su  dulcísimo Jesús.

 

Misericordiosísimo Jesús, que luchando ya con las agonías de la muerte os dignáis pronunciar las dulces palabras de mi mayor consuelo, de hallarse mi alma reconciliada con vuestro Eterno Padre por la eficacia de vuestros infinitos méritos, contraídos con todas vuestras acciones, y en especial por vuestra sacrosanta Pasión, por vuestra sangre preciosísima derramada con tan inaudita prodigalidad, y por el sacrificio de Vos mismo, ofrecido en esa santa cruz. Benditas sean vuestras entrañas de clemencia para con una criatura tan ingrata como lo soy yo en vuestra presencia adorable. ¡Ay Dios y Padre mío, qué confusión la  mía cuando Os veo que lleno de infinito amor para conmigo, protestáis en alta voz que la voluntad del Altísimo, con respecto a mi eterna salud, se halla cumplida con la mayor exactitud; al mismo tiempo que mi alma puede decir con toda verdad que aún no ha empezado a ejecutar la vuestra! Tantos días, tantos meses y tantos años empleados en bagatelas, en infidelidades y en desacatos contra Vos, sin poder contar un solo momento en que con seguridad pueda decir que lo ha empleado en serviros, en complaceros y en amaros. ¿Qué será de mí, Padre piadosísimo, cuando en el instante de muerte os presentéis corno un recto juez a residenciar mi inicuo proceder? ¡Ah, ¡qué terribles podrán ser entonces para mi alma las palabras que ahora acaba de escucharos con tanta consolación y alegría! Pero no sea así, Dios de bondad y clemencia, y para evitar tan triste desventura, desde esta hora pronuncio, con toda la sinceridad de que es capaz mi pobre corazón, vuestras mismas regaladas palabras: todo está ya concluido. Sí, mundo engañador, que innumerables veces me has extraviado con tus encantos, rotos quedan ya nuestros pactos, ni jamás volveré a engolfarme en tus delicias. Te detesto, soberbio Lucifer, cuyas inicuas maquinaciones y consejos continuamente me condujeron a ofender a Dios, mas jamás ya volveré a escuchar tus falaces promesas y para siempre queda ya abjurado por mi alma tu tiránico dominio. Pecado, huye de mí por toda la eternidad que vivirá mi alma, te haré cruda  guerra a ejemplo de mi divino Redentor.  Dios mío, compadeceos de mi miseria, pronunciad  una sola palabra, y mi alma quedará sana de todas sus dolencias, y fortalecida con vuestro poder articulará un adiós eterno a toda clase de vicios y malas costumbres. Mi corazón ansía por Vos, y por cumplir vuestra voluntad santísima, así como Vos ejecutáis perfectamente la de vuestro  Padre.  Tengan ya fin en mí los pecados; concluya mi alma de ofenderos, para que de este modo, cumpliendo vuestro querer en todos los momentos de mi vida, oiga en mi muerte vuestras dulces y consoladoras palabras: Ya se acabó para ti el mundo, ven a gozar para siempre las felicidades de mi gloria, donde vivís y reináis con el Padre y el Espíritu Santo. Amén. Jesús.

Lo restante, hasta concluir, como el día primero.

 

 

DÍA OCTAVO

 

Todo se hará como en los días que preceden, hasta la séptima palabra

 

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. (San Lucas)

 

Mis padecimientos, alma cristiana, mis íntimos dolores, la muchísima sangre que han vertido mis llagas, y sobre todo, mi amor para contigo, me aproximan ya al desfallecimiento y a la muerte. Toda la naturaleza se estremece cuando ve a su Creador rodeado de los síntomas que presagian su muerte cercana e inevitable. El sol pierde sus luces, 1a tierra se cubre de tinieblas, y toda criatura se mira llena de tristeza, de temblor y espanto; mi alma sola es la que conserva toda la tranquilidad de su santificación y justicia; aunque pocos momentos antes se miró desamparada de mi Eterno Padre, en este instante de mi fallecimiento se me presenta lleno de sus acostumbradas caricias y ternuras. ¡Oh Padre mío dilectísimo y Dios Omnipotente! Tú siempre me amaste, y yo eternamente soy el objeto digno de vuestras inefables complacencias. Treinta y tres años hace que vine a este mundo, sin dejar por esto de habitar en vuestro seno, y en todos los momentos no he hecho otra cosa que ejecutar vuestra voluntad adorable. Concluí la obra de la redención humana, Os he dado a conocer a los mortales, y vuestro reinado lo dejo establecido en los corazones hasta el fin de los siglos. Yo Os he clarificado  volviéndoos la honra de que Os había despojado el pecado y el infierno, clarifícame pues ahora Tú, Padre mío, en tu presencia y estimación, cuales he disfrutado antes de que existiera el mundo y todas las criaturas. Dios, igual a Vos, y uno mismo con Vos, me enviasteis a la tierra, y Dios Hombre me vuelvo al Cielo. Mi corazón va lleno de santos afectos para con los que me disteis y entregasteis. Esta mi Madre Santísima y purísima, aunque la dejo ya encargada a mi amado discípulo, que la mirará como se merece tan excelsa y divina Madre, sin embargo, ella ocupa todo el espacio de mis deseos, de mi amor y de mis ternuras. Mis apóstoles, estas almas que rodean mi cruz, todos los justos, los pobrecillos pecadores por quien es tanto sufro y tolero, todos me llenan de compasión y clemencia, y todos juntos se encuentran dentro de mi corazón, sin que pueda alejarme de ellos, a quienes por el contrario abraza mi alma con toda la amabilidad de que es capaz. Ya, pues, Padre mío, desfallezco de amor. La caridad infinita y eterna que nos une me impele hacia Vos, conduciendo en mi compañía todos los corazones. Ea, pues, Padre dulcísimo y santísimo, recibidme cuando me encamino a Vos cubierto de los ricos despojos de mis insignes victorias. Padre mío, en tus manos santísimas encomiendo mi espíritu. Alma cristiana, muero por tu amor, adiós… ¡Ay! Entre las densas tinieblas, que en este instante cubren toda la tierra y que hacen profundamente silencioso el Calvario, oye, alma cristiana, los arrullos tristes y desconsolados de esa mística tortolilla, cuyos ecos hacen romper las piedras, no pudiendo sufrir el eco que despide el más esforzado corazón. Hijo mío dilectísimo, exclama María Santísima, ¿habéis muerto ya? ¿Y quedo yo todavía con vida? Jesús dulcísimo, Unigénito del Padre y mío, ¿no existís ya sobre la tierra? ¡Ah! ¡Corro a abrazarme con vuestros sagrados pies para registrar si aún conservan algún movimiento. Dios mío, dulcísimo hijo Jesús, soy vuestra tierna Madre, ¿me conocéis? ¿Vivís todavía? ¡Dios inmortal…  Murió mi Jesús, y yo desfallezco de pena y dolor. Alma cristiana, mira a  tu Dios, a tu Redentor y a tu Padre.  Él ha expirado entregando su alma y la tuya en las manos del Altísimo. Une tu corazón con el mío para que lloren juntos la muerte de mi Jesús; acompañémosle en espíritu ante el trono del Omnipotente, y muriendo a este mundo y sus concupiscencias, aspira a conseguir la muerte de los justos. Yo me hallo constituida por mi Unigénito Santísimo tu Madre y tu Maestra, y tu eres mi hija y discípula. Oye los gemidos de tu afligidísima Madre, y practica constantemente mis instrucciones de vida y salud.  Mi Hijo Jesús ha muerto por tu amor y tu alma la ha resignado juntamente con la suya en las manos de su Eterno Padre. En tan seguro depósito se halla colocado tu tesoro, trabaja por conducir a él frutos copiosísimos de santa negociación; niégate a los placeres de la tierra y aspira sin cesar por la morada que guarda tus riquezas. Compadécete de mis penas y angustias, siente con íntimo dolor el haber sido la causa de la muerte de tu Dios y procura vivir de tal modo, que en la hora de tu muerte puedas confiadamente entregar tu alma en las manos de mi Unigénito y dulcísimo Jesús, y que este tu piadosísimo Redentor te reciba y reconozca por suya.

 

Contestación afectuosa del alma de su dulcísimo Jesús.

 

Inocentísimo Jesús, que expirando entre crueles penas y dolores entregasteis vuestro espíritu y el de todos los escogidos en manos de vuestro Eterno Padre, oh Dios y dueño de mi alma, ¿cómo puedo yo vivir viéndoos muerto por mi amor? Hasta el último momento habéis acreditado vuestra constancia, y confirmado con vuestra conducta la divinidad de vuestra doctrina, muriendo como Pastor amabilísimo para dar vida a esta oveja descarriada de vuestro redil. Yo me confundo viendo gemir a toda la naturaleza en vuestra muerte, al paso que mi corazón permanece duro e inflexible a las finezas de vuestra inmensa caridad. Virgen purísima y Madre dolorosísima, prestad a mi espíritu los sentimientos santísimos que abundan en el vuestro. Sienta mi corazón las imponderables angustias que abisman al vuestro santísimo y suavísimo. Yo he sido la causa de la muerte de vuestro Unigénito, y de todos vuestros pesares, justo es que sufra la pena debida a mi perfidia y que experimente la amargura de impiedad. Mi alma se postra ya ante su Redentor difunto, y estimulada con vuestros ejemplos, llora con amargura de corazón todos sus pecados. ¡Ay Madre dulcísima! no me desamparéis, mirad a mi alma, huérfana de su mejor Padre, que os ha subrogado en su lugar pocos momentos antes de su fallecimiento. Por Vos, afligidísima Reina, le entrego mi espíritu, y Vos, como mi Maestra divina, enseñadme a hacer en todo su adorable voluntad. Detesto con horror todas mis culpas, y uniendo enteramente mi corazón con el vuestro, deseo sentir y llorar la muerte de vuestro benditísimo Jesús en vuestra compañía, mientras me dure la vida, para merecer por vuestra mediación en la muerte que me reciba y estreche en sus brazos, reconociéndome por oveja suya, sellada con su sangre y atraída por sus ternuras. Conducidme, pues, piadosísima Madre, a tan gran felicidad y ventura, a fin de que entrando a la vista de mi Dios a engrandecer sus misericordias, tenga también poderosísimos motivos de alabar eternamente al Señor por vuestras piedades, y en unión íntima con Vos adorar a vuestro Unigénito, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina en el Cielo por los siglos de los siglos. Amén Jesús.

Lo demás, hasta concluir, como el día primero.

 

 

DÍA NONO

 

Todo se hará como el día primero, hasta la

ALOCUCIÓN DEL CORAZÓN DE JESÚS MUERTO EN LA CRUZ

 

¡Qué fiereza tan atroz la de mis enemigos, alma cristiana! Ni el sentimiento que manifiestan todas las criaturas, ni las opacas tinieblas que cubren toda la tierra, ni la presencia augusta de mi Santísima Madre llena de dolor y de amarguras, ni el verme yerto cadáver… nada, pues, los contiene en su obstinada malicia de maltratarme. Un impío soldado enristra la lanza y arrimándose a esta cruz me traspasa este mi divino costado, y en premio de su perfidia el agua y sangre que sale de mi costado le da vista. Míralo, alma cristiana: esta herida tan profunda que registras en mi pecho, es la puerta por donde quiero te introduzcas hasta mi paciente, amable y tiernísimo corazón. El se halla muerto, es verdad; pero también lo es que él se encuentra unido a mi divinidad, siempre viva, inmortal y eterna. Ea, pues, no te detengas, eleva tu espíritu a tu Redentor; penetra hasta la recámara de mi compasivo y omnipotente corazón, grabando en el tuyo las sentidas palabras que quiero comunicarte. Sí, alma cristiana, Yo soy caridad infinita, bien sumo, y por lo tanto comunicado y comunicable; esto en la eternidad, y aquello en el principio del tiempo; lo primero con una acción siempre eterna y siempre en Mí mismo; y lo segundo saliendo de Mí y produciendo todos los seres. Entre estos robaste todas mis atenciones desde la eternidad, y te amé; mas mi amor para contigo podía serte menos inteligible, por lo mismo que era infinito e inmenso. Para certificarte, pues, de mis inefables ternuras, me hice hombre, y desde aquel momento tuve este corazón que, embriagado de tu dilección, todo lo ha arrostrado por quererte, por amarte y por ganarte para mi gloria. Obsérvalo todo llagado de las flechas del más fino amor: su compasión, su clemencia, su bondad y su dulzura, las produce la caridad sin límites que lo devora, que lo abrasa y lo derrite por tu felicidad. Nunca hubo ni jamás se hallará un corazón que amase tanto, y todo este amor es a ti misma, como la joya que más desea, por quien incesantemente suspira, y a quien ha buscado en la borrasca de la más deshecha persecución y tormentos. Míralo con atenta consideración, tómalo en tus parricidas manos, obsérvalo muerto con el puñal de tus infidelidades, y hallarás que toda la ingratitud tuya para conmigo en nada ha podido menoscabar las tiernas sensibilidades de mi amor. Admírate, llénate de asombro viendo a este corazón de todo un Dios cómo se deja caer en tus manos como en su centro, cómo se deja estrechar de tus brazos cual de su más íntimo amigo, diciéndote: hija mía,  dame tu corazón. El mío no ha podido morir en cuanto unido inseparablemente a la divinidad, y si está muerto en cuanto lo es de un verdadero hombre, es para granjearse tu voluntad, para atraerse tus cariños, para ser el único dueño de tu corazón. Yo no he podido hacer más por ti, ni mi corazón ha podido darte más pruebas de amistad, de benevolencia y amor. Te amé siempre, me hice hombre por ti, me quedo sacramentado para ti hasta la consumación de los siglos, he vertido toda mi sangre entre dolorosos tormentos, y he muerto por ti siendo Dios inmortal. Vuelve, alma cristiana, a mirar y remirar a mi corazón; aplica tus oídos a esa voz que forma la palpitación que le ha dejado la muerte al arrancarle la vida, y oirás que ella es la palabra de un Dios amante que aboga por ti a su Eterno Padre, para que te perdone tus pecados, para que te convierta a su servicio, y para que te infunda santos afectos para que me franquees las puertas de tu corazón. Ea, hija mía, no seas tarda y pesada de corazón. Yo quiero habitar en ti como en mi templo. Yo te he rescatado con mi sangre, te he ganado con mis tormentos y te he amado con intensión y con constancia. No me niegue tu albedrío la entrada en tu corazón, y no retrase tu voluntad la unión de dos amantes corazones. Unámoslos, pues, sea uno solo nuestro corazón, y viva no ya el tuyo carnal, miserable y terreno, sino el mío, que es todo caridad, bondad, virtud y santidad. ¡Ah! ¡Qué dichosas y por bien empleadas doy, mis palabras si ellas consiguen ganar a tu corazón! ¡Qué dulce me será la memoria de mis sufridos trabajos si ellos han conseguido ganar a tu alma, perdida por el pecado y esclava de Lucifer por su soberbia! Los ángeles celebrarán nuestro triunfo, y nuestros corazones, llenos de santas complacencias, se gozarán eternamente, el tuyo vencido de mis palabras y de mi amor, y mi dulcísimo corazón de haber conseguido el triunfo de sus desvelos, de sus penas y de su caridad infinita para hacerte feliz por toda la eternidad.

Contestación afectuosa del alma al Sagrado Corazón de Jesús.

 

Dios mío, Jesús mío, triunfó dichosamente en este feliz instante vuestro corazón. Vos anunciasteis que siendo elevado en la cruz llevaríais tras de Vos todas las cosas. Mi corazón, convidado y atraído por el vuestro dulcísimo y santísimo, corrió ya a formar con él una unión más íntima que la de David y Jonatán, sin que algún contratiempo ni las criaturas todas puedan contrariarla ni entibiarla. ¡Benditas sean las finezas de vuestra infinita dilección para con esta alma miserable y pecadora! Solo vuestro amor inmenso es el que ha podido triunfar de su obstinación. Venciste, Padre amabilísimo, y mi alma se reputa por muy  gloriosa al verse aprisionada con las suavísimas cadenas de vuestros inefables y divinos afectos. ¡Oh Jesús mío! ¡Oh corazón amante! Permitid que este corazón, que siempre os ha sido ingrato y desconocido, se inmole víctima de suavidad en las aras de vuestro amor. Arda él perennemente en las llamas que consumen y liquidan a ese pecho sagrado de mi Dios. Purifíquese mi espíritu con vuestro contacto de toda la materia de iniquidad que contrajo con las culpas. Mueran en mi pecho los incendios de las pasiones, y sea todo en mí oro purísimo de caridad santísima para con un Dios que me eleva a su unión y dichosa participación. Os protesto, Padre dulcísimo, que no quiero vivir, ni morir, ni pensar, ni decir, ni hacer, sino unido con el vuestro este pobrecillo corazón. Vos así lo queréis también, y para conseguirlo habéis venido a esta cruz, en ella suspira y expira ese corazón, centro de las delicias de vuestro Padre, e imán que lleva y absorbe en sí a mi alma con todos sus afectos. Ea, pues, Dios mío, vivan eternamente unidos por vuestra infinita misericordia nuestros corazones. Hable el vuestro al mío palabras de vida sin intermisión, y sea el mío un fiel ejecutor de los amorosos designios de vuestra adorable voluntad. Y Vos, Virgen Santísima, que asistís traspasada de dolor a vuestro Unigénito ya difunto; Vos, que presenciáis las finezas de su dilección para con esta alma delincuente; Vos, que veis finalmente la unión que hace de mi pobrecillo corazón con el suyo dulcísimo y santísimo, afianzadle para mi dicha con vuestra soberana protección. Estrechad nuestros corazones con esas blanquísimas manos bienhechoras; unidlos fuertísimamente con la odorífera goma de vuestras amabilísimas lágrimas, y haced que vuestra voluntad santísima para favorecerme en esta dicha sea tan eficaz, como lo fue para que el Hijo del Eterno Padre comunicase su divinidad a la humanidad santísima que vistió en vuestras virginales y purísimas entrañas. Sed Vos. Madre amabilísima, el conducto precioso por donde el dulcísimo corazón de vuestro Unigénito Jesús comunique al mío sus incendios y santos afectos, para que mereciendo por Vos una íntima y perseverante unión y correspondencia de toda mi alma con el espíritu de mi adorable Redentor, merezca habitar mi corazón en el de mi Salvador mientras dure esta penosa peregrinación de la vida, y alabar su infinita caridad y vuestras maternales caricias en la gloria, en la que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Lo demás, hasta concluir, se hará como el día primero.

 

PROTESTA HUMILDE DEL ALMA QUE ESCRIBE LA NOVENA

 

Señor:

 

Nunca la pluma puede ser intérprete fiel de los afectos del alma. Esta verdad es la que me coloca a vuestras sagradas plantas, para solicitar de Vos el perdón de haber emborronado con mi pluma la claridad y eficacia que descubre mi alma en vuestras palabras de vida, título y advocación con que os honráis en esta vuestra sagrada imagen. No miréis, Padre dulcísimo, a la insipiencia con que he intentado entrar en los sublimes arcanos de vuestra sabiduría, y cuyos acentos todos someto gustosa y desimpresionadamente al juicio de vuestra Santa Iglesia, sujetándome ciegamente a su decisión, y a la que deseo con las más vivas ansias vivir unida todos los momentos de mi existencia. Atended, amabilísimo Jesús de la Palabra a que todas las que he estampado en este sitio no han tenido otro norte en mi intención que contribuir, en cuanto me es dado, al aumento de vuestro culto, y a resarcir en alguna parte la infinita deuda a que yo os soy deudora. ¿Cuántas de vuestras esposas, más abrasadas que yo en vuestro amor, hubieran expresado mejor las espirituales inteligencias de vuestras palabras divinas? Esto es lo que me llena de consuelos en medio del temblor con que presento este tributo ante el trono de vuestra cruz a nombre de todas ellas, persuadida de que sus merecimientos en vuestro acatamiento me atraerán la indulgencia que desmerece mi osadía. Echad, pues, dulce Salvador mío, una mirada compasiva sobre esta grey escogida que redimisteis con vuestra preciosísima sangre. Compadeceos de ella por quien moristeis en este santo árbol de la vida, y acogiendo en vuestro sagrado costado esta Novena consagrada a vuestro culto, retribuid a vuestra Esclava vuestras especiales caricias, y los afectos tiernos de vuestro clementísimo corazón, para que acierte siempre a cumplir vuestra santísima voluntad.

A vuestras divinas plantas humildemente postrada suplica vuestra indulgencia y protección

 

Vuestra más indigna Esclava y sierva.

 

Novena a la Virgen del Olvido

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NOVENA EN OBSEQUIO DE LA PRODIGIOSA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA DEL OLVIDO QUE SE VENERA EN LO INTERIOR DE LA CLAUSURA DEL CONVENTO DE RELIGIOSAS DEL CABALLERO DE GRACIA DE ESTA CORTE

Madrid. Oficina de D. Julián Viana Razola. 1834. 52 páginas.

 

ACTO DE CONTRICIÓN.

Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, por ser Vos quien sois, infinitamente bueno y amable, que derramasteis por mí vuestra inocente sangre con una ternura y caridad sin límites, me pesa, Redentor mío, de haberos ofendido, y me duelo de este mal sobre todo cuanto puedo sentir los otros males y desgracias que puedan sobrevenirme. Propongo con toda la verdad y sinceridad de mi alma la enmienda de mi vida, para lo cual confío que me ayudaréis con vuestra divina gracia, y que, haciendo yo de mi parte lo que puedo y lo que debo, me daréis la vida eterna. Amén.

 

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

 

Dios de mi corazón, bien sumo y, único mío, hoy vengo a confesar con ternura de mi alma la inefable magnificencia con que habéis engrandecido a la Santísima Virgen María, a quien hicisteis verdadera madre del dulce Jesús, vuestro Hijo, y por consiguiente madre mía; y aunque el título con que la venero en esta santa imagen, y la ofrezco esta novena, es el del Olvido, renombre que a primera vista parece triste y estéril, tengo  la dulce confianza de que Vos lo convertiréis en un manantial de luz, de devoción y salud para mi alma, porque vuestra divina gracia alumbrará mis tinieblas, y con ella veré mil y mil grandezas de la Santísima Virgen, y otras tantas  lecciones de salvación para mí que encierra ese mismo título. Vos mismo, Dios mío, que sois infinitamente incapaz de olvido, no os desdeñáis de que yo, pobrecillo, usando en mi oración el estilo de vuestras divinas Escrituras, enternezca vuestro corazón, pidiéndoos unas veces que olvidéis mis ignorancias y los delitos de mi juventud, y otras que no olvidéis por más tiempo mi tribulación, y pues Vos mismo me enseñáis que el título de Olvido tiene también aun respecto de Vos un sentido santo y feliz, permitidme deciros con emoción de mi alma que la primera de vuestras gracias para con la bendita entre todas las mujeres fue el más dichoso de vuestros olvidos. ¡Oh, y qué criatura tan privilegiada, tan bella, tan llena de delicias la hicisteis, disponiendo que fuese concebida sin la mancha del pecado original, y por consiguiente toda limpia y rica de gracias desde su instante primero! Vos, Dios mío, olvidasteis para esto el estorbo y demérito de la naturaleza humana, viciada en su primer origen por el pecado de Adán, nuestro primer padre; y aunque nuestro linaje no merecía ninguna excepción de la desgracia común, en 1a ternura de vuestro corazón divino para con María cupo un olvido, una excepción venturosa, que la engrandece incomparablemente, y hace vuestras delicias. Vos teníais un derecho de dejar a toda la descendencia de Adán envuelta en las consecuencias de su caída, pues que no eran sino puras gracias los bienes sobrenaturales que Adán y nosotros con él perdimos por su pecado; pero Vos olvidasteis también esos mismos derechos en gracia de María, esta hija vuestra predilecta, a quien se la honraría algún día en vuestra Iglesia con los renombres de azucena entre las espinas, de perfecta vuestra. No olvidasteis, oh Dios mío, por Abraham, ni por Isaac, ni por Jacob, ni por el santo precursor de vuestro Hijo, lo que olvidasteis por mi madre la Santísima Virgen María, pues ellos, aunque destinados a tanta santidad, fueron concebidos en pecado. Quisiera, Dios mío, ser un serafín para cantaros, Santo, Santo, Santo, por este olvido feliz, que tuvo cabida en Vos a favor de la Benditísima Virgen María. Dirigirme ahora con las luces de vuestra divina gracia para descubrir felizmente e imitar con utilidad de mi alma los virtuosísimos y santísimos olvidos con que María Santísima, mi madre, correspondió en su vida mortal a dicha gracia y misericordia vuestra. Amén.

 

LECCIÓN PARA EL DÍA PRIMERO

Consideremos en primer lugar, como fundamento de toda esta santa novena, que el título de Olvido, con que en ella invocamos a la dulcísima Virgen María, nuestra madre, aunque a primera vista parece impropio y sombrío, se le aplica no sin bella propiedad, aun en el sentido de mayor magnificencia y gloria para la Señora, como se ve en la oración primera de todos los días. Hay además otra inteligencia de ese mismo título, que puede servirnos de manantial de reflexiones santas, utilísimas para nuestro aprovechamiento y salvación eterna. Todas estas reflexiones, que iremos repartiendo para cada día de la novena, están recopiladas en esta expresión, en este solo pensamiento: ¿Nuestro negocio único no consiste en que seamos santos? ¿No es esto lo que el corazón de Dios quiere de nosotros? ¿Y cuántas cosas no debemos santamente olvidar para trabajar de veras en ser santos?  He aquí un sentido del título de Olvido, el más saludable para nosotros, en cuya aplicación práctica tendremos por guía, por hermoso modelo, por maestra amabilísima a María Santísima, nuestra madre, de cuyos olvidos, incomparablemente santos, iremos  notando uno cada día para imitarle nosotros.

Consideremos cuál fue en la Santísima Virgen el primero de estos felices olvidos. Enriquecida, cual fue esta bellísima criatura, con la gracia de Dios y la más copiosa infusión de sus divinos dones desde su instante primero, ¿cómo le negaremos el piadoso sentimiento de que ya desde entonces tuvo su alma benditísima el uso de la razón, una luz brillantísima de la amabilidad y hermosura de Dios, de la única riqueza que es la de  las virtudes, y de la nada y mentira de todos los que este mundo insensato llama felicidad y bienes? A consecuencia de esta luz divina, la Benditísima Virgen se paró con un acto nobilísimo de amor de Dios todos los sentimientos de su corazón de la felicidad y bienes de este mundo, como quien se desentiende de todo, y todo lo olvida, para que en su alma tenga cabida un objeto solo, un pensamiento solo, el amor de una cosa sola. Desde entonces ya, ¡oh gran Dios! esta dichosa criatura, olvidada de todo lo demás, solo suspira hacia Vos con gemidos de inocencia y de amor, cual paloma vuestra, que desde el seno de su santa madre, como desde un santo retiro, hacía con sus encendidas ansias las delicias de vuestro divino agrado.

Ya que nosotros no pudimos dirigirnos a Dios tan de temprano, debimos consagrarle todo nuestro corazón desde los hermosos días en que llegamos al uso de la razón, y supimos por las instrucciones de los que nos educaron felizmente según los principios de nuestra santa religión cristiana, que criados para amar a Dios y gozarle eternamente, redimidos con la sangre de Jesucristo, su Hijo, ninguna cosa debía ocupar más día y noche nuestro pensamiento que la divina ley. ¡Qué dicha la de aquellas almas, que desentendidas desde entonces por un olvido santo de lo que el mundo tanto estima, se propusieron llenar su memoria del recuerdo continuo del fin último para que nacieron, y alimentaron su corazón con fervorosos actos de amor divino! Lloremos con el dolor más vivo el que una ocupación tan hermosa y amable no hay sido la nuestra desde tuvimos uso de razón, dirijamos entrañables suspiros a la Beatísima Virgen para que nos alcance el perdón de tan lastimosa pérdida, y la incomparable gracia de acertar a repararla.

 

ORACIÓN PARA EL PRIMER DÍA

Dulcísima y Benditísima Virgen María Os confesamos con ternura de nuestro corazón, la predilecta de Dios entre todas las hijas de Adán y delicia suya desde la eternidad, en la cual Os decretó ya y os vio limpia de la mancha común del pecado original, y copiosamente provista de las bendiciones de su gracia desde el momento primero de vuestra felicísima concepción. Por este privilegio inefable, apenas erais una flor acabada de brotar en la tierra bendita del seno de vuestra santa madre, y ya erais maravilla de la naturaleza y de la gracia. Bendito sea eternamente el feliz olvido, con que la caridad de Dios se desentendió para engrandeceros así de los estorbos y deméritos de nuestro linaje humano. Por este olvido tan venturoso para Vos, oh Virgen Benditísima, dirigid sobre nosotros la más tierna de vuestras miradas, y alcanzadnos la gracia de olvidarnos para siempre de la falsa felicidad de este mundo, entregando nuestros corazones a Dios sin ninguna reserva. Amén

 

Aquí se hace una breve oración mental, y cada uno pedirá por la intercesión de María Santísima, la gracia especial que solicita en esta novena, rezando en seguida tres Aves Marías.

 

ORACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS

¡Oh Santísima y Benditísima Virgen María! Madre de Dios y nuestra, con los más íntimos sentimientos de nuestro corazón Os llamamos y reverenciamos en esta vuestra sagrada imagen del Olvido, bien persuadidos de que en vuestra caridad incomparable no cabe jamás que Os olvidéis de nosotros. Mas en nosotros es muy posible, y aun frecuente, que nos olvidemos de Vos, sin embargo que este olvido es para nosotros una terrible desgracia, y la ingratitud más monstruosa. Conseguidnos, pues, la gracia de no olvidarnos jamás, sea frecuente alimento de nuestras almas alguno de los infinitos títulos de grandeza y de gloria, con que Dios Os ha enriquecido entre todas las puras criaturas. Sois entre todas ellas la más bella y amable. La santa Iglesia en vuestras alabanzas recurre a la gallardía de los árboles, a la belleza de las flores, a la delicia de los jardines para inspirarnos el posible concepto de vuestra hermosura. Recuerde nuestra memoria muy de continuo alguna de estas bellas semejanzas, ellas servirán para que nuestras almas, juntamente con el recuerdo de vuestra belleza divina, perciban el atractivo y la fragancia celestial con que vuestra santidad, más que de ángeles, más que de serafines, trascendió desde la tierra hasta lo más encumbrado de los cielos, y nos atrajo desde el seno del Eterno Padre al Hijo de sus delicias eternas. Sois a consecuencia de esto la más amante de las madres, madre del amor hermoso y de los pensamientos más puros, del conocimiento y sabiduría de las cosas divinas, por consiguiente de la ciencia feliz de las verdades católicas; madre de la esperanza santa, cual lo es la importante, la sublime confianza de conseguir la eterna paz y felicidad de la gloria. No se borre jamás de nuestros corazones el bellísimo sentimiento de que sois en el sentido dicho nuestra madre, para que el solo recuerdo del nombre de María, aun la sombra de afición menos honesta, vaya muy lejos de nosotros, nuestra fe se avive, la santa ley moral de Jesucristo, vuestro Hijo, sea invariablemente la regla de nuestra vida; vuestras divinas virtudes, vuestro incomparable amor de Dios y del prójimo, vuestra limpieza inmaculada, siendo la delicia de nuestro pensamiento, sean también nuestro hermosos modelo y nuestra dulce imitación. ¡Oh qué dicha la nuestra, si con la divina gracia llegamos a imitar a tan santa criatura! Alcanzadnos, Virgen Benditísima, esta inefable gracia y la de que muriendo con la muerte de los santos, cubiertos bajo el manto real de vuestra protección, vayamos a gozar de la presencia de Dios y de la vuestra en la Gloria. Amén.

 

LECCIÓN PARA EL SEGUNDO DÍA

 

Consideremos en este día que el espectáculo de este mundo visible nos presenta a cada paso mil y mil bellezas, que pueden elevarnos a Dios, a su conocimiento, a la contemplación de sus divinos atributos, y servirnos por consiguiente, con la gracia de Dios, de medios de salvación. ¡Qué rasgos de su magnificencia y de su gloria no brillan en el Cielo! ¿Quién da un solo paso sobre la tierra, que no vea, que no palpe en cada hierbecilla, en cada flor, en cada propiedad de la naturaleza un manantial ya de delicias inocentes, ya de regalo y de alimento para nosotros, y por consiguiente de admiración y de reconocimiento de cómo es para nosotros nuestro Dios infinitamente amable? ¿Y cuántas ventajas no podemos conseguir, si de percibir por nuestros sentidos estos atractivos santos, con que nos eleva a nuestro Dios la vista de la naturaleza, enriquecemos con las ideas y recuerdos de ellos la imaginación y la memoria? Pero, ¡ay! Este mundo visible nos ofrece también, entre los demás objetos, aquellos de que por nuestra flaqueza y corrupción abusamos con facilidad y frecuencia para el vicio, entre ellos aquellas tres concupiscencias de lo malo, que San Juan en su carta observa reinan tan generalmente en el mundo, encuentran a cada paso el estímulo y el alimento de sus deseos corrompidos: la abominable impureza, los atractivos de un amor infame,  la avaricia, el brillo de unos metales, que solo tienen de valor lo que tienen de aptitud para la honesta utilidad de esta vida, y el bien de los prójimos, la soberbia, el resplandor del mando y de las dignidades, que sin virtudes y sin méritos no son más que perdición propia y de otros. ¡Oh, y qué bien obraríamos si en cuanto es posible nos desentendiésemos de esta parte del espectáculo del mundo, y ella fuese para nosotros una materia de desprecio y olvido santo! Mas por una funesta desgracia, sucede todo lo contrario. El trato diario de las gentes nos ofrece la experiencia también diaria de que apenas uno u otro hace mérito de las maravillas de la naturaleza para no olvidarse de Dios, para concebir de sus divinos atributos algún sentimiento racional y santo, por no tomar en boca aquellos monstruos, que en  nuestros días, más que en los anteriores, osan pronunciar que no hay Dios. Pero en tratándose de todo lo que este mundo presenta de cebo para las pasiones, aun las más viles y vergonzosas, ¿quién es el que no piensa? ¿Quién el que no habla? ¿ Quién es el que no trata de esto y suspira por esto con una memoria casi no interrumpida sino por el sueño?

Aprendamos, oh hombres engañados, a tener un olvido más feliz y un recuerdo más santo. Lo tuvo el primero en este punto la Santísima Virgen María en el grado más excelente. Era su alma en todo  incomparablemente grande, su sensibilidad finísima, su espíritu comprensivo y penetrante, su imaginación fecunda y viva. Pero en toda esta economía de su interior no había cabida para el pensamiento y recuerdo de cosa de este mundo, que fuese, no digo yo menos decente y peligrosa, sino inútil y frívola. Por el contrario, ¡qué sabiduría la suya tan sublime de todas las cosas de la naturaleza, en cuanto de ellas podía hacerse escalón para subir a la contemplación y amor de Dios, haciendo un uso inocente y saludable! En cuanto a esto su pensamiento y su memoria le suministraban los más bellos y frecuentes recursos de acordarse de Dios y amarle, o por mejor decir, de no olvidarse jamás. Este fue el grande uso que la Santísima Virgen hizo del espectáculo de este mundo visible desde su hermosa salida a la luz de este mundo. Hasta la inocente alegría que puede caber en un convite no fue desconocida en la Santísima Virgen, y para que la alegría no se interrumpiese en las bodas de Canaan, hace presente a su Hijo que comenzaba a sentirse la falta del vino. Dirijamos ahora nosotros a la Santísima Virgen nuestras ardientes súplicas, para que nos alcance la gracia de olvidarnos de lo que hay en este mundo de atractivo para el pecado, y de enriquecer nuestra memoria de ideas y recuerdos de Dios.

 

ORACIÓN PARA EL SEGUNDO DÍA

 

¡Oh Santísima Bendítisima Virgen María! Bendita sea mil veces la sabiduría celestial, con que hicisteis de las hermosas hechuras de las manos divinas en este mundo visible el uso más dichoso y santo, teniendo prontas en vuestra feliz memoria aquellas imágenes e ideas de las criaturas, que lo son también de la bondad, amabilidad y ternura del corazón de Dios, al paso que acertasteis a sepultar en el más profundo olvido todo lo que ellas pueden ofrecer de estímulo y atractivo para el pecado. Sentimos en lo íntimo del alma, ¡oh Virgen Benditísima! haber abusado funestamente de la hermosura de este mundo visible. ¡Oh, y cuán pesados somos de imaginación y de sentimiento para elevarnos a Dios por la belleza de sus obras! ¡Oh, y cuán desgraciadamente fácil es nuestra memoria para exponer la limpieza de nuestro corazón con el recuerdo de objetos peligrosos! Con el gemido más íntimo de nuestras almas os pedimos nos alcancéis la gracia de entender saludable y eficazmente que ni nuestro pensamiento ni nuestro corazón han sido formados para adornos ni colores. Conseguidnos la gracia de hacer de estas cosas solo el uso más inocente y preciso, y de olvidarlas para todo lo demás. Amén,

 

LECCIÓN PARA EL TERCER DÍA

 

Desde hoy consideraremos ciertos pasajes de la vida de la Santísima Virgen María, según la historia del sagrado Evangelio, en que ejercitando la más heroica santidad practicó algún olvido santo. Consideremos hoy su presentación en el templo. En este notable pasaje la Benditísima Niña María fue llevada al templo santo de Jerusalén, para que allí fuese educada, ejercitada en toda virtud, y consagrada perfectamente a ser solo delicia del corazón de Dios, sin que ni la carne ni la sangre reservasen para sí una sola parte de aquella víctima santa. El sacrificio que la ternísima Virgen María hizo de sí misma al amor de Dios en esta ocasión, ni aun la más expresiva elocuencia del hombre ni aun de ángel podría declararlo. Era el natural de la Virgen el más excelentemente, dispuesto para sentir y amar; su entendimiento el más claro y penetrante; su sensibilidad y ternura de corazón de una delicadeza y nobleza incomparables. Estaban estos hermosos principios de sentimiento y amor divina y sobrenaturalmente realzados con una caridad y gracia de Dios superior a la de los serafines, que junto al trono de Dios entonan el trisagio, el himno eterno de su amor y de su gloria. ¿Cuál sería, pues, el sentimiento de esta preciosa y divina criatura al despedirse de sus padres, de sus amabilísimos y santos padres Joaquín y Ana, para quedarse en el templo? ¿No sentiría la augusta niña profundamente conmovida su ternura santa al oír las palabras, el último vale de la despedida de sus padres? Y al recibir de ellos el último abrazo, ¿no querría ya liquidarse su alma? Sin embargo, su amor a Dios se sobrepone a los sentimientos de la naturaleza, y teniendo para el mérito el dolor más vivo y profundo que en tales ocasiones ha sentido jamás pura criatura, se lo ofrece al Señor con tanta nobleza y señorío de sí misma, que no manifiesta señal ni mínima perturbación. No es esta una suposición arbitraria, se funda en la grandeza y dignidad sin ejemplo con que la Santísima Virgen María se portó en otros pasajes, aun más delicados y críticos, de que el sagrado Evangelio nos habla expresamente. Me parece que la estoy viendo cual recién despedida de sus padres, se dirige a lo interior de aquel santuario con pasos que no titubean, llevando revertido el semblante, juntamente con su casta hermosura, el señorío y reposo de su alma.

Desde ese momento practica la Santísima Virgen la virtud de olvidar santamente, que el Espíritu Santo describe y enseña en aquellas palabras del salmo: Oye, hija, -dice- atiende, inclina tu oído, y olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre. No porque olvidase los santos deberes que dulcemente le unían a sus santos padres, a quienes frecuentísimamente presentaba a los ojos de Dios, como si los tres corazones fuesen más bien para el amor de Dios un corazón, sino porque en este feliz recuerdo no intervenían ninguna de aquellas aficiones pueriles, ningunas de aquellas pequeñeces que en semejantes ausencias hacen suspirar a cada paso por la presencia corporal, por tales o tales conveniencias que allí se disfrutaban y hacen perder, cuando menos, el tiempo en pensamientos y correspondencias sensibles. ¡Oh, y cuán imperfectamente se practican por nosotros esas separaciones santas, a que muchas veces nos obliga nuestra vocación y nuestros deberes! Cuando otra cosa no podemos, nuestra imaginación está llena de especies molestas, de cuidados frívolos sobre las personas de quienes nos hemos separado, y hasta los días y los momentos en que se espera su correspondencia nos llevan un tiempo infinitamente precioso. Posible nos es encomendar esto al amoroso cuidado de la divina Providencia y aprender a olvidar santamente, como olvidó la Santísima Virgen María. Pidámosla que nos alcance esta dichosa paz del corazón.

 

ORACIÓN PARA EL TERCER DÍA

 

¡Oh Santísima y Benditísima Vírgen María! Ternísimamente Os bendecimos y alabamos por aquella sabiduría y santidad inefables, con que en tan delicados años, al ser presentada en el templo y separada de vuestros amabilísimos padres, supisteis hermanar en un enlace, el más bello y admirable, vuestra ternura para con ellos con la ofrenda y sacrificio de Vos misma al amor de Dios y un amor más que seráfico. ¡Cuán llenos de majestad y gracia fueron vuestros pasos, oh hija del príncipe, cuando despedida de vuestros padres os retirasteis a lo mas interior de aquel asilo santo! Por aquel olvido santísimo con que desde aquel momento, sin faltar un solo ápice al recuerdo que les era debido, conservasteis vuestro interior perfectamente libre de toda memoria menos necesaria y útil , os pedimos, ¡Oh felicísima criatura !, nos alcancéis de Dios la dichosa gracia de la paz del corazón y del recogimiento interior. Amén.

 

LECCIÓN PARA EL CUARTO DÍA

 

Jamás ofreció una pura criatura espectáculo más grandioso como el que la Santísima Virgen María presentó a los Cielos y a la tierra en su Anunciación. Considerémosle devotísimamente. Un príncipe de los Cielos, un arcángel se le envía por el mismo Dios como embajador suyo cerca de ella. Jamás se ha oído salutación más augusta, tan expresiva, ni que expresase títulos más llenos de grandeza y de gloria. Entre los demás se le apellida, no así como quiera, agradable a los ojos de Dios, lo cual aun por sí solo es una honra y felicidad incomparable, sino llena de gracia y bendita entre las mujeres. El negocio por fin de que se trata, el destino que se le anuncia, nada menos es que una dignidad infinita en su línea, dignidad de Madre del mismo Dios, de suerte que toda esta grandiosa embajada podía ceñirse a sola esta expresión tan sencilla como llena de energía y de sentido: dentro de pocos instantes el Hijo de Dios vivo, y por consiguiente Dios mismo, será con verdad y con propiedad un hijo vuestro.

Entre tanto se aguardaba que la Santísima Virgen diese su consentimiento, el sí de sus divinos labios para la Encarnación del Hijo de Dios. ¿Quién no hubiera dicho que esta criatura feliz, ocupada toda ella en el negocio inaudito que se le anunciaba, enajenada y fuera de sí misma con la repentina noticia de su elevación, llena toda ella de la imagen de su dignidad, no podría dar cabida en el momento más que a este pensamiento solo: Voy a ser madre del mismo Dios? Mas, ¡oh capacidad inmensa del corazón de María Santísima! ¡Oh virtud, oh santidad en cuya comparación parecen sombras las acciones más heroicas y santas! ¿Sabéis a lo que atiende la Santísima Virgen en momentos tan críticos e importantes?  Como si la grandeza y la gloria que se le anuncia no hablasen con su persona, y solo hablasen con ella los oficios y los deberes que por este mismo hecho se le imponían, reflexiona que se le dice ser madre, se acuerda de su resolución divina de purísima virginidad, y llena de majestad, sin dejar de ser incomparablemente humilde, le consulta al arcángel el modo de no mancillar la maternidad su virginal propósito. Recuerda, sin duda, con su inefable sabiduría todo el fondo de obligaciones, de trabajos, de padecimientos y de sacrificios a que según lo que estaba escrito del Salvador del mundo era consiguiente que hubiese de quedar sometida por el hecho mismo de ser madre de tal Hijo; y como desentendida de todo, olvidada de todo, hasta de la grandeza y dignidad infinita a que la eleva, y fija toda su atención en las virtudes, en los trabajos y en los sacrificios con que se ha de consagrar y ser víctima del amor de Dios y de los hombres, consiente por fin, y dice: He aquí la esclava del Señor, hágase conmigo según tu palabra.

¡Ah! nosotros por el contrario, apenas acertamos a entender en algún negocio, aun el más santo, sin echar el ojo a nuestro engrandecimiento propio o a nuestro interés. Todo lo olvidamos menos esto, siendo tan justo, tan saludable, tan dulce hacerlo todo por el amor de Jesucristo y de las almas redimidas con su sangre. Aprovechemos la feliz ocasión de pedir a la Santísima Virgen nos alcance la gracia de olvidar nuestro interés propio por la causa de Dios.

ORACIÓN PARA EL CUARTO DÍA

 

Santísima y Benditísima Virgen María; alabanza eterna Os den todas las generaciones por la santidad sin semejante con que respondisteis a la embajada del arcángel San Gabriel. Jamás corazón de pura criatura abrigó caridad tan tierna para con sus prójimos, jamás alguna desplegó sus labios con tanta gracia, como lo hicieron vuestro corazón y vuestros labios en aquel consentimiento, en aquel que disteis para que el Hijo de Dios se hiciese hombre en vuestras virginales entrañas. Olvidada entonces de todo, hasta de Vos misma y de vuestra infinita dignidad, solo atendisteis a que se cumpliese el pensamiento eterno de Dios para nuestra redención y salvación eterna. Por este santísimo olvido alcanzadnos la dichosa gracia de olvidar todos los intereses humanos por la gloria de Dios y salud de nuestras almas. Amén.

 

LECCIÓN PARA EL QUINTO DÍA

 

Uno de los actos más solemnes que hizo la Santísima Virgen fue el de presentar a su Niño Jesús en el templo. Se sometió en esta ocasión a dos ceremonias mandadas en la ley antigua: la una de ofrecer al Señor los hijos varones primogénitos, y la otra de purificarse las madres de sus inmundicias del parto, cumplido el término que fijaba la ley, con la oración del sacerdote y con la ofrenda que para esto debía llevar, según se prescribía en la misma ley.

Ni aún la expresión más elocuente explicaría con dignidad el generoso olvido con que María Santísima desentendió, al cumplir la ceremonia de la purificación, las altas consideraciones que indicaban estar exenta de ella. ¿No es evidente que la dicha ley hablaba en términos expresos y a la letra de las madres, que lo eran sin privilegio sobre el orden común de la naturaleza? Y a consecuencia, ¿qué tenía que ver dicha ceremonia con aquella hija del Rey, con aquella princesa augusta, con la mujer predilecta y bendita entre todas, que juntó la infinita dignidad de Madre del mismo Dios con la hermosa gloria, con la prerrogativa sin ejemplo de la más limpia e incorrupta virginidad? ¿Con esta sujeción a la ley, no se daba un motivo a la opinión común de los hombres de que teniéndola por madre en el concepto común, la confundiese con las otras madres, y a su precioso, a su Divino Niño con los otros hijos? ¿Y hasta qué punto de claridad y de viveza no distinguiría un entendimiento tan penetrante como el de la Virgen todo lo que había de sentido y solidez en estas razones? Sin embargo, no titubea un solo instante en cumplir a la letra una ley que tanto la humillaba. Presenta su ofrenda, escogiendo la más humilde de las dos que señalaba la ley, lleva en sus virginales brazos a su dulce Jesús, como poniendo ya a los ojos de Dios sobre las sagradas aras aquella víctima inmaculada, que ella misma volvería a ofrecer sobre la cruz en el Calvario; y practica virtudes tan heroicas, tan sin aparato, y con tanta sencillez, que parece no había allí nada de brillante ni de grandioso, cuando su conducta llena de delicias el corazón de Dios, y es el asombro de los ángeles. El Evangelio mismo, al hablar de este pasaje, nos presenta la conducta de la Santísima Virgen como si en él no hubiera otro carácter que el de discípula de los santos Simeón y Ana , que allí anunciaron al mundo la dignidad y la misión divina del Niño que la Virgen llevaba en sus brazos.

¿Y no imprimiremos en lo más íntimo de nuestras almas este ejemplar de humildad y de modestia tan hermoso como grande? He dicho grande, entendamos que la humildad es la verdadera grandeza del corazón, porque inspirando al hombre desconfianza de sí mismo y confianza en Dios, le inspira por consiguiente esperanza y magnanimidad para emprender grandes cosas del servicio del Señor. La soberbia, por el contrario, es la madre de la ridícula jactancia, y en llegando el caso de obrar, no produce sino cobardía o temeridad. Derramemos ahora nuestro corazón delante de Dios, a fin de que por la intercesión de la Santísima Virgen María nos conceda la inefable dicha de ser verdaderos humildes.

 

ORACIÓN PARA EL QUINTO DÍA

 

¡Oh Santísima y Benditísima Virgen María! Bendecimos con el más puro gozo de nuestros corazones la humildad prodigiosa con que en vuestra purificación fuisteis la admiración de los ángeles, el ejemplar de los santos, la delicia del mismo Dios. Vuestras manos presentaron allí a los ojos de Dios la víctima de la salvación del género humano, la lumbrera de las naciones, la gloria del pueblo escogido; pues vuestro Niño Jesús es todo esto y aun infinitamente más. Al mismo tiempo, ¡qué bella parecisteis a los ojos de Dios al someter por su amor a la humilde ceremonia de la purificación vuestra purísima persona, aquella persona que por su destino y sus virtudes se deja ver hermosa como la luna, escogida como el sol, y majestuosamente terrible como escuadrón formado en batalla!  Alcanzadnos, Virgen Benditísima, que sea una delicia para nuestras almas el ser humildes a imitación vuestra. Amén.

 

LECCIÓN PARA EL SEXTO DÍA

 

Consideremos que uno de los muchos pasajes en que la Santísima Virgen María ejercitó la virtud de olvidar santamente fue el de su viaje y huida a Egipto en compañía de su dulce Jesús y de su esposo San José. Un ángel avisó al bendito esposo que emprendiese este camino, a fin de ponerse a salvo del furor del tirano Herodes, que trataba de arrancar al Niño Jesús de entre los vivos, hasta con la horrorosa medida de hacer morir a todo los niños de Belén y sus contornos que no tuviesen más de dos años. Una intimación semejante suponía no solo una posibilidad sino un peligro real de que el Niño Jesús pereciese en aquella persecución. ¿Y este peligro no presentaba al parecer o una contradicción o una idea muy difícil de conciliar a quien sabía indudablemente los hechos anteriores, la edad, las circunstancias, el género de muerte en que el dulce Jesús había de expirar? La Santísima Virgen, enriquecida sin duda alguna con el conocimiento más claro y sublime de las escrituras sagradas, ilustrada perfectísimamente sobre lo que ellas anunciaban acerca de la vida y muerte de su Niño Jesús, sabía que no moriría en edad tan tierna, que a su muerte precederían su vida privada, sus incomparables virtudes en ella, y después su vida pública, su predicación y sus milagros, habiendo de perfeccionar por fin la obra de la redención de los hombres con su muerte de cruz en la edad de varón perfecto. ¿Cómo, pues (parece que la prudentísima Virgen podría haber objetado), cómo, pues, ahora se supone verdadero peligro de perecer mi dulce Jesús entre los niños de la comarca de Belén? ¿Podrá el furor de Herodes turbar el orden de los divinos decretos? ¿Apagar el sol de justicia tan luego como acaba de nacer sin que haya alumbrado al mundo con el resplandor de unas virtudes y de un Evangelio divino? ¿Adelantar el tiempo de la muerte del Salvador? Mas la Santísima Virgen no hace ninguno de estos argumentos, y lleno todo el santuario de su alma de un sentimiento de adoración a la divinidad y a sus augustos secretos el más profundo que hubo jamás en pura criatura, toma en sus brazos a su dulce Jesús, estrecha contra su pecho virginal aquella prenda de su corazón, sigue adonde su santo esposo la guía, se somete con alegría a las penalidades de un largo viaje, y llega por fin al Egipto, este país de idólatras, que tan lejos estaba de merecer la más útil y dichosa de todas las visitas. ¿Y no fue esta humildísima conducta de la Virgen un olvido santo de todas las dificultades, de todos los reparos, de todas las razones que el más fino de los ingenios pudiera haberle sugerido por atender con la más amable docilidad a la razón de las razones, a la razón única de que un Dios infalible y santo así lo mandaba?

Reprensible por el contrario, criminal es la conducta del hombre, cuando en medio de brillar a sus ojos por pruebas indudables que Dios ha revelado y dispuesto una cosa, se vuelve y se revuelve en mil cavilaciones por no oír la voz de Dios, de un Dios que no le impone ni un solo sacrificio que no sea para él un inagotable manantial de bienes. Y para poner algún ejemplo, ¿cuántas utilidades nos proporciona la santa fe con que creemos las verdades enseñadas en su santa Iglesia Católica como reveladas por el mismo Dios? Sin ella nuestras disputas serían eternas; eternas y  sumamente aflictivas serían nuestras dudas, con ella la más hermosa calma y todas las delicias de la paz en punto a religión nos acompañan hasta el sepulcro. ¿Cuán criminal por consiguiente no es aquel hombre que, como sucede frecuentemente en nuestros días, se empeña en olvidar, en desatender o en no consultar las invencibles pruebas de que esta fe viene de Dios, buscando por el contrario todas las cavilaciones imaginables para no someterse a esta creencia feliz?

Pidamos humildísimamente a la Santísima Virgen nos alcance la gracia de olvidar toda cavilación humana cuando se trata de creer y obedecer a Dios.

 

ORACIÓN PARA EL SEXTO DÍA

 

¡Oh Santísima y Benditísima Virgen María! Los ángeles, los santos, las criaturas todas se derramen en vuestras alabanzas, porque vuestra fe a la palabra de Dios fue la más dócil y sencilla, y vuestra obediencia a sus disposiciones fue como el más dulce atractivo, como herida de amor para el corazón de Dios. Esta fe sin cavilaciones, esta obediencia sin réplica es un bálsamo divino para sanar de la indocilidad y curiosidad tan funestas de la mujer primera. Nuestras almas sienten hoy el placer más entrañable y puro, porque un sentimiento tan bello y tan constante en la Iglesia Católica os reconoce y publica reparadora de los males causados  por Eva. Y pues en vuestra docilidad a las disposiciones de Dios intervino un dichoso olvido de dificultades humanas, alcanzadnos la dicha de desentendernos de todo, para ejecutar con amable sencillez la voluntad de Dios. Amén.

 

LECCIÓN PARA EL SÉPTIMO DÍA

 

No hay un espectáculo de santidad más admirable que el de una criatura, que distinguida por las prendas más excelentes de naturaleza, y por los más copiosos dones de gracia, hace, habla, vive, respira tan para solo Dios, que no da muestra ni mínima de conocer su riqueza, ni de estimación propia. ¡Oh, y cuán repetidos y hermosos fueron los ejemplos que la Santísima Virgen María nos dio de este bienaventurado olvido de sí misma! En el pasaje de las bodas de Canaan se ve brillar uno de los más bellos rasgos de las virtudes de la Virgen en esta línea. Todos saben que el dulcísimo Jesús honró la celebridad y convite de aquellas bodas con su asistencia, y que una concurrencia tan feliz se vio también adornada y enriquecida con la gloria y la delicia de tener consigo a la bendita entre todas las mujeres. Faltó el vino en medio de la comida, y esta falta y el disgusto que de allí se originaría fueron entendidos de la Virgen, que finísima cual era en sus sentimientos tuvo pena de que los esposos padeciesen. Desplegóse entonces la gracia de aquellos benditos labios, y le dijo a su Jesús: no tienen vino. Diríase que hubo menos ternura en la respuesta de Jesucristo si la fe de que era todo un Dios no nos inspirase la veneración más profunda de todas sus palabras y acciones, obligándonos a suponer un sentido  misterioso y divino hasta en la que nos parece menos dulce y amable. Mujer, ¿qué tengo yo en esto que ver contigo?, respondió Jesucristo a su Santísima Madre, aún no ha llegado mi hora. Mas no turbó un solo instante el corazón de María Santísima lo menos cariñoso de esta respuesta, ni el concepto clarísimo de las  gracias y dotes de que se hallaba enriquecida su augusta persona, ni la grandiosa idea que tenía de la dignidad de Madre de Dios, dignidad de la que tenía no el título solo sino la propiedad, ni el íntimo sentimiento con que su corazón le daba testimonio de la ternura de su amor a su Jesús, ni el dulce recuerdo de los desvelos con que se había desvivido por su alimento, asistencia y conservación de su preciosa vida. Nada, nada debilita ni en lo más mínimo la fuerza de su amor, ni menoscaba su dulzura y la apacibilidad de su corazón generoso y grande, y como quien no entiende de nada, sino de consolar y de multiplicar el bien, les dice a los asistentes de la mesa con relación a su querido Hijo: vosotros ejecutad cuanto él os ordenare. ¿Quién vio jamás un amor de Dios tan encendido, tan puro, tan sin mezcla de atención y estimación propia? ¿Quién un esmero tan fino en procurar el consuelo del prójimo, aun en los disgustos pequeños? Ni aun se interrumpe este cuidado cariñoso de la Virgen con el desabrimiento que parecía percibirse en la respuesta de Jesús. ¡Mujer ínclita, que con ejemplo tan expresivo nos inspira la importante máxima de que nuestros cuidados y nuestras delicias en el servicio de Dios no deben ser nues­tros consuelos sensibles, sino el puro amor de Dios, la ejecución de su voluntad divina, el adelantamiento en la virtud y el bien posible de nuestros prójimos! Aprovechemos la hermosa ocasión que este recuerdo nos ofrece para pedir al Señor, por la intercesión de María Santísima, la gracia de ser amantes de Dios y  del prójimo, no por interés sino con generosidad.

 

ORACIÓN PARA EL SÉPTIMO DÍA

 

¡Oh Santísima y Benditísima Virgen María! Alabada sea de los ángeles y de los hombres la gracia y perfección que sabéis dar aun a las acciones que por su materia parecen pequeñas. Lo decimos con mucha ternura de nuestras almas: sois aquella esposa de los sagrados cánticos que disparáis flechas del santo amor al corazón del Divino Esposo hasta con una sola de vuestras miradas, hasta con uno solo de vuestros cabellos. ¡Oh, y qué de agrado y de delicias para el corazón de Jesús supisteis embeber en la santa sencillez de aquellas dos expresiones vuestras en el convite de Canaan: no tienen vino; vosotros ejecutad cuanto os ordenare! Inspiradnos Virgen Sacratísima, con vuestro ejemplo y con vuestra poderosa intercesión, la sabiduría celestial de acertar a unir el mérito de la santidad y el mayor agrado a los divinos ojos hasta con las acciones más pequeñas, atendiendo en ellas únicamente a la gloria de Dios, al bien de nuestros hermanos y a la salvación de nuestras almas. Amén.

 

LECCIÓN PARA EL OCTAVO DÍA

 

Así como la muerte del dulce Jesús expirando por nosotros en un cadalso a los ojos de su misma Madre fue para su corazón el más terrible y doloroso de todos los pasajes de su vida , fue también la ocasión en que su santidad desplegó y puso en ejecución lo más heroico de sus divinas virtudes. Allí rayó hasta un punto de gracia y de perfección el más sublime aquel olvido santo, que desde el principio de esta santa novena hemos ido notando en los más importantes hechos de su portentosa vida. La fortaleza incomparable con que allí arrostró el peligro de su vida propia, desentendiéndose del amor a ella, y permaneciendo inseparable al pie de la sacrosanta cruz, fue la parte mínima de aquel olvido santo. Sin entrar en cuenta que todo pudiera haberlo temido con razón de parte de la fiereza, inhumanidad y atropellos de los judíos. ¿No sentiría íntimamente que según la ternura de su amor a Jesús, su vida naturalmente peligraría, desfallecería con la vista de la sangre y de la muerte de aquella prenda de su santo amor? ¿Esperaría poder vivir viendo morir a su Jesús, y morir enclavado? ¿Rasgado? ¿Hendida su cabeza con las espinas? ¿Sus huesos todos en disposición de poderse le contar? ¿Habiendo de recoger ella misma sus últimos suspiros? ¿Esperaría la amantísima madre poder naturalmente conservar la vida, así herida en aquel pedazo de su corazón, así atravesada de parte a parte?

Pero desestimó este peligro inminente, y le olvidó por vivir muriendo junto a su querido Jesús. Ni aun atendió a la honra de su ínclita persona, que siendo la más ilustre, privilegiada y distinguida por Dios entre todas las puras criaturas, no titubeó un instante en arrojarse en aquel abismo de deshonor y de ignominias de que el dulce Jesús murió rodeado, y aun sumergido en ellas. ¡Oh, y cuántos dirían, oyéndolo la Bendita Virgen: es esta la madre de ese hombre que muere en ese suplicio!

Mas un desentenderse la Virgen en el Calvario de su honra y de su vida por el amor a Jesús, ¿cómo puede ser allí el mínimo de sus olvidos santos? Oigámoslo de la feliz aplicación que San Buenaventura hace a la Santísima Virgen de una expresión del Evangelio. Queriendo Jesucristo inspirarnos un sentimiento sublime del amor de Dios al mundo, nos dice: así amó Dios al mundo, que por él entregó a su Hijo Unigénito. Pues el doctor seráfico, cifrando en esta misma frase  el cariño con que la Virgen nos ama, dice: María Santísima amó al mundo hasta el extremo de entregar, de desprenderse por él del Hijo de sus entrañas. ¿Veis hasta dónde llegó allí el olvido de la Santísima Virgen por nosotros?  Se olvidó, más que de su honra, más que de su vida, más que de sí misma, porque se olvidó hasta de su Jesús, entregándolo, porque nosotros no pereciésemos. ¡Oh corazón de la Virgen! ¡Oh ternura! ¡Oh caridad! ¡Oh cariño que nos tiene! ¿Y nosotros no acertaremos ni aun a perdonar, ni aun a olvidar una injuria por el amor de tal Hijo y de tal Madre? Pidamos rendidamente a María Santísima nos alcance de Jesús la gracia de este olvido santo.

 

ORACIÓN PARA EL OCTAVO DÍA

 

¡Oh Santísima y Benditísima Virgen María! Hoy derramamos nuestros corazones en vuestra presencia, y con emoción de nuestras almas Os pedimos que esos labios divinos se desplieguen con su acostumbrada gracia para responder a esta dificultad que se nos ofrece. ¿A quién amáis más tiernamente a Jesús o a nosotros? Pues a vuestro dulce Jesús le ofrecéis, le entregáis Vos misma con un querer el más generoso a la cruz y a la muerte por nosotros. ¡Ah, querida Madre! Todo el secreto consiste en que Vos estáis viendo la fineza con que Jesús da por nuestra vida la suya, y sabéis que el grande medio de agradarle y amarle es que nos améis a nosotros, ofreciéndole Vos misma en sacrificio como víctima de nuestra eterna salvación. Una vergüenza santa cubre nuestro rostro al considerar las cavilaciones con que pretendemos excusar nuestros resentimientos con el prójimo; desde este mismo instante proponemos perdonarle y amarle muy de corazón. Alcanzadnos, oh ternísima madre, esta gracia, prenda para nosotros de perdón y de vida eterna. Amén.

 

LECCIÓN PARA EL NONO Y ÚLTIMO DÍA

 

En la serie de esta novena hemos reflexionado, con relación al título del Olvido, que no es posible se olvide la Santísima Virgen de nosotros; pero sí lo es que nosotros nos olvidemos de tan tierna madre. Dediquemos esta lección a considerar cuán funesto será para nosotros este olvido. Cómo este olvido nuestro quiere decir que habitualmente vive el que así se olvida, sin pensar en María Santísima, sin recordar la inmensa riqueza de las gracias de que Dios ha colmado a tan bella criatura, sin reflexionar sobre sus divinas virtudes, sobre su encendidísima caridad de Dios y del prójimo, sobre su castidad más que angélica, sobre su fortaleza y su paciencia más que heroica, de aquí nace que olvidarse de la Santísima Virgen María quiere en sustancia decir lo mismo que no tenerla devoción. ¿Y cuánta desgracia  es no tener devoción a la Virgen? ¿Qué pérdida para el alma? Enseñan los teólogos que la devoción a María Santísima es una de las felices señales de ser del número de los escogidos de Dios. ¿Quién no aspirará, aunque sea a costa de desvelos, a poder contar con tan dulce motivo de sus esperanzas, a presentarse a los divinos ojos marcado con este carácter de salud, y a grabar hasta en lo íntimo de su corazón tan ilustre título de su gloria y salvación? Pero desenvolvamos algún tanto las razones de ser esta una de las señales de predestinación, y nos formaremos una idea más clara de la pérdida que padeceremos con no tenerla.

Devoción a María Santísima incluye en primer lugar una memoria frecuente de su santidad, un pensamiento que se ocupa repetidas veces en los hermosos pasajes de su santísima vida, y por consiguiente en las virtudes, que en ellos, no como quiera, ejercitó, sino que llenó hasta en una tilde, hasta en un ápice con una gracia, delicadeza y perfección superior aun a la caridad del serafín más encumbrado. ¿Y este frecuente recuerdo qué de utilidades, qué de inspiraciones  y movimientos santos no producirá en nuestro corazón? ¿Cuántas veces sentimos impelido todo nuestro interior al amor de Dios con oír o con leer lo que le amó tal o tal santo? ¿Pues qué impulso tan dichoso y fuerte no recibirá nuestro corazón con la meditación y la memoria de las virtudes de la Reina de los Santos? Si  nos sentimos vehementemente inclinados (por ejemplo) a la venganza, ¿será posible que este furor no calme, y sea terminado por la dulzura y la paz al poner los ojos del alma en la Madre de todo un Dios presenciando el suplicio de su mismo hijo, la muerte cruelísima de su Jesús, al pie mismo de la cruz sacrosanta, sin un solo movimiento de venganza contra los judíos, y aun franqueando para ellos, como para todos, las entrañas de su divina caridad? Y más que en el modo con que la Santísima Virgen ejecutó sus incomparables virtudes brilla una gracia toda característicamente suya, que nos encanta y nos excita a su imitación con un atractivo santo; gracia que consiste en que la Santísima Virgen supo hermanar a toda la magnificencia y la gloria de sus virtudes una sencillez tan sin aparato, que solo parece hacer una cosa común cuando ejercita y despliega sentimientos y acciones de primer orden. He aquí la esclava  del Señor, dice dando el ,  nada menos que para la Encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas: he aquí la esclava del Señor: hágase conmigo según tu palabra. Esta gracia, esta amable sencillez, ¿a quién no convidarán a ser santo?

Es imposible además ser devotos de la Virgen sin amarla y repetirla actos de veneración y de obsequio. ¿Y hubo jamás criatura tan bienhechora, tan fina en hacer beneficios? ¿Cuántos, cuán abundantes y colmados no serán los que dispense a sus devotos? Bellísima aplicación es la que hace la Iglesia santa, cuando pone en boca de María Santísima aquella expresión de la sabiduría: yo amo a los que me aman; expresión divina, que significa toda la fineza del amor más entrañable y generoso.

Y si el devoto de la Virgen cuenta para el negocio de su salvación con mil y mil recuerdos de las virtudes de María Santísima, que tan feliz y poderosamente inclinan a amarla, y con tantas gracias e inspiraciones que les alcanzará de la misericordia de Dios una madre tan poderosa como amante de sus queridos hijos, ¿cómo la verdadera devoción a la Virgen no será una especial y dichosa esperanza de ser de los escogidos de Dios? ¿Un maná de los Cielos, un manantial de aquellas aguas que saltan hasta la vida, eterna? ¡Oh, y qué de bienes pierde el que se olvida de la Virgen! Hoy, que damos fin a esta santa novena, enviemos hasta los Cielos un gemido de amor a María Santísima para que nos alcance del dulce Jesús la gracia singularísima de serla verdaderamente devotos.

 

ORACIÓN PARA EL NONO Y ÚLTIMO DÍA

 

¡Oh Santísima y Benditísima Virgen María! Vuestra memoria es dulce sobre la miel y el panal; la invocación de vuestro nombre es una unción divina que se derrama entre suavidades y delicias hasta lo más íntimo de las almas. Ser con verdad devotos y amantes vuestros es unirse en los sentimientos y en el amor con Dios, que Os ama como a su predilecta entre todas las puras criaturas, es como el iris, señal de paz con el cielo, y esperanza de vida eterna. Queremos más bien morir que dejaros de amar tiernamente. Oíd, Virgen amantísima, este gemido de amor con que hoy penetramos el Cielo para pediros que vuestro nombre se imprima como un sello sobre nuestros corazones y nuestros brazos; alcanzadnos de Dios la gracia de que la desgracia de olvidaros no tenga cabida en nosotros, y la devoción a Vos sea en nuestras almas una consecuencia de nuestro amor a Jesucristo. Amén.·

 

.-Ora pro nobis sancta Dei Genitrix

.- Ut digni efficiamur promissionibus Christi.

OREMUS

Concede nos famulos tuos, quaesumus, Domine Deus, perpetua mentis et corporis sanitate gaudere: et gloriosa beatae Mariae semper Virginis intercessione, a praesenti liberari tristitia, et aeterna perfrui laetitia. Per Christum Dominum nostrum.

Amen

 

 

FIN

 

Aparición de la Virgen del Olvido, Triunfo y Misericordias

14 Techo del coro

Pintura del techo del coro del convento de San Pascual de Aranjuez (Madrid), fundado por Sor Patrocinio en 1857.

 

 

LA APARICIÓN DE LA VIRGEN DEL OLVIDO, TRIUNFO Y MISERICORDIAS

 

“El día 13 de agosto de 1831[1] estando mi Rda. Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio en el coro, en la oración de Comunidad, de cinco a seis de la tarde, se le apareció la Santísima Virgen, en una hermosísima y resplandeciente nube, cercada de querubines y le presentó una preciosa Imagen suya, que llevaba el glorioso príncipe San Miguel con los títulos de Olvido, Triunfo y Misericordias. La Virgen Santísima le dijo, que aquella imagen venía enriquecida con muchas gracias y privilegios para sus verdaderos devotos, que cuidase de darle culto, que la dejaba en la Comunidad. Le dijo también que, desde entonces, le quitaba el permiso a Satanás para atormentarla por sí mismo, y pusiera la figura del dragón amarrada a los pies de la sagrada Imagen, que ella misma le atara con una cadena y pusiera esta en las manos de la Santa Imagen, en señal de que quedaba sujeto. El demonio, furioso, bajó a los abismos, asegurando a mi venerada Madre, que ya que no podía perseguirla por sí —como lo había hecho hasta entonces de una manera terrible— lo haría por los hombres, y no solo en vida sino después de muerta la perseguiría también.

Durante esta admirable visión, el Príncipe San Miguel colocó la sagrada imagen en el altar del coro, oyendo la celestial música de los Ángeles la ejemplarísima religiosa sor María Juana de la Santísima Trinidad y otras dos religiosas más; pero, ignorando lo que sucedía, para ellas invisible, guardaron por entonces el más profundo silencio.

Terminada la santa oración y demás actos de Comunidad que a ella siguieron, salió mi venerada Madre Patrocinio, con su Prelada, al pequeño jardín del convento y le dijo, que tenía que darle una noticia de muchísimo consuelo para su Reverencia; y era, que ya podía estar tranquila y sin cuidado ninguno, pues no volvería jamás el demonio a golpearla, ni a asustarla; porque la Reina de los Ángeles le había sujetado, que le enseñase una imagen pequeñita que tenían.

El consuelo de la Rda. Madre Pilar, con tan gratísima noticia, fue tan grande que: «Solo quien haya experimentado lo que esta criatura padeció, las congojas de mi corazón a toda hora, porque aquello no era vivir; y aunque estaba todo lo que podía conmigo, y en el coro la tenía a mi lado y muchísimas veces la llevaba donde yo iba, o me iba a la ropería, donde ella estaba; mas, a pesar de todo, parecía como uno que está acechando y no pierde la más pequeña ocasión, así hacía el maldito; y así, cuando por alguna cosa, forzosamente precisa, no la veía, era grandísima mi zozobra y desasosiego; y así digo, que solo yo, que lo padecí, puedo decir cuál fue mi gozo, descanso y alegría al oír tan deseada nueva, que no puedo explicar el júbilo que sintió mi corazón».

Salieron del jardín la prelada y la súbdita y se fueron a la sala de recreación, donde había muchas imágenes; las que, vistas por la sierva de Dios, dijo que no era ninguna de aquellas. Siguieron buscando, y cuando la encontraron, al abrir la prelada la vidriera del nicho donde estaba, dijo mi venerada Madre, abrazándose a ella: Esta, esta es. Sorprendida la Abadesa, por no haber visto nunca aquella imagen, le preguntó y mandó que, como Prelada, le dijese lo que aquello significaba. Mi amada madre le dio cuenta de cuánto había pasado, y de cómo la Reina del Cielo le había dicho que: «Así como la Señora sujetaba al demonio, así ella cuidase del culto de aquella Imagen; que el demonio no volvería a golpearla ni a asustarla».

Uno y otro se cumplió enteramente, porque desde aquel dichoso y memorable día, cesaron todo estrépito y golpes, nada se volvió a oír en el convento, y la sierva de Dios quedó tan segura, que jamás el demonio la volvió a dar el más mínimo golpe ni susto, pudiendo andar ya, con entera libertad, sola por todas partes. La Madre Pilar quedó con la mayor tranquilidad, descanso y gozo, como ella misma declara, añadiendo: «El culto de la Señora ella -la sierva de Dios- lo empezó y se fue y va aumentando cada día como es público, y tan admirablemente, y porque tengo apuntado para la historia de la señora en otra parte, no digo ahora de esto. Solo diré, que parece ha vinculado el Señor en esta portentosa imagen el alivio, consuelo y remedio de todos; pero esta su amada y predilecta Esposa, sin que sea exageración, bien se puede decir que todo lo tiene y halla en ella, como se sabrá cuando se sepan los extraordinarios padecimientos y trabajos grandísimos, tribulaciones y angustias que ha padecido, y los peligros inevitables en que ha estado su vida».

Volviendo al descubrimiento de la peregrina Imagen, repito que la Madre Abadesa quedó sorprendida y admirada al verla y enterarse de todo lo ocurrido. Llamó a las religiosas y les preguntó si alguna había visto antes en la Comunidad aquella preciosa Imagen. Todas dijeron que no. Dio la Madre Pilar aviso al Rdo. Padre guardián del Convento de Ntro. Padre San Francisco, el cual fue, se enteró de todo, hizo algunas preguntas y pruebas y, en presencia del prelado desapareció la santa imagen. Estuvo esperando un poco y, confuso y lleno de pena, se marchó al convento. Envió cartas patentes a todos los conventos de religiosos y religiosas de la Provincia, suplicando se hiciesen rogativas por una urgente necesidad. Con esto cobró confianza, y el día 15, volvió al convento de Caballero de Gracia, de nueve a diez de la mañana, entró en clausura y, estando en la Celda de Oficios con la Rda. Madre Abadesa y con la sierva de Dios, volvió la sagrada Imagen y se colocó a su lado. Inmensa fue la alegría de los tres; dieron gracias a Dios y a la Santísima Virgen y empezaron a tomar disposiciones para dar culto a tan prodigiosa Imagen. Dieron cuenta a Su Santidad el Papa Gregorio XVI de esta milagrosa aparición, y Su Santidad concedió muchas gracias  especiales a los que en ciertos días del año visiten el altar de la Sagrada Imagen, como consta en la Bula que conservamos de tan Santo Padre, el cual la tuvo siempre gran devoción, y he oído decir varias veces, que, habiendo manifestado Su Santidad grandes deseos de verla y venerarla, la Santísima Virgen se lo concedió de un modo muy providencial y maravilloso.

El año 1863 oí referir de mi venerada Madre Patrocinio a su Director Espiritual, el muy Rdo. P. Fr. Mariano Estarta, Provincial de la Santa Provincia de Cantabria y fundador en ella de varios conventos, lo que sigue:  <<En la noche del día siguiente de la primera aparición, después de maitines, tuvo su Reverencia otra celestial visión de la Santísima Virgen con la preciosa imagen del Olvido en sus purísimas manos; y le dijo, que en las suyas iba a poner, con aquella Sagrada Imagen, todas las misericordias de su Santísimo Hijo; para que las distribuyese en su nombre a los mortales; segura de que, lo que por caridad hiciera a sus hermanos, eso mismo confirmarían la celestial Señora y su divino Hijo en el Cielo>>.

 

Todo lo cual se lee en unos apuntes de la sierva de Dios, donde refiere al detalle esta aparición maravillosa. Dice así: <<Clamaba mucho en esta ocasión por las necesidades que tanto afligen a la Santa Iglesia y el Dulce Amor se me manifestó severo, airado y como dando muestras de que quería castigarnos. Le dije: Esposo mío, ¿para cuándo son vuestras misericordias? Me dijo: Pide, Esposa mía, que cuanto pidas seré liberal para concedértelo. Pedía sin límites; entonces, mi Dulce Amor me manifestó el lastimoso estado en que se hallaba la Santa Iglesia. Moría de dolor y mis angustias crecían sobremanera. Me dijo mi Dulce Esposo: Paloma mía, mi amor no puede verte afligida; aquí tienes a mi Madre, que siempre será tu guía, consuelo y amparo. Se manifestó de nuevo la Benditísima Virgen con esta preciosísima, portentísima (sic) e invictísima Imagen en sus soberanas manos. Me dijo la Soberana y Divina Señora: Hija mía ¿por qué se contrista tu corazón, si todas las misericordias y tesoros de mi Hijo voy a poner en tus manos, por medio de esta mi soberana Imagen, para que las distribuyas en mi nombre a los mortales, segura de que las que hicieses por amor a tus hermanos, esas mismas confirmamos mi Hijo y yo, que soy tu madre, en el Cielo? Díjela: Señora y Reina mía, ¿no veis la España; no veis los males que nos afligen? Hija mía, los veo; pero no puede mi amor ser más benéfico para con los hombres. Ellos se olvidan de mí y retiran las misericordias; y por esto, a esta imagen le darás el título misterioso del Olvido; para darles a entender, que me han olvidado; pero yo que soy vuestra tierna y amorosa madre, quiero poner a vista de todos los mortales en esta Imagen mía, que jamás mis misericordias se apartan de ellos>>. Miraba yo con gran ternura a tan divino simulacro; cuando vi que mi invictísima Reina cogió un pañuelo de manos del Príncipe San Miguel, y aplicándole a la soberana llaga del costado de nuestro amante Jesús, lo empapó la Divina Señora en sangre de aquel divino y deífico Corazón; y después, aquel pañuelo, así empapado, le puso sobre esta encantadora Imagen, y después vi que la soberana Reina rociaba a este pueblo con la sangre preciosísima. Díjome  luego: ¿Hija mía, ¿me amas? Hasta tres veces. Díjela: Señora mía, Vos sabéis que os amo y deseo ser toda vuestra. Pues a tu solicitud y cuidado dejo el culto y veneración de esta sagrada imagen mía con el título de Olvido, Triunfo y Misericordias. Ella será la  consoladora del mundo y todo afligido encontrará en mí por la mediación de esta mi imagen, el consuelo. Al alma que rendida a sus pies me pidiese alguna cosa, jamás se la negará mi amor. Será el consuelo del mundo y la alegría de la Iglesia Católica y, por su medio, mi Hijo y yo recibiremos culto. Tú, hija mía, alcanzarás victoria del poder de Satanás, y tu Comunidad, perfección en servirme. Me entregó la soberana Reina esta portentísima Imagen, este encanto de los Cielos y la Tierra, y empezó en el Cielo una celestial música entonando la Salve y otros sagrados cánticos; todos los cortesanos del Cielo se daban parabienes. La Santísima Trinidad la bendijo, igualmente la Santísima Virgen María y después todos los cortesanos del Cielo llegaron a adorar a su Reina y Señora en esta soberana y encantadora madre del Olvido. (De unos apuntes de la sierva de Dios)”.

Sor María Isabel de Jesús, Vida admirable. pp. 48-53.

[1] Fue tradicional en nuestras Comunidades esta fecha de la aparición, y la confirmó antes de morir la misma sierva de Dios (Nota de Sor María Isabel de Jesús)

portada LAS LLAGAS DE LA MONJA

Cuando Sor Patrocinio ingresó en el convento del Caballero de Gracia en 1829, su abadesa fue la primera sorprendida por los acontecimientos extraordinarios de la vida de la novicia. Y por consejo de sus superiores anotó con toda sencillez lo que ella veía. Este escrito es el que ahora se publica y se anota extensamente en este libro, enmarcando los acontecimientos del convento en el ambiente histórico del siglo XIX. El resultado es que una vez más la verdad resulta más interesante que la ficción y la calumnia, que han tratado de enterrar la grandeza de Sor Patrocinio.  El libro recoge el trabajo en archivos durante años de  Javier Paredes, reconocido especialista en el período de Isabel II, en el que vivió Sor Patrocinio.

Eudaldo Forment, analiza en la introducción los éxtasis, los estigmas y cuantos fenómenos extraordinarios se produjeron en los primeros años de vida de Concepcionista Franciscana de Sor Patrocinio.

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Viernes. 22 de enero de 2016 • LA RAZÓN, página 10
PUNTO DE MIRA

Javier Paredes presentó ayer en el convento de San José, Jesús y María de Madrid su nuevo libro, «Las llagas de la monja» (Editorial San Román), dedicado a la vida de Sor Patrocinio en el convento de Caballero de Gracia, una religiosa española de la Orden de la Inmaculada Concepción, de gran presencia en la vida social y política de España durante la segunda mitad del siglo XIX debido a la influencia que ejerció sobre la reina Isabel II y su esposo, Francisco de Asís de Borbón. En el acto intervinieron el catedrático y autor Javier Paredes; la presidenta de la Asociación Mariana de Nuestra Señora del Olvido, Triunfo y Misericordias, Cristina Ruiz-Alberdi, la madre sor Mª del Carmen de los Ríos; el director de LA RAZÓN, Francisco Marhuenda; la madre sor Gilma Salgado Grisales, y el rector de Caballero de Gracia, Juan Moya

El sentido de las apariciones de la Virgen en la Edad Contemporánea por Javier Paredes

Declaración de la reina Isabel II en el proceso de Beatificación de Sor Patrocinio

 

Isabel II

DECLARACIÓN DE LA REINA DE ESPAÑA, ISABEL II, EN EL PROCESO DE BEATIFICACIÓN DE SOR PATROCINIO

 

La declaración de la reina Isabel II en el proceso de beatificación de Sor Patrocinio tiene fecha de 18 de enero de 1904. Se conserva en el Archivo Diocesano de Toledo en el tomo I,  fol. 659 al fol. 684. Esta declaración se publicó en Sor María Isabel de Jesús, Vida admirable y ejemplarísimas virtudes del ínclita Sierva de Dios Reverenda Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio. (Guadalajara, 1925), 592 páginas, donde faltan algunos párrafos de los folios 683 y 684. Aquí se reproduce íntegra la declaración de la reina, así como las cartas cruzadas entre la reina Isabel II y el Secretario de Estado, el Cardenal Rampolla. La búsqueda, transcripción,  revisión y notas de estos documentos ha sido realizada por Javier Paredes, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá.

 

 

 

 

 

 

 

«Yo, la reina Isabel II de España, deseando vivamente ver canonizada en los altares a la virtuosísima y santa religiosa sor María de los Dolores y Patrocinio, cuya admirable y milagrosa vida he tenido durante muchos años la dicha de poder apreciar y admirar, quiero hacer constar, por este escrito, mi admiración por tan santa religiosa y mi gratitud sin límites, por tanto como la he debido, y he visto lo muchísimo que pueden con Dios sus ruegos y oraciones.

Conocí a tan santa y admirable religiosa, siendo aún muy niña que por primera vez fui con mi buena madre (q. e. e. g.) la reina Dª  María Cristina, y con mi hermana (q. e. e. g.) la infanta Dª María Luisa Fernanda, que después fue Duquesa de Montpensier, al convento de la Concepción Jerónima, donde estaban reunidas, con la otra comunidad, las religiosas concepcionistas franciscanas, pertenecientes al convento de Caballero de Gracia, a cuya comunidad pertenecía la santa y admirable madre sor María de los Dolores y Patrocinio.

Yo estaba deseosísima de conocerla, porque había oído hablar mucho de tan admirable y santa religiosa, a una señora afecta que estaba a nuestro servicio, persona dignísima y buena, era hermana del Conde de Cleonard, ella me había dicho los padecimientos, las persecuciones que había sufrido tan admirable religiosa, y las infinitas gracias que el Señor y la Virgen Santísima la habían hecho, y cómo tenía las llagas del Señor y la corona de espinas y cómo ella por humildad no había querido revelar a su confesor la nueva gracia que la había hecho el Señor con la corona de espinas; pero que al fin tuvo que revelarlo, porque cada vez que le iba a escribir le caía una gota de sangre en la carta. Ese día, cuando fui al convento como dejo dicho, vi venir a nuestra dicha santa y admirable religiosa del brazo de la Marquesa de Santa Cruz, que era aya y camarera mayor mía, y ella me la presentó diciéndome que cuando tomó el hábito de religiosa, sor María de los Dolores y Patrocinio, ella había sido su madrina en nombre de su madre la Duquesa de Benavente; sentí un gozo extraordinario en hacer su conocimiento, y yo veía en ella algo de extraordinario, sobrenatural y celeste. Con esta impresión en mi corazón, siempre yo he vivido y he invocado la ayuda de las oraciones de tan santa religiosa en todas mis aflicciones, en todos los asuntos graves de mi vida y también con toda la gratitud de mi  alma en mis desgracias. Ahora voy a seguir el curso de mis declaraciones para hacer constar cuanto yo sé y puedo acordarme de tan santa religiosa.

En mi niñez y ya, después, en el principio de mi juventud, yo procuraba saber, con un afán inmenso, todo lo que se refería a la buenísima y santa religiosa sor María de los Dolores y Patrocinio; y una vez que la hermana del Conde de Cleonard, me trajo un lignum Crucis de parte de tan santa religiosa, mi alegría por todos estilos fue inmensa.

Antes de casarme, vi dos o tres veces a sor María de los Dolores y Patrocinio, y, yendo siempre acompañada de mi madre y de mi hermana (q. e. e. g.), cuando ya se anunció mi casamiento con mi primo Francisco de Asís (q. e. e. g.) y que se efectuó a los quince días de anunciado, dijo mi excelente marido, que él quería que, en el altar que se iba a poner en el salón de embajadores, para nuestro casamiento, quería que pusieran la imagen de Nuestra Señora del Olvido, del Triunfo y de las Misericordias, para que presidiera tan solemnísimo acto, la misma imagen que tantas veces había hablado a nuestra tan santa madre sor María de los Dolores y Patrocinio, y que había estado al lado de la madre de mi marido, la infanta Dª Luisa Carlota, cuando esta murió.

En esta época de mi casamiento, tuve más ocasión de poderme enterar de las inmensas virtudes y santidad de nuestra tan admirable madre sor María de los Dolores y Patrocinio, porque mi excelente esposo la conocía y admiraba también, y porque ella le había anunciado en la época en que tanto se discutía con quién yo debía casarme, que sería con él con quien yo me casaría, como así fue.

Después de mi casamiento, fui varias veces al convento donde estaba dicha tan santa religiosa, y pude apreciar, cada vez más, su inmensa virtud, su admirable humildad, su religiosidad inmensa, viéndose en ella que vivía más en contacto con el cielo, que en la Tierra; su espíritu profético pude apreciarlo, puesto que los sucesos venían a justificar lo que ella tenía predicho: su abnegación no tenía límites, continuamente se manifestaba; es decir, que, a costa de los mayores sacrificios y de las penitencias las más grandes, todo lo ofrecía a Dios, por la salvación de las almas y redimir los pecados de otros. ¡Cuántas veces la he visto y he comprendido sus penitencias y sufrimientos que por mí y mi familia toda ofrecía!, por evitarnos discordias, librarnos de aflicciones y de pecados; ¡cuántas veces hemos visto que estando malos y muy graves algún hijo o hija nuestra, en el momento en que ella se ponía en oración eran curados de una manera sorprendente, que hasta los médicos que los asistían se quedaban pasmados!

Dicha santa madre, sor María de los Dolores y Patrocinio, jamás quiso mezclarse en política; y yo declaro que los que hayan querido decir o hayan dicho que había intervenido en asuntos políticos son unos viles y calumniadores; ella nunca se ocupó más que del bien y la paz de todos, incluso de la Familia Real y de la completa unión con todo, de mi marido y mía. Ella trató, por todos los medios posibles, que no tuviera eco en nuestros corazones las intrigas que se ponían en juego para desunirnos.

Como mi amado y bendecido noble esposo, con su religiosidad, verdad y buen deseo, y cuántas veces me ha dicho cuanto de bueno y santo había oído y sabía de nuestra tan venerada, tan santa madre sor María de los Dolores y Patrocinio, y de cuántas veces la habían visto sus religiosas y sus confesores en largos éxtasis, levantada del suelo a bastante altura, estando de rodillas y viéndola con el rostro resplandeciente, en que se veía las delicias con que Dios inundaba su alma, varias veces; pero una en particular la vieron sus religiosas con una especie de capillita en la mano llena de resplandores, como podían atestiguar tanto mi marido como otras personas religiosas y buenas y las mismas religiosas concepcionistas franciscanas, de todos los conventos en que tan santa religiosa ha estado con ellas, y en los conventos en que ha fundado y sus confesores, cómo efectivamente el Señor la había puesto sus sagradas llagas y corona de espinas, y cómo tenía acerbos dolores y vertía abundante sangre en las grandes festividades de la Santa Iglesia, que se veía bien lo que ella se complacía en meditar su sacratísima Pasión, quería darla todos sus infinitos sufrimientos. He de advertir que esa santa admirable religiosa, jamás hizo alarde ni mostró a ningún seglar ni hombre ni mujer, las sagradas llagas ni la corona de espinas que el Señor se había dignado ponerla, ni a mí misma con quien tuvo una tan religiosa confianza, jamás me habló de la gran merced que Dios la había hecho y siempre tenía sus manos cubiertas con mitones; pues las otras buenas religiosas ni sabían que el Señor la había impreso sus sagradas llagas y la corona de espinas también sabía lo que el Señor permitió que sufriera por la remisión de los pecados de otros, y porque por anticipado sabíamos cuándo había de venir una calamidad sobre España o una aflicción para la Iglesia y también sobre personas que ella quería amparar con sus oraciones y verdaderos milagros.

Me consta que la Virgen Santísima, en su sagrada imagen del Olvido, del Triunfo y de las Misericordias, habló varias veces a tan santa religiosa, y que la prometió que siempre velaría por ella en todos sus destierros tan inicuos y en su expatriación y en las demás circunstancias de su vida, y que la salvaría, como así sucedió, de todos los peligros, que fueron muchísimos y muy grandes, y le libraría siempre de todo mal; dicha tan santa imagen de María Santísima del Olvido, del Triunfo y de las Misericordias, ha estado siempre y la ha llevado siempre consigo nuestra tan santa religiosa sor María de los Dolores y Patrocinio.

Bien se ha necesitado toda la humildad y santidad de tan santa religiosa para dejar deshechas las infamias que habían querido decir contra ella, las cuales personas, los políticos revolucionarios intrigantes a quien ella no había querido oír y yo misma que tantísimo la he admirado y admiro y que sé al grado de santidad que había llegado, tengo que acusarme de haber dado oídos a los que querían perseguirla, por no seguir ellos el camino del bien, y no ser ellos capaces de comprender tanta santidad y virtud. Esto que digo fue al principio de mi juventud, pero yo jamás debí permitir que se la hiciera salir de Madrid con el pretexto de que era mejor que fuera a Roma y en este sentido me hicieron escribir a Su Santidad, pero muy poco después de esto, yo escribí al santo Pontífice Pío IX, retractándome en todo de la anterior carta a Su Santidad, Pío IX, respetaba, admiraba y quería a tan santa religiosa sor Patrocinio, como las almas santas que siempre se entienden; ya después de esta triste época, mi cariño, mi respeto y mi admiración sin límites a tan santa religiosa ha ido en aumento y espero, con la gracia de Dios y de la Virgen y de las oraciones de mi querida y respetada madre sor María de los Dolores y Patrocinio, que Dios y la Virgen me han de conceder la inmensa dicha de verla aún en este mundo canonizada en los altares y luego nos veamos en el cielo bendiciendo a Dios y a María Santísima y a San José por toda la eternidad.

En esta misma época de mi juventud, empecé a enterarme de la manera tan inicua con que fue perseguida tan santa y admirable religiosa, el año 37 [i], donde los políticos sin fe y sin creencias, pusieron en juego, sugeridos por el maldito demonio, cuantas invenciones y calumnias creyeron podían inventar; y se propusieron ver si unos médicos podían curar las prodigiosas santas llagas que Dios la había impreso, lo cual no pudieron llegar a conseguir, viéndose a cada instante más y más la mano de Dios Todopoderoso que había querido imprimir en tan pura y santa criatura los signos de su Pasión sacratísima. Yo al oír y ver claramente cuánto de santo había en esa pura y angelical criatura sor María de los Dolores y Patrocinio, y ver la indignidad con que algunos secuaces del demonio querían tratarla, abrí cada vez más los ojos a la verdad, y cada vez se ha estrechado más y más mi cariño y admiración por la respetadísima madre sor María de los Dolores y Patrocinio.

Ruego, como sé que así lo harán los postuladores y jueces de tan santa causa de beatificación, que lean y tengan en cuenta el manuscrito que dejó escrito la madre Pilar, en el que han de ver todos los milagros y prodigios que ha vivido nuestra tan santa madre sor María de los Dolores y Patrocinio.

Sor María del Pilar relata, y otras muchas personas también, todas las tentaciones y todo lo que el maldito demonio maltrataba a nuestra amadísima, pura y santa religiosa sor María de los Dolores y Patrocinio, y los horribles sufrimientos que la hacía pasar el maldito demonio; no cesaron hasta que la Virgen Santísima del Olvido, del Triunfo y de las Misericordias, en su milagrosa imagen, se le apareció y le habló una vez más, diciéndola que ya no sufriría más tentaciones ni malos tratamientos del maldito Satanás, a quien ella tendría aprisionado; y, efectivamente, desde ese momento se vio libre de todas las acechanzas del demonio. Esta admirable y ejemplar religiosa jamás apartaba de su mente ni de su corazón a Dios, y su oración era continua; y yo puedo atestiguar como aquí lo hago, que aunque ella estuviera en este mundo, estaba siempre abstraída y viviendo más en el cielo que en la Tierra, y que aunque hablaba y contestaba a cuanto ella creía que debía hacerlo, se la veía que por prodigio grandísimo vivía con una doble vida para decir y hacer cuanto creía oportuno y su grandísima fe y todas las virtudes, que todas las poseía, le aconsejaban.

Sé bien, y todas las religiosas de sus conventos podrán atestiguar, que esta santa religiosa pasaba horas y horas de rodillas y en cruz en memoria de la Sagrada Pasión de Nuestro Señor, de quien era devotísima, en cuyo tiempo fue muy regalada de su divino Esposo y enriquecida con infinitos dones y gracias.

Me consta de una manera indudable que en sus escritos piadosísimos, en sus novenas de la Santísima Virgen y en otros admirables libros, fue, según persona de toda confianza y crédito, inspirada por la Virgen Santísima y que dictados por ella, escribió la mayor parte: algunos de esos preciosos libros, fueron quemados en las terribles e injustas persecuciones que tan santa religiosa ha sufrido.

Dicha admirable religiosa sor María de los Dolores y Patrocinio añadió a la caridad para con Dios, la caridad y amor para con el prójimo en grado heroico, ayudando con especial esmero, con prontitud y con todas sus fuerzas a los prójimos, tanto en sus necesidades espirituales como en las corporales, y siempre procuró con grandísimo fervor de la salud eterna de las almas, la conversión de los pecadores y de los infieles y con este fin, ofrecía al Señor continuos ruegos, lágrimas, mortificaciones y penitencias.

Dicha tan santa religiosa, inflamada en el celo de la salvación de las almas, fundó con grandes trabajos, persecuciones e incomodidades algunos conventos de su sagrada Orden de concepcionistas franciscanas, y, tanto el Rey mi marido como yo, contribuimos con cuanto pudimos a que pudiera fundar los de los Sitios Reales de Aranjuez, La Granja, El Escorial, El Pardo, y mi buen y amado esposo el que estaba situado en la calle de Leganitos, y muchos años después mi marido y yo, el que fundó en Guadalajara, donde ha muerto con la muerte de los santos nuestra tan amadísima y santa religiosa sor María de los Dolores y Patrocinio, yéndose a gozar de la presencia de Dios, de María Santísima, de San José, San Antonio y de todos los santos, y entrando a gozar para toda la eternidad las delicias del cielo, desde donde pide por el triunfo del orbe, de la religión católica y querida España, y por todos los que tanto la hemos amado y venerado en este mundo; y yo puedo asegurar que siento y veo la protección que me da tan santa, venerada y queridísima madre sor María de los Dolores y Patrocinio.

Es menester que yo explique, como lo hago, con la dificultad que por haber pocos medios pecuniarios, pudimos ayudar a tan santa religiosa, para que hiciera las fundaciones en los Sitios Reales, cuyas fundaciones, es decir con nuestra fe, devoción y voluntad, contribuimos a abrir una iglesia más donde se tributase culto a Dios y a su Purísima Madre y a todos los santos, el gozo de nuestra santa religiosa sor María de los Dolores y Patrocinio, al poder hacer una fundación más donde se tributase culto a Dios, era infinito; y también nuestra alegría, de mi marido y mía de poder contribuir a ello era inmensa; la mayor parte de los conventos a que nosotros contribuimos para que tan santa, tan pura y tan admirable religiosa pudiese hacer sus fundaciones, eran por votos que nosotros hacíamos a Dios, a María Santísima del Olvido, Triunfo y Misericordias y a los santos por la manera milagrosa como nos había sacado de peligros muy grandes o de revoluciones, y porque ofrecimos una fundación nueva a cada hijo que Dios y la Virgen se sirvieran concedernos, y también porque me concedían un feliz alumbramiento; y para que se vea la predicción como se veía realizada en todo cuanto tan santa madre profetizaba, en mi primer alumbramiento, estando ella con sus religiosas pidiendo para que mi parto fuera dichoso, dijo: ¡Ay, Dios mío! Hemos pedido que viva la madre y nos hemos olvidado de pedir para que viva el hijo; y el hijo que llevaba en mis entrañas se murió al nacer. Tanto mi amado y buen esposo como yo, señalamos a los conventos fundados por tan santa religiosa, sor María de los Dolores y Patrocinio, en los Sitios Reales, una dotación de nuestro patrimonio para el culto y mantenimiento de dichos conventos. El año 1868 nos fue quitada la dotación Real; y por más que hemos hecho cuanto hemos podido para que se volvieran a abrir dichos conventos, solo hemos podido conseguirlo en los conventos de Aranjuez y El Pardo, esperando siempre poder conseguir se vuelvan a abrir los de El Escorial y San Ildefonso (La Granja) y solo hemos podido hacer, como hacemos algo por sostener el convento de Guadalajara, a donde nada les faltará mientras yo viva; y voy a continuar dando a las de El Pardo la cantidad que el Rey, mi marido (q. e. e. g.) les daba, como así lo he ofrecido. Antes de continuar este escrito voy a contar otra predicción de tan santa religiosa, realizada como todas las de ella, y es que cuando nosotros dispusimos que fuera sor María de los Dolores y Patrocinio con sus monjas al convento de San Pascual de Aranjuez, deseando que dicho convento e iglesia se abriese de nuevo al culto, se le rogó a sor María de los Dolores y Patrocinio fuera con sus monjas a fundar, y ella dijo: Esperemos tranquilas que, si esta fundación es del agrado de San Pascual, él nos lo manifestará; y así fue, porque empezaron a oírse ruidos y que San Pascual quería que su iglesia se abriese de nuevo al culto y que fuera la mencionada comunidad, con su santa abadesa y fundadora, y en cuanto fueron y se instalaron, bendiciendo siempre a Dios, todo quedó en calma, en paz y en una alegría grande.

Para seguir la historia de los conventos a los que tanto mi marido y yo contribuimos para que pudieran fundarse, diré, que el convento de la calle de Leganitos, que el Rey mi marido (q. e. e. g.) compró para la comunidad de religiosas concepcionistas franciscanas, para que hiciera la fundación tan santa y admirable religiosa, en una de las tantas horribles e injustas persecuciones que dicha santa religiosa sufrió, y viendo la saña que los Gobiernos de aquel tiempo tenían (solo por las virtudes, recto juicio y deseo unánime del bien, que ponía en todos sus actos sor María de los Dolores y Patrocinio) mi marido, afligido y aburrido con todo lo que veía, cedió al Estado ese convento de la calle de Leganitos, que aunque le había pertenecido, porque lo había comprado, ya era de la propiedad de la comunidad de concepcionistas franciscanas cuya abadesa y fundadora era sor María de los Dolores y Patrocinio. Después de esa época el Estado vendió dicho convento.

En ese convento, fue muchas veces visitada por la Santísima Virgen, y varias veces la habló su sacratísima imagen, de María Santísima del Olvido, del Triunfo y de las Misericordias, y le anunció cuán ella aún tenía que sufrir, y una porción de sucesos que todos se han visto realizados.

Es de advertir que la saña de algunos políticos contra tan santa, venerable, tan pura y tan admirable madre sor María de los Dolores y Patrocinio, era porque jamás dicha santa madre quiso mezclarse en la política, y no hizo nunca más que acatar y respetar lo que el Santo Padre aprobaba y reconocía; así es que ella tampoco, nunca se mezcló en la cuestión de derechos al Trono, y solo cuando la preguntaban que qué la parecía, ella respondía siempre: El Papa ya lo ha juzgado y nunca decía más, y ella no deseaba más que la unión de toda nuestra familia.

En dichos conventos de su fundación abrió con gran caridad escuelas públicas, para atraer a las niñas al amor de la virtud, y por cierto, que, antes de que los demás se enterasen de cuanto con su regla estaba, preguntándola a tan santa madre que si estaba en la regla de las religiosas concepcionistas franciscanas el que tuvieran escuelas, ella dijo sencillamente: Miren VV. las Constituciones.

¡Cuántas veces ella ha ofrecido tanto por sus religiosas como por otras personas agonizantes sus penas!; se ofrecía muchas veces a padecer inmensos trabajos, y Dios, oyendo las oraciones de tan santa religiosa, la enviaba terribles enfermedades y tormentos, en medio de los cuales no cesaba la sierva de Dios de pedir al Señor y a la Virgen Santísima misericordia, hasta que se aliviaban los moribundos o volaban sus almas al cielo.

Tan santa y admirable madre sor María de los Dolores y Patrocinio ejercitó la caridad de un modo sorprendente, socorriendo siempre con larga mano las miserias ajenas, fuese con dinero, alimento, vestido u otras cosas necesarias; a tal punto que, a veces, no teniendo casi nada que darles, ella se privaba hasta del sustento más preciso, y jamás dejó de socorrer las necesidades de los pobres. Cuando sus religiosas o personas que por estar cerca de ella, ella podía asistir, tan santa religiosa las curaba hasta de las enfermedades más asquerosas y repugnantes, y, una vez, hasta con sus labios limpió y curó un bulto, extrayendo de él las materias podridas y corruptas y tragándoselas; tan santa madre, llevada de su compasión profunda y sublime caridad para con los prójimos, experimentó en ocasiones graves dolores, enfermedades y angustias de muerte, que ofrecía a Dios para aplacar su justicia por alguna ofensa que se le hubiese inferido, o para evitar algún mal social.

Llena de caridad y compasión, manifestó y rogó, en ocasiones a personas particulares que procurasen evitar algún mal que las amenazaba. En fin, su caridad y compasión se extendían de un modo que inspira e infunde devoción a todos los animalitos y aun a las plantas; y voy a citar aquí un caso que presencié que me dejó admirada: fue en La Granja, o sea en el Real Sitio de San Ildefonso, en la huerta del convento de concepcionistas franciscanas que tan santa madre había fundado por protección y con orden de mi marido y mía, este caso fue en un día de eclipse de sol; estábamos con la admirable religiosa sor María de los Dolores y Patrocinio y varias de sus religiosas, y empezó el eclipse y me pareció que las plantas al pasar tan santa madre se inclinaban todas en señal de admiración y respeto; después cuando volvió a salir el sol dijo: Bendigamos a Dios en todos su actos, y se puso a mirar al sol sin pestañear, y como en éxtasis, como si estuviera viviendo en el mundo, pero entendiéndose fuera de él; tanto, que mi marido, al ver esto tan admirable, quedó asombrado, yo ya lo había visto y mi admiración crecía al ver que ella podía resistir dándola los rayos del sol, al que no podemos nosotros mirar fijos por su grandísimo resplandor. Era tal su no interrumpida contemplación en la Divina Esencia a la cual siempre estaba adorando, que llegó a un altísimo conocimiento de la misma Divina Esencia.

Nuestra amada y santa religiosa sor María de los Dolores y Patrocinio tenía una caridad y devoción inmensa por las benditas almas del Purgatorio; procurando que no solamente sus religiosas, sino otras muchas personas procurasen el alivio y socorro de las mismas almas del Purgatorio con oraciones y penitencias; a veces con una luz que se encendiese, o un fósforo, ella decía: ofrecedlo por las benditas almas del Purgatorio. Creo y me consta que por ese intenso ardor de la caridad mereció ver colmadas de gracias y favores aquellas almas que le pedían sufragios para irse siempre a la celestial eterna gloria, libres ya de las penas del Purgatorio.

En qué manera es verdad que tan santa religiosa estuvo llena, desde su primera edad, de inmensa prudencia, eligiendo siempre los medios más oportunos y eficaces para conseguir el último fin sobrenatural, que es Dios, el cual anhelaba con todo su corazón. Ella practicó siempre todos los medios más adecuados y eficaces para adquirir la perfección angélica, empleándose siempre en buenas obras y en el ejercicio de todas las virtudes, principalmente de la caridad heroica para con Dios y con el prójimo.

Tan santa madre sor María de los Dolores y Patrocinio experimentó hasta la hora de su muerte enfermedades, dolores, y continuos padecimientos, no teniendo en todo otro fin que el de dar gloria a Dios y obtener la bienaventuranza celestial.

Ella manifestó una prudencia heroica en las fundaciones de algunos conventos y en la reforma de otros, guiada solo del celo de la salud eterna de las almas; despreciando grandes incomodidades y grandes e inminentes peligros llevó a término feliz empresas tan gloriosas y santas.

Resplandeció, eminentemente su prudencia en dar consejos que eran muy santos y útiles, encaminándolos siempre a la mayor gloria de Dios y salvación de las almas; sus consejos parecían dictados por el Espíritu Santo, pues siempre que se seguían se veían sus felices resultados, y lo cierto es que, siguiendo los consejos de la sierva de Dios, se experimentaban bien pronto el alivio en las tribulaciones, luz en las perplejidades y feliz éxito en los asuntos difíciles.

Mi santa y tan amada religiosa sor María de los Dolores y Patrocinio quiso siempre en grado heroico; siempre procuró que a cada uno se le diese lo que por derecho le pertenecía, y nunca jamás hizo, pensó y habló, sino lo que era o revestía una sublime virtud de justicia, y toda su vida fue un constante trabajo y un continuo padecer por el amor de Dios y por ampliar y extender en todas partes la gloria divina, y trabajó con perseverancia hasta la hora de su santa muerte por la justicia; componiendo enemistades, asistiendo enfermos, consolando a los afligidos, socorriendo a los pobres con todo lo que pudo y realizando infinitas obras de piedad y de religión. Su relación singularísima para con Dios resplandeció en su oración y contemplación de las cosas divinas en que se empleaba, incesantemente, de día y de noche, en tal grado, que nunca interrumpió su oración vocal o mental, aun cuando estuviese hablando con otras personas, o se ocupase en asuntos del convento. Tan santa religiosa tenía también suma veneración a la Santísima Pasión de Nuestro Redentor, a la Sagrada Eucaristía y a todos los demás misterios de la vida, pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, los cuales meditaba con tiernísima devoción, amor y piedad. Nuestra santa venerable religiosa sor María de los Dolores y Patrocinio veneraba con culto especial y afectuosísima devoción a la Santísima, Beatísima y Purísima Virgen María, particularmente en una hermosa efigie que se llama Nuestra Señora del Olvido, Triunfo y Misericordias, cuya efigie, tantas veces habló con tan santa religiosa, imagen que ya es conocida y amada por infinidad de nosotros, yo una de ellas, y mi buen y amado esposo le tenía también una especial devoción; imagen que hemos tenido siempre en Palacio en todas las solemnidades y nacimientos de todos nuestros hijos, y que asistió a nuestro casamiento como ya tengo dicho, y tuvimos siempre en Palacio en todos nuestros apuros, a quien tanto hemos invocado en todos los momentos graves y solemnes de nuestra vida.

Veneraba también nuestra amadísima y respetada madre sor María de los Dolores y Patrocinio a todos los ángeles y santos, cuyas fiestas celebraba con pompa y solemnidad y tanto en las misas solemnes como en las otras festividades era regalada por Dios, y enriquecida por Dios, por la Virgen Santísima y por los santos con singulares gracias y favores. A tan santa religiosa debí yo conocer todo lo que pueden con Dios nuestros ángeles de la guarda, a quien ella me recomendó que me encomendara y encargara para que me guardasen en los asuntos difíciles, y por experiencia he visto cuán poderosa y eficaz es su protección. Tan santa y admirable religiosa en las mismas festividades y solemnidades que celebraba y en otros tiempos, era recreada de Dios y enriquecida por la Virgen Santísima y por los santos de su especial devoción con singulares gracias y favores.

De la virtud de la justicia, que en tan alto grado poseía nació en la sierva de Dios una exactísima obediencia, que prestó a sus superiores con obediencia ciega y con prontitud y alegría. Ella ejecutó siempre los mandatos de la Rda. madre abadesa, aunque esta se los hubiese impuesto solo mentalmente. Tan santa religiosa, cuando desempeñó el cargo de abadesa, obedecía prontamente y alegre a sus súbditas e inferiores. Tan santa religiosa dependió siempre en todas sus acciones de la voluntad de sus prelados, en la cual sabía ella muy bien se manifestaba la voluntad de Dios, así es, que totalmente se gobernó por el arbitrio y dictamen de sus superiores aun en aquellas cosas que le eran contrarias y repugnantes. Ella también obedeció siempre a los médicos cumpliendo perfectísimamente todas sus prescripciones.

Tan santa religiosa, sor María de los Dolores y Patrocinio, en las fundaciones de conventos y en todas las demás empresas que llevó a cabo, para gloria de Dios y salvación de las almas, procedió siempre con la competente licencia de sus prelados. Tan santa religiosa, aun cuando se encontrase enferma, asistía siempre con toda la puntualidad a los actos de la comunidad, principalmente, si cabe, al coro a cantar el oficio divino, el cual quería y así se lo aconsejaba a sus religiosas, se rezase con pausa, devoción y alegría espiritual. Ella realizó estos u otros actos innumerables de eminente obediencia con admirable facilidad, prontitud y por donde se dejaba ver claramente que poseía la virtud de la obediencia en grado heroico.

La sierva de Dios estuvo adornada de una fortaleza heroica, aun en las cosas más arduas y más difíciles, y que mostró una paciencia invicta por todo el tiempo de su vida, y que siendo aún niña, despreciaba con magnanimidad de corazón las pompas y vanidades del mundo y así emprendió alegremente el camino de la perfección evangélica y de la vida austera, y no obstante las crueles amenazas de su madre, que quería casarla, persistió constantemente y fuerte en el propósito que había hecho de abrazar la vida religiosa, la cual abrazó la sierva de Dios contra el gusto y voluntad de su madre y perseveró fielmente hasta su muerte en el estado religioso. Tan santa religiosa toleró con invicta fortaleza los golpes y bofetadas y otros indignos tratamientos que el demonio ejecutó, permitiéndolo así el Señor, para ejercicio de la paciencia de su fiel sierva en la persona de la misma sierva de Dios. Nuestra tan santa y amadísima madre resplandeció con una paciencia heroica en las gravísimas enfermedades y dolores internos que Dios la envió, con los cuales la sierva de Dios aplacaba la ira del Señor o evitaba alguna ofensa contra Su Majestad, o satisfacía a la divina justicia, y siempre toleró con invencible paciencia todas las adversidades, y nunca jamás, ni yo ni otras personas, jamás la oímos ni vimos quejarse, en todo el tiempo de su vida, de las injurias y contradicciones que sufrió, antes parecía que para esto estaba destituida de los sentidos. Esta tan santa religiosa no solo sobrellevó con heroica tranquilidad de ánimo y verdadera alegría las contumelias, injurias, prisión, malos tratamientos y atentados contra su vida, sino que también amaba afectuosísimamente a Dios y bendecía a todos los que la perseguían, volviendo siempre bien por mal y alcanzando del Señor con sus continuas y eficaces oraciones y con sus saludables consejos la conversión y eterna salud de muchos de sus perseguidores.

Mi tan amada y tan santa religiosa sor María de los Dolores y Patrocinio, con heroica fortaleza fundó para gloria de Dios y bien espiritual de las almas algunos monasterios y reformó otros, sin que jamás pudiesen apartarla de tan santas obras ni los obstáculos, ni los peligros, ni las angustias que a este objeto experimentó mi tan amada madre y santa religiosa, que jamás conoció el miedo cuando de la causa de Dios se trataba.

Resplandeció su heroica paciencia en el sufrimiento de continuas y graves enfermedades que la atormentaban cruelmente, y fija siempre en Dios y resignada y conforme con su Santísima voluntad, prorrumpía en dulcísimos coloquios con Dios nuestro Señor, con los cuales coloquios mostraba que tenía gran paz y quietud, y que deseando y alegrándose en el padecer por Cristo mucho más, le pedía nuevos dolores, nuevas enfermedades, nuevas penas, y cuando el Señor, atendiendo a la petición de su sierva, le enviaba horribles trabajos, llenábase su benditísimo corazón de agradecimiento y de una santa alegría. Tan santa religiosa, hasta su última ancianidad, corrió siempre, incansable, por el camino de todas las virtudes; y desde su infancia, con ánimo fuerte e intrépido, practicó, constantemente, una vida mortificada, penitente, y trabajosa, hasta que entregó su espíritu al Señor, y dicha santa religiosa, cuanto más agobiada se veía en sus enfermedades y gravísimos dolores, tanto más la colmaba Dios de favores singularísimos, con los cuales recibía alivio y goces celestiales, especialmente cuando meditaba la Pasión del Señor, en cuyas ocasiones derramaba abundante sangre de las llagas que el Señor la había impreso, iguales a las suyas, de pies, manos y costado y también de la corona de espinas.

En muchas otras ocasiones, ejecutadas con prontitud, facilidad y alegría, resplandeció su admirable fortaleza así en lo que obró como en lo que padeció. Es una verdad grandísima que la sierva de Dios practicó en grado admirable y heroico la templanza, con la cual virtud poseyó un perfecto dominio de todas sus pasiones sometiéndolas totalmente a la razón y al espíritu, de tal suerte, que ninguna pasión la perturbó ni la contristó. En ella brilló la misma templanza heroica en su admirable abstinencia y sobriedad, que observó todo el tiempo de su vida, en la comida y bebida; hasta tal punto que, estando algunas veces totalmente desfallecida por la excesiva debilidad, habiéndola rogado yo con insistencia, así como mi marido (Q.E.E.G.) que tomara algo, cuando nosotros almorzábamos en el convento, y las monjas nos lo hacían, jamás quiso probar bocado ninguno, lo cual rechazaba con su admirable humildad y con la celestial sonrisa de su cariño para nosotros: hasta en las enfermedades guardó una rara abstinencia y sobriedad, no tomando nunca manjares delicados, y aun cuando la atormentaba la sequedad de la lengua, ocasionada por los ardores que padecía con motivo de los continuos trabajos de su cuerpo, de las calenturas, y sobre todo de la gran pérdida de sangre que manaba de sus santas llagas las veces que en éxtasis meditaba en la Pasión del Señor y Dios la hacía sentir las inmensas angustias y dolores que Él había padecido por la salvación del género humano; sin embargo de su sed grandísima, ella se abstenía de beber, por amor de Dios. Tan santa religiosa, con la inaudita abstinencia, que guardó constantemente, se atribuía a milagro el que pudiese vivir. Ella mostró su templanza heroica en el total retiro de las criaturas, con quienes conversaba solo cuando a ello era obligado o por la necesidad o por la caridad. En la guarda de la virtud del silencio fue exactísima, no solo con los extraños sino también hasta alguna vez, lo hacía con pocas y prudentes palabras. También en los gravísimos trabajos guardó con gran diligencia no hablar palabra ninguna ni quejarse aun cuando sintiese acerbísimos dolores, y por amor a esta virtud excitaba con frecuencia a sus religiosas a la observancia del santo silencio.

Esta tan santa religiosa, para tener totalmente mortificados los sentidos, experimentó en su cuerpo grandísimos dolores y trabajo; y deseando afligir más su cuerpo, pedía constantemente a Dios nuestro Señor la enviase mayores trabajos y dolores más rigurosos y fuertes; cuántas veces yo la he visto con una humildad y santidad sincera ofrecer a Dios y a la Santísima Virgen sus sufrimientos y pedirles que se los enviaran aún más acerbos por las necesidades mías y de mi familia, por nuestra salud y por redimir nuestros pecados y que fuéramos socorridos en lo que necesitábamos, siendo enseguida satisfechos nuestros deseos, siendo consolados y dándonos la salud y tranquilidad que necesitábamos. Por los acerbísimos dolores y muchísimos trabajos de todo era imposible que pudiera vivir sin especial milagro de Dios.

En mi amada y santa madre sor María de los Dolores y Patrocinio, resplandeció heroicamente la virtud de la castidad y que desde su adolescencia por amor del mismo Señor, despreció con magnánimo corazón el casamiento que su madre la había procurado, e ingresó en la Religión, donde siempre fue ejemplar de castidad y pureza en obras, palabras y pensamientos, teniendo siempre especial y sumo cuidado en la guarda de la virginidad, y jamás se permitió se dijese una palabra menos decente delante de ella.

Evitó siempre, con toda cautela y extremada diligencia, todo lo que pudiese manchar su purísima alma, con la más mínima impuridad, por lo que mereció que la Santísima Virgen María la amase con especial predilección, la favoreciese de un modo singularísimo y la acompañara siempre, como yo sé y tanto creo. Con tanta circunspección guardó su pureza, que no solo no admitió las conversaciones de los extraños, pero ni aun las de las religiosas, si no era con urgente necesidad, y entonces componiendo modestísimamente su rostro, explicábase con breves palabras.

Resplandeció en ella, de tal modo, la modestia, que todos, profundamente la tenían y consideraban como un modelo acabadísimo de honestidad, pureza y castidad. Por especial y singular gracia de su Divino Esposo y de su Santísima Madre, mereció salir triunfante y vencedora en todas las tentaciones contra la castidad, en tal grado, que guardó su virginidad intacta hasta la hora de la muerte.

Fue verdad, y lo es, que la sierva de Dios, desde sus primeros años, amó en gran manera la santa pobreza; por amor a la cual virtud abandonó las comodidades de la casa de sus padres y abrazó la evangélica pobreza; debajo de la regla de la Purísima Concepción, eligiendo antes ser pobre y despreciada en la casa de Dios, que rica de bienes temporales, habitando en los tabernáculos de los pecadores; no solo ella no admitió lo superfluo, ni quiso tenerlo para su uso, aunque en cosa mínima; pero ni admitió ni quiso tener en propiedad lo necesario, ni cosas que pudieran oler, remotamente, a propiedad y por esto despreció todas las cosas de la Tierra; encomendaba y exhortaba a las religiosas, que se apartasen de toda propiedad; y nunca les permitió tener en sus reducidos aposentos arcas, baúles, aparadores y escritorios, ni otras cosas semejantes. Esta tan santa madre, por amor de la santa pobreza, tenía una miserable cama y en ella, sobre un jergoncillo, tomaba un poco de descanso; y si en los últimos años de su vida usó colchón con grandísima mortificación de la sierva de Dios, fue porque el Excmo. Sr. cardenal y el señor facultativo viéndola tan enferma y con tantos dolores, se lo mandaron formalmente. Tan santa madre, mirando a la santa pobreza, nunca se permitió tomar cosa alguna para su alivio; antes, cuando se abrasaba con la fiebre, jamás quiso apagar la sed que la devoraba. No solo por la carencia de todas las cosas y por los trabajos y angustias que padecía, sino también por una verdadera pobreza de espíritu, era reputada por todos como un verdadero admirable modelo y ejemplar de la evangélica pobreza.

Tan santa religiosa poseyó en grado heroico la virtud de la humildad y la practicó siempre, tanto en palabras como en obras, sintiéndose siempre humildísima y reputándose por la mayor pecadora del mundo y por la más vil y miserable criatura, cuando era un modelo admirable y santo en todo. Mi tan santa y queridísima madre sor María de los Dolores y Patrocinio, aun cuando fundó algunos conventos y reformó otros, nunca buscó las primeras estimaciones, antes rechazó los honores todos, deseando siempre ocuparse en los oficios más viles y trabajosos y sometiéndose a toda humana criatura por amor de Dios y aunque por espacio de 42 años desempeñó el cargo de abadesa, que aceptó siempre obligada por la santa obediencia, con repugnancia y lágrimas, así y todo teníase por la más vil de todas, cuando era tan santa y admirable, y se ejercitaba en los  oficios más bajos. Además, dejándose llevar del dictamen de su humildad, al mismo tiempo que gobernaba y regía a sus religiosas, las pedía consejo para proceder en todo con rectitud. Habiéndola imputado sus enemigos y perseguidores crímenes falsos de toda falsedad, soportó con invencible paciencia y alegría dichas infames ocupaciones y por grande estudio de la humildad, deseaba verse oprimida de vilipendios, infamias y calumnias; y cuando llegaban estos casos, llenaban su alma de un gozo tan grande y extraordinario, que se veía en su rostro. Ella se afligía y temblaba de pies a cabeza todas las veces que la honraban y siempre que oía alabar sus acciones heroicas, o se descubrían algunos dones con que Dios la enriquecía; y por su grande y profundísima humildad, se deshacía en su propia nada y se creía indigna de pisar la tierra. Ella por el profundo conocimiento de su nada, deseaba siempre el más ínfimo y despreciable lugar; y en sus enfermedades, protestaba con la boca y el corazón ser indigna de que la asistiesen las religiosas, profundamente admiradas, daban humildes gracias a Dios por haber adornado a su sierva de tan rara y excelente humildad.

Fue y es verdad que la sierva de Dios fue enriquecida por la divina bondad con muchísimos dones sobrenaturales y que fue condecorada con espíritu de profecía, anunciando las cosas futuras con toda claridad, como a mí me consta; pues me anunció por anticipado muchos sucesos que fueron realizados, y, entre otros, nos anunció que tendríamos que dejar el Trono; y porque le dijimos que una imagen de la Purísima Concepción que yo tenía en mi cuarto y yo la había puesto una corona entre las manos, la corona se había caído pero se quedó enganchada en el vestido de la Virgen, tan santa madre sor María de los Dolores y Patrocinio, dijo: Puede que Dios tenga misericordia y que el Niño Jesús dé la corona al hijo, puesto que para los padres se va a perder, y el tiempo ha justificado esta profecía más de tan santa madre. Fue adornada con el don de conocer los secretos del corazón y de penetrar las cosas más ocultas y distantes, diciéndolas con toda claridad y certidumbre como si las tuviera delante de la vista, y yo puedo atestiguar esto, puesto que en mi corazón y en el de mi marido leía como un libro. También Dios y la Virgen Santísima la dieron éxtasis y raptos con elevación del cuerpo de la tierra, principalmente cuando estaba en la oración y contemplación de las cosas divinas y después de recibir la sagrada eucaristía.

Tan santa religiosa mereció que la hablase el Santísimo Cristo de la Palabra y se le apareciese y hablase Nuestra Señora del Olvido, Triunfo y Misericordias. También tuvo por la bondad de Dios muchas visiones y apariciones de Nuestro Señor Jesucristo, de su Santísima Madre la Virgen María de los Ángeles y de los santos. Tan santa religiosa, transformada en Cristo crucificado, con el mismo ardor de su caridad, se le imprimieron las llagas del costado, manos y pies, y las de la corona de espinas. Esas sagradas llagas por espacio de algunos años estuvieron casi siempre abiertas dejando salir abundantísima sangre, y por regla general verificábase esto estando la sierva de Dios hincada de rodillas en cruz, maravillosamente extasiada. Las sagradas llagas, ya estuvieran abiertas o ya cerradas, eran siempre verdaderas, patentes y manifiestas y tanto que en una tristísima época, en que, por su misma santidad, empezaron las persecuciones contra tan santa religiosa, los médicos, pagados y buscados por los revolucionarios, tuvieron que declarar que las llagas de tan santa religiosa sor Patrocinio, eran sobrenaturales y que ellos no encontraban ciencia bastante para curárselas. Tan santa religiosa tuvo siempre las llagas en su cuerpo, hasta su muerte, experimentando los acerbísimos dolores de su pasión. El Señor se dignó manifestar y comprobar, con muchos milagros la santidad de la sierva de Dios aun viviendo en esta mortal vida. Por sus virtudes heroicas, dones sobrenaturales y milagros de que fue colmada la sierva de Dios, vivió en grandísima estimación de santidad para con toda clase de personas graves, decentes, prudentes, eclesiásticas, religiosas, nobles magnates y también de las clases humildes, de tal manera que era tenida por todos por santa.

Esta misma fama de santidad no estuvo solo reducido a un solo lugar, sino que se propagó en todas partes, especialmente en aquellos conventos de religiosas donde, con motivo de haber sido desterrada cuatro veces y expatriada en una ocasión, moró por espacio de algún tiempo la santa sierva de Dios y sin que jamás hayan dicho las personas prudentes y temerosas cosa alguna contra la mencionada fama de la santidad y virtudes de la sierva de Dios, ni tampoco se ha oído que esta fama de santidad haya sufrido mengua ni menoscabo en ningún tiempo, antes ha sido constante y se aumenta más y más cada día. Tan santa religiosa, exhausta de fuerzas con los grandísimos trabajos de todo género que tuvo que padecer por la gloria de Dios y salvación de las almas; y consumida por innumerables penas y amarguras, cayó en una extrema debilidad y apenas si podía tenerse en pie, a la cual debilidad se añadió una hidropesía general de corazón e hígado, con que empezó a ser atormentada más de ocho meses antes de su muerte.

Tan santa religiosa, sor María de los Dolores y Patrocinio, recibió con júbilo singularísimo la noticia de su muerte, la cual noticia, por indicaciones suyas, se echaba de ver; la sabía por divina revelación, y transformada en la voluntad de Dios, no solo soportó con invicta paciencia los terribles dolores de su molestísima enfermedad, sino que los sufrió también con indecible gozo y nunca profirió palabra alguna que pudiese indicar molestia o tristeza, por lo que todos los circunstantes estaban admirados de tanta fortaleza. La sierva de Dios, sin embargo de encontrarse gravísimamente enferma y por todo extremo atormentada, en su anhelo de conformarse más y más con su Criador en la Cruz, hasta tres días antes de su muerte, no dejó de intervenir, para mayor gloria de Dios y también de las almas, en todos los asuntos que se ofrecieron relativos a su querida comunidad de Guadalajara y a las almas que estaban sujetas a la jurisdicción de la sierva de Dios.

Tan santa religiosa, sintiendo estar ya próxima a la muerte, hizo la confesión sacramental y después, sentada por no poder estar de rodillas ni en pie, recibió humildemente el Sagrado Viático, con grande compostura de su cuerpo y elevación de su mente, de tal modo, que movió a admiración a los que estaban presentes.

Tan santa religiosa, recibió con pleno conocimiento, absorta toda en Dios y teniendo piadosos coloquios con Ntra. Sra. del Olvido, Triunfo y Misericordias y con los santos, la sagrada comunión y abstraída de todo lo terreno y toda en el cielo, esperaba morir y estar con Cristo, y recreada por Dios y absorta en el abismo de la caridad divina, murió alegremente en la ciudad de Guadalajara, archidiócesis de Toledo, el día 27 de enero de mil ochocientos noventa y uno. La fama de santidad de la sierva de Dios, antes y después de su muerte, es universal. Después de su muerte se verificó un prodigio, este fue, que el cadáver, transcurridas bastantes horas, estaba aún fresco y flexible.

Cuando fue divulgada la noticia de su muerte, recibieron en el convento de Guadalajara, en el breve tiempo de dos meses, más de cien cartas procedentes de España y del extranjero, en las que todos la llaman santa y todos también imploran su auxilio, y la invocan con grandísimo afecto de piedad, y yo seguramente que continuamente la invoco y veo su poderoso patrocinio para con Dios, pues siempre veo atendidos mis ruegos. La universal fama de su santidad en que empezó a florecer cuando vivía, ha crecido más después de su muerte y se aumenta cada día, difundiéndose en toda España y aun en el extranjero entre varones graves, prudentes, eclesiásticos y religiosos, nobles, magnates, y gentes honradas del pueblo. Ahora mismo son muy grandes y vigorosas la devoción y reverencia a la santa sierva de Dios y en todas partes se conceptúan dichosos los que obtienen alguna reliquia suya, reliquia que guardan con suma devoción y respeto, como me sucede a mí, que me conceptúo muy dichosa en poseer algunas; y que todos acuden y la piden, como también me sucede a mí, su favor y remedio en sus necesidades.

Esta misma fama de santidad y devoción, sigue creciendo cada día por los continuos milagros que Dios ha realizado mediante la poderosa intercesión de la sierva de Dios sor María de los Dolores y Patrocinio, con los que la invocan con fe y devoción e imploran confiadamente su auxilio.

¡Tal fue esta mujer por tantos títulos admirable! Por el ejercicio de todas las virtudes subió a un elevado grado de unión con Dios, que la hacía mirar con desdén las cosas de la Tierra y no dar importancia ninguna a cuanto pudiera venir de manos de las criaturas. Así que ni lo próspero la levantaba, ni lo adverso la causaba la menor impresión; tomábalo todo como venido de las manos de Dios, que por caminos al parecer torcidos hace cosas muy derechas; y ya los honores que pudieran venirle por parte de los hombres, ya las persecuciones terribles que movieron contra ella gentes sin temor de Dios y sin fe, eran incapaces de perturbar la tranquilidad de su alma. Jamás tuvo para sus enemigos sino palabras de amor y de perdón.

Los revolucionarios de los dos últimos tercios del siglo diez y nueve, la distinguieron con su odio. Contra su señora, llegando (¡Dios los perdone!) hasta acusarla de complicidad en el horrendo atentado de regicidio que contra mi propia persona Real, cometió un infeliz sacerdote. Pero ni esta calumnia inaudita, ni las demás que fraguaron contra ella las logias masónicas, alteraban su paz interior.

He sido testigo de esto y puedo jurarlo con la mano puesta sobre mi corazón y sobre la imagen del Dios que me ha de juzgar. Contra ella se ha dicho todo lo malo que decirse puede; pero todo fue urdido por los emisarios del maldito Satanás, que, así como a los primitivos cristianos echaban los gentiles la culpa de cuantas desgracias ocurrían, así también los masones, si se encendía en España la guerra civil, si caía un ministerio, si se atentaba contra mi Real persona, si se daba algún puesto a algún personaje, enseguida gritaban por medio de la prensa impía: «Son cosas de la monja sor Patrocinio»; y yo protesto delante de Dios y de los hombres que ella jamás tuvo parte en tales cosas, ni se mezcló nunca en cosas de gobierno ni de política. Y doy muchas gracias a Dios porque me ha conservado la vida hasta este momento en que puedo desmentir de una manera solemne todas las calumnias e imposturas que contra tan santa religiosa propagaron los enemigos de Dios y de la patria española.

Aunque mi amada y venerada madre sor Patrocinio no tuviera a su favor nada más que la clase de hombres que la persiguieron, desterraron y calumniaron, tendría bastante para que cualquier persona sensata se formara un subido concepto de su virtud. La persiguieron los malos, los impíos, los enemigos de la Iglesia, prueba inequívoca de que ella no era de su bando, sino buena, piadosa y santa. Siento un indecible consuelo en dar esta declaración en los últimos años de mi vida, en favor de la inocencia y de la justicia perseguida. Yo moriré contenta, y Dios en cuya presencia hago esta declaración, la reciba en descuento de mis pecados y culpas y aumento de gloria que creo firmemente goza ya mi tan amada madre sor María de los Dolores y Patrocinio

ISABEL II DE ESPAÑA.

18 de enero de 1904.

En el fol. 683 continúa Isabel II y escribe lo siguiente que no figura en la Vida Admirable:

Fol. 683

Concluyo protestando que he leído los 174 artículos presentados por el vicepostulador

Fol. 683 vto.

de esta Santa Causa, el muy reverendo padre fray Gabriel Casanova, religioso franciscano, y con todos estoy completamente de acuerdo, por afirmarse en ellos cosas que o las he visto yo misma, o las he oído a personas que me merecen entero crédito. Y como por el mucho tiempo que hace sucedieron y por mi avanzada edad no puedo recordar ahora los hechos concretos que los confirman, prometo solemnemente y pido que sea atendido este mi deseo de mandar al tribunal toledano, que entiende en este proceso, muchos o todos los pliegos que dejaron sobre esto insertos las reverendas madres Sor María del Pilar y Sor María Isabel de los Remedios, escritos con los cuales estoy identificada y que en estos momentos no puedo disponer de ellos por haberlos mandado para su examen al Eminentísimo Cardenal Rampolla, Secretario de Estado del Papa León XIII de santa memoria. Escritos que según consta de su Eminencia, fecha 22 de febrero de 1901, que adjunta acompaño, fueron mandados examinar extraoficialmente. Tengo empero reclamadas dichas relaciones y en cuanto las reciba, con todas las precauciones que sean del caso y bajo el consiguiente secreto sellaré con mi sello aquellos pliegos que debo hacer del todo míos y los mandaré al tribunal. A nadie diré yo para que los reclamo, ni se por que mano

Fol. 684

están hechas las copias, ni los pliegos que he de eligir, por lo cual no hay peligro que se falte al secreto.

Ruego pues a los señores jueces del tribunal que actúa en Toledo consideren dichos pliegos como apéndice y complemento de mis declaraciones.

Es cuanto tengo que decir a este elevado tribunal sobre la vida, virtudes y milagros de Sor María de los Dolores y Patrocinio, y para que conste lo firmo de mi propio puño y letra como por escrita toda la presente declaración y sello con mis reales armas.

18 de enero de 1904

Isabel II de España

 

-Después del testimonio se cose una carta de Isabell II al cardenal Rampolla y su contestación.

 

-Carta de Isabel II al cardenal Rampolla.

Fol. 690

“Hace algún tiempo que escribí a Nuestro Santísimo Padre el Papa León XIII, suplicándole se dignase ordenar, que seguidos los trámites establecidos, fuera introducida la causa para la beatificación de Sor María de los Dolores y Patrocinio, religiosa y superiora que fue de la comunidad de Concepcionistas Franciscanas, cuya admirable y milagrosa vida fue un verdadero prodigio. Su Eminencia el Señor Cardenal Sancha, Arzobispo de Toledo, ha dado ya la orden para se empiece desde luego el proceso canónico en el Arzobispado de Toledo, para

Fol. 690 vto.

después de formado enviarlo a Roma para que siga los trámites que son necesarios para la beatificación de los santos. Yo conocía como la que más las virtudes y la extraordinaria vida, toda santidad de esa admirable religiosa que jamás se mezcló en política y que solo trabajó siempre para la mayor gloria de Dios y para el bien y unión de toda mi familia. En estos tiempos de tantas calamidades más que nunca se necesita glorificar en la tierra a los que tanta gloria disfruten en el Cielo y que son seguros abogados e intercesores con Dios y la Virgen.

Para que su Eminencia se

Fol. 691

vaya enterando de la prodigiosa vida de tan santa religiosa le remito una copia de lo que dejó escrito la reverenda madre Pilar y otro de la reverenda madre Isabel y también otra copia de las cartas que escribió nuestra amadísima madre religiosa Sor María de los Dolores y Patrocinio, contestando a una consulta espiritual que le hicieron las religiosas cuando aún era joven y estaba de súbdita con la reverenda madre Pilar. Estoy segura que su Eminencia se ha de quedar admirado al enterarse de tan prodigiosa vida y ha de desear ayudar en un asunta tan santo y de tan grandísimo interés.

Yo suplico a su Eminencia que después de

Fol. 691 vto.

enterarse exponga de nuevo mis deseos y súplicas a Su Santidad y arreglar todo muy pronto.

También le ruego le pida siempre su Apostólica Bendición para toda mi familia y para mí que me precio de ser la hija más humilde y más mansa de la Iglesia y del Vicario de Jesucristo en la Tierra y también le ruego a su Eminencia no me olvide en sus oraciones y besando su anillo queda de su eminencia siempre afectuosa y respetuosa,

Isabel

París 12 de febrero de 1901

A su Eminencia el Cardenal Rampolla Secretario de Estado de Su Santidad

Fol. 692 (el sobre. El fol. 692 vto. es el reverso el sobre en blanco)

A su majestad

La reina Dª Isabel II

París

Fol. 693

 

Señora

Me he visto muy honrado con la apreciada carta que V. M. se ha servido dirigirme con fecha 12 de los corrientes, confirmándome sus deseos respecto a la beatificación de Sor María de los Dolores y Patrocinio, religiosa y superiora que fue las Franciscanas Concepcionistas. Al propio tiempo he recibido copia de dos cartas de la referida y los pliegos de lo que sobre la misma escribieron otras dos religiosas. Por regla general no se acostumbra examinar de oficio los escritos que se  refieren a personas cuya causa de beatificación no está todavía introducida;

Fol. 693 vto.

sin embargo, en obsequio a los deseos de Vuestra Majestad, se ha dispuesto que los mencionados escritos enviados por V. M. sean examinados en una forma previa y extraoficial.

Mientras así lo comunico a V. M. me es grato asegurarle la particular benevolencia con que Su Santidad se ha servido acoger el homenaje de sus filiales sentimientos y correspondiendo a estos le ha otorgado gustoso la bendición apostólica que V.M. solicitaba para sí y para toda su augusta familia.

Fol. 694

Ruego a V. M. se sirva admitir el reiterado testimonio de respetuosa consideración con que soy

De Vuestra Majestad

Roma 22 de Febrero de 1901

Atento y seguro servidor

Cardenal Rampolla

A su Majestad La reina Isabel II

 

-Carta de Isabel II presentando el escrito de Sor María Isabel de los Remedios (Fol. 695 y 695 vto.)

Transcripción del Fol. 695

Yo la reina Isabel II de España declaro que en el adjunto cuaderno, debido a la madre Sor María Isabel de los Remedios se contienen muchos de los hechos de la vida prodigiosa de mi Santa Madre Sor María de los Dolores y Patrocinio, que yo debía haber expresado en la declaración que hice ante el tribunal de París, y no lo hice por no recordar bien

Transcripción del Fol. 695 vto.

de ellos ni tener presente la adjunta copia. Ruego pues al Tribunal de Toledo que la admita como si fuera mía propia y la cosa al proceso que sirva de confirmación de cuanto dije en mi declaración. Es gracia y merced que no dudo en obtener de la bondad del Tribunal Toledano, su afectuosísima en Cristo. Isabel IIª de España.

París 26 de enero de 1904.

Del fol.696 al fol. 753 se cose el escrito de Sor María Isabel de los Remedios. Al principio  y al final de este escrito la reina Isabel II pone su sello. Este escrito fue publicado en las páginas 108-212  en el libro Breve Reseña de la Fundación de la Orden de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora origen de la Descalcez o Recolección y copia de varios cuadernos, cartas y otros documentos referentes a la vida de mi venerada Rva. Madre Abadesa y Fundadora Sor María de los Dolores y Patrocinio dedicad a sus amadas madres y hermanas en religión por esta comunidad de Concepcionistas Franciscanas, Descalzas, Recoletas de la ciudad de Guadalajara. Año de 1904.

-Carta de Isabel II para presentar el escrito de Sor María Benita del Pilar . Del fol 754 al 755.

Transcripción de la carta:

Fol. 754

Yo Dª Isabel IIª de España hago mía la adjunta copia de la relación que dejó escrita la madre Sor María Benita del Pilar[ii], y es mi voluntad que se tenga como complemento o apéndice de mis declaraciones. Las nuevas que en ella se descubran pertenecen a los tiempos de mi infancia y aún antes de mi nacimiento; pero por haberlos oído

Fol. .754 vto.

referir unas a mi buena madre la reina Dª María Cristina de España y otras a personas y religiosas de toda virtud y    no me cabe la menor duda de que son verdaderos. La envío con preferencia al Excmo. Tribunal de Toledo, que entiende en la beatificación de mi amada madre Sor Patrocinio porque no estaba en mi poder cuando escribí

Fol. 755

la declaración que presentó el Tribunal Eclesiástico de París y además porque estando en español, lengua que no entienden los Señores que constituyeron el Tribunal de París, creí más oportuno para evitar malas inteligencias reservar esto para el Tribunal de España. Ruego pues a los Señores Jueces del Tribunal de Toledo la admitan y cosan al Proceso, para descargo de

Fol, 755 vto.

mi conciencia.

París 26 de Enero de 1904

Isabel II de España.

 

Del fol. 756 al fol. se cose el escrito de Sor María Benita del Pilar. Al principio  y al final de este escrito la reina Isabel II pone su sello. Este escrito fue publicado en las páginas 4-104  en el libro Breve Reseña de la Fundación de la Orden de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora origen de la Descalcez o Recolección y copia de varios cuadernos, cartas y otros documentos referentes a la vida de mi venerada Rvda. Madre Abadesa y Fundadora Sor María de los Dolores y Patrocinio dedicada sus amadas madres y hermanas en religión por esta comunidad de Concepcionistas Franciscanas, Descalzas, Recoletas de la ciudad de Guadalajara. Año de 1904.

 

[i] Así consta en el documento, cuando en realidad la persecución había comenzado el 9 de noviembre de 1835.

[ii] Este importante escrito en el que la abadesa de Sor  Patrocinio anotó todos sus fenómenos extraordinarios y las circunstancias que los rodearon, he sido publicado y anotado en Javier Paredes (ed.) Las llagas de la monja. Sor patrocinio en el convento de Caballero de Gracia. Madrid 2015. Editorial San Román, 334 páginas.

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